Prefiero

 

Nos hicieron creer que «el gran amor» sólo sucede una vez, generalmente antes de los 30 años. No nos contaron que el amor no es accionado, ni llega en un momento determinado.

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja y la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece cargar en las espaldas, la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Nos hicieron pensar que una fórmula llamada «dos en uno»: dos personas pensando igual, actuando igual, era lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene un nombre: “anulación” y que sólo siendo individuos con personalidad propia podremos tener una relación saludable.

Nos hicieron creer que el matrimonio es obligatorio y que los deseos fuera de término deben ser reprimidos.

Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados. Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad.

No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, que frustran a las personas, son alienantes y que podemos intentar otras alternativas.

Nadie nos va a decir esto, cada uno lo va a tener que descubrir solo. Y ahí, cuando estés muy enamorado de ti, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien.

«Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor… aunque la violencia se practica a plena luz del día».

JOHN LENNON

No te necesito, te prefiero. Lo sé, es duro y hace falta dejar muchas cosas atrás para pronunciar esas palabras. Entre otras cosas es necesario abandonar la cobardía y cubrirse de coraje, valentía y paciencia. Muchísima paciencia.

Paciencia para explicar que el hecho de preferirte es que puedo llegar a quererte y valorarte inmensamente más que si te necesito, porque eso significa que no necesito complementos para tapar mis carencias o mis defectos. Nadie en la vida tiene la responsabilidad de completar lo que me falta.

Con esto quiero decir que la única persona a la que necesitamos para vivir es a nosotros mismos. Y yo, en pleno derecho de usar mi libertad emocional, te elijo a ti para estar a mi lado y disfrutar el uno del otro.

He decidido dejar de esclavizarme y de atarme a mi pasado emocional. No permitiré que los demás definan quién soy. Voy a buscar la forma de expresar todo mi ser y a explorar el fondo de mi océano. Entonces podré ser yo misma.

Me comprometo a no dar nunca el gusto a los demás sin antes darme el gusto a mí misma. No voy a dejarme llevar por la gente corriente ni por la corriente de la gente. Desde ya me libero del efecto estrangulador de mis pensamientos y trabajaré porque mis decisiones me hagan sentir bien acerca de mi vida.

Desprenderme de los parches y los vendajes que tapan mis heridas me ayudará crear un lazo profundo y auténtico contigo. Porque si no amas con libertad es preferible no amar, pues la dependencia emocional destruye.

No sé si te amaré toda la vida ni sé si lo haré con la misma fuerza siempre, pero lo que sí que sé es que ahora mismo te prefiero sobre todas las personas. No ocupas mi mente cada segundo, pero sí que vas siempre conmigo.

Elijo el amor y sigo siendo dueña de mí misma. Porque el sentimiento de amor más fuerte que existe es el amor hacia uno mismo. Porque, como dijo Perls:

«Yo soy Yo y Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas y tú no estás en este mundo para cumplir las mías».

Yo soy yo… Un ser completo aún con mis carencias. Tú eres tú… Un ser completo aún con tus carencias.

Si nos encontramos y nos aceptamos, si somos capaces de no cuestionar nuestras diferencias y de celebrar juntos nuestros misterios podremos caminar el uno junto al otro, ser mutua, respetuosa, sagrada, y amorosa compañía en nuestro camino.

Tú eres tú. Yo soy yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse.

Falto de amor a mí mismo, cuando en el intento de complacerte me traiciono. Falto de amor a ti, cuando intento que seas como yo quiero en vez de aceptarte como realmente eres.

Tú eres Tú, «Yo soy Yo»

Quizás a muchos les suene a palabrería barata de autoayuda, pero debo decir que funciona. No es sencillo, ya que ambas partes deben estar en sintonía, es decir, preferir y no necesitar… decidir aceptar al otro cómo es y no cómo queremos que sea, entender que la otra persona está para acompañarnos y no para completarnos. Que las diferencias no son lo importante, lo importante son las coincidencias. Que el miedo a ser uno mismo limita y crea un espacio – a veces un abismo – entre ambos y que si no estamos dispuestos a dar y recibir en la misma medida, la balanza se desequilibra y al final se desprende.

Quizás a lo anterior sólo añadiría que hay que cuidarse de no caer en el autoengaño y confundir las cosas. Aceptar a la persona como es no implica aceptar que la persona nos haga sentir menos, o nos brinde desamor y ausencias en lugar de presencia y amor.

Y puede suceder, podemos querer pensar que esa es la forma de amar de esa persona, y en virtud de aceptarla como es, aceptar situaciones que finalmente resultan tóxicas. De ahí, que hay que amarnos a nosotros mismos, pero con el especial cuidado de ser inteligentemente egoístas sin dejar que el egoísmo cree un espacio propio entre ambas partes. Lograr el equilibrio, pero sin traicionarnos a nosotros mismos.

Suena complicado, parece improbable, pero de hecho no es imposible; y en todo caso, nadie dijo que la vida fuera fácil.

La verdad, desde mi punto de vista, la vida es un experimento de ensayo y error donde cada quien perfecciona su método de vida, el cual debería satisfacer el deseo propio y no el ajeno, siempre cuidando – por supuesto – que no se arrolle a nadie en el camino.

Y se puede, se puede ser honesto con uno mismo y con los demás, sin ocasionar daño. En la vida todos nos equivocamos, sí. No obstante, hay que tener cuidado con internalizar la falibilidad del ser humano como conducta, o incluso como excusa a todas nuestras equivocaciones, pues si no, estaremos nadando en el mismo círculo sin aprender nada de la vida y sin ofrecer nada en el camino.

Hay que aprender a dar, a darnos a nosotros mismos para luego dar y recibir en equilibrio.

De esa forma, estaremos bien aun cuando no estemos acompañados por una pareja, porque no nos sentiremos atrapados en algún lugar en el que no nos guste estar. El texto habla de enamorarnos de nosotros mismos primero, pero no enamorarnos de nuestro ego; sino enamorarnos de nosotros con todo y nuestros defectos o carencias, para luego poder amar a otro, con sus defectos y carencias además de sus virtudes.

Alcanzar ese estado, quizás sea el reto de más de uno.


Raquel Aldana | LaMenteEsMaravillosa.Com

Cuando los padres no son equipo: ¿qué hacer cuando hay diferencias en la forma de educar?

La pareja la forman dos personas que tienen biografías, personalidades, maneras de ver el mundo muy diferentes.

Parece lógico pensar que cuando se decide iniciar un proyecto común de trascendencia vital, como es formar una familia y ocuparse del desarrollo y cuidado de los hijos, tienen la suficiente compatibilidad como para que ese proyecto sea viable y en él quepa y predomine como una prioridad la tarea de educar a un ser humano vulnerable, indefenso y necesitado de referentes tanto como de alimento y ternura. Sin embargo, y por desgracia, esto sólo ocurre en la minoría de las familias. No tenemos ni idea de lo que significa tener un hijo antes de tenerlo y el aterrizaje que ambos miembros de la pareja hacen en la mater-paternidad es poco predecible. Y así, nos encontramos con que nuestra pareja, con la que hasta ese momento todo parecía fluir, no está de acuerdo en muchas de las cosas que atañen a la educación de los hijos, lo cual genera distancia afectiva, desencuentros, soledades y mucha frustración. Es sin duda, uno de los desafíos más difíciles de gestionar, pero también una oportunidad enorme de crecimiento y aprendizaje si lo hacemos desde la humildad y la empatía.

