La promesa cumplida

La cita a la que iba era muy importante; se había hecho tarde y estaba completamente perdido. Dominando mi orgullo masculino, comencé a buscar un lugar dónde pedir información; una estación de servicio, tal vez. Dado que había cruzado la ciudad de una punta a la otra, el indicador de combustible estaba muy bajo y el tiempo apremiaba.

Delante del cuartel de bomberos, noté el reflejo ambarino de una luz. ¿Qué mejor lugar para averiguar una dirección?

Bajé rápidamente del auto y crucé la calle hacia allí. Las tres puertas estaban abiertas de par en par y por ellas se veían las rojas auto bombas con las puertas abiertas, los cromos relucientes, a la espera del momento en que sonara la campana.

Una vez dentro, me invadió el olor del cuartel. Un olor mezcla de mangueras que se secaban en la torre, enormes botas de goma y cascos. Aquel vaho, mezclado con el de los pisos recién lavados y los camiones lustrados, producían ese misterioso aroma típico de todos los cuarteles de bomberos. Aminoré el paso, respiré hondo y, al cerrar los ojos, me sentí transportado a mi niñez, al cuartel de bomberos donde mi padre trabajó durante treinta y cinco años como jefe de mantenimiento.

Miré hacia el fondo del cuartel y allí estaba, lanzando chispas doradas al cielo, el poste de incendios. Cierto día, mi padre dejó que mi hermano Jay y yo nos deslizáramos dos veces por el poste. En el rincón del cuartel se encontraba el deslizador que usaban para meterse debajo de los camiones cuando los reparaban. Mi padre solía decir: «Agárrate», y me hacía girar una y otra vez hasta que me sentía mareado como un marinero borracho. Era más divertido que ningún juego de hamacas voladoras que yo hubiera conocido.

Junto al deslizador había una vieja máquina expendedora de Coca-Cola, con el logo clásico de la marca. Todavía proveía esas botellitas verdes originales, pero ahora costaban treinta y cinco centavos en lugar de diez, como entonces. Las visitas al cuartel de papá siempre culminaban con un paseo hasta la expendedora, lo cual representaba una botella de gaseosa para mí solo.

Cuando tenía diez años fui con dos amigos al cuartel para lucirme con mi papá y para sacarle algunas gaseosas. Después de mostrarles el cuartel a los chicos, le pregunté a papá si podíamos tomar una bebida cada uno antes de volver a casa para almorzar.

Ese día detecté una leve vacilación en la voz de papá, pero respondió: «Cómo no», y nos dio a cada uno una moneda de diez centavos. Corrimos hasta la máquina expendedora para ver si alguna botella tenía la tapa con la estrella grabada adentro.

¡Qué día de suerte! Mi tapita tenía la estrella. Me faltaban sólo dos más para ganar la gorra de Davy Crockett.

Después de dar las gracias a papá, salimos rumbo a casa para almorzar y pasar la tarde nadando.

Aquel día volví temprano del lago; al entrar en el vestíbulo oí que mis padres estaban hablando. Mamá parecía disgustada con papá. Y entonces oí mi nombre.

– Tendrías que haberles dicho que no tenías dinero para gaseosas. Brian habría comprendido. Esa plata era para tu almuerzo. Los chicos deben entender que no tenemos dinero de sobra y tú necesitas comer.

Papá, como de costumbre, se encogió de hombros.

Antes de que mi madre supiera que había escuchado la conversación, subí corriendo las escaleras hasta la habitación que compartía con mis cuatro hermanos.

Di vuelta mis bolsillos; la tapa de la botella que había causado tantos problemas cayó al suelo. Mientras la levantaba, dispuesto a ponerla con las otras siete, me di cuenta del sacrificio que esa tapa había significado para mi padre.

Esa noche hice una promesa de compensación: algún día podría decirle a papá que supe del sacrificio que hizo aquella tarde, y tantos otros días, y que jamás lo olvidaría.

