Pesimista y optimista

El pesimista debilita su capacidad y su voluntad al cargar con el peso inútil de los mensajes negativos que se crea. Con su ansiedad y negativismo no arregla ninguno de los problemas que él mismo se crea y se siente, a toda hora, cercado de amenazas de fracaso.

El optimista, en cambio, toma sus asuntos con calma y sabe que puede llevarlos a feliz término. Con suficiente confianza en Dios y en sí mismo, el optimista encuentra las orientaciones y la fuerza para lograr todo lo que se propone.

Tú… ¿con quién te identificas…?

La espiral de la queja

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A menudo quizá nos descubrimos quejándonos de pequeños rechazos, de faltas de consideración o de descuidos de los demás. Observamos en nuestro interior ese murmullo, ese gemido, ese lamento que crece y crece aunque no lo queramos. Y vemos que cuanto más nos refugiamos en él, peor nos sentimos; cuanto más lo analizamos, más razones aparecen para seguir quejándonos; cuanto más profundamente entramos en esas razones, más complicadas se vuelven.

Es la queja de un corazón que siente que nunca recibe lo que le corresponde. Una queja expresada de mil maneras, pero que siempre termina creando un fondo de amargura y de decepción.

Hay un enorme y oscuro poder en esa vehemente queja interior. Cada vez que una persona se deja seducir por esas ideas, se enreda un poco más en una espiral de rechazo interminable. La condena a otros, y la condena a uno mismo, crecen más y más. Se adentra en el laberinto de su propio descontento, hasta que al final puede sentirse la persona más incomprendida, rechazada y despreciada del mundo.

Además, quejarse es muchas veces contraproducente. Cuando nos lamentamos de algo con la esperanza de inspirar pena y así recibir una satisfacción, el resultado es con frecuencia lo contrario de lo que intentamos conseguir. La queja habitual conduce a más rechazo, pues es agotador convivir con alguien que tiende al victimismo, o que en todo ve desaires o menosprecios, o que espera de los demás —o de la vida en general— lo que de ordinario no se puede exigir. La raíz de esa frustración está no pocas veces en que esa persona se ve autodefraudada, y es difícil dar respuesta a sus quejas porque en el fondo a quien rechaza es a sí misma.

Una vez que la queja se hace fuerte en alguien – en su interior, o en su actitud exterior -, esa persona pierde la espontaneidad hasta el punto de que la alegría que observa en otros tiende a evocar en ella un sentimiento de tristeza, e incluso de rencor. Ante la alegría de los demás, enseguida empieza a sospechar. Alegría y resentimiento no puede coexistir: cuando hay resentimiento, la alegría, en vez de invitar a la alegría, origina un mayor rechazo.

Esa actitud de queja es aún más grave cuando va asociada a una referencia constante a la propia virtud, al supuesto propio buen hacer: «Yo hago esto, y lo otro, y estoy aquí trabajando, preocupándome de aquello, intentando eso otro… y en cambio él, o ella, mientras, se despreocupan, hacen el vago, van a lo suyo, son así o asá…».

Como ha escrito Henri J.M.Nouwen, son quejas y susceptibilidades que parecen estar misteriosamente ligadas a elogiables actitudes en uno mismo. Todo un estilo patológico de pensamiento que desespera enormemente a quien lo sufre. Justo en el momento en que quiere hablar o actuar desde la actitud más altruista y más digna, se encuentra atrapado por sentimientos de ira o de rencor. Cuanto más desinteresado pretende ser, más se obsesiona en que se valore lo que él hace. Cuanto más se esmera en hacer todo lo posible, más se pregunta por qué los demás no hacen lo mismo que él. Cuanto más generoso quiere mostrarse, más envidia siente por quienes se abandonan en el egoísmo.

