Día de limpieza

Estaba necesitando hacer una limpieza en mí…

Tirar algunos pensamientos indeseados; lavar algunos tesoros que estaban medio oxidados. Entonces saqué del fondo de las gavetas, recuerdos que no uso y no quiero más. Tiré afuera algunos sueños, algunas ilusiones…

Papeles de regalo que nunca usé, sonrisas que nunca di. Tiré fuera la rabia y el rencor de las flores marchitas que estaban dentro de un libro que nunca leí. Miré mis sonrisas futuras y mis alegrías pretendidas… y las coloqué en un cajoncito, bien ordenaditas.

Quedé sin paciencia… Saqué todo de adentro del armario y lo fui tirando al suelo: pasiones escondidas; deseos reprimidos; palabras horribles que nunca hubiera querido decir; heridas de un amigo; recuerdos de un día triste…

Pero también encontré otras cosas… y muy bellas. Me senté en el suelo, para poder escoger. Un pajarito cantando en mi ventana; aquella luna color de plata; esa puesta de sol… Me fui encantando y distrayendo, mirando cada uno de aquellos recuerdos. Arrojé directo en el tacho de la basura los restos de un amor que me hirió. Tomé las palabras de rabia y de dolor que estaban en el estante de encima, pues casi no las uso, y las tiré fuera en el mismo instante.

Otras cosas que aún me hieren, las coloqué en un cajón para después ver lo que haré con ellas, si las olvido o las envío al basurero. Encontré aquel cajoncito, aquella gaveta en la que uno guarda todo lo que es más importante: el amor, la alegría, las sonrisas, un dedito de fe para los momentos que más necesitamos. Recogí con cariño el amor encontrado; doblé ordenaditos los deseos; coloqué perfume en la esperanza; pasé un pañito en el estante de mis metas y las dejé a la vista para no olvidarlas. Coloqué en los estantes de abajo algunos recuerdos de la infancia; en la gaveta de encima, los de mi juventud, y colgado bien enfrente, puse mi capacidad de amar, y principalmente… la fuerza para Recomenzar.

«Para empezar a cambiar tu vida: Hazlo de inmediato, hazlo de forma extraordinaria. Sin excepciones».

WILLIAM JAMES 

El poder del perdón

Saber perdonar tiene muchos beneficios para el cuerpo y las relaciones. Aprende cómo influye en todos los aspectos cotidianos. 

Tal como canta Elton John, el perdón parece ser uno de los conceptos más difíciles de experimentar. Pero además de eso, por lo que pude investigar, es un término mal entendido.

Muchas veces no perdonamos porque creemos que el perdón contribuye a la injusticia. «Quienes hicieron daño no merecen nuestro perdón», pensamos. Si perdonamos nos volverán a herir, se van a aprovechar de «nuestra nobleza». El enojo por los daños y ofensas a veces no se ve mermado ni siquiera por el tiempo. Se puede estar enfurecido con los propios padres por sus errores durante la crianza, con quienes abusaron alguna vez de nuestra buena fe, y con esa cuñada que nos dijo «gorda» (o lo insinuó) en la Navidad de hace diez años.

No perdonamos a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos

Guardamos la herida en el alma como un tesoro filoso, la sacamos en el recuerdo de vez en cuando y la miramos absortos como si fuera un álbum de fotos, una joya de exposición. Y, en ese momento, proyectamos otra vez en nuestra mente la película triste del episodio imperdonable y revivimos todo. El enojo del pasado se alimenta con grandes bocados de presente. Eso es el rencor.

Pero, realmente ¿por qué motivos valdría la pena perdonar? ¿Sólo por una cuestión religiosa, por puro altruismo? En un mundo que en muchas ocasiones es tan sumamente cruel, ¿hay algún asunto que sea imposible de disculpar?

La información es rica y variada al respecto. Algunos expertos se han dedicado a estudiar el perdón como una ciencia y han descubierto algunas cuestiones realmente sorprendentes.

Para conocerlo y dominarlo, primero debemos saber de qué está construido el perdón, qué es y qué no es este sentimiento transformador.