Papá sufrió el primer ataque al corazón cuando aún era joven, a los cuarenta y siete años. Pienso que el ritmo que impuso a su vida, trabajando en tres lugares distintos para mantenerlos a los nueve, fue demasiado para él. La noche en que mis padres cumplían sus bodas de plata, rodeados por toda la familia, el más grande, fuerte y ruidoso de todos nosotros mostró la primera grieta en la armadura que, de chicos, creíamos impenetrable.

Durante los ocho años siguientes mi padre continuó presentando batalla; llegó a sufrir tres ataques cardíacos, hasta que terminó con un marcapasos.

Una tarde, su vieja camioneta azul se descompuso y él me llamó para que lo llevara al médico, a hacerse el control anual. Al entrar en el cuartel vi afuera a mi padre con todos sus compañeros, arracimados alrededor de un flamante camión pick-up Ford color azul brillante. Comenté que era muy lindo y papá me dijo que pensaba tener algún día un camión así.

Soltamos la risa. Ese había sido siempre su sueño… y parecía inaccesible.

A esa altura de mi vida me iba bien en los negocios, lo mismo que a mis hermanos. Ofrecimos comprarle un camión entre todos, pero él lo expresó con toda claridad:

– Si no lo pago yo, no me parecerá mío.

Cuando papá salió del consultorio, supuse que el aspecto gris y pastoso de su cara se debía a tantos pinchazos y sondeos.

– Vámonos- fue todo lo que dijo.

Al subir al auto comprendí que algo andaba mal. Viajamos en silencio; yo sabía que papá me diría a su modo cuál era el problema.

Hice un rodeo hasta el cuartel. Pasamos frente a nuestra vieja casa, el campo de juegos, el lago y el negocio de la esquina; mi padre comenzó a hablar del pasado y de los recuerdos que cada uno de esos lugares le traía.

Entonces supe que se estaba muriendo. Me miró e hizo un gesto con la cabeza. Comprendí.

Nos detuvimos en la heladería Cabot para tomar un helado juntos, por primera vez en quince años. Y hablamos, ¡cuánto hablamos ese día! Me dijo que estaba orgulloso de todos nosotros y que no tenía miedo de morir. Su temor era dejar sola a mi madre.

Me reí entre dientes. Nunca había visto a un hombre tan enamorado de su mujer como mi papá.

Ese día me hizo prometer que no diría a nadie lo de su muerte inminente. Accedí, aun sabiendo que ése sería uno de los secretos más difíciles de guardar.

Por entonces, mi esposa y yo estábamos a la búsqueda de un auto o una camioneta nueva. Como mi padre conocía al vendedor de una concesionaria, en Wayland, le pregunté si podía acompañarme para ver qué tipo de vehículo podría conseguir si entregaba el viejo como parte de pago.

Cuando entramos en el salón de ventas, descubrí a papá mirando una hermosísima pick-up marrón chocolate metalizado, completamente equipada. Lo vi deslizar la mano por el vehículo, como un escultor que inspeccionara su obra.

– Creo que tengo que comprar una camioneta, papá. Quiero algo chico y de buen rendimiento.

Mientras el vendedor iba en busca de la patente provisoria, sugerí a mi padre que sacáramos la pick-up marrón para dar una vuelta.

– No puedes permitirte ese lujo – me advirtió.

– Lo sé, y tú también lo sabes, pero el vendedor no – respondí.

Salimos a la ruta con papá al volante, riendo como dos chicos por la jugarreta que habíamos hecho. Condujo unos diez minutos, elogiando su andar, mientras yo jugueteaba con todos los botones.

Cuando volvimos al salón de exposición, sacamos una pequeña camioneta Sundower azul. Papá dijo que esa camioneta era mucho mejor para ir y venir entre la ciudad y el suburbio, pues ahorraría mucha nafta en mis largos recorridos. Estuve de acuerdo y, al volver, cerré trato con el vendedor.

Algunas noches después llamé a mi padre para preguntarle si no quería acompañarme a retirar la camioneta.

