Relaciones adictivas, hay amores que matan

Dicen que el amor mueve al mundo y es por eso que todos soñamos con poder disfrutar de una relación idílica… Pero, ¿qué es realmente el amor?, ¿es una tormenta arrasadora o es un hermoso día despejado?

Por todas partes nos llegan modelos de lo que debe ser una relación de pareja, a partir de los cuales nos hacemos una idea propia de lo que es el amor. Estas ideas, lamentablemente, no siempre son las más sanas. Por eso, las creencias equivocadas pueden convertir a la pareja en una peligrosa droga, sin la cual la vida parece perder sentido.

Amor, yo sin ti no valgo nada

Los niños son como esponjas que absorben todo lo que ocurre a su alrededor. Así, si las relaciones en el hogar fueron una mezcla de amor y dolor, porque había maltrato, indiferencia o manipulación, es probable que se repitan los mismos patrones disfuncionales o que se generen otros diferentes, pero igualmente perjudiciales.

Esto ocurre porque automáticamente tendemos a buscar lo que nos resulta familiar, pues los modelos con los que crecimos dejan una huella profunda en nosotros.

Desafortunadamente, en infinidad de casos el amor se confunde con dependencia y las relaciones se tornan tóxicas. Esto ocurre cuando hay una autoestima baja y se cree que hay que buscar el amor fuera de uno mismo y conseguirlo a costa de la propia dignidad.

La comedia romántica versus la tragedia

En la vida real, las relaciones, al igual que ocurre en las historias que vemos a través de la pantalla, o en el teatro, obedecen a estos dos tipos básicos. Pero, ¿qué es lo que hace divertida a una comedia romántica? Es ese ingrediente especial, llamado sentido del humor, el cual hace que la relación sea ligera y alegre y que la pareja se divierta horrores.

En cambio, en una tragedia, el sentido del humor brilla por su ausencia, y la relación se toma demasiado en serio, tornándose pesada, dramática y lo que es peor, adictiva.

Hay varias «alertas rojas» que identifican a una relación adictiva, tales como la posesividad, la manipulación, el irrespeto, los celos desproporcionados, la descalificación, la dependencia, la inseguridad y el maltrato.

En realidad, lo que todas estas señales tienen en común es el miedo a no ser amado ni aceptado tal como uno es. Por ese motivo se juega un rol, ya sea de sumisión o de dominación, para intentar controlar al otro y así seguir obteniendo la tan deseada «droga»: afecto y atención.

El secreto

Hay una clave para protagonizar una divertida comedia romántica, en vez de una dolorosa tragedia, y es saber que la fuente de amor está dentro de nosotros mismos, no fuera.

Cuando tenemos esta certeza, comprendemos que, independientemente de las personas que pasen por nuestra vida, vamos a estar bien, porque somos capaces de darnos a nosotros mismos el cariño, el cuidado, la compasión y la aceptación que necesitamos.

En cambio, si ponemos la fuente de estima en otra persona, la sola idea de perderla es devastadora y hacemos cualquier cosa por recibir esa engañosa dosis de afecto, llegando a cualquier extremo. Exactamente igual que lo haría una persona con problemas de dependencia a una droga.

Entonces, no hace falta contorsionarse para obtener la «droga» del amor de otra persona, ya que esto, paradójicamente, sólo lograría el efecto contrario. Sólo hace falta que sepas que eres merecedor de cariño tal y como eres, que lo expreses y lo demuestres constantemente.

Una persona segura de sí misma irradia un encanto verdaderamente irresistible. Por lo tanto, comienza por amarte a ti mismo; eso atraerá, por añadidura, a la pareja «ideal» que estás buscando.


Paula Aroca | LaMenteEsMaravillosa.Com

Vivir juntos toda la vida

Hay una pregunta que me planteo acto seguido: ¿por qué los hombres fallan en su amor? ¿Por qué es tan difícil vivir juntos todos los días?

Creo que muchas veces nos mentimos a nosotros mismos. Pretendemos amar al otro pero nos limitamos a amarnos a nosotros mismos, a nuestro «yo».

Espero demasiado del otro. El otro debe ser amable.

El otro debe ponerme por las nubes, debe llevarme en bandeja, no debe enfadarme, no debe reñirme.

Al menor desencanto me siento herido en mi amor. Pensamos demasiado poco, o casi nada, en lo que podemos dar o hacer por el otro.

No digas demasiado aprisa: «¡No me quieres!», al menos hasta que tú no lo hayas dado todo.


Phil Bosmans

¿Por qué nos relacionamos?

La vida está basada en la capacidad de relacionarnos.

Estamos habituados en aplicar el término «relación» a la interacción entre dos personas o más pero el relacionarse es parte inherente de la vida. Todas las manifestaciones de vida se relacionan de alguna forma para poder expresarse. Dentro de la evolución, la forma más pasiva es la del mineral, pero aun así se deja percibir, utilizar, admirar como puede ser un brillante, un zafiro, un rubí, una joya. Le sigue el animal que es una forma más dinámica pues interactúa con otros animales, con la naturaleza, con los seres humanos como por ejemplo: el perro con su amo. Luego, está el ser humano donde se manifiestan diferentes formas de relacionarse pero que requiere de la interacción para subsistir. Si el ser humano no se relaciona muere, por ejemplo: Un bebé si no se relaciona con la madre o con otra figura adulta protectora no subsiste por sí solo. Por ello, manteniendo el recuerdo de la necesidad de sobrevivencia, muchas personas eligen perpetuar una relación destructiva, antes de no relacionarse, pues en el momento que se relacionan viven. Por ejemplo: Una pareja que permite atropello físico o verbal porque en el fondo prefieren tener una relación abusiva que no tener ninguna. La calidad de la relación va a depender de la actitud con que se aborde.