Dado que no podemos cambiar la historia de cada cual, ni tampoco cómo fuimos maternados, lo que sí podemos hacer es tratar de mirar hacia adelante, teniendo presente lo que nos jugamos y siendo capaces, sobre todo, de negociar, entendiendo que los dos estamos aprendiendo, que educar a un hijo es la tarea más difícil que encararemos a lo largo de nuestra vida y que los procesos de toma de conciencia y de aprendizaje de cada persona tienen una velocidad diferente. Se trata de ver al otro como un compañero, un cómplice, un apoyo y no como un enemigo. Partimos de dos premisas básicas que no debemos perder de vista: ambos padres amáis por encima de todo a vuestros hijos y no queréis dañarlos, y que tú elegiste a la otra persona y la consideras honesta y con capacidad de aprender.

Con todo esto por delante, algunas sugerencias para facilitar la cotidianidad serían: 

  • No corrijas ni des charlas magistrales sobre cómo deben hacerse las cosas al otro, ni delante de los niños, ni detrás. No hay verdades absolutas, ni porque lo diga un libro ni porque así lo hacía tu padre o madre.
  • No tomes decisiones sobre la marcha. Posponlo hasta hablar con el otro y tratar de alcanzar acuerdos, por mínimos que estos sean. Siempre hay lugares comunes y lo inteligente es poner el foco en lo que nos une, no en lo que nos separa.
  • Maneja las expectativas y aléjate de la perfección. No existe y, menos aún, a la hora de educar. La idea es hacer las cosas de la mejor manera posible, que no será óptima ni perfecta, pero será tu mejor jugada. Revisa, no te conformes y trata de hacerlo mejor mañana.
  • Todos tenemos limitaciones. Hablarlas, saber cuáles son las de tu pareja y las tuyas a la hora de educar, conduce a saber en qué momento debe intervenir cada cual.
  • Ponernos límites, de la misma manera que se los ponemos a los hijos. Dejar explícitamente claro cuáles son las acciones no tolerables por el otro y qué fronteras no se pueden traspasar.
  • Es fundamental no ver al niño como el causante de los problemas, idealizando la vida anterior a la llegada de los hijos, subrayando las dificultades y no la riqueza y oportunidad emocional de esta nueva etapa.
  • Confía en tu pareja. Hay muchas maneras diferentes de educar y salvo aquellas que incluyen maltrato físico o psíquico, no se ha descrito en psicología que un determinado estilo de crianza produzca un resultado inequívoco. Por suerte, no existe el determinismo, sólo la influencia.
  • Ayuda a tu hijo a que entienda que mamá y papá hacen algunas cosas de manera diferente y trata de realzar lo positivo del otro y no enfatizar sus zonas oscuras. La prioridad es el niño, no nosotros. Y debemos hacer todo lo posible para que crezca con la mejor versión de sus padres, aun conociendo sus limitaciones.
  • Hablad de ello, de vez en cuando, de forma serena, no como reacción a un desencuentro o una bronca. Quedad para hablarlo en un contexto diferente del propio hogar, sin niños, con inteligencia, buscando acuerdos, recordando lo que os une y la importancia de ser lo más coherentes y coincidentes posible.
  • Evitad la polarización, la vieja historia del «poli bueno y poli malo». El niño nos tiene que ver como equipo, no como posibilidades individuales de conseguir algo. Es negocio para él a corto plazo, pero abre una grieta que se ensancha con el tiempo y luego ya no se puede saltar.

Es imprescindible entender que no se trata de «tener razón», ni de ser el «que más sabe de esto», tampoco de confirmar lo «equivocado que está el otro». Se trata de poner el amor por encima de nuestra biografía y de nuestra necesidad de alimentar el ego. Se trata de ponerse en el lugar de los hijos y darnos cuenta de que nos están mirando. El mundo es filtrado a través de nosotros. Aprenderán a relacionarse según nos relacionemos entre nosotros y con ellos, aprenderán a negociar según seamos capaces nosotros de incorporar esta herramienta esencial en nuestra cotidianidad, aprenderán a respetar si viven con respeto, en definitiva, construirán una imagen de sí mismos y de los otros con lo que seamos capaces de ofrecerles.


Olga Carmona | ElPais.Com

 

La alegría cotidiana como impulso creativo

 Calidad de vida es hacer fluir la Autonomía en cada instante. 

Quienes siguieron nuestras últimas reflexiones, habrán podido detectar la secuencia lógica y el valor existencial de los conceptos para poder llevar a la práctica un enfoque diferente respecto de lo que comúnmente se entiende por calidad de vida. La tan mentada calidad de vida se la considera vulgarmente como si fuera un estado de felicidad casi-providencial que se obtiene en circunstancias especiales y hasta con erogaciones y recursos especiales. Cuando se piensa así, la calidad de vida y la felicidad nunca llegan, ya que denota una dependencia mental a situaciones y a factores externos a la realidad y a la sencillez de la vida del sujeto.

Si bien es cierto que los factores externos (recursos económicos, contactos, prestigio) son muy importantes, no son decisivos para la felicidad del ser humano y hasta podríamos ensayar una ecuación, dada en la experiencia de lo que cada individuo entiende por felicidad. Aun cuando se lograra un nivel óptimo de satisfacción acerca de dichos factores externos, resulta ingenuo deducir que por ese solo hecho adviene la felicidad. El sujeto podrá estar satisfecho, no sufrir necesidades, vivir cómodo y holgado, pero de ello no se sigue que sea plenamente feliz en cuanto a la realización de la alta finalidad de su vida. De esto surge que la calidad de vida se obtiene cuando el propio sujeto la construye con su capacidad y habilidad para enfrentar de manera creativa y autónoma las diferentes alternativas que la vida cotidiana le impone.

Calidad de vida es calidad de percepción, de decisión y ejercicio de la capacidad para dejar transcurrir y hacer fluir cada momento y cada instante vivido según un rango de autonomía de pensamiento y de acción creativa frente a las variadas circunstancias y situaciones, tanto complejas como simples y sencillas. Cuando esperamos de otro la respuesta o la solución salvadora, nuestro potencial interno cae en los debilitamientos de la dependencia y se desvanece en la pasividad. Esto ocurre por los hábitos, deficiencias y vínculos que se fueron tejiendo desde la comodidad, la indiferencia, la intolerancia o la impaciencia.

Sin caer en los extremos (como el de la indigencia, que constituye un estado de alta dependencia, necesidad y sumisión) el sentido común consiente y valida la posibilidad de ser feliz solamente cuando hay autonomía y dominio personal frente a los diversos factores externos. De allí que para superar la dependencia y sumisión a los mismos, el sujeto debe dar cabida a valores que eleven y dignifiquen de manera consciente su pensar, su sentir y su actuar a fin de poder utilizar los medios y recursos al servicio de una finalidad que le otorga sentido a la propia vida.

Pero las trampas de la imaginación colocan a quien no está advertido en una suerte de sopor mental que funciona como un contagio inadvertido. En ese circuito ilusorio en el que la vida aburrida busca nuevos paréntesis, encontramos los indicadores aparentemente inofensivos e irrelevantes de una vida signada por la rutina mental y el hastío laboral y familiar.

La rutina y el hastío adormecen las horas y los días de quien no ha decidido cambiar y revertir su habitual lógica repetitiva, tanto en su mundo laboral, como familiar y personal. En este escenario de indecisión, surge el pacto con el aburrimiento, en el que el individuo sobrelleva su cotidianeidad de manera azarosa e infértil, ocupado en las mismas cosas de siempre y en pequeños fragmentos de bienestar e ilusiones que hacen transcurrir pesadamente cada instante.

El aburrimiento y la creatividad constituyen, desde nuestra hipótesis cognitiva, los extremos por los que se decide la calidad de vida. El aburrimiento paraliza la mente, impide la iniciativa para algo nuevo y ahoga el impulso creativo de la alegría. Quien hace algo nuevo y tiene iniciativas escapa de la lúgubre lógica del aburrimiento, ya que su creatividad proviene del estímulo y la motivación y no de la parálisis mental. Lamentablemente, la calidad de vida está erróneamente asociada con el consumo de estereotipos de confort y entretenimiento, a instancias de la pasividad de una mente aburrida y sin iniciativas. Creatividad es vivir con autonomía cada instante, para lo cual la mente y la sensibilidad deben generar constantemente el impulso transformador de la alegría cotidiana.