Creo que, si aceptó tan deprisa fue para poder echarle una última mirada a «su» pick-up, como él la llamaba.

Al frenar en el patio del concesionario, vimos mi pequeña Sundower azul con el cartel de Vendido. Al lado estaba la pick-up marrón, bien lavada y reluciente, con otro gran cartel de Vendido en la ventanilla.

Miré de reojo a mi padre y vi la desilusión dibujada en su cara.

– Alguien va a llevarse una hermosa camioneta – comentó.

Me limité a asentir, mientras le decía:

– Papá, ¿quieres entrar y decirle al vendedor que vuelvo en cuanto estacione el auto?

Al pasar junto a la camioneta marrón, mi padre deslizó la mano por la superficie; volví a ver su expresión decepcionada.

Llevé el auto hasta el lado opuesto del edificio y, por la ventanilla, observé a ese hombre que lo había dado todo por su familia. Vi que el vendedor lo hacía entrar y le entregaba el juego de llaves de su camioneta marrón, explicándole que yo la había comprado para él, que sería un secreto entre los dos.

Papá miró por la ventana y nuestros ojos se encontraron; los dos asentimos riendo.

Esa noche, cuando papá llegó, yo estaba sentado a la puerta de mi casa. Le di un gran abrazo, lo besé, le dije cuánto lo quería, y le recordé que ése era un secreto entre los dos.

Luego salimos a dar un paseo. Papá me dijo que entendía lo de la pick-up. Lo que no entendía era qué significaba esa tapita de Coca-Cola, con una estrella en el centro, adherida al volante.


Brian Keefe

Las leyes fundamentales

Un grupo de sabios judíos se reunió para intentar crear la menor Constitución del mundo. Si alguno de ellos era capaz de definir, en el espacio de tiempo que necesita un hombre para mantenerse en equilibrio con un solo pie, las leyes que deben regir el comportamiento humano, sería considerado el más sabio de todos los sabios.

– Dios castiga a los criminales – dijo uno.

Los otros argumentaron que esto no era una ley, sino una amenaza, y la frase no fue aceptada.

– Dios es amor – comentó otro.

Nuevamente los sabios no aceptaron la frase, diciendo que no aclaraba bien los deberes de la Humanidad. En aquel momento se aproximó el rabino Hillel y, sosteniéndose en un solo pie, dijo:

– No hagas a tu prójimo lo que detestarías que te hicieran a ti. Ésta es la Ley. Todo lo demás es comentario jurídico.

Y el rabino Hillel fue considerado el mayor sabio de su tiempo.


Paulo Coelho

Cuidado con los pensamientos negativos

Protégete de los mensajes negativos que llegan a tu mente y a tus sentidos.

He leído sobre el secreto del éxito en muchos libros y lo he oído de labios de grandes triunfadores. Este puede resumirse así: Te convertirás en aquello en lo que piensas constantemente.

Los pensamientos que guardas en tu mente moldean la persona en la cual te convertirás, influyen en tus decisiones a corto y largo plazo y en tus determinaciones diarias. Es así de simple. Es tan simple que es inconcebible, que muchos de nosotros no lo descubramos nunca. Todo lo que entra a tu mente a través de los sentidos, ya sea de manera consciente o inconsciente, queda grabado en ella para siempre.

Toda acción está precedida por un pensamiento y todo pensamiento es el resultado de aquello que entra y encuentra cabida en nuestra mente. Por esta razón, si logramos controlar aquello que entra a nuestras mentes, ya sea a través de lo que leemos, lo que escuchamos a través de la radio, o lo que vemos en la televisión, podremos controlar nuestros pensamientos y por ende, nuestras acciones.

¿Por qué la mayoría de las personas no controla lo que entra en sus mentes? La respuesta tal vez radica, por lo menos en parte, en el hecho de no ser totalmente conscientes del poder que nuestros pensamientos pueden ejercer sobre nuestras acciones.

