Relaciones adictivas, hay amores que matan

Dicen que el amor mueve al mundo y es por eso que todos soñamos con poder disfrutar de una relación idílica… Pero, ¿qué es realmente el amor?, ¿es una tormenta arrasadora o es un hermoso día despejado?

Por todas partes nos llegan modelos de lo que debe ser una relación de pareja, a partir de los cuales nos hacemos una idea propia de lo que es el amor. Estas ideas, lamentablemente, no siempre son las más sanas. Por eso, las creencias equivocadas pueden convertir a la pareja en una peligrosa droga, sin la cual la vida parece perder sentido.

Amor, yo sin ti no valgo nada

Los niños son como esponjas que absorben todo lo que ocurre a su alrededor. Así, si las relaciones en el hogar fueron una mezcla de amor y dolor, porque había maltrato, indiferencia o manipulación, es probable que se repitan los mismos patrones disfuncionales o que se generen otros diferentes, pero igualmente perjudiciales.

Esto ocurre porque automáticamente tendemos a buscar lo que nos resulta familiar, pues los modelos con los que crecimos dejan una huella profunda en nosotros.

Desafortunadamente, en infinidad de casos el amor se confunde con dependencia y las relaciones se tornan tóxicas. Esto ocurre cuando hay una autoestima baja y se cree que hay que buscar el amor fuera de uno mismo y conseguirlo a costa de la propia dignidad.

La comedia romántica versus la tragedia

En la vida real, las relaciones, al igual que ocurre en las historias que vemos a través de la pantalla, o en el teatro, obedecen a estos dos tipos básicos. Pero, ¿qué es lo que hace divertida a una comedia romántica? Es ese ingrediente especial, llamado sentido del humor, el cual hace que la relación sea ligera y alegre y que la pareja se divierta horrores.

En cambio, en una tragedia, el sentido del humor brilla por su ausencia, y la relación se toma demasiado en serio, tornándose pesada, dramática y lo que es peor, adictiva.

Hay varias «alertas rojas» que identifican a una relación adictiva, tales como la posesividad, la manipulación, el irrespeto, los celos desproporcionados, la descalificación, la dependencia, la inseguridad y el maltrato.

En realidad, lo que todas estas señales tienen en común es el miedo a no ser amado ni aceptado tal como uno es. Por ese motivo se juega un rol, ya sea de sumisión o de dominación, para intentar controlar al otro y así seguir obteniendo la tan deseada «droga»: afecto y atención.

El secreto

Hay una clave para protagonizar una divertida comedia romántica, en vez de una dolorosa tragedia, y es saber que la fuente de amor está dentro de nosotros mismos, no fuera.

Cuando tenemos esta certeza, comprendemos que, independientemente de las personas que pasen por nuestra vida, vamos a estar bien, porque somos capaces de darnos a nosotros mismos el cariño, el cuidado, la compasión y la aceptación que necesitamos.

En cambio, si ponemos la fuente de estima en otra persona, la sola idea de perderla es devastadora y hacemos cualquier cosa por recibir esa engañosa dosis de afecto, llegando a cualquier extremo. Exactamente igual que lo haría una persona con problemas de dependencia a una droga.

Entonces, no hace falta contorsionarse para obtener la «droga» del amor de otra persona, ya que esto, paradójicamente, sólo lograría el efecto contrario. Sólo hace falta que sepas que eres merecedor de cariño tal y como eres, que lo expreses y lo demuestres constantemente.

Una persona segura de sí misma irradia un encanto verdaderamente irresistible. Por lo tanto, comienza por amarte a ti mismo; eso atraerá, por añadidura, a la pareja «ideal» que estás buscando.


Paula Aroca | LaMenteEsMaravillosa.Com

Para después de la luna de miel

Hay que aprender a turnarse el mal humor.

Nunca se disgusten los dos a la vez. Si los dos pierden el control, entonces sí están al borde de la tragedia. El piloto y el copiloto no pueden salir al mismo tiempo de la cabina de control. Alguien tiene que llevar el mando.

No se griten nunca.

La única excepción es si la casa se está quemando. Todo ruido desagradable es nocivo en el hogar. Pero si el ruido se hace con la lengua, y en ese momento ésta es de fuego, eso es una bomba atómica. Y la única bomba que puede existir en una casa es la de los niños, para inflar la llanta de su bicicleta.

Complázcanse mutuamente, siempre que no haya una razón de mucho peso.

Si alguno se niega a los deseos del otro, que siempre exista esa razón. Pero esto tienen que hacerlo de mutuo acuerdo. Así ninguno de los dos será el consentido, y ninguno de los dos se convertirá en protector.

Cuando haya una oportunidad de lucirse, por ejemplo en la conversación, procuren que el lucido sea el otro.

Es un pequeño detalle que la mayor parte de las veces no cuesta nada, pero se agradece mucho. Cuando esto se ha convertido en costumbre, crea un ambiente de agrado continuo, ya que nada agradecemos tanto como el que se reconozcan nuestros valores.

Dejen atrás, sin miedo y sin reservas, su antigua vida de solteros.

No van a perder su individualidad ni su valor personal, sino que van a crecer constantemente en el amor, si realizan todas las actividades posibles como pareja. En el matrimonio, uno más uno es más que dos. Sus pasatiempos, sus amigos y familias, y aun su religión, no deben ser causa de separación, sino oportunidades para unirse más que nunca.

El hogar con fe y feliz es un hogar abierto.

Ustedes necesitan, por supuesto, su privacidad, pero no deben encerrarse en sí mismos. Especialmente los necesitados y los pobres deben sentirse bienvenidos, cómodos y respaldados en la casa de ustedes. A aquellos que comparten con alegría lo que tienen, nunca les falta lo necesario.

Nunca renueven el pasado ni la conducta errada, ni la discusión ni la falta que ya pasó y que ahora no existe.

Para ustedes dos, sólo existe el momento y el futuro inmediato, nada más. No existe el pasado ni el futuro lejano. Remover el pasado, sobre todo, es crear situaciones difíciles, sin necesidad.

Que nunca termine un día sin un regalo.

Este regalo puede ser, bien un cumplido, una ternura, una alabanza por algo que se hizo bien, una promesa, en fin, tantas cosas… pero siempre, al retirarse a la alcoba, que haya una sonrisa en la cara de ambos. Mas no esperes nunca el regalo. Dalo tú primero.

No hagan un hábito del beso, sobre todo del beso matinal y del que se espera al llegar a casa.

Que siempre haya calor en el beso, aunque ya no haya llamaradas. Este calor seco, caliente y limpio, es el mejor signo de eternidad en el amor.

Sería imposible pedir que no haya discusiones, pero no se pierdan el placer de la reconciliación.

Nunca vayan a acostarse si tienen una discusión pendiente. No tengan miedo a las discusiones, siempre que éstas, pasada una media hora, terminen en un beso.

De esta forma su hogar tendrá vida. El hogar donde no se debate y donde no se piden excusas es un muerto sin enterrar. Pero no se olviden que, en toda discusión el que menos razón tiene es el que más habla.


Anónimo

¿Por qué nos relacionamos?

La vida está basada en la capacidad de relacionarnos.

Estamos habituados en aplicar el término «relación» a la interacción entre dos personas o más pero el relacionarse es parte inherente de la vida. Todas las manifestaciones de vida se relacionan de alguna forma para poder expresarse. Dentro de la evolución, la forma más pasiva es la del mineral, pero aun así se deja percibir, utilizar, admirar como puede ser un brillante, un zafiro, un rubí, una joya. Le sigue el animal que es una forma más dinámica pues interactúa con otros animales, con la naturaleza, con los seres humanos como por ejemplo: el perro con su amo. Luego, está el ser humano donde se manifiestan diferentes formas de relacionarse pero que requiere de la interacción para subsistir. Si el ser humano no se relaciona muere, por ejemplo: Un bebé si no se relaciona con la madre o con otra figura adulta protectora no subsiste por sí solo. Por ello, manteniendo el recuerdo de la necesidad de sobrevivencia, muchas personas eligen perpetuar una relación destructiva, antes de no relacionarse, pues en el momento que se relacionan viven. Por ejemplo: Una pareja que permite atropello físico o verbal porque en el fondo prefieren tener una relación abusiva que no tener ninguna. La calidad de la relación va a depender de la actitud con que se aborde.

Las relaciones humanas interpersonales representan el gran reto para el individuo y sólo a través del Amor es que podemos relacionarnos plenamente donde podemos fusionar nuestras conciencias individuales y contactar la unidad. La verdadera razón para relacionarnos es poder regresar a la unidad de donde se parte, habiendo asimilado las vivencias, re descubriendo en el otro la condición divina. Par ello, requerimos relacionarnos. Es a través del contacto, del placer, del gozo que nos integramos a la unidad pero la mente y las emociones no clarificadas ni canalizadas nublan el camino para hacerlo. Por ejemplo: El temor que sentimos a no ser amados, a ser rechazados nos hace dudar de nuestra capacidad de lograr sostener una relación de amor. El encontrar la capacidad de amar, nace de la voluntad y disponibilidad que tengamos.

En el relacionarse con los demás es cuando los conflictos no resueltos de la mente se activan, por ello, muchas personas creen que si no se relacionan sentimentalmente no tendrán problemas mayores debido a que considera que el roce de la incomodidad sólo se presenta con la presencia de otra persona cuando en realidad, las relaciones son un termómetro de nuestro estado interno Por ello, la fricción de la interacción es el activador del autoconocimiento porque primero el conflicto tiene que estar adentro para que se pueda manifestar afuera a través de otra persona. El evadir relacionarse sentimentalmente y sacrificar la plenitud del contacto perpetúa los problemas internos pues no son puestos en evidencia. En la medida que no estemos dispuestos a solventar los conflictos emocionales no se pueden tener relaciones significativas, duraderas, nutritivas.