Las relaciones humanas interpersonales representan el gran reto para el individuo y sólo a través del Amor es que podemos relacionarnos plenamente donde podemos fusionar nuestras conciencias individuales y contactar la unidad. La verdadera razón para relacionarnos es poder regresar a la unidad de donde se parte, habiendo asimilado las vivencias, re descubriendo en el otro la condición divina. Par ello, requerimos relacionarnos. Es a través del contacto, del placer, del gozo que nos integramos a la unidad pero la mente y las emociones no clarificadas ni canalizadas nublan el camino para hacerlo. Por ejemplo: El temor que sentimos a no ser amados, a ser rechazados nos hace dudar de nuestra capacidad de lograr sostener una relación de amor. El encontrar la capacidad de amar, nace de la voluntad y disponibilidad que tengamos.

En el relacionarse con los demás es cuando los conflictos no resueltos de la mente se activan, por ello, muchas personas creen que si no se relacionan sentimentalmente no tendrán problemas mayores debido a que considera que el roce de la incomodidad sólo se presenta con la presencia de otra persona cuando en realidad, las relaciones son un termómetro de nuestro estado interno Por ello, la fricción de la interacción es el activador del autoconocimiento porque primero el conflicto tiene que estar adentro para que se pueda manifestar afuera a través de otra persona. El evadir relacionarse sentimentalmente y sacrificar la plenitud del contacto perpetúa los problemas internos pues no son puestos en evidencia. En la medida que no estemos dispuestos a solventar los conflictos emocionales no se pueden tener relaciones significativas, duraderas, nutritivas.

La mayoría de las personas sólo se relacionan a través del intercambio de ideas, del placer sexual pero esa atracción no garantiza una comunicación profunda ni una relación duradera sino más bien un momento de proximidad que nos aleje de la soledad que probablemente en ese momento estemos sintiendo. Este tipo de relaciones pueden ser distraídas y placenteras pero tarde o temprano entrarán en conflicto pues el verdadero Ser no se ha revelado por temor a ser expuesto, a mostrar los conflictos y ser rechazado.

El verdadero ingrediente para tener una relación significativa es ser genuino, abierto. Es bajar las defensas, permitirse involucrarse, ser vulnerable, envolverse en el sentir. Para ello, hay que darse permiso de conocerse a sí mismo porque ¿cómo se puede comunicar a los demás lo que o no nos atrevemos a comunicar a nosotros mismos? ¿Cómo puedes hablar de tus necesidades con tu pareja si no las has reconocido primero?

Date el permiso de sentirte para que puedas sentir plenamente la integración con tu pareja.


María Dolores Paoli | Psicóloga y autora del libro Niños Índigos: Nuevo Paso en la Evolución.

El tiempo es la mejor expresión del amor

Es posible evaluar la importancia que le asignamos a algo considerando el tiempo que estamos dispuestos a dedicarle. Cuanto más tiempo le dedicamos a algo, más evidente resulta la relevancia y el valor que tiene para nosotros. Si quieres conocer las prioridades de una persona, fíjate en cómo usa el tiempo.

El tiempo es el regalo más preciado que tenemos porque es limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida que nunca podremos recuperar. Nuestro tiempo es nuestra vida. El mejor regalo que le puedes dar a alguien es tu tiempo.

No es suficiente decir que las relaciones son importantes; debemos demostrarlo en acciones, invirtiendo tiempo en ellas. Las palabras por sí solas nada valen: Amigos míos, no solamente debemos decir que amamos, sino que debemos demostrarlo por medio de lo que hacemos.

Las relaciones exigen tiempo y esfuerzo. Amor se deletrea así: T – I – E – M – P – O.

La esencia del amor no es lo que pensamos o hacemos o aportamos a los demás, antes bien, es cuánto entregamos de nosotros mismos. A los hombres, en particular, les cuesta entender esto. Muchos me han dicho: «No puedo entender a mi esposa ni a mis hijos. Les proveo todo lo que necesitan. ¿Qué más quieren?» ¡Te quieren a ti! Quieren tus ojos, tus oídos, tu tiempo, tu atención, tu presencia, tu interés: tu tiempo. No hay nada que pueda suplir eso.

El mejor regalo de amor no son los diamantes ni las rosas ni los dulces. Es brindar tu concentración. El amor se concentra tanto en otra persona que por un instante uno se olvida quién es. La atención dice: «Te valoro tanto que te entrego mi bien más valioso: mi tiempo». Siempre que dediques de tu tiempo, estarás haciendo un sacrificio, y el sacrificio es la esencia del amor.

Es posible dar sin amar, pero no se puede amar sin dar. Amar es entregarse: dejar de lado mis preferencias, comodidad, objetivos personales, seguridad, dinero, energía y tiempo para el beneficio de otra persona.

Los que ven el árbol

Pobres son los que sólo ven el árbol cuando tiene manzanas. La verdad necesita pocas cosas y pocas palabras, como el amor. Para los corazones pequeños todas las penas son grandes. Nada como verse hermoso en el espejo de la conciencia. La curiosidad encuentra más cosas que la costumbre. En la tranquilidad que continúa. A la oración comienza la respuesta de Dios.

La conciencia es la presencia de Dios en cada hombre, por eso es desdichado el que no la escucha. Cuando el corazón llora sobre lo perdido, el espíritu ríe sobre lo encontrado. El sufrimiento nos hace piadosos, valientes y humildes, entonces es un maestro, no un castigo. Dios no abandona a sus hijos, te puede faltar el marido de tu madre, pero tu Padre jamás, por eso es una infamia decir que hay huérfanos.