Un pensamiento no equivale a más de una décima de voltio de electricidad. Sin embargo, esta décima de voltio de electricidad ejerce una gran influencia en nuestras emociones y en nuestras acciones.


Camilo Cruz

¡Anímate a ser mejor!

Si todos nosotros, antes de tomar una decisión, de emitir un juicio, de hacer una promesa, nos tomáramos unos minutos para meditar acerca de lo que vamos a hacer, seguramente las cosas marcharían mejor. Porque cuando prometemos algo, es necesario tener la certeza de que vamos a poder cumplir.

Cuando opinemos sobre alguna cosa, que nuestra opinión refleje algo acerca de lo cual estemos convencidos. Recordemos que nuestras opiniones, un poco, nos reflejan a nosotros. Y cuando tomemos una decisión, que la misma sea lo más acertada posible y que nunca lastime a los demás.

La gente valora las personas estables, con carácter parejo, y con patrones de conducta definidos, y se desconcierta ante quien hoy los acaricia y mañana los golpea. Pero creo que las relaciones humanas serían mucho más armoniosas si todos respetáramos la siguiente premisa: No actuar frente a los demás como no nos gustaría que actuaran con nosotros mismos.

Si antes de expresarnos, de una u otra forma, ante los demás, nos pusiéramos en el lugar del otro y evaluáramos cómo nos sentiríamos si fuéramos los verdaderos receptores, con toda seguridad no existirían los insultos, las palabras hirientes, los gestos despectivos… ¿Por qué no ponemos en práctica esos cinco minutos de reflexión?…

Dale… anímate a ser mejor…


Graciela de Filippis

Recaer no es lo mismo que retroceder

Frecuentemente pasa en los trastornos de ansiedad, que se queda por ahí una duda o miedo a retroceder cada vez que te vuelves a sentir un tanto ansioso. Esto es causado por la misma hipervigilancia que tenemos sobre nosotros mismos de «ya querer estar perfectos todo el tiempo», y a la más mínima señal de incomodidad o estrés en nuestro cuerpo, nos alteramos de más, y sentimos que estamos retrocediendo.  Así es que aquí te presento algunas ideas al respecto.

¿Realmente qué es recaer?

Recaer significa que ya ibas volando alto y de repente sientes que te caes de nuevo, y aquí es donde hay que buscar ser un poco más objetivos.  No porque te vuelvas a sentir inquieto significa que ya regresó la ansiedad de la misma manera, tampoco porque te sientas un poco acelerado o sudoroso significa que te va a volver a dar un ataque de pánico.

O sea, no porque te tropiezas mientras vas caminando significa que ya te quedaste paralítico o que no te puedas volver a levantar, mucho menos significa que te regresaste a la línea de salida.

Recaer, para mí, realmente significa que estás volviendo a vivir y experimentar la vida, y que quizás bajaste la guardia en cuanto a cuidar de creerle a todos tus pensamientos, o que quizás otra vez te me estás descuidando.

Recaer realmente significa que estás emprendiendo el camino de evolución.  A veces se vale aflojarle tantito, pero si sientes que ya llevas rato recayendo, o que la recaída se sintió muy feo, entonces es momento de escuchar ese pequeño mensaje y hacer el alto que necesitas hacer y reestructurar tus pensamientos, desahogar tus emociones y poner las cosas en su lugar antes de que se convierta en algo más grande.

Distingue entre recaer o sentir

Hay que checar si lo que está pasando realmente es una recaída, o simplemente que estás volviendo a sentir los nerviosismos y estreses normales de la vida. O sea, por más que yo ya no tenga ansiedad, si subo unas escaleras que me implicaron cierto esfuerzo, voy a sentir mi corazón acelerado, pero eso no significa que otra vez recaí.

O si de repente me siento sin ganas de hacer nada, melancólica y filosófica, no significa que otra vez me estoy deprimiendo, significa que me siento melancólica, que estoy sintiendo esa emoción en ese momento, que necesito checar por qué me siento así, canalizar esas emociones y listo.

