10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos «en serie», a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.

2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.

3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.

4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Sólo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan sólo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección.

9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíble valor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destila positivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.


La manera en que le hablas a un niño hará la diferencia en su vida

Los niños… piezas frágiles cual cera en la que grabamos cada instante, la manera en la que nos relacionamos con ellos dejará marcas en su alma, en su vida, en su futuro, cada niño representa una nueva oportunidad de cambiar las cosas, de hacerlo mejor, de forjar en ellos sentimientos, en tanto más amor se le entrega a un niño, mayor alegría se dejará en su corazón.

«A veces damos consejos, pero no enseñamos con nuestra conducta».

FRANCOIS ALEXANDRE 

Muchas veces no nos percatamos de cómo hablamos con nuestros hijos o con los niños en general, hacemos promesas que jamás cumplimos, siempre decimos «ahora no, después»… gritamos, despreciamos e incluso negamos amor y atención a nuestros niños bajo cualquier justificación, no nos damos cuenta de lo importante que somos para ellos, de lo valiosos que somos en su vida, del ejemplo que somos en su camino y de que para ellos cada oportunidad que tienen de escucharnos es mágica.

Ojalá tuviéramos un poco más de tacto cuando le hablamos a un niño, cuando nos dirigimos a ellos, cuando grabamos palabras en sus pensamientos y sentimientos en sus almas, de seguro si pudiéramos ver por una pequeña ventana como actuamos con nuestros hijos, sabríamos lo que debemos cambiar…

Debemos ser cuidadosos, ante todo, cuidar la manera en la que le hablamos a los niños, para manifestarle nuestras angustias, nuestras molestias y nuestro amor, no es únicamente cuidar como se les reprende, también como se les ama y se les hace saber que son lo más importante en nuestra vida, porque de lo sutil del amor a lo terrible de la manipulación sólo hay un paso, de allí tantos niños que manipulan con su comportamiento, se vuelven caprichosos, arrogantes e incontrolables, entonces queremos culparlos, los reprendemos, castigamos y le hacemos saber mil veces que nos decepcionaron, que no deseamos estar con ellos, sin embargo, somos incapaces de reconocer que nunca cuidamos las palabras que salieron de nuestra boca, como les hablamos, tanto para amar como para corregir.

«El tipo más elevado de hombre es el que obra antes de hablar, y profesa lo que practica».

CONFUCIO 

Aunque no lo parezca, los niños siempre están atentos a todo, las conversaciones externas, las discusiones de sus padres, las ofensas de la gente manejando, los gritos de las personas y los gestos de amor entre las personas, se dan cuenta de todo lo que ocurre a su alrededor, pero no con nuestra visión adulta, no con la malicia o la desconfianza, sino con la inocencia plena y simple de un niño, como un recipiente que recibe, que almacena y que tarde o temprano reproducirá, esto puedes experimentarlo tú mismo con algún recuerdo que haya marcado tu niñez.

Si bien no debemos acostumbrar a nuestros niños a vivir en burbujas de cristal, donde todo es perfecto y donde se mantengan ajenos al dolor, al sufrimiento y a las caídas, tampoco es menester enseñarles la crudeza de las cosas sin cuidar la manera, cada palabra que sale de nuestra boca, representa todo un panorama para ellos, de allí que se pueda desviar tan fácilmente la vida de un niño, por su inocencia y fragilidad.

›Nada tan peligroso como un buen consejo acompañado de un mal ejemplo».

MADAME DE SABLÉ 

Nunca es tarde, cuida siempre como le hablas a un niño, recuerda que serás responsable de lo que se graba en él, aporta amor a su vida y siempre da un buen consejo, de esos que te acompañan siempre y se agradecen.


Sara Tibet | RincónDelTibet.Com

La historia de María José

El día que mi hija María José nació, en verdad no sentí gran alegría porque la decepción que sentía parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener un hijo. Yo quería un varón. A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y agotada y la otra radiante y dormilona. En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisa de María José y por el negro de su mirada fija y penetrante, fue entonces cuando empecé a amarla con locura. Su carita, su sonrisa y su mirada no se apartaban ni un instante de mi pensamiento, todo se lo quería comprar, la miraba en cada niño o niña, hacía planes sobre planes, todo sería para mi María José.

Este relato era contado a menudo por Rodolfo, el padre de María José. Yo también sentía gran afecto por la niña que era la razón más grande para vivir de Rodolfo, según decía él mismo. Una tarde estábamos mi familia y la de Rodolfo haciendo un picnic a la orilla de una laguna cerca de casa, la niña entabló una conversación con su papá, todos escuchábamos:

– Papi, cuando cumpla quince años, ¿cuál será mi regalo?

– Pero mi amor, si apenas tienes diez añitos, ¿no te parece que falta mucho para esa fecha?

– Bueno papito… tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí.

La conversación se extendía y todos participamos de ella. Al caer el sol regresamos a nuestras casas. Una mañana me encontré con Rodolfo enfrente del colegio donde estudiaba Carmencita quien ya tenía catorce años. Rodolfo se veía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostraba las calificaciones de Carmencita, eran notas impresionantes, ninguna bajaba de diez puntos y los estímulos que les habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores. Felicité al dichoso papá.

María José ocupaba todo el espacio en casa, en la mente y en el corazón de la familia, especialmente el de su padre. Fue un domingo muy temprano cuando nos dirigíamos a misa, cuando María José tropezó con algo, eso creímos todos, y dio un traspié, su papá la agarró de inmediato para que no cayera. Ya instalados en nuestros asientos, vimos como María José fue cayendo lentamente sobre el banco y casi perdió el conocimiento. La tomé en brazos mientras su padre, buscaba un taxi y la llevamos al hospital.

Allí permaneció por diez días y fue entonces cuando le informaron que su hija padecía de una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero no era algo definitivo, debían practicarle otras pruebas para llegar a un diagnostico firme. Los días iban transcurriendo, Rodolfo renunció a su trabajo para dedicarse al cuidado de María José, su madre quería hacerlo, pero decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran superiores a los de él. Una mañana Rodolfo se encontraba al lado de su hija cuando ella le preguntó:

– Voy a morir, ¿no es cierto? ¿Te lo dijeron los doctores?

– No mi amor, no vas a morir. Dios que es tan grande, no permitiría que pierda lo que más he amado en este mundo – respondió el padre.

– ¿Van a algún lugar? ¿Pueden ver desde lo alto a su familia? ¿Sabes si pueden volver? – preguntaba su hija.

– Bueno hija, en verdad nadie ha regresado de allá a contar algo sobre eso, pero si yo muriera no te dejaría sola, estando en el más allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última instancia utilizaría el viento para venir a verte.

– ¿Al viento? ¿Y cómo lo harías?

– No tengo la menor idea hijita, sólo sé que, si algún día muero, sentirás que estoy contigo cuando un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas.

Ese mismo día por la tarde, llamaron a Rodolfo, el asunto era grave, su hija estaba muriendo. Necesitaban un corazón, pues el de ella no resistiría sino unos quince o veinte días más. ¡Un corazón! ¿Dónde hallar un corazón? ¡Un corazón! ¿Dónde Dios mío?

Ese mismo mes, María José cumpliría sus quince años. Y fue el viernes por la tarde cuando consiguieron un donante, una esperanza iluminó los ojos de todos, las cosas iban a cambiar.

El domingo por la tarde ya María José estaba operada, todo salió como los médicos lo habían planeado. ¡Éxito total! Sin embargo, Rodolfo todavía no había vuelto por el hospital y María José lo extrañaba muchísimo, su mamá le decía que ya todo estaba muy bien y que su papito sería el que trabajaría para sostener la familia.

María José permaneció en el hospital por quince días más, los médicos no habían querido dejarla ir hasta que su corazón estuviera firme y fuerte y así lo hicieron. Al llegar a casa todos se sentaron en un enorme sofá y su mamá con los ojos llenos de lágrimas le entregó una carta de su padre.

«María José, hijita de mi corazón: Al momento de leer mi carta, ya debes tener quince años y un corazón fuerte latiendo en tu pecho, esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te operaron. No puedes imaginarte ni remotamente cuánto lamento no estar a tu lado en este instante. Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez añitos y a la cual no respondí. Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie jamás haría por mi hija: te regalo mi vida entera sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras.

¡Vive hija! ¡Te amo con todo mi corazón!»

María José lloró todo el día y toda la noche; al día siguiente fue al cementerio y se sentó sobre la tumba de su papá; lloró como nadie lo ha hecho y susurró:

«Papi, ahora puedo comprender cuánto me amabas; yo también te amaba y aunque nunca te lo dije, ahora comprendo la importancia de decir “Te Amo” y te pediría perdón por haber guardado silencio tantas veces».

En ese instante las copas de los árboles se mecieron suavemente, cayeron algunas hojas y florecillas, y una suave brisa rozó las mejillas de María José, alzó la mirada al cielo, intentó secar las lágrimas de su rostro, se levantó y emprendió el regreso a su hogar.

A veces dar la vida es renunciar a lo que más quieres para que «otras personas» sean felices… aunque tu pierdas lo que más amas en el mundo.

¿Qué precio están dispuestos los hijos a pagar con tal de recibir atención?