No hay nada más espléndido que ser un hombre verdadero ni ciencia más importante que saber vivir. No hay que ser pobre para alegrar a Dios porque Él no tiene problemas sociales, por eso el sol y la lluvia son para todos.

Dios te quiere feliz, y para ser feliz hay que hacer lo que uno ama, y el amor te acerca a todo porque el amor es valiente (el amor es la antítesis del miedo). Para vivir mejor hay que ser mejor, nadie puede hacerlo por ti (si cada uno cuidara su árbol, el bosque sería maravilloso).

El maestro baja al discípulo cuando el discípulo está preparado para recibir al maestro. El que no está dispuesto a perderlo todo, no está preparado para ganar nada. La vida es abundancia porque Dios es abundancia, entonces la pobreza no es una virtud, salvo que favorezca tu libertad.

Goza las cosas, pero no te encadenes a ellas porque cuando llegue la hora de la mudanza que algunos llaman muerte, el campesino tendrá que dejar el arado, el carpintero el martillo, el soldado el fusil, entonces ¿para qué preocuparse por las cosas que tendremos que dejar aquí?

No escuches el mal, no digas el mal y no harás el mal. El bien se alimenta de sí mismo y el mal se destruye a sí mismo (el tumor te mata, pero muere contigo). Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que construyen la vida.

Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno, serían buenos, aunque sea por negocio. El día del Juicio Final, el Señor no nos juzgará uno por uno sino el promedio, entonces estamos salvados porque la mayoría es buena gente.


Facundo Cabral

La promesa cumplida

La cita a la que iba era muy importante; se había hecho tarde y estaba completamente perdido. Dominando mi orgullo masculino, comencé a buscar un lugar dónde pedir información; una estación de servicio, tal vez. Dado que había cruzado la ciudad de una punta a la otra, el indicador de combustible estaba muy bajo y el tiempo apremiaba.

Delante del cuartel de bomberos, noté el reflejo ambarino de una luz. ¿Qué mejor lugar para averiguar una dirección?

Bajé rápidamente del auto y crucé la calle hacia allí. Las tres puertas estaban abiertas de par en par y por ellas se veían las rojas auto bombas con las puertas abiertas, los cromos relucientes, a la espera del momento en que sonara la campana.

Una vez dentro, me invadió el olor del cuartel. Un olor mezcla de mangueras que se secaban en la torre, enormes botas de goma y cascos. Aquel vaho, mezclado con el de los pisos recién lavados y los camiones lustrados, producían ese misterioso aroma típico de todos los cuarteles de bomberos. Aminoré el paso, respiré hondo y, al cerrar los ojos, me sentí transportado a mi niñez, al cuartel de bomberos donde mi padre trabajó durante treinta y cinco años como jefe de mantenimiento.

Miré hacia el fondo del cuartel y allí estaba, lanzando chispas doradas al cielo, el poste de incendios. Cierto día, mi padre dejó que mi hermano Jay y yo nos deslizáramos dos veces por el poste. En el rincón del cuartel se encontraba el deslizador que usaban para meterse debajo de los camiones cuando los reparaban. Mi padre solía decir: «Agárrate», y me hacía girar una y otra vez hasta que me sentía mareado como un marinero borracho. Era más divertido que ningún juego de hamacas voladoras que yo hubiera conocido.

Junto al deslizador había una vieja máquina expendedora de Coca-Cola, con el logo clásico de la marca. Todavía proveía esas botellitas verdes originales, pero ahora costaban treinta y cinco centavos en lugar de diez, como entonces. Las visitas al cuartel de papá siempre culminaban con un paseo hasta la expendedora, lo cual representaba una botella de gaseosa para mí solo.

Cuando tenía diez años fui con dos amigos al cuartel para lucirme con mi papá y para sacarle algunas gaseosas. Después de mostrarles el cuartel a los chicos, le pregunté a papá si podíamos tomar una bebida cada uno antes de volver a casa para almorzar.

Ese día detecté una leve vacilación en la voz de papá, pero respondió: «Cómo no», y nos dio a cada uno una moneda de diez centavos. Corrimos hasta la máquina expendedora para ver si alguna botella tenía la tapa con la estrella grabada adentro.

¡Qué día de suerte! Mi tapita tenía la estrella. Me faltaban sólo dos más para ganar la gorra de Davy Crockett.

Después de dar las gracias a papá, salimos rumbo a casa para almorzar y pasar la tarde nadando.

Aquel día volví temprano del lago; al entrar en el vestíbulo oí que mis padres estaban hablando. Mamá parecía disgustada con papá. Y entonces oí mi nombre.

– Tendrías que haberles dicho que no tenías dinero para gaseosas. Brian habría comprendido. Esa plata era para tu almuerzo. Los chicos deben entender que no tenemos dinero de sobra y tú necesitas comer.

Papá, como de costumbre, se encogió de hombros.

Antes de que mi madre supiera que había escuchado la conversación, subí corriendo las escaleras hasta la habitación que compartía con mis cuatro hermanos.

Di vuelta mis bolsillos; la tapa de la botella que había causado tantos problemas cayó al suelo. Mientras la levantaba, dispuesto a ponerla con las otras siete, me di cuenta del sacrificio que esa tapa había significado para mi padre.

Esa noche hice una promesa de compensación: algún día podría decirle a papá que supe del sacrificio que hizo aquella tarde, y tantos otros días, y que jamás lo olvidaría.

