Las leyes fundamentales

Un grupo de sabios judíos se reunió para intentar crear la menor Constitución del mundo. Si alguno de ellos era capaz de definir, en el espacio de tiempo que necesita un hombre para mantenerse en equilibrio con un solo pie, las leyes que deben regir el comportamiento humano, sería considerado el más sabio de todos los sabios.

– Dios castiga a los criminales – dijo uno.

Los otros argumentaron que esto no era una ley, sino una amenaza, y la frase no fue aceptada.

– Dios es amor – comentó otro.

Nuevamente los sabios no aceptaron la frase, diciendo que no aclaraba bien los deberes de la Humanidad. En aquel momento se aproximó el rabino Hillel y, sosteniéndose en un solo pie, dijo:

– No hagas a tu prójimo lo que detestarías que te hicieran a ti. Ésta es la Ley. Todo lo demás es comentario jurídico.

Y el rabino Hillel fue considerado el mayor sabio de su tiempo.


Paulo Coelho

Resoluciones

Judith se considera llena de defectos, y decide mejorar. Mas no es su Leyenda Personal que se apure en este sentido; la Sociedad dice que existe un padrón de crecimiento, que es preciso comprender.

Al final del año, Judith hace una lista de decisiones para el año siguiente. Los primeros días de enero son fáciles; ella obedece la lista, da pasos que siempre aplazó. En febrero, ya no tiene la misma disposición, y la lista comienza a fallar. Cuando marzo llega, Judith ya quebró todas las promesas hechas en Año Nuevo; y se sentirá pequeña, incapaz, y culpable hasta la última semana del año. Cuando, al fin, esta semana llega, ella hace de nuevo las promesas, y el ritual se repite.

No debemos intentar mejorar en aquello que los otros esperan de nosotros, Judith; pero sí descubrir que esperamos de nosotros mismos. Ahí no es preciso prometer nada, porque cambiamos con placer y alegría.


Paulo Coelho

Pasado-sobrepasado

Una persona nota que ciertos momentos se repiten.

Con frecuencia se ve ante los mismos problemas y situaciones que ya había enfrentado.

Entonces se deprime, comienza a pensar que es incapaz de progresar en la vida, ya que los momentos difíciles siempre vuelven.

«Yo ya pasé por esto», reclama a su corazón.

«Realmente ya has pasado», responde el corazón, «pero nunca has sobrepasado».

La persona entonces comprende que las experiencias repetidas tienen una única finalidad: enseñarle que todavía no ha aprendido.

Y entonces pasa a buscar una solución diferente para cada lucha repetida, hasta que encuentra la manera de vencerla.


Paulo Coelho

Vejez

Ana Cintra cuenta que su hijo pequeño – con la curiosidad de quien oyó una palabra nueva pero no entendió su significado – le preguntó:

– Mamá, ¿qué es vejez?

En una fracción de segundo antes de responder, Ana hizo un verdadero viaje al pasado. Se acordó de los momentos de lucha, de las dificultades, de las decepciones. Sintió todo el peso de la edad y de la responsabilidad sobre sus hombros.

Se volvió para mirar al hijo, que – sonriendo – esperaba su respuesta.

– Mira mi rostro, hijo – dijo ella-. Esto es la vejez.

E imaginó al jovencito mirando sus arrugas y la tristeza en sus ojos. Cuál no fue su sorpresa cuando, después de algunos instantes, el niño le dijo:

– ¡Mamá! ¡Qué bonita es la vejez!


Paulo Coelho

Insistencia

En 1989, yo estaba en los Pirineos, cuando vi en un cartel postal: «Capilla de Gez», decía. Abrí el mapa, noté que estaba cerca del monte Gez, y resolví escalarlo para conocer la iglesia, pues calculé en mi cabeza que la ciudad quedaba en lo alto, del otro lado de la montaña.

Durante horas subí por los caminos más duros posibles. Sólo cuando estaba a cien metros de la cima, me di cuenta de dos cosas: a) estaba perdido: b) no había ciudad ninguna en la cima del monte (descubrí más tarde que la capilla quedaba allá en lo bajo).

Me quise morir aquella tarde. ¿De dónde saqué la idea de la ciudad? ¿Por qué no desistí cuando vi que no había ninguna carretera?

Las veces que nos ensimismamos con ciertas cosas, sólo descubrimos el error demasiado tarde. Por eso es siempre bueno recordar la frase de Goethe: «Nadie consigue engañarnos mejor que nosotros mismos».


Paulo Coelho

Rebeldía

En Moscú, Luis Carlos Prestes, el más importante líder comunista brasileño, se preparaba para volver a Brasil, después de varios años de exilio. Su hijo (que me contó esta historia), resolvió documentar en película la partida de su padre.

