Seis pasos para sanar las heridas emocionales de la infancia

Buscar culpables sólo nos hace perder energía. Es fundamental que nos demos permiso para enfadarnos y aprendamos a perdonarnos; al sanar nuestras heridas podremos ir por el mundo sin ocultarnos.

Las experiencias dolorosas que desarrollamos a lo largo de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Generalmente nos cuesta afrontar problemas emocionales como separaciones, traiciones, humillaciones, abandonos o injusticias.

Lo cierto es que es probable que muchos de nosotros aún no hayamos cerrado esas heridas, que sigan doliéndonos y que intentemos enmascararlas bajo el maquillaje de la vida.

Sin embargo, no nos percatamos de que sólo estamos evitándolas y que cuanto más esperemos más se agravarán; esto es mucho más complicado cuando, a pesar de que sabemos que algo no está bien en nuestro interior, todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos heridos.

Así, hay un tanto por ciento de ignorancia que, unido al miedo de revivir nuestro dolor, no nos permite ser nosotros mismos, obligándonos a interpretar un papel que tenemos poco o nada estudiado y que no nos corresponde.

Seguro que, si estás leyendo esto, te sobran las ganas de conocerte y de mejorarte cada día. Por eso, con este artículo te queremos acercar una pequeña ayuda para que conozcas cuál es el proceso que debes seguir si quieres poner en marcha la maquinaria del afrontamiento que te permita curar tus heridas.

Así es que, a continuación, te mostramos 5 etapas que necesitamos experimentar para sanar nuestras heridas emocionales:

1. Acepta la herida como parte de ti

No te tapes los ojos, la herida existe. Puedes reconocerlo o no, pero en realidad hacerlo es lo único que te ayudará a seguir adelante. Según Lisa Bourbeaur aceptar una herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que tener situaciones que resolver forma parte de la experiencia del ser humano.

Puede que pienses que vendarle los ojos al sufrimiento es lo mejor que puedes hacer, pero eso implica que la herida se complique con el paso del tiempo.

Debes aceptar y comprender que no somos mejores o peores porque algo nos haga daño. Haberte construido tu coraza es un acto heroico, un acto de amor propio que tiene mucho mérito, pero que ya ha cumplido su función. Ya te protegió del ambiente que te originó la herida, por lo que es la hora de dejar ir y avanzar.

Aceptar nuestras heridas resulta muy beneficioso cuando es con el fin de adquirir el aprendizaje que necesitábamos. Si no lo haces, generarás numerosos problemas a largo plazo, tales como depresión, ansiedad e inseguridades.

2. Aceptar que te haces daño sucumbiendo al temor o al reproche

Si focalizamos nuestra atención en el dolor y en la búsqueda de un culpable o un responsable estaremos perdiendo energía, la cual es muy necesaria para sanar nuestra herida. Intenta perdonarte y perdonar a los demás, pues es la única manera de que consigas pasar página y abrir tu corazón.

Debes entender que la voluntad y la decisión de sobreponernos a nuestras heridas es el primer paso hacia la autocomprensión y el autocuidado. No sólo desarrollarás estas cualidades para ti, sino también hacia los demás, lo cual redundará en un mayor bienestar emocional.

No puedes pretender que los demás cumplan tus expectativas y te saquen del pozo cada vez que te hundes; no es justo cargar a alguien con esa responsabilidad que solo nos corresponde a nosotros mismos. De hecho, son este tipo de comportamientos los que llevan a anular gran parte de nuestras relaciones y de nuestra vida, lo que genera a su vez gran malestar emocional.

3. Date permiso para enfadarte con las personas que alimentaron tu herida

Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará culpar y sentir enfado hacia quien nos perjudicó. Date permiso para enfadarte con ellos y perdónate.

Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás reprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento, dos sentimientos extremadamente perjudiciales para nuestra salud.

Vivir imponiéndonos trampas emocionales es castigarnos y abocarnos a una vida llena de dolor y de insatisfacción. Además, de nuevo, esto ocasionará que enmascares tu verdadero Yo interno y que no seas capaz de abrir tu corazón.

4. Tras la aceptación y el perdón viene la transformación

Absolutamente todas nuestras experiencias nos enseñan algo. Es probable que te cueste aceptarlo, pues nuestro ego es especialista en crear esa barrera de protección que oculta nuestros problemas.

Lo cierto es que nuestro ego suele complicarnos la vida; sin embargo, son nuestros pensamientos y nuestros comportamientos los que la simplifican. Todo cambio requiere de un gran esfuerzo, pero es necesario mirar de frente y afrontar que no estamos siendo nosotros mismos y que algo debe cambiar.

5. Observa el mundo con y sin herida

Date tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años. Estaba ahí y, aun sin saber cómo, dirigía cada uno de tus movimientos. Deshazte de tus máscaras, no te juzgues, no te critiques y pon todo de ti a la hora de intentar sanar tu herida de manera profunda.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses o años. Lo ideal es que seas capaz de decirte a ti mismo «Vale, me he colocado esta máscara y la razón ha sido esta. Es hora de quitármela». Entonces sabrás que estás en el camino correcto y que, en el resto del viaje, tu guía será la inercia que te permita sentirte bien sin ocultarte.

6. Apóyate en tu círculo social

Es probable que pienses que tú puedes con todo y que ya has salido de peores pozos. Sin embargo, no hay motivos por los cuales debas renunciar al consuelo de un corazón que te escuche pacientemente.

Es evidente que el apoyo que los demás nos brindan puede ser crucial a la hora de superar múltiples obstáculos. No renuncies a los abrazos y al mundo, ellos también forman parte de ti y juntos pueden reconstruir un nuevo hogar en el cual vivir sin sufrimiento.


Alejandra Plaza | AlejandraPlaza.Com

Vive tu propia vida

Permíteme hacerte una pregunta: ¿Estás viviendo tu vida de la manera en que realmente quieres vivirla?  Si tu respuesta es afirmativa, te felicito, porque entonces eres de las pocas personas que son verdaderamente exitosas y que tienen el control completo de su vida.  Pero si no es así, déjame decirte que formas parte de un grupo desafortunadamente muy grande de personas que están viviendo la vida que otros les están dictando.  Y ¿vale la pena vivir así?

Y lo que sucede es que, en lugar de vivir nuestra propia vida, terminamos viviendo la vida que los demás quieren para nosotros, y ¡ni siquiera somos conscientes de ello!  Por miedo a quedarnos solos, buscamos la aprobación de los demás (padres, hijos, esposos, novios, amigos, jefes, compañeros de escuela o de trabajo, maestros, vecinos, etc., etc.), y nos convertimos en una mezcla extraña de todo lo que los demás esperan de nosotros, lo cual está muy lejos de ser la vida que realmente deseamos vivir, nuestra propia vida.

No hay nada de malo en aceptar la opinión o consejos de los demás, si eso significa una mejoría en nuestras vidas.  No se trata de que nos rehusemos a escuchar las opiniones de los demás, porque eso nos estaría cerrando la puerta a la oportunidad de aprender, o de abrirnos a otros puntos de vista que podrían ser muy útiles.  Pero hay que tener cuidado de no caer en la trampa de una situación en la que te conviertes en el esclavo de las intenciones de los demás.  Sin duda, es tu vida y tienes todo el derecho de vivirla a tu manera, sin la influencia de los demás.  Date a ti mismo la oportunidad de desarrollar tus cualidades creativas, libre de miedo y de presión.

La razón por la que no vives tu propia vida, es porque crees que entre mejor la gente se sienta acerca de ti, mejor te sentirás acerca de ti mismo, y que entre menos seas aprobado por los demás, más solo e inapropiado te sentirás.  Esto ayuda a explicar por qué piensas que siempre tienes que agradar a los demás, y por qué al mismo tiempo estás resentido con aquellos que sientes que debes agradar.  El tener la aprobación de los demás se ha convertido en un sistema extraño de vida en el que crees inconscientemente que no hay vida sin alguien que apruebe tu existencia.  Y justamente lo contrario es cierto.  Entre más dependes de otros para confirmarte a ti mismo, menos vida tienes.