Por eso, cada uno debe promover una actitud creativa ante la vida y generar estímulos desde la iniciativa personal y la capacidad para pensar por sí mismo. Este proceso superador de la conciencia frente a las obligaciones laborales, familiares y sociales, define el rango personal de la propia autonomía y creatividad, donde el pensar, el sentir y el actuar son inducidos desde la íntima convicción del sujeto para cumplir, en todo lo que hace y realiza, con el paradigma de la superación humana.


Dr. Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com

 

Seis pasos para sanar las heridas emocionales de la infancia

Buscar culpables sólo nos hace perder energía. Es fundamental que nos demos permiso para enfadarnos y aprendamos a perdonarnos; al sanar nuestras heridas podremos ir por el mundo sin ocultarnos.

Las experiencias dolorosas que desarrollamos a lo largo de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Generalmente nos cuesta afrontar problemas emocionales como separaciones, traiciones, humillaciones, abandonos o injusticias.

Lo cierto es que es probable que muchos de nosotros aún no hayamos cerrado esas heridas, que sigan doliéndonos y que intentemos enmascararlas bajo el maquillaje de la vida.

Sin embargo, no nos percatamos de que sólo estamos evitándolas y que cuanto más esperemos más se agravarán; esto es mucho más complicado cuando, a pesar de que sabemos que algo no está bien en nuestro interior, todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos heridos.

Así, hay un tanto por ciento de ignorancia que, unido al miedo de revivir nuestro dolor, no nos permite ser nosotros mismos, obligándonos a interpretar un papel que tenemos poco o nada estudiado y que no nos corresponde.

Seguro que, si estás leyendo esto, te sobran las ganas de conocerte y de mejorarte cada día. Por eso, con este artículo te queremos acercar una pequeña ayuda para que conozcas cuál es el proceso que debes seguir si quieres poner en marcha la maquinaria del afrontamiento que te permita curar tus heridas.

Así es que, a continuación, te mostramos 5 etapas que necesitamos experimentar para sanar nuestras heridas emocionales:

1. Acepta la herida como parte de ti

No te tapes los ojos, la herida existe. Puedes reconocerlo o no, pero en realidad hacerlo es lo único que te ayudará a seguir adelante. Según Lisa Bourbeaur aceptar una herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que tener situaciones que resolver forma parte de la experiencia del ser humano.

Puede que pienses que vendarle los ojos al sufrimiento es lo mejor que puedes hacer, pero eso implica que la herida se complique con el paso del tiempo.

Debes aceptar y comprender que no somos mejores o peores porque algo nos haga daño. Haberte construido tu coraza es un acto heroico, un acto de amor propio que tiene mucho mérito, pero que ya ha cumplido su función. Ya te protegió del ambiente que te originó la herida, por lo que es la hora de dejar ir y avanzar.

Aceptar nuestras heridas resulta muy beneficioso cuando es con el fin de adquirir el aprendizaje que necesitábamos. Si no lo haces, generarás numerosos problemas a largo plazo, tales como depresión, ansiedad e inseguridades.

2. Aceptar que te haces daño sucumbiendo al temor o al reproche

Si focalizamos nuestra atención en el dolor y en la búsqueda de un culpable o un responsable estaremos perdiendo energía, la cual es muy necesaria para sanar nuestra herida. Intenta perdonarte y perdonar a los demás, pues es la única manera de que consigas pasar página y abrir tu corazón.

Debes entender que la voluntad y la decisión de sobreponernos a nuestras heridas es el primer paso hacia la autocomprensión y el autocuidado. No sólo desarrollarás estas cualidades para ti, sino también hacia los demás, lo cual redundará en un mayor bienestar emocional.

No puedes pretender que los demás cumplan tus expectativas y te saquen del pozo cada vez que te hundes; no es justo cargar a alguien con esa responsabilidad que solo nos corresponde a nosotros mismos. De hecho, son este tipo de comportamientos los que llevan a anular gran parte de nuestras relaciones y de nuestra vida, lo que genera a su vez gran malestar emocional.

3. Date permiso para enfadarte con las personas que alimentaron tu herida

Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará culpar y sentir enfado hacia quien nos perjudicó. Date permiso para enfadarte con ellos y perdónate.

Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás reprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento, dos sentimientos extremadamente perjudiciales para nuestra salud.

Vivir imponiéndonos trampas emocionales es castigarnos y abocarnos a una vida llena de dolor y de insatisfacción. Además, de nuevo, esto ocasionará que enmascares tu verdadero Yo interno y que no seas capaz de abrir tu corazón.

4. Tras la aceptación y el perdón viene la transformación

Absolutamente todas nuestras experiencias nos enseñan algo. Es probable que te cueste aceptarlo, pues nuestro ego es especialista en crear esa barrera de protección que oculta nuestros problemas.

Lo cierto es que nuestro ego suele complicarnos la vida; sin embargo, son nuestros pensamientos y nuestros comportamientos los que la simplifican. Todo cambio requiere de un gran esfuerzo, pero es necesario mirar de frente y afrontar que no estamos siendo nosotros mismos y que algo debe cambiar.

5. Observa el mundo con y sin herida

Date tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años. Estaba ahí y, aun sin saber cómo, dirigía cada uno de tus movimientos. Deshazte de tus máscaras, no te juzgues, no te critiques y pon todo de ti a la hora de intentar sanar tu herida de manera profunda.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses o años. Lo ideal es que seas capaz de decirte a ti mismo «Vale, me he colocado esta máscara y la razón ha sido esta. Es hora de quitármela». Entonces sabrás que estás en el camino correcto y que, en el resto del viaje, tu guía será la inercia que te permita sentirte bien sin ocultarte.

6. Apóyate en tu círculo social

Es probable que pienses que tú puedes con todo y que ya has salido de peores pozos. Sin embargo, no hay motivos por los cuales debas renunciar al consuelo de un corazón que te escuche pacientemente.

Es evidente que el apoyo que los demás nos brindan puede ser crucial a la hora de superar múltiples obstáculos. No renuncies a los abrazos y al mundo, ellos también forman parte de ti y juntos pueden reconstruir un nuevo hogar en el cual vivir sin sufrimiento.


Alejandra Plaza | AlejandraPlaza.Com

Expresar versus reprimir las emociones

Contexto cultural donde operan las emociones

El pensamiento de los últimos siglos ha insistido en el uso de la razón por sobre encima de las emociones. Culturalmente nos hemos educado a guiarnos «racionalmente», bajo la premisa «pienso, luego existo», restando importancia a la emoción y su expresión.

El ambiente cultural y social actual apunta a la no expresión emocional, sobre todo aquellas emociones que social y culturalmente han sido etiquetadas – estigmatizadas – como negativas, tales como la rabia, la tristeza, el dolor, o el miedo. Estas emociones han sido catalogadas como una debilidad más que un potencial, en consecuencia hay la tendencia a negarlas, reprimirlas, camuflarlas o apaciguarlas. En este contexto es común escuchar expresiones tales como: «Si te ven triste o llorando van a pensar que eres débil», «deja el enojo: van a pensar que eres un amargado (a)», «no te rías tan fuerte: te ves tan vulgar cuando lo haces», «contrólate, no llores…» «los hombres no lloran», etc.