Prestes le prohibió hacer eso. Mas, sabiendo que estaba delante de un acontecimiento histórico importante, el hijo llevó el equipamiento para el aeropuerto y comenzó a registrar todo. En determinado momento, Prestes percibió lo que acontecía; dejó a los amigos que lo rodeaban y se fue encima de su hijo.

«Yo pensé iba a llevarme la mayor reprimenda pública de mi vida», me cuenta Luis Carlos Preste hijo. «Más él llegó delante de mí, me miró a los ojos y dijo: Felicitaciones. Tú has hecho exactamente lo que yo prohibí, y esto muestra tu valor. Espero que mantengas siempre esta misma fuerza con los otros».


Paulo Coelho

Famoso

Ernest Hemingway, autor del clásico «El Viejo y el Mar», mezclaba momentos de dura actividad física con períodos de inactividad total. Antes de sentarse a escribir las páginas de un nuevo romance, pasaba horas desgajando naranjas y mirando el fuego.

Cierta mañana, un reportero notó este extraño hábito.

– Usted no encuentra que está perdiendo el tiempo? – preguntó el reportero -. ¿Usted que es tan famoso, no debería hacer cosas más importantes?

– Estoy preparando mi alma para escribir, como un pescador prepara su material antes de salir al mar – respondió Hemingway -. Si él no hace esto, y cree que sólo el pez es lo más importante, jamás conseguirá nada.


Paulo Coelho

Hay que saber cuando una etapa llega a su fin

Cuando insistimos en alargarla más de lo necesario, perdemos la alegría y el sentido de las otras etapas que tenemos que vivir. Poner fin a un ciclo, cerrar puertas, concluir capítulos… no importa el nombre que le demos, lo importante es dejar en el pasado los momentos de la vida que ya terminaron. ¿Me han despedido del trabajo? ¿Ha terminado una relación? ¿Me he ido de casa de mis padres? ¿Me he ido a vivir a otro país? Esa amistad que tanto tiempo cultivé, ¿ha desaparecido sin más?

Puedes pasar mucho tiempo preguntándote por qué ha sucedido algo así. Puedes decirte a ti mismo que no darás un paso más hasta entender por qué motivo esas cosas que eran tan importantes en tu vida se convirtieron de repente en polvo.

Pero una actitud así supondrá un desgaste inmenso para todos: tu país, tu cónyuge, tus amigos, tus hijos, tu hermano; todos ellos estarán cerrando ciclos, pasando página, mirando hacia delante, y todos sufrirán al verte paralizado.

Nadie puede estar al mismo tiempo en el presente y en el pasado, ni siquiera al intentar entender lo sucedido. El pasado no volverá: no podemos ser eternamente niños, adolescentes tardíos, hijos con sentimientos de culpa o de rencor hacia sus padres, amantes que reviven día y noche su relación con una persona que se fue para no volver.

Todo pasa, y lo mejor que podemos hacer es no volver a ello

Por eso es tan importante (¡por muy doloroso que sea!) destruir recuerdos, cambiar de casa, donar cosas a los orfanatos, vender o dar nuestros libros. Todo en este mundo visible es una manifestación del mundo invisible, de lo que sucede en nuestro corazón. Deshacerse de ciertos recuerdos significa también dejar libre un espacio para que otras cosas ocupen su lugar.

Dejar para siempre. Soltar. Desprenderse. Nadie en esta vida juega con cartas marcadas. Por ello, unas veces ganamos y otras, perdemos. No esperes que te devuelvan lo que has dado, no esperes que reconozcan tu esfuerzo, que descubran tu genio, que entiendan tu amor. Deja de encender tu televisión emocional y ver siempre el mismo programa, en el que se muestra cómo has sufrido con determinada pérdida: eso no hace sino envenenarte.

Nada hay más peligroso que las rupturas amorosas que no aceptamos, las promesas de empleo que no tienen fecha de inicio, las decisiones siempre pospuestas en espera del «momento ideal». Antes de comenzar un nuevo capítulo hay que terminar el anterior: repítete a ti mismo que lo pasado no volverá jamás. Recuerda que hubo una época en que podías vivir sin aquello, sin aquella persona, que no hay nada insustituible, que un hábito no es una necesidad. Puede parecer obvio, puede que sea difícil, pero es muy importante.

Cerrar ciclos. No por orgullo, ni por incapacidad, ni por soberbia, sino porque, sencillamente, aquello ya no encaja en tu vida. Cierra la puerta, cambia el disco, limpia la casa, sacude el polvo.