Aviones sin descanso

Fred Luskin es consejero, psicólogo de la salud y director del Proyecto del Perdón de la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos. En su guía «Perdonar es Sanar», que recoge casos y estudios de ese programa, Luskin explica que las aflicciones sin solucionar son como aviones que vuelan días y semanas sin parar ni aterrizar, congestionando recursos que se pueden necesitar en caso de emergencia. «Los aviones del rencor se convierten en fuente de estrés, y frecuentemente el resultado es un choque», afirma Luskin.

El especialista aclara que el perdón no es aceptar la crueldad, olvidar que algo doloroso ha sucedido ni excusar el mal comportamiento. Tampoco implica la reconciliación con el ofensor. «El perdón es para usted y no para quien lo ofendió», dice Luskin. «Se aprende a perdonar como se aprende a patear una pelota. Mi investigación sobre el perdón demuestra que las personas reservan su capacidad para molestarse pero la usan sabiamente. No desperdician su valiosa energía atrapados en furia y dolor por cosas sobre las que nada pueden hacer. Al perdonar, reconocemos que nada se puede hacer por el pasado, pero permite liberarnos de él. Perdonar ayuda a bajar los aviones para hacerles los ajustes necesarios».

Según Luskin, el perdón sirve para descansar y no implica que el ofensor «se saldrá con la suya» ni aceptar algo injusto. Significa, en cambio, no sufrir eternamente por esa ofensa o agresión.

Sin embargo, ¿qué pasa si esta última fue demasiado grave?

La lección de Kim

Era la guerra de Vietnam, exactamente el 8 de noviembre de 1972. La familia de Kim Phuc intentó guarecerse en una pagoda cercana al escuchar el ruido de los aviones estadounidenses. Pero el refugio no fue suficiente contra las bombas de napalm que caían del cielo, y el lugar comenzó a incendiarse.

Un corresponsal de la agencia de noticias Associated Press, Nick Ut, sacó en ese momento la foto famosa y triste que recorrió el mundo. Allí estaba Kim, de nueve años, desnuda y llorando en un grito, con gran parte de su cuerpo cubierto de quemaduras de tercer grado. A pesar de eso, Kim sobrevivió. Tuvo que someterse a 17 cirugías y luego de años de ser utilizada como símbolo de la resistencia por su país, pidió asilo en Canadá. Pero lo destacable en su historia es que Kim perdonó al capitán John Plummer, el oficial que ordenó tirar las bombas sobre su pueblo.

En «El Don de Arder», Kim cuenta a la periodista Ima Sanchís que al encontrarse con el militar en un evento no lo insultó, sino que lo abrazó: «La guerra hace que todos seamos víctimas. Yo, como niña, fui una víctima, pero él, que hacía su trabajo como soldado, también lo fue. Yo tengo dolores físicos, pero él tiene dolores emocionales, que son peores que los míos».

Kim ha capitalizado sus viejas heridas en una forma positiva. En la actualidad, viaja por el mundo pidiendo por la paz, y es presidenta de la Fundación Kim Internacional, organización dedicada a dar asistencia a víctimas de conflictos armados.

Pero ¿cuál es el secreto para actuar con esa entereza?

Resiliencia, la palabra mágica 

Boris Cyrulnik sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi del que logró huir cuando tenía apenas seis años. Luego de la guerra, anduvo de un refugio en otro hasta terminar en una granja de beneficencia. Unos vecinos le enseñaron el amor por la vida y la literatura, y más tarde él decidió ser médico y estudiar los mecanismos de supervivencia. Hoy es psiquiatra, neurólogo, escritor, psicoanalista y especialista en resiliencia, un concepto psicológico que define la capacidad de las personas de sobreponerse a la adversidad y ser fuertes en las crisis. «La resiliencia es un antidestino», dice Cyrulnik. «Es un trabajo, no es fácil, pero es un espacio de libertad interior que hace posible que uno no se someta a su herida».