A veces la ansiedad nos deja como «traumados», en cuanto a que ya cualquier sensación o sentimiento incómodo o desagradable se lo atribuimos a la ansiedad y es ahí donde sentimos que recaemos o retrocedemos, pero esto no es así, es simplemente que eres humano y sientes inquietud como cualquier otro.

Dale el valor y nombre a cada cosa

Con esto me refiero a que le des el nombre y valor a cada cosa que sientes por lo que es, y no por lo que podría llegar a ser o por lo que sospecharías que sería.

  • Si te sientes acelerado, estás acelerado, punto, ni te va a dar un ataque de pánico, ni estás recayendo, estás acelerado.
  • Si te sientes tenso en medio del tráfico y un poco ahogado, te sientes tenso y ahogado, más no significa que te está dando claustrofobia y tienes que salir corriendo.
  • Si te da cierto miedo al anochecer, significa que tuviste la sensación de miedo seguramente por un condicionamiento, más no significa que no podrás dormir y que estás condenado a vivir temeroso.

Toma las cosas por lo que son, dales nombre, y cáchate cuando te estás yendo al futuro a magnificando eso que te está pasando basado en tu experiencia del pasado.

Tu pasado fue tu pasado, hoy es un nuevo día 

Y esto aplica también para cuando de un día que te sientes raro, ansioso o triste, piensas que ya te volviste a amolar, y al día siguiente estás triste porque te sentiste triste, o miedoso de sentirte ansioso otra vez.

Esto es irracional, ya que te quedas atorado en el pasado, en lugar de decir: bueno, ahorita me siento triste, ansioso o miedoso, voy a vivirlo ahorita, así como es, mañana veré cómo me siento.

Y cuando llegue mañana, intenta dejar de estar hipervigilante a ver cómo te sientes o si te sigues sintiendo mal, simplemente siéntete como te sientes en ese nuevo momento.

Realmente no se puede retroceder

En la sabiduría oriental lo tienen muy claro: en la evolución no hay vuelta atrás.

O sea, el camino que ya cruzaste ya no lo puedes volver a cruzar, la prueba que ya superaste ya está superada, el reto que conquistaste ya están conquistados, los miedos que venciste ya están vencidos.

Si lo analizas, es imposible que se te vuelva a presentar exactamente el mismo camino por cruzar, pues no hay un helicóptero que te agarre y te lleve otra vez al principio, no hay manera de viajar al pasado y borrar toda la experiencia que tuviste al cruzar por ese camino, tampoco hay un borrador en tu cerebro que te quite lo que aprendiste.  Simplemente es imposible regresar a como estabas antes.

Lo que sí es real es la evolución ascendente

Lo que sí puede suceder, es que se te vuelvan a presentar pruebas o retos para que ahí apliques el aprendizaje que tuviste del pasado, para que superes ese reto desde otro nivel de conciencia y con muchos más recursos de los que tenías antes.

Así es que a nivel emocional y de evolución, yo te podría decir que es imposible retroceder, lo que sí es posible, es que se te presentan circunstancias parecidas para que ahora apliques lo que ya aprendiste.

Imagínate que la vida es un espiral que va hacia arriba, en metafísica así también se comprende, que vas subiendo y quizás pasas por pruebas parecidas pero cada vez te será más fácil superarlas.

Sé paciente contigo mismo

Si te encuentras sintiendo que recaíste o diciéndote a ti mismo que retrocediste, es momento de ser amoroso y paciente contigo mismo, de bajarle a la exigencia y tenerte tantita compasión auténtica, en la que te ves como humano, y te permites sentir.  Lo que sí no se vale, es que te hables feo y te digas «¿ves? estás condenado a sentirte mal toda tu vida».

Mejor cámbialo por «¿ves? eres humano… estás en proceso de evolución constante».