Es nuestro miedo a quedarnos solos y el querer tener la certeza de que estamos haciendo lo correcto, lo que nos empuja a buscar la aprobación de los demás. Pero el día que dejes de vivir buscando la aprobación de los demás, comenzarás a vivir realmente tu propia vida, libre de culpas y resentimientos.   Nadie a tu alrededor sospechará que ahora vives en una nueva clase de mundo interior, un mundo que siempre es en tus propios términos, porque tus términos y los términos de este nuevo mundo interior feliz nunca estarán en conflicto.  Habrás recuperado tu propia vida.

Esta necesidad de aprobación permea todas las áreas de nuestras vidas, nuestras relaciones en casa y en el trabajo, cómo gastamos nuestro dinero, la manera en que vestimos, la manera en la que nos relacionamos con extraños, hasta los alimentos que comemos y los lugares que frecuentamos.  Esta necesidad de agradar a los demás nos lleva a vivir vidas que en el fondo no nos satisfacen y a permanecer en relaciones que no nos hacen bien.  En casos extremos, esta necesidad de agradar a los demás nos puede causar enfermedades, pobreza y aún la muerte.

Cuando vivimos nuestra vida en base a lo que los demás piensan de nosotros, destruimos nuestro propio ser, nuestra esencia. Si enfocamos nuestra energía en agradar a los demás, no nos queda nada para crear nuestra propia vida.  Si, en nuestro esfuerzo de agradar, permitimos que las ideas de los demás controlen todo lo que hacemos, nuestra vida estará llena de constantes confusiones e insatisfacciones.

Es absolutamente imperativo que cada uno de nosotros aprenda a amarse a sí mismo.  Cuando nos amamos, podemos ser sinceros con nosotros mismos y podemos escuchar lo que los otros dicen y decidir objetivamente si tiene algún valor o verdad para nosotros.  Esto libera nuestro propio potencial y nuestra capacidad de mejorar cada área de nuestra vida, de acuerdo a nuestros propios valores.  Por supuesto, el ser objetivo no es fácil, pero puede lograrse.  No debemos permitir que los demás reflejen sus propias inseguridades y miedos en nosotros.

Desde pequeños, aprendemos a vivir nuestra vida pensando que hay ciertas cosas que no debemos hacer porque «¿qué van a pensar los demás?»  También, aprendemos que debemos agradar a los demás, aún a costa de nosotros mismos.  Esta negación de nuestro verdadero ser es tan fuerte, que nos olvidamos de lo que realmente somos.  Y así pasamos nuestras vidas suprimiendo nuestros propios deseos.  Pero ha llegado el momento de cambiar este patrón.  Cada vez que permites que tu vida sea manejada por los deseos de los demás, renuncias a ti mismo.

Recuerda que tú eres responsable de tu propia vida.  Después de todo, ¿quién más puede ser el experto en tu vida?  ¿Quién más puede decir lo que sientes y lo que quieres, lo que te hace feliz y sentirte vivo?  Tú tienes, dentro de ti mismo, todas las respuestas, por eso es que debes aprender a hacerte cargo y tomar la responsabilidad completa de tu vida.  No hay otra persona, lugar, sistema, filosofía, iglesia u organización, que sepa más acerca de ti, que tú mismo.  Recuerda que tú estás a cargo de tu vida, y que tú puedes ser tu propio mejor amigo.  Tú eres la única autoridad en tu propia vida.  Eso no significa que no ames y apoyes a los demás o que no escuches lo que tengan que decir.  Acepta que puedes aprender de los demás.  Acepta que tienes el poder de crear tu vida exactamente en la manera que tú quieres.

Si has renunciado a lo que realmente quieres por temor a lo que van a pensar los demás, es tiempo de dejar de hacerlo.  Hay una fórmula sencilla que te permitirá vivir cualquier cosa que desees: «Siempre y cuando aquello que hagas sea ético, siempre y cuando no quieras lastimar o quitarle algo a otra persona, entonces la vida que escojas es buena». Determina la vida que elegirías si no hubiera obstáculos.  No te preocupes si suena loco o si significa que tendrás que renunciar a cosas o a personas que están en tu vida ahora. Sólo ten claridad con respecto a lo que quieres.

No importa que tan lejos hayas llegado por el camino equivocado, en el momento en que te des cuenta, detente y toma el camino correcto.

Es muy probable que actualmente no estés viviendo la vida que tú elegirías.  Y también es muy probable que ni siquiera seas consciente de ello.  Las tradiciones y la presión de la sociedad, la familia y la religión, generalmente juegan un papel muy importante en determinar cómo vives tu vida.  Mucha gente termina siguiendo el camino conocido de: escuela, universidad, carrera, trabajo, matrimonio, hijos, jubilación, vejez, enfermedad y muerte, sin siquiera considerar que hay otras opciones. Las elecciones que hacemos, normalmente están limitadas por las tradiciones y lo que nos es familiar, y no es fácil rebelarse contra este patrón y forjar un camino propio.

¿Cómo te sientes hoy con tu vida?  ¿Estás viviendo cada día en plenitud?  ¿Amas lo que estás haciendo?  ¿Estás emocionado cada momento de tu vida?  ¿Estás esperando con ilusión lo que viene después? ¿Estás viviendo tu mejor vida?

Si tu respuesta es:  no, quizás, o no estoy seguro, eso significa que no estás viviendo tu vida al máximo.  Lo cual no tiene que ser así, ya que tu experiencia de vida la creas tú.  ¿Por qué conformarte con menos de lo que puedes ser?  ¡Tú mereces nada menos que lo mejor! ¡Mereces vivir una vida extraordinaria, llena de alegría, pasión y entusiasmo!  No te dejes llevar por tu pasado, tú puedes ser, hacer y tener todo lo que desees.  Deja de tratar de complacer a los demás o ser alguien más.  Es mejor ser la versión original de ti mismo, que un duplicado exacto de alguien más.  Deja de quejarte y no hacer nada.  Conócete a ti mismo.  Descubre lo que realmente quieres ser, hacer y tener.  No sigas al montón.  Vive en alineación con tu propósito.  Descubre tus valores, ellos son tu esencia.  Diseña tu vida ideal.  Deja de poner tu vida en espera. Actúa. Evalúa lo que estás haciendo actualmente y continúa haciéndolo sólo si tiene algún significado para ti. No lo hagas sólo porque «todos lo hacen» o porque es lo que los demás esperan de ti.  Haz lo que te gusta hacer.  La vida es demasiado corta para desperdiciarla haciendo algo más.  Si algo no te gusta, no lo hagas.  Gasta tu tiempo y energía en cosas que te traigan alegría y satisfacción.  Descubre tu pasión en la vida.  ¿Qué es lo que te enciende?  Si aún no lo sabes, haz tu primer objetivo el saberlo.  ¿Qué es lo que realmente te hace feliz?  ¿Cuál es tu propósito de vida?

Permanece abierto a las críticas, pero no te dejes afectar por ellas.  Aprende de ellas.  Sé positivo.  Cree en ti mismo y en tus capacidades y talentos. Deja ir las relaciones que no te sirven, la gente negativa, deshonesta, que no te respeta, que te hace sentir mal acerca de ti mismo y que no te deja crecer.  Continúa aprendiendo siempre.  Siempre hay algo que aprender.  Aprende de tus errores y «fracasos». Aprende cosas diferentes. Sal de tu zona de comodidad, intenta hacer algo diferente a lo que normalmente haces.  Si vas a pasar tu tiempo haciendo algo, hazlo lo mejor que puedas.

No te conformes con menos que una vida extraordinaria. No te conformes con un trabajo que no te gusta.  No te conformes con una relación que no te satisface.  No te conformes con amigos que te hacen sentir menos.  Ve por aquello que realmente quieres. Ábrete a nuevas ideas. No te limites. Piensa siempre en posibilidades, no en limitaciones.  Y por favor, ¡no vivas tu vida en piloto automático!

Olvidamos quienes somos en verdad.  Y olvidamos también que todo es posible.  Todo lo que hemos soñado y querido es posible.  Sólo es cuestión de tomar los pasos adecuados para lograrlo, y lo primero que tienes que hacer es definir qué es lo que quieres. Para vivir tu mejor vida, primero tienes que identificar tus más grandes deseos, metas y sueños, cosas que te emocionan, que te hacen sentir vivo.