La mayoría de las personas sólo se relacionan a través del intercambio de ideas, del placer sexual pero esa atracción no garantiza una comunicación profunda ni una relación duradera sino más bien un momento de proximidad que nos aleje de la soledad que probablemente en ese momento estemos sintiendo. Este tipo de relaciones pueden ser distraídas y placenteras pero tarde o temprano entrarán en conflicto pues el verdadero Ser no se ha revelado por temor a ser expuesto, a mostrar los conflictos y ser rechazado.

El verdadero ingrediente para tener una relación significativa es ser genuino, abierto. Es bajar las defensas, permitirse involucrarse, ser vulnerable, envolverse en el sentir. Para ello, hay que darse permiso de conocerse a sí mismo porque ¿cómo se puede comunicar a los demás lo que o no nos atrevemos a comunicar a nosotros mismos? ¿Cómo puedes hablar de tus necesidades con tu pareja si no las has reconocido primero?

Date el permiso de sentirte para que puedas sentir plenamente la integración con tu pareja.


María Dolores Paoli | Psicóloga y autora del libro Niños Índigos: Nuevo Paso en la Evolución.

Un amor menor

A veces, nos pasamos la vida pendientes de otras personas.

Atentos a su más leve súplica o gemido. Colmando sus pequeñas exigencias, arañando al mundo para cumplir sus deseos.

Y no sólo para que sean felices y se sientan bien, sino para complacerlas y hacer que nos miren… que nos vean.

Lo podemos hacer llegar al extremo, al exceso… sobrecargarnos de la necesidad de existir a través de sus ojos y aceptar sus miradas como las únicas válidas.

Cedemos el primer día un minuto de nuestro tiempo y despertamos años más tarde con siglos perdidos de caricias, de respuestas, buscando aprobación y suplicando un cariño que no es tal porque lo hemos dado a cambio de nada… y esa persona ha creído que era gratuito, que no merecía canje.

Vendemos nuestra ilusión, nuestras ganas y nuestras inquietudes tan baratas que parece que no merezcan la pena.

Y ese reloj que corre para indicarnos los momentos regalados a cambio de indiferencia nos recuerda que lo único que conseguiremos de esa maniobra tremenda que es el borrarse a uno mismo es un «casi amor».

Unas migajas de amor que siquiera llegan juntas y el mismo día, están dispersas en el tiempo y el espacio, no cunden… no juntan un puñado de buenos momentos, saben a lágrimas y son bocados entrecortados para alguien hambriento que merece saciarse porque sacia mucho, porque se da por entero y recibe una especie de sucedáneo.

Un placebo que procura algunos instantes de euforia porque se parece al cariño, al respeto, a la compañía, pero que es exigencia, cierta tiranía y pura necesidad. Y no nos queda ni el consuelo de echar culpas. No existen las culpas. La responsabilidad es nuestra, toda. Nosotros cruzamos líneas y toleramos despechos. Subimos montañas imposibles y bajamos a lo más ínfimo por decisión propia. Somos lo que hemos consentido ser.


Mercè Roura

Amor de pareja

Mucho se ha escrito en la literatura sobre el amor en la pareja, al igual que lo que se ha producido en televisión y cine sobre el amor de pareja. En general mucho de lo que se ha escrito y producido en los últimos años está muy influenciado por la cultura al estilo Hollywood. Esta cultura define el amor basada en lo atractivo de la personalidad, en las características externas: atractivo físico, carisma e imagen. Esta cultura está preñada de definiciones superficiales, y fomenta un amor sentimentaloide y basado en un romanticismo cursi, reduciendo el amor a un simple sentimiento. Pero el amor es más que un sentimiento.

Con frecuencia he dialogado con matrimonios y me ha sido doloroso escuchar de ellos frases tales como: «el problema es que ya no nos amamos». Me pregunto, y pregunto a estas parejas: ¿cómo es ya no se aman? Si su definición del amor está basada en las características de la personalidad (imagen, apariencia física) o el beneficio que se puede esperar de la relación, o en la emoción que sienten en un momento determinado (alegría o placer vs. decepción o dolor) es fácil llegar a esa conclusión.

Aquí es donde muchos matrimonios se equivocan seriamente. Muchos matrimonios viven con una definición del amor centrada en «lo que el otro me aporta o hace por mí», desarrollando un amor condicional al que yo llamo amor sí. Este tipo de amor antepone siempre el condicional SI. «Si me amas te amo»; «si tratas de agradarme, yo haré lo mismo». Este tipo de amor nunca da nada sin recibir algo primero; siempre busca la «reciprocidad». Es un amor utilitario, además de egoísta, posesivo y egocéntrico. Busca, en palabras de Erich Fromm «lograr un intercambio mutuamente favorable».

Otros matrimonios basan su amor en los méritos o cualidades (generalmente rasgos externos de la personalidad). Yo llamo a este tipo de amor, amor porque. Este tipo de amor es menos egoísta, pero sigue siéndolo. Es un amor interesado. «Te amo porque eres atractivo(a)»; «te amo porque eres rico(a)»; «te amo porque tienes una profesión y eres inteligente». Este tipo de amor ama por lo que la persona es o tiene en un momento determinado; pero ¿qué pasa cuando no hay riqueza o se acaba la juventud o la belleza física?, entonces ya no se es capaz de amar. Este tipo de amor al igual que el amor sí tiende a ser temporal.

Prefiero definir el amor más bien según la definición bíblica. Cuando la Biblia usa la palabra amor para referirse al amor con que se necesitan amar la pareja, usan la palabra ágape (ver ejemplo en Efesios 5), que se usa para definir el amor incondicional de Dios. Esta palabra define el amor en términos espirituales – sin excluir el amor romántico en el caso del hombre y la mujer – como un amor altruista, sacrificial, abnegado, que busca dar más que recibir. En este caso podemos definir el amor ágape como un amor a pesar de. Este amor se niega a sí mismo y busca el bienestar de la persona amada, busca la manera de complacer a su cónyuge antes que agradarse a sí mismo(a). Este amor considera las necesidades de la otra persona, antes que las necesidades suyas propias. Su interés no es la explotación, ni conseguir cosas de la otra persona, sino contribuir a la felicidad y el bienestar de la otra persona.

El Amor es una decisión

La definición del amor ágape según la Biblia se aproxima más a una actitud que a una emoción. El amor es una elección; es algo que usted decide hacer, que se demuestra de manera práctica. En relación con el amor, la regla es primero ocurre la acción y luego la emoción se alinea a esa acción.

Muchas parejas al definir el amor como una emoción, esperan que «la emoción del amor vuelva por sí misma», cuando se percibe que se ha ido. Pero las emociones no se reparan por su propia cuenta, tienen que ser restablecidas por actos apropiados – actos amatorios.

Amar a la pareja significa tomar la decisión de darles lo que sea necesario a fin de edificar y desarrollar su vida. Si no sentimos «la emoción del amor», no es que nuestro amor está agotado. Muchos consideran que el amor es una respuesta visceral. Si el corazón no acelera su latido y no se activa el sistema glandular, tienen dudas respecto a la validez de su amor. La respuesta emocional está bien, pero su presencia no significa amor. El amor no se trata de preferencias o emociones, sino de lo que hacemos y cómo nos relacionamos con las personas. El amor trata de compromisos, comportamientos y decisiones. Amamos porque decidimos comprometernos y expresar actitudes y acciones amatorias. Vale decir, elegimos construir el amor.

El Amor es un arte

Ahora esa elección tiene un costo. No es algo con lo que nos tropezamos si tenemos suerte, o que es cuestión del azar, tampoco es una sensación placentera que surge por generación espontánea. Es un arte, y como todo arte requiere esfuerzo y conocimiento; requiere práctica y dedicación para desarrollar la capacidad de amar. El amor es fruto del aprendizaje que se da en una pareja. El amor es un arte que se aprende cada día.

El Amor es un constructo (una creación)

El amor es un arte por el que se opta desarrollar. Según el Dr. Alexander Lowen, las personas se movilizan tratando de evitar el dolor o buscando el placer. Así si una persona le ha causado dolor o tiene la expectativa de producírselo, tiende a construir odio. Por el contrario, si le ha ocasionado placer / bienestar o tiene como expectativa que se lo puede generar, tenderá a construir amor. En todo caso tanto el odio como el amor, son constructos – elecciones que las personas hacen. Aun cuando el amor pueda tener una base emocional, es una elección, una decisión personal que emana de un carácter maduro. La persona puede decidir construir amor y no odio a pesar del contexto de dolor que el otro le genera, a fin y al cabo el amor es una decisión, un acto de la voluntad que está por encima de las emociones. La pregunta clave es: ¿qué ha decidido construir usted?

El Amor es un don

Por otra parte, el amor genuino es un don que damos a otros. No es comprado por sus acciones, ni depende de nuestras emociones del momento. Puede tener fuertes sentimientos emocionales, pero no se apoya en ellos. Antes bien, el amor es una decisión que tomamos cada día; decisión de que alguien es especial y de mucho valor para nosotros. Decisión que tomamos antes de que pongamos el amor en acción. Esta decisión no está necesariamente fundada en los méritos de la persona amada, ni en la reciprocidad que recibimos del otro (a), pues es un don – un regalo, aun cuando necesitamos reconocer que el ser correspondido alimenta (nutre, fortalece) la decisión de amar al otro.