Papá sufrió el primer ataque al corazón cuando aún era joven, a los cuarenta y siete años. Pienso que el ritmo que impuso a su vida, trabajando en tres lugares distintos para mantenerlos a los nueve, fue demasiado para él. La noche en que mis padres cumplían sus bodas de plata, rodeados por toda la familia, el más grande, fuerte y ruidoso de todos nosotros mostró la primera grieta en la armadura que, de chicos, creíamos impenetrable.

Durante los ocho años siguientes mi padre continuó presentando batalla; llegó a sufrir tres ataques cardíacos, hasta que terminó con un marcapasos.

Una tarde, su vieja camioneta azul se descompuso y él me llamó para que lo llevara al médico, a hacerse el control anual. Al entrar en el cuartel vi afuera a mi padre con todos sus compañeros, arracimados alrededor de un flamante camión pick-up Ford color azul brillante. Comenté que era muy lindo y papá me dijo que pensaba tener algún día un camión así.

Soltamos la risa. Ese había sido siempre su sueño… y parecía inaccesible.

A esa altura de mi vida me iba bien en los negocios, lo mismo que a mis hermanos. Ofrecimos comprarle un camión entre todos, pero él lo expresó con toda claridad:

– Si no lo pago yo, no me parecerá mío.

Cuando papá salió del consultorio, supuse que el aspecto gris y pastoso de su cara se debía a tantos pinchazos y sondeos.

– Vámonos- fue todo lo que dijo.

Al subir al auto comprendí que algo andaba mal. Viajamos en silencio; yo sabía que papá me diría a su modo cuál era el problema.

Hice un rodeo hasta el cuartel. Pasamos frente a nuestra vieja casa, el campo de juegos, el lago y el negocio de la esquina; mi padre comenzó a hablar del pasado y de los recuerdos que cada uno de esos lugares le traía.

Entonces supe que se estaba muriendo. Me miró e hizo un gesto con la cabeza. Comprendí.

Nos detuvimos en la heladería Cabot para tomar un helado juntos, por primera vez en quince años. Y hablamos, ¡cuánto hablamos ese día! Me dijo que estaba orgulloso de todos nosotros y que no tenía miedo de morir. Su temor era dejar sola a mi madre.

Me reí entre dientes. Nunca había visto a un hombre tan enamorado de su mujer como mi papá.

Ese día me hizo prometer que no diría a nadie lo de su muerte inminente. Accedí, aun sabiendo que ése sería uno de los secretos más difíciles de guardar.

Por entonces, mi esposa y yo estábamos a la búsqueda de un auto o una camioneta nueva. Como mi padre conocía al vendedor de una concesionaria, en Wayland, le pregunté si podía acompañarme para ver qué tipo de vehículo podría conseguir si entregaba el viejo como parte de pago.

Cuando entramos en el salón de ventas, descubrí a papá mirando una hermosísima pick-up marrón chocolate metalizado, completamente equipada. Lo vi deslizar la mano por el vehículo, como un escultor que inspeccionara su obra.

– Creo que tengo que comprar una camioneta, papá. Quiero algo chico y de buen rendimiento.

Mientras el vendedor iba en busca de la patente provisoria, sugerí a mi padre que sacáramos la pick-up marrón para dar una vuelta.

– No puedes permitirte ese lujo – me advirtió.

– Lo sé, y tú también lo sabes, pero el vendedor no – respondí.

Salimos a la ruta con papá al volante, riendo como dos chicos por la jugarreta que habíamos hecho. Condujo unos diez minutos, elogiando su andar, mientras yo jugueteaba con todos los botones.

Cuando volvimos al salón de exposición, sacamos una pequeña camioneta Sundower azul. Papá dijo que esa camioneta era mucho mejor para ir y venir entre la ciudad y el suburbio, pues ahorraría mucha nafta en mis largos recorridos. Estuve de acuerdo y, al volver, cerré trato con el vendedor.

Algunas noches después llamé a mi padre para preguntarle si no quería acompañarme a retirar la camioneta.

Creo que, si aceptó tan deprisa fue para poder echarle una última mirada a «su» pick-up, como él la llamaba.

Al frenar en el patio del concesionario, vimos mi pequeña Sundower azul con el cartel de Vendido. Al lado estaba la pick-up marrón, bien lavada y reluciente, con otro gran cartel de Vendido en la ventanilla.

Miré de reojo a mi padre y vi la desilusión dibujada en su cara.

– Alguien va a llevarse una hermosa camioneta – comentó.

Me limité a asentir, mientras le decía:

– Papá, ¿quieres entrar y decirle al vendedor que vuelvo en cuanto estacione el auto?

Al pasar junto a la camioneta marrón, mi padre deslizó la mano por la superficie; volví a ver su expresión decepcionada.

Llevé el auto hasta el lado opuesto del edificio y, por la ventanilla, observé a ese hombre que lo había dado todo por su familia. Vi que el vendedor lo hacía entrar y le entregaba el juego de llaves de su camioneta marrón, explicándole que yo la había comprado para él, que sería un secreto entre los dos.

Papá miró por la ventana y nuestros ojos se encontraron; los dos asentimos riendo.

Esa noche, cuando papá llegó, yo estaba sentado a la puerta de mi casa. Le di un gran abrazo, lo besé, le dije cuánto lo quería, y le recordé que ése era un secreto entre los dos.

Luego salimos a dar un paseo. Papá me dijo que entendía lo de la pick-up. Lo que no entendía era qué significaba esa tapita de Coca-Cola, con una estrella en el centro, adherida al volante.


Brian Keefe

Oasis

Hace años un estudioso de la energía y las plantas llamado Luther Burbank logró cosas asombrosas con unos cactus.