Las personas que pueden sobreponerse a las tragedias o que logran salir de períodos difíciles de dolor emocional pueden dejar su papel de víctima y empezar una vida nueva, al igual que Boris y Kim. ¿Se ha preguntado por qué algunas personas, agobiadas por el desamparo en su infancia, caen en la delincuencia o se convierten en agentes de maltrato, y otras, en cambio, se recuperan, se vuelven personas de bien y son felices, fuertes, prósperas o exitosas? La resiliencia es la respuesta, y, para lograrla, el perdón es uno de los ingredientes requeridos.

De acuerdo con la psicoterapeuta Rosa Argentina Rivas Lacayo, presidenta de la Asociación Latinoamericana de Desarrollo Humano y de la Asociación de Orientación Holística de la República Mexicana y autora del libro «Saber Crecer»: «Sin perdón no podemos crecer ni fortalecernos con la adversidad. No lograremos tampoco ser resilientes. Algunas personas mantienen su dolor al rojo vivo para demostrar al mundo lo mal que han sido tratadas, sin querer darse cuenta de que se dañan ellas mismas al hacerlo. Al mundo no le interesa nuestro pasado, sino lo que somos capaces de hacer y dar ahora. Cuando nos aferramos al dolor añejo, la autocompasión empaña nuestra capacidad de dar a los demás y, al asumir el papel de mártires, nos sentamos a esperar que alguien mágicamente resuelva nuestra vida».

Para Rivas Lacayo, el perdón nos ayuda a reconocer y admitir que somos frágiles y que no necesitamos ocultar la debilidad. Al hacernos conscientes de nuestros límites, evitaremos que la experiencia se repita.

No es poco, pero hay más: ¿qué tal si hubiera pruebas médicas de la utilidad del perdón?

El perdón, para prevenir las enfermedades 

Además de la salud espiritual, existen varias pruebas de que dejar atrás la hostilidad protege la salud física. Y no es una metáfora ni una «manera de decir». Un estudio denominado «Forgiveness and Physical Health» realizado en la Universidad de Wisconsin indicó que aprender a perdonar puede ayudar a prevenir las enfermedades del corazón en personas de mediana edad. En esa investigación se descubrió que, cuanto mayor era la capacidad de perdonar de las personas, menos problemas de salud coronaria manifestaban a lo largo de su vida. En cambio, cuanto menor era la habilidad para disculpar, más frecuentes eran los episodios de trastornos cardiovasculares.

Con respecto a la rememoración de heridas, he aquí otra información importante: una investigación señaló que pensar durante cinco minutos en algo que produce desazón, enojo o disgusto puede disminuir la variabilidad del ritmo cardíaco (VRC), una medida de la salud del sistema nervioso que señala cuán flexible es el estado del sistema cardiovascular. Para afrontar y responder en buenas condiciones el estrés, el corazón necesita flexibilidad. El mismo estudio mostró que esos cinco minutos de pensamiento negativo desaceleran la respuesta del sistema inmunitario o de defensas del organismo.

Los beneficios del perdón (tanto los que protegen el cuerpo, como los que alivian y «limpian» el alma) no se aplican sólo a los demás sino también a uno mismo, cuando a pesar de nuestros errores y culpas somos capaces de perdonarnos y dejar de sentirnos merecedores de un castigo.

Perdonar no es olvidar ni permanecer en el error. Por el contrario, es empezar de nuevo, con la experiencia adquirida, sin los rencores «sobrevolando» y confundiendo las posibilidades del presente.

Al igual que el amor, el perdón no es algo que se «entrega» a los demás, sino un regalo vital para nosotros mismos.


Ágata Székely | Selecciones.Com

Encarando el miedo

En principio el miedo no es algo negativo, se trata de un mecanismo de defensa que crea nuestra mente cuando percibimos una situación de riesgo. Ahora bien, cuando la situación de supuesto riesgo se produce ante un estímulo positivo, se trata de un miedo irracional y éste siempre tiene como base una inseguridad.

¿Por qué surge el miedo?

Digamos que nosotros nos hemos creado una especie de burbuja de bienestar, a nuestro modo y semejanza. El miedo aparecerá cuando vemos peligrar dicha burbuja, es decir, cuando creemos que va a producirse un cambio que pueda desestabilizar nuestra seguridad. Si consideramos una relación como algo que nos quita (pérdida de intimidad, compartir tiempo de descanso, estar al pendiente del otro, etc.) y no que nos aporta (amor, compañía, bienestar, etc.), entonces es cuando aparece el miedo.