De modo que las personas tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados, lo cual puede implicar reprimir o negar determinadas emociones. Como dice Maickel Malamed: «Parte del manejo emocional tiene que ver con moldes… el hombre piensa, la mujer siente, los hombres no lloran, la tristeza es mala, el miedo es de cobardes… se pierde la emoción en una cuestión moral y la moralidad está en la acción, no en el sentimiento». Pero nos engañamos al pretender meter las emociones en un molde, y etiquetarlas como buenas o malas, positivas o negativas. Las emociones son, simplemente, expresiones naturales de nosotros mismos que expresan una realidad interna, una necesidad.

Las emociones son un componente fijo de nuestro programa de comportamiento

Como seres humanos no podemos suspender, desconectar o eliminar las emociones de nuestro repertorio de experiencias y  comportamientos. Las emociones no son simplemente una opción dentro de un menú del que podemos escoger alguna de las opciones sugeridas. Por el contrario, representan un componente fijo de nuestro programa de comportamiento. Las emociones son reacciones instintivas – impulsos o disposiciones – para actuar, ante situaciones y circunstancias diversas.

Las emociones nos brindan la dirección que requerimos para actuar en cada situación, al facilitar la toma de conciencia de lo que nuestro organismo está experimentando, al ser éstas expresión fiel de lo que está aconteciendo en nuestra vida interior. En este sentido, las emociones nos dan una referencia acertada de lo que nos sucede en un momento determinado, y la energía adecuada para actuar en cada situación.

Cada una de las emociones son signos que nos ayudan a prepararnos para responder a diferentes situaciones. Así por ejemplo la rabia nos informa que alguien ha traspasado nuestros límites, el dolor nos dice que ha aparecido una herida, el miedo nos comunica nuestra necesidad de seguridad, el placer nos ayuda a tomar conciencia de que nuestras necesidades están satisfechas, la tristeza nos susurra del valor de lo perdido, la frustración nos expresa que tenemos necesidades no atendidas – objetivos no alcanzados -, la impotencia nos habla de la falta de potencial para el cambio, la confusión nos expresa que estamos procesando información contradictoria. Cada emoción tiene su propio mensaje e intensidad.

1. El control: Una estrategia neurótica de gestionar las emociones

Una de las estrategias – estériles e inefectivas – que más utilizamos para lidiar con las emociones con las cuales nos sentimos incómodos, tales como la ira, el miedo, la impotencia, la frustración, la inseguridad, entre otras, es el control. Al respecto comenta Norberto Levy: «Al sentir una emoción que nos disgusta, como el miedo o enfado, queremos controlarla para que desaparezca. Pero así sólo se intensifica. El camino es ayudarla a madurar».

Hay muchas maneras de controlar las emociones. Podemos racionalizarlas, reprimirlas, negarlas o simplemente tratar de desconectarlas, en el caso de que nos resulten demasiado amenazantes. Pero el resultado de este «esfuerzo disciplinado» por controlar las emociones, es la insanidad emocional, la pérdida del contacto con el sí mismo, la inautenticidad, la desintegración del alma.

La represión emocional daña nuestra salud psicológica y física

Negar o reprimir «emociones indeseadas» como el miedo, la tristeza o la rabia, no hará que desaparezcan, por más «disciplina y control» que utilicemos. Seguirán presente en nuestras vidas, pero expresándose de otras formas, como rigidez corporal, insomnio, adicciones, falta de espontaneidad, irrupción descontrolada de los rasgos y sentimientos controlados, compulsividad en algunas de nuestras acciones, degradación funcional de la secuencia vital de nuestra comunicación (percepción – sentimiento – expresión).

La emoción es energía que genera nuestro organismo y que por su naturaleza busca expresarse. Ahora la energía, por principio físico, no se destruye sino que se transforma. Así sucede con la emoción cuando la reprimimos evitando que se exprese mediante el llanto, las palabras, la risa, etc…, se transforma en enfermedades como gastritis, problemas digestivos, problemas cardiovasculares, cáncer, entre otras enfermedades; o en insanidad psicológica, como culpa, depresión, ansiedad, etc. Resulta, pues, un esfuerzo inútil tratar de «enterrar las emociones». Como lo expresa Don Colbert: «Las emociones no mueren. Las enterramos, pero enterramos algo que todavía está vivo». Agrega Deb Shapiro: «Toda emoción reprimida, negada o ignorada queda encerrada en el cuerpo».

Cuando reprimimos las emociones negándoles su expresión, el efecto de expresión y movimiento que es inhibido, se encauza hacia adentro. Así por ejemplo, cuando reprimimos la rabia o el miedo, la tensión muscular que debería experimentarse en los músculos orientados hacia el exterior, que intervienen en la respuesta típica de huida o ataque, se direcciona hacia adentro, transfiriendo esa carga a los músculos internos y vísceras. En el largo plazo esa tensión que acompaña a las emociones y que fue inhibida, termina expresándose a través de otras formas como contracciones y rigidez muscular, dolores del cuello y espalda, enfermedades gástricas, dolores de cabeza, entre otros.

Las emociones que no expresas, enfrentas y resuelves, terminan por manifestarse en alguna parte del cuerpo.

Está también el debatido enfoque de las enfermedades psicosomáticas, según el cual los trastornos físicos psicogénicos se desarrollan a causa de sentimientos reprimidos.

Cuanto más fuerte es la represión de una emoción, más fuerte es la explosión emocional

Controlar las emociones es una experiencia ilusoria, con logros muy engañosos. Detrás de la fachada de control que la persona arma, se mantiene un equilibrio muy precario. A pesar de los recursos estereotipados que la persona aprende: modulación de voz, posturas corporales, mirada artificial, gestos faciales encubridores, el controlador sólo logra una transformación transitoria de su conducta externa, pues tarde o temprano las emociones reprimidas emergen redimidas por las necesidades que claman por salir.

En cada una de las expresiones estereotipadas de «serenidad, aplomo y ecuanimidad», aparecerá también su precariedad expresada en rigidez, compulsividad y mal humor, hasta que «el controlado» irrumpe descontroladamente, ante situaciones imprevistas o de retos.

Por otra parte, cuanto más fuerte sea la represión de la emoción, más potente y explosiva será la expresión y liberación de esa emoción en algún momento de la vida. A la larga las emociones reprimidas terminan teniendo una expresión que va más allá de la respuesta normal. Dice Don Colbert: «Las emociones que quedan atrapadas dentro de la persona buscan resolución y expresión. Esto forma parte de la naturaleza de las emociones, porque deben sentirse y expresarse. Si nos negamos a dejar que salgan a la luz, las emociones se esforzarán por lograrlo. La mente inconsciente tiene que trabajar más y más para poder mantenerlas bajo el velo que las esconde».

Las emociones que mantenemos reprimidas terminan por escaparse de la mente inconsciente.

2. La expresión: Una estrategia ecológica de gestión de las emociones

La clave para lograr efectividad en el manejo y gestión de las emociones no es negarlas o controlarlas, sino permitir que fluyan, lo cual no quiere decir que si, por ejemplo, estás enojado (a) con tu cónyuge, des rienda suelta a tu enojo y le lastimes, o traspases sus límites y derechos, sino más bien dejar que tu emoción te informe que está pasando contigo, para luego decidir cómo atenderla de la manera más segura y productiva. La idea implícita es la del «judo emocional», lo cual consiste en ver la emoción como una fuerza que busca expresar una necesidad del organismo y tratar de absorber la energía o fuerza (fluir con lo que está sintiendo – adquirir plena conciencia) y ayudarla (no bloquearla, controlarla) para que complete su movimiento, utilizando su fuerza para que continúe su camino, en vez de bloquearla, causando que nos tumbe o agobie. Por otra parte, liberar la energía que generalmente usamos para reprimir las emociones producirá un enorme flujo de vitalidad que se manifestará en forma de relajamiento, creatividad, satisfacción y poder personal.