En conclusión

Realmente no puedes retroceder en tu proceso de sanación, y si sientes que te está pasando, te invito a bajarle a tu exigencia, a tomar los síntomas como lo que son y no querer darles más valor del que tienen, sumergirte de nuevo en las sensaciones incómodas de la vida normales y naturales, y darte chance de vivir el presente sin darle tanta importancia a cómo te sentías en el pasado, aunque eso sí, abriendo los oídos para ver qué necesitas hacer dentro o fuera de ti según ese mensaje que te llegó.


Fabiola Cuevas | Desansiedad.Com

Cuando nació mi alegría

Y cuando nació mi Alegría, la alcé en brazos y subí con ella a la azotea de mi casa, a gritar:

¡Venid, vecinos! ¡Venid a ver! Porque hoy ha nacido mi alegría: venid a contemplar este ser placentero que ríe bajo el sol.

Pero fue grande mi sorpresa cuando ningún vecino mío acudió a contemplar mi Alegría.

Y todos los días, durante siete lunas, proclamé el advenimiento de mi Alegría desde la azotea de mi casa, pero nadie quiso escucharme.

Y mi Alegría y yo estábamos solos, sin nadie que fuera a visitarnos.

Luego, mi Alegría palideció y enfermó de hastío, pues sólo yo gozaba de su hermosura, y sólo mis labios besaban sus labios.

Luego, mi Alegría murió, de soledad y aislamiento.

Y ahora sólo recuerdo a mi muerta Alegría al recordar mi muerta risa. Pero el recuerdo es una hoja de otoño que susurra un instante en el viento, y luego no vuelve a escucharse más.


Gibrán Jalil Gibrán

Sé feliz

Muchas personas no saben esto, pero «ser feliz sólo depende de ti» y de nadie ni de nada más.

Si relegamos nuestra felicidad a los demás o a los acontecimientos que nos sucedan sólo podremos ser felices cuando los demás lo deseen y cuando los acontecimientos surjan como los deseamos. Serán los demás y nuestro alrededor los que tengan el poder de decidir sobre nuestra felicidad, siendo pocos los momentos en los que podremos gozar de ella.

Sin embargo, cuando la felicidad tan sólo depende de nosotros mismos y de nada ni nadie más, todo cambia, pues podremos ser felices siempre que así lo deseemos nosotros. Y en realidad eso es la verdadera felicidad.

Cuando la felicidad sólo depende de nosotros y deja de ser la consecuencia de determinados sucesos, es cuando se es verdaderamente feliz.

La verdadera felicidad consiste en ser feliz con todo y a pesar de todo, no sólo en los buenos momentos sino también en los malos.

La verdadera felicidad no es un estado de ánimo, sino que es una actitud personal, es ser consciente de que la tristeza y el sufrimiento no nos aportan nada bueno y que por ello debemos reducirlos a los momentos estrictamente necesarios (muy pocos) y aprovechar el máximo tiempo posible en ser felices.

Para ser feliz tan sólo hace falta que tomes la firme decisión de querer serlo y comprometerte con esa decisión. Así que, sé feliz.

«Existen maravillas en todo, aún en la oscuridad y el silencio, y aprendo a estar satisfecho en cualquier estado en que me encuentre».

HELEN KELLER 


Javier Morán Serrano

La virtud de la perseverancia

El escritor brasileño Nelson Rodrigues estaba condenado a la soledad. Tenía cara de sapo y lengua de serpiente, y a su prestigio de feo y fama de venenoso sumaba la notoriedad de su contagiosa mala suerte: la gente de su alrededor moría por bala, miseria o desdicha fatal.

Un día, Nelson conoció a Eleonora. Ese día, el día del descubrimiento, cuando por primera vez vio a esa mujer, una violenta alegría lo atropelló y lo dejó bobo. Entonces quiso decir alguna de sus frases brillantes, pero se le aflojaron las piernas y se le enredó la lengua y no pudo mas que tartamudear ruiditos.

La bombardeó con flores. Le enviaba flores a su apartamento, en lo más alto de un alto edificio de Río de Janeiro. Cada día le enviaba un gran ramo de flores, flores siempre diferentes, sin repetir jamás los colores ni los aromas, y abajo esperaba: desde abajo veía el balcón de Eleonora, y desde el balcón ella arrojaba las flores a la calle, cada día, y los automóviles las aplastaban.