Una madre fue al supermercado y vio una bolsa de malvaviscos pequeños que sabía le gustaban mucho a su hijo de 5 años. Los compró y al llegar a casa se los entregó, pero le sorprendió que su pequeño le preguntara ¿por qué me los compraste mamá?, ¿porque hoy me porté bien en la escuela?, ¿o porque comí bien?, ¿o por qué?… La mamá lo interrumpió y le dijo, No, hijo, te los compré simplemente porque te quiero mucho. La madre me confesó que no se había dado cuenta lo condicionado que tenía al niño de premiarlo por todo lo que hacía, y que lo que más la había conmovido era que había guardado la bolsa de malvaviscos como un tesoro, y no se los había comido.

¿Qué es lo que más necesitan nuestros hijos en la vida? ¿Qué es lo que más queremos nosotros como seres humanos? Yo creo que lo más importante es sentirnos aceptados y queridos por quienes somos. Sin condiciones. Esto es el verdadero amor incondicional, y aunque es un ideal, tenemos que caminar en esa dirección. Si sólo nos diéramos cuenta cuántas cosas hacemos para recibir atención y sentirnos queridos. Porque recibir atención es una forma de recibir amor. Cuando damos atención a nuestros hijos, estamos acariciando su alma y nutriendo sus vidas emocionales. Y con tal de recibir este alimento, el niño está dispuesto a complacernos de mil maneras.

Pero cuando no recibe esta atención a través de complacernos, entonces puede intentarlo a través de molestar, hacer berrinches, fastidiar o lastimar. El mensaje es claro, y el niño de manera inconsciente nos dice: Yo necesito tanto tu cariño que estoy dispuesto a conformarme con la atención que recibo cuando me gritas, me insultas o regañas. Sí, prefiero ser humillado e incluso golpeado a ser ignorado.

Estos niños se alimentan de nuestros regaños, nuestra irritación, nuestra impaciencia. Están tan hambrientos de atención que se conforman con las migajas, porque pensamos que lo contrario del amor es el odio, y no es así. Lo contrario del amor es la indiferencia. Por eso le duele tanto al niño el abandono. Muchos prefieren ser castigados y regañados a ser ignorados.

Un muchacho de 14 años cuando llegó al colegio lastimado, le platicó a su amiga que su padre se había enojado tanto con él, que lo había empujado por la escalera. Y ella le respondió: Pues tienes más suerte que yo, a ti por lo menos te golpean, en cambio yo, no les importo.

Cuando un niño se acostumbra a provocar a los demás para ser notado, su conducta nunca le va a dar lo que tanto busca: cariño y aceptación. En lugar recibe rechazo, impaciencia, frustración y enojo. Y lo triste es que, entre más cariño necesita, menos lo obtiene porque lo busca a través de berrinches, de gritos, de groserías, de volvernos locos, en una palabra. Y así, termina alejando lo que más falta le hace.

Si observamos a los niños o jóvenes a los que llamamos «insoportables», «indisciplinados» e inclusive «delincuentes», lo que piden a gritos es cariño y comprensión. Cuando hay una persona que les brinda esta aceptación, se transforman. Es la desesperanza la que los lleva a la rebeldía, a la agresión, al rechazo, al coraje, a la furia y la venganza.

Nuestros hijos necesitan de nuestro tiempo y nuestra atención. No hay sustituto posible para la atención. Necesitan también sentirse aceptados por quienes son. Como individuos separados de nosotros, con sus propios sueños y sus propias aspiraciones. Necesitan que los veamos como seres en proceso de crecimiento y transformación, y no a través de una imagen idealizada que nos hemos fabricado de ellos. Nos piden que los miremos libres de nuestras expectativas personales, porque no están aquí para cumplir nuestros sueños, sino para encontrar su propio camino y su propio destino.


Rosa Barocio

Cuando los padres no son equipo: ¿Qué hacer cuando hay diferencias en la forma de educar?

La pareja la forman dos personas que tienen biografías, personalidades, maneras de ver el mundo muy diferentes.

Parece lógico pensar que cuando se decide iniciar un proyecto común de trascendencia vital, como es formar una familia y ocuparse del desarrollo y cuidado de los hijos, tienen la suficiente compatibilidad como para que ese proyecto sea viable y en él quepa y predomine como una prioridad la tarea de educar a un ser humano vulnerable, indefenso y necesitado de referentes tanto como de alimento y ternura. Sin embargo, y por desgracia, esto sólo ocurre en la minoría de las familias. No tenemos ni idea de lo que significa tener un hijo antes de tenerlo y el aterrizaje que ambos miembros de la pareja hacen en la mater-paternidad es poco predecible. Y así, nos encontramos con que nuestra pareja, con la que hasta ese momento todo parecía fluir, no está de acuerdo en muchas de las cosas que atañen a la educación de los hijos, lo cual genera distancia afectiva, desencuentros, soledades y mucha frustración. Es sin duda, uno de los desafíos más difíciles de gestionar, pero también una oportunidad enorme de crecimiento y aprendizaje si lo hacemos desde la humildad y la empatía.

Dado que no podemos cambiar la historia de cada cual, ni tampoco cómo fuimos maternados, lo que sí podemos hacer es tratar de mirar hacia adelante, teniendo presente lo que nos jugamos y siendo capaces, sobre todo, de negociar, entendiendo que los dos estamos aprendiendo, que educar a un hijo es la tarea más difícil que encararemos a lo largo de nuestra vida y que los procesos de toma de conciencia y de aprendizaje de cada persona tienen una velocidad diferente. Se trata de ver al otro como un compañero, un cómplice, un apoyo y no como un enemigo. Partimos de dos premisas básicas que no debemos perder de vista: ambos padres amáis por encima de todo a vuestros hijos y no queréis dañarlos, y que tú elegiste a la otra persona y la consideras honesta y con capacidad de aprender.

Con todo esto por delante, algunas sugerencias para facilitar la cotidianidad serían: 

  • No corrijas ni des charlas magistrales sobre cómo deben hacerse las cosas al otro, ni delante de los niños, ni detrás. No hay verdades absolutas, ni porque lo diga un libro ni porque así lo hacía tu padre o madre.
  • No tomes decisiones sobre la marcha. Posponlo hasta hablar con el otro y tratar de alcanzar acuerdos, por mínimos que estos sean. Siempre hay lugares comunes y lo inteligente es poner el foco en lo que nos une, no en lo que nos separa.
  • Maneja las expectativas y aléjate de la perfección. No existe y, menos aún, a la hora de educar. La idea es hacer las cosas de la mejor manera posible, que no será óptima ni perfecta, pero será tu mejor jugada. Revisa, no te conformes y trata de hacerlo mejor mañana.
  • Todos tenemos limitaciones. Hablarlas, saber cuáles son las de tu pareja y las tuyas a la hora de educar, conduce a saber en qué momento debe intervenir cada cual.
  • Ponernos límites, de la misma manera que se los ponemos a los hijos. Dejar explícitamente claro cuáles son las acciones no tolerables por el otro y qué fronteras no se pueden traspasar.
  • Es fundamental no ver al niño como el causante de los problemas, idealizando la vida anterior a la llegada de los hijos, subrayando las dificultades y no la riqueza y oportunidad emocional de esta nueva etapa.
  • Confía en tu pareja. Hay muchas maneras diferentes de educar y salvo aquellas que incluyen maltrato físico o psíquico, no se ha descrito en psicología que un determinado estilo de crianza produzca un resultado inequívoco. Por suerte, no existe el determinismo, sólo la influencia.
  • Ayuda a tu hijo a que entienda que mamá y papá hacen algunas cosas de manera diferente y trata de realzar lo positivo del otro y no enfatizar sus zonas oscuras. La prioridad es el niño, no nosotros. Y debemos hacer todo lo posible para que crezca con la mejor versión de sus padres, aun conociendo sus limitaciones.
  • Hablad de ello, de vez en cuando, de forma serena, no como reacción a un desencuentro o una bronca. Quedad para hablarlo en un contexto diferente del propio hogar, sin niños, con inteligencia, buscando acuerdos, recordando lo que os une y la importancia de ser lo más coherentes y coincidentes posible.
  • Evitad la polarización, la vieja historia del «poli bueno y poli malo». El niño nos tiene que ver como equipo, no como posibilidades individuales de conseguir algo. Es negocio para él a corto plazo, pero abre una grieta que se ensancha con el tiempo y luego ya no se puede saltar.

Es imprescindible entender que no se trata de «tener razón», ni de ser el «que más sabe de esto», tampoco de confirmar lo «equivocado que está el otro». Se trata de poner el amor por encima de nuestra biografía y de nuestra necesidad de alimentar el ego. Se trata de ponerse en el lugar de los hijos y darnos cuenta de que nos están mirando. El mundo es filtrado a través de nosotros. Aprenderán a relacionarse según nos relacionemos entre nosotros y con ellos, aprenderán a negociar según seamos capaces nosotros de incorporar esta herramienta esencial en nuestra cotidianidad, aprenderán a respetar si viven con respeto, en definitiva, construirán una imagen de sí mismos y de los otros con lo que seamos capaces de ofrecerles.