El Amor es una fuerza transformadora

El amor moviliza tanto al que ama como al objeto del amor. Transforma al que lo ejerce, pero también produce cambios en aquel que es amado. Dice Erich Fromm: «El amor intenta entender, convencer, vivificar. Por este motivo el que ama se transforma constantemente. Capta más, observa más, es más productivo, es más él mismo».

El amor también es la solución para el egoísmo, la indiferencia, la indolencia y la pasividad.

Nuestras relaciones de pareja se beneficiarían si entendiéramos el amor como un arte que requiere aprendizaje, que requiere esfuerzo para consolidarlo y fortalecerlo. Si concibiéramos el amor con una elección más que como una mera emoción, entonces, cuando surjan los conflictos y desavenencias en la relación, nos dispondríamos a reparar las grietas por donde se escapa el amor, a través de actitudes y acciones amatorias, y no nos quedaríamos esperando hasta que aparezca el supuesto «sentimiento del amor».

El Amor es un producto de las relaciones

Necesitamos, pues, intencionalmente invertir en tiempo, espacio y recursos para compartir con otros, para cultivar las relaciones. Si se quiere crecer en el amor se debe invertir para desarrollarlo. No se aprende a amar en aislamiento. Se requiere, entonces, darle prioridad a las relaciones. En medio de las agitadas y repletas agendas esto puede ser todo un desafío. Dice Rick Warren: «En ocasiones nos conducimos como si las relaciones fueran algo que conseguimos introducir en nuestros planes. Hablamos de hallar tiempo para nuestros hijos o de hacer tiempo para las personas en nuestra vida. Damos la impresión de que las relaciones son apenas una parte de nuestra vida, junto con otras ocupaciones».

El amor crece y se expresa a través de la calidad de los vínculos y contactos que se establecen en la familia y en la pareja. El amor se construye, se da y se recibe, desde la cercanía y la intimidad, desde el reconocimiento de la necesidad propia y del otro de amarse.

No se ama por deber o por responsabilidad, se ama como resultado de haber compartido la vida; por la decisión intencional de construir una relación y unos vínculos que facilitan, promueven y permiten la formación del amor, como realidad en el contexto de una pareja.

Sin la presencia y el contacto con el otro(a) se hace difícil que el amor crezca, madure y se consolide. Para que el amor surja se precisa de la creación de una relación, unos vínculos y un contexto (tiempo, espacio, oportunidades, etc.) dónde crecer.

Los cónyuges necesitan invertir tiempo para hacer juntos cosas, para crear el ambiente donde aprender a amar y a fortalecer ese amor. El amor requiere de contacto intencional, en lo emocional, en lo corporal, en lo intelectual y en lo espiritual. Se requiere de la disposición y el tiempo para compartir, crecer, aprender y hacer con el otro(a), para que el amor madure y se fortalezca. Se llega a amar como consecuencia de experimentar – vivenciar con el otro(a), en la cotidianidad, en el quehacer diario y aún en medio de las crisis.

El amor es como los caminos. Para conocerlos hay que transitarlo y, en el caso de la pareja, transitarlo con el otro(a).


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

Dependencia emocional

«Nos han enseñado a perturbarnos cuando perdemos a alguien. Hemos sido adiestrados para perturbarnos cuando alguien nos rechaza, nos desaprueba, nos abandona, se nos muere. Hemos sido adiestrados para depender emocionalmente de los demás, para no ser capaces de vivir emocionalmente sin ellos».

ANTHONY DE MELLO

La Dependencia Emocional se define como «una necesidad afectiva fuerte que una persona siente hacia otra a lo largo de sus diferentes relaciones». Aunque lo más conocido es la dependencia emocional en cuanto a relaciones de pareja, también existe la dependencia afectiva hacia padres, amigos e hijos.

La Dependencia Emocional sería algo similar a una adicción, pero en vez de necesitar una sustancia, se necesitaría aprobación, afecto, cariño, etc., de determinadas personas.

Cuando somos niños, creamos un vínculo afectivo de dependencia emocional con las personas más cercanas, generalmente nuestros padres, o personas que vivan en la misma casa (por ejemplo, los abuelos). En la adolescencia creamos esos vínculos con amigos y estos vínculos nos ayudan a aprender y a crecer personalmente, y en la edad adulta, además creamos un vínculo especial con nuestra pareja.

El problema aparece cuando este vínculo se convierte en dependencia y nos impide desarrollarnos en la vida como seres independientes y libres; cuando esa dependencia nos lleva a quedarnos en segundo plano en nuestra propia vida, dando más importancia a las necesidades, derechos y comportamientos de otra persona, que a los nuestros. En realidad, lo que se está haciendo es colocar la felicidad en las manos de otros, se busca la felicidad fuera de sí mismos. Eso, sin saberlo, lleva a la infelicidad automáticamente, ya que la única forma de ser felices es buscar esa felicidad en nosotros y en las acciones que elijamos. Los únicos comportamientos en los cuales podemos influir de una manera clara son los nuestros, y esos son los únicos que nos pueden garantizar nuestra felicidad.

Lo que más destaca en las personas con alta dependencia emocional es su miedo a las pérdidas y al rechazo de las personas queridas, en este caso, de la pareja. Tienen miedo a hacer algo que al otro no le guste, y que esa persona decida dejarles o retirarles su amor y su cariño. Así que buscan continuamente complacerle, hacer lo que se supone que el otro quiere o desea. Intentan adivinar qué es lo que gustaría al otro en cada una de sus acciones, con el consiguiente riesgo de equivocarse, ya que por mucho que conozcamos a una persona, no sabemos lo que les pasa por la cabeza en cada uno de los momentos de sus vidas. Si nos ponemos a pensarlo, muchas veces ni siquiera nosotros comprendemos nuestras acciones, así que será difícil controlar cada una de las reacciones del otro. Pero, aun así, estas personas intentan hacerse expertas en adaptarse a las necesidades y deseos que creen que el otro tiene.


Gemma Despierto | ReflexionesDeUnaPsicologa.Com

Humor: Correo equivocado

Un matrimonio decide ir a pasar vacaciones en una playa del Caribe, en el mismo hotel donde pasaron la luna de miel 20 años atrás, pero debido a problemas de trabajo, la mujer no pudo viajar con su marido, quedando en darle alcance unos días después.

Cuando el hombre llegó y se alojó en el hotel, vio con asombro que en la habitación había una computadora con conexión a Internet. Entonces decidió enviar un e-mail a su mujer, pero se equivocó en una letra y sin darse cuenta lo envió a otra dirección.

El e-mail lo recibe por error una viuda que acababa de llegar del funeral de su marido, y que al leer su correo electrónico se desmayó instantáneamente. El hijo de la viuda al entrar en la habitación, encontró a su madre en el suelo sin conocimiento, y miró la computadora, en cuya pantalla se podía leer…

Querida esposa: He llegado bien. Probablemente te sorprenda recibir noticias mías por esta vía, pero ahora tienen computadora aquí y puedes enviarles mensajes a tus seres queridos. Acabo de llegar y he comprobado que todo está preparado para cuando llegues este próximo viernes. Tengo muchas ganas de verte y espero que tu viaje sea tan tranquilo y relajado como ha sido el mío.

P.D.: No traigas mucha ropa. ¡Aquí hace un calor infernal!

La mujer perfecta

Mujer Con Velo

Nasrudín conversaba con sus amigos en la casa de té y les contaba como había emprendido un largo viaje para encontrar a la mujer perfecta con quién casarse. Les decía:

– Viajé a Bagdad, después de un tiempo encontré a una mujer formidable, atenta, inteligente, culta de una gran personalidad.

Dijeron sus amigos:

– ¿Por qué no te casaste con ella?

– No era completa – respondió Nasrudín -, después fui a El Cairo, allí conocí a otra mujer ciertamente fabulosa; hermosa, sensible, delicada, cariñosa.

– ¿Por qué no te casaste con ella? – dijeron los amigos.

– No era completa – respondió nuevamente Nasrudín -, entonces me fui a Samarcanda allí por fin encontré a las mujer de mis sueños; ingeniosa y creativa, hermosa e inteligente, sensible, culta, delicada y espiritual.

– ¿Por qué no te casaste con ella? – insistieron sus amigos.

– Pues saben por qué, ella también buscaba a un hombre perfecto.

Maestro: Al aceptar que eres perfecto, al aceptar que todos somos perfectos tal como somos… ya no habrá necesidad de buscar la perfección lejos.


Cuento Zen

Manipulación en la pareja

Utilizar los sentimientos como arma

Decidimos unirnos a otra persona para construir algo en común. La pareja, por lo tanto, es la sociedad más pequeña que existe y donde invertimos gran parte de nuestro capital afectivo. Normalmente esta unión se realiza con la idea de que nos permitirá a ambos salir ganando. Pero, como en toda sociedad, uno de los peligros que acechan a la pareja son las luchas de poder. Éstas suelen darse cuando se olvida que existe un proyecto en común y uno o ambos miembros intentan imponer sus reglas y sus objetivos individuales.

La manipulación emocional es una de las prácticas más utilizadas en las batallas de pareja. De forma inconsciente o voluntaria se exige a otra persona que actúe según los propios deseos o necesidades, utilizando los sentimientos como arma. Los celos, las amenazas directas o veladas, la exigencia, infundir sentimientos de culpa o incluso una actitud victimista, son algunas de las estrategias manipulatorias más utilizadas.

A menudo no es fácil reconocer el chantaje emocional, dado que a veces está tan infiltrado en nuestras relaciones que no nos percatamos de cuándo somos víctimas de él ni cuándo lo empleamos. La pareja, por ser un espacio donde están sumamente implicados los sentimientos y muchas decisiones, supone un terreno idóneo para que aparezca.