Por otra parte, además de la influencia de otras personas, es importante hacernos conscientes de que nuestras mentes están siendo bombardeadas diariamente con misiles de «información gratuita» a través de los medios electrónicos y escritos.  A menudo sin saberlo, estamos haciendo lo que otros quieren que hagamos.  Fíjate en la ropa que estás usando, en lo que comes, en los lugares que frecuentas, en las actividades que desarrollas, en lo que gastas tu dinero y tu tiempo y en cómo te comportas. ¿Acaso no estás haciendo lo que otros te están diciendo? El seguir ciegamente a los demás, sin usar nuestra mente y nuestro sentido común, y sin considerar nuestros propios deseos, puede ser desastroso para nuestra vida.

Los seres humanos nos hemos convertido en meros robots en las manos de aquellos que tienen el control completo de nuestras vidas y nos están dirigiendo a través del control remoto de lo que llamamos «educación» e «información». Hemos perdido nuestra individualidad, nuestra creatividad. Muy pocas personas son lo suficientemente fuertes para tomar el control de sus propias vidas, sin dejarse influenciar por otros, y son, sin lugar a dudas, las personas más poderosas en la Tierra. Se necesita mucho valor, sabiduría y fuerza interior para vivir la vida en su totalidad, en su originalidad, y de una manera digna y ambiciosa.

¿Qué harías si supieras que no puedes fracasar?  ¿Qué harías si tuvieras recursos ilimitados?  ¡Cuál es tu más grande sueño?  ¿Qué quieres lograr en tu vida?  ¿Cuál sería tu vida ideal?  ¿Cuál sería una vida de la cual estarías orgulloso?  ¿Cómo quieres vivir el resto de tu propia vida?


 

La patología de la «Normalidad»

La mayoría de las definiciones describen la normalidad como la condición de ser «Normal» y lo normal es aquello que se ha establecido de antemano, algo que se apega a una regla, o que estadísticamente se aproxima a la media dentro de un determinado rango. Siendo más concreto, lo que una sociedad en un espacio-tiempo determinado, y de acuerdo a sus valores y creencias, determina como «deseable» o aceptable, por tanto quienes se alejan de este consenso o de este acuerdo pasan a ser «Anormales», lo que lleva una connotación negativa y a un etiquetaje que viene añadido.

En el caso de una tribu que viva de atacar a otras, matando y robando, si a uno de sus miembros no le gusta robar y matar, sino que más bien se aterra ante la idea de hacerlo, quizá no sea consciente de que esta repugnancia suya, porque en su sociedad es inimaginable que a uno le disguste lo que le gusta a todo el mundo. De hecho, en toda sociedad es siempre inimaginable que a uno le guste lo que no le gusta a la mayoría. Así, si un día van a pelear, él no será consciente de que le repugna matar, pero se pondrá a vomitar. (…) Ese hombre es un enfermo en su sociedad, mientras que en una tribu de pacíficos labradores sería de lo más sano.

Se cuenta que un reconocido y anciano catedrático de psicología llevaba décadas investigando acerca de la epidemia de vacío existencial y de sinsentido vital que padecían la mayoría de seres humanos. Si bien solía proyectar ante los demás una imagen de seriedad y seguridad, en soledad reconocía sentirse triste y confundido. No acababa de comprender por qué, a pesar de seguir al pie de la letra todo lo que el sistema le decía que tenía que hacer para lograr éxitos y riquezas materiales, en el fondo de su corazón se sentía tan pobre y vacío.

Y así siguió hasta que una mañana entró en una concurrida cafetería y pidió una manzanilla. Seguidamente, la joven camarera cogió una bolsita prefabricada con una mano y un cuenco lleno de ramitas y hojas secas con la otra. Y muy amablemente le preguntó: «Cómo la quiere: ¿Normal o Natural?».

Sorprendido, el catedrático señaló el cuenco con hojas secas. Y mientras se estaba tomando la infusión, obtuvo la revelación que llevaba décadas buscando. Se abalanzó sobre la camarera y le dio un sonoro beso de agradecimiento. Entusiasmado, le dijo: «¡En esta sociedad lo normal no tiene nada que ver con lo natural!». Y salió con una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiera encontrado un tesoro.

La sociedad contemporánea se ha convertido en un gran teatro. Al haber sido educados para comportarnos y actuar de una determinada manera, en vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres (siendo coherentes con lo que en realidad somos y sentimos) solemos llevar una máscara puesta y con ella interpretamos a un personaje que es del agrado de los demás. Si bien vivir bajo una careta nos permite sentirnos más cómodos y seguros, con el tiempo conlleva un precio muy alto: la desconexión de nuestra verdadera esencia. Y en algunos casos, de tanto llevar una máscara puesta, nos olvidamos de quiénes éramos antes de ponérnosla.

Lo cierto es que algunos sociólogos coinciden en que en nuestra sociedad ha triunfado el denominado «pensamiento único». Es decir, «la manera normal y común que tenemos la mayoría de pensar, comportarnos y relacionarnos». Así, al entrar en la edad adulta solemos ser víctimas de «la Patología de la Normalidad». Esta sutil enfermedad (descrita por el psicoterapeuta alemán Erich Fromm) consiste en creer que lo que la sociedad considera «normal» es lo «bueno» y lo «correcto» para cada uno de nosotros, por más que vaya en contra de nuestra verdadera naturaleza.

¿Qué más da lo que piense la gente? La opinión de otras personas sólo tiene importancia si nosotros se la concedemos.

En vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres, solemos interpretar un personaje que es del agrado de los demás.


Vivir sin máscaras

 Estamos tan condicionados para pensar y comportarnos de una determinada manera que en la sociedad ser auténtico es un acto casi revolucionario. 

Se cuenta que un reconocido y anciano catedrático de psicología llevaba décadas investigando acerca de la epidemia de vacío existencial y de sinsentido vital que padecían la mayoría de seres humanos. Si bien solía proyectar ante los demás una imagen de seriedad y seguridad, en soledad reconocía sentirse triste y confundido. No acababa de comprender por qué, a pesar de seguir al pie de la letra todo lo que el sistema le decía que tenía que hacer para lograr éxitos y riquezas materiales, en el fondo de su corazón se sentía tan pobre y vacío.

Y así siguió hasta que una mañana entró en una concurrida cafetería y pidió una manzanilla. Seguidamente, la joven camarera cogió una bolsita prefabricada con una mano y un cuenco lleno de ramitas y hojas secas con la otra. Y muy amablemente le preguntó: «¿Cómo la quiere: normal o natural?»

Sorprendido, el catedrático señaló el cuenco con hojas secas. Y mientras se estaba tomando la infusión, obtuvo la revelación que llevaba décadas buscando. Se abalanzó sobre la camarera y le dio un sonoro beso de agradecimiento. Entusiasmado, le dijo: «¡En esta sociedad lo normal no tiene nada que ver con lo natural!». Y salió con una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiera encontrado un tesoro.

«En vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres, solemos interpretar un personaje que es del agrado de los demás».

La sociedad contemporánea se ha convertido en un gran teatro. Al haber sido educados para comportarnos y actuar de una determinada manera, en vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres – siendo coherentes con lo que en realidad somos y sentimos -, solemos llevar una máscara puesta y con ella interpretamos a un personaje que es del agrado de los demás. Si bien vivir bajo una careta nos permite sentirnos más cómodos y seguros, con el tiempo conlleva un precio muy alto: la desconexión de nuestra verdadera esencia. Y en algunos casos, de tanto llevar una máscara puesta, nos olvidamos de quiénes éramos antes de ponérnosla.

Lo cierto es que algunos sociólogos coinciden en que en nuestra sociedad ha triunfado el denominado «pensamiento único». Es decir, «la manera normal y común que tenemos la mayoría de pensar, comportarnos y relacionarnos». Así, al entrar en la edad adulta solemos ser víctimas de «la patología de la normalidad». Esta sutil enfermedad – descrita por el psicoterapeuta alemán Erich Fromm – consiste en creer que lo que la sociedad considera «normal» es lo «bueno» y lo «correcto» para cada uno de nosotros, por más que vaya en contra de nuestra verdadera naturaleza.