El miedo pone en la balanza los recursos que uno tiene y aquello que tenemos que afrontar. Cuando se produce un desajuste en esta balanza, es cuando se hace presente. Por tanto, es una cuestión de inseguridad y de no conocerse bien a uno mismo, lo que conlleva malestar y frustración.

¿Qué suele pasar cuando uno no sabe reconocer sus propias capacidades y habilidades emocionales? Tiende a evitar aquello que despertó su alarma de amenaza inminente. No deja de ser una mala adaptabilidad a los cambios, que por otro lado anhelamos, pero que nos cuesta reconocer. Nos vemos como frágiles o débiles y nos ponemos una coraza para supuestamente no nos puedan tocar, pero obviamos lo más importante: la amenaza somos nosotros mismos, no el entorno.

¿Qué características suelen identificar a este tipo de personas?

  • Les cuesta tomar decisiones personales porque temen el cambio y salirse de su Zona de Confort.
  • Son personas rígidas en el trato, quieren tenerlo todo controlado. La falta de control es lo que les hace activar los mecanismos de alarma.
  • Suelen tener dificultades en expresar sus propias emociones. Intentan no profundizar en lo que sienten o piensan respecto a alguien o algo y ello provoca problemas de comunicación con los demás.
  • En muchas ocasiones se sienten inseguros de si mismos y no soportan ver la seguridad en otros, por lo que inconscientemente crean disonancias cognitivas como convenciéndose de que esa persona no es tan maravillosa como se muestra ante los demás.

Hemos de tener en cuenta que el carácter y personalidad que tenemos en nuestra etapa adulta va muy de la mano de la relación afectiva que hemos tenido con nuestros progenitores en la infancia. Es por ello que una familia que haya protegido mucho a su hijo, haya sido muy rígida en su educación o demasiado permisiva, hace que la persona no pueda desarrollar sus propias estrategias de afrontamiento para valerse por sí misma.

¿Cómo suelen actuar?

En el terreno emocional suelen ser personas muy atractivas, grandes conquistadores, ya que tienen esa necesidad de tener una relación estable, por su carencia afectiva. Por el contrario, cuando ya se ven dentro de la relación empieza el miedo y se crean situaciones de confusión en sí mismo y en el otro. Es aquí cuando se produce la disonancia cognitiva que mencionaba anteriormente, la mente empieza a crear pensamientos de alerta porque no soporta las propias incongruencias (no es la persona que busco, no va a poder ofrecerme lo que quiero, no voy a cumplir sus expectativas, en verdad no quiero tener una pareja estable, aún me quedan muchas cosas que experimentar y que no podría hacer si estoy en pareja, etc.).

En cierta forma, la falta de estrategias y de conocimiento sobre uno mismo hace que se busque justificación a la propia inseguridad y temores. Al final como no se tienen las capacidades para asumir el miedo y gestionar el malestar, se buscará romper la relación para recuperar la estabilidad y huir del descontrol.

¿Cómo afrontar el miedo al compromiso?

El primer paso es admitir que tenemos unas limitaciones emocionales en las que tenemos que trabajar. Evaluando las verdaderas necesidades y arriesgándonos a afrontar los miedos, éstos desaparecerán. Por tanto, una buena autoestima es la base de todo.

Al miedo se le vence encarándolo. Hay una frase de Jiddu Krishnamurti que dice «Haz lo que temes y el temor morirá», pues así mismo es. Para ello nos vamos a servir de una serie de estrategias:

  • No vamos a evitar aquello que nos da miedo, huir no soluciona el problema.
  • Hemos de ir introduciendo pequeños cambios que poco a poco ayuden a la mente a entender que seguimos teniendo el control de la situación, ya que como es lo que más nos asusta hay que educarla. Si una característica tiene la mente es que es muy plástica, ¿esto qué quiere decir? Que entrenándola se adecúa a lo que queramos.
  • Valorarse a uno mismo fortalecerá la seguridad en las acciones y decisiones que tomemos. Por tanto necesitamos hacer un reconocimiento positivo de nuestras capacidades y limitaciones, ya que una limitación no es algo negativo, se necesitan de ambas para encontrar el equilibrio.
  • Es básico empezar a expresarse emocionalmente, sobre todo la parte negativa de nuestro malestar. De esta manera reduciremos tensiones y por tanto nos relajaremos más. Si al principio cuesta hacerlo con otras personas, escribiéndolo se puede empezar uno a entrenar (Ventilación Emocional), además de que nos sirve para reflexionar.
  • La clave de toda buena relación es la comunicación y la confianza, sin ellas no hay pareja que sobreviva de una manera sana. Por lo que el objetivo tiene que ser lo que se conoce como asertividad, es decir, decir en todo momento lo que se piensa y siente sin entrar en herir a nuestro interlocutor, en este caso nuestra pareja.

Merece la pena hacer el intento de superar el miedo ¿no creéis? ¿Qué supone pasar un mal rato cuando la compensación es eterna?


Ciara Molina | CiaraMolina.Com

Seis pasos para sanar las heridas emocionales de la infancia

Buscar culpables sólo nos hace perder energía. Es fundamental que nos demos permiso para enfadarnos y aprendamos a perdonarnos; al sanar nuestras heridas podremos ir por el mundo sin ocultarnos.

Las experiencias dolorosas que desarrollamos a lo largo de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Generalmente nos cuesta afrontar problemas emocionales como separaciones, traiciones, humillaciones, abandonos o injusticias.

Lo cierto es que es probable que muchos de nosotros aún no hayamos cerrado esas heridas, que sigan doliéndonos y que intentemos enmascararlas bajo el maquillaje de la vida.

Sin embargo, no nos percatamos de que sólo estamos evitándolas y que cuanto más esperemos más se agravarán; esto es mucho más complicado cuando, a pesar de que sabemos que algo no está bien en nuestro interior, todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos heridos.

Así, hay un tanto por ciento de ignorancia que, unido al miedo de revivir nuestro dolor, no nos permite ser nosotros mismos, obligándonos a interpretar un papel que tenemos poco o nada estudiado y que no nos corresponde.

Seguro que, si estás leyendo esto, te sobran las ganas de conocerte y de mejorarte cada día. Por eso, con este artículo te queremos acercar una pequeña ayuda para que conozcas cuál es el proceso que debes seguir si quieres poner en marcha la maquinaria del afrontamiento que te permita curar tus heridas.

Así es que, a continuación, te mostramos 5 etapas que necesitamos experimentar para sanar nuestras heridas emocionales:

1. Acepta la herida como parte de ti

No te tapes los ojos, la herida existe. Puedes reconocerlo o no, pero en realidad hacerlo es lo único que te ayudará a seguir adelante. Según Lisa Bourbeaur aceptar una herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que tener situaciones que resolver forma parte de la experiencia del ser humano.

Puede que pienses que vendarle los ojos al sufrimiento es lo mejor que puedes hacer, pero eso implica que la herida se complique con el paso del tiempo.

Debes aceptar y comprender que no somos mejores o peores porque algo nos haga daño. Haberte construido tu coraza es un acto heroico, un acto de amor propio que tiene mucho mérito, pero que ya ha cumplido su función. Ya te protegió del ambiente que te originó la herida, por lo que es la hora de dejar ir y avanzar.

Aceptar nuestras heridas resulta muy beneficioso cuando es con el fin de adquirir el aprendizaje que necesitábamos. Si no lo haces, generarás numerosos problemas a largo plazo, tales como depresión, ansiedad e inseguridades.

2. Aceptar que te haces daño sucumbiendo al temor o al reproche

Si focalizamos nuestra atención en el dolor y en la búsqueda de un culpable o un responsable estaremos perdiendo energía, la cual es muy necesaria para sanar nuestra herida. Intenta perdonarte y perdonar a los demás, pues es la única manera de que consigas pasar página y abrir tu corazón.

Debes entender que la voluntad y la decisión de sobreponernos a nuestras heridas es el primer paso hacia la autocomprensión y el autocuidado. No sólo desarrollarás estas cualidades para ti, sino también hacia los demás, lo cual redundará en un mayor bienestar emocional.