Cuando la manipulación es constante o insidiosa puede actuar como carcoma en las bases de la relación, desgastando a la pareja. Entonces de la unión no se derivan ganancias, sino pérdidas, o sólo se enriquece uno de sus miembros, mientras que el otro resulta cada vez más empobrecido. Reconocer este juego de dominación es la única manera de desactivarlo.

¿Por qué manipulamos?

A veces se piensa que la manipulación es cosa de personas maquiavélicas o terriblemente egoístas, cuando en realidad todos, en un momento u otro, hemos utilizado algún tipo de chantaje emocional. La manipulación está presente cuando intentamos controlar lo que dice o hace otra persona, cuando le exigimos algo sin dejarle posibilidad de elegir, o cuando nos empeñamos en que cambie y se adecue a lo que deseamos, aunque todo esto lo hagamos creyendo que es por su bien.

Detrás de la manipulación, por lo tanto, existe una búsqueda de poder y control ante la inseguridad que despierta la libertad de acción de otra persona. Con diferentes estrategias se intenta tocar alguno de sus puntos débiles para que en vez de que se deje llevar por sus propios deseos se ajuste a nuestras necesidades. De este modo uno siente que lleva las riendas de la relación y eso aporta una agradable sensación de seguridad.

Lógicamente existen diferentes grados de manipulación emocional. Algunos chantajes son más transparentes e inofensivos, otros más retorcidos. Algunos no implican apenas daño ni menoscabo para la otra persona, mientras que otros pueden resultar muy destructivos. Ciertos individuos pueden llegar a tiranizar a la persona con la que conviven utilizando el desdén, la humillación, la crítica o la desvalorización. El abuso físico o verbal pueden ser manifestaciones extremas de manipulación, en los que el objetivo es anular la autoestima de la otra persona. Se intenta rebajar y degradar al otro para sobresalir y compensar un gran sentimiento de inseguridad.

Juegos de dominación

En el mundo de la pareja se producen muchas veces juegos de dominación en los que cada miembro adopta un papel diferente y agarra al otro con diferentes armas de manipulación. En ocasiones la relación se convierte en un campo de batalla en el que ambos luchan para controlar la situación o reivindicar su punto de vista. Otras veces existe una clara jerarquía de poder y uno de los dos decide e impone, mientras que el otro acata sus órdenes.

Es preciso recordar que la manipulación siempre es cosa de dos. Las luchas de poder sólo son posibles cuando hay dos bandos enfrentados e, igualmente, para que alguien se imponga en una relación es preciso que haya otra persona que lo acepte. En muchos casos se trata de un encaje de necesidades. Así como uno necesita dominar para sentirse más seguro, el otro acepta someterse como un modo de delegar responsabilidades o incluso de mantener la relación.

El chantaje emocional puede adoptar diferentes formas. La clave está en provocar una mezcla de miedo, obligación y culpa para que la pareja acabe sucumbiendo a las propias expectativas. Para ello se pueden emplear estrategias tan diversas como:

  • El castigo: Se amenaza, de manera directa o implícita, que si no se realiza lo que uno desea habrá que atenerse a consecuencias negativas. Por ejemplo: «Si no vienes hoy conmigo, no esperes que mañana te acompañe».
  • El autocastigo: En este caso la amenaza va dirigida a dañarse a uno mismo para hacer sentir culpable al otro. «Si tú no me quieres la vida no tiene sentido para mí, así que me abandonaré».
  • Las promesas: Se ofrecen promesas maravillosas a cambio de que se acate la propia voluntad, pero no siempre se cumplen. «Si sigues conmigo te prometo que cambiaré y que seremos felices».
  • El silencio: Supone una manera fría de mostrar enfado, en que el otro siente que sólo si cede logrará mejorar el clima relacional.
  • Hacerse la víctima: Es una exigencia disfrazada de sentimientos de lástima y culpabilidad. Como, por ejemplo: «Si no vienes a verme estaré todo el día solo».
  • Dar para recibir: En ocasiones dar u ofrecer cosas se utiliza para atar a la otra persona. «Dado que te ayudé ahora merezco algo a cambio».
  • Culpabilizar: Se utilizan reproches o comentarios críticos para que alguien se sienta culpable y así corrija su actitud o su comportamiento.

Cómo detectar la manipulación

El mensaje manipulador puede expresarse mediante palabras o actitudes, pero siempre es vivido con una sensación de amenaza o exigencia. Escuchar las propias sensaciones y sentimientos ante los mensajes que recibimos es una buena fórmula para detectar cuándo somos víctimas de un chantaje emocional.

Por lo general, la manipulación nos hace sentir que estamos en una situación que no tiene fácil salida. Si accedemos a la petición debemos renunciar a nuestros deseos o necesidades, mientras que si no lo hacemos aparecen sentimientos de culpabilidad o miedo a ser rechazados o a que la otra persona se enfade.

Es importante diferenciar una petición de una exigencia. Pedir implica dar libertad para elegir entre satisfacer o no la demanda y se tiene en cuenta a la otra persona. Mientras que al exigir no se da esta alternativa y se ignoran los sentimientos y las necesidades del otro. Cuando una persona no cede a una exigencia puede obtener consecuencias negativas, como ser calificada de egoísta, interesada o insensible, o recibir algún tipo de castigo, como el enfado o una actitud despreciativa.

Detectar esta diferencia entre petición y exigencia nos informará de cuándo somos objeto de manipulaciones o cuándo las utilizamos para conseguir lo que deseamos.

Salir de la trampa

Los juegos de dominación más intrincados son aquellos que implican un doble mensaje. Lo que se expresa directamente no está en coherencia con el tono que se utiliza, o detrás de una petición legítima se esconden fines subterráneos que responde al propio interés. Son trampas del tipo: «No hace falta que vengas. Tienes mucho trabajo y, total, siempre me las arreglo solo».

Una manera de desmontar las trampas manipulatorias es hacerlas explícitas, es decir, verbalizar lo que se expresa de manera indirecta. Si lo hacemos en forma de acusación, diciendo por ejemplo: «Lo que en realidad quieres es que te acompañe y para ello me haces sentir culpable», es fácil que se desmienta por la otra parte o incluso que haya como contestación una acusación mayor.

Un aprendizaje importante en las parejas, y en todo tipo de relaciones, es aprender a comunicarse debidamente para aclarar malentendidos o situaciones confusas. Las manipulaciones dejan de tener poder sobre nosotros si las reconocemos como tales y expresamos a la otra persona cómo nos sentimos. Se puede decir, por ejemplo: «Me siento dividido. Por una parte me dices que no venga, pero por otra me da la impresión de que si no lo hago te fastidiará. Dime realmente lo que deseas y veré qué puedo hacer». Si apelamos a nuestros sentimientos es más probable que nuestra pareja nos comprenda y quiera poner de su parte para aclarar la situación.

Si ambos miembros de la pareja deciden deponer sus armas manipulatorias pueden ayudarse mutuamente, reconociendo cuándo ponen en marcha este tipo de artimañas. Sin embargo, en ocasiones uno de ellos o ambos no están dispuestos a reconocer cómo coartan la libertad de su pareja ni quieren cambiar su modo de relacionarse. En todo caso cada uno decide si hacer de la pareja un campo de batalla o un lugar de encuentro y de cooperación basado en el respeto, donde no solo gane uno sino los dos.


Cristina Llagostera | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

El apego afectivo

El apego es una adicción 

Depender de la persona que se ama es una manera de enterrarse en vida, un acto de automutilación psicológica donde el amor propio, el autorespeto y la esencia de uno mismo son ofrendados y regalados irracionalmente. Cuando el apego está presente, entregarse, más que un acto de cariño desinteresado y generoso, es una forma de capitulación, una rendición guiada por el miedo con el fin de preservar lo bueno que ofrece la relación. Bajo el disfraz de amor romántico, la persona apegada comienza a sufrir una despersonalización lenta e implacable hasta convertirse en un anexo de la persona «amada», un simple apéndice.

De manera contradictoria, la tradición ha pretendido inculcarnos un paradigma distorsionado y pesimista: el auténtico amor, irremediablemente, debe estar infectado de adicción. Un absoluto disparate. No importa cómo se quiera plantear, la obediencia debida, la adherencia y la subordinación que caracterizan el estilo dependiente no son lo más recomendable.

El desapego no es indiferencia

Amor y Apego no siempre deben ir de la mano. Lo hemos entremezclado hasta tal punto, que ya confundimos el uno con el otro. Equivocadamente, entendemos el desapego como dureza de corazón, indiferencia o insensibilidad, y eso es incorrecto. El desapego no es desamor, sino una manera sana de relacionarse, cuyas premisas son: independencia, no posesividad y no adicción. La persona no apegada (emancipada) es capaz de controlar sus temores al abandono, no considera que deba destruir la propia identidad en nombre del amor, pero tampoco promocionar el egoísmo y la deshonestidad.

Desapegarse no significa salir corriendo a buscar un sustituto afectivo, volverse un ser carente de toda ética o instigar la promiscuidad. La palabra libertad nos asusta y por eso la censuramos. Declararse afectivamente libre es promover afecto sin opresión, es distanciarse en lo perjudicial y hacer contacto en la ternura. El individuo que decide romper con la adicción a su pareja entiende que desligarse psicológicamente no es fomentar la frialdad afectiva, porque la relación interpersonal nos hace humanos (los sujetos «apegados al desapego» no son libres, sino esquizoides). No podemos vivir sin amor, pero sí podemos amar sin esclavizarnos. «Una cosa es defender el lazo afectivo y otra muy distinta ahorcarse con él». El desapego no es más que una elección que dice a gritos: «El Amor es ausencia de Miedo».

