¿Por qué nos relacionamos?

La vida está basada en la capacidad de relacionarnos.

Estamos habituados en aplicar el término «relación» a la interacción entre dos personas o más pero el relacionarse es parte inherente de la vida. Todas las manifestaciones de vida se relacionan de alguna forma para poder expresarse. Dentro de la evolución, la forma más pasiva es la del mineral, pero aun así se deja percibir, utilizar, admirar como puede ser un brillante, un zafiro, un rubí, una joya. Le sigue el animal que es una forma más dinámica pues interactúa con otros animales, con la naturaleza, con los seres humanos como por ejemplo: el perro con su amo. Luego, está el ser humano donde se manifiestan diferentes formas de relacionarse pero que requiere de la interacción para subsistir. Si el ser humano no se relaciona muere, por ejemplo: Un bebé si no se relaciona con la madre o con otra figura adulta protectora no subsiste por sí solo. Por ello, manteniendo el recuerdo de la necesidad de sobrevivencia, muchas personas eligen perpetuar una relación destructiva, antes de no relacionarse, pues en el momento que se relacionan viven. Por ejemplo: Una pareja que permite atropello físico o verbal porque en el fondo prefieren tener una relación abusiva que no tener ninguna. La calidad de la relación va a depender de la actitud con que se aborde.

Las relaciones humanas interpersonales representan el gran reto para el individuo y sólo a través del Amor es que podemos relacionarnos plenamente donde podemos fusionar nuestras conciencias individuales y contactar la unidad. La verdadera razón para relacionarnos es poder regresar a la unidad de donde se parte, habiendo asimilado las vivencias, re descubriendo en el otro la condición divina. Par ello, requerimos relacionarnos. Es a través del contacto, del placer, del gozo que nos integramos a la unidad pero la mente y las emociones no clarificadas ni canalizadas nublan el camino para hacerlo. Por ejemplo: El temor que sentimos a no ser amados, a ser rechazados nos hace dudar de nuestra capacidad de lograr sostener una relación de amor. El encontrar la capacidad de amar, nace de la voluntad y disponibilidad que tengamos.

En el relacionarse con los demás es cuando los conflictos no resueltos de la mente se activan, por ello, muchas personas creen que si no se relacionan sentimentalmente no tendrán problemas mayores debido a que considera que el roce de la incomodidad sólo se presenta con la presencia de otra persona cuando en realidad, las relaciones son un termómetro de nuestro estado interno Por ello, la fricción de la interacción es el activador del autoconocimiento porque primero el conflicto tiene que estar adentro para que se pueda manifestar afuera a través de otra persona. El evadir relacionarse sentimentalmente y sacrificar la plenitud del contacto perpetúa los problemas internos pues no son puestos en evidencia. En la medida que no estemos dispuestos a solventar los conflictos emocionales no se pueden tener relaciones significativas, duraderas, nutritivas.

La mayoría de las personas sólo se relacionan a través del intercambio de ideas, del placer sexual pero esa atracción no garantiza una comunicación profunda ni una relación duradera sino más bien un momento de proximidad que nos aleje de la soledad que probablemente en ese momento estemos sintiendo. Este tipo de relaciones pueden ser distraídas y placenteras pero tarde o temprano entrarán en conflicto pues el verdadero Ser no se ha revelado por temor a ser expuesto, a mostrar los conflictos y ser rechazado.

El verdadero ingrediente para tener una relación significativa es ser genuino, abierto. Es bajar las defensas, permitirse involucrarse, ser vulnerable, envolverse en el sentir. Para ello, hay que darse permiso de conocerse a sí mismo porque ¿cómo se puede comunicar a los demás lo que o no nos atrevemos a comunicar a nosotros mismos? ¿Cómo puedes hablar de tus necesidades con tu pareja si no las has reconocido primero?

Date el permiso de sentirte para que puedas sentir plenamente la integración con tu pareja.


María Dolores Paoli | Psicóloga y autora del libro Niños Índigos: Nuevo Paso en la Evolución.

Sí pero no: Disonancia cognitiva

Si os pregunto qué es la Disonancia Cognitiva quizá no sepáis responderme, pero si os digo que se refiere a la tensión o incomodidad que percibimos cuando mantenemos dos ideas contradictorias o incompatibles entre sí, o cuando nuestras creencias no están en armonía con lo que hacemos, sí empecéis a pensar en momentos de vuestra vida donde todo parecía no encajar. Este malestar viene acompañado generalmente por sentimientos de culpa, enfado, frustración o vergüenza.

¿Qué sucede cuando se nos presenta tal tensión? Que nos esforzamos en generar ideas y creencias nuevas que encajen entre sí de manera que nos resulten coherentes. Construimos nuestra propia realidad con la intención de reducir ese malestar.

Si cogemos como punto de partida nuestras creencias o valores, encontramos que casi todos hemos caído en disonancias cognitivas. Por ejemplo:

  • Nos fumamos un cigarro aunque el médico nos lo ha prohibido.
  • Nos comemos un buen trozo de chocolate aun estando haciendo dieta.

En el primer caso sabemos que fumar es perjudicial para nuestra salud y ante todo queremos ser una persona sana, en cambio caemos en disonancia cuando nos convencemos de… «un cigarrito no me hará nada», «total uno más»,«por uno no me voy a morir».

En el segundo caso pasaría exactamente lo mismo, es más nuestra necesidad de saciar el deseo que nos produce comer chocolate, que el razonamiento de que lo tenemos prohibido en la dieta que estamos haciendo por tener muchas calorías.

Como cambiar el pasado es algo imposible y romper con los hábitos cuesta bastante, ¿qué es más fácil? Cambiar las creencias. Es por ello que nos mentimos a nosotros mismos como justificando nuestros pensamientos y actos, evitando así que nos sintamos peor.

Podemos decir por tanto que la tendencia ante estas incoherencias es la autojustificación. Al justificarnos conseguimos reducir la ansiedad que nos provoca la situación. Cuando caemos en disonancia primero actuamos y luego justificamos nuestra actuación. Si bien en un primer momento es algo que alivia nuestra ansiedad, después cuando tomamos consciencia de ello acabamos sintiéndonos mal y entramos de nuevo en el bucle de justificar nuestras propias contradicciones.

Pero hay que tener cuidado con esto, ya que caemos en el autoengaño y con él en la mentira y la crítica como algo cotidiano, y es ahí donde empiezan los problemas emocionales y/o sociales. Por ejemplo cuando deseamos algo que no podemos tener o ser como alguien al que admiramos, tendemos muchas veces al menosprecio, a quitarle valor al objeto o a la persona sobre la que hemos puesto nuestra atención. Es algo muy común en las rupturas amorosas o en los amores no correspondidos, solemos justificarnos con frases como «si ya sabía yo que esto no iba a funcionar», «si era una persona que no merecía la pena»… cuando por dentro estamos rotos de dolor y nos cuesta admitir que es así.

En el caso de personas que no se quieren demasiado a ellas mismas, se tiende a mentir para esconder lo que consideran es una debilidad propia, es cuando se crean corazas y caretas que esconden el verdadero sentir. ¿Qué sucede en estos casos? Pues que la persona muestra una cara que no es, y así la tratan los demás, en cambio por dentro se siente mal e incomprendida. Por tanto, hay que comunicarse más y esconder menos. No levantemos muros, abramos fronteras emocionales.


Ciara Molina | CiaraMolina.Com

Recaer no es lo mismo que retroceder

Frecuentemente pasa en los trastornos de ansiedad, que se queda por ahí una duda o miedo a retroceder cada vez que te vuelves a sentir un tanto ansioso. Esto es causado por la misma hipervigilancia que tenemos sobre nosotros mismos de «ya querer estar perfectos todo el tiempo», y a la más mínima señal de incomodidad o estrés en nuestro cuerpo, nos alteramos de más, y sentimos que estamos retrocediendo.  Así es que aquí te presento algunas ideas al respecto.

¿Realmente qué es recaer?

Recaer significa que ya ibas volando alto y de repente sientes que te caes de nuevo, y aquí es donde hay que buscar ser un poco más objetivos.  No porque te vuelvas a sentir inquieto significa que ya regresó la ansiedad de la misma manera, tampoco porque te sientas un poco acelerado o sudoroso significa que te va a volver a dar un ataque de pánico.

O sea, no porque te tropiezas mientras vas caminando significa que ya te quedaste paralítico o que no te puedas volver a levantar, mucho menos significa que te regresaste a la línea de salida.

Recaer, para mí, realmente significa que estás volviendo a vivir y experimentar la vida, y que quizás bajaste la guardia en cuanto a cuidar de creerle a todos tus pensamientos, o que quizás otra vez te me estás descuidando.

Recaer realmente significa que estás emprendiendo el camino de evolución.  A veces se vale aflojarle tantito, pero si sientes que ya llevas rato recayendo, o que la recaída se sintió muy feo, entonces es momento de escuchar ese pequeño mensaje y hacer el alto que necesitas hacer y reestructurar tus pensamientos, desahogar tus emociones y poner las cosas en su lugar antes de que se convierta en algo más grande.

Distingue entre recaer o sentir

Hay que checar si lo que está pasando realmente es una recaída, o simplemente que estás volviendo a sentir los nerviosismos y estreses normales de la vida. O sea, por más que yo ya no tenga ansiedad, si subo unas escaleras que me implicaron cierto esfuerzo, voy a sentir mi corazón acelerado, pero eso no significa que otra vez recaí.

O si de repente me siento sin ganas de hacer nada, melancólica y filosófica, no significa que otra vez me estoy deprimiendo, significa que me siento melancólica, que estoy sintiendo esa emoción en ese momento, que necesito checar por qué me siento así, canalizar esas emociones y listo.

A veces la ansiedad nos deja como «traumados», en cuanto a que ya cualquier sensación o sentimiento incómodo o desagradable se lo atribuimos a la ansiedad y es ahí donde sentimos que recaemos o retrocedemos, pero esto no es así, es simplemente que eres humano y sientes inquietud como cualquier otro.

Dale el valor y nombre a cada cosa

Con esto me refiero a que le des el nombre y valor a cada cosa que sientes por lo que es, y no por lo que podría llegar a ser o por lo que sospecharías que sería.

  • Si te sientes acelerado, estás acelerado, punto, ni te va a dar un ataque de pánico, ni estás recayendo, estás acelerado.
  • Si te sientes tenso en medio del tráfico y un poco ahogado, te sientes tenso y ahogado, más no significa que te está dando claustrofobia y tienes que salir corriendo.
  • Si te da cierto miedo al anochecer, significa que tuviste la sensación de miedo seguramente por un condicionamiento, más no significa que no podrás dormir y que estás condenado a vivir temeroso.

Toma las cosas por lo que son, dales nombre, y cáchate cuando te estás yendo al futuro a magnificando eso que te está pasando basado en tu experiencia del pasado.