Olga Carmona | ElPais.Com

 

Qué no hacer con un problema

Una de las premisas más estimulantes para afrontar situaciones adversas es suponer que los problemas no son un problema. Grandes en algunos casos, pequeños por lo general, los problemas son simplemente desafíos inevitables que forman parte de nuestra vida diaria y que ocurren cuando lo que deseamos no es lo que obtenemos. Algo se rompe (pérdida). Un plan se desbarata por un imprevisto (sorpresa). Surge un malentendido (confusión). No nos sentimos o no nos vemos tan bien como quisiéramos (desilusión). Nos bloqueamos o nos sentimos impotentes cuando tratamos de conseguir algo (frustración).

Ya sea que el problema resulte de la acción de un agente externo, de una circunstancia casual, de un error de cálculo o de una equivocación o travesura, los padres deben alentar al niño a abordar cada problema como una oportunidad de aprendizaje de vida. El objetivo no es criar un hijo que nunca hace nada mal, o a quien nunca le sale nada mal, o intervenir siempre para solucionarle los problemas al niño. La meta es criar un hijo capaz, con la disposición y la habilidad de superar obstáculos.

Es muy raro que un niño no resuelva un problema sin aprender algo que antes no sabía o no podía hacer. Todos los problemas son maestros disfrazados. Y lo mejor de resolver un problema es que el proceso incluye su propia recompensa: la sensación de realización y orgullo por haber resuelto satisfactoriamente la situación Con cada problema resuelto se conquista una cuota de capacidad que fortalece aún más la autoestima. Los padres pueden transmitir a sus hijos una visión más amplia de esta cuestión: «Cada vez que abordes un desafío en la vida, sin darte por vencido ni salir corriendo, mejorarás tu manejo de las situaciones y tu concepto de ti mismo».


Carl Pickhardt, Ph. D

Cuando tu hijo te dice: ¡No te metas!

Hoy que estoy profundizando mis estudios teológicos en la Familia; sus valores, sus principios, sus riquezas, sus conflictos, recordaba una ocasión en que escuché a un joven gritarle a su Padre: ¡No te metas en mi vida!

Esta frase caló hondamente en mí, tanto, que frecuentemente la recuerdo y comento en mis conferencias con padres e hijos. Si en vez de sacerdote, hubiese optado por ser padre de familia, ¿qué respondería a esa pregunta inquisitiva de mi hijo?

Hijo, un momento, no soy yo el que me meto en tu vida, ¡Tú te has metido a la mía! Hace muchos años, gracias a Dios, y por el amor que mamá y yo nos tenemos, llegaste a nuestras vidas, ocupaste todo nuestro tiempo, aun antes de nacer, mamá se sentía mal, no podía comer, todo lo que comía lo devolvía, y tenía que guardar reposo. Yo tuve que repartirme entre las tareas de mi trabajo y las de la casa para ayudarla. Los últimos meses, antes de que llegaras a casa, mamá no dormía y no me dejaba dormir. Los gastos aumentaron increíblemente, tanto que gran parte de lo nuestro se gastaba en ti. En un buen médico en la maternidad, en comprarte todo un guardarropa, mamá no veía algo de bebé, que no lo quisiera para ti, una cuna, un moisés, todo lo que se pudiera, con tal de que tú estuvieras y tuvieras lo mejor posible.

¿No te metas en mi vida? Llegó el día en que naciste: hay que comprar algo para darles de recuerdo a los que te vinieran a conocer (dijo mamá), hay que adaptar un cuarto para el bebé. Desde la primera noche no dormimos. Cada tres horas despertabas para que te diéramos de comer, otras te sentías mal y llorabas y llorabas, sin que nosotros supiéramos qué te sucedía y hasta llorábamos contigo.

¿No te metas en mi vida? Empezaste a caminar, yo no sé cuándo he tenido que estar más detrás de ti, si cuando empezaste a caminar o cuando creíste que ya sabías. Ya no podía sentarme tranquilo a leer el periódico o a ver el partido de mi equipo favorito, porque para cuando acordaba, te perdías de mi vista y tenía que salir tras de ti para evitar que te lastimaras.

¿No te metas en mi vida? Todavía recuerdo el primer día de clases, cuando tuve que llamar al trabajo y decir que no podría ir, ya que tú en la puerta del colegio no querías soltarme y entrar, llorabas y me pedías que no me fuera, tuve que entrar contigo a la escuela, que pedirle a la maestra que me dejara estar a tu lado, un rato, ese día en el salón para que fueras tomando confianza. A las pocas semanas no sólo ya no me pedías que no me fuera, hasta te olvidabas de despedirte cuando bajabas del auto corriendo para encontrarte con tus amigos.

¿No te metas en mi vida? Seguiste creciendo, ya no querías que te lleváramos a tus reuniones, nos pedías que en una calle antes te dejáramos y pasáramos por ti una calle después, porque ya eres cool. No querías llegar temprano a casa, te molestabas si te marcábamos reglas, no podíamos hacer comentarios acerca de tus amigos, sin que te volvieras contra nosotros, como si los conocieras a ellos de toda la vida y nosotros fuéramos unos perfectos desconocidos para ti.

¿No te metas en mi vida? Cada vez sé menos de ti por ti mismo, sé más por lo que oigo de los demás, ya casi no quieres hablar conmigo, dices que nada más te estoy regañando, y todo lo que yo hago está mal, o es razón para que te burles de mí, pregunto: con esos defectos te he podido dar lo que hasta ahora tienes. Mamá se la pasa en vela y de pasada no me deja dormir a mí diciéndome: que no has llegado y que es de madrugada, que tu celular está desconectado, que ya son las 3:00 y no llegas. Hasta que por fin podemos dormir cuando acabas de llegar.

¿No te metas en mi vida? Ya casi no hablamos, no me cuentas tus cosas, te aburre hablar con viejos que no entienden el mundo de hoy. Ahora sólo me buscas cuando hay que pagar algo o necesitas dinero para la universidad, o salir; o peor aún, te busco yo, cuando tengo que llamarte la atención.

¿Que no te metas en mi vida? Pero estoy seguro que ante estas palabras… No te metas en mi vida, podemos responder juntos:

Hijo, yo no me meto en tu vida, tú te has metido en la mía, y te aseguro, que, desde el primer día, hasta el día de hoy, ¡no me arrepiento que te hayas metido en ella y la hayas cambiado para siempre!

Mientras esté vivo, me meteré en tu vida, así como tú te metiste en la mía, ¡para ayudarte, para formarte, para amarte y para hacer de ti un hombre de bien!

Sólo los padres que saben que deben meterse en la vida de sus hijos logran hacer de éstos, ¡hombres y mujeres que triunfen en la vida y sean capaces de amar!

Papás: ¡Muchas gracias! Por meterse en la vida de sus hijos, ¡ahhh más bien corrijo, por haber dejado que sus hijos se metas en sus vidas!

Y para ustedes hijos: ¡Valoren a sus padres, no son perfectos, pero los aman, y lo único que desean es que ustedes sean capaces de salir adelante en la vida y triunfar como hombres de bien!

La vida da muchas vueltas, y en menos de lo que ustedes se imaginan alguien te dirá…

¡No te metas en mi vida!

La paternidad no es un capricho o un accidente, ¡es un don de Dios, que nace del amor!


Francisco Sunderland Álvarez

El efecto pigmalión: ¿Qué es lo que comunicas a tus hijos sin darte cuenta?

Tus palabras tienen la fuerza para condicionar el comportamiento de tus hijos. 

¿Qué es el Efecto Pigmalión? «Es algo que todos sabemos de algún modo, pero puede que no te lo hayan explicado nunca. Si a tu hijo, antes de una carrera, le dices: ‘te vas a caer, tú no vales para esto’, ese niño se va a caer, no hay más opciones. Porque le has hecho creer que es posible. Y hay algo que le obliga a cumplir la profecía. Pero si en lugar de eso, a ese mismo niño le dices: ‘corre, vuela, no te detengas, y si te caes, aquí estoy para levantarte’. Ese niño jugará mejor que si nunca le hubieras dicho nada…» En este artículo te contamos cómo tus palabras tienen la fuerza para condicionar el comportamiento de tus hijos. ¡Descubre cómo utilizar ese poder!

Se conoce como Efecto Pigmalión, y funciona en cualquier momento de nuestras vidas. La confianza que depositan en nosotros los demás nos dará las fuerzas suficientes para conseguir objetivos más difíciles.

«Trata a una persona tal y como es y seguirá siendo lo que es; trátala como puede y debe ser y se convertirá en lo que puede y debe ser».

Cuenta la leyenda sobre el efecto Pigmalión….

La leyenda de Pigmalión proviene de la antigua Grecia. Ovidio nos narra cómo existió un rey, Pigmalión, aficionado a la escultura. No encontraba esposa, así que se dedicaba a crear estatuas de bellas mujeres. Un buen día, esculpió una estatua tan bella y de tan perfectas proporciones, que acabó enamorándose perdidamente de ella. Tanto es así, que suplicó a los dioses que la hicieran real. Afrodita, diosa del amor, se apiadó del pobre escultor y le dio la vida. Pigmalión la llamó Galatea, y se convirtió en su amante y compañera de vida.

¿Qué es el efecto Pigmalión?

El efecto Pigmalión consiste en que las expectativas o creencias que una persona tiene acerca de nosotros modificarán nuestro comportamiento o rendimiento para que cumplamos esas expectativas.