Y así fue durante cincuenta días. Hasta que un día, un mediodía, las flores que Nelson envió no cayeron a la calle y no fueron pisoteadas por los automóviles.

Ese mediodía, él subió hasta el piso último, tocó el timbre y la puerta se abrió.

«No te rindas. Esas son las tres palabras más útiles que uno puede regalarse a sí mismo, y regalar a los demás».


Eduardo Galeano | «El Libro de los Abrazos»

La estrella verde de la esperanza

la estrella verde de la esperanza

Existían millones de estrellas en el cielo. Estrellas de todos los colores: blancas, plateadas, verdes, doradas, rojas y azules.

Un día inquietas, ellas se acercaron a Dios y le dijeron:

– Señor Dios, nos gustaría vivir en la Tierra, entre los hombres.

– Así será hecho – respondió el Señor -. Las conservaré a todas ustedes pequeñitas, como son vistas, para que puedan bajar a la tierra.

Se cuenta que, en aquella noche, hubo una linda lluvia de estrellas. Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras fueron a jugar y a correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron con los juguetes de los niños y la Tierra quedó maravillosamente iluminada.

Pero con el pasar del tiempo, las estrellas resolvieron abandonar a los hombres y volver para el cielo, dejando la tierra oscura y triste.

– ¿Por qué volvieron? – preguntó Dios -, a medida que ellas iban llegando al cielo.

– Señor, no nos fue posible permanecer en la Tierra. Allá existe mucha miseria y violencia, mucha maldad, mucha injusticia…

Y el Señor les dijo:

– ¡Claro! El lugar de ustedes es aquí en el cielo. La Tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que pasa, de aquel que cae, de aquel que yerra, de aquel que muere, nada es perfecto. El cielo es el lugar de la perfección, de lo inmutable, de lo eterno, donde nada perece.

Después que llegaron todas las estrellas y verificando su número, Dios habló de nuevo:

– Nos está faltando una Estrella. ¿Será que se perdió en el camino?

Un ángel que estaba cerca replicó:

– No Señor, una estrella resolvió quedarse entre los hombres. Ella descubrió que su lugar es exactamente donde existe la imperfección, donde hay límite, donde las cosas no van bien, donde hay lucha y dolor.

– Mas, ¿qué estrella es esa? – volvió a preguntar Dios.

– Es la Esperanza Señor. La Estrella Verde. La única estrella de ese color.

Y cuando miraron para la Tierra, la estrella no estaba sola. La Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en el corazón de cada persona. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y Dios no necesita retener es la Esperanza.

Dios ya conoce el futuro y la Esperanza es propio de la persona humana, propia de aquel que yerra, de aquel que no es perfecto, de aquel que no sabe cómo puede conocer el porvenir.


Anónimo

 

Oasis

Hace años un estudioso de la energía y las plantas llamado Luther Burbank logró cosas asombrosas con unos cactus.

Como buen enamorado de la naturaleza dedicaba buen tiempo a hablar con esas plantas y les decía: «No tienen nada que temer, las espinas no les hacen falta porque yo siempre las voy a proteger».

Además las trataba con cariño, las cuidaba y siempre les enviaba toda su energía amorosa.

Pues bien, aunque algunos no lo crean, Luther Burbank logró algo que en realidad parece inverosímil: Con el tiempo esos cactus tuvieron unos brotes que dieron origen a una variedad sin espinas.

De hecho, Burbank se hizo famoso hace años con sus curiosos experimentos sobre la sensibilidad de las plantas.

Y hablo de esto sólo para sembrar una inquietud: ¿qué no podrás lograr contigo y los que amas si de verdad lo quieres e insistes?


Gonzalo Gallo González

10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos «en serie», a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.

2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.

3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.

4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Sólo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan sólo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección.

9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíble valor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destila positivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.