Tu pasado fue tu pasado, hoy es un nuevo día 

Y esto aplica también para cuando de un día que te sientes raro, ansioso o triste, piensas que ya te volviste a amolar, y al día siguiente estás triste porque te sentiste triste, o miedoso de sentirte ansioso otra vez.

Esto es irracional, ya que te quedas atorado en el pasado, en lugar de decir: bueno, ahorita me siento triste, ansioso o miedoso, voy a vivirlo ahorita, así como es, mañana veré cómo me siento.

Y cuando llegue mañana, intenta dejar de estar hipervigilante a ver cómo te sientes o si te sigues sintiendo mal, simplemente siéntete como te sientes en ese nuevo momento.

Realmente no se puede retroceder

En la sabiduría oriental lo tienen muy claro: en la evolución no hay vuelta atrás.

O sea, el camino que ya cruzaste ya no lo puedes volver a cruzar, la prueba que ya superaste ya está superada, el reto que conquistaste ya están conquistados, los miedos que venciste ya están vencidos.

Si lo analizas, es imposible que se te vuelva a presentar exactamente el mismo camino por cruzar, pues no hay un helicóptero que te agarre y te lleve otra vez al principio, no hay manera de viajar al pasado y borrar toda la experiencia que tuviste al cruzar por ese camino, tampoco hay un borrador en tu cerebro que te quite lo que aprendiste.  Simplemente es imposible regresar a como estabas antes.

Lo que sí es real es la evolución ascendente

Lo que sí puede suceder, es que se te vuelvan a presentar pruebas o retos para que ahí apliques el aprendizaje que tuviste del pasado, para que superes ese reto desde otro nivel de conciencia y con muchos más recursos de los que tenías antes.

Así es que a nivel emocional y de evolución, yo te podría decir que es imposible retroceder, lo que sí es posible, es que se te presentan circunstancias parecidas para que ahora apliques lo que ya aprendiste.

Imagínate que la vida es un espiral que va hacia arriba, en metafísica así también se comprende, que vas subiendo y quizás pasas por pruebas parecidas pero cada vez te será más fácil superarlas.

Sé paciente contigo mismo

Si te encuentras sintiendo que recaíste o diciéndote a ti mismo que retrocediste, es momento de ser amoroso y paciente contigo mismo, de bajarle a la exigencia y tenerte tantita compasión auténtica, en la que te ves como humano, y te permites sentir.  Lo que sí no se vale, es que te hables feo y te digas «¿ves? estás condenado a sentirte mal toda tu vida».

Mejor cámbialo por «¿ves? eres humano… estás en proceso de evolución constante».

En conclusión

Realmente no puedes retroceder en tu proceso de sanación, y si sientes que te está pasando, te invito a bajarle a tu exigencia, a tomar los síntomas como lo que son y no querer darles más valor del que tienen, sumergirte de nuevo en las sensaciones incómodas de la vida normales y naturales, y darte chance de vivir el presente sin darle tanta importancia a cómo te sentías en el pasado, aunque eso sí, abriendo los oídos para ver qué necesitas hacer dentro o fuera de ti según ese mensaje que te llegó.


Fabiola Cuevas | Desansiedad.Com

10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos «en serie», a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.

2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.

3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.

4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Sólo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan sólo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección.

9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíble valor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destila positivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.


Cuando se perdona pero no se olvida

La discusión había llegado a su momento más álgido y el volumen de las voces se había elevado a tal grado que solamente se escuchaban gritos incoherentes que denotaban enojo y todo tipo de emociones negativas.

De repente, se hizo un silencio absoluto, como si la energía de los dos se hubiera terminado.

Fue entonces cuando la voz de Miriam sonó mientras sus ojos se fijaban como espadas frente a los ojos de su esposo.

Quiero decirte – dijo Miriam -, que no solamente estoy enojada por lo que acaba de pasar, hay muchas cosas que me molestan y me tienen harta.

No sé de qué me estás hablando – respondió él.

Ya vez, lo peor es que la riegas y luego ni siquiera te acuerdas.

¡Espérame!, – dijo él -, ¿a qué te refieres?.

Ese es tu principal problema, que no te acuerdas de lo que no te conviene, pero te voy a refrescar la memoria. ¿Ya se te olvidó el papelito que hiciste cuando te pusiste muy grosero en casa de mis papás…?

¡Óyeme!, pero eso fue el año pasado…

¡Espérame que todavía no acabo! Y el día que quedamos en ir a cenar, y claro… se te olvidó…

Miriam hizo una breve pausa como para tomar aire y casi de inmediato continuó:

Y el día de mi cumpleaños, que ni siquiera te acordaste, tu secretaria te lo tuvo que recordar y llegaste en la tarde con tu regalito, tratando de disimular tu olvido. ¡Ah! Y aquella vez que…

¡Hey! ¡cálmate!, ¿qué te pasa?. De todo eso ya habíamos hablado y en su momento discutimos. Eso ya pasó, ¿por qué lo vuelves a sacar?

Pues por una razón muy sencilla, porque aunque ya te perdoné, ni creas que lo he olvidado.

Cuando se perdona y no se olvida

Hay muchas personas, hombres y mujeres, que tienden a actuar como Miriam.

Hay muchas personas, hombres y mujeres, que en un lugar de su mente han colocado un cajón, en el cual, guardan con doble llave las experiencias negativas, los desengaños y los momentos difíciles o dolorosos que han vivido y en el momento oportuno y ¡zas!, abren el cajón y sacan de él lo necesario para poner en evidencia su condición de víctimas y los argumentos para chantajear a la pareja.

Mantener archivadas las experiencias negativas, conservar las cuentas pendientes con el «ser amado», pone en evidencia la existencia de rencor y resentimiento, sentimientos que «envenenan» cualquier relación humana.

Cuando se guardan resentimientos, cuando se «perdona» pero no se olvida, la relación se envenena y las personas entran en un juego interminable de cobrarse cuentas pendientes, que como resultado hace infelices a todos los involucrados: al que no olvida, porque el simple hecho de estar recordando las cosas negativas le amarga la vida y le impide la felicidad, y al que se le están echando en cara las cuentas pendientes, porque se siente agredido y manipulado cada vez que le presenten una factura de cobro.

Un elemento importante para lograr la felicidad es el saber perdonar.

¿Qué es perdonar?

Perdonar es abrir una válvula de escape para permitir la salida del veneno acumulado por el rencor y el resentimiento.

Cuando una persona perdona, no está ayudando a quien la ofendió, se está ayudando a sí misma, porque se está deshaciendo de los sentimientos negativos y está recuperando el equilibrio y la paz interior.

En toda relación humana se generan problemas y desacuerdos, se producen situaciones que pueden causar molestia y enojo, pero eso no implica que se tengan que quedar cuentas pendientes.

Hay dificultades y malos entendidos, incluso problemas graves de relación, pero si no se perdona, si se guarda rencor, la relación se va a corroer y la infelicidad de ambos va a ser la principal consecuencia.

El perdón no es cuestión de razón.

El perdón en muchas ocasiones aparece como algo «ilógico», hasta cierto punto irracional, pero lograr perdonar y liberarse del rencor tiene su lógica y su metodología.

¿Cómo evitar el círculo vicioso?

Para evitar que esa cadena de resentimientos y agresiones se convierta en algo interminable, es necesario aprender a perdonar, sin condiciones, sincera y generosamente.

Para poder llegar al perdón, cuando se ha sufrido una ofensa, es conveniente tomar en consideración los siguientes puntos:

Aceptar el dolor: Tratar de aparentar que «al cabo no me importa», es echarle tierra al asunto, pero debajo de esa tierra queda el resentimiento. Solamente reconociendo y aceptando el dolor se puede trabajar para eliminarlo de raíz.

Evitar la competencia: En ocasiones se toma la actitud de «si el otro me hizo, yo le hago…» No se trata de ver a quién le va peor, pues esa es una actitud de: «yo pierdo y tú también», que resulta autodestructiva.

Valorar la ganancia, no la pérdida. Perdonar implica recuperar la paz interior, el equilibrio emocional. Al perdonar, la más beneficiada es la persona que otorga el perdón porque se deshace de los sentimientos negativos.

Buscar soluciones, no al culpable: Lo importante al perdonar es encontrar la manera de restablecer la relación y mejorarla, en vez de identificar quién tiene la culpa de que las cosas no marchen bien.

Evitar poner condiciones: Cuando se ponen condiciones, se corre el riesgo de caer en el chantaje. «Te perdono si tú haces esto o aquello». «Cuando vea que cambiaste, entonces te perdonaré». Estos planteamientos implican una compensación o una especie de desquite y mantienen vivas las actitudes negativas.

Regalar en vez de cobrar: El perdón es un regalo, no es una factura que más tarde se va a cobrar. Perdonar implica decirle al otro: «te perdono, sin pedir nada a cambio». Si se pide algo a cambio, si se cobra ya no hay perdón, hay transacción.

El perdón es como el amor, simplemente se da como un regalo, sin condiciones.

Cuando se toman actitudes de desquite, cuando se guardan cuentas pendientes, cuando se entra en un juego de «toma y saca», se está cultivando la infelicidad.

¿Por qué estar luchando contra nuestra propia felicidad? El perdón generoso, desinteresado, es una excelente inversión, ¡se está invirtiendo en la propia felicidad!


Jorge Zuloaga | Catholic.Net

Amor de pareja

Mucho se ha escrito en la literatura sobre el amor en la pareja, al igual que lo que se ha producido en televisión y cine sobre el amor de pareja. En general mucho de lo que se ha escrito y producido en los últimos años está muy influenciado por la cultura al estilo Hollywood. Esta cultura define el amor basada en lo atractivo de la personalidad, en las características externas: atractivo físico, carisma e imagen. Esta cultura está preñada de definiciones superficiales, y fomenta un amor sentimentaloide y basado en un romanticismo cursi, reduciendo el amor a un simple sentimiento. Pero el amor es más que un sentimiento.

Con frecuencia he dialogado con matrimonios y me ha sido doloroso escuchar de ellos frases tales como: «el problema es que ya no nos amamos». Me pregunto, y pregunto a estas parejas: ¿cómo es ya no se aman? Si su definición del amor está basada en las características de la personalidad (imagen, apariencia física) o el beneficio que se puede esperar de la relación, o en la emoción que sienten en un momento determinado (alegría o placer vs. decepción o dolor) es fácil llegar a esa conclusión.

Aquí es donde muchos matrimonios se equivocan seriamente. Muchos matrimonios viven con una definición del amor centrada en «lo que el otro me aporta o hace por mí», desarrollando un amor condicional al que yo llamo amor sí. Este tipo de amor antepone siempre el condicional SI. «Si me amas te amo»; «si tratas de agradarme, yo haré lo mismo». Este tipo de amor nunca da nada sin recibir algo primero; siempre busca la «reciprocidad». Es un amor utilitario, además de egoísta, posesivo y egocéntrico. Busca, en palabras de Erich Fromm «lograr un intercambio mutuamente favorable».