De la misma manera, nosotros mismos podemos ejercer el efecto Pigmalión sobre los demás, pero hay que tener mucho cuidado al hacerlo. Si alentamos a una persona podemos conseguir que desarrolle todo su potencial, pero si ejercemos un efecto Pigmalión negativo podemos destruir las ilusiones de una persona.

Seguro que te suena el efecto placebo. Un simple caramelo de limón, dado por tu médico (o Pigmalión en este caso) puede llegar a curarte el dolor de cabeza. Simplemente porque el médico te dice que así será.

Como vemos, la perspectiva de un suceso tiende a facilitar su cumplimiento.

La explicación científica confirma el Efecto Pigmalión: Cuando alguien confía en nosotros, nuestro sistema límbico acelera la velocidad de nuestro pensamiento, haciéndonos más atentos y eficaces.

También conocido como la profecía auto-cumplida, si hay un alto deseo de que se cumpla, probablemente tenderá a cumplirse.

«Lo que pensamos se hace real, y esto es un arma realmente poderosa».

El poder del Efecto Pigmalión y las etiquetas que ponemos a nuestros hijos

En un pueblo de Ghana, África, poseen una tradición muy curiosa.  Cuando un niño nace se le dota de un nombre espiritual, basándose en su día de nacimiento. Cada día consta de una serie de características de personalidad que se les atribuyen a los niños.

Los que nacen en lunes, reciben el nombre de Kwadwoy, que significa paz. A estos niños se les considera tranquilos, calmados y pacíficos.

Por otro lado, los nacidos en miércoles son bautizados con el nombre de Kwaku, guerreros. Se les atribuye mal comportamiento e impulsividad.

Un estudio examinó la frecuencia con que estos nombres aparecían en el Registro Juvenil Penal, por haber cometido algún delito. Se descubrió que había un porcentaje significativamente mayor de niños bautizados como Kwaku que como Kwadwoy en estos registros de delincuencia juvenil.

Estos resultados demostraron la influencia negativa que tiene la atribución de etiquetas tan tempranas a estos peques.

¿Es culpa realmente del nombre? Claro que no. La responsabilidad está en lo que la comunidad espera y atribuye inconscientemente a estos niños.

Cómo utilizar el efecto Pigmalión ¿Qué decir y qué no decir a tu hijo?

En la cultura occidental también percibimos el efecto Pigmalión de muchas maneras diferentes.

<< Mi hijo es que es muy tímido…>> << Es desobediente…>> <<Nunca se entera de nada…>>

Aunque los padres no sean conscientes, estas etiquetas que ponen sobre sus hijos pueden tener un efecto muy negativo a largo plazo en la autoimagen del niño. No sólo transmitimos con las palabras; los gestos, las miradas, los comentarios… también juegan un papel fundamental.

Lo paradójico de esto, es que probablemente esas expectativas que depositamos en ellos, a la larga se conviertan en rasgos de su personalidad, cuando contrariamente lo que queremos es que no ocurra eso.

Esto ocurre cuando no somos conscientes de que el auto-concepto de un niño se basa en las expectativas y creencias que los demás depositan en ellos, más frecuentemente figuras de autoridad como son los padres o los profesores.

Imaginaros cuando ya empezamos con las comparaciones sobre sus diferentes hijos. << A ver si aprendes de tu hermano…>>

Incluso se puede llegar a automatizar el castigo, tendiendo a regañar al hijo que habitualmente se porta mal, incluso cuando en ese caso ha sido al revés. Este trato diferencial afecta no sólo a la autoestima del niño, sino que potencia ese mal comportamiento por el que es reñido.

En definitiva, lo que expresemos a un niño acerca de sus capacidades influye de manera directa en lo que se considera capaz de hacer.

Del mismo modo que el miedo tiende a provocar que se produzca lo que se teme, la confianza en uno mismo, aunque sea contagiada por un tercero, puede darnos alas.


Cristina Martínez de Toda | Blog.Cognifit.Com

Madre controladora

 Cuando el amor de mamá es tu peor enemigo. 

Ser madre es un privilegio, sin embargo, sobreproteger a los hijos al grado de asfixiarlos psicológicamente, es entrar en una vía que produce hijos infelices e inmaduros.

El ser madre es algo esperado y anhelado por muchas mujeres, que ven en dicha posibilidad una forma de auto-realización. No hay nada malo en la expectativa de ser mamá. El problema se suscita cuando algunas mujeres no entienden que su rol de madre no les da derecho a castrar psicológicamente a sus hijos al grado de no permitirles crecer y desarrollarse adecuadamente como personas.

Una madre posesiva

Las madres que consideran que sus hijos son su propiedad personal y lo creen literalmente, son personas psicológicamente enfermas que tarde o temprano dañarán, algunas de manera irremediable, a sus hijos e hijas limitándolos en sus capacidades de maduración y desarrollo.

Madres castradoras

Desde el psicoanálisis, donde ha surgido el concepto, Françoise Dolto las denomina «engendradoras de neurosis familiares». Es razonable pensar en este concepto, dado los resultados que se observan en la vida familiar cuando hay madres posesivas, envolventes y dominantes.

La lucha entre ser madre equilibrada y razonable, y la de amar patológicamente a un ser humano al grado de no dejarlo crecer, es probablemente producto de una sociedad que ha sacralizado el rol de la madre, pero sin enseñarles a las mismas cómo serlo de manera equilibrada.

Jorge Gómez Lencina, en su libro «La Mujer, Casi Dios» señala precisamente la dificultad que tienen las mujeres, que honestamente quieren cumplir su rol de manera adecuada, con esa carga que le asigna la sociedad de ser «súper madres».

Resulta difícil conjugar la tarea de parir (por lo tanto la tendencia de considerar al hijo como verdaderamente suyo), con la responsabilidad de formar (a un individuo que tiene que partir). La tendencia a considerar al hijo, como un bebé permanente, es muy alta en madres posesivas.

El destete no sólo debe ser a nivel físico mamario, dejar de tomar leche materna, sino que el desapego debe efectuarse también a nivel psicológico y es allí el conflicto que se suscita a la hora de criar hijos de manera equilibrada.

Características de una madre posesiva

  • Procura por todos los medios posibles, lícitos e ilícitos, que sus hijos hagan lo que ella desea. No acepta oposición. Manipula, llora, amenaza o pide compasión, con tal que sus hijos actúen de acuerdo a su voluntad.
  • Prohíbe la expresión de sentimientos que supongan algo distinto a lo que ella considera bueno, en ese sentido, es emocionalmente invasiva al «dirigir» la respuesta emocional de sus hijos por el carril que ella supone correcto.
  • De manera consciente o inconsciente, busca la forma que sus hijos la necesiten. Para que eso se logre sus hijos tienen que de alguna forma estar indefensos o tienen que ser protegidos. Lo que busca es protegerlos y cuidarlos, en otras palabras, dejarlos en situación permanente de dependencia.
  • Uno de sus temores es que sus hijos quieran hacer su propia vida, lo que ella considera un acto de rebeldía o de desagradecimiento de parte de sus vástagos. Eso puede durar toda la vida, incluyendo la etapa de adultos. Es la no aceptación del crecimiento de los hijos.
  • Debido a su inseguridad uno de sus miedos más acendrados es que sus hijos amen a otras personas, por eso protagoniza episodios de celos abiertos o encubiertos. Ve con terror la independencia emocional de sus hijos y se convierte en boicoteadora de los mismos. En este caso, habría una «castración» del desarrollo libre del amor y de las emociones.
  • Un elemento a tomar en cuenta es que el entorno suele calificar a estas madres como «sobreprotectoras», «controladoras», «manipuladoras», «chantajistas» o «asfixiantes», todas expresiones que de un modo u otro reflejan que se está ante la presencia de una persona con un serio problema afectivo.

El mito de «sólo» madres viudas o solteras

Es evidente que este fenómeno se da especialmente entre madres que por una razón u otra tienen que criar hijos solas. Madres solteras, viudas o divorciadas. No obstante, el fenómeno se da también en mujeres casadas y con pareja estable.

En esos casos, son madres con mucha fuerza que monopolizan la relación de pareja y terminan haciendo su voluntad, no sólo en la vida de sus hijos, sino también con sus cónyuges o parejas sentimentales.

Es decir, también se da la presencia de este tipo de madres ante varones pasivos o dominados que han dejado que la relación paritaria o de mutualidad, ceda a un tipo de vínculo desequilibrado donde uno manda y otro obedece.  Se llama «el padre castrado».

En suma, la «madre castradora», protege, cuida, guía, orienta, suple, dirige, pero el precio a pagar es que el hijo o la hija pierde sus alas para volar y debe mantenerse permanentemente atado al nido. Es el pago por el cuidado y ellas lo hacen prevalecer, es la extorsión afectiva llevada a su máxima expresión.

¿Dónde está el equilibrio?

Desde que Sigmund Freud esbozó el concepto se ha publicado mucho al respecto. Cómo ya se señaló en este artículo, es difícil establecer el equilibrio. Probablemente, lo que va haciendo falta en una cultura que ha tendido a sacralizar la labor de la madre, en desmedro del padre, es buscar la manera de educar para que tanto la madre como el padre entiendan que ambos, tienen una función esencial en la formación de un hijo o hija.