Hay tres metáforas que pueden servir para ilustrar el manejo de las emociones. Una es comparar la emoción con un pozo de agua contenida, represada, sin movimiento, lo cual equivale a controlar / reprimir las emociones. ¿Qué pasa con el agua en tales condiciones? Naturalmente se pudre, pierde vitalidad. La segunda metáfora es la de un tsunami, cuya violencia de agua, arrasa con todo a su paso, causando muerte y devastación, lo cual equivale a dar rienda suelta a nuestras emociones sin medir consecuencias, de tal forma que nos convertimos en sirvientes de nuestras emociones, lastimando a otros y a nosotros mismos y saturándonos de conflictos interpersonales. La tercera metáfora es la de una represa hidroeléctrica, que permite que el agua fluya, pero a la vez sea canalizada para fines productivos. Esta es la imagen que quiero dejar fresca al hablar de judo emocional.


Arnoldo Arana | formagestalt.blogspot.com

¿Te respetas?

Estarás pensando que es algo obvio, ¿pero reflexionaste sobre ello alguna vez?

El respeto, en general, se asocia a los buenos modales o una forma amable de responder. Es aquello que nos inculcan desde pequeños: «No le faltes el respeto a…» llámese abuelos, primos, amigos, supervisores, colegas, compañeros, mascotas, plantas, etc.

La lista puede ser muy extensa. El tema radica en comprender que implica el término «respeto», lo cual sería mucho más sencillo si nos abstrajéramos un poco de la amabilidad y lo relacionáramos con una actitud.

Dicha actitud surge tras reconocer la dignidad de las personas, lo cual conlleva a la aceptación del otro como un ser único, irrepetible, autónomo e independiente. Pero, ¿y qué lugar ocupamos nosotros mismos?

Muchas veces nos quejamos sobre cómo los demás nos faltan el respeto, sin darnos cuenta que eso ocurre porque nosotros mismos no nos respetamos y dejamos que el otro tampoco lo haga. ¿Por qué? Porque básicamente el autorespeto es la actitud de «tenerse en cuenta y actuar en consecuencia», sin por ello faltarle el respeto a los demás.

Se estarán preguntando qué significa tenerse en cuenta y actuar en consecuencia, muy sencillo:

  • Atender y satisfacer las propias necesidades. ¿Cuántas veces dejaste de lado lo que verdaderamente querías sólo por complacer a un amigo?
  • Poder expresar y manejar emociones y sentimientos ¿Cuántas veces no mostraste tu desacuerdo sólo para que no te tildaran de mala onda?
  • Cuidar tu salud, lo cual incluye además a tu cuerpo y bienestar. ¿Cuántas veces pensaste: mañana retomo el gimnasio y el mañana nunca llegó?
  • Respetar tus espacios e intimidad. Que tengas una relación (llámese pareja, matrimonio o como quieras) no implica que cada uno deba adherirse al otro cual garrapata.
  • Siendo tolerante contigo mismo. Nadie es perfecto, por lo tanto, si te explicaron algo y no lo entendiste, no es que «seas un tonto», simplemente necesitarás más tiempo que otros.
  • Dedicándote tiempo para ti. Como por arte de magia logras tener tiempo para familiares y amigos. ¿Y para aquello que tú tanto deseas?

En general, la falta de respeto comienza hacia uno mismo. Es por ello que deberías preguntarte no tanto por qué los demás te faltan el respeto, sino, por qué tú lo permites.

Quizás, para no faltarte el respeto, tengas que renunciar a que te consideren «bueno», lo cual muchas veces implica que termines cediendo, sin tener en cuenta tus propios deseos.

En la medida en que cada uno se respete, estará defendiendo el derecho de ser realmente quien quiere ser, con sus virtudes y defectos, sin depender o estar pendiente constantemente de la aprobación de los demás.

El psicoterapeuta Nathaniel Branden plantea «El respeto comienza por uno mismo». Si tú no te respetas, los demás es muy difícil que lo hagan…por eso vuelvo a preguntarte:

¿Te respetas?


Lic. Adriana E. Sivolella

El perdón en el vínculo conyugal

Aunque no existen matrimonios perfectos, exentos de padecer dificultades y situaciones de estrés, es válido y posible que las parejas aspiren a relaciones en donde los problemas que enfrentan, se puedan atender con prontitud y se resuelvan mediante acuerdos satisfactorios y saludables.

No será tarea fácil, pero con disposición, buena voluntad y perseverancia de la pareja, los eventuales conflictos y dificultades podrán ser solventados. Será igualmente necesario conformar un ambiente familiar en donde prevalezcan la comunicación, el entendimiento y los acuerdos, donde se dejen atrás las indisposiciones y resentimientos y se adopte, como un estandarte de la vida conyugal, el perdón recíproco.

En el matrimonio, las diferencias y los conflictos que surjan, no pueden colocar a cada uno en posiciones de confrontación y batalla. Las diferencias de opinión, temperamento, costumbres y aspiraciones, son inevitables y hasta naturales. Pero la forma de abordarlas y resolverlas, como pareja, determinará la diferencia entre una resolución positiva y saludable de la dificultad, de otra que no lo es.

Pero aun logrando, en general, establecer relaciones donde prevalezca el diálogo respetuoso y armonioso, aun cuando exista un adecuado y efectivo entendimiento en la vida conyugal, aun cuando las dificultades se tiendan a resolver mediante acuerdos satisfactorios para ambos, aun así, podrían surgir en el caminar del matrimonio, muchos momentos que hagan que alguno de los cónyuges, o ambos, se sientan lastimados, ofendidos, molestos, o simplemente afectados por algo que dijo o hizo su pareja.

Cuando esto ocurra, el perdón es una herramienta muy apropiada para evitar que los conflictos crezcan y perduren, así como para dar inicio al proceso de «sanar» las heridas que eventualmente fueron causadas por la inadecuada actitud, decisión o palabra del cónyuge.

Existen acciones o actitudes entre la pareja que pueden afectar a uno, a otro o a ambos. Permanecer enojados, alejados o confrontados por causa del problema, no solo no lo resuelve, sino que lo puede hacer más grande, difícil e inmanejable. Por otro lado, cuando se decide perdonar, se activa un proceso, consciente e inconsciente, que posibilita soltar lo que incomoda, distancia y afecta, y se experimenta una mayor libertad y tranquilidad consigo mismo y con la pareja.

Sea un problema ligero o de mayor dimensión, el perdón es un proceso que se inicia a partir de una decisión. La persona que se siente afectada por la acción de su pareja, decide perdonar -independientemente de que su cónyuge pida o no perdón-, porque sabe que su perdón no es un favor a la otra persona, sino que le produce un enorme beneficio a sí mismo. Con el perdón se logra soltar una serie de sentimientos negativos que producen daño y afectación directa a la persona que los siente: resentimiento. Ira, enojo, rencor, dolor, incomodidad, desasosiego, etc.

La persona que perdona, no lo debe hacer tanto por beneficiar a su pareja, ni pensar que está eximiendo de su falta a la persona que le dañó, sobre todo si ésta no ha reconocido su error y solicitado el perdón. Lo debe hacer por ella misma, porque es la mejor forma de liberarse de los sentimientos que la afectan y de volver a sentir paz y tranquilidad.

Ahora bien, lo óptimo es que la parte que ha cometido la falta reconozca su error y pida perdón, porque esta actitud facilitaría aún más el proceso de perdón en ambas direcciones, así como la posibilidad de activar de mayor forma el proceso de «sanidad» de las heridas provocadas por la falta.