La elocuencia de la vanidad

A pesar del malestar generalizado, solemos priorizar el «cómo nos ven» al «cómo nos sentimos». Tanto es así que para muchos la pregunta de cortesía «¿cómo estás?» supone todo un incordio. La mayoría nos limitamos a contestar mecánicamente: «Bien, gracias». Y en caso de no poder escaquearnos, enseguida redirigimos la conversación hacia cualquier «charla banal». Es decir, la utilizamos para fingir que nos estamos comunicando, cuando en realidad lo único que estamos haciendo es llenar con palabras un potencial silencio incómodo.

En este contexto social, algunos individuos ocultan sus miserias y frustraciones tras una fachada artificial que seduzca e impresione a los demás. La paradoja es que cuanto más intentamos aparentar y deslumbrar, más revelamos nuestras carencias, inseguridades y complejos ocultos. De hecho, la vanidad no es más que una capa falsa que utilizamos para proyectar una imagen de triunfo y de éxito. Es decir, la máscara con la que en ocasiones cubrimos nuestra sensación de fracaso y vacío. Si lo pensamos detenidamente, ¿qué es la «respetabilidad»? ¿Qué es el «prestigio»? ¿Qué es el «estatus»? ¿Qué tipo de personas lo necesitan? En el fondo no son más que etiquetas con las que cubrir la desnudez que sentimos cuando no nos valoramos por lo que somos.

En este sentido, ¿qué más da lo que piense la gente? De hecho, ¿quién es la gente? Nuestra red de relaciones es en realidad un espejismo. En cada ser humano vemos reflejada nuestra propia humanidad. Por eso se dice que los demás no nos dan ni nos quitan nada; son espejos que nos muestran lo que tenemos y lo que nos falta. La gente no nos ve tal y como somos, sino como la gente es. O como dijo el filósofo Immanuel Kant, «no vemos a los demás como son, sino como somos nosotros». De ahí que la opinión de otras personas solo tiene importancia si nosotros se la concedemos.

Dejar de fingir

«Un leoncito apenas recién nacido se quedó rezagado y se perdió, pero un grupo de ovejas se cruzó en su camino y le adoptó como un miembro más de su rebaño. El animal creció convencido de que era una oveja, aunque, por más que tratara de balar, sólo lograba emitir débiles y extraños rugidos; y por más que se alimentara de hierba, cada vez que veía a otros animales sentía el deseo de devorar su carne. Y por ello, a diferencia del resto de ovejas, que pastaban plácidamente, el felino solía estar angustiado y triste.

Los años pasaron y el animal se convirtió en un león corpulento y fiero. Y una mañana, mientras el rebaño descansaba a orillas de un lago, apareció un león adulto. Todas las ovejas huyeron despavoridas. Y lo mismo hizo el león que creía ser una oveja, que enseguida quedó a merced del león adulto. Nada más verlo, el león cazador no pudo evitar su sorpresa al reconocer a uno de los suyos. Y sorprendido, le preguntó:

– ¿Qué haces tú aquí?

Y el otro, aterrorizado, le contestó:

– Por favor, ten piedad de mí. No me comas, te lo suplico. Sólo soy una simple oveja.

– ¿Una oveja? Pero ¿qué dices? El león adulto arrastró a su camarada a orillas del lago y le dijo:

– ¡Mira!

El león que creía ser una oveja miró, y por primera vez en toda su vida se vio a sí mismo tal como era. Sus ojos se empaparon en lágrimas y soltó un poderoso rugido. Acababa de comprender quién era verdaderamente. Y nunca más volvió a sentirse triste.

Seguir nuestra voz interior 

No importa quiénes seamos, qué decisiones tomemos o cómo nos comportemos. Hagamos lo que hagamos con nuestra vida, siempre tendremos admiradores, detractores y gente a quien resultemos indiferentes. Pero entonces, si nuestras relaciones se sustentan sobre este juego de espejos y proyecciones, ¿por qué fingimos? Seguramente por nuestra falta de confianza y autoestima.

Para cultivar una sana relación de amistad con nosotros mismos, lo único que necesitamos es modificar la manera en la que nos comunicamos con nosotros a través de nuestros pensamientos. Sólo así podremos aceptarnos, respetarnos y amarnos por el ser humano que somos, con nuestras cualidades, virtudes, defectos y debilidades. Lo demás son comentarios, ruido que hace la gente para no escuchar su propio vacío. Lo que está en juego es nuestra libertad para ser «auténticos»; convertirnos en quienes verdaderamente somos, siguiendo los dictados de nuestra propia voz interior. Eso sí, debido a las múltiples capas de cebolla con las que hemos sido condicionados, hoy día ser uno mismo es un acto revolucionario.


Borja Vilaseca | ElPais.Com

Cambiar por amor o, ¿ser tú mismo?

Todos tenemos una esencia, una personalidad, y en ocasiones, podemos desear «negociarla» por amor, sin embargo, esto es ¿realmente amor?

Las personas que saben amar, aman al otro sin importar sus defectos, sin forzar ni pretender cambiar al otro. Si no amas al otro tal y como es, es posible que no lo ames, o lo amas equivocadamente.

Es común escuchar «te amo, pero me gustaría que cambiaras, quisiera que fueras más paciente, extrovertido, trabajador, activo y deportista», todos estos cambios, suponen una transformación de la persona en cuestión y prácticamente de su personalidad, por lo que se entiende que no estamos realmente enamorados de esa persona, sino de lo que esperamos que sea, de una idealización.

Mientras que la persona a la que se le exige un cambio, puede decidirse a cambiar «por amor», sin embargo, es muy difícil negociar la esencia, puede resultar deprimente tener que cumplir esas exigencias que a veces no van con nosotros, es frustrante, y en algún momento nos damos cuenta que, realmente no nos aman, de hacerlo, nos aceptarían tal y como fuéramos y no tendrían que someternos a estos cambios radicales.

Si bien, algunos cambios como abandonar malos hábitos, son perfectamente justificables, pues quiere decir que la otra persona se interesa por nuestro bien, el tratar de cambiar nuestra esencia y personalidad, es más bien, una agresión a nuestro «yo».

No dejes de ser tú

En algunas relaciones cuando nuestro «yo» es débil, podemos adquirir características y mimetizarnos con la persona amada. Cuando esto ocurre, podemos abandonar aquello que nos define, para adquirir una nueva «identidad», que es más bien, la identidad del otro y lo que desea, lo cual, puede resultar poco sano. Podemos definir, identidad, como esa consciencia o conocimiento de lo que nos define, y nos distingue, cuando asumimos la identidad del otro, estamos haciendo a un lado nuestro «yo».

Es natural que al convivir con una persona, adquiramos «cosas» del otro, sin embargo, cuando cambiamos nuestra personalidad, valores, ideología, e incluso religión por amor, puede derivar en un conflicto interno en el que nos cueste, identificarnos, y a la vez, también puede dar lugar una dependencia emocional a la otra persona.

En nombre del amor

Puede haber muchos motivos que nos impulsen a dejar de lado nuestro «yo», con tal de estar junto a una persona.

• La soledad: El temor a estar solos puede obligarnos a abandonar lo que somos con tal de ser aceptados y estar junto a alguien.

• El milagro de amor: Muchas veces, queremos permanecer junto a personas que no nos valoran ni nos quiere, porque creemos que un día será recíproco, y aunque algunas veces esto puede ocurrir, también hay que saber cuándo nuestro «yo» está cediendo demasiado.

• Abandonar tu vocación: Cuando no podemos desarrollar nuestros talentos naturales y debemos abandonar nuestra vocación debido a límites que nuestra pareja nos impone, es común, que tengamos la idea de que cuando se ama hay que hacer sacrificios, pero no es necesario. Al abandonar nuestra vocación, acabamos por no autorrealizarnos como seres humanos, lo cual puede a su vez hacernos sentir frustrados.

• Dejar de lado tus valores y principios: Estos deben ser innegociables, cada uno de nosotros tenemos valores y principios que hemos adquirido en nuestra formación y cuando alguien, en este caso, nuestra pareja quiere negociar esos valores y principios, y cedemos, ponemos nuestra dignidad en riesgo.

¿Cuáles son tus límites?