Otros matrimonios basan su amor en los méritos o cualidades (generalmente rasgos externos de la personalidad). Yo llamo a este tipo de amor, amor porque. Este tipo de amor es menos egoísta, pero sigue siéndolo. Es un amor interesado. «Te amo porque eres atractivo(a)»; «te amo porque eres rico(a)»; «te amo porque tienes una profesión y eres inteligente». Este tipo de amor ama por lo que la persona es o tiene en un momento determinado; pero ¿qué pasa cuando no hay riqueza o se acaba la juventud o la belleza física?, entonces ya no se es capaz de amar. Este tipo de amor al igual que el amor sí tiende a ser temporal.

Prefiero definir el amor más bien según la definición bíblica. Cuando la Biblia usa la palabra amor para referirse al amor con que se necesitan amar la pareja, usan la palabra ágape (ver ejemplo en Efesios 5), que se usa para definir el amor incondicional de Dios. Esta palabra define el amor en términos espirituales – sin excluir el amor romántico en el caso del hombre y la mujer – como un amor altruista, sacrificial, abnegado, que busca dar más que recibir. En este caso podemos definir el amor ágape como un amor a pesar de. Este amor se niega a sí mismo y busca el bienestar de la persona amada, busca la manera de complacer a su cónyuge antes que agradarse a sí mismo(a). Este amor considera las necesidades de la otra persona, antes que las necesidades suyas propias. Su interés no es la explotación, ni conseguir cosas de la otra persona, sino contribuir a la felicidad y el bienestar de la otra persona.

El Amor es una decisión

La definición del amor ágape según la Biblia se aproxima más a una actitud que a una emoción. El amor es una elección; es algo que usted decide hacer, que se demuestra de manera práctica. En relación con el amor, la regla es primero ocurre la acción y luego la emoción se alinea a esa acción.

Muchas parejas al definir el amor como una emoción, esperan que «la emoción del amor vuelva por sí misma», cuando se percibe que se ha ido. Pero las emociones no se reparan por su propia cuenta, tienen que ser restablecidas por actos apropiados – actos amatorios.

Amar a la pareja significa tomar la decisión de darles lo que sea necesario a fin de edificar y desarrollar su vida. Si no sentimos «la emoción del amor», no es que nuestro amor está agotado. Muchos consideran que el amor es una respuesta visceral. Si el corazón no acelera su latido y no se activa el sistema glandular, tienen dudas respecto a la validez de su amor. La respuesta emocional está bien, pero su presencia no significa amor. El amor no se trata de preferencias o emociones, sino de lo que hacemos y cómo nos relacionamos con las personas. El amor trata de compromisos, comportamientos y decisiones. Amamos porque decidimos comprometernos y expresar actitudes y acciones amatorias. Vale decir, elegimos construir el amor.

El Amor es un arte

Ahora esa elección tiene un costo. No es algo con lo que nos tropezamos si tenemos suerte, o que es cuestión del azar, tampoco es una sensación placentera que surge por generación espontánea. Es un arte, y como todo arte requiere esfuerzo y conocimiento; requiere práctica y dedicación para desarrollar la capacidad de amar. El amor es fruto del aprendizaje que se da en una pareja. El amor es un arte que se aprende cada día.

El Amor es un constructo (una creación)

El amor es un arte por el que se opta desarrollar. Según el Dr. Alexander Lowen, las personas se movilizan tratando de evitar el dolor o buscando el placer. Así si una persona le ha causado dolor o tiene la expectativa de producírselo, tiende a construir odio. Por el contrario, si le ha ocasionado placer / bienestar o tiene como expectativa que se lo puede generar, tenderá a construir amor. En todo caso tanto el odio como el amor, son constructos – elecciones que las personas hacen. Aun cuando el amor pueda tener una base emocional, es una elección, una decisión personal que emana de un carácter maduro. La persona puede decidir construir amor y no odio a pesar del contexto de dolor que el otro le genera, a fin y al cabo el amor es una decisión, un acto de la voluntad que está por encima de las emociones. La pregunta clave es: ¿qué ha decidido construir usted?

El Amor es un don

Por otra parte, el amor genuino es un don que damos a otros. No es comprado por sus acciones, ni depende de nuestras emociones del momento. Puede tener fuertes sentimientos emocionales, pero no se apoya en ellos. Antes bien, el amor es una decisión que tomamos cada día; decisión de que alguien es especial y de mucho valor para nosotros. Decisión que tomamos antes de que pongamos el amor en acción. Esta decisión no está necesariamente fundada en los méritos de la persona amada, ni en la reciprocidad que recibimos del otro (a), pues es un don – un regalo, aun cuando necesitamos reconocer que el ser correspondido alimenta (nutre, fortalece) la decisión de amar al otro.

El Amor es una fuerza transformadora

El amor moviliza tanto al que ama como al objeto del amor. Transforma al que lo ejerce, pero también produce cambios en aquel que es amado. Dice Erich Fromm: «El amor intenta entender, convencer, vivificar. Por este motivo el que ama se transforma constantemente. Capta más, observa más, es más productivo, es más él mismo».

El amor también es la solución para el egoísmo, la indiferencia, la indolencia y la pasividad.

Nuestras relaciones de pareja se beneficiarían si entendiéramos el amor como un arte que requiere aprendizaje, que requiere esfuerzo para consolidarlo y fortalecerlo. Si concibiéramos el amor con una elección más que como una mera emoción, entonces, cuando surjan los conflictos y desavenencias en la relación, nos dispondríamos a reparar las grietas por donde se escapa el amor, a través de actitudes y acciones amatorias, y no nos quedaríamos esperando hasta que aparezca el supuesto «sentimiento del amor».

El Amor es un producto de las relaciones

Necesitamos, pues, intencionalmente invertir en tiempo, espacio y recursos para compartir con otros, para cultivar las relaciones. Si se quiere crecer en el amor se debe invertir para desarrollarlo. No se aprende a amar en aislamiento. Se requiere, entonces, darle prioridad a las relaciones. En medio de las agitadas y repletas agendas esto puede ser todo un desafío. Dice Rick Warren: «En ocasiones nos conducimos como si las relaciones fueran algo que conseguimos introducir en nuestros planes. Hablamos de hallar tiempo para nuestros hijos o de hacer tiempo para las personas en nuestra vida. Damos la impresión de que las relaciones son apenas una parte de nuestra vida, junto con otras ocupaciones».

El amor crece y se expresa a través de la calidad de los vínculos y contactos que se establecen en la familia y en la pareja. El amor se construye, se da y se recibe, desde la cercanía y la intimidad, desde el reconocimiento de la necesidad propia y del otro de amarse.

No se ama por deber o por responsabilidad, se ama como resultado de haber compartido la vida; por la decisión intencional de construir una relación y unos vínculos que facilitan, promueven y permiten la formación del amor, como realidad en el contexto de una pareja.

Sin la presencia y el contacto con el otro(a) se hace difícil que el amor crezca, madure y se consolide. Para que el amor surja se precisa de la creación de una relación, unos vínculos y un contexto (tiempo, espacio, oportunidades, etc.) dónde crecer.

Los cónyuges necesitan invertir tiempo para hacer juntos cosas, para crear el ambiente donde aprender a amar y a fortalecer ese amor. El amor requiere de contacto intencional, en lo emocional, en lo corporal, en lo intelectual y en lo espiritual. Se requiere de la disposición y el tiempo para compartir, crecer, aprender y hacer con el otro(a), para que el amor madure y se fortalezca. Se llega a amar como consecuencia de experimentar – vivenciar con el otro(a), en la cotidianidad, en el quehacer diario y aún en medio de las crisis.

El amor es como los caminos. Para conocerlos hay que transitarlo y, en el caso de la pareja, transitarlo con el otro(a).


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

Sobrevivir en el mundo del yo, yo, yo

Los comportamientos narcisistas nos rodean. El exhibicionismo en las redes sociales, la obsesión por los «selfies» y la propia imagen. Se habla de epidemia, pero ¿es tan preocupante?

Fue el bello y vanidoso Narciso, personaje de la mitología griega incapaz de amar a otras personas que murió por enamorarse de su propia imagen, quien inspiró el término narcisista. El concepto fue luego reinterpretado por Freud, el primero que describió el narcisismo como una patología. Y en los setenta, el sociólogo Christopher Lasch convirtió la enfermedad en norma cultural: determinó que la neurosis y la histeria que caracterizaban a las sociedades de principios del siglo XX habían cedido el paso al culto al individuo y la búsqueda fanática del éxito personal y el dinero. Un nuevo mal dominante. Casi cuatro décadas después ha cobrado fuerza la teoría de que la sociedad occidental actual es, todavía más narcisista.

Este comportamiento parece expandirse como una plaga en la sociedad contemporánea, tanto a nivel individual como colectivo. Y no sólo entre los adolescentes y jóvenes que inundan las redes sociales. «El desorden narcisista de la personalidad – un patrón general de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía – sigue siendo un diagnóstico bastante raro, pero las cualidades narcisistas están ciertamente en alza», explica la psicóloga Pat MacDonald, autora del trabajo Narcisismo en el mundo moderno. «Basta con observar el consumismo rampante, la autopromoción en las redes sociales, la búsqueda de fama a cualquier precio y el uso de la cirugía para frenar el envejecimiento», añade.

Las investigaciones realizadas a partir de 2009 por Jean Twenge, de la Universidad Estatal de San Diego, son una de las principales referencias para las hipótesis más catastrofistas. Tras estudiar a miles de estudiantes estadounidenses, la psicóloga proclamó que estos comportamientos habían crecido «al mismo ritmo que la obesidad desde 1980», que había alcanzado niveles de epidemia. Twenge ha publicado dos libros – Epidemia narcisista, con Keith Campbell, de la Universidad de Georgia, y Generación yo – en los que afirma que los adolescentes del siglo XXI se «creen con derecho a casi todo, pero también son más desgraciados».

Los rasgos narcisistas no siempre son fáciles de reconocer y, con moderación, no tienen por qué ser un problema. Son comportamientos egoístas, poco empáticos, a veces un tanto exhibicionistas, de personas que quieren ser el centro de atención, ser reconocidas socialmente, que suelen resistirse a admitir sus fallos o mentiras y que se creen extraordinarias (aunque su autoestima, en algunos casos, sea en realidad baja). Un estridente ejemplo, contado por Twenge, es el de una adolescente que, en un reality de la MTV, justificó el corte de una calle para celebrar su fiesta de cumpleaños, a pesar de que había un hospital en medio, al grito de: «¡Mi cumpleaños es más importante!».