La sobre exaltación de la madre provoca que muchos varones se replieguen en su función paterna y se conviertan sólo en proveedores pasivos.

Educar para la paternidad debe incluir el concepto de que la familia emocionalmente sana tiene a una madre y un padre, ocupados en lograr que sus hijos crezcan y vuelen, sin que entre ellos exista competencia, rivalidad o celos. Al contrario, es una tarea conjunta.

Conclusión 

Seguirán apareciendo en la literatura y en el cine las imágenes terroríficas de las «madres castradoras», sin duda como reflejo de lo que muchos observan en sus propias madres.

No obstante, es necesario que la sociedad entienda el rol de una madre equilibrada que sustenta, cuida, protege y guía, pero sin considerarse dueña de sus retoños, sino como parte de un proceso normal donde su función es guiarlos, así como hacen las águilas, donde el macho y la hembra, emprenden juntos la tarea de enseñarles a sus aguiluchos a volar para que abandonen el nido.


Enseñando lo ordinario

No le pidas a tus hijos tener vidas extraordinarias, tal esfuerzo puede parecer admirable, pero es el camino a la locura. Ayúdales, en cambio, a encontrar el asombro y la maravilla de una vida ordinaria.

Muéstrales la alegría de saborear manzanas, tomates y peras. Muéstrales cómo llorar cuando las mascotas y la gente mueren. Muéstrales el placer infinito de tocar una mano. Y haz que lo ordinario cobre vida para ellos. Lo extraordinario se hará cargo por sí mismo.


William Martin

Síndrome de la progenitora tóxica, ¿por qué mi madre no me quiere?

La progenitora tóxica es aquella que llega a la maternidad por caminos pocos deseables. Lo ideal psicológicamente es poner distancia emocional y física. 

Es un tabú de nuestra sociedad aceptar que hay madres que no quieren a sus hijas, pero es más real y frecuente de lo que nos gustaría reconocer. Como todo aquello que nos resulta difícil de aceptar y digerir, tendemos a negarlo. Pero existen, vemos a sus víctimas en consulta, peleando por llenar un agujero negro de infelicidad que arrastran desde la infancia y que en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera es consciente, porque duele nombrarlo.

La madre tóxica es una mujer que ha llegado a la maternidad por caminos poco deseables, por convencionalismos, porque así estaba diseñado su guión de vida, porque eso es lo que de ellas se esperaba. Renegar de la maternidad o simplemente ejercer el derecho a no serlo, no era, ni es, algo aprobado por la sociedad. Aquellas mujeres que han decidido libre y abiertamente no ser madres han sido miradas con recelo y suspicacia por la mayoría de su entorno. Siempre. Incluso ahora. Hablamos de una minoría valiente y coherente que decidió por sí misma cuál era su voluntad y su camino. Muchas otras, sin embargo, aceptaron gestar, parir y criar como algo inevitable. No es tan extraño entender, que algunas de aquellas hijas, no sólo no fueran amadas incondicionalmente, sino percibidas como una molestia, un obstáculo, una rival e incluso una proyección de aquello que ellas hubieran querido ser.

Se trata en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas, que nunca asumieron el papel de madre y que siguen filtrando el mundo a través de su necesidad y su deseo. Otras, son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a lo que esperaban, profundamente infelices, que usan de chivo expiatorio a sus hijas proyectando en ellas el foco de su insatisfacción. Hay diferentes formas de madres tóxicas, pero todas incluyen la culpa, la manipulación, la crítica cruel, la humillación, la falta de empatía, el egocentrismo puro. Son madres que hacen saber a sus hijas que no están a la altura de lo que se espera de ellas, envidian sus éxitos, recelan su necesidad de independencia, rivalizan con ellas en un patológico escenario vital donde la víctima ni siquiera sabe que lo es.

«No es fácil encontrar la felicidad en nosotros mismos, y no es posible encontrarla en ningún otro lugar». 

AGNES REPPLIER 

La madre que no ama, despliega su toxicidad de diferentes formas, así nos encontramos con madres que envidian a sus hijas y tratan de anularlas, madres que sobreprotegen y absorben excesivamente para tratar de evitar el sentimiento de culpa por no haber deseado tener ese hijo, madres centradas únicamente en «la fachada» que exigen a sus hijas que encajen en un molde que ellas mismas han diseñado para exhibirse, madres que utilizan la enfermedad y el victimismo como principal estrategia de manipulación, madres dependientes que invierten los roles y hacen que sus hijas sean quienes se ocupen de su bienestar físico y emocional y madres que, por desgracia, encajarían en varios de estos guiones de película de terror.

La mayoría de las niñas que han sido criadas por este tipo de mujeres no son capaces de entender que toda su inseguridad, falta de autoestima, necesidad de aprobación, autoexigencia brutal, dificultad para la intimidad emocional y vacío profundo, procede de la falta de amor primario. Asumir que tu propia madre no te quiso y no te quiere es uno de los procesos psicológicos y emocionales más difíciles de superar y con consecuencias devastadoras en todos los órdenes de la vida. A esta indefensión crónica hay que sumarle la incomprensión de los otros, una sociedad dispuesta a mirar para otro lado ante una realidad tan antinatural. Aquellas mujeres que fueron criadas por estas madres tóxicas llegan a dudar hasta de su propia salud mental porque a años de maltrato emocional, de tortura psicológica, hay que sumarle el silencio y la falta de apoyos. Ya sabemos hoy por hoy en función de los numerosos estudios que se han hecho que la falta de amor parental crea estructuras psíquicas desorganizadas que afectan a muchas áreas de la personalidad. El rechazo y la falta de amor materno producen un estado crónico de avidez afectiva y un miedo patológico al abandono.

Durante su infancia tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación de su madre lo que derivará en una adulta que tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación del mundo. No se sentirá digna de ser querida, habrá aprendido que su valor está en lo que hace no en lo que es, la fragilidad y la inseguridad serán compañeras de viaje y, con frecuencia, pasará este perverso legado a sus hijos, cronificando así el círculo de la infelicidad y la dependencia.

Hay muchos ejemplos conocidos de personas que aunque han alcanzado éxitos sociales, laborales, económicos, y exponen al mundo una fachada impecable de éxito vital, son muertos vivientes poniendo toda su energía en llenar el abismo afectivo que llevan dentro; en nuestro día a día estamos rodeados de personas que tratan en vano de llenar ese vacío (que llamamos existencial, aunque realmente es afectivo) por los caminos más diversos, pero naufragando en lo personal con profundos sentimientos de vacío y soledad que produce la incapacidad para amar y ser amados.

Sin embargo, hay salida. Es imprescindible decirles a esas mujeres, que la niña dañada que llevan dentro y parece dirigir su vida, puede ser sanada. Como psicóloga que acompaño a muchas de estas mujeres, no creo en el determinismo y abogo por la capacidad resiliente que habita en cada ser humano. Tenemos el don de la libertad y la capacidad intrínseca para tomar el control de nuestra propia vida. Para ello es necesario tomar conciencia y poner nombre a aquello que nos dañó por difícil y brutal que esto sea. Y es imprescindible hacer un duelo: despedirnos definitivamente de la madre que no tuvimos, que ya no vamos a tener y no seguir buscando con manotazos de ahogado maneras infructuosas de compensar ese oscuro hueco. Asumir sin culpa alguna que la madre no se elige y que venimos al mundo programados para amar a quien nos toque para maternarnos. Tomar la decisión interna de poner distancia emocional y física de la mujer que no supo querernos y sobre todo, hacer del intento de no traspasar la herida a nuestras hijas, un objetivo vital, una cruzada.


Olga Carmona | ElPais.Com

 

Un buen hogar

Un buen hogar siempre estará donde el camino esté lleno de paciencia, donde la almohada esté llena de secretos, donde el perdón esté lleno de rosas.

Estará donde el puente se halle tendido para pasar, donde las caras estén dispuestas para sonreír, las mentes activas para pensar y las voluntades deseosas para servir.

Un buen hogar siempre estará donde los besos tengan vuelo y los pasos, mucha seguridad.

  • Donde los tropiezos tengan cordura y los detalles, significación.
  • Donde la ternura sea muy tibia y el trato diario muy respetuoso.
  • Donde el deber sea gustoso, la armonía contagiosa y la paz dulce.

Un buen hogar siempre estará donde el crecimiento sea por el mismo tronco y el fruto por la misma raíz.

  • Donde la navegación sea por la misma orilla y hacia el mismo puerto.
  • Donde la autoridad se haga sentir y, sin miedos ni amenazas, llene la función de encauzar, dirigir y proteger.
  • Donde los abuelos sean reverenciados, los padres obedecidos ¡y los hijos vigilados!

Un buen hogar siempre estará donde el fracaso y el éxito sean de todos.

  • Donde disentir sea intercambiar y no guerrear.
  • Donde la formación junte los eslabones ¡y la oración forme la cadena!
  • Donde las pajas se pongan con el alma y los hijos se calienten con amor.
  • Donde el vivir esté lleno de sol y el sufrir esté lleno de fe.

Un buen hogar siempre estará en el ambiente donde naciste, en el huerto donde creciste, en el molde donde te configuraste y el taller donde te puliste.