Para amar, sin duda, es importante aprender a amarte primero, aprender a quererte, e identificar que te gustaría conservar de ti, que es lo que te hace feliz como eres, esto no significa que te cierres, estar dispuesto a un cambio es posible y también sano, pero siempre valora que tan bueno para ti es ese cambio y cómo te sientes con ello, si sientes que compromete tu «yo», entonces háblalo con tu pareja.

Por otro lado, ama a tu pareja con sus virtudes y defectos, de la misma forma que esperas que te amen. Recuerda que ninguno de nosotros somos perfectos.


Miriam R. | Fuente: Biomanantial.Com

Identidad y autenticidad

De entre toda la creación, la identidad es un reto únicamente para el hombre. Un tulipán sabe exactamente lo que es, y nunca se ve tentado por los falsos métodos del ser. Tampoco afronta decisiones complejas en el proceso de conversión. Lo mismo sucede con los perros, las rocas, los árboles, las estrellas, las amebas, los electrones y todos los demás elementos. Todos dan gloria a Dios por ser exactamente lo que son; y al ser lo que Dios quiere que sean, estas criaturas cumplen los designios del Señor. Los humanos, sin embargo, contamos con una existencia que supone un desafío mayor; pensamos, consideramos opciones, decidimos, actuamos, dudamos. Ser sencillo es enormemente difícil de conseguir, y ser completamente auténtico es del todo excepcional.

El cuerpo y el alma contienen miles de posibilidades para que puedas adoptar muchas identidades, pero sólo en una de ella encontrarás tu verdadera identidad. Sólo en una descubrirás tu única vocación y su más profundo cumplimiento. Pero, como nos señala Dag Hammarskjöld, nunca la encontrarás «hasta que hayas excluido todas esas posibilidades superfluas y efímeras del ser y del actuar que contemplas por curiosidad, por asombro o por codicia y que te impiden echar el ancla en la experiencia del misterio de la vida y en el conocimiento del talento que se te confía y que es tu yo».

Todos vivimos buscando ese único modo posible del ser que conlleva el don de la autenticidad. Somos más conscientes de esta búsqueda de la identidad durante la adolescencia, que es cuando dicha identidad entra en escena. Es en esta etapa de la vida cuando probamos distintas identidades, de la misma manera que nos probamos la ropa, buscando un sentido de la existencia que se ajuste al modo en que deseamos que nos vean los demás. Pero incluso mucho después de haber pasado esta fase de la vida, la mayoría de los adultos sabemos que un sentimiento ocasional del ser no es más que un fraude – un sentido de ser no es lo que aparentamos ser, sino, más exactamente, lo que aparentamos no ser. Con una pequeña reflexión, la mayoría de nosotros podemos ser conscientes de las máscaras que adoptamos al principio como otras tantas estrategias para evitar sentimientos de vulnerabilidad, pero que se han convertido en parte de nuestra identidad social. Desgraciadamente, nos conformamos en gran medida con el fingimiento, por lo que una identidad verdaderamente auténtica a menudo parece una ilusión.

Existe, sin embargo, una forma de identidad para cada uno de nosotros que es tan natural y tan profundamente congruente como lo es la existencia del tulipán. Bajo los papeles y las máscaras subyace la posibilidad de una identidad que es tan excepcional como la de un copo de nieve. Es una originalidad que ha existido desde que el amor de Dios nos creó al principio de los tiempos. Nuestra verdadera identidad-en-Dios es la única identidad que avala la autenticidad, y ésta y sólo ésta nos proporcionará una identidad que es eterna.

Encontrar esa identidad excepcional es, como apunta Thomas Merton, el problema del que depende toda nuestra existencia, toda nuestra paz y toda nuestra felicidad. No hay nada más importante, ya que, si encontramos nuestra verdadera identidad, encontraremos a Dios, y si encontramos a Dios, encontraremos nuestra más auténtica identidad.


La importancia de la coherencia en nuestra marca personal

Desde hace unas semanas estoy leyendo el libro «UNO (yo)» de Antonio Tomasio, que trae 365 reflexiones en una especie de Coaching Personal diario, que te invita a no sólo leer la reflexión del día, sino a profundizar al respecto.

Hace unos días la reflexión fue «Cuando uno lleva un estilo de vida» y quisiera compartirla con ustedes:

«Cuando uno lleva un estilo de vida, coherente con lo que piensa, dice y hace. Vives y te conduces de forma tal, que si alguien habla mal de ti, nadie le creerá y saldrán en defensa tuya. Que sean tus pensamientos, palabras y acciones las que hagan la diferencia; basado en ello, siéntete tranquilo porque tu conciencia así lo está».

Estas cortas líneas me parecieron tan significativas y dieron pie a mucha reflexión durante los siguientes días.

¡Qué importante es la coherencia en nuestra vida y en el desarrollo de nuestra Marca Personal!  Independientemente del ámbito en el que nos desenvolvamos, ya sea profesional, social o el privado; pues la misma debe ser coherente en todos éstos, ya que no somos individuos diferentes, ni podemos «divorciar» quiénes somos. Somos el mismo individuo que se desenvuelve y desarrolla en cada uno de estos ámbitos.

A veces esta actitud no es tan consciente, y por ejemplo, procuramos guardar una imagen «correcta» en el ámbito laboral y un poco más «relajada» en el personal.  Incluso he podido observar que algunas personas se toman ciertos permisos o descuidos en principios y valores en el ámbito personal, con el argumento que en su vida laboral son «diferentes» y siempre me he preguntado si es verdad que podemos ser dos personas, con diferentes valores.  ¿Realmente podemos separarnos?

Ojo, no se trata de ser moralistas, si no de ser consecuentes con lo que decimos, pensamos y hacemos.  O es que por ejemplo, ¿puedo tener la cualidad de la puntualidad para temas laborales, pero en mi vida personal, ser impuntual?  ¿No es eso una incoherencia?  Se trata que nuestro discurso, lo que hacemos y lo que sentimos/pensamos vayan en armonía, más allá de si es correcto o no, porque incluso podríamos estar equivocados, pero defendiendo con el corazón y de manera consecuente y coherente nuestros ideales.

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Es el ruido y los mensajes distorsionados los que queremos evitar, porque finalmente eso es lo que hace más daño a nuestra Marca Personal. Porque aunque tengamos un lindo discurso, una buena Imagen, si nuestros hechos no son coherentes, más temprano que tarde, terminará por caerse la fachada, porque los demás terminarán percibiendo ese ruido, esa distorsión que no guarda relación con nuestro discurso inicial.

Esto hoy en día se hace igual de visible e importante en las redes sociales.  Como ya sabemos, aunque decidas no participar de alguna manera existes en ellas.  Sin embargo, la mayoría de nosotros tiene un perfil creado ya sea en Facebook, Twitter, Linkedin u otros.  Justamente tu Imagen y Marca Personal y tu mensaje también debe ser igual de coherente en el online como en el offline.  Todo lo que publiques debe seguir la misma línea de comunicación.  No es que puedas permitirte decir o hacer de manera distinta sólo porque este es un ámbito privado.  Bien leí hace unos días «eres lo que twitteas». En este aspecto otro tema importante, del que hay que tener muy en cuenta, es tu ortografía y redacción, pues tu imagen personal, ya no es física y no estarás visiblemente y/o disponible para «defenderte».  ¡Serán tus textos quienes hablen por ti!

Lo mismo sucede con tu imagen personal. Hay que saber ser y estar ante las diferentes situaciones que se nos presentan y los entornos que enfrentamos, siendo igualmente coherente con quienes somos, con nuestra propia personalidad y estilo.  Hay códigos de vestimenta y de protocolo y muchas veces el no querer prestar atención a éstos también habla sobre nuestra Marca Personal y da mensajes distorsionados a nuestras audiencias.  El mejor consejo que les puedo dar ante la duda en estas situaciones es «A donde fueres haz lo que vieres».

Recuerda que el tema de la imagen no se trata de la ropa que nos ponemos, sino también de nuestro lenguaje no verbal con el cual nos comunicamos con el resto.  Tiene que existir por tanto coherencia entre quiénes somos y cómo nos mostramos a los demás y nuestra Imagen puede hacer ruido o distorsión si ésta no es coherente.