En este mismo sentido, la persona que cometió un error y desea pedir perdón a su pareja, debería mostrar al menos tres aspectos importantes. En primer lugar, tener conciencia plena del error que cometió, así como de la dimensión de éste y del daño producido a su pareja y su entorno. Muchas personas que cometen una falta – menor o grave – tienden a justificarse, a buscar explicaciones, a trasladar a otros su responsabilidad para atenuar su falta y eventual culpa. Pero esta actitud, lejos de facilitar el proceso de perdón y la superación del problema derivado, termina afectando y lesionando mucho más la relación.

En segundo lugar, debe sentir y expresar un arrepentimiento genuino por la falta cometida. No se trata de cumplir con un requisito para hacer sentir mejor a su pareja. Debe sentir en lo hondo de su corazón, el daño producido a la persona que ama y que está a su lado. Debe ser capaz de conmoverse por el sufrimiento provocado y arrepentirse sinceramente por ello. El arrepentimiento debe ser un acto consciente que posibilita a quien ha cometido un error soltar su falta pidiendo perdón.

En tercer lugar, debe haber voluntad para corregir la falta, es decir, el deseo de trabajar intensamente para enmendar el error cometido, realizando acciones, emitiendo señales, mostrando expresamente su deseo de ayudar a la persona afectada a que «sane» sus heridas y a que vuelva a confiar en ella. Se trata, ante todo, de un proceso que implica no volver a fallar, tener paciencia y trabajar para recuperar la relación resquebrajada por su falta.

De parte del cónyuge afectado, para perdonar, se debe empezar por decidir perdonar, independientemente de lo que haga su pareja. Debe, asimismo, soltar el pasado – que no significa para nada dejar de sentir súbitamente el dolor -, pero sí iniciar el proceso de «cicatrización» de las heridas ocasionadas por las faltas de su pareja. Aun así, podría suceder que la persona afectada por una falta seria y dolorosa, decida perdonar, pero mantener la distancia con la persona que la afectó. Hay situaciones especiales donde los daños producidos por una de las partes hace que la otra no desee continuar con la relación. El vínculo conyugal es posible a partir de la voluntad y el compromiso expreso de ambos. Hay daños tan profundos que, aún con el otorgamiento de perdón, la relación no se logra recuperar, y la distancia respetuosa es, para algunos, una opción saludable.

El vínculo matrimonial debe estar unido por el amor. Cuando hay amor, la pareja se esfuerza por agradarse el uno al otro, procura establecer una comunicación positiva y abundante, mantener las manifestaciones y expresiones afectivas y la cercanía íntima necesaria. Pero aun así, los cónyuges pueden cometer errores, y es cuando el perdón se constituye en un ingrediente indispensable para que el matrimonio continúe robusto y saludable en el transcurrir de los años.


Jesús Rosales Valladares | enfoquealafamilia.com

La paradoja del perfeccionismo

 Es un rasgo que se asocia con falta de seguridad y confianza. Los perfeccionistas suelen tener altos niveles de ansiedad que les provocan sufrimiento.

El ritmo de vida actual demanda cada vez más prisa, más eficacia y más resultados. La rutina se convierte en una carrera de fondo donde conjugar velocidad y aciertos es cada vez más complicado. Falta tiempo para todo y la perfección parece convertirse en una meta a la que debemos llegar, cueste lo que cueste. Sin embargo y aunque suene a paradoja, la perfección no siempre es perfecta, pues en muchas ocasiones y en contra de lo que se pueda pensar, conlleva muchos más inconvenientes que ventajas para nuestra salud física y mental.

Las personas perfeccionistas suelen ser rígidas en su pensamiento, muy críticas consigo mismas, disciplinarias e incansables en la consecución de metas personales. Pero además de esto, tienen otros dos factores muy relevantes que pueden acarrear algunos problemas: la ansiedad y el sufrimiento.

«Una persona perfeccionista es aquella que en todo momento está sufriendo y fomenta su inseguridad, ya que quiere llegar a una perfección tal que, o cree que la consigue o no dará por terminada la acción que realiza. Lo normal es que pierda tanto tiempo en realizar acciones cotidianas que tenga que descuidar su vida personal», explica Fernando Miralles, profesor de Psicología de la Universidad CEU San Pablo. Por ejemplo, y según casos reales de la consulta de este profesional, una persona lleva estudiando una oposición 12 horas diarias y finalmente, no se presenta el día de la prueba porque piensa que no ha repasado lo suficiente, cuando en realidad lleva meses haciéndolo.

El perfeccionismo está muy relacionado con una falta de confianza y seguridad. Por lo que, en extremo, suele dar lugar a a comportamientos demasiados rígidos o controladores. «Sienten una gran presión que les produce mucho sufrimiento: nunca están conformes con el resultado de sus acciones y rechazan cualquier error o imperfección, relacionándolo con una falta de valía personal», afirma Josefa Perez, presidenta de la Asociación Nacional de Psicólogos clínicos y sanitarios (ANPCS). Y ese es realmente, el verdadero problema: «Tanto aciertos como fallos, no siempre son valorados desde la objetividad, sino desde el fracaso personal», confirma Mª Luisa Regedera, psicopedagoga y directora de ISEP Clínica Mallorca.

Síntomas físicos y emocionales

Las personas que tienen este rasgo de personalidad suelen tener por regla general, altos niveles de ansiedad que sumado al factor de inseguridad mencionado anteriormente, «les llevan a un sufrimiento tan elevado, que pueden tener crisis de ansiedad, cansancio excesivo o incluso una falta de motivación», indica Miralles.

Así lo confirma también un estudio elaborado por la Universidad de Brock, en Ontario. Después de examinar la relación entre perfeccionismo y salud física de 492 personas, de entre 24 y 35 años de edad, los resultados concluyeron lo siguiente: las personas perfeccionistas son más propensas a sentirse mal, y a quejarse de falta de sueño, dolor y fatigas que aquellas que no lo son. Además de que son personas que temen mucho un fracaso.

No obstante, las conductas perfeccionistas están relacionadas con muchas alteraciones, «dependiendo de la historia personal del sujeto y de sus rasgos de personalidad», afirma Pérez. De este modo, es frecuente que puedan somatizar con síntomas físicos como problemas digestivos, intestinales, cefaleas tensionales, jaquecas, dermatitis, etc. Y a nivel emocional, estos comportamientos pueden generar tensión y ansiedad, sobre todo en personas inseguras en las que el temor al rechazo les hace actuar en función de cómo creen que les gustaría a los demás y no de como realmente son. De forma que «cuando no consiguen esa aceptación que les gustaría, pueden sentir mucha insatisfacción y frustración, pudiendo desembocar en estados depresivos», explica esta profesional.

Este rasgo de personalidad no está considerado en los manuales (DSM-V o CIE-10) como una patología como tal, por tanto no hay estadísticas exactas. Pero si la persona no trata de solucionar este comportamiento, podría llegar a sufrir un trastorno obsesivo compulsivo o un trastorno anacástico de la personalidad. En este caso, señala el profesor Mirallas, la estadística nos marca una prevalencia aproximada del 2.3% de la población. «Las personas demasiado perfeccionistas podrían llegar a tener el temido trastorno obsesivo-compulsivo, que les marcará cada vez más apartados de su vida y tendrán que ir a un facultativo para poder disminuir los síntomas de ansiedad y malestar», afirma.

Consecuencias laborales, sociales y personales

Normalmente una persona perfeccionista lo empieza a ser desde niño. Suelen empezar en la fase de estudiantes e ir ampliando esta característica a otras facetas de su vida. No tiene porqué ser perfeccionista en todas las áreas, insiste Miralles, pero lo normal en que si lo es una se extienda también a las demás.

Ámbito laboral

En opinión del profesor Miralles, una persona muy perfeccionista tendrá la virtud de repasar muchas veces su trabajo, pero esto supone un contra: perderá mucho tiempo en estas revisiones y será lento en la ejecución. Emplea normalmente, mucho más tiempo que sus compañeros en realizar ciertos trabajos y esto conlleva a ese temido sufrimiento. La parte positiva de esta conducta es que su trabajo será impecable, puesto que lo han revisado varias veces antes de entregarlo.