El momento oportuno

En nuestra vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente el resultado de nuestro crecimiento interno y que éste requiere tiempo.

Seguramente la impaciencia en muchos que aspiran resultados a corto plazo, es un arma de doble filo, pues abandonan súbitamente la tarea emprendida, justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta, sin pensar que el momento oportuno está por llegar de un momento a otro.


Anónimo

Disfrutar el presente depende de ti

El ex-presidente de una famosa marca de refrescos, Bryan Dyson, hablando sobre la relación entre el trabajo y otros compromisos decía:

«Imaginen la vida como un juego en el que ustedes hacen malabarismos con cinco bolas que arrojan al aire: el trabajo, la familia, la salud, los amigos y el espíritu. De pronto se darán cuenta de que el trabajo es una bola de goma, si se cae, rebota.

Pero las otras cuatro bolas: familia, salud, amigos y espíritu, son de vidrio. Si se deja caer una de esas, va a quedar irrevocablemente dañada, rayada, rajada o rota. Nunca volverán a ser las mismas. Compréndanlo y busquen el equilibrio en la vida.

¿Cómo?

  • No disminuyan su propio valor comparándose con otros. Es porque somos diferentes que cada uno de nosotros es especial.
  • No fijen sus objetivos en razón de lo que otros consideran importante. Sólo ustedes están en condiciones de elegir lo que es mejor para ustedes.
  • No den por supuesto las cosas más queridas por su corazón. Apéguense a ellas como a la vida misma, porque sin ellas la vida carece de sentido.
  • No dejen que la vida se les escurra entre los dedos por vivir en el pasado o para el futuro.
  • No abandonen cuando todavía son capaces de un esfuerzo más. Nada termina hasta el momento en que uno deja de intentar.
  • No teman admitir que no son perfectos, ese es el frágil hilo que nos mantiene unidos.
  • No teman enfrentar riesgos, es corriendo riesgos que aprendemos a ser valientes.
  • No excluyan de sus vidas el amor diciendo que no lo pueden encontrar. La mejor forma de recibir amor es darlo. La forma más rápida de quedarse sin amor es aferrarlo demasiado. Y la mejor forma de mantener el amor es darle alas.
  • No corran tanto por la vida, que lleguen a olvidar no sólo donde han estado, sino también a dónde van.
  • No olviden que la mayor necesidad emocional de una persona es la de sentirse apreciado.
  • No teman aprender, el conocimiento es liviano, es un tesoro que se lleva fácilmente.
  • No usen imprudentemente el tiempo o las palabras, no se pueden recuperar.

La vida no es una carrera, sino un viaje que debe ser disfrutado a cada paso. El ayer es historia, el mañana es misterio y el Hoy es un regalo: por esa razón se llama «presente».

¡El cómo disfrutes el presente depende de ti! Suerte en la vida y en todo lo que hagas».

Tendamos la mano

El alcohol, la droga y tantas otras cosas son moneda corriente en el mundo en que vivimos, pero más allá de la enfermedad tendríamos que detenernos en los motivos que llevan a esas personas a beber, o a drogarse… Tal vez en lo más íntimo encontramos el secreto.

La soledad, el no sentirse importantes, útiles, necesarios…íntimamente genera un profundo dolor. Algunos logran convivir con ese dolor y otros prefieren escapar, no pensar.

Debemos mirar más allá de nosotros… Debemos tratar de ayudar. Tender la mano de una manera generosa.

Desde nuestros lugares podemos ayudar y rescatar a tantos que están paralizados en medio del camino.

No nos detengamos tanto en nosotros… Tratemos de mirar más allá… Sacrificarnos por los demás nos hace sentir completos y nos motiva a seguir alentando a otros a vivir.

Ayudemos a los demás, sembremos esperanza en aquellos corazones cuyos latidos parecen apagarse día a día ante la desvalorización y ante la falta de oportunidades…

Debemos comprender que el dolor de un ser humano es nuestro dolor como así también su risa es nuestra risa.


Graciela de Filippis