Ser coherente es un gran trabajo, porque implica un autoconocimiento de uno mismo y esto es algo que realizamos constantemente. Autoanalizarnos, realizar un FODA personal y atrevernos a identificar nuestras debilidades y trabajar en ellas, pero aún más difícil es saber cuáles son nuestras fortalezas y poder replicarlas en todos los ámbitos de nuestras vidas (la profesional, social y personal).

 Y lo más importante de todo es ser un mismo, ser original y ser fiel a lo que somos. ¡Recuerda que todos los demás puestos ya están tomados!


Fiorella García-Pacheco | Blogs.Gestion.Pe/DivinaeEecutiva

Las máscaras que usamos

Todos en algún momento de nuestra vida hemos utilizado una máscara. Es decir, que adoptamos ciertas actitudes de acuerdo con quien estemos y la situación que vivamos.

Nacemos con capacidades, recursos, talentos y un potencial ilimitado que necesitamos reconocer y liberar, porque nos fueron dados para que los activemos. Sin embargo, muchas veces escogemos usar máscaras: simular y no mostrarnos tal cual somos.

Estas son algunas de las máscaras más comunes que la gente usa:

  • Máscara de poder: muchos la usan para la obtención de sus necesidades y se esfuerzan para convencer a los demás de que son poderosos, con frases tales como «soy amigo íntimo del gerente general» o «conozco a tal persona famosa de toda la vida».
  • Máscara de superioridad: hay personas que sienten la urgencia de impresionar, demostrar y sobresalir. Por eso, llevan su CV a todas partes y hablan a menudo de sus «grandes» logros.
  • Máscara de víctima: una persona que se considera a sí misma una víctima nunca sonríe, sufre por todo y por todos. ¡Y todo lo malo le ocurre a él o ella!

Aquel que usa una máscara, sin darse cuenta, termina necesitando más

La única finalidad de una máscara es convencer a los demás de algo que no soy. Sólo cuando uno decide quitársela y dejar de utilizarla, cuando se atreve a mostrarse al mundo tal cual es (con sus fortalezas y debilidades), tiene lugar un verdadero cambio. Es entonces cuando toda la energía consumida en tratar de mantener una imagen, a veces durante años, puede ser aplicada en la persecución de un sueño o una meta por cumplir.

Tal vez un dolor en tu pasado te llevó a ocultarte detrás de la máscara de «la niña buena» o «del hombre trabajador». Pero si tu meta en la vida es ser feliz, tendrás que aprender de las circunstancias duras vividas, pero no quedarte a vivir allí. Sácale provecho a eso que te pasó, por difícil que haya sido. Es imposible extendernos hacia el futuro si no resolvemos nuestro pasado.

No es necesario que hagas un viaje para descubrir quién eres ni que conozcas a determinada persona. Sólo tienes que conectarte con tu ser interior y con tu propia creatividad.

Ser feliz es una decisión que está mucho más allá de las circunstancias que nos toquen vivir a cada uno. Tienes libre albedrío para elegir lo que aceptas o lo que rechazas en tu vida.

Naciste para ser libre. Y esa libertad implica elegir tus pensamientos, tus decisiones y tus acciones. Si alguien te preguntara hoy quién eres, ¿cuál sería tu respuesta?


Bernardo Stamateas | Stamateas.Com/Blog

 

No te mientas

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Cuando realmente vemos a los demás tal como son sin tomárnoslo personalmente, lo que hagan o digan no nos dañará. Aunque los demás te mientan, no importa. Te mienten porque tienen miedo. Tienen miedo de que descubras que no son perfectos.

Quitarse la máscara social resulta doloroso. Si los demás dicen una cosa, pero hacen otra y tú no prestas atención a sus actos, te mientes a ti mismo. Pero si eres veraz contigo mismo, te ahorrarás mucho dolor emocional.

Decirte la verdad quizá resulte doloroso, pero no necesitas aferrarte al dolor. La curación está en camino; que las cosas te vayan mejor es sólo cuestión de tiempo.


Miguel Ruiz

¿Usas máscaras o eres auténtico?

Le preguntaron a Mahatma Gandhi cuáles son los factores que destruyen al ser humano. Él respondió:

«La política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad.

La vida me ha enseñado que la gente es amable, si soy amable; que las personas están tristes, si estoy triste; que todos me quieren, si yo los quiero; que todos son malos, si yo los odio; que hay caras sonrientes, si les sonrío; que hay caras amargas, si estoy amargado; que el mundo está feliz, si yo soy feliz; que la gente es rabiosa, si yo soy rabioso; que las personas son agradecidas, si yo soy agradecido.

La vida es como un espejo: si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa. La actitud que tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará frente a mí. El que quiera ser amado, que ame».

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Estamos tan condicionados y programados, para pensar y comportarnos de una determinada manera que en la sociedad actual ser auténtico es un acto casi revolucionario.

«En vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres, solemos interpretar un personaje que es del agrado de los demás».

La sociedad contemporánea se ha convertido en un gran teatro. Al haber sido educados para comportarnos y actuar de una determinada manera, en vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres – siendo coherentes con lo que en realidad somos y sentimos -, solemos llevar una máscara puesta y con ella interpretamos a un personaje que es del agrado de los demás.

Si bien vivir bajo una careta nos permite sentirnos más cómodos y seguros, con el tiempo conlleva un precio muy alto: la desconexión de nuestra verdadera esencia. Y en algunos casos, de tanto llevar una máscara puesta, nos olvidamos de quienes éramos antes de ponérnosla.

Lo cierto es que algunos sociólogos coinciden en que en nuestra sociedad ha triunfado el denominado «pensamiento único». Es decir, «la manera normal y común que tenemos la mayoría de pensar, comportarnos y relacionarnos».

En este contexto social, algunos individuos ocultan sus miserias y frustraciones tras una fachada artificial que seduzca e impresione a los demás. La paradoja es que cuanto más intentamos aparentar y deslumbrar, más revelamos nuestras carencias, inseguridades y complejos ocultos. De hecho, la vanidad no es más que una capa falsa que utilizamos para proyectar una imagen de triunfo y de éxito. Es decir, la máscara con la que en ocasiones cubrimos nuestra sensación de fracaso y vacío.

Si lo pensamos detenidamente, ¿Qué es la «Respetabilidad»? ¿Qué es el «Prestigio»? ¿Qué es el «Estatus»? ¿Qué tipo de personas lo necesitan? en el fondo no son más que etiquetas con las que cubrir la desnudez que sentimos cuando no nos valoramos por lo que somos.

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En este sentido, ¿qué más da lo que piense la gente? De hecho, ¿quién es la gente? Nuestra red de relaciones es en realidad un espejismo. En cada ser humano vemos reflejada nuestra propia humanidad. Por eso se dice que los demás no nos dan ni nos quitan nada; son espejos que nos muestran lo que tenemos y lo que nos falta. La gente no nos ve tal y como somos, sino como la gente es. O como dijo el filósofo Immanuel Kant, «no vemos a los demás como son, sino como somos nosotros». De ahí que la opinión de otras personas solo tiene importancia si nosotros se la concedemos.

«La verdad que nos libera suele ser la que menos queremos escuchar». (Anthony de Mello).

«No dejéis que el ruido ahogue vuestra propia voz interior. Ella ya sabe lo que vosotros realmente queréis ser» (Steve Jobs).

No importa quiénes seamos, qué decisiones tomemos o cómo nos comportemos. Hagamos lo que hagamos con nuestra vida, siempre tendremos admiradores, detractores y gente a quien resultemos indiferentes. Pero entonces, si nuestras relaciones se sustentan sobre este juego de espejos y proyecciones, ¿por qué fingimos? Seguramente por nuestra falta de confianza y autoestima.

Para cultivar una sana relación de amistad con nosotros mismos, lo único que necesitamos es modificar la manera en la que nos comunicamos con nosotros a través de nuestros pensamientos. Sólo así podremos aceptarnos, respetarnos y amarnos por el ser humano que somos, con nuestras cualidades, virtudes, defectos y debilidades.

¿Por qué no dejamos de fingir y escuchamos a nuestra voz interior?


Esteban Pérez | SenderoEspiritual.Com

Los condicionamientos de la mirada ajena

Los personajes que creamos y someten nuestra vida. 