El apego desgasta y enferma 

Otra de las características del apego es el deterioro energético. El sobregasto de un amor dependiente tiene doble faz. Por un lado, el sujeto apegado hace un despliegue impresionante de recursos para retener su fuente de gratificación. Los activo-dependientes pueden volverse celosos e hipervigilantes, tener ataques de ira, desarrollar patrones obsesivos de comportamiento, agredir física o llamar la atención de manera inadecuada, incluso mediante atentados contra su propia vida. Los pasivo-dependientes tienden a ser sumisos, dóciles y extremadamente obedientes para intentar ser agradables y evitar el abandono. El repertorio de estrategias retentivas, de acuerdo con el grado de desesperación e inventiva del apegado, puede ser diverso, inesperado y especialmente peligroso.

La segunda forma de despilfarro energético no es por exceso, sino por defecto. El sujeto apegado concentra toda la capacidad placentera en la persona «amada», a expensas del resto de la humanidad. Con el tiempo, esta exclusividad se va convirtiendo en fanatismo y devoción: «Mi pareja lo es todo». El goce de la vida se reduce a una mínima expresión: la del otro.

El apego enferma, castra, incapacita, elimina criterios, degrada y somete, deprime, genera estrés, asusta, cansa, desgasta y, finalmente, acaba con todo el residuo de humanidad posible.

La inmadurez emocional: el esquema central de todo apego 

Pese a que el término inmadurez puede resultar ofensivo o peyorativo para ciertas personas, su verdadera acepción nada tiene que ver con retardo o estupidez. La inmadurez emocional implica una perspectiva ingenua e intolerante ante ciertas situaciones de la vida, generalmente incómodas o aversivas. Una persona que no haya desarrollado la madurez o inteligencia emocional adecuada tendrá dificultades ante el sufrimiento, la frustración y la incertidumbre. Fragilidad, inocencia, bisoñada, inexperiencia o novatada, podrían ser utilizadas como sinónimos, pero técnicamente hablando, el término «inmadurez» se acopla mejor al escaso autocontrol y/o autodisciplina que suelen mostrar los individuos que no toleran las emociones mencionadas. Dicho de otra manera, algunas personas estancan su crecimiento emocional en ciertas áreas, aunque en otras funcionan maravillosamente bien.

Señalaré las tres manifestaciones más importantes de la inmadurez emocional relacionadas con el apego afectivo en particular y con las adicciones en general:

(a) bajos umbrales para el sufrimiento

(b) baja tolerancia a la frustración

(c) la ilusión de permanencia.

Pese a que en la práctica estos tres esquemas suelen entremezclarse, los separé para que puedan apreciarse mejor. Veamos cada uno en detalle.

Bajos umbrales para el sufrimiento o la ley del mínimo esfuerzo: 

La incapacidad para soportar lo desagradable varía según de un sujeto a otro. No todos tenemos los mismos umbrales o tolerancia al dolor. Hay personas que son capaces de aguantar una cirugía sin anestesia, o de desvincularse fácilmente de la persona que ama porque no les conviene, mientras que a otras hay que obligarlas, sedarlas o empujarlas, porque son de una susceptibilidad que raya en el merengue. Estas diferencias individuales parecen estar determinadas no sólo por la genética, sino también por la educación. Una persona que haya sido contemplada, sobreprotegida y amparada de todo mal en sus primeros años de vida, probablemente no alcance a desarrollar la fortaleza (coraje, decisión, aguante) para enfrentar la adversidad. Le faltará el «callo» que distingue a los que perseveran hasta el final. Su vida se regirá por el principio del placer y la evitación inmediata de todo aversivo, por insignificante que éste sea. Repito: esto no implica hacer una apología del masoquismo y el autocastigo, y fomentar el suplicio como forma de vida, sino reconocer que cualquier cambio requiere de una inversión de esfuerzo, un costo que los cómodos no están dispuestos a pagar. El sacrificio los enferma y la molestia los deprime. La consecuencia es terrible: miedo a lo desconocido y apego al pasado. Dicho de otra manera, si una persona no soporta una mínima mortificación, se siente incapaz de afrontar lo desagradable y busca desesperadamente el placer, el riesgo de adicción es alto. No será capaz de renunciar a nada que le guste, pese a lo dañino de las consecuencias y no sabrá sacrificar el goce inmediato por el bienestar a mediano o largo plazo; es decir, carecerá de autocontrol.

El pensamiento central de la persona apegada afectivamente y con baja tolerancia al sufrimiento, se expresa así: «No soy capaz de renunciar al placer/bienestar/seguridad que me brinda la persona que amo y soportar su ausencia. No tengo tolerancia al dolor. No importa qué tan dañina o poco recomendable sea la relación, no quiero sufrir su pérdida. Definitivamente, soy débil. No estoy preparado para el dolor».

Baja tolerancia a la frustración o el mundo gira a mi alrededor 

La clave de este esquema es el egocentrismo, es decir: «Si las cosas no son como me gustaría que fueran, me da rabia». Tolerar la frustración de que no siempre podemos obtener lo que esperamos, implica saber perder y resignarse cuando no hay nada que hacer. Significa ser capaz de elaborar duelos, procesar pérdidas y aceptar, aunque sea a regañadientes, que la vida no gira a nuestro alrededor. Aquí no hay narcisismo, sino inmadurez.

Lo infantil reside en la incapacidad de admitir que «no se puede». Si a un niño malcriado, se le niega un juguete con el argumento real de que no se tiene el dinero suficiente para comprarlo, él no entenderá la razón, no le importará. De todas maneras exigirá que su deseo le sea concedido. Gritará, llorará, golpeará, en fin, expresará su inconformidad de las maneras más fastidiosas posibles, para lograr su cometido. El «Yo quiero» es más importante que el «No puedo». Querer tener todo bajo control es una actitud inocente, pero poco recomendable.

Muchos enamorados no decodifican lo que su pareja piensa o siente, no lo comprenden o lo ignoran como si no existiera. Están tan ensimismados en su mundo afectivo, que no reconocen las motivaciones ajenas. No son capaces de descentrarse y meterse en los zapatos del otro. Cuando su media naranja les dice: «Ya no te quiero, lo siento», el dolor y la angustia se procesa solamente de manera autorreferencial: «¡Pero si yo te quiero!» Como si el hecho de querer a alguien fuera suficiente razón para que lo quisieran a uno. Aunque sea difícil de digerir para los egocéntricos, las otras personas tienen el derecho y no el «deber» de amarnos. No podemos subordinar lo posible a nuestras necesidades. Si no se puede, no se puede.

La inmadurez también puede reflejarse en el sentido de posesión: «Es mío» o «No quiero jugar con mi juguete, pero es mío y no lo presto». Muchas veces no es la tristeza de la pérdida lo que genera la desesperación, sino quién echó a quién. Si se obtiene nuevamente el control, la revancha no se hace esperar: «Cambie de opinión. Realmente no te quiero». Ganador absoluto. Una paciente decía: «Ya estoy más tranquila… Fui, lo reconquisté, se lo quité a la otra, y ahora sí… La cosa se acabó, pero porque yo lo decidí… ¿Cómo le parece el descaro, doctor?… Cinco años de novios y dejarme a un lado como a un trapo sucio… Ya no me importa, que haga lo que quiera… ¿Por qué son tan raros los hombres?»

El pensamiento central de la persona apegada afectivamente y con baja tolerancia a la frustración, se expresa así: «No soy capaz de aceptar que el amor escape de mi control. La persona que amo debe girar a mi alrededor y darme gusto. Necesito ser el centro y que las cosas sean como a mí me gustaría que fueran. No soporto la frustración, el fracaso o la desilusión. El amor debe ser a mi imagen y semejanza».

Ilusión de permanencia o de aquí a la eternidad 

La estructura mental del apegado contiene una dudosa presunción filosófica respecto al orden del universo. En el afán de conservar el objeto deseado, la persona dependiente, de una manera ingenua y arriesgada, concibe y acepta la idea de lo «permanente», de lo eternamente estable. El efecto tranquilizador que esta creencia tiene para los adictos es obvio: la permanencia del proveedor garantiza el abastecimiento. Aunque es claro que nada dura para siempre (al menos en esta vida el organismo inevitablemente se degrada y deteriora con el tiempo), la mente apegada crea el anhelo de la continuación y perpetuación ad infinitud: la inmortalidad.

La paradoja del sujeto apegado resulta patética: por evitar el sufrimiento instaura el apego, el cual incrementa el nivel de sufrimiento, que lo llevará nuevamente a fortalecer el apego para volver otra vez a padecer. El círculo se cierra sobre sí mismo y el vía crusis continúa. El apego está sustentado en una falsa premisa, una utopía imposible de alcanzar y un problema sin solución. La siguiente frase, nuevamente de Buda, es de un realismo cruento pero esclarecedor: «Todo fluye, todo se diluye; lo que tiene principio tiene fin, lo nacido muere y lo compuesto se descompone. Todo es transitorio, insustancial y, por tanto, insatisfactorio. No hay nada fijo de qué aferrarse».