Y muchas veces será el punto de referencia y la credencial para conocerte, porque el hogar esculpe el carácter, imprime rasgos, deja señales y marca huellas.

Las vetas y el cimiento dejados por un buen hogar son indestructibles.

Los principios parecen como grabados en hierro. La fe, como cincelada en roca. Y el amor, llevado como bandera.

Es montar el barco más seguro para navegar el mundo, de otra manera sería navegar con un timón titubeante, una brújula indecisa y la quilla rota.

Con buenos hogares se podría salvar al mundo, porque ellos tocan a fondo la conducta de los hombres, la felicidad de los pueblos y la raíz de la vida.

Aunque hay excepciones, ese hogar primero, hogar tronco, nunca se pierde: ¡te lo llevas en el alma!

Nunca se oscurece: queda en las luces que te alumbran el camino.

Nunca se lo lleva el viento: queda prendido en tu raíz.

  • De ese hogar tronco salen las grandes alas que te permiten volar y hacerte águila.
  • De ese hogar tronco salen los principios fuertes que enmarcan tu figura para hacerte gigante.
  • De ese hogar tronco sale esa fuerza de la fe que resplandece para hacerte estrella.

¡De ahí salen obras maestras!

Porque ahí se gestan los grandes valores del mundo, ahí se incuban las almas de resistencia, de temple y de fe. De ahí salen los grandes conductores de la humanidad ¡y los grandes seguidores de Cristo!

El hogar, hoy en día, es una prioridad pues, como la buena tierra, ¡da lo que le siembran!


Zenaida Bacardí de Argamasilla

Construyendo una identidad como pareja

La expresión bíblica «por tanto, dejará el hombre a su padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Génesis 2:24), explica el inicio y origen de cada familia, que comienza con un hombre y una mujer, que dejan sus respectivas familias de origen para formar una nueva familia.

Hay tres palabras claves en este pasaje bíblico:

  • Dejará (azáb): Soltar, renunciar, abandonar, cesar, dejar.
  • Unirá (dabác): Asirse, pegarse, adherirse, juntar, ligar.
  • Carne (basar): Cuerpo, persona, ser viviente.

Hay dos ideas centrales en este pasaje bíblico:

Principio de separatividad: Separarse / dejar la familia de origen para formar una nueva familia, diferente a la familia de origen.

Principio de unidad y complementariedad: Unirse para formar una unidad diferente a la individual. Constituirse en pareja. Incluye la unión de cuerpos, así como el crear una comunidad de intereses y una reciprocidad de afectos.

El sentido es que hombre y mujer, edificarán un hogar aparte (diferenciado) del hogar paterno, con espacios, unidades de tiempo, recursos, normas y valores diferentes y aparte de la familia de origen. Para este fin, la pareja necesita practicar los principios de unidad y complementariedad como pareja, y de separación y delimitación de sus familias de origen.

Para formar un nuevo sistema (pareja), es necesario abandonar el sistema previo (familias de origen). Si estoy amarrado a mi sistema de origen, será muy difícil formar y consolidar una relación de pareja que perdure en el tiempo.

La familia extendida y la sociedad en general forman contextos más amplios donde la pareja hace vida, y a través de los cuales ésta satisface sus necesidades, por lo que sé requiere una interacción dinámica de la pareja con estos contextos, sin perder la diferenciación, sin desdibujar su propio contexto. Para tal fin la pareja requiere definir y establecer límites claros pero flexibles, que funcionen como fronteras que le delimite y diferencie del entorno en que está sumergida, pero sin aislarla.

Equipaje familiar

¿Cómo juntar y unir lo que cada uno trae sin que eso genere conflicto?

Dice Manuel Barroso: «Una pareja son dos diferentes, un hombre y una mujer, provenientes de dos culturas familiares diferentes, conformando dos maneras de ser y existir, de ver la vida, quienes al juntarse deciden compartir tiempos y espacios, vidas y necesidades». El reto de ser pareja, es el reto de crear de dos contextos individuales diferentes y diferenciado, un contexto más amplio que integre los contextos de cada cónyuge, sin que ninguno de ellos desaparezca.

Cada uno (hombre y mujer) trae una cultura familiar (mapas sobre lo qué son la pareja y la familia); normas, valores, formas de establecer la comunicación – todo un equipaje familiar propio. Esta unión se caracteriza por el encuentro de dos culturas y contextos individuales, que se integran y necesitan adquirir una identidad propia como nueva familia. Eso quiere decir que cada uno de los cónyuges trae consigo toda su familia de origen a la vida matrimonial.  Cada cónyuge aporta sus modelos, sus mapas, sus patrones, lo que vio y vivió, y trata de que el conjunto – la totalidad (la pareja) – se acople a ese modelo.

Estos patrones constituyen mapas y paradigmas de cómo es la realidad y las relaciones. Estas formas de percibir el mundo se formaron en el núcleo familiar, en la escuela, en comunidad de crianza, siendo nuestros padres quienes más peso tiene en la formación de nuestros mapas y paradigmas. Vemos el mundo en gran medida como nuestros padres lo hayan visto. Los mapas y paradigmas de pareja que poseemos son en buena medida los mapas y paradigmas de papá y mamá. Del contexto de familia tomamos los mapas y paradigmas de relación, de intimidad y de comunicación. De esta manera cada miembro de la pareja tiene una historia de experiencias y aprendizajes diferentes que constituyen sus mapas de referencia. Diríamos un equipaje familiar que trae en formas de mapas (creencias, normas, valores, costumbres, etc.).

Cada parte, al contraer matrimonio y formar un nuevo hogar, trae su propio equipaje familiar que desempaca en el contexto de la relación de pareja y luego de familia. Este equipaje está lleno con las «ropas y utensilios» que traen de su familia de origen, vale decir, sus mapas, paradigmas, normas, reglas, valores, hábitos, costumbres, rituales, tabús, prejuicios que se instalaron desde la infancia, aprendidos en la cotidianidad de la vida familiar, a través de modelajes y enseñanzas de padres y vida relacional con hermanos. Este equipaje incluye formas de relacionarse, negociar y resolver conflictos, definir prioridades, establecer límites, etc. O como lo expresa la guía de Ecotheos: «Cada parte de la pareja trae consigo mismo el drama y guión de su familia de origen, en donde se aprenden destrezas básicas como el dar y recibir afecto, tomar distancia y buscar cercanía, resolver conflictos, luchas de poder, dialogar, etc.».

En ese equipaje familiar vienen finas prendas hechas de lino fino, de altísima costura, pero también vienen algunos «trapitos sucios: secretos de familia», trajes mal configurados y peor cosidos; ropa que a la primera lavada se encoge, destiñe o deshilacha. Y todas esas prendas entran al mismo closet (nueva familia). Algunos colores y modelos aportados por cada miembro a la nueva familia (closet), desentonan en forma resaltante u ocupan demasiado espacio, restándole espacio al otro cónyuge.

Los problemas en la relación de pareja ocurren cuando uno de los cónyuges o ambos tratan de hacer valer su equipaje familiar por encima o a expensas del otro. Los cónyuges inconscientemente tratan de ser fieles a su equipaje familiar, lo cual se traduce en una necesidad de tener la razón, y de aferrarse a hacer las cosas a su «manera correcta».

Exceso de equipaje

Ese equipaje familiar puede convertirse en una maleta muy pesada de llevar, porque eventualmente esa maleta puede estar llena de ropas y prendas – paradigmas, valores, normas, etc. – muy rígidos, o descontextualizados, o distorsionados de la realidad. Por otra parte, llevar esa maleta puede ser un ejercicio fatigoso y desgastante, al tener que unir en un mismo closet (familia) las ropas y prendas que trae cada cónyuge. Esa maleta puede estar llena de alguna decepción amorosa, que cree la predisposición a ver a los hombres o las mujeres bajo un filtro negativo; o de alguna experiencia de abuso sexual que cree cierto filtro distorsionado sobre el placer sexual, o de un sistema educativo muy rígido, crítico y restrictivo, que predisponga al dogmatismo; o definiciones de lo que es el matrimonio y la familia; o de cosas más triviales como la forma de ordenar la cama al levantarse o la manera de utilizar la crema dental, etc.

Según Judith Sills (Exceso de Equipaje: Despeje Su Camino) hay ciertos alertar que nos pueden indicar que estamos viajando con exceso de equipaje:

  • Siente la obligación de terminar todo lo que comienza – un libro, un proyecto, un matrimonio – incluso cuando sabe que no vale la pena llegar hasta el final.
  • Para usted es un trago amargo tener que contentarse con «lo segundo mejor», sea una casa, un(a) esposo(a), o un puesto en un restaurante.
  • Siente que siempre es el que da – a los amigos, a su cónyuge, a los hijos – pero no recibe a cambio lo que merece.
  • Se paraliza cuando tiene que tomar una decisión importante. No puede escoger una pareja o progresar en su carrera sin sufrir la agonía de la ambivalencia.
  • Todavía recuerda con ira algo que sucedió hace años, e insiste en traer el hecho a la memoria periódicamente.
  • Anhela encontrar un amor, un empleo mejor, tiempo para divertirse o aprender, pero dejo de luchar. Se dio por vencido.
  • Dice «si» cuando en realidad desea decir «no», sencillamente porque no soporta la idea de que alguien se disguste con usted.
  • Vive soñando siempre en «ese día en que seré…»
  • Está aburrido, decepcionado, apático o se siente ultrajado con más frecuencia de lo que quisiera.