En la vida corriente, es muy común observar que a las personas se les presenta una alternativa implacable. Por un lado, abandonarse a la iniciativa ajena y, por otro, decidir tomar iniciativas como sujeto creativo, consciente y autónomo. Cuando se abandona la iniciativa propia, se pierde la autonomía para pensar, emergiendo un estado de sumisión donde el sujeto es manejado por personajes que lo esclavizan y le hacen perder su espacio de autorrealización. El sujeto creativo, en cambio, modela su propia escultura personal, tratando que su pensar y su sentir converjan a un estado de actividad fecunda, constructiva y sin intermediación de personaje alguno.

Los personajes, como tales, se albergan en la vida de cada individuo de manera despótica y constituyen verdaderos condicionamientos, dado que manejan la iniciativa personal, obnubilan la inteligencia y atomizan la sensibilidad, sometiendo al sujeto al consumo de novedades, a la rutina y a la monotonía. Dichos personajes no son solamente externos, sino que también cohabitan con el propio individuo, dando lugar a agitaciones y perturbaciones emocionales que externamente suelen no advertimos.

Aquí se manifiesta aquella alternativa implacable de todo ser humano: o se somete pasivamente a los «personajes» que responden a las formas externas que presenta la cultura corriente y a los condicionamientos internos de sus delirios y fantasías o, por el contrario, ejerce su autonomía de pensamiento y decide por sí mismo como sujeto capaz de resistir los intentos de sustitución de su iniciativa.

Desde el punto de vista pedagógico, diríamos que el sujeto, condicionado por el temor, la manipulación externa, el consumismo de la moda, los bloqueos del prejuicio, la cultura y las formas rutinarias de vida, queda inmovilizado al perder su capacidad atencional y dejar de pensar por sí mismo. Además, la pérdida de autonomía mantiene su inteligencia en una suerte de inercia, simulada por los movimientos aparentes de la ofuscación y la agitación.

Con relación al personaje interno, en la vida cotidiana observamos, tanto en la experiencia propia como ajena, que actuamos en función de un estereotipo que en todo momento busca compulsivamente el éxito, el placer bajo sus diferentes formas y la aprobación ajena. Ese personaje seduce y hasta genera mucha envidia en los demás. Es el estereotipo con el que, a partir de ciertos éxitos, halagos, alabanzas, admiraciones o triunfos, nos hemos identificado creyéndonos ser nosotros mismos. Es el disfraz que registra atentamente todo aquello que desde el exterior halaga el amor propio y la vanidad, cayendo en una creencia que anestesia y deforma la percepción real de nosotros mismos. ¿Acaso tales desvíos no le ocurren al ejecutivo triunfador, al catedrático que deslumbra, al amante seductor, al comerciante opulento que no supieron llegar al conocimiento de sí mismos?

Por otra parte, la imagen social y el rol laboral se comportan como verdaderos soporte y andamiaje del personaje externo con que actuamos. Por eso, cuando un suceso adverso irrumpe en la vida del sujeto, puede generar en él un profundo vacío e inestabilidad por la afectación del personaje que manejó su vida y le impidió su autonomía. En tales casos, ese personaje, inconmovible hasta ese momento, se hace trizas ante lo inesperado y sorpresivo.

Cuando la vida pareciera fragmentarse y hacerse añicos en los fracasos, en las enfermedades, en la soledad, en el abandono, en la pobreza o en cualquiera de las múltiples formas del dolor humano, el personaje exitoso que éramos queda destruido en el nihilismo y en la sensación de un futuro oscuro. Entonces, aparece un punto de bifurcación: o se abandona el personaje con todos sus disfraces o se buscan nuevos personajes con nuevas características. En este último caso, y bajo la creencia de una auténtica renovación, el individuo podría seguir buscando nuevos disfraces para compensar al personaje destruido anteriormente. Es el canje que aquél hace para mantener su halago aún a costa de la autodestrucción y la pérdida de la condición de sujeto.

Pero cuando decide abandonar cualquier forma de personaje, inicia su propio camino como sujeto en la desnudez de su verdad. El opacamiento de la confusión anterior cede su paso a la lucidez de una inteligencia que puede leer en profundidad y a la intensidad de un sentir fecundo que lo comunica y vincula con los demás seres. Es, precisamente, en ese punto aparentemente siniestro donde el sujeto podría resolver una de las paradojas más trascendentes del ser humano. Es la paradoja que convierte el fracaso en posibilidad, el sufrimiento en comprensión, la oscuridad en luminosidad y el vacío en aprendizaje.

Todo comienza cuando la inteligencia comprende y aprende a pensar frente al claroscuro inherente a una vida en constante movimiento. Ser dueño de sí mismo, prepararse para vivir y pensar con autonomía y recuperar la propia medida, son formas de evitar el vacío después de haber sufrido un fracaso o de haber cumplido con éxito una función. Así, rodeado de la amenaza de lo incierto el sujeto, liberado de sus personajes, podrá iniciar y recorrer creativamente el camino de su propia superación sin ceder a otros su escultura personal ni hipotecar su territorio.


Dr. Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com

¿Te sientes aislado o desconectado de los demás?

Es muy común que cuando estamos en estados emocionales intensos, ya sea por ansiedad o por depresión, nos empezamos a alienar o separar emocionalmente de los demás, es como si cerráramos nuestro hogar interior, ya sea por miedo o por necesidad.  A veces es necesario hacerlo, pero hay que reconocer cuándo ya es momento de salir de nuestro caparazón y volver a conectar con los demás.

¿Qué es conectar con los demás?

Cuando digo conectar con los demás, me refiero a esa sensación casi imperceptible y sin palabras, en la que simplemente tienes la certeza de que estás energética o mentalmente conectado a otra persona.  Sientes empatía y te sientes comprendido, que hablan el mismo idioma, que puedes ser tú mismo y que no hay necesidad de ponerte máscaras.

Creo que eso es lo más importante, cuando conectas con alguien más, es ese momento en el que te sientes tú mismo estando con otro.

Nos reconocemos a través del otro

Y como muchos filósofos lo han declarado, nos encontramos a través del otro, nos reconocemos como individuos gracias a que nos espejeamos con el otro.  Por eso, conectar no se trata de la otra persona, se trata de ti mismo, pues al hacerlo, te conoces, te encuentras, te sientes, te descubres, te vibras a ti tal y como eres.

Cuando no te abres con los demás, te cierras a ti mismo

De igual forma, cuando te cierras emocionalmente a los demás, y dejas de compartirte y de abrirte desde tus emociones y tus pensamientos, en ese momento lo que en realidad pasa, es que te cierras a ti mismo, y te privas de la oportunidad de sentirte y reafirmar quién eres.

Relación entre ansiedad y conexión con los demás

En un muy alto porcentaje, dentro de la consulta privada, reconozco que como personas que tendemos a la ansiedad, de igual forma, tendemos a necesitar de conexiones profundas, no superficiales, con los demás. Es precisamente eso lo que no nos gustaba de cuando éramos niños, que lo que sentíamos en nuestras familias no era trascendente o profundo.

Podría decir, que en un 80%, las personas que tienden a la ansiedad son personas profundas, que gustan de temas interesantes, espirituales, filosóficos, y cuando se encuentran en una relación o plática superficial, se cierran y se aíslan, pues… pierden el interés o sienten que no serán comprendidos en quienes son, que serán juzgados o inclusive rechazados por ser «diferentes».

Entonces, se cierran emocionalmente y dejan de conectar, pero en realidad, necesitan de esa conexión para sentirse y reafirmarse, y es ahí donde empiezan a sentir ansiedad, o bien, ya una vez sintiendo ansiedad, se cierran aún más por temor a que alguien no comprenda la profundidad de lo que están sintiendo.

Sí puedes ser entendido en tu profundidad

Quizás no de la misma exacta forma en la que tú la sientes, pero de que las demás personas a tu alrededor pueden ser profundos, pueden serlo, tan sólo necesitas darles una oportunidad y compartirles quién eres, tú guiar las pláticas, tú hacer las preguntas indicadas, decir lo que sientes respecto a la superficialidad o simplemente, tú no ser superficial al juzgar a los demás por parecer serlo.

¿Cómo volver a conectar con los demás?