No puedes pretender que los demás cumplan tus expectativas y te saquen del pozo cada vez que te hundes; no es justo cargar a alguien con esa responsabilidad que solo nos corresponde a nosotros mismos. De hecho, son este tipo de comportamientos los que llevan a anular gran parte de nuestras relaciones y de nuestra vida, lo que genera a su vez gran malestar emocional.

3. Date permiso para enfadarte con las personas que alimentaron tu herida

Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará culpar y sentir enfado hacia quien nos perjudicó. Date permiso para enfadarte con ellos y perdónate.

Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás reprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento, dos sentimientos extremadamente perjudiciales para nuestra salud.

Vivir imponiéndonos trampas emocionales es castigarnos y abocarnos a una vida llena de dolor y de insatisfacción. Además, de nuevo, esto ocasionará que enmascares tu verdadero Yo interno y que no seas capaz de abrir tu corazón.

4. Tras la aceptación y el perdón viene la transformación

Absolutamente todas nuestras experiencias nos enseñan algo. Es probable que te cueste aceptarlo, pues nuestro ego es especialista en crear esa barrera de protección que oculta nuestros problemas.

Lo cierto es que nuestro ego suele complicarnos la vida; sin embargo, son nuestros pensamientos y nuestros comportamientos los que la simplifican. Todo cambio requiere de un gran esfuerzo, pero es necesario mirar de frente y afrontar que no estamos siendo nosotros mismos y que algo debe cambiar.

5. Observa el mundo con y sin herida

Date tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años. Estaba ahí y, aun sin saber cómo, dirigía cada uno de tus movimientos. Deshazte de tus máscaras, no te juzgues, no te critiques y pon todo de ti a la hora de intentar sanar tu herida de manera profunda.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses o años. Lo ideal es que seas capaz de decirte a ti mismo «Vale, me he colocado esta máscara y la razón ha sido esta. Es hora de quitármela». Entonces sabrás que estás en el camino correcto y que, en el resto del viaje, tu guía será la inercia que te permita sentirte bien sin ocultarte.

6. Apóyate en tu círculo social

Es probable que pienses que tú puedes con todo y que ya has salido de peores pozos. Sin embargo, no hay motivos por los cuales debas renunciar al consuelo de un corazón que te escuche pacientemente.

Es evidente que el apoyo que los demás nos brindan puede ser crucial a la hora de superar múltiples obstáculos. No renuncies a los abrazos y al mundo, ellos también forman parte de ti y juntos pueden reconstruir un nuevo hogar en el cual vivir sin sufrimiento.


Alejandra Plaza | AlejandraPlaza.Com

Expresar versus reprimir las emociones

Contexto cultural donde operan las emociones

El pensamiento de los últimos siglos ha insistido en el uso de la razón por sobre encima de las emociones. Culturalmente nos hemos educado a guiarnos «racionalmente», bajo la premisa «pienso, luego existo», restando importancia a la emoción y su expresión.

El ambiente cultural y social actual apunta a la no expresión emocional, sobre todo aquellas emociones que social y culturalmente han sido etiquetadas – estigmatizadas – como negativas, tales como la rabia, la tristeza, el dolor, o el miedo. Estas emociones han sido catalogadas como una debilidad más que un potencial, en consecuencia hay la tendencia a negarlas, reprimirlas, camuflarlas o apaciguarlas. En este contexto es común escuchar expresiones tales como: «Si te ven triste o llorando van a pensar que eres débil», «deja el enojo: van a pensar que eres un amargado (a)», «no te rías tan fuerte: te ves tan vulgar cuando lo haces», «contrólate, no llores…» «los hombres no lloran», etc.

De modo que las personas tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados, lo cual puede implicar reprimir o negar determinadas emociones. Como dice Maickel Malamed: «Parte del manejo emocional tiene que ver con moldes… el hombre piensa, la mujer siente, los hombres no lloran, la tristeza es mala, el miedo es de cobardes… se pierde la emoción en una cuestión moral y la moralidad está en la acción, no en el sentimiento». Pero nos engañamos al pretender meter las emociones en un molde, y etiquetarlas como buenas o malas, positivas o negativas. Las emociones son, simplemente, expresiones naturales de nosotros mismos que expresan una realidad interna, una necesidad.