Cuando se cae en esa espiral de crítica y de reproche, todo pierde su espontaneidad. El resentimiento bloquea la percepción, manifiesta envidia, se indigna constantemente porque no se le da lo que, según él, merece. Todo se convierte en sospechoso, calculado, lleno de segundas intenciones. El más mínimo movimiento reclama un contramovimiento. El más mínimo comentario debe ser analizado, el gesto más insignificante debe ser evaluado. La vida se convierte en una estrategia de agravios y reivindicaciones. En el fondo de todo aparece constantemente un yo resentido y quejoso.

¿Cuál es la solución a esto? Quizá lo mejor sea esforzarse en dar más entrada en uno mismo a la confianza y a la gratitud. Sabemos que gratitud y resentimiento no pueden coexistir. La disciplina de la gratitud es un esfuerzo explícito por recibir con alegría y serenidad lo que nos sucede. La gratitud implica una elección constante. Puedo elegir ser agradecido aunque mis emociones y sentimientos primarios estén impregnados de dolor. Es sorprendente la cantidad de veces en que podemos optar por la gratitud en vez de por la queja. Hay un dicho estonio que dice: «Quien no es agradecido en lo poco, tampoco lo será en lo mucho». Los pequeños actos de gratitud le hacen a uno agradecido. Sobre todo porque, poco a poco, nos hacen a uno ver que, si miramos las cosas con perspectiva, al final nos damos cuenta de que todo resulta ser para bien.


Alfonso Aguiló | Interrogantes.Net

Infelicidad

 

Algunas personas se acostumbran tanto a sentirse infelices que no se dan cuenta de la desdicha innecesaria que se causan a sí mismas. Construyen una prisión mental llenando su mente de resentimiento, odio, envidia y deseos. Pueden tolerar vivir una vida así, solamente porque están acostumbrados a esos pensamientos y creen que es el cuadro normal de la vida. Piensan equivocadamente que es imposible que la vida sea diferente.

Para la persona sabia, sin embargo, la vida está llena del placer de ganar conocimiento, hacer buenos hechos y desarrollar el carácter de uno mismo.

Dominando las actitudes, comportamientos e imágenes conducentes a la felicidad, vas a vivir una vida feliz. Esto toma esfuerzo, pero el precio que pagas por dominar la felicidad no es tan alto como el precio que pagas cuando vives una vida infeliz.

Si experimentas infelicidad innecesaria, pregúntate a ti mismo: ¿En qué estados quiero estar? ¿Qué puedo hacer para entrar en el estado que deseo experimentar ahora?

Una persona que se siente infeliz con frecuencia se debería preguntar a sí misma: ¿Qué cambios en mis pensamientos y en mis actitudes me van a permitir experimentar más felicidad? ¿Qué cambios en mi comportamiento y en mis acciones me van a permitir más felicidad? ¿Qué imágenes y visualizaciones me van a permitir experimentar más felicidad? ¿Qué cambios en mis relaciones me van a permitir experimentar más felicidad? ¿A quién puedo pedir ayuda para volverme una persona más feliz?


Zelig Pliskin

 

Cinco actitudes que te amargan la vida

Es más fácil amargarse la vida que desarrollar una actitud positiva. Cuando estamos inmersos en una situación adversa, es más sencillo notar los obstáculos que nos impiden continuar, que focalizarse en los aspectos positivos. Y es que para ver las oportunidades, necesitamos deshacernos del velo de negatividad que nos cubre, necesitamos dar un paso atrás para tomar distancia del problema y ver más allá de las dificultades.

Las actitudes que deberías desechar de tu vida

1. Compararte con los demás

Tenemos una tendencia innata a compararnos con los demás. De hecho, la comparación es una de las operaciones básicas de nuestro pensamiento, a través de la cual extraemos conclusiones. Comparamos dos objetos para determinar cuál es más grande y comparamos dos precios para saber cuál es más económico.

Sin embargo, el problema comienza cuando no logramos controlar la tendencia a compararnos con los demás. Las comparaciones continuas pueden dar lugar a una percepción deformada de nosotros mismos, haciéndonos sentir inferiores. Esas comparaciones pueden hacer que nos sintamos defraudados de nosotros mismos y que menospreciemos nuestros logros y esfuerzos.