Deja de ser quien eras, y transfórmate en el que eres.


Paulo Coelho

Señales

Las señales de vida son como las señales de tránsito: por las dudas, es mejor respetarlas. Hay momentos para parar, y momentos para seguir adelante.

Cuando estamos perdidos, seguimos el flujo, mas prestando atención en alguna cosa que nos irá a indicar una dirección cierta. Cuando está prohibido seguir adelante, siempre existe un camino para rodear al obstáculo. Más, como también sucede con las señales de tránsito, muchas veces encontramos que tal indicación no sirve para nada; y no la obedecemos. Violamos la luz roja una vez, otra vez, sin que suceda nada. Y nos acostumbramos a seguir así hasta que un día…

Por eso, atención. No sea imprudente con sus sueños. No use su suerte en tonterías.


Paulo Coelho

Parada

No se olvide que a veces es preciso parar. O los pies quedarán heridos, la mente se distraerá, y el cansancio empobrece la Búsqueda.

La tradición académica tiene un «Año Sabático»; a cada siete años de trabajo, el profesor pasa un año lejos de la Universidad. Al salir de la rutina, él abre espacio para nuevos conocimientos.

En la antigüedad, los campesinos dividían su tierra en siete terrenos: a cada año, uno de ellos quedaba abandonado, sin producir nada. Allí crecían hierbas dañinas, matorrales, todo lo que la naturaleza tuviese voluntad de producir sin interferencia del hombre. De esta manera la tierra se revigorizaba, y era capaz de, el año siguiente, aceptar la simiente del agricultor.

Quien no para por libre voluntad, termina siendo paralizado por la vida. En la Búsqueda, como en todo lo demás, acción e inacción tienen la misma importancia.


Paulo Coelho

El miedo y el deseo

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Ana Sharp, autora de «La Magia del Camino Real» (Ed. Rosa de los Tiempos), la responsable de acompañar a Shirley Maclaine por el Camino de Santiago, me dijo cierta noche:

«El miedo es un deseo oculto. Inconscientemente, pasamos la vida intentando probar que nuestros padres estaban acertados, porque ellos nos dieron la cosa más importante: el amor. Mas dejaron las marcas de sus propios temores; y nosotros, para no destruir la imagen de personas poderosas que eran, terminamos dejando que estos miedos nos sean transferidos a nosotros.

Sólo perdí el miedo de volar cuando, en la víspera de cierto viaje, pensé para mí misma: tengo este pánico porque mi padre tenía miedo, y yo no puedo aceptar que estuviese equivocado. Es preciso quedarse con las cosas buenas del pasado, mas librarse de los temores irracionales. Hoy, cuando me confronto con cualquier miedo, cambio la palabra por ‘deseo’ y pregunto: ¿por qué estoy deseando esto? Y el miedo/deseo se aparta normalmente».


Paulo Coelho

El calor del alma

Todos nosotros hemos pasado muchos días, o semanas enteras, sin recibir ningún gesto de cariño del prójimo. Son momentos difíciles, cuando el calor humano desaparece, y la vida se reduce a un arduo esfuerzo por sobrevivir.

En esos momentos en que el fuego ajeno no le da calor a nuestra alma, debemos revisar nuestro propio hogar. Debemos agregarle más leña y tratar de iluminar la sala oscura en la que nuestra vida se transformó.

Cuando escuchemos que nuestro fuego crepita, que la madera cruje, que las brasas brillan o las historias que las llamas cuentan, la esperanza nos será devuelta.

Si somos capaces de amar, también seremos capaces de ser amados. No es más que cuestión de tiempo.


Paulo Coelho

Sobre el amor

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Un periodista perseguía al escritor francés Albert Camus, queriendo que explicara detalladamente su trabajo.

El autor de «La Peste» se negaba:

– Yo escribo, y los otros juzgan cómo lo entienden.

Pero el periodista no se resignaba. Cierta tarde, consiguió encontrarlo en un café en París.

– La crítica viva encuentra que usted señor, nunca aborda un tema profundo – dijo el periodista -. Yo le preguntaría ahora: ¿si tuviese que escribir un libro sobre la sociedad, aceptaría el desafío?

– Claro – respondió Camus -. El libro tendría cien páginas. Noventa y nueve serían en blanco, pues no habría qué decir. En el final de la centésima página, escribiría: «El único deber del hombre es amar».


Paulo Coelho

El instante mágico

Es necesario correr riesgos. Sólo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado.

Todos los días Dios nos da, junto con el sol, un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana.

Pero quien presta atención a su día, descubre el instante mágico.

Puede estar escondido en la hora en que metemos la llave en la puerta por la mañana, en el instante de silencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales.