Como buen enamorado de la naturaleza dedicaba buen tiempo a hablar con esas plantas y les decía: «No tienen nada que temer, las espinas no les hacen falta porque yo siempre las voy a proteger».

Además las trataba con cariño, las cuidaba y siempre les enviaba toda su energía amorosa.

Pues bien, aunque algunos no lo crean, Luther Burbank logró algo que en realidad parece inverosímil: Con el tiempo esos cactus tuvieron unos brotes que dieron origen a una variedad sin espinas.

De hecho, Burbank se hizo famoso hace años con sus curiosos experimentos sobre la sensibilidad de las plantas.

Y hablo de esto sólo para sembrar una inquietud: ¿qué no podrás lograr contigo y los que amas si de verdad lo quieres e insistes?


Gonzalo Gallo González

Un amor menor

A veces, nos pasamos la vida pendientes de otras personas.

Atentos a su más leve súplica o gemido. Colmando sus pequeñas exigencias, arañando al mundo para cumplir sus deseos.

Y no sólo para que sean felices y se sientan bien, sino para complacerlas y hacer que nos miren… que nos vean.

Lo podemos hacer llegar al extremo, al exceso… sobrecargarnos de la necesidad de existir a través de sus ojos y aceptar sus miradas como las únicas válidas.

Cedemos el primer día un minuto de nuestro tiempo y despertamos años más tarde con siglos perdidos de caricias, de respuestas, buscando aprobación y suplicando un cariño que no es tal porque lo hemos dado a cambio de nada… y esa persona ha creído que era gratuito, que no merecía canje.

Vendemos nuestra ilusión, nuestras ganas y nuestras inquietudes tan baratas que parece que no merezcan la pena.

Y ese reloj que corre para indicarnos los momentos regalados a cambio de indiferencia nos recuerda que lo único que conseguiremos de esa maniobra tremenda que es el borrarse a uno mismo es un «casi amor».

Unas migajas de amor que siquiera llegan juntas y el mismo día, están dispersas en el tiempo y el espacio, no cunden… no juntan un puñado de buenos momentos, saben a lágrimas y son bocados entrecortados para alguien hambriento que merece saciarse porque sacia mucho, porque se da por entero y recibe una especie de sucedáneo.

Un placebo que procura algunos instantes de euforia porque se parece al cariño, al respeto, a la compañía, pero que es exigencia, cierta tiranía y pura necesidad. Y no nos queda ni el consuelo de echar culpas. No existen las culpas. La responsabilidad es nuestra, toda. Nosotros cruzamos líneas y toleramos despechos. Subimos montañas imposibles y bajamos a lo más ínfimo por decisión propia. Somos lo que hemos consentido ser.


Mercè Roura

Cuando el amor te llame

Cuando el amor te llame, síguelo;

aunque sus caminos sean arduos y penosos.

Y aunque sus alas te envuelvan, entrégate a él;

aunque la espada escondida bajo su plumaje pueda herirte.

Cuando el amor te hable, cree ciegamente en él;

aunque su voz derribe tus sueños

como el viento destroza los jardines.

Porque si el amor te hace crecer y florecer,

él mismo te podará.

Y nunca te creas capacitado para dirigir el curso del amor,

porque el amor, si te considera digno de sí,

dirigirá tu curso por los caminos de la vida.

Esto hará el amor en ti

para que conozcas los secretos del corazón.

Por eso, cuando ames, no debes decir:

«Dios está en mi corazón», es mejor decir:

«Estoy en el corazón de Dios».

Y así, despierta cada amanecer,

con el corazón agradecido por un día más de amor;

al mediodía, reposa y medita sobre la plenitud del amor;

cuando decline el día,

da gracias al regresar a tu hogar;

y duerme luego, con una plegaria

en tus labios por el ser amado,

y una oración de alabanza a Dios

en tu corazón.

Gibrán Jalil Gibrán

Sembradores de esperanza

Cuando nuestra fe es firme, dejamos de ser profetas de calamidades y nos convertimos en sembradores de esperanza y constructores de un mundo más justo y fraterno. Si quieres que el país cambie, no te limites a lamentarte, haz algo. Con quejas y críticas aumentas la oscuridad; con buenas obras brilla la luz. Anímate a dar claridad con actos de amor. Cuando muere la injusticia nace la concordia. Comparte con el pobre, alegra al triste, anima al abatido, fortalece al débil, comprende al que yerra. Cada gesto de amor es un paso hacia la paz.

Depende de todos nosotros crear una sociedad fraterna con el poder del amor, la verdad y la justicia. Necesitamos del civismo que nos permite convivir en armonía. Hagamos nuestro el pensamiento de Charles Chaplin: «Unámonos todos, luchemos por un mundo nuevo y digno. Unámonos para liberar al mundo, para terminar con la codicia, con el odio y con la intolerancia».


Gonzalo Gallo González

Amor de pareja

Mucho se ha escrito en la literatura sobre el amor en la pareja, al igual que lo que se ha producido en televisión y cine sobre el amor de pareja. En general mucho de lo que se ha escrito y producido en los últimos años está muy influenciado por la cultura al estilo Hollywood. Esta cultura define el amor basada en lo atractivo de la personalidad, en las características externas: atractivo físico, carisma e imagen. Esta cultura está preñada de definiciones superficiales, y fomenta un amor sentimentaloide y basado en un romanticismo cursi, reduciendo el amor a un simple sentimiento. Pero el amor es más que un sentimiento.

Con frecuencia he dialogado con matrimonios y me ha sido doloroso escuchar de ellos frases tales como: «el problema es que ya no nos amamos». Me pregunto, y pregunto a estas parejas: ¿cómo es ya no se aman? Si su definición del amor está basada en las características de la personalidad (imagen, apariencia física) o el beneficio que se puede esperar de la relación, o en la emoción que sienten en un momento determinado (alegría o placer vs. decepción o dolor) es fácil llegar a esa conclusión.