Por eso, es importante ser conscientes de que todos somos diferentes y afrontamos circunstancias diversas a lo largo de la vida. Es fundamental aprender a vivir siguiendo nuestros propios sueños, determinando nuestras metas y, sobre todo, sintiéndonos satisfechos con lo que hemos logrado. Ten siempre en mente las palabras de Walt Whitman: «soy tan malo como el peor, pero gracias a Dios, soy tan bueno como el mejor».

En definitiva, no intentes ser mejor que nadie, sólo trabaja por ser la mejor versión de ti mismo.

2. Intentar ser perfecto

El perfeccionismo es un arma de doble filo que, en vez de permitirnos avanzar, nos mantiene dando vueltas en círculo. Intentar ser perfecto implica que, en el fondo, experimentamos una sensación de insuficiencia permanente. Cuando somos víctimas del perfeccionismo es porque creemos que existe algo erróneo en nosotros que debemos corregir, aunque no siempre sepamos muy bien de qué se trata.

Esa actitud nos conduce a desarrollar un nivel de autoexigencia demasiado elevado, que solo sirve para generar un estrés innecesario. Nos convertimos en jueces implacables de nosotros mismos, no nos sentimos satisfechos con nada de lo que logramos y nos mantenemos en un estado de tensión constante. El perfeccionismo nos lleva a menospreciar nuestros logros y centrarnos en los fallos, provocando una sensación permanente de insatisfacción.

En este caso, es importante aprender a abrazar los errores, comprender que estos no son buenos ni malos en sí mismos, sino simplemente oportunidades para aprender. Considera que a veces es mejor centrarse en el esfuerzo, más que en los resultados. Recuerda lo que dijo Erich Fromm: «si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que te falta tampoco lo serás».

3. Sentirte una víctima

El victimismo es una trampa que nos tendemos a nosotros mismos. Cuando asumimos el rol de víctimas, nos atamos de pies y manos, entregamos las riendas de nuestra vida al destino porque creemos que no hay nada que podamos hacer. Cuando nos lamentamos continuamente y asumimos la costumbre de regodearnos en la queja, exageramos lo negativo y pasamos por alto las cosas positivas, por lo que terminamos desarrollando una visión distorsionada de la realidad.

Cuando asumimos una actitud victimista negamos nuestra responsabilidad y culpamos a los demás por lo que nos sucede. De esta forma, sin darnos cuenta, nos estamos negando la posibilidad de cambiar porque desarrollamos un locus de control externo. Al pensar que las cosas que nos pasan dependen de los demás, no desarrollamos una actitud autocrítica, que es imprescindible para crecer como personas. A la larga, esta actitud solo puede conducirnos al resentimiento y la desesperación.

El primer paso para abandonar esta actitud consiste en comenzar a asumir la responsabilidad por nuestros actos, comprender que somos los protagonistas de nuestra vida y que no debemos ceder ese rol a nadie. El filósofo John Locke decía al respecto: «los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias».

4. Postergar las tareas

Todos, en algún que otro momento, hemos postergado alguna tarea, sólo porque no nos apetecía acometerla. Sin embargo, cuando la dilación se convierte en una actitud frecuente, cuando es una estrategia común en nuestro día a día, se convierte en un gran problema al que llamamos procrastinación. En su base se suelen esconder las dudas sobre nuestras capacidades o incluso el temor al fracaso.

Obviamente, evadir las tareas que debemos enfrentar y postergar las decisiones suele jugar en nuestra contra pues, aunque puede reportarnos un alivio momentáneo, a la larga los problemas serán mayores. Cuando las tareas se acumulan y se acerca la fecha límite, aumenta considerablemente el estrés y la ansiedad. Además, trabajar y decidir bajo presión no suele ser una buena idea porque nos veremos obligados a elegir cuando ya estamos con el agua al cuello.

Para abandonar esta actitud es importante comprender qué se esconde en la base de la postergación. Quizás lo hacemos porque no sabemos por dónde comenzar, porque la tarea es tan grande que nos agobia, porque no confiamos en nuestras capacidades o porque la decisión que debemos tomar va en contra de nuestros valores. Sea cual sea la causa, recuerda que «no hay mayor carga que la de una tarea no terminada», según afirmaba William James.