En otras ocasiones este tipo de comportamiento es más sutil, más común y, a veces, más dañino. Es esa persona que exige una atención extrema a sus comentarios y problemas y, si no la consigue, concluye que es diferente de los demás y que nunca recibe el respeto que merece. O un jefe encantador que de repente te hace sentir culpable por un proyecto fracasado que fue idea suya. «Para tapar sus problemas, una persona con alto nivel de narcisismo suele buscar a una o dos víctimas cercanas, no necesita más, pero les puede hacer la vida imposible», asegura el psicoanalista francés Jean-Charles Bouchoux, autor de Los perversos narcisistas (Arpa), que acaba de ser traducido al español y que ha vendido más de 250.000 ejemplares en Francia. «Hay un incremento del narcisismo, porque ahora la imagen cuenta más que lo que hacemos y queremos alcanzar muchos hitos sin esfuerzo», opina.

Abundan los casos en política – es difícil navegar por Internet sin ver el nombre de Donald Trump asociado al narcisismo – y en televisión. El tema fascina, como muestran los índices de audiencia de los realities. Quizá la principal novedad son las redes sociales, lugar donde millennials (nacidos entre 1980 y 1997) y no tan millennials, famosos y no tan famosos, transforman lo mundano en extraordinario. Cada día se suben a Instagram 80 millones de fotografías, con más de 3.500 millones de likes: «Yo, comiendo», «Yo, con mi mejor amiga». «Yo, en un nuevo bar». En Facebook, millones de usuarios ofrecen detalles de su vida al mundo. ¿Nos está convirtiendo Internet, no sólo en espectadores pasivos, sino en narcisistas ávidos de notoriedad fácil, obsesionados por conseguir amigos virtuales y por el impacto de nuestros posts?

Atención a las autofotos. No todos los que se hacen un selfie son narcisistas, pero un estudio realizado por Daniel Halpern y Sebastián Valenzuela, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, concluye que los individuos que se sacaron más fotos durante el primer año de la investigación mostraron un alza del 5% del nivel de narcisismo el segundo año. «Las redes sociales pueden modificar la personalidad. Autorretratarse, cuando uno es narcisista, alimenta ese comportamiento», explica por teléfono Halpern. «En las redes, podemos mostrarnos como queremos que nos vean. Esa imagen perfecta que creemos que los demás tienen de nosotros puede alterar la que tenemos nosotros de nosotros mismos», advierte. Tener impacto en las redes puede generar dependencia y también temor (el miedo a no ser el centro, al vacío de un post sin apenas me gusta).

«La psicóloga Jean Twenge dice que los adolescentes se creen con derecho a todo y son más desgraciados».

Además, el narcisismo creciente mueve dinero. Un reciente informe de Bank of America Merrill Lynch calcula que el consumo relacionado con los productos que nos hacen sentir mejor y hacen posible un aspecto a prueba de selfies —lo llaman vanity capital – mueve en el mundo 3,7 billones de dólares. La firma, en su cálculo, incluye coches y otros artículos de lujo, operaciones estéticas, vinos de calidad, joyas o cosméticos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La intrépida carrera de logros personales que se exige a jóvenes y adultos explica parte del ansia narcisista. «La sociedad es hiperdemandante e hi­perexigente. Ahora, por ejemplo, hay que tener muchos amigos, vivimos hiperconectados. Mi padre no tenía amigos, tenía a su familia, y era feliz», explica Rafael Santandreu, psicólogo y autor de Ser feliz en Alaska (Grijalbo), que vincula el narcisismo – y la frustración que puede generar – con la depresión, la ansiedad y la agresividad.

Hay causas que nacen en la infancia. Las teorías de Twenge han tocado un nervio cultural al culpar a padres y educadores de haber criado a una generación de narcisos diciéndoles lo especiales que son sin importar sus logros. Un estudio europeo publicado en 2015 en la revista PNAS argumenta que el narcisismo está vinculado a una educación parental que sobrevalora por sistema a los hijos. «Se les alaba en exceso y, con el tiempo, los niños se creen únicos», explica uno de sus autores, Eddie Brummelman, del Instituto de Investigación para el Desarrollo Infantil de la Universidad de Áms­terdam. «Se confunde autoestima con narcisismo. Lo que hay que cultivar es la autoestima, que se consigue con cariño, apoyo, atención y límites», añade.

¿Quiere decir que no hay que pensar a lo grande? No exactamente. Cultivar cierto ego saludable es beneficioso. Es lo que defiende Craig Malkin, psicólogo clínico de la Escuela de Medicina de Harvard. «Un poco de narcisismo en la adolescencia ayuda a los jóvenes a sobrellevar la tormenta y el ímpetu de la juventud. Sólo la gente que nunca se siente especial o la que se siente siempre especial son una amenaza para ellos mismos o el mundo. El deseo de sentirse especial no es un estado mental reservado a imbéciles o sociópatas», afirma en Rethinking Narcissism (repensando el narcisismo).

Forma parte Craig del grupo que considera que la mayoría de los estudios sobre narcisismo no han sido justos con los jóvenes y que los que hablan de epidemia exageran. El Inventario de la Personalidad Narcisista, un cuestionario básico para los investigadores de todo el mundo, incluida Twenge, es defectuoso, sostiene Craig. Entre otras cosas, esta herramienta considera negativo querer ser un líder o decir que eres decidido. «Las personas que disfrutan diciendo lo que piensan o que quieren liderar son claramente diferentes de los narcisistas que suelen recurrir a la manipulación y la mentira».

«La imagen cuenta más que lo que hacemos y queremos alcanzar muchos hitos sin esfuerzo», opina el psicoanalista J.-C. Bouchoux

Un exhaustivo estudio publicado en 2010 en Perspectives on Psychological Science intenta refutar la teoría de la epidemia. Realizado entre un millón de adolescentes en EE UU entre 1976 y 2006, los investigadores encontraron poca o ninguna diferencia psicológica entre los millennials y las generaciones anteriores, aparte de más autoestima. En un intento de relativizar el problema, encabeza ese trabajo una cita de Sócrates: «Los niños de hoy día [siglo V a. de C.] son unos tiranos. Contradicen a sus padres, engullen la comida y tiranizan a sus maestros».

De un lado y otro del debate, de lo que no parece haber duda es de que es recomendable huir de las personas con altos niveles de narcisismo. Lo resume muy bien Kristin Dombek en The Selfishness of Others (el egoísmo de los otros), ensayo en el que analiza la abundancia en el mundo virtual anglosajón (y cada vez más en el español) de información relacionada con los narcisistas, sobre cómo reconocerlos y hacerles frente: «Uno de esos blogueros decía: ¿qué debe hacer uno cuando conoce a un narcisista? Ponerse las zapatillas y salir corriendo de inmediato».


Cristina Galindo | ElPais.Com

7 cosas que las personas felices no hacen

En la vida existen situaciones que escapan de nuestro control y pueden causarnos un gran dolor, sumirnos en la tristeza o generar una ira profunda. Nadie lo pone en duda y, antes o después, todos tendremos que experimentar esas vivencias.

Sin embargo, hay personas que se centran sólo en esos aspectos, y terminan creyendo que la vida es un rosario de lágrimas. Otras, al contrario, prefieren centrarse en las cosas que sí pueden controlar, prefieren apostar por ser felices o, al menos, intentarlo.

Si asumimos esta perspectiva, podemos comprender que ser felices es una decisión personal que debemos tomar todos los días. Y para lograrlo es imprescindible ser conscientes de esos comportamientos y actitudes que terminan amargándonos.

¿Qué diferencia a las personas que apuestan por la felicidad?

1. Las personas felices abrazan el cambio. La gente infeliz le teme.

Abrazar el cambio es uno de los retos más difíciles que podemos enfrentar en la vida. A la mayoría de las personas les resulta más fácil quedarse a buen reparo en su zona de confort, donde saben perfectamente qué pueden esperar y tienen todo relativamente bajo control. Sin embargo, en esa zona languidece la felicidad porque ser feliz también es vivir experiencias nuevas, atreverse a ir más allá de nuestros límites y evolucionar constantemente. De hecho, la felicidad no está reñida con el miedo y la ansiedad sino que se entrelazan para permitirnos crecer.

2. Las personas felices hablan de ideas. La gente infeliz habla de los demás.

Las personas felices se centran en sí mismas, se esfuerzan por clarificar lo que quieren y trazar el camino para alcanzarlo. De hecho, uno de los grandes secretos de la felicidad consiste en abandonar la crítica malsana, la necesidad enfermiza de estar pendientes de la vida de los demás y, sobre todo, la creencia de que somos superiores y podemos convertirnos en jueces de los comportamientos y actitudes ajenas. La gente infeliz, al contrario, se dedica a criticar a los demás, por lo que pierde una energía valiosísima que podría utilizar para mejorar sus vidas.

3. Las personas felices asumen la responsabilidad por sus errores. La gente infeliz culpa a los otros.

En nuestra sociedad existe la creencia de que los errores son algo negativo, por lo que resulta muy difícil que las personas los asuman de buena gana. Sin embargo, poner la culpa en los demás es el camino más directo a la infelicidad. Al contrario, las personas felices tienen un locus de control interno, por lo que son capaces de asumir la responsabilidad por sus acciones, sin sentir que han fracasado o cargar sobre sus espaldas con el fardo de la culpa. Estas personas comprenden que los errores son oportunidades de aprendizaje y los aprovechan para crecer. De esta forma, cuando se equivocan, en vez de llorar sobre la leche derramada o buscar un culpable, aprenden la lección y siguen adelante, con una caja de herramientas para la vida más completa.

4. Las personas felices perdonan. La gente infeliz guarda rencor.

Uno de los sentimientos más dañinos que podemos experimentar es el rencor, es como consumirse a fuego lento por voluntad propia. El rencor no solo nos hace infelices sino que además desencadena una serie de reacciones a nivel fisiológico que aumentan nuestra propensión a enfermar. Por eso, las personas felices saben que necesitan perdonar y seguir adelante. De hecho, el perdón es extremadamente liberador ya que nos impide ser prisioneros del pasado y nos permite vivir con plenitud el presente. Si no somos capaces de perdonar, seguiremos siendo prisioneros del rencor, nos ataremos a esa situación que tanto daño nos ha causado y que tanto mal nos sigue haciendo.

5. Las personas felices se centran en lo positivo. La gente infeliz sólo ve las manchas en el sol.

Las personas felices no son optimistas ingenuos, al contrario, pueden llegar a ser muy realistas y son capaces de mantener sus expectativas bajo control. Sin embargo, prefieren centrarse en los aspectos positivos de las situaciones porque saben que así pueden automotivarse y sentirse mejor. Estas personas son conscientes de que el vaso está medio vacío, pero eligen centrarse en el hecho de que también está medio lleno. Al contrario, la gente infeliz se centra en los aspectos negativos de las situaciones, por lo que terminan desarrollando una visión pesimista del mundo que amarga sus días. Estas personas prefieren ver las manchas en el sol, en vez de apreciar el calor y la luz que nos regala.