Aquí es donde muchos matrimonios se equivocan seriamente. Muchos matrimonios viven con una definición del amor centrada en «lo que el otro me aporta o hace por mí», desarrollando un amor condicional al que yo llamo amor sí. Este tipo de amor antepone siempre el condicional SI. «Si me amas te amo»; «si tratas de agradarme, yo haré lo mismo». Este tipo de amor nunca da nada sin recibir algo primero; siempre busca la «reciprocidad». Es un amor utilitario, además de egoísta, posesivo y egocéntrico. Busca, en palabras de Erich Fromm «lograr un intercambio mutuamente favorable».

Otros matrimonios basan su amor en los méritos o cualidades (generalmente rasgos externos de la personalidad). Yo llamo a este tipo de amor, amor porque. Este tipo de amor es menos egoísta, pero sigue siéndolo. Es un amor interesado. «Te amo porque eres atractivo(a)»; «te amo porque eres rico(a)»; «te amo porque tienes una profesión y eres inteligente». Este tipo de amor ama por lo que la persona es o tiene en un momento determinado; pero ¿qué pasa cuando no hay riqueza o se acaba la juventud o la belleza física?, entonces ya no se es capaz de amar. Este tipo de amor al igual que el amor sí tiende a ser temporal.

Prefiero definir el amor más bien según la definición bíblica. Cuando la Biblia usa la palabra amor para referirse al amor con que se necesitan amar la pareja, usan la palabra ágape (ver ejemplo en Efesios 5), que se usa para definir el amor incondicional de Dios. Esta palabra define el amor en términos espirituales – sin excluir el amor romántico en el caso del hombre y la mujer – como un amor altruista, sacrificial, abnegado, que busca dar más que recibir. En este caso podemos definir el amor ágape como un amor a pesar de. Este amor se niega a sí mismo y busca el bienestar de la persona amada, busca la manera de complacer a su cónyuge antes que agradarse a sí mismo(a). Este amor considera las necesidades de la otra persona, antes que las necesidades suyas propias. Su interés no es la explotación, ni conseguir cosas de la otra persona, sino contribuir a la felicidad y el bienestar de la otra persona.

El Amor es una decisión

La definición del amor ágape según la Biblia se aproxima más a una actitud que a una emoción. El amor es una elección; es algo que usted decide hacer, que se demuestra de manera práctica. En relación con el amor, la regla es primero ocurre la acción y luego la emoción se alinea a esa acción.

Muchas parejas al definir el amor como una emoción, esperan que «la emoción del amor vuelva por sí misma», cuando se percibe que se ha ido. Pero las emociones no se reparan por su propia cuenta, tienen que ser restablecidas por actos apropiados – actos amatorios.

Amar a la pareja significa tomar la decisión de darles lo que sea necesario a fin de edificar y desarrollar su vida. Si no sentimos «la emoción del amor», no es que nuestro amor está agotado. Muchos consideran que el amor es una respuesta visceral. Si el corazón no acelera su latido y no se activa el sistema glandular, tienen dudas respecto a la validez de su amor. La respuesta emocional está bien, pero su presencia no significa amor. El amor no se trata de preferencias o emociones, sino de lo que hacemos y cómo nos relacionamos con las personas. El amor trata de compromisos, comportamientos y decisiones. Amamos porque decidimos comprometernos y expresar actitudes y acciones amatorias. Vale decir, elegimos construir el amor.

El Amor es un arte

Ahora esa elección tiene un costo. No es algo con lo que nos tropezamos si tenemos suerte, o que es cuestión del azar, tampoco es una sensación placentera que surge por generación espontánea. Es un arte, y como todo arte requiere esfuerzo y conocimiento; requiere práctica y dedicación para desarrollar la capacidad de amar. El amor es fruto del aprendizaje que se da en una pareja. El amor es un arte que se aprende cada día.

El Amor es un constructo (una creación)

El amor es un arte por el que se opta desarrollar. Según el Dr. Alexander Lowen, las personas se movilizan tratando de evitar el dolor o buscando el placer. Así si una persona le ha causado dolor o tiene la expectativa de producírselo, tiende a construir odio. Por el contrario, si le ha ocasionado placer / bienestar o tiene como expectativa que se lo puede generar, tenderá a construir amor. En todo caso tanto el odio como el amor, son constructos – elecciones que las personas hacen. Aun cuando el amor pueda tener una base emocional, es una elección, una decisión personal que emana de un carácter maduro. La persona puede decidir construir amor y no odio a pesar del contexto de dolor que el otro le genera, a fin y al cabo el amor es una decisión, un acto de la voluntad que está por encima de las emociones. La pregunta clave es: ¿qué ha decidido construir usted?

El Amor es un don

Por otra parte, el amor genuino es un don que damos a otros. No es comprado por sus acciones, ni depende de nuestras emociones del momento. Puede tener fuertes sentimientos emocionales, pero no se apoya en ellos. Antes bien, el amor es una decisión que tomamos cada día; decisión de que alguien es especial y de mucho valor para nosotros. Decisión que tomamos antes de que pongamos el amor en acción. Esta decisión no está necesariamente fundada en los méritos de la persona amada, ni en la reciprocidad que recibimos del otro (a), pues es un don – un regalo, aun cuando necesitamos reconocer que el ser correspondido alimenta (nutre, fortalece) la decisión de amar al otro.