5. Anteponer las necesidades de los demás a las tuyas

Ser empáticos y tener en cuenta las necesidades de los demás son cualidades positivas que nos ayudan a cultivar las relaciones interpersonales. Sin embargo, todo tiene un límite y, cuando anteponemos continuamente las necesidades de los demás a las nuestras, abrimos las puertas a un sufrimiento inútil.

En muchos casos, detrás de esta actitud se esconde el miedo a quedarnos solos o a ser rechazados, dudamos de que las otras personas nos acepten tal como somos. En el fondo, priorizar continuamente las necesidades de los demás es expresión de una baja autoestima, pensamos que los demás valen más que nosotros y dejamos que sus necesidades prevalezcan, incluso por encima de nuestros derechos como persona. Sin embargo, al adoptar esta actitud no sólo nos anulamos como personas sino que incluso podemos llegar a perder el respeto de los demás.

Es importante comprender que, en algunos momentos, no es egoísta anteponer nuestras necesidades y cuidar de nosotros mismos. En este sentido, el poeta Arturo Graf nos indicaba que «si pretendes y te esfuerzas en agradar a todos, acabarás por no agradar a nadie». Por eso, la clave radica en saber qué queremos y sentirnos a gusto con nosotros mismos.


Rosario Linares | ElPradoPsicologos.Es

Somos la fuente de nuestras emociones

chica con expresion de tristeza

Podemos generarlas o cambiarlas en el momento que queramos. ¿Por qué, pues, no lo hacemos? Para la mayoría de nosotros, sentirnos mal es «natural» pero necesitamos una razón para sentirnos bien. No te hace falta una excusa para sentirte bien. Puedes decidirlo ahora mismo, sentirte bien sencillamente porque estás vivo, porque así te apetece, ni más ni menos. ¡No tienes que esperar a nada ni a nadie!

¿Cuál es la mejor manera de enfrentarse a las emociones negativas? Hay muchas respuestas comunes e ineficaces. Podemos no hacerles caso, evidentemente esto no las hará desaparecer. Podemos suprimirlas, pero saldrán por otro lado. Podemos regodearnos en ellas y hundirnos en la autocompasión, pero esto no mejora la situación. Podemos tratar de competir diciendo: ¿Crees que las cosas van mal? ¡A mí me van peor!

Evidentemente, la actitud más inteligente consiste en transformarlas enfrentándonos eficazmente a los problemas, buscando soluciones, usando nuestras emociones y aprendiendo de ellas para mejorar nuestra vida y la vida de aquellos que tenemos el privilegio de tener cerca.


Anthony Robbins

 

 

Prohibido quejarse

Pensaba que mi vida no estaba bien, hablé entonces con Dios y…

  • Me quejé de lo que me salió mal en el trabajo, pero no agradecí mis manos para trabajar.
  • Me quejé de tener que soportar el ruido de mis hermanos, mas no agradecí por tener una familia.
  • Me quejé cuando no había lo que me más me gustaba para comer, pero olvidé agradecer por tener que comer.
  • Me quejé por mi salario, cuando miles ni siquiera tienen uno.
  • Me quejé porque no apagaban la luz de mi cuarto al buscar unos libros, pero no pensé en que muchos no tienen hogar donde tener las luces encendidas.
  • Me quejé por no poder dormir 10 minutos más, olvidando a quienes darían todo por tener su cuerpo sano y poder levantarse.
  • Me quejé por tener que trabajar al día siguiente, olvidando que muchos no tienen trabajo que les permita llevar sustento a su familia.
  • Me quejé porque mi madre me reprendía, cuando millones desearían tenerla viva para poder honrarla y abrazarla.

Dios me mostró en aquel momento la verdad y entonces comprendí lo ingrato que había sido con Él, y comencé a agradecer por las cosas que había olvidado, y aún más aquellas por las que tanto me quejaba.


Anónimo