Los «Tres Mensajeros Divinos», como él los llamaba: enfermedad, vejez y muerte, no perdonan. Tenemos la opción de rebelarnos y agobiarnos porque la realidad no va por el camino que quisiéramos, o afrontarla y aprender a vivir con ella, mensajeros incluidos. Decir que todo acaba significa que las personas, los objetos o las imágenes en la cuales hemos cifrado nuestras expectativas de salvaguardia personal, no son tales. Aceptar que nada es para toda la vida no es pesimismo sino realismo saludable. Incluso puede servir de motivador para beneficiarse del aquí y el ahora: «Si voy a perder los placeres de la vida, mejor los aprovecho mientras pueda». Esta es la razón por la cual los individuos que logran aceptar la muerte como un hecho natural, en vez de deprimirse disfrutan de cada día como si fuera el último.

El realismo afectivo implica no confundir posibilidades con probabilidades. Una persona realista podría argumentar algo así: «Hay muy pocas probabilidades de que mi relación se dañe, remotas si se quiere, pero la posibilidad siempre existe. Estaré vigilante». Una persona ingenua se dejará llevar por la idea romántica de que ciertos amores son invulnerables e inalterables. La aterrizada puede ser mortal. El pensamiento central de la persona apegada afectivamente y con ilusión de permanencia, se expresa así: «Es imposible que nos dejemos de querer. El amor es inalterable, eterno, inmutable e indestructible. Mi relación afectiva tiene una inercia propia y continuará para siempre, para toda la vida».

¿A qué cosas de la relación nos apegamos? El menú personalizado de la vida en pareja: 

Si pensamos un momento cómo funciona el apego afectivo en cada uno de nosotros, veremos que la «supersustancia» (placer/bienestar más seguridad/protección) siempre está presente, porque es el motivo del apego. Sin ella, no hay dependencia.

• La vulnerabilidad al daño y el apego a la seguridad /protección

El esquema principal es la baja autoeficiencia: «No soy capaz de hacerme cargo de mí mismo». Estas personas necesitan de alguien más fuerte, psicológicamente hablando, que se haga responsable de ellas. La idea que las mueve es obtener la cantidad necesaria de seguridad/protección para enfrentar una realidad percibida como demasiado amenazante.

Este tipo de apego es de los más resistentes porque el sujeto lo experimenta como si fuera una cuestión de vida o muerte. Aquí no se busca amor, ternura o sexo, sino supervivencia en estado puro. Lo que persigue no es activación placentera y euforia, sino calma y sosiego. El asunto no es taquicardia, sino de bradicardia; reposo y alivio: «Estoy a salvo».

El origen de este apego parece estar en la sobreprotección parental durante la niñez y en la creencia aprendida de que el mundo es peligroso y hostil. El resultado de esta funesta combinación («No soy capaz de ver por mí mismo» y «El mundo es terriblemente amenazante») hace que la persona se perciba a sí misma como indefensa, desamparada y solitaria. El destino final es altamente predecible: no autonomía, no libertad y, claro está dependencia.

• El miedo al abandono y el apego a la estabilidad/confiabilidad

Todos esperamos que nuestra pareja sea relativamente estable e incuestionablemente fiel. De hecho, la mayoría de las personas no soportarían una relación fluctuante y poco confiable, y no sólo por principios sino por salud mental. Por donde se mire, una relación incierta es insostenible y angustiante. Anhelar una vida de pareja estable no implica apego, pero volverse obsesivo ante la posibilidad de una ruptura, sí.

En ciertos individuos la búsqueda de estabilidad está asociada a un profundo temor al abandono y a una hipersensibilidad al rechazo afectivo. La confiabilidad se convierte, para ellos, en una necesidad compulsiva para soliviar el miedo anticipatorio a la carencia.

La historia afectiva de estas personas está marcada por despechos, infidelidades, rechazos, pérdidas o renuncias amorosas que no han podido ser procesadas adecuadamente. Más allá de cualquier argumento, lo primordial para el apego a la estabilidad/confiabilidad es impedir otra deserción afectiva:

«Prefiero un mal matrimonio, a una buena separación». El problema no es de autoestima sino de susceptibilidad al desprendimiento. El objetivo es mantener la unión afectiva a cualquier costo y que la historia no vuelva a repetirse.

• La baja autoestima y el apego a las manifestaciones de afecto

En este tipo de apego, aunque indirectamente también se busca estabilidad, el objetivo principal no es evitar el abandono sino sentirse amado. Incluso muchas personas son capaces de aceptar serenamente la separación, si la causa no está relacionado con el desamor: «Prefiero una separación con amor, a un matrimonio sin afecto».

No obstante, una cosa es que nos guste recibir amor y otra muy distinta quedar adherido a las manifestaciones de afecto. Estar pendiente de cuanto cariño nos prodigan para verificar qué tan queribles somos, es agotador tanto para el dador como para el receptor.

• Los problemas de autoconcepto y el apego a la admiración

El autoconcepto se refiere a qué tanto me acepto a mí mismo. Es lo que pienso de mí. En un extremo están los narcisistas crónicos (el complejo de Dios), y en el otro, los que viven defraudados de sí mismos (el complejo cucaracha).

A diferencia de lo que ocurría con la baja autoestima, aquí la carencia no es de amor sino de reconocimiento y adulación. Estas personas no se sienten admirables e intrínsecamente valiosas: por tal razón, si alguien les muestra admiración y algo de fascinación, el apego no tarda en llegar. Más aún, una de las causas más comunes de infidelidad radica en la conexión que se establece entre admirador y admirado. Exaltarle el ego a una persona que se siente poca cosa, y que además ha sido descuidada por su pareja en este aspecto, puede ser el mejor de los afrodisíacos. Encantarse con ciertas virtudes, elogiar cualidades, aplaudir, dar crédito y asombrarse ante alguna habilidad no apreciada por el ambiente inmediato, es abrirle paso al romance. La admiración es la antesala del amor.

El bajo autoconcepto crea una marcada sensibilidad al halago. Tanto así que puede convertirse en la principal causa de una relación afectiva. Una señora me expresaba lo siguiente: «Yo sé que no es el marido ideal… Tiene mal humor, no es buen amante y a veces perezoso… Mi familia no lo quiere mucho y mis amigas me dicen que no debería estar con él… Pero me admira y reconoce en mí a una persona valiosa y especial… Incluso ha llegado a decir que no me merece… Póngase en mi lugar…En toda mi vida nadie se había maravillado por mí, nadie me había admirado… Puede que no sea el gran ejecutivo ni el mejor partido, pero se siente satisfecho y casi honrado de estar a mi lado… Con eso tengo suficiente, lo demás no me importa». La dosis adecuada y en la medida justa. Imposible de erradicar.


Walter Riso | «Amar o Depender. Editorial Planeta, 2008».

Las 4 R’s de John Gray

John Gray (el mismo autor de «Los Hombres son de Marte, las Mujeres de Venus») escribió en su libro «Conoce tus Sentimientos, Mejora tus Relaciones», que existen cuatro señales de advertencia, que avisan cuando algo no marcha bien en las relaciones de parejas.

Cuando se sienta que está en una de las etapas, se debe decir la verdad acerca de los sentimientos y acerca de una posible pérdida del amor.

En resumen son:

(a) Resistencia: sobreviene cuando se nota que comienza a oponerse a algo que la persona dice, hace o siente.

(b) Resentimiento: sensación intensa de desagrado y censura respecto de la otra persona a causa de lo que esté haciendo.

(c) Rechazo: surge cuando son tan considerables la resistencia y el resentimiento que le resulta imposible permanecer emocionalmente conectado con esa persona y se retrae, cerrándose emocional y sexualmente. El rechazo es la consecuencia natural de haber acumulado resentimiento(s). No es capaz de hallarse cerca de la pareja o de relacionarse con ella sin sentir toda una tensión y el resentimiento acumulados, así que simplemente la rehúye para conseguir un poco de alivio. Tal vez descubre que todavía quiere a su pareja pero que ya no se siente atraído hacia ella, que no está enamorado.

(d) Represión: sobreviene cuando está tan harto de soportar resistencia, resentimiento y rechazo que logra reprimir sus emociones negativas para mantener la paz de la familia o para no llamar la atención de los demás. «No vale la pena seguir luchando; me olvidaré de todo, estoy demasiado harto de abordar esta cuestión». Es un estado de endurecimiento emocional. Embota sus sentimientos para sentirse cómodo.

Si empieza a querer más a su pareja, puede que al principio no reaccione y que quizás evite sus tentativas cariñosas. Puede que incluso suscite su desdén o resentimiento. Pero si insiste, eventualmente responderá con un amor y un aprecio considerables.

Prefiero

 

Nos hicieron creer que «el gran amor» sólo sucede una vez, generalmente antes de los 30 años. No nos contaron que el amor no es accionado, ni llega en un momento determinado.

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja y la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece cargar en las espaldas, la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Nos hicieron pensar que una fórmula llamada «dos en uno»: dos personas pensando igual, actuando igual, era lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene un nombre: “anulación” y que sólo siendo individuos con personalidad propia podremos tener una relación saludable.

Nos hicieron creer que el matrimonio es obligatorio y que los deseos fuera de término deben ser reprimidos.

Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados. Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad.

No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, que frustran a las personas, son alienantes y que podemos intentar otras alternativas.

Nadie nos va a decir esto, cada uno lo va a tener que descubrir solo. Y ahí, cuando estés muy enamorado de ti, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien.

«Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor… aunque la violencia se practica a plena luz del día».

JOHN LENNON

No te necesito, te prefiero. Lo sé, es duro y hace falta dejar muchas cosas atrás para pronunciar esas palabras. Entre otras cosas es necesario abandonar la cobardía y cubrirse de coraje, valentía y paciencia. Muchísima paciencia.

Paciencia para explicar que el hecho de preferirte es que puedo llegar a quererte y valorarte inmensamente más que si te necesito, porque eso significa que no necesito complementos para tapar mis carencias o mis defectos. Nadie en la vida tiene la responsabilidad de completar lo que me falta.