6. Las personas felices aprovechan las oportunidades. La gente infeliz se queda de brazos cruzados lamentándose.

Una de las claves para tener una vida plena y ser felices consiste en aprovechar las oportunidades. Las personas felices lo saben y siempre están dispuestas a tomar en consideración diferentes alternativas. Estas personas saben que pueden equivocarse, pero prefieren arriesgarse que quedarse de brazos cruzados y después arrepentirse por no haber aprovechado la oportunidad. Al contrario, las personas infelices se regodean en su amargura y dejan pasar las oportunidades inventando continuamente excusas para después lamentarse por su «mala suerte», sin darse cuenta de que son ellas quienes construyen su propio destino.

7. Las personas felices siguen sus propios sueños. La gente infeliz se ata a las opiniones de los demás.

Las personas felices sueñan como si fueran a vivir eternamente y viven como si fueran a morir mañana. Esto significa que tienen grandes planes para su futuro pero, a la vez, no dejan escapar el aquí y ahora. No posponen su felicidad ni la supeditan a una meta lejana sino que saben aprovechar las pequeñas cosas de su presente que les brindan alegría y satisfacción. Al contrario, la gente infeliz deja que sean los demás quienes dicten sus metas, dependen de sus opiniones y valoraciones. Y ese es el camino más directo hacia la insatisfacción, la amargura y el remordimiento es seguir la senda que han marcado los demás, dependiendo de sus opiniones. La clave de la auténtica felicidad consiste en saber qué necesitamos de verdad y tener el valor suficiente para luchar por ello.

Ya lo había dicho Benjamin Franklin: «La felicidad humana no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces en la vida, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días».


Jennifer Delgado | RinconPsicologia.Com

El poder del perdón

Saber perdonar tiene muchos beneficios para el cuerpo y las relaciones. Aprende cómo influye en todos los aspectos cotidianos. 

Tal como canta Elton John, el perdón parece ser uno de los conceptos más difíciles de experimentar. Pero además de eso, por lo que pude investigar, es un término mal entendido.

Muchas veces no perdonamos porque creemos que el perdón contribuye a la injusticia. «Quienes hicieron daño no merecen nuestro perdón», pensamos. Si perdonamos nos volverán a herir, se van a aprovechar de «nuestra nobleza». El enojo por los daños y ofensas a veces no se ve mermado ni siquiera por el tiempo. Se puede estar enfurecido con los propios padres por sus errores durante la crianza, con quienes abusaron alguna vez de nuestra buena fe, y con esa cuñada que nos dijo «gorda» (o lo insinuó) en la Navidad de hace diez años.

No perdonamos a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos

Guardamos la herida en el alma como un tesoro filoso, la sacamos en el recuerdo de vez en cuando y la miramos absortos como si fuera un álbum de fotos, una joya de exposición. Y, en ese momento, proyectamos otra vez en nuestra mente la película triste del episodio imperdonable y revivimos todo. El enojo del pasado se alimenta con grandes bocados de presente. Eso es el rencor.

Pero, realmente ¿por qué motivos valdría la pena perdonar? ¿Sólo por una cuestión religiosa, por puro altruismo? En un mundo que en muchas ocasiones es tan sumamente cruel, ¿hay algún asunto que sea imposible de disculpar?

La información es rica y variada al respecto. Algunos expertos se han dedicado a estudiar el perdón como una ciencia y han descubierto algunas cuestiones realmente sorprendentes.

Para conocerlo y dominarlo, primero debemos saber de qué está construido el perdón, qué es y qué no es este sentimiento transformador.

Aviones sin descanso

Fred Luskin es consejero, psicólogo de la salud y director del Proyecto del Perdón de la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos. En su guía «Perdonar es Sanar», que recoge casos y estudios de ese programa, Luskin explica que las aflicciones sin solucionar son como aviones que vuelan días y semanas sin parar ni aterrizar, congestionando recursos que se pueden necesitar en caso de emergencia. «Los aviones del rencor se convierten en fuente de estrés, y frecuentemente el resultado es un choque», afirma Luskin.

El especialista aclara que el perdón no es aceptar la crueldad, olvidar que algo doloroso ha sucedido ni excusar el mal comportamiento. Tampoco implica la reconciliación con el ofensor. «El perdón es para usted y no para quien lo ofendió», dice Luskin. «Se aprende a perdonar como se aprende a patear una pelota. Mi investigación sobre el perdón demuestra que las personas reservan su capacidad para molestarse pero la usan sabiamente. No desperdician su valiosa energía atrapados en furia y dolor por cosas sobre las que nada pueden hacer. Al perdonar, reconocemos que nada se puede hacer por el pasado, pero permite liberarnos de él. Perdonar ayuda a bajar los aviones para hacerles los ajustes necesarios».

Según Luskin, el perdón sirve para descansar y no implica que el ofensor «se saldrá con la suya» ni aceptar algo injusto. Significa, en cambio, no sufrir eternamente por esa ofensa o agresión.

Sin embargo, ¿qué pasa si esta última fue demasiado grave?

La lección de Kim

Era la guerra de Vietnam, exactamente el 8 de noviembre de 1972. La familia de Kim Phuc intentó guarecerse en una pagoda cercana al escuchar el ruido de los aviones estadounidenses. Pero el refugio no fue suficiente contra las bombas de napalm que caían del cielo, y el lugar comenzó a incendiarse.

Un corresponsal de la agencia de noticias Associated Press, Nick Ut, sacó en ese momento la foto famosa y triste que recorrió el mundo. Allí estaba Kim, de nueve años, desnuda y llorando en un grito, con gran parte de su cuerpo cubierto de quemaduras de tercer grado. A pesar de eso, Kim sobrevivió. Tuvo que someterse a 17 cirugías y luego de años de ser utilizada como símbolo de la resistencia por su país, pidió asilo en Canadá. Pero lo destacable en su historia es que Kim perdonó al capitán John Plummer, el oficial que ordenó tirar las bombas sobre su pueblo.

En «El Don de Arder», Kim cuenta a la periodista Ima Sanchís que al encontrarse con el militar en un evento no lo insultó, sino que lo abrazó: «La guerra hace que todos seamos víctimas. Yo, como niña, fui una víctima, pero él, que hacía su trabajo como soldado, también lo fue. Yo tengo dolores físicos, pero él tiene dolores emocionales, que son peores que los míos».

Kim ha capitalizado sus viejas heridas en una forma positiva. En la actualidad, viaja por el mundo pidiendo por la paz, y es presidenta de la Fundación Kim Internacional, organización dedicada a dar asistencia a víctimas de conflictos armados.

Pero ¿cuál es el secreto para actuar con esa entereza?

Resiliencia, la palabra mágica 

Boris Cyrulnik sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi del que logró huir cuando tenía apenas seis años. Luego de la guerra, anduvo de un refugio en otro hasta terminar en una granja de beneficencia. Unos vecinos le enseñaron el amor por la vida y la literatura, y más tarde él decidió ser médico y estudiar los mecanismos de supervivencia. Hoy es psiquiatra, neurólogo, escritor, psicoanalista y especialista en resiliencia, un concepto psicológico que define la capacidad de las personas de sobreponerse a la adversidad y ser fuertes en las crisis. «La resiliencia es un antidestino», dice Cyrulnik. «Es un trabajo, no es fácil, pero es un espacio de libertad interior que hace posible que uno no se someta a su herida».

Las personas que pueden sobreponerse a las tragedias o que logran salir de períodos difíciles de dolor emocional pueden dejar su papel de víctima y empezar una vida nueva, al igual que Boris y Kim. ¿Se ha preguntado por qué algunas personas, agobiadas por el desamparo en su infancia, caen en la delincuencia o se convierten en agentes de maltrato, y otras, en cambio, se recuperan, se vuelven personas de bien y son felices, fuertes, prósperas o exitosas? La resiliencia es la respuesta, y, para lograrla, el perdón es uno de los ingredientes requeridos.

De acuerdo con la psicoterapeuta Rosa Argentina Rivas Lacayo, presidenta de la Asociación Latinoamericana de Desarrollo Humano y de la Asociación de Orientación Holística de la República Mexicana y autora del libro «Saber Crecer»: «Sin perdón no podemos crecer ni fortalecernos con la adversidad. No lograremos tampoco ser resilientes. Algunas personas mantienen su dolor al rojo vivo para demostrar al mundo lo mal que han sido tratadas, sin querer darse cuenta de que se dañan ellas mismas al hacerlo. Al mundo no le interesa nuestro pasado, sino lo que somos capaces de hacer y dar ahora. Cuando nos aferramos al dolor añejo, la autocompasión empaña nuestra capacidad de dar a los demás y, al asumir el papel de mártires, nos sentamos a esperar que alguien mágicamente resuelva nuestra vida».

Para Rivas Lacayo, el perdón nos ayuda a reconocer y admitir que somos frágiles y que no necesitamos ocultar la debilidad. Al hacernos conscientes de nuestros límites, evitaremos que la experiencia se repita.

No es poco, pero hay más: ¿qué tal si hubiera pruebas médicas de la utilidad del perdón?

El perdón, para prevenir las enfermedades 

Además de la salud espiritual, existen varias pruebas de que dejar atrás la hostilidad protege la salud física. Y no es una metáfora ni una «manera de decir». Un estudio denominado «Forgiveness and Physical Health» realizado en la Universidad de Wisconsin indicó que aprender a perdonar puede ayudar a prevenir las enfermedades del corazón en personas de mediana edad. En esa investigación se descubrió que, cuanto mayor era la capacidad de perdonar de las personas, menos problemas de salud coronaria manifestaban a lo largo de su vida. En cambio, cuanto menor era la habilidad para disculpar, más frecuentes eran los episodios de trastornos cardiovasculares.

Con respecto a la rememoración de heridas, he aquí otra información importante: una investigación señaló que pensar durante cinco minutos en algo que produce desazón, enojo o disgusto puede disminuir la variabilidad del ritmo cardíaco (VRC), una medida de la salud del sistema nervioso que señala cuán flexible es el estado del sistema cardiovascular. Para afrontar y responder en buenas condiciones el estrés, el corazón necesita flexibilidad. El mismo estudio mostró que esos cinco minutos de pensamiento negativo desaceleran la respuesta del sistema inmunitario o de defensas del organismo.

Los beneficios del perdón (tanto los que protegen el cuerpo, como los que alivian y «limpian» el alma) no se aplican sólo a los demás sino también a uno mismo, cuando a pesar de nuestros errores y culpas somos capaces de perdonarnos y dejar de sentirnos merecedores de un castigo.