Todo equipaje es de por sí una carga. Esa carga puede hacerse pesada o ligera, dependiendo de nuestra baja o alta predisposición y tolerancia al cambio, de la flexibilidad para viajar con poco equipaje, de su capacidad para reconocer y gestionar las diferencias, de su actitud para aprender y crecer. En ocasiones la presión o peso del equipaje viene por influencia externa, como las acciones de las familias de origen, o el entorno que rodea a la pareja. Pero en ocasiones se trata de cargas autoimpuestas. Estas cargas son las más difíciles de identificar / concienciar. Es fácil ver los fallos en otras personas, pero ver los propios puntos ciegos (hábitos, patrones de conducta, mapas), es más complejo y difícil.

Es necesario, entonces, que cada cónyuge comience a evaluar, revisar, someter a prueba, el contenido de su equipaje. Deberíamos preguntarnos, por ejemplo, ¿para qué me sirve este abrigo en verano? ¿Está a la moda esta camisa o vestido? Vale decir, ¿tiene sentido mantener este ritual? ¿Me beneficia esta forma de abordar las relaciones interpersonales? ¿Es válida esta creencia?

Construyendo un closet conjunto

Bajo el contexto de pareja – nueva familia – los cónyuges requieren revisar el closet y elegir conjuntamente, en acuerdo mutuo, qué ropa (hábitos, creencias, valores, tradiciones, etc.) desechar y botar, lavar para desmanchar, o usar más seguido. A veces algunos de los cónyuges se apegan a algunas prendas (mapas) que traen de su familia de origen, no porque sean muy vistosas, o estén a la moda, sino por costumbre, por no conocer otra forma de combinar la ropa (otras pautas de interacción y desempeño).

Dadas las diferencias de creencias, valores, normas, costumbres, rituales, etc., los cónyuges necesitan tomar conciencia de ese equipaje familiar que traen de su familia de origen. Una vez que los cónyuges toman conciencia y realizan los ajustes necesarios en sus mapas de referencia, pueden revisar y modificar efectivamente actitudes y conductas, pues logran tener la comprensión de éstos. Pueden también modificar la forma como se están comunicando entre sí. En palabras de Stephen Covey: «Cuanta más conciencia tengamos de nuestros paradigmas, mapas o supuestos básicos, y de la medida en que nos ha influido en nuestra experiencia, en mayor grado podremos asumir responsabilidad de tales paradigmas (mapas), examinarlos, someterlos a la prueba de la realidad, escuchar a los otros y estar abiertos a sus percepciones, con lo cual lograremos un cuadro más amplio y una modalidad de visión mucho más objetiva».

Construyendo un contexto de pareja

Los cónyuges necesitan negociar las diferencias para construir un contexto de pareja que los integre. El contexto resultante supone una negociación que no está exenta de pérdidas individuales. El producto de estas negociaciones definitorias y consensuales es un acuerdo costoso, que puede implicar pérdidas individuales como cónyuges, pero ganancias como pareja. Sin la disposición y el compromiso para ser pareja de cada uno los cónyuges, no es posible este acuerdo. Este acuerdo implica sacrificios: lo que cada cónyuge cede, a lo que renuncia a favor del contexto común de pareja.

La construcción de este contexto es un proceso que lleva tiempo, que demanda acoplamiento – alineamiento de los cónyuges, definiciones claras sobre lo que significa ser pareja, una comunicación constante, capacidad para lidiar con los conflictos cuando no se logre el acoplamiento, así como capacidad para cambiar y contextualizarse. Requiere sobre todo mucho enfoque y perseverancia. Supone un proceso de reconocimiento y aceptación del otro, desde el respeto, la consideración y el amor; y una disposición a negociar los elementos del contexto, de forma tal que ambos se sientan representados. Para lograr ese objetivo se precisa de muchas conversaciones.

La relación de pareja y su contexto son inseparables

Las relaciones (su clima, su sincronía, su ritmo, su dinamismo, etc.) en la pareja no pueden ser entendidas fuera del contexto (tiempo, espacio, recursos, valores, normas, etc.) en que quedan organizadas, y donde tiene lugar y ocasión la relación.

Cuando la pareja define y acuerda, por comisión o por omisión, los elementos de su contexto, en el fondo está definiendo su identidad. Es el tiempo invertido en y con el otro, el ritmo en cómo transcurre la relación y las conversaciones, el espacio definido para el uso, goce y disfrute con el otro, los recursos destinados para compartir con el otro, las normas y valores acordados, compartidos y vividos como pareja y que definen las creencias y rasgos culturales de la pareja y la familia, las oportunidades y opciones construidas juntos, es lo que le confiere la definición e identidad como pareja. El contexto expresa en el día a día lo qué son como pareja: cómo viven, cómo se relacionan, cómo conversan, cómo resuelven conflictos, cómo negocian, cuáles son sus hábitos, qué aprecian y priorizan, etc.

Elementos del contexto de pareja

Según el psicólogo Manuel Barroso existen ocho elementos que constituyen el contexto de una pareja.

Tiempo: ¿Cuándo? Fechas de inicio y de término. El tiempo hace que lo que cada cónyuge quiere tenga un carácter real, concreto.

Espacio: ¿Dónde? ¿Cuáles son los límites? El espacio dice si lo que cada uno quiere es alcanzable. ¿Cuáles son los límites reales? ¿Cuáles son las dimensiones de lo que se quiere?

Mapas: ¿Qué informaciones y aprendizajes tiene la persona que le ayude o le impida en la consecución de lo que quiere? Mapas de éxito, o de fracaso, de efectividad, o de inefectividad, paradojas y contradicciones dentro de la persona. El mapa habla acerca la información que es relevante para la persona.

Otro (el cónyuge): Para conseguir lo que cada cónyuge quiere en el contexto de pareja, necesita del otro. ¿En qué medida los cónyuges se necesitan? ¿Es a costa del otro? ¿Proporciona bienestar al otro? ¿Lo antepone? ¿Acepta y respeta las diferencias con el otro?

Recursos: La energía disponible, tecnología, destrezas, dinero, habilidades con las cuales se pueda planificar lo que se quiere. Los recursos tienen que ver con posibilidades. ¿Lo pueden conseguir?

Alternativas: Caminos alternos, diferentes enfoques. Las alternativas le proporcionan creatividad en conseguir lo que quieren.

Valores: La experiencia de lo que es conveniente o no para cada cónyuge y para la pareja. Creencias, principios que son propios de la persona y son importantes. Sentido ético de la elección.

Normas: Principios de acción, reglas prácticas. Las normas son los debos que cada cónyuge libremente elige para sí. Las normas llegan a convertirse en guías que regulan las conductas y actitudes de las personas.

A modo de conclusión

El contexto resultante de la negociación y acuerdo de estos ocho elementos, es lo que define la identidad de la pareja.

La unión de esos dos individuos diferentes (hombre y mujer) que forman una pareja, demanda definir y estructurar, desde el mismo comienzo de la relación, un contexto común que los incluya a ambos, y en el que juntos puedan interactuar para satisfacerse mutuamente sus necesidades. La relación de pareja como muchas otras relaciones no se da en el vacío. Requiere para su desenvolvimiento de una estructura y organización para crear un ambiente – atmósfera donde desplegarse. La pareja necesita, entonces, construir un contexto en el cual realizarse como tal: su tiempo (ritmo, sincronía) para compartir, planificar, nutrirse, etc.; sus recursos disponibles y necesarios para alcanzar sus objetivos comunes; su espacio con límites definidos y acordados para compartir la vida en pareja, sus valores y normas que regulen la relación; sus alternativas, oportunidades y opciones para producir, realizarse y crecer.

Si este contexto no logra consolidarse, entonces, la relación se convertirá en interacciones casuales, encuentros que surgen al azar, llenos muchas veces de frustración, tensión, caos, dolor y resentimiento. Sin un contexto común no hay un proyecto de vida como pareja, que unifique, energice, sinergice y direccione a la pareja; que mueva al compromiso y promueva el amor. Sin un contexto común de pareja, se está frente a la tragedia de «vivir en pareja» y de tener una pareja, sin ser pareja, sin hacer vida de pareja. El hogar se convierte, entonces, en un hotel. El matrimonio se convierte en un contrato legal. La familia se convierte en un requisito social. Los hijos son, entonces, posesiones comunes.


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

El estigma degradante de la envidia, segunda parte

Reversión del elogio y distorsión del esfuerzo como formas de violencia blanca. 