Con esto quiero decir que la única persona a la que necesitamos para vivir es a nosotros mismos. Y yo, en pleno derecho de usar mi libertad emocional, te elijo a ti para estar a mi lado y disfrutar el uno del otro.

He decidido dejar de esclavizarme y de atarme a mi pasado emocional. No permitiré que los demás definan quién soy. Voy a buscar la forma de expresar todo mi ser y a explorar el fondo de mi océano. Entonces podré ser yo misma.

Me comprometo a no dar nunca el gusto a los demás sin antes darme el gusto a mí misma. No voy a dejarme llevar por la gente corriente ni por la corriente de la gente. Desde ya me libero del efecto estrangulador de mis pensamientos y trabajaré porque mis decisiones me hagan sentir bien acerca de mi vida.

Desprenderme de los parches y los vendajes que tapan mis heridas me ayudará crear un lazo profundo y auténtico contigo. Porque si no amas con libertad es preferible no amar, pues la dependencia emocional destruye.

No sé si te amaré toda la vida ni sé si lo haré con la misma fuerza siempre, pero lo que sí que sé es que ahora mismo te prefiero sobre todas las personas. No ocupas mi mente cada segundo, pero sí que vas siempre conmigo.

Elijo el amor y sigo siendo dueña de mí misma. Porque el sentimiento de amor más fuerte que existe es el amor hacia uno mismo. Porque, como dijo Perls:

«Yo soy Yo y Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas y tú no estás en este mundo para cumplir las mías».

Yo soy yo… Un ser completo aún con mis carencias. Tú eres tú… Un ser completo aún con tus carencias.

Si nos encontramos y nos aceptamos, si somos capaces de no cuestionar nuestras diferencias y de celebrar juntos nuestros misterios podremos caminar el uno junto al otro, ser mutua, respetuosa, sagrada, y amorosa compañía en nuestro camino.

Tú eres tú. Yo soy yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse.

Falto de amor a mí mismo, cuando en el intento de complacerte me traiciono. Falto de amor a ti, cuando intento que seas como yo quiero en vez de aceptarte como realmente eres.

Tú eres Tú, «Yo soy Yo»

Quizás a muchos les suene a palabrería barata de autoayuda, pero debo decir que funciona. No es sencillo, ya que ambas partes deben estar en sintonía, es decir, preferir y no necesitar… decidir aceptar al otro cómo es y no cómo queremos que sea, entender que la otra persona está para acompañarnos y no para completarnos. Que las diferencias no son lo importante, lo importante son las coincidencias. Que el miedo a ser uno mismo limita y crea un espacio – a veces un abismo – entre ambos y que si no estamos dispuestos a dar y recibir en la misma medida, la balanza se desequilibra y al final se desprende.

Quizás a lo anterior sólo añadiría que hay que cuidarse de no caer en el autoengaño y confundir las cosas. Aceptar a la persona como es no implica aceptar que la persona nos haga sentir menos, o nos brinde desamor y ausencias en lugar de presencia y amor.

Y puede suceder, podemos querer pensar que esa es la forma de amar de esa persona, y en virtud de aceptarla como es, aceptar situaciones que finalmente resultan tóxicas. De ahí, que hay que amarnos a nosotros mismos, pero con el especial cuidado de ser inteligentemente egoístas sin dejar que el egoísmo cree un espacio propio entre ambas partes. Lograr el equilibrio, pero sin traicionarnos a nosotros mismos.

Suena complicado, parece improbable, pero de hecho no es imposible; y en todo caso, nadie dijo que la vida fuera fácil.

La verdad, desde mi punto de vista, la vida es un experimento de ensayo y error donde cada quien perfecciona su método de vida, el cual debería satisfacer el deseo propio y no el ajeno, siempre cuidando – por supuesto – que no se arrolle a nadie en el camino.

Y se puede, se puede ser honesto con uno mismo y con los demás, sin ocasionar daño. En la vida todos nos equivocamos, sí. No obstante, hay que tener cuidado con internalizar la falibilidad del ser humano como conducta, o incluso como excusa a todas nuestras equivocaciones, pues si no, estaremos nadando en el mismo círculo sin aprender nada de la vida y sin ofrecer nada en el camino.

Hay que aprender a dar, a darnos a nosotros mismos para luego dar y recibir en equilibrio.

De esa forma, estaremos bien aun cuando no estemos acompañados por una pareja, porque no nos sentiremos atrapados en algún lugar en el que no nos guste estar. El texto habla de enamorarnos de nosotros mismos primero, pero no enamorarnos de nuestro ego; sino enamorarnos de nosotros con todo y nuestros defectos o carencias, para luego poder amar a otro, con sus defectos y carencias además de sus virtudes.

Alcanzar ese estado, quizás sea el reto de más de uno.


Raquel Aldana | LaMenteEsMaravillosa.Com

Cuando los padres no son equipo: ¿Qué hacer cuando hay diferencias en la forma de educar?

La pareja la forman dos personas que tienen biografías, personalidades, maneras de ver el mundo muy diferentes.

Parece lógico pensar que cuando se decide iniciar un proyecto común de trascendencia vital, como es formar una familia y ocuparse del desarrollo y cuidado de los hijos, tienen la suficiente compatibilidad como para que ese proyecto sea viable y en él quepa y predomine como una prioridad la tarea de educar a un ser humano vulnerable, indefenso y necesitado de referentes tanto como de alimento y ternura. Sin embargo, y por desgracia, esto sólo ocurre en la minoría de las familias. No tenemos ni idea de lo que significa tener un hijo antes de tenerlo y el aterrizaje que ambos miembros de la pareja hacen en la mater-paternidad es poco predecible. Y así, nos encontramos con que nuestra pareja, con la que hasta ese momento todo parecía fluir, no está de acuerdo en muchas de las cosas que atañen a la educación de los hijos, lo cual genera distancia afectiva, desencuentros, soledades y mucha frustración. Es sin duda, uno de los desafíos más difíciles de gestionar, pero también una oportunidad enorme de crecimiento y aprendizaje si lo hacemos desde la humildad y la empatía.

Dado que no podemos cambiar la historia de cada cual, ni tampoco cómo fuimos maternados, lo que sí podemos hacer es tratar de mirar hacia adelante, teniendo presente lo que nos jugamos y siendo capaces, sobre todo, de negociar, entendiendo que los dos estamos aprendiendo, que educar a un hijo es la tarea más difícil que encararemos a lo largo de nuestra vida y que los procesos de toma de conciencia y de aprendizaje de cada persona tienen una velocidad diferente. Se trata de ver al otro como un compañero, un cómplice, un apoyo y no como un enemigo. Partimos de dos premisas básicas que no debemos perder de vista: ambos padres amáis por encima de todo a vuestros hijos y no queréis dañarlos, y que tú elegiste a la otra persona y la consideras honesta y con capacidad de aprender.

Con todo esto por delante, algunas sugerencias para facilitar la cotidianidad serían: 

  • No corrijas ni des charlas magistrales sobre cómo deben hacerse las cosas al otro, ni delante de los niños, ni detrás. No hay verdades absolutas, ni porque lo diga un libro ni porque así lo hacía tu padre o madre.
  • No tomes decisiones sobre la marcha. Posponlo hasta hablar con el otro y tratar de alcanzar acuerdos, por mínimos que estos sean. Siempre hay lugares comunes y lo inteligente es poner el foco en lo que nos une, no en lo que nos separa.
  • Maneja las expectativas y aléjate de la perfección. No existe y, menos aún, a la hora de educar. La idea es hacer las cosas de la mejor manera posible, que no será óptima ni perfecta, pero será tu mejor jugada. Revisa, no te conformes y trata de hacerlo mejor mañana.
  • Todos tenemos limitaciones. Hablarlas, saber cuáles son las de tu pareja y las tuyas a la hora de educar, conduce a saber en qué momento debe intervenir cada cual.
  • Ponernos límites, de la misma manera que se los ponemos a los hijos. Dejar explícitamente claro cuáles son las acciones no tolerables por el otro y qué fronteras no se pueden traspasar.
  • Es fundamental no ver al niño como el causante de los problemas, idealizando la vida anterior a la llegada de los hijos, subrayando las dificultades y no la riqueza y oportunidad emocional de esta nueva etapa.
  • Confía en tu pareja. Hay muchas maneras diferentes de educar y salvo aquellas que incluyen maltrato físico o psíquico, no se ha descrito en psicología que un determinado estilo de crianza produzca un resultado inequívoco. Por suerte, no existe el determinismo, sólo la influencia.
  • Ayuda a tu hijo a que entienda que mamá y papá hacen algunas cosas de manera diferente y trata de realzar lo positivo del otro y no enfatizar sus zonas oscuras. La prioridad es el niño, no nosotros. Y debemos hacer todo lo posible para que crezca con la mejor versión de sus padres, aun conociendo sus limitaciones.
  • Hablad de ello, de vez en cuando, de forma serena, no como reacción a un desencuentro o una bronca. Quedad para hablarlo en un contexto diferente del propio hogar, sin niños, con inteligencia, buscando acuerdos, recordando lo que os une y la importancia de ser lo más coherentes y coincidentes posible.
  • Evitad la polarización, la vieja historia del «poli bueno y poli malo». El niño nos tiene que ver como equipo, no como posibilidades individuales de conseguir algo. Es negocio para él a corto plazo, pero abre una grieta que se ensancha con el tiempo y luego ya no se puede saltar.