El Amor es una fuerza transformadora

El amor moviliza tanto al que ama como al objeto del amor. Transforma al que lo ejerce, pero también produce cambios en aquel que es amado. Dice Erich Fromm: «El amor intenta entender, convencer, vivificar. Por este motivo el que ama se transforma constantemente. Capta más, observa más, es más productivo, es más él mismo».

El amor también es la solución para el egoísmo, la indiferencia, la indolencia y la pasividad.

Nuestras relaciones de pareja se beneficiarían si entendiéramos el amor como un arte que requiere aprendizaje, que requiere esfuerzo para consolidarlo y fortalecerlo. Si concibiéramos el amor con una elección más que como una mera emoción, entonces, cuando surjan los conflictos y desavenencias en la relación, nos dispondríamos a reparar las grietas por donde se escapa el amor, a través de actitudes y acciones amatorias, y no nos quedaríamos esperando hasta que aparezca el supuesto «sentimiento del amor».

El Amor es un producto de las relaciones

Necesitamos, pues, intencionalmente invertir en tiempo, espacio y recursos para compartir con otros, para cultivar las relaciones. Si se quiere crecer en el amor se debe invertir para desarrollarlo. No se aprende a amar en aislamiento. Se requiere, entonces, darle prioridad a las relaciones. En medio de las agitadas y repletas agendas esto puede ser todo un desafío. Dice Rick Warren: «En ocasiones nos conducimos como si las relaciones fueran algo que conseguimos introducir en nuestros planes. Hablamos de hallar tiempo para nuestros hijos o de hacer tiempo para las personas en nuestra vida. Damos la impresión de que las relaciones son apenas una parte de nuestra vida, junto con otras ocupaciones».

El amor crece y se expresa a través de la calidad de los vínculos y contactos que se establecen en la familia y en la pareja. El amor se construye, se da y se recibe, desde la cercanía y la intimidad, desde el reconocimiento de la necesidad propia y del otro de amarse.

No se ama por deber o por responsabilidad, se ama como resultado de haber compartido la vida; por la decisión intencional de construir una relación y unos vínculos que facilitan, promueven y permiten la formación del amor, como realidad en el contexto de una pareja.

Sin la presencia y el contacto con el otro(a) se hace difícil que el amor crezca, madure y se consolide. Para que el amor surja se precisa de la creación de una relación, unos vínculos y un contexto (tiempo, espacio, oportunidades, etc.) dónde crecer.

Los cónyuges necesitan invertir tiempo para hacer juntos cosas, para crear el ambiente donde aprender a amar y a fortalecer ese amor. El amor requiere de contacto intencional, en lo emocional, en lo corporal, en lo intelectual y en lo espiritual. Se requiere de la disposición y el tiempo para compartir, crecer, aprender y hacer con el otro(a), para que el amor madure y se fortalezca. Se llega a amar como consecuencia de experimentar – vivenciar con el otro(a), en la cotidianidad, en el quehacer diario y aún en medio de las crisis.

El amor es como los caminos. Para conocerlos hay que transitarlo y, en el caso de la pareja, transitarlo con el otro(a).


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

Eres importante

 «He conocido el amor de amigos, el amor de los padres, el amor romántico, el amor familiar y el amor no correspondido en mi tiempo de vida, pero el único amor que hizo la diferencia fue el amor propio. No es necesario que el mundo ni nadie te confirme que eres importante. Simplemente lo eres. Cuando finalmente crees esa verdad y la vives, ¡entonces puedes hacer cosas increíbles con tu vida!»

SHANNON L. ALDER | Escritora estadounidense.

La fuerza del amor

El núcleo del amor es la fuerza, el valor que mostramos para luchar por lo que amamos, la fortaleza para defender lo que más apreciamos, enfrentar desafíos, superar barreras, derribar obstáculos.

Cuando el amor es auténtico surge con la fuerza de la audacia, el atrevimiento, la osadía que nos lanza a correr riesgos para conquistar lo que amamos; es en esa entrega sin condiciones donde surgen fortalezas donde antes no las había.

El amor nos da el valor de:

  • Luchar por nuestros sueños.
  • Dar la vida por los que llevamos en el corazón.
  • Modificar nuestra propia existencia.
  • Cambiar nuestro ser.
  • Rebasar el límite de nuestras potencialidades.

El amor nos da la fuerza:

  • Para respetar a los seres que amamos.
  • Para sonreír a pesar de las adversidades.
  • De la humildad para pedir perdón.
  • La grandeza de la comprensión.
  • La nobleza de perdonar.

El amor nos da el poder:

  • Para manifestar nuestras emociones.
  • Para alcanzar estrellas.
  • Para convertir nuestros sueños en realidades.
  • Entregar nuestra vida por un ideal.

El amor nos transforma en seres superiores, nos despierta nuestra capacidad de asombro, nos da la sensibilidad de la contemplación, nos impulsa a niveles infinitos, nos da la fuerza para recorrer nuestra vida con un espíritu invencible y nos impulsa a alcanzar lo imposible.

El amor es la fuerza que Dios deposita en el corazón de todos los seres humanos, a cada uno corresponde decidir vivir como un paladín o un cobarde, como un conquistador o un conformista, como un ser excelente o un mediocre, como un ser lleno de luz o quien permanece por siempre en la oscuridad, el amor hace nacer la fuerza para atrevernos a ser auténticos colaboradores en la grandeza de la creación.

Pregúntate: Si de verdad amas, ¿estás luchando con todas tus fuerzas para conquistar lo que deseas?

  • El valor para luchar por tus hijos.
  • Cuidar de tus padres.
  • Hacer feliz a tu pareja.
  • Conceder el perdón a tu enemigo.
  • Pedir humildemente perdón a quien ofendiste.