Perdonar no es olvidar ni permanecer en el error. Por el contrario, es empezar de nuevo, con la experiencia adquirida, sin los rencores «sobrevolando» y confundiendo las posibilidades del presente.

Al igual que el amor, el perdón no es algo que se «entrega» a los demás, sino un regalo vital para nosotros mismos.


Ágata Székely | Selecciones.Com

Comer para dejar de sufrir

Hay que aceptar y entender que es un problema psicológico. 

La comida se ha vuelto un mecanismo de defensa ante los problemas: comer para olvidar. Cada vez nos preocupamos más por nuestra salud y la estética corporal. Muchas personas optan por una dieta escasa para perder peso o mantener su figura, sin tener en cuenta que comer poco al final es contraproducente. También hay quien lleva un control estricto de las calorías que ingiere en cada momento, esto con la finalidad de sentirse a gusto consigo mismo y cumplir con las expectativas sociales y existen personas que se refugian en la comida para evitar enfrentar y hablar de sus emociones.

La obesidad cobra 2.8 millones de vida en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud y esto puede ser la consecuencia de que la comida se ha vuelto uno de los escapes emocionales de la sociedad actual. La tendencia a ingerir grandes cantidades de alimento es uno de los trastornos más comunes que los jóvenes, equivocadamente, han adoptado para expresar sus emociones, los problemas en el trabajo o en la familia, discusiones de pareja, situación de desempleo, la  época de exámenes, entre otras circunstancias.

Es muy fácil que nos demos un atracón si estamos pasando por un momento emocional complicado de tristeza, rabia o ansiedad. La gula causa un alivio inmediato pero pasa factura en el cuerpo y la mente, ya que esta conducta está asociada a la falta de control de impulsos. Se usa la comida como un mecanismo de defensa ante los problemas: comer para olvidar.

Quien tiene tendencia a ingerir grandes cantidades de comida de forma ansiosa y apresurada suele ser impulsivo e incapaz de gobernar sus arrebatos. Esto se puede considerar un trastorno, cuando la persona lo hace tres o más veces a la semana.

Las personas con este trastorno tienden a confundir la sensación corporal y piensan que tienen hambre, cuando lo que en realidad están sintiendo es ansiedad. Según los expertos: «las causas de la gula no tienen explicación fisiológica. El atracón se suele dar cuando se producen alteraciones del estado de ánimo o situaciones de estrés puntual».

Pero ¿cuál es la causa de refugiarse en la comida para sentirse mejor? El comer nos produce satisfacción de manera inmediata y alivia nuestro malestar a corto plazo, ya que se elevan los niveles de serotonina y eso nos produce placer. Sin embargo, el sentimiento de culpa aparece casi de inmediato después del atracón y ahora la culpa es el nuevo ingrediente que se suma al problema que nos hizo comer desmedidamente. Es decir, caemos en un círculo vicioso que hace que la conducta permanezca, en vez de superarse.

La falta de cariño, la inseguridad o el no sentirse bien con uno mismo, puede llevarnos a comer desmedidamente y a desarrollar enfermedades más graves como la bulimia nerviosa, depresión, diabetes u obesidad.

Si nos acostumbramos a enfrentar las dificultades con comida, nuestra capacidad para tomar decisiones y resolver conflictos será menor.

Por esta razón queremos darte algunos consejos que podrán ayudarte a evitar caer en esta situación.

  • Ser consciente de que el problema con los atracones existe, hay que saber y comprender lo que nos pasa para saber cómo resolverlo.
  • Incrementa el consumo de verduras y disminuye las grasas.
  • Hay que aceptar y entender que es un problema psicológico.
  • Evita los alimentos con alto contenido graso.
  • Guarda los aperitivos más apetitosos, mantén las tentaciones fuera de tu alcance.
  • Busca ayuda profesional para que te apoyen y adquieras herramientas emocionales para superar el trastorno emocional y con eso, la gula.
  • Realiza 5 comidas al día y no pases más de 4 o 5 horas sin ingerir alimento.
  • Haz alguna actividad física, mínimo 15 minutos de caminata diaria.

Quien sufre de este trastorno, necesita un cambio de hábitos y no puede hacerlo solo, es necesario el apoyo y acompañamiento de la familia para enfrentar y salir del problema, ¡porque en la familia está la solución!


Emociones: ¿Buenas o malas? ¿Aliadas o enemigas?

Contexto cultural de las emociones 

Algunas personas piensan que las emociones son una debilidad, por lo que se deberían reprimir o camuflar. Por el contrario, las emociones son la base de nuestra efectividad personal. Representan un potencial para nuestro desarrollo.

Algunos hablan de emociones positivas y negativas, pero no existe lo que podamos llamar emociones buenas o malas. Hay emociones como la ira, el miedo o la tristeza que, en algunos contextos, no son socialmente aceptadas, en consecuencia, la gente trata de negarlas o camuflarlas.

Se han creado estereotipos culturales de lo que son las emociones. Muchas personas pretenden meter las emociones en un molde. De modo que tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados. Como dice Maickel Malamed: «Parte del manejo emocional tiene que ver con moldes… el hombre piensa, la mujer siente, los hombres no lloran, la tristeza es mala, el miedo es de cobardes… se pierde la emoción en una cuestión moral y la moralidad está en la acción, no en el sentimiento».

Pero nos engañamos al pretender meter las emociones en un molde, y etiquetarlas como buenas o malas, positivas o negativas. Las emociones son, simplemente, expresiones naturales de nosotros mismos que expresan una realidad interna, una necesidad. Constituyen un componente fijo de nuestro programa de comportamiento. No son optativas. No se pueden, simplemente, desconectar o ignorar.

¿Sus emociones operan a su favor o en su contra?

Las emociones impulsan nuestras acciones y, el poder que ellas tienen puede llevarnos a responder de maneras diferentes ante una situación. La clave está en reconocer qué emoción estamos sintiendo y qué necesitamos satisfacer. Según sea nuestro manejo (adecuado o inadecuado) las emociones se movilizarán a favor nuestro (contribuyendo a la expresión y satisfacción de necesidades), o en contra (generando resultados negativos). Así por ejemplo, el miedo manejado inadecuadamente puede sumirnos en el pánico y la parálisis; o por el contrario, puede llevarnos a tomar medidas preventivas para salvaguardar nuestra integridad física.

Observemos en perspectiva la gama de manejo emocional que permiten las emociones básicas: 

La rabia:

  • Es una reacción de lucha esencial e instintiva ante la aparición o percepción de amenaza o peligro.
  • La rabia al ser reprimida, se manifiesta en: Imposición sin lugar a discusión, retroalimentación ni diálogo. Censura, reproche, juicio. Culpa, violencia.
  • Si se permite la fluidez natural de esta emoción, el individuo está disponible para: Movilizar energías hacia la acción.
  • Usar los recursos necesarios para la resolución de alguna situación.

El miedo:

El miedo es una reacción ante situaciones de amenaza o que generan inseguridad, en las que la persona percibe que puede perder el control sobre su entorno.

Cuando el miedo es reprimido o cuestionado, la persona se convierte en dependiente de su medio. La persona no se siente preparada para confrontar las situaciones de riesgo y de desarrollo.

  • El miedo manejado inadecuadamente se puede convertir en: Pánico, parálisis.
  • En la medida en que una persona crezca y se desarrolle sin intentar esconder o reprimir sus miedos, estos se transforman en: Valor y coraje para enfrentarse a las situaciones que lo requieran, incluso a desarrollar medidas de prevención, capacidad única que nos diferencia de los otros seres vivos.

La tristeza y el dolor:

  • Son reacciones de adaptación a cambios o pérdidas experimentadas.
  • El reprimir la tristeza nos hace sentir: Resignación, nos ubica como una víctima, nos hace sentir lástima y/o desesperación.
  • Al expresar estas emociones, puede crearnos una situación de: Paz y contracción que nos lleve a una introspección y a comenzar un proceso de duelo necesario para que luego sane su  interior, el cual es vital para que la persona pueda comenzar nuevas relaciones o nuevos proyectos, viviéndolos como «nuevos» en su presente sin adjudicarle características de su pasado.

La alegría y el placer:

Son reacciones que surgen ante la experiencia de satisfacción de necesidades básicas o de orden superior.

  • Cuando una persona ha sido educada con mapas en donde la única emoción que se refuerza como positiva o «buena» es la alegría y el placer, lo lleva a forzarse a vivir en ese estado permanentemente, y puede crear incongruencias en el sentir y actuar, transformándose entonces en alguien que vive  en una  forma de pantalla y de  evasión para no mostrar lo que realmente siente.
  • Cuando la expresión de esta emoción es espontánea y fluida, nos da la base del sentido de la vida, es la que nos hace empáticos, nos lleva a la proactividad, a la creatividad, a la automotivación, al manejo adecuado del estrés, entre otros y, en su máxima expresión, como placer, nos hace sentir satisfacción de nuestros logros, nos permite asimilar el aprendizaje interpersonal, nos une como personas y como seres humanos y nos potencia para el desarrollo de nuevas actividades.

Arnoldo Arana | Parejas.Efectivas.Blogspot.Com

¿Por qué tanta agresión en las redes sociales?

Las redes sociales han hecho un aporte extraordinario a nuestras vidas, pero queremos dedicar este breve análisis a las múltiples maneras de agredir al otro por las redes. La discriminación, la burla, la mentira, la ironía, crear una página para que todos insulten, dejar comentarios ofensivos en foros, insultar en los comentarios de un diario online, hacer circular chismes, subir fotos no autorizadas, descalificar la opinión del otro, mandar anónimos, amenazar, acosar, inventarse perfiles usurpando la identidad de otra persona, etc. La agresión en el espacio virtual, no tiene límites, llega a cualquier país del mundo y a velocidad «luz».

Algunas personas utilizan la red para «navegar», otros para «conocer gente» y muchos para «hacer catarsis». Y todo esto desde la privacidad de una habitación o un celular personal.

¿Cuáles son las características de este «nuevo» sistema de comunicación y por qué, esta modalidad de «catarsis agresiva»?

Son dos los elementos sobresalientes que propician a agredir:

1. La ausencia del otro que es invisible.

El otro está ausente, invisible, no está su cuerpo desde lo real, y no existe «el cara a cara».

A causa de lo «privado» y de que falta «el otro», resulta que muchas personas que tienen dificultades de expresión (timidez, agresividad pasiva, etc.) cobren fuerzas y «se animen» a expresar de manera anónima o no, sus emociones, especialmente la agresividad, como una manera de «catarsis momentánea» o para «que otros se sumen y suelten su agresividad también». En Internet, algunas personas con baja estima se sienten «iguales» al poder insultar a un famoso, a una persona con autoridad, etc.

En el ciberespacio, existe la ilusión de ser «privado»; la fantasía de que no hay nadie, aunque esa foto, comentario etc. lo lean cientos de miles.