Es imprescindible entender que no se trata de «tener razón», ni de ser el «que más sabe de esto», tampoco de confirmar lo «equivocado que está el otro». Se trata de poner el amor por encima de nuestra biografía y de nuestra necesidad de alimentar el ego. Se trata de ponerse en el lugar de los hijos y darnos cuenta de que nos están mirando. El mundo es filtrado a través de nosotros. Aprenderán a relacionarse según nos relacionemos entre nosotros y con ellos, aprenderán a negociar según seamos capaces nosotros de incorporar esta herramienta esencial en nuestra cotidianidad, aprenderán a respetar si viven con respeto, en definitiva, construirán una imagen de sí mismos y de los otros con lo que seamos capaces de ofrecerles.


Olga Carmona | ElPais.Com

 

El perdón en el vínculo conyugal

Aunque no existen matrimonios perfectos, exentos de padecer dificultades y situaciones de estrés, es válido y posible que las parejas aspiren a relaciones en donde los problemas que enfrentan, se puedan atender con prontitud y se resuelvan mediante acuerdos satisfactorios y saludables.

No será tarea fácil, pero con disposición, buena voluntad y perseverancia de la pareja, los eventuales conflictos y dificultades podrán ser solventados. Será igualmente necesario conformar un ambiente familiar en donde prevalezcan la comunicación, el entendimiento y los acuerdos, donde se dejen atrás las indisposiciones y resentimientos y se adopte, como un estandarte de la vida conyugal, el perdón recíproco.

En el matrimonio, las diferencias y los conflictos que surjan, no pueden colocar a cada uno en posiciones de confrontación y batalla. Las diferencias de opinión, temperamento, costumbres y aspiraciones, son inevitables y hasta naturales. Pero la forma de abordarlas y resolverlas, como pareja, determinará la diferencia entre una resolución positiva y saludable de la dificultad, de otra que no lo es.

Pero aun logrando, en general, establecer relaciones donde prevalezca el diálogo respetuoso y armonioso, aun cuando exista un adecuado y efectivo entendimiento en la vida conyugal, aun cuando las dificultades se tiendan a resolver mediante acuerdos satisfactorios para ambos, aun así, podrían surgir en el caminar del matrimonio, muchos momentos que hagan que alguno de los cónyuges, o ambos, se sientan lastimados, ofendidos, molestos, o simplemente afectados por algo que dijo o hizo su pareja.

Cuando esto ocurra, el perdón es una herramienta muy apropiada para evitar que los conflictos crezcan y perduren, así como para dar inicio al proceso de «sanar» las heridas que eventualmente fueron causadas por la inadecuada actitud, decisión o palabra del cónyuge.

Existen acciones o actitudes entre la pareja que pueden afectar a uno, a otro o a ambos. Permanecer enojados, alejados o confrontados por causa del problema, no solo no lo resuelve, sino que lo puede hacer más grande, difícil e inmanejable. Por otro lado, cuando se decide perdonar, se activa un proceso, consciente e inconsciente, que posibilita soltar lo que incomoda, distancia y afecta, y se experimenta una mayor libertad y tranquilidad consigo mismo y con la pareja.

Sea un problema ligero o de mayor dimensión, el perdón es un proceso que se inicia a partir de una decisión. La persona que se siente afectada por la acción de su pareja, decide perdonar -independientemente de que su cónyuge pida o no perdón-, porque sabe que su perdón no es un favor a la otra persona, sino que le produce un enorme beneficio a sí mismo. Con el perdón se logra soltar una serie de sentimientos negativos que producen daño y afectación directa a la persona que los siente: resentimiento. Ira, enojo, rencor, dolor, incomodidad, desasosiego, etc.

La persona que perdona, no lo debe hacer tanto por beneficiar a su pareja, ni pensar que está eximiendo de su falta a la persona que le dañó, sobre todo si ésta no ha reconocido su error y solicitado el perdón. Lo debe hacer por ella misma, porque es la mejor forma de liberarse de los sentimientos que la afectan y de volver a sentir paz y tranquilidad.

Ahora bien, lo óptimo es que la parte que ha cometido la falta reconozca su error y pida perdón, porque esta actitud facilitaría aún más el proceso de perdón en ambas direcciones, así como la posibilidad de activar de mayor forma el proceso de «sanidad» de las heridas provocadas por la falta.

En este mismo sentido, la persona que cometió un error y desea pedir perdón a su pareja, debería mostrar al menos tres aspectos importantes. En primer lugar, tener conciencia plena del error que cometió, así como de la dimensión de éste y del daño producido a su pareja y su entorno. Muchas personas que cometen una falta – menor o grave – tienden a justificarse, a buscar explicaciones, a trasladar a otros su responsabilidad para atenuar su falta y eventual culpa. Pero esta actitud, lejos de facilitar el proceso de perdón y la superación del problema derivado, termina afectando y lesionando mucho más la relación.

En segundo lugar, debe sentir y expresar un arrepentimiento genuino por la falta cometida. No se trata de cumplir con un requisito para hacer sentir mejor a su pareja. Debe sentir en lo hondo de su corazón, el daño producido a la persona que ama y que está a su lado. Debe ser capaz de conmoverse por el sufrimiento provocado y arrepentirse sinceramente por ello. El arrepentimiento debe ser un acto consciente que posibilita a quien ha cometido un error soltar su falta pidiendo perdón.

En tercer lugar, debe haber voluntad para corregir la falta, es decir, el deseo de trabajar intensamente para enmendar el error cometido, realizando acciones, emitiendo señales, mostrando expresamente su deseo de ayudar a la persona afectada a que «sane» sus heridas y a que vuelva a confiar en ella. Se trata, ante todo, de un proceso que implica no volver a fallar, tener paciencia y trabajar para recuperar la relación resquebrajada por su falta.

De parte del cónyuge afectado, para perdonar, se debe empezar por decidir perdonar, independientemente de lo que haga su pareja. Debe, asimismo, soltar el pasado – que no significa para nada dejar de sentir súbitamente el dolor -, pero sí iniciar el proceso de «cicatrización» de las heridas ocasionadas por las faltas de su pareja. Aun así, podría suceder que la persona afectada por una falta seria y dolorosa, decida perdonar, pero mantener la distancia con la persona que la afectó. Hay situaciones especiales donde los daños producidos por una de las partes hace que la otra no desee continuar con la relación. El vínculo conyugal es posible a partir de la voluntad y el compromiso expreso de ambos. Hay daños tan profundos que, aún con el otorgamiento de perdón, la relación no se logra recuperar, y la distancia respetuosa es, para algunos, una opción saludable.

El vínculo matrimonial debe estar unido por el amor. Cuando hay amor, la pareja se esfuerza por agradarse el uno al otro, procura establecer una comunicación positiva y abundante, mantener las manifestaciones y expresiones afectivas y la cercanía íntima necesaria. Pero aun así, los cónyuges pueden cometer errores, y es cuando el perdón se constituye en un ingrediente indispensable para que el matrimonio continúe robusto y saludable en el transcurrir de los años.


Jesús Rosales Valladares | enfoquealafamilia.com

Ámate lo suficiente para saber cuándo marcharte

Si hay algo verdaderamente difícil, es saber cuándo marcharte de la vida de una persona para poder convertirte así, en un amado recuerdo y no en una odiada costumbre. Saber decir adiós es el arte del sufrimiento, pero también del aprendizaje.

Según un trabajo publicado en el espacio «Study.com» la principal razón por la que decidimos alejarnos y dar por finalizada una relación es por la sensación de desigualdad en la pareja, ahí donde las aportaciones de cada uno son diferentes y donde el coste en “moneda de dolor” es demasiado alto ante los escasos beneficios.

Siempre hay un instante en que es necesario marcharte, aunque no sepas dónde ir, aunque tus pies estén desnudos y tus manos vacías. Sólo así le permitirás a tu corazón ser feliz de nuevo.

Amor y sufrimiento nunca deberían ir juntas en una relación afectiva. Esto es algo que no todo el mundo tiene claro, puesto que la concepción del «amor romántico» nos hace creer aún en estas falsas ideas. Si te amas lo suficiente, no debes permitirte llegar a estos extremos… Te invitamos a reflexionar sobre ello.

Cuando marcharte es la única opción

Una relación de pareja, como en todo organismo vivo, sufre continuos cambios. Ahora bien, cada cambio tiene como finalidad fortalecer el vínculo y permitir conocernos mucho mejor sin que ninguno de los dos pierda demasiado. La relación debe fluir.

El amor es ante todo una elección que hacemos en libertad. Sin embargo, muchas veces el amor es una de las principales causas de sufrimiento de la humanidad. Antes de caer en estos estados de dolor emocional es necesario saber dar un adiós a tiempo, evitando así así alargar situaciones verdaderamente destructivas.

Estos son los principales aspectos que deberíamos valorar para entender que «marcharte es ya tu única opción».

  • Valorar si el problema que te ha llevado a la situación actual tiene solución.
  • Ante un momento de crisis es necesario que las dos partes se esfuercen por igual o al menos que cada uno tenga esta percepción del otro. Cualquier desequilibrio ocasiona que solo una parte ofrezca su energía, su ilusión y sus sacrificios personales mientras el otro se limita a recibir sin ofrecer nada a cambio.
  • Intenta proyectar tu situación actual en un futuro lejano. ¿Piensas que dentro de 10 años serías feliz si las cosas fueran igual que ahora?

Si ante estas cuestiones valoras que nada es posible ni hay solución, deberás sacar fuerzas de ti mismo para decir adiós, para marcharte y cerrar ese círculo personal y afectivo cargado de sufrimiento.


Valeria Sabater | LaMenteEsMaravillosa.Com