Pregúntate:

  • ¿Tienes la fuerza para amarte a ti mismo, de convertirte en el ser que estás llamado a ser?
  • ¿Te atreverías a hacer de tu vida una obra magistral digna de las manos que te crearon?
  • ¿Tendrás el valor de ser un auténtico hijo de Dios?
  • ¿Tienes la fuerza del amor?

No hay más que amor

El psicoanálisis nos ha enseñado que muchos odios desconocidos y temores y aún enfermedades físicas con frecuencia no son sino amor que rehúsa reconocerse como tal, amor que se ha vuelto enfermo porque no reconoce su verdadera naturaleza y ha perdido de vista su objetivo.

Los conflictos en el mundo no se deben a la ausencia del amor, sino al amor que no se reconoce a sí mismo, que es infiel a su propia realidad. La crueldad es el amor sin dirección. El odio es el amor frustrado.

El amor no está sólo en la mente o el corazón, es más que el pensamiento y el deseo. El amor es acción: y solamente en el acto del amor alcanzamos la intuición contemplativa de la sabiduría amorosa. Esta intuición contemplativa es un acto de una especie más elevada, un amor más puro. El amor disuelve la aparente contradicción entre la acción y la contemplación.

Para alcanzar un maduro acto de amor, debemos primero experimentar contradicción y conflicto. El amor es una cima de libertad y de plena conciencia personal. El amor se encuentra a sí mismo solamente en el acto. El amor que actúa sin conocimiento, a pesar de él mismo y en contra de su misma naturaleza, no alcanza la plena conciencia de sí mismo. Queda escondido de sí mismo. También no logra actuar perfectamente como amor. Es visto como algo distinto del amor.

Todo amor que no es entrega de sí mismo totalmente libre y espontánea, tiene en sí mismo un sabor a muerte. Esto quiere decir que todo nuestro amor como hombres ordinarios que no somos santos ni místicos, está lleno de contradicción, conflicto, amargura. Y tiene ese sabor a muerte.

Y podríamos añadir que es en el conflicto y la contradicción del amor que no es todavía verdadero, donde podemos descubrir el camino del amor verdadero. Es aceptando en nuestra plena conciencia un amor imperfecto, cuando el amor llegará a su perfección.

El primer paso para alcanzar la verdad y pureza del amor es reconocer en nosotros ese amor que no es todavía puro, pero que sin embargo es amor, y que aspira por su misma naturaleza a ser puro.

Todas las virtudes son aspectos del amor, y todos los vicios son también aspectos del amor. Las virtudes son manifestaciones de un amor que está vivo y sano. Los vicios son síntomas de un amor enfermo porque rehúsa ser él mismo.

En realidad, no hay más que amor. Pero este amor podría estar en contradicción consigo mismo. Puede ser al mismo tiempo amor y odio, amor y codicia, amor y miedo, amor y celos, amor y lujuria. Su destino es ser simplemente amor, sin ninguna otra cosa contradictoria. Pero no puede cumplir este destino si nosotros tratamos únicamente de suprimir el odio, la codicia, el miedo, los celos, la lujuria. Estas fuerzas malignas reciben su poder solamente del amor. Suprimirlas es suprimir el amor. Debieran más bien, por el contrario, ser conscientes de sí mismas como amor, y cuando lo sean, ya no desviarán la energía del amor para servir a lo que no es amor.


Thomas Merton

Se venden cachorros

Un tendero estaba clavando sobre la puerta de su tienda un letrero que decía: «Se venden cachorros». Letreros como ese tiene una atracción especial para los niños pequeños y efectivamente, un niño apareció bajo el letrero del tendero.

– ¿Cuánto cuestan los cachorros? – preguntó.

– Entre $30 y 50 dólares – respondió el tendero.

El niño metió la mano en su bolsillo y sacó un poco de cambio:

– Tengo $2.37 dólares – dijo -. ¿Puedo verlos, por favor?

El tendero sonrió y silbó, y de la caseta de los perros salió «Dama», que corrió por él pasillo de la tienda seguida de cinco pequeñitas, diminutas bolas de pelo. Un cachorro se estaba demorando considerablemente. El niño inmediatamente distinguió al cachorro rezagado… ¡era cojo!

– ¿Qué le pasa a ese perrito? – preguntó.

El tendero le explicó que el veterinario había examinado al cachorro y había descubierto que le faltaba una cavidad de la cadera y que cojearía por siempre. Estaría lisiado toda su vida. El niño se entusiasmó.

– Ese es el cachorro que quiero comprar – dijo.

– No, tú no quieres comprar ese perrito. Si realmente lo quieres, te lo voy a regalar – dijo el tendero.

El niño se enfadó mucho. Miró al tendero directo a los ojos, y moviendo el dedo replicó:

– No quiero que me lo regale. Ese perrito vale exactamente tanto como los otros perros y voy a pagar su precio completo. De hecho, ahorita le voy a dar $2.37 dólares y luego 50 centavos al mes hasta terminar de pagarlo.

El tendero replicó:

– Realmente no quieres comprar este perrito. Nunca va a poder correr, brincar ni jugar contigo como los otros cachorritos.

Al oír esto, el niño se agachó y se enrolló la pierna del pantalón para mostrar una pierna izquierda gravemente torcida, lisiada, sostenida por un gran aparato ortopédico de metal.

Miró al tendero y suavemente le respondió:

– Bueno, pues yo tampoco corro tan bien que digamos, y el cachorrito va a necesitar a alguien que lo entienda.

Piensa: ¿Habrá veces que pienso como el tendero? Recuerda que hay que «ser» como niños.


Dan Clark