Otro factor que motiva la agresión es la posibilidad de «descargar broncas» y esta ira se desplazará al «famoso» o «la noticia» de turno.

2. La ausencia de lo no verbal (gestos, miradas, tono emocional, etc.) en la comunicación.

Toda comunicación tiene dos niveles: el digital (texto) y el analógico (lo no verbal). Este último nivel, le da «sentido» al anterior. Cuando uno escribe en Internet, no está el ánimo, el tono emocional, el «cómo se dice». Al estar solamente lo digital (el texto) y no el tono de voz, la postura corporal, etc. puede traer como consecuencia la mala interpretación del mensaje.

Algunas sugerencias prácticas: 

  • Recordar que lo escrito, el receptor lo lee con una lente de aumento: cada palabra tiene una proyección del «tono emocional» propio tanto del emisor como del receptor, y eso hace muchas veces mal interpretar el mensaje.
  • Utilizar «el cara cara» para temas profundos, importantes o de contenido emocional, ya que por la red se pueden generar grandes equívocos.
  • Saber que es casi imposible «enamorarse» por la red; sí tener un «flechazo», atracción, o el «comienzo de una pasión», recordando siempre que el «enamoramiento» es un proceso que necesita no sólo de lo «escrito» sino del «cara a cara». De allí que algunas parejas que se forman sin este último dato, luego de unos meses de convivencia se dan cuenta de que el vínculo no era tal como lo habían pensado o imaginado.
  • No responder ni sumarse al maltrato en la red. Bloquear e ignorar a toda persona que nos agreda. Se puede dialogar con quien disiente, pero no con quien agrede.
  • Recordar que la agresión es una expresión Emocional y no Racional.  Por eso, es imposible generar diálogo entre una agresión emocional y una idea racional. Alguien dijo que «la mejor manera de ganar una discusión es evitándola».
  • No dar datos personales, fotos, etc. que tengan que ver con la intimidad. Internet no es un ámbito privado.
  • En caso de acoso, pedir ayuda familiar, profesional y hacer la denuncia legal.
  • Utilizar nuestras palabras para reflexionar, expandir y hacer crecer un diálogo constructivo con el otro.

Bernardo Stamateas | Artículo publicado originalmente en la edición No. 163 de Liderazgo y Mercadeo.

¿Por qué estoy sufriendo?

El dolor nos contrae, nos empuja hacia adentro; mientras que la alegría nos expande. Cuando una persona está sufriendo, todo le parece sin sentido, pues el dolor nos marca, nos forma y nos transforma.

1.Reacciones frente al sufrimiento:

Podemos reaccionar de muchas maneras cuando estamos sufriendo. Por ejemplo, cayendo en abatimiento, aislándonos, victimizándonos o enojándonos. Algunos tienen la creencia de que el sufrimiento es meritorio o purificador y terminan por idealizarlo.

2. ¿Cómo podemos afrontar los momentos difíciles de la vida y el sufrimiento que estos nos producen?

a) Enfrentándolos con la mejor actitud. Es decir, sin quedarnos en el dolor. Transitando el momento duro siendo conscientes de que no hay fórmulas para hacerlo y tenemos que respetar nuestros tiempos de dolor. El dolor no es un pozo, sino un camino que muchas veces nos toca recorrer. A la mayoría de los seres humanos nos cuesta aceptar el sufrimiento como parte de la vida. Por eso, buscamos una explicación y surgen las preguntas. En realidad, no queremos sufrir y sentimos que es algo extraño que no debería tener lugar en nuestra vida. Aun cuando, en el fondo, sabemos que es algo «natural» y una parte ineludible de nuestro paso por este mundo.

b) Otra forma de enfrentar el dolor es utilizándolo para cambiarme a mí mismo y ser una mejor persona. Víktor Frankl decía que el sufrimiento sólo tiene sentido si lo cambia a uno mismo y lo hace mejor. Lo importante entonces es descubrir:

  • en qué me cambió este dolor,
  • qué dejó en mi vida,
  • qué hizo nacer en mí, de qué manera me hizo crecer.

Todas las personas que han pasado por situaciones difíciles comentan: «Dejé de preocuparme por tonterías y empecé a enfocarme, a priorizar otras cosas». Es decir, que han logrado «utilizarlo» a su favor, no porque se trate de algo positivo, sino para abrir su existencia a una nueva dimensión de mayor madurez y de cosas verdaderamente importantes en su vida.

c. Pasar del por qué al para qué. Preguntarnos por qué nos pasó lo que nos pasó no nos permite resolver nada. No resulta útil responder esta pregunta porque nos conduce a mirar hacia atrás y al sufrimiento lo enfrentamos «mirando hacia adelante». Lo importante es: qué voy a hacer con lo que me está pasando.

d. El dolor es una pregunta que no tiene respuesta. Aunque nos expliquen que la persona querida se murió por tal o cual motivo, el dolor no cede. He escuchado a gente preguntar: «¿Por qué me pasó esto a mí?». Y a alguien responder: «¿Y por qué no?». Esta no es una respuesta apropiada porque puede sonar como: «Embromate por lo que te tocó vivir».

e. Hacer crecer lo sembrado de quien partió. Toda persona que se fue de nuestro lado nos ha dejado una semilla, algo en nuestro interior y, muchas veces, nuestra tarea es hacerla crecer. Dice La Biblia que las obras de quienes partieron continúan en nosotros. La mejor manera de honrar a quien partió no es tirándonos en la cama y aislándonos del mundo, sino haciendo crecer esas semillas que nos dejó.

f. Transformarlo en un don para ayudar a otros. Podemos darle un sentido, una utilidad, al dolor. Muchas personas que han atravesado un gran sufrimiento lo han transformado en un don para ayudar y bendecir a otros. Este es un sentido privado que uno encuentra en comunión con uno mismo.

g. Recordar las respuestas positivas a situaciones del pasado. Todos vivimos situaciones complicadas que han dejado marcado en nuestro «ADN» que no nos dimos por vencidos. Es una especie de «currículum de batallas ganadas» y la fortaleza para seguir avanzando sin claudicar.

h. El apoyo social. Para cada problema, una compañía. En el sufrimiento busquemos gente que nos consuele, nos ame, nos acompañe. Víktor Frankl contaba: «Un hombre, en secreto, le dio a otro un pedazo de pan y le dijo algo que acompañó ese regalo. Ese algo es lo que me hizo llorar». Las palabras y la mirada de ese hombre acompañaron el regalo. Vemos en este ejemplo que el pan le dio energía al cuerpo pero la palabra le dio energía al espíritu. En eso consiste un gesto: un beso, un abrazo, una espera, un silencio, una mirada. Cuando uno sufre, comienza a valorar mucho más un gesto que el pan que pueda recibir.

i. Activar las emociones positivas. No perdamos de vista las «madrigueras afectivas»: esos espacios que nos brindan bienestar, como una salida con amigos, el compartir con otros, la lectura, la oración y todo lo que nos «cargue de energía» y nos ayude a atravesar los momentos difíciles.

Nuestro objetivo al enfrentar el dolor es transformarlo en un don para ayudar a otros sabiendo que este es parte de nuestra historia, nos forma y nos transforma.


Bernardo Stamateas | LaNacion.Com

Manipulación en la pareja

Utilizar los sentimientos como arma

Decidimos unirnos a otra persona para construir algo en común. La pareja, por lo tanto, es la sociedad más pequeña que existe y donde invertimos gran parte de nuestro capital afectivo. Normalmente esta unión se realiza con la idea de que nos permitirá a ambos salir ganando. Pero, como en toda sociedad, uno de los peligros que acechan a la pareja son las luchas de poder. Éstas suelen darse cuando se olvida que existe un proyecto en común y uno o ambos miembros intentan imponer sus reglas y sus objetivos individuales.

La manipulación emocional es una de las prácticas más utilizadas en las batallas de pareja. De forma inconsciente o voluntaria se exige a otra persona que actúe según los propios deseos o necesidades, utilizando los sentimientos como arma. Los celos, las amenazas directas o veladas, la exigencia, infundir sentimientos de culpa o incluso una actitud victimista, son algunas de las estrategias manipulatorias más utilizadas.

A menudo no es fácil reconocer el chantaje emocional, dado que a veces está tan infiltrado en nuestras relaciones que no nos percatamos de cuándo somos víctimas de él ni cuándo lo empleamos. La pareja, por ser un espacio donde están sumamente implicados los sentimientos y muchas decisiones, supone un terreno idóneo para que aparezca.

Cuando la manipulación es constante o insidiosa puede actuar como carcoma en las bases de la relación, desgastando a la pareja. Entonces de la unión no se derivan ganancias, sino pérdidas, o sólo se enriquece uno de sus miembros, mientras que el otro resulta cada vez más empobrecido. Reconocer este juego de dominación es la única manera de desactivarlo.

¿Por qué manipulamos?

A veces se piensa que la manipulación es cosa de personas maquiavélicas o terriblemente egoístas, cuando en realidad todos, en un momento u otro, hemos utilizado algún tipo de chantaje emocional. La manipulación está presente cuando intentamos controlar lo que dice o hace otra persona, cuando le exigimos algo sin dejarle posibilidad de elegir, o cuando nos empeñamos en que cambie y se adecue a lo que deseamos, aunque todo esto lo hagamos creyendo que es por su bien.

Detrás de la manipulación, por lo tanto, existe una búsqueda de poder y control ante la inseguridad que despierta la libertad de acción de otra persona. Con diferentes estrategias se intenta tocar alguno de sus puntos débiles para que en vez de que se deje llevar por sus propios deseos se ajuste a nuestras necesidades. De este modo uno siente que lleva las riendas de la relación y eso aporta una agradable sensación de seguridad.

Lógicamente existen diferentes grados de manipulación emocional. Algunos chantajes son más transparentes e inofensivos, otros más retorcidos. Algunos no implican apenas daño ni menoscabo para la otra persona, mientras que otros pueden resultar muy destructivos. Ciertos individuos pueden llegar a tiranizar a la persona con la que conviven utilizando el desdén, la humillación, la crítica o la desvalorización. El abuso físico o verbal pueden ser manifestaciones extremas de manipulación, en los que el objetivo es anular la autoestima de la otra persona. Se intenta rebajar y degradar al otro para sobresalir y compensar un gran sentimiento de inseguridad.

Juegos de dominación

En el mundo de la pareja se producen muchas veces juegos de dominación en los que cada miembro adopta un papel diferente y agarra al otro con diferentes armas de manipulación. En ocasiones la relación se convierte en un campo de batalla en el que ambos luchan para controlar la situación o reivindicar su punto de vista. Otras veces existe una clara jerarquía de poder y uno de los dos decide e impone, mientras que el otro acata sus órdenes.