Ese momento existe: un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros.

La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general es una conquista. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir en busca de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a afrontar muchas desilusiones…., pero todo es pasajero, y no deja marcas. Y en el futuro podemos mirar hacia atrás con orgullo y fe.

Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ése quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño.

Pero al mirar atrás – porque siempre miramos hacia atrás – oirá que el corazón le dice:

«¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu Maestro te confió?» Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos.

Entonces, ésta es tu herencia: «la certeza de que has desperdiciado tu vida».

Pobre de quien escucha estas palabras. Porque entonces creerá en milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.


¿Qué es la felicidad?

Esa es una pregunta que ya la borré hace mucho de mi cabeza, justamente porque no sé responderla.

No soy el único. En el transcurso de todos estos años, he convivido con todo tipo de personas: ricas, pobres, poderosas y acomodadas. En todos los ojos que se cruzaban con los míos, siempre me pareció que faltaba algo – e incluyo a los guerreros, y a los sabios, gente que no tendría nada de qué quejarse.

Algunas personas parecen felices: simplemente, no se plantean el asunto. Otras hacen planes: tendré un marido, una casa, dos hijos, una casa de campo… Mientras se encuentran ocupadas realizando esa lista, son como toros embistiendo: no piensan, sólo avanzan. Consiguen su coche, a veces consiguen hasta su Ferrari, les parece que en eso consiste el sentido de la vida, y no se hacen nunca la pregunta de arriba. Pero, a pesar de todo, los ojos arrastran una tristeza de la que estas personas ni siquiera son conscientes.

Yo no sé si todo el mundo es infeliz. Lo que sé es que las personas están siempre ocupadas: trabajando más tiempo del que les corresponde, ocupándose de los hijos, del marido, de la carrera, del diploma, de lo que harán al día siguiente, de lo que hay que comprar, de lo que hay que tener para no sentirse inferior, etc.

Pocas personas me dijeron: «Soy infeliz». La mayoría me dice: «Estoy de maravilla. Conseguí todo lo que quería».

Entonces, les pregunto: «¿Qué es lo que te hace feliz?»

Me responden: «Tengo todo lo que cualquiera puede desear: familia, casa, trabajo, salud»…

Les pregunto de nuevo: «¿Alguna vez te paraste a pensar si eso era todo en la vida?»

Y responden: «Sí, eso es todo».

Insisto: «En ese caso, el sentido de la vida es el trabajo, la familia, los hijos que crecerán y acabarán marchándose, la mujer o el marido que con el tiempo se transforman más en amigos que en auténticos enamorados. Y el trabajo terminará un día. ¿Qué harás cuando llegue ese momento?»

Llegados a este punto, no me responden. Se van por las ramas. Pero siempre queda algo escondido: el empresario que aún no hizo el negocio que soñaba, el ama de casa a la que le gustaría disponer de más independencia y más dinero, el que acaba de conseguir su título en la facultad se pregunta si fue él quien escogió sus estudios o si alguien los eligió por él, al dentista le habría gustado ser cantante, el cantante hubiera querido ser político, el deseo del político era ser escritor, y el escritor es un labrador frustrado.

En la calle donde escribo esta columna y observo a las personas que pasan, apuesto a que todo el mundo está sintiendo lo mismo. Esta mujer tan elegante dedica sus días a intentar parar el tiempo, controlando la báscula, porque piensa que de eso depende el amor. En la acera de enfrente se ve a una pareja con dos niños. El hombre y la mujer viven momentos de intensa felicidad cuando salen a pasear con sus hijos, pero al mismo tiempo el subconsciente se preocupa del empleo que podría faltar un día, de las tragedias que pueden llegar en cualquier momento, y piensa en cómo librarse de ellas, cómo protegerse del mundo.

Hojeo las revistas de famosos: todo el mundo riéndose, todo el mundo contento. Pero como frecuento este medio, sé que la realidad es otra: todos aparecen riendo o divirtiéndose en la foto, en aquel momento, pero por la noche, o por la mañana, la historia es diferente. «¿Qué voy a hacer para seguir apareciendo en las revistas?» «¿Cómo voy a disimular que ya no tengo el dinero suficiente para mantener esta vida de constantes lujos?» O «¿Cómo hago para aumentar mi lujo, para hacerlo más llamativo que el de los demás?« «La actriz con la que aparezco en esta foto, riéndonos las dos, celebrando algo, ¡mañana me puede robar el papel!» «¿Estaré mejor vestida que ella? ¿Por qué sonreímos, si nos detestamos?»

En fin, me quedo con los versos de Jorge Luis Borges: «Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo».


Paulo Coelho