Entonces, claramente te gusta conectar con los demás, las relaciones profundas y los temas interesantes. Ok… ahora de lo que se trata, es que te atrevas a salir de tu caparazón y dejarte conocer, enfrentándote a la posibilidad de que habrá gente con la que conectarás y otra con la que no.  Pero vale la pena hacerlo, pues cuando encuentres a la gente con la que sí, cubrirás tu necesidad y te sentirás satisfecho.

Lo que más te puedo recomendar es que actives dentro de ti una actitud de apertura, que literalmente te quites las máscaras, dejes de pretender o de esconderte detrás de ellas, abras los brazos en tu postura, levantes la cara, expreses lo que sientes y pienses, y te dejes ver.

Es mejor que te amen por quién eres a que idolatren a quién no eres

Esto ya lo he compartido varias veces, pero quiero reforzarlo, pues vale mucho más la pena que tres personas en la vida te amen por quien realmente eres, a que 10 mil idolatren a tu máscara, a la imagen o a la fantasía que no eres.

Así es que te invito a que te dejes ver, y descubrirás que inclusive, encontrarás más gente que genuinamente te aprecia, de la que antes apreciaba a la versión escondida o desconectada de ti.

En conclusión

Quisiera terminar reforzando que como personas, como seres humanos, necesitamos conectar con los demás en un nivel genuino, real y auténtico, pero para eso, tendrás que animarte a ser auténtico contigo mismo en primer lugar, y atreverte a mostrarle al mundo quien eres en realidad.  Créeme, vale la pena hacerlo.


Fabiola Cuevas | Desansiedad.Com

Libérate de la opinión ajena

El tesoro más preciado que puede tener un ser humano es la libertad y es justamente eso lo que constantemente busca nuestra alma. Pero no me refiero a la libertad física sino a la libertad interior.

Durante nuestra vida atravesamos por numerosas experiencias y muchas veces sin darnos cuenta nos encadenamos a algún recuerdo doloroso, a culpas, resentimientos u otras circunstancias que nos roban la libertad. Vivimos interiormente en una cárcel sin siquiera ser conscientes de ello.

En lo personal, hay una situación en particular que me mantuvo atada por mucho tiempo; cuando me hice consciente de ello y pude librarme sentí una maravillosa sensación e hizo que todo un nuevo mundo se abriera  ante mis ojos, esto fue cuando me liberé de la opinión ajena.

El prestar atención a lo que opinan los demás o dejarse influenciar por sus comentarios nos provoca un desgaste enorme y no nos permite ser auténticos, no nos deja disfrutar siendo quienes realmente somos por miedo a ser juzgados o al qué dirán.  No hay nada más hermoso que ser uno mismo, sin tratar de agradar o de ser perfectos, dejando de lado cualquier máscara y sólo ser como somos.

El camino para liberarse de la opinión ajena comienza por entender que cada persona es un mundo aparte porque todos hemos tenido diferentes experiencias, hemos aprendido cosas distintas y por tanto percibimos el mundo de manera distinta. De esta forma, cada quien verá las cosas desde su propia perspectiva la cual será siempre diferente a la nuestra, nadie puede mirar a través de nuestros ojos.

Al comprender esto, nos damos cuenta que las opiniones de los demás no se refieren a nosotros sino a la forma que ellos tienen de ver el mundo de acuerdo a sus historias y a sus experiencias.  Lo que el otro dice, lo que hace, lo que opina es sólo el reflejo de su mundo interior y eso no tiene absolutamente nada que ver conmigo.

Lo único que debe importarme es lo que yo opino porque esa es la única opinión basada en la verdad, en mi verdad, en lo que yo he experimentado, en lo que yo conozco de la vida.

Por eso si alguien me dice: «Qué bien te ves» o si me dice: «No te queda bien ese peinado» ninguna de las dos opiniones realmente son importantes para mí porque reflejan la opinión de un mundo distinto al mío. En mi mundo yo tengo muy claro lo que me gusta y lo que no.

De igual forma si alguien me dice algo ofensivo, no me lo tomo personalmente, porque sé que se trata de su problema y no del mío, es decir se está refiriendo a sí mismo, haciendo una descripción de su propio mundo, de donde vive en su interior, de la forma que ve el mundo, no a mí. Quizás tuvo un mal día, tiene problemas personales, heridas emocionales…  Lo cierto es que nada de lo que otro diga está relacionado conmigo, sino con ellos.

También hay veces en que alguien nos dice que les hacemos daño con nuestras palabras o acciones. No somos nosotros quienes hacemos daño, sino  son sus propias heridas internas, nosotros no las pusimos ahí, esas ya estaban, mis palabras sólo las hicieron relucir, pero no es mi culpa. Es su historia y no soy yo quien debe sanar esas heridas, el problema no es conmigo sino con sí mismos.

Cuando mis opiniones son claras en mi interior, cuando sé muy bien quién soy y comprendo que siempre actúo de la mejor forma que me es posible de acuerdo a mi evolución, cuando acepto que cometo errores porque estoy aprendiendo pero con amor me perdono, en definitiva cuando aprendo a amarme incondicionalmente, lo que digan los demás deja de ser importante para mí, ya no necesito de la aprobación o del amor de los demás para ser feliz.

Lo que opinen los demás pasa a ser sólo eso: una opinión.


Marcela Allen | Aldiaria.Blogspot.Com

El mayor riesgo es aprender a vivir

Hoy una vez más el destino puso en mi camino una maravillosa persona. Desde el primer contacto con él sentí una confianza como si lo conociera de toda mi vida, sin poses, miedo al qué dirán y aquellos prejuicios que muchas veces nos impiden ser tal cual somos por temor a ser rechazados simplemente, sin máscara alguna.

A mi manera de ver, vivir la vida era siempre la de una persona impulsiva, impaciente, creativa; extremista soñadora, explosiva y un tanto caprichosa y posesiva con todo y nada. Caminando contra corriente, pero de ideas y valores firmes. Sin embargo, con el paso del tiempo estas fueron las lecciones que dejó en mí:

A disfrutar y valorar los pequeños detalles.

Todo tiene su tiempo en esta vida y esto es: situaciones, relaciones interpersonales y experiencias que se tienen que vivir. No puedes adelantar, forzar algo, ya que con eso sólo te llevará al fracaso.

Que mi corazón estaba en las personas y cosas que realmente me importaba.

A pedir disculpas cuando sabía que mi comportamiento no era el adecuado, dejando a un lado el orgullo siendo una persona humilde.

Descansar, más, nunca desistir de mis sueños, sino hacerlos realidad y jamás darme por vencida.

La paciencia, puesto que nada ganaba con querer comerme el mundo en un instante.

A dar a los demás sin esperar nada a cambio, puesto que los sentimientos nunca se agotan.

Esto y más quedó en mí; sobre todo me enseñó a ser una persona auténtica. Simplemente, me enseñó que el riesgo más grande que vale la pena y debemos correr, es vivir sin importar cuántas veces descanse, siempre hay algo nuevo que aprender.


Nadia Kabande Toledo

Me concedo…

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  • Me concedo a mí mismo el permiso de hacer lo que me gusta, en vez de hacer lo que los demás esperan de mí.
  • Me concedo a mí mismo el permiso de ser quien soy, en lugar de hacer importante lo que otro piensa que yo debería ser.
  • Me concedo a mí mismo el permiso de sentir lo que siento, en vez de sentir lo que otros sentirían en mi lugar.
  • Me concedo a mí mismo el permiso de pensar lo que quiero.
  • Me concedo a mí mismo el permiso de decir lo que pienso, si quiero, o de callármelo, si es que así me conviene.
  • Me concedo a mí mismo el permiso de correr los riesgos que yo decida correr, con la única condición de aceptar pagar yo mismo los precios de los mismos.
  • Me concedo a mí mismo el permiso de buscar lo que yo creo que necesito del mundo, en lugar de esperar que alguien más me dé el permiso para obtenerlo

Estos permisos esenciales condicionan nuestra forma de ser y ser persona es el único camino para volverse autodependiente.

Estos permisos me permiten finalmente ser auténticamente quien soy.

El camino de la autodependencia es el camino de hacerme cargo de mí mismo.


Jorge Bucay