Es preciso recordar que la manipulación siempre es cosa de dos. Las luchas de poder sólo son posibles cuando hay dos bandos enfrentados e, igualmente, para que alguien se imponga en una relación es preciso que haya otra persona que lo acepte. En muchos casos se trata de un encaje de necesidades. Así como uno necesita dominar para sentirse más seguro, el otro acepta someterse como un modo de delegar responsabilidades o incluso de mantener la relación.

El chantaje emocional puede adoptar diferentes formas. La clave está en provocar una mezcla de miedo, obligación y culpa para que la pareja acabe sucumbiendo a las propias expectativas. Para ello se pueden emplear estrategias tan diversas como:

  • El castigo: Se amenaza, de manera directa o implícita, que si no se realiza lo que uno desea habrá que atenerse a consecuencias negativas. Por ejemplo: «Si no vienes hoy conmigo, no esperes que mañana te acompañe».
  • El autocastigo: En este caso la amenaza va dirigida a dañarse a uno mismo para hacer sentir culpable al otro. «Si tú no me quieres la vida no tiene sentido para mí, así que me abandonaré».
  • Las promesas: Se ofrecen promesas maravillosas a cambio de que se acate la propia voluntad, pero no siempre se cumplen. «Si sigues conmigo te prometo que cambiaré y que seremos felices».
  • El silencio: Supone una manera fría de mostrar enfado, en que el otro siente que sólo si cede logrará mejorar el clima relacional.
  • Hacerse la víctima: Es una exigencia disfrazada de sentimientos de lástima y culpabilidad. Como, por ejemplo: «Si no vienes a verme estaré todo el día solo».
  • Dar para recibir: En ocasiones dar u ofrecer cosas se utiliza para atar a la otra persona. «Dado que te ayudé ahora merezco algo a cambio».
  • Culpabilizar: Se utilizan reproches o comentarios críticos para que alguien se sienta culpable y así corrija su actitud o su comportamiento.

Cómo detectar la manipulación

El mensaje manipulador puede expresarse mediante palabras o actitudes, pero siempre es vivido con una sensación de amenaza o exigencia. Escuchar las propias sensaciones y sentimientos ante los mensajes que recibimos es una buena fórmula para detectar cuándo somos víctimas de un chantaje emocional.

Por lo general, la manipulación nos hace sentir que estamos en una situación que no tiene fácil salida. Si accedemos a la petición debemos renunciar a nuestros deseos o necesidades, mientras que si no lo hacemos aparecen sentimientos de culpabilidad o miedo a ser rechazados o a que la otra persona se enfade.

Es importante diferenciar una petición de una exigencia. Pedir implica dar libertad para elegir entre satisfacer o no la demanda y se tiene en cuenta a la otra persona. Mientras que al exigir no se da esta alternativa y se ignoran los sentimientos y las necesidades del otro. Cuando una persona no cede a una exigencia puede obtener consecuencias negativas, como ser calificada de egoísta, interesada o insensible, o recibir algún tipo de castigo, como el enfado o una actitud despreciativa.

Detectar esta diferencia entre petición y exigencia nos informará de cuándo somos objeto de manipulaciones o cuándo las utilizamos para conseguir lo que deseamos.

Salir de la trampa

Los juegos de dominación más intrincados son aquellos que implican un doble mensaje. Lo que se expresa directamente no está en coherencia con el tono que se utiliza, o detrás de una petición legítima se esconden fines subterráneos que responde al propio interés. Son trampas del tipo: «No hace falta que vengas. Tienes mucho trabajo y, total, siempre me las arreglo solo».

Una manera de desmontar las trampas manipulatorias es hacerlas explícitas, es decir, verbalizar lo que se expresa de manera indirecta. Si lo hacemos en forma de acusación, diciendo por ejemplo: «Lo que en realidad quieres es que te acompañe y para ello me haces sentir culpable», es fácil que se desmienta por la otra parte o incluso que haya como contestación una acusación mayor.

Un aprendizaje importante en las parejas, y en todo tipo de relaciones, es aprender a comunicarse debidamente para aclarar malentendidos o situaciones confusas. Las manipulaciones dejan de tener poder sobre nosotros si las reconocemos como tales y expresamos a la otra persona cómo nos sentimos. Se puede decir, por ejemplo: «Me siento dividido. Por una parte me dices que no venga, pero por otra me da la impresión de que si no lo hago te fastidiará. Dime realmente lo que deseas y veré qué puedo hacer». Si apelamos a nuestros sentimientos es más probable que nuestra pareja nos comprenda y quiera poner de su parte para aclarar la situación.

Si ambos miembros de la pareja deciden deponer sus armas manipulatorias pueden ayudarse mutuamente, reconociendo cuándo ponen en marcha este tipo de artimañas. Sin embargo, en ocasiones uno de ellos o ambos no están dispuestos a reconocer cómo coartan la libertad de su pareja ni quieren cambiar su modo de relacionarse. En todo caso cada uno decide si hacer de la pareja un campo de batalla o un lugar de encuentro y de cooperación basado en el respeto, donde no solo gane uno sino los dos.


Cristina Llagostera | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

Encarando el miedo

En principio el miedo no es algo negativo, se trata de un mecanismo de defensa que crea nuestra mente cuando percibimos una situación de riesgo. Ahora bien, cuando la situación de supuesto riesgo se produce ante un estímulo positivo, se trata de un miedo irracional y éste siempre tiene como base una inseguridad.

¿Por qué surge el miedo?

Digamos que nosotros nos hemos creado una especie de burbuja de bienestar, a nuestro modo y semejanza. El miedo aparecerá cuando vemos peligrar dicha burbuja, es decir, cuando creemos que va a producirse un cambio que pueda desestabilizar nuestra seguridad. Si consideramos una relación como algo que nos quita (pérdida de intimidad, compartir tiempo de descanso, estar al pendiente del otro, etc.) y no que nos aporta (amor, compañía, bienestar, etc.), entonces es cuando aparece el miedo.

El miedo pone en la balanza los recursos que uno tiene y aquello que tenemos que afrontar. Cuando se produce un desajuste en esta balanza, es cuando se hace presente. Por tanto, es una cuestión de inseguridad y de no conocerse bien a uno mismo, lo que conlleva malestar y frustración.

¿Qué suele pasar cuando uno no sabe reconocer sus propias capacidades y habilidades emocionales? Tiende a evitar aquello que despertó su alarma de amenaza inminente. No deja de ser una mala adaptabilidad a los cambios, que por otro lado anhelamos, pero que nos cuesta reconocer. Nos vemos como frágiles o débiles y nos ponemos una coraza para supuestamente no nos puedan tocar, pero obviamos lo más importante: la amenaza somos nosotros mismos, no el entorno.

¿Qué características suelen identificar a este tipo de personas?

  • Les cuesta tomar decisiones personales porque temen el cambio y salirse de su Zona de Confort.
  • Son personas rígidas en el trato, quieren tenerlo todo controlado. La falta de control es lo que les hace activar los mecanismos de alarma.
  • Suelen tener dificultades en expresar sus propias emociones. Intentan no profundizar en lo que sienten o piensan respecto a alguien o algo y ello provoca problemas de comunicación con los demás.
  • En muchas ocasiones se sienten inseguros de si mismos y no soportan ver la seguridad en otros, por lo que inconscientemente crean disonancias cognitivas como convenciéndose de que esa persona no es tan maravillosa como se muestra ante los demás.

Hemos de tener en cuenta que el carácter y personalidad que tenemos en nuestra etapa adulta va muy de la mano de la relación afectiva que hemos tenido con nuestros progenitores en la infancia. Es por ello que una familia que haya protegido mucho a su hijo, haya sido muy rígida en su educación o demasiado permisiva, hace que la persona no pueda desarrollar sus propias estrategias de afrontamiento para valerse por sí misma.

¿Cómo suelen actuar?

En el terreno emocional suelen ser personas muy atractivas, grandes conquistadores, ya que tienen esa necesidad de tener una relación estable, por su carencia afectiva. Por el contrario, cuando ya se ven dentro de la relación empieza el miedo y se crean situaciones de confusión en sí mismo y en el otro. Es aquí cuando se produce la disonancia cognitiva que mencionaba anteriormente, la mente empieza a crear pensamientos de alerta porque no soporta las propias incongruencias (no es la persona que busco, no va a poder ofrecerme lo que quiero, no voy a cumplir sus expectativas, en verdad no quiero tener una pareja estable, aún me quedan muchas cosas que experimentar y que no podría hacer si estoy en pareja, etc.).

En cierta forma, la falta de estrategias y de conocimiento sobre uno mismo hace que se busque justificación a la propia inseguridad y temores. Al final como no se tienen las capacidades para asumir el miedo y gestionar el malestar, se buscará romper la relación para recuperar la estabilidad y huir del descontrol.

¿Cómo afrontar el miedo al compromiso?

El primer paso es admitir que tenemos unas limitaciones emocionales en las que tenemos que trabajar. Evaluando las verdaderas necesidades y arriesgándonos a afrontar los miedos, éstos desaparecerán. Por tanto, una buena autoestima es la base de todo.

Al miedo se le vence encarándolo. Hay una frase de Jiddu Krishnamurti que dice «Haz lo que temes y el temor morirá», pues así mismo es. Para ello nos vamos a servir de una serie de estrategias:

  • No vamos a evitar aquello que nos da miedo, huir no soluciona el problema.
  • Hemos de ir introduciendo pequeños cambios que poco a poco ayuden a la mente a entender que seguimos teniendo el control de la situación, ya que como es lo que más nos asusta hay que educarla. Si una característica tiene la mente es que es muy plástica, ¿esto qué quiere decir? Que entrenándola se adecúa a lo que queramos.
  • Valorarse a uno mismo fortalecerá la seguridad en las acciones y decisiones que tomemos. Por tanto necesitamos hacer un reconocimiento positivo de nuestras capacidades y limitaciones, ya que una limitación no es algo negativo, se necesitan de ambas para encontrar el equilibrio.
  • Es básico empezar a expresarse emocionalmente, sobre todo la parte negativa de nuestro malestar. De esta manera reduciremos tensiones y por tanto nos relajaremos más. Si al principio cuesta hacerlo con otras personas, escribiéndolo se puede empezar uno a entrenar (Ventilación Emocional), además de que nos sirve para reflexionar.
  • La clave de toda buena relación es la comunicación y la confianza, sin ellas no hay pareja que sobreviva de una manera sana. Por lo que el objetivo tiene que ser lo que se conoce como asertividad, es decir, decir en todo momento lo que se piensa y siente sin entrar en herir a nuestro interlocutor, en este caso nuestra pareja.

Merece la pena hacer el intento de superar el miedo ¿no creéis? ¿Qué supone pasar un mal rato cuando la compensación es eterna?


Ciara Molina | CiaraMolina.Com