Ámbito social

Según la opinión de Regedera, el perfeccionista es una persona que ama con la misma intensidad que es capaz de criticar su realidad, por lo que es constante, afectuosa de manera intensa y leal. Pero lo negativo de esta conducta es inversamente proporcional: suele ser la persona más odiada y la primera prescindible en grupos sociales.

Ámbito relacional y personal

Suelen ser exigente con el otro, autocrítico y rígido de pensamiento y comprensión de la vida. Pero también, añade Regedera, es apasionado y gran compañero, amante y amigo donde lo da todo por el otro porque la relación también es algo en lo que no puede fallar. En cuanto a la amistad, (como relación emocional y sentimental) es exactamente igual de perfecto. «El pro sería su autenticidad e intensidad y el contra la dificultad en sus relaciones», señala.

En las relaciones de pareja, destaca Miralles, pueden buscar lo que desearían ser, como por ejemplo una persona no tan perfeccionista que a su vez es mucho más natural en su manera de ser, con índices bajos de ansiedad, elevada autoestima y seguridad en sí misma. Entonces, ¿valoramos la imperfección en otro?

«No es que valoremos más la imperfección, es que es más fácil que nos sintamos reflejados en ella, permitiéndonos a la vez identificarnos con los demás y aceptarnos mejor a nosotros mismos, lo que contribuye a mejorar nuestro equilibrio emocional haciéndonos mas libres», añade Pérez.

Lo importante, como todo el la vida es buscar el punto medio. Tener ambición de ser perfectos en la vida es bueno, «siempre y cuando no afecta a nuestro equilibrio emocional y bienestar personal», sostiene esta profesional. Y es que no todo es blanco o negro en la vida: «El perfeccionismo como cualidad humana puede ser bueno, pero siempre y cuando sepamos controlar desde la emotividad», concluye Regedera.

Seis pautas para controlar el perfeccionismo

  1. Emplear técnicas de relajación para mejorar la ansiedad
  2. Mejorar y trabajar la autoestima
  3. Aceptarse a sí mismo, quererse y respetarse, porque nadie es perfecto
  4. Reconocer el derecho a equivocarse
  5. Deshacerse de la rigidez para disfrutar de todas las vivencias
  6. Cuidar la parte emocional más incluso que la racional

Beatriz G. Portalatín | ElMundo.Es

El poder de un abrazo

El contacto físico no es sólo agradable, es necesario para nuestro bienestar psicológico, emocional y corporal; acrecienta la alegría y la salud del individuo y de la sociedad.

Y claro que eso es definitivamente real. Todos funcionaríamos mejor durante el día, si abrazáramos o nos dejáramos abrazar. Si bien es cierto que dar o recibir un abrazo es algo simple y cotidiano, casi todos desconocemos la dimensión de plenitud que nos proporciona. Los expertos en la materia, tienen mucha razón al decir que «en su forma más elevada, abrazar es también un arte». Una de las formas más naturales y espontáneas de demostrar afectos es a través del abrazo. Si bien hay muchas formas de tocar, el abrazo es una muy especial y que contribuye de un modo muy importante, a la curación y la salud.

El abrazo es asexual y por lo general reconocemos un abrazo cariñoso, consolador o juguetón, del abrazo de pareja. Cada uno tiene muy en claro que tipo de abrazo está dando, ya que el abrazado responderá en el mismo tono. El abrazo se da y se recibe. A veces uno es el abrazado y otras, el que abraza. Cuando se quiere un abrazo, no hay que esperar a que el otro adivine, es necesario pedirlo.

Los hijos tienen que ver que sus padres se abrazan entre sí, también a sus amigos, así al crecer, estarán convencidos que es algo que no sólo se da entre amantes y cuando se siente atracción física por otro.

Este gesto se da en todos los niveles de relación interpersonal. Todos tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados. El amor retenido puede convertirse en dolor. Por ello, en el abrazo hay que ser humildes y vulnerables, para entregarnos él y al abrazo. Al abrazar, afirmamos la capacidad de descubrir la ternura y la alegría que hay en nosotros y la riqueza interior que nos nutre.

Hay que tener muy en cuenta que el abrazo, es una de las formas más puras de manifestar afecto y cariño y además, tiene muchos beneficios, como el de aliviar el dolor, la depresión, la ansiedad y la tensión; acrecienta en los enfermos la voluntad de vivir y seguir adelante; ayuda a los bebés prematuros (que se vieron privados de contacto en sus incubadoras), a crecer y a fortalecerse; hace que veamos con mejores ojos nuestra propia persona y el entorno que nos rodea; tiene un efecto positivo en el desarrollo del lenguaje y en el coeficiente intelectual de los niños; provoca alteraciones fisiológicas positivas en quien toca y en el que es tocado; mantiene en buen estado los músculos de brazos y hombros, ya que es un ejercicio de flexión y de estiramiento; afirma que somos seres humanos; es democrático, ya que cualquiera es candidato para dar o recibir un abrazo; crea los lazos más estrechos entre los individuos, ya que rompe las barreras emocionales.

El afecto, el contacto físico y el cariño, es algo demasiado importante. Es una de las necesidades fundamentales del ser humano, al igual que el agua y el alimento.

Si bien, en la generalidad, los hombres suelen demostrar con más facilidad su cariño, muchas mujeres quizás lo expresen sin mayor dificultad, pero no siempre sucede así. Puede ser que una barrera emocional impida demostrar afecto o, simplemente, al no haberlo recibido desde pequeñas, sea difícil proyectarlo hacia otras personas. De hecho, es factible que el afecto recibido durante la infancia, determine la manera de darlo en el futuro. Tanto en el hombre como en la mujer, la ausencia de afectos en la infancia, puede marcar definitivamente nuestra personalidad como adultos; una persona que carece de afectos, suele ser rígida, celosa, posesiva y a veces insensible y violenta.

Normalmente, es gente muy dependiente de los demás en sus relaciones, ya sea matrimoniales o hacia sus padres o hijos. Otro de los rasgos de una persona que recibió poco afecto en su vida, es que suelen ser muy pasivas y se caracterizan porque aceptan todo, por miedo a quedar solas.

Hay diferentes formas de abrazos y hasta llevan nombre

En el «abrazo de oso», por lo general, una de las dos personas es más alta, pero tampoco es requisito para aportar la cualidad emocional de este abrazo. El que abraza se curva levemente sobre el más bajo, envolviéndolo con los brazos. El que es abrazado apoya la cabeza en el hombro o pecho del otro y rodea la cintura del que abraza. Los abrazos de oso, se dan entre padres e hijos; abuelos y nietos. Entre amigos y entre esposos. Este abrazo transmite mensajes como: Te apoyo; cuenta conmigo; comparto tu dolor o alegría. Cuando se da en la pareja, se transmite una infinita ternura.

En el «de mejillas», este abrazo demuestra ternura y bondad y tiene una cualidad espiritual. Se puede dar sentado, de pié o hasta con una persona sentada y otra de pié, pues no se necesita contacto físico total. Si las dos personas están sentadas, deben ponerse de frente y presionar la mejilla contra el otro. Este abrazo se da entre amigos íntimos, entre la pareja o con un ser querido. Es ideal para una ocasión feliz.

En el abrazo «con forma de A», las personas deben estar de pié, frente a frente y colocar los brazos alrededor de los hombros. El costado de las cabezas queda apoyado en la del otro y el cuerpo está inclinado hacia delante sin que haya contacto debajo de los hombros. Es un abrazo clásico y muy apropiado para las relaciones recientes o cuando se requiere cierto grado de formalidad. Por lo general, se da entre familiares que tiene muchos años de no verse.