En nuestra nota anterior mencionamos el estado de abatimiento que padece el envidioso por la falta de confianza en sí mismo, al quedar sumergido en las sombras del éxito ajeno. Ese estado degradante de la envidia se origina en procesos cognitivos que, por acción u omisión, por exceso o por defecto en la educación recibida en el pasado, generaron situaciones por las cuales, desde temprana edad, el niño advierte que lo que le gustaría poseer ya lo tiene otro y, en ausencia de un proceso reflexivo y de comprensión, fomenta un disgusto creciente ante la posesión ajena. Es lógico que este sentimiento se origine en quien, como el niño, todavía no ha logrado completar su formación con la toma de conciencia de sí mismo y de los demás.

mujer-sintiendo-envidia

En este caso, la envidia proviene de la violencia blanca ejercida por padres, maestros o allegados cuando, por acción (el niño que convive con la envidia adulta o escucha críticas injustas en lugar del elogio ecuánime) o por omisión (ausencia de la justa valoración del esfuerzo del prójimo), el éxito, los bienes legítimos y los atributos ajenos se convierten en trofeos deseables. El envidioso soslayó el esfuerzo personal y sin haber adquirido todavía las capacidades necesarias para acceder por sí mismo a lo que busca, alimenta ansias de poseer de manera fácil y rápida lo que otros lograron con esfuerzo, dedicación, altruismo y sentido ético.

Indagando en causas más profundas, aparecen dos actitudes y conductas que generalmente se presentan ante el éxito y el bienestar ajenos y que, a modo de matriz cognitiva, alimentan formas de violencia blanca. Esta violencia, aparentemente inocua y muy habitual, es asimilada por niños, adolescentes y adultos bajo dos modalidades: por un lado, la constante reversión del elogio y, por otro, la distorsión del valor y sentido del esfuerzo. Veamos ambos casos:

Cuando en el seno familiar, escolar o social el elogio hacia un tercero no reúne las condiciones de objetividad y equilibrio, se produce la reversión de la alabanza, al entrar en juego las oscuras molestias y motivaciones provocadas por una envidia carente de justificación y sustento. Así, en lugar de suscitar el elogio ecuánime sobre el comportamiento acertado o el éxito obtenido por una persona, los envidiosos proliferan adjetivos detractores que discrepan con la ecuanimidad. De esta manera, generan la reversión del elogio, descalificando a quien tuvo perseverancia en realizar esfuerzos para la obtención de un objetivo legítimo.

El contenido del elogio radica en los bienes, capacidades y éxitos logrados por alguien; estos bienes personales suscitan en los demás cierta admiración o beneplácito que el envidioso no soporta, dado que quisiera poseer sin esfuerzo y con rapidez los bienes y cualidades pertenecientes a otra persona. Posiblemente en un ambiente de envidiosos, el niño nunca haya escuchado elogios ecuánimes, sino el reverso del mismo mediante expresiones inexactas acerca del «dinero mal habido», «el éxito por casualidad» o «la capacidad o bien logrado a costa de…»

El elogio consiste en afirmar, en beneficio de una persona, la presencia de una cualidad, bien o atributo real. Ello implica ejercer la capacidad de observar con objetividad el valor per se de tales atributos, además de evitar incurrir en interpretaciones teñidas con un alto contenido subjetivo y de no hacer intervenir los intereses contrapuestos y el egoísmo entre allegados.

A diferencia del elogio ecuánime, que surge de la percepción objetiva del valor intrínseco de las cualidades ajenas, y sin excluir el propio deseo y anhelo de obtenerlas, en el caso de la reversión de aquél la cualidad desaparece y no invita a su imitación. En tal caso, las críticas distorsionantes girarán alrededor de cuestiones accesorias y superficiales, sin aludir en modo alguno a las cualidades personales y al proceso realizado por quien tuvo constancia en el esfuerzo. De esta manera, el envidioso elude el compromiso consigo mismo para superarse.

Con respecto a la distorsión del valor del esfuerzo realizado por otro, dicha deformación aparece cuando se impone la vida fácil como condición de éxito Por eso, el envidioso no registra ni valora el esfuerzo de quien cumplió objetivos de superación y mejora personal, pues vivió y sufrió el embate de la violencia blanca en ambientes que desnaturalizaron el esfuerzo de los demás. El esfuerzo forma parte necesaria del trayecto hacia el cumplimiento de un proyecto y la vía de acceso a lo que cualquier persona desearía poseer en su vida. El envidioso no sólo no realiza dicho esfuerzo, sino que aprendió a distorsionarlo con habilidad y destreza.

Por tal razón, y desde nuestro enfoque cognitivo-pedagógico, no podemos soslayar que, entre las causas generadoras de envidia, se encuentra la falta de capacidades y habilidades, pues quien envidia lo hace porque no advierte en sí mismo su talento y su capacidad para acceder a los valores y bienes que su vida anhela. Dependiendo de los demás, su vida no genera proyectos ni capacidades nuevas que le permitan crecer y desarrollarse, retroalimentando así un círculo que lo asfixia y le quita energía para pensar, sentir y vivir de manera satisfactoria.

Visto desde esta perspectiva pedagógica, se comprende que la envidia proviene de un déficit educacional y del descuido de un proceso formativo que no promovió los valores genuinos del desarrollo personal. Por eso, la educación familiar y escolar debe remover esos obstáculos que se albergan en una vida vacía de contenido y carente de estímulo y confianza. Para lo cual, deberá promover una formación sutil y cuidadosa a fin de generar y conducir tanto al niño como al adolescente a experimentar la confianza y la seguridad de su propio e intransferible talento y capacidad para crecer por sí mismo sin esperar el aval ajeno ni cotejar con los demás.


Dr. Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com

El estigma degradante de la envidia, primera parte

La violencia que inhibe la alegría y la creatividad humana. 

¿Cómo y por qué surgió la envidia en nuestras vidas? ¿Qué registros conscientes tenemos acerca de su origen? ¿Por qué nos incomoda el éxito y el bienestar ajenos?

Si bien tales preguntas tienen difícil respuesta, hay algo que todos sabemos acerca de la envidia: es un defecto complejo que avergüenza y degrada a quien lo padece. Ello, al punto de que estamos mejor predispuestos a aceptar muchos defectos y características negativas de nuestra personalidad frente a los demás, sin que nos perturbe o incomode cualquier adjetivación que hagan de nosotros. Pero si nuestros allegados nos calificaran de envidiosos, inmediatamente lo negaríamos, por el simple hecho de su carácter humillante. Por eso, muy pocos dicen a los demás ni reconocen en su fuero interno que son envidiosos.

La envidia es el sentimiento del menoscabo y del quebrantamiento; quien la siente es porque imagina que su ser tiene una desventaja existencial que lo posiciona siempre en un lugar de poco valor o, por lo menos, en el lugar que le afecta cuando se compara con otro y advierte que éste vale o posee más que el propio envidioso. En realidad, la envidia expresa una «quebradura» de la visión y valoración de sí mismo.

Quien sufre la envidia detiene su crecimiento y desarrollo personal, pues vive referenciándose en el otro, ante quien se acongoja cuando le va bien o se alegra cuando sufre un percance. Por eso, vive compitiendo y transforma las cualidades y atributos ajenos en amenaza y descalificación, excluyendo con ello la oportunidad de seguir el ejemplo y el esfuerzo de aquél.

De allí que la envidia es uno de los estados emocionales que provocan mayor estancamiento, genera desaliento y conlleva la pérdida de la motivación personal para desarrollar proyectos y progresar por mérito propio. Además, instala la figura de quien es envidiado en un pedestal de superioridad insalvable, como si fuera imposible acceder a los beneficios que el afortunado posee en términos de bienes materiales, prestigio social, conocimientos o virtudes. Por eso, el envidioso no indaga cómo y en qué condiciones alguien logró un determinado éxito o bienes; simplemente quiere poseer éxito y bienes sin siquiera preguntar cómo lograrlos o intentar aprender para poder acceder a los mismos.

Así considerada, la envidia retrotrae al sujeto a lo más primitivo de su ser, al punto que el bien y el éxito ajenos son los referentes habituales que coloca a aquél en un estado de permanente comparación y competitividad auto-destructiva. Rechazando la vía del ejemplo a seguir como una oportunidad para crecer, el envidioso se aísla y sumerge en el oscuro dolor del vacío que experimenta en el plano en el que advierte que su vida se estancó o no le satisface.

Paralelamente, y como contrapartida, el mismo envidioso en ciertas ocasiones experimenta una engañosa satisfacción y el aliciente de un ficticio y pasajero bienestar sobre aquellos allegados a los que la vida colocó en situación de sufrimiento, dolor o fracaso. Esto explica por qué algunos envidiosos, en determinadas circunstancias, y a modo de fraude auto-compensatorio consigo mismo, adoptan actitudes de servicio y colaboración inusual y calculada hacia quienes deben afrontar situaciones de dolor o sufrimiento. En esto último radica la alegría y la gratificación aparentes del envidioso, al vivir una fantasía de superioridad cruelmente gestada en su vida a través de un ejercicio inadvertido, y no menos cruel, de la violencia blanca.

El abatimiento agresivo que le provoca la falta de confianza en sí mismo, produce serias disminuciones en su productividad, en su creatividad y en su ignorada capacidad de acción. De esta manera, retroalimenta un circuito regresivo que, de no mediar la identificación y superación de los condicionamientos que generaron su envidia, lo dejará sumergido en las sombras del éxito ajeno.

Teniendo en cuenta esto, en la segunda parte esbozaremos algunos factores cognitivos que, por acción u omisión, por exceso o por defecto en la educación recibida en el pasado, ejercieron violencia blanca y fueron gestando el estigma de la envidia en la vida personal.


Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com.Ar