El llamado «abrazo sándwich», formado por tres personas, dos de ellas se colocan frente a frente y el tercero, en medio de los dos. Los dos abrazantes pueden abrazarse por los hombros o por la cintura. Este abrazo proporciona sensación de seguridad y apoyo. Es ideal para compartir en familia (madre, padre e hijo), entre tres buenos amigos o bien, cuando una pareja desea consolar a otra persona.

El «abrazo impetuoso», es por lo general breve y se caracteriza, porque el que abraza corre y echa los brazos al cuerpo del otro. El que es abrazado debe estar preparado para responder al apretón y tener una sensación agradable. Otra manera de dar este abrazo, es cuando los dos corren el uno hacia el otro y se estrechan con pasión. Este abrazo se da cuando se dispone de poco tiempo, y se recomienda incluir abrazos más suaves y duraderos para no hacerlos tensos. Se utiliza en un momento en que queremos desearle suerte a alguien para expresar cariño, pero de una manera apurada.

El «abrazo grupal», les viene bien a los amigos muy íntimos que comparten un proyecto e interés en común. El grupo se coloca en círculo y los brazos rodean hombros y cinturas. Una de las variantes de este abrazo es cerrar el círculo avanzando hacia el centro y luego retroceder separándose con un grito de júbilo o con un apretón de despedida, tal cual en los bailes rusos. Este abrazo proporciona calidad de apoyo, seguridad y afecto, además de un sentimiento de unidad y solidaridad. Es ideal entre compañeros de clase, de oficina o de un equipo.

El «abrazo de costado», es muy usual darlo mientras dos personas caminan juntas. Pueden estar tomadas por la cintura o por los hombros. Se caracteriza también por ser un abrazo alegre y juguetón. Es apropiado cuando caminamos, paseamos o esperamos en la fila para entrar al cine o al teatro. Este abrazo es común entre la pareja, entre padre e hijo, madre e hijo, entre hermanos y también cuando los buenos amigos desean hablar.

En el «abrazo por la espalda», el que abraza se aproxima al otro lado desde atrás, rodea su cintura con los brazos y lo estrecha con generosidad. Este abrazo suele ser breve y juguetón y la sensación de fondo es de felicidad y apoyo. Este tipo de abrazo se da entre la pareja, como cuando el hombre abraza a la mujer mientras ella se encuentra haciendo algún quehacer.

En el «de corazón», se considera que es la forma más elevada del abrazo. Se inicia un contacto visual mientras la pareja está de pié, frente a frente. Los brazos deben rodear hombros y espalda y las cabezas se juntan y se establece un contacto físico. Los dos deben concentrase en la ternura que fluye desde un corazón hacia el otro y respirar con lentitud. Es preciso anular posibles distracciones. Éste es un abrazo sublime, largo, afectuoso, abierto y genuino. Puede expresar amor puro e incondicional. Se da entre viejos amigos o amigas muy recientes que se unieron por una experiencia y emoción común y, por supuesto, entre una pareja.

El «abrazo a la medida», es muy efectivo porque nos hace sentir bien. Aquí entra el factor ambiente, situación, compañía y las necesidades personales del abrazo: afecto, efecto, fuerza, apoyo o reafirmación o cualquier sensación agradable que pueda proporcionar el abrazo.

En el «abrazo Zen», se puede emplear cualquier tipo de abrazo. El de mejilla y el de corazón son los más recomendables. Una de las formas de practicar este abrazo es que la pareja se siente frente a frente y apoyen los pies con pies y manos con manos. No importa si se abren o cierran los ojos, pero la respiración debe ser profunda y con ritmo. La pareja debe estar concentrada sólo en el momento presente y dejar que los pensamientos desaparezcan. Es preciso tomar conciencia de lo que se está compartiendo, del contacto físico y de la energía que se está entregando mutuamente. Cuanto más profunda sea una relajación, mejor será la experiencia del abrazo. Éste es un abrazo que demanda mucha concentración, ya que mucho se entrega y recibe con él.

La actitud es la clave

Los deseos primarios de todas las personas son la felicidad, progresar y ganar dinero.

Una forma de lograr estos objetivos es siendo rico y próspero.

Así como hay personas pobres y personas ricas hay países pobres y países ricos.

La diferencia entre los países pobres y los ricos no es su antigüedad. Esto queda demostrado poniendo como ejemplos a países como la India y Egipto que tienen mil años de antigüedad y son pobres.

Por el contrario, hay países como Australia y Nueva Zelanda que hasta hace poco más de 150 años eran desconocidos y hoy son países desarrollados y ricos.

La diferencia entre países pobres y ricos tampoco está en los recursos naturales de que disponen, pues Japón tiene un territorio muy pequeño y el 80% es montañoso, malo para la agricultura y la ganadería, y sin embargo es la segunda potencia económica mundial.

Su territorio es como una gran fábrica flotante que importa materia prima de todo el mundo, la procesa y el producto resultante es exportado también a todo el mundo acumulando riqueza.

También tenemos el caso de Suiza, sin océanos, que tiene una de las mayores flotas náuticas del mundo. Que no tiene cacao, pero sí es el mejor chocolate del mundo.

En sus pocos kilómetros cuadrados cría ovejas y cultiva el suelo sólo cuatro meses al año ya que el resto es invierno, pero tiene los productos lácteos de mayor calidad en toda Europa.

Igual que Japón, no tiene productos naturales, pero da y exporta servicios de calidad insuperable; es un país pequeño que da una imagen de seguridad, orden y trabajo, lo que lo convirtió en la «caja fuerte» del mundo.

Tampoco la diferencia está en la inteligencia de las personas, como lo demuestran estudiantes de países pobres que emigran a países ricos, obteniendo excelentes resultados en su educación.

Otro ejemplo son los ejecutivos de países desarrollados que visitan nuestras fábricas y otros organismos; al hablar con ellos nos damos cuenta de que no hay diferencia intelectual ni superioridad en capacidad respecto de nuestros profesionales en los mismos rubros.

Finalmente no podemos decir que la raza hace la diferencia, pues en los países europeos o nórdicos vemos como los llamados «ociosos» de América Latina o África demuestran ser la raza productiva.

Entonces, ¿qué hace la diferencia? ¡La actitud de las personas es lo que hace la diferencia! Al estudiar la conducta de las personas en los países desarrollados, se descubre que la mayor parte de la población cumple con las siguientes reglas, cuyo orden puede ser discutido: 1) La moral como principio básico.

2) El orden y la limpieza.

3) La integridad.

4) La puntualidad.

5) La responsabilidad.

6) El deseo de superación.

7) El respeto a las leyes y los reglamentos.

8) El respeto por el derecho de los demás.

9) Su amor al trabajo.

10) Su esfuerzo por la economía y acometimiento.

¿Necesitamos más leyes? ¿No sería suficiente con cumplir y hacer estas diez simples reglas? En los países pobres sólo una mínima (casi ninguna) parte de la población sigue estos lineamientos en su vida diaria.

No somos pobres porque a nuestro país le falten riquezas naturales o porque la naturaleza haya sido cruel con nosotros; simplemente por nuestra actitud.

Nos falta carácter para cumplir estas premisas básicas del funcionamiento de la sociedad, nos falta ordenamiento para transmitir en nuestros colegios e instituciones educativas estos conceptos básicos.

Si amamos a nuestros hijos, hagamos circular estas premisas, para que la mayor cantidad de gente posible piense sobre este tema.

Si esperamos que nuestros gobiernos solucionen nuestros problemas, esperaremos en vano toda una eternidad.

Enfrentemos el futuro con buena actitud y sensatez.


Jesús Alberto Chaves | RioNegro.Com