Las emociones son un componente fijo de nuestro programa de comportamiento

Como seres humanos no podemos suspender, desconectar o eliminar las emociones de nuestro repertorio de experiencias y  comportamientos. Las emociones no son simplemente una opción dentro de un menú del que podemos escoger alguna de las opciones sugeridas. Por el contrario, representan un componente fijo de nuestro programa de comportamiento. Las emociones son reacciones instintivas – impulsos o disposiciones – para actuar, ante situaciones y circunstancias diversas.

Las emociones nos brindan la dirección que requerimos para actuar en cada situación, al facilitar la toma de conciencia de lo que nuestro organismo está experimentando, al ser éstas expresión fiel de lo que está aconteciendo en nuestra vida interior. En este sentido, las emociones nos dan una referencia acertada de lo que nos sucede en un momento determinado, y la energía adecuada para actuar en cada situación.

Cada una de las emociones son signos que nos ayudan a prepararnos para responder a diferentes situaciones. Así por ejemplo la rabia nos informa que alguien ha traspasado nuestros límites, el dolor nos dice que ha aparecido una herida, el miedo nos comunica nuestra necesidad de seguridad, el placer nos ayuda a tomar conciencia de que nuestras necesidades están satisfechas, la tristeza nos susurra del valor de lo perdido, la frustración nos expresa que tenemos necesidades no atendidas – objetivos no alcanzados -, la impotencia nos habla de la falta de potencial para el cambio, la confusión nos expresa que estamos procesando información contradictoria. Cada emoción tiene su propio mensaje e intensidad.

1. El control: Una estrategia neurótica de gestionar las emociones

Una de las estrategias – estériles e inefectivas – que más utilizamos para lidiar con las emociones con las cuales nos sentimos incómodos, tales como la ira, el miedo, la impotencia, la frustración, la inseguridad, entre otras, es el control. Al respecto comenta Norberto Levy: «Al sentir una emoción que nos disgusta, como el miedo o enfado, queremos controlarla para que desaparezca. Pero así sólo se intensifica. El camino es ayudarla a madurar».

Hay muchas maneras de controlar las emociones. Podemos racionalizarlas, reprimirlas, negarlas o simplemente tratar de desconectarlas, en el caso de que nos resulten demasiado amenazantes. Pero el resultado de este «esfuerzo disciplinado» por controlar las emociones, es la insanidad emocional, la pérdida del contacto con el sí mismo, la inautenticidad, la desintegración del alma.

La represión emocional daña nuestra salud psicológica y física

Negar o reprimir «emociones indeseadas» como el miedo, la tristeza o la rabia, no hará que desaparezcan, por más «disciplina y control» que utilicemos. Seguirán presente en nuestras vidas, pero expresándose de otras formas, como rigidez corporal, insomnio, adicciones, falta de espontaneidad, irrupción descontrolada de los rasgos y sentimientos controlados, compulsividad en algunas de nuestras acciones, degradación funcional de la secuencia vital de nuestra comunicación (percepción – sentimiento – expresión).

La emoción es energía que genera nuestro organismo y que por su naturaleza busca expresarse. Ahora la energía, por principio físico, no se destruye sino que se transforma. Así sucede con la emoción cuando la reprimimos evitando que se exprese mediante el llanto, las palabras, la risa, etc…, se transforma en enfermedades como gastritis, problemas digestivos, problemas cardiovasculares, cáncer, entre otras enfermedades; o en insanidad psicológica, como culpa, depresión, ansiedad, etc. Resulta, pues, un esfuerzo inútil tratar de «enterrar las emociones». Como lo expresa Don Colbert: «Las emociones no mueren. Las enterramos, pero enterramos algo que todavía está vivo». Agrega Deb Shapiro: «Toda emoción reprimida, negada o ignorada queda encerrada en el cuerpo».

Cuando reprimimos las emociones negándoles su expresión, el efecto de expresión y movimiento que es inhibido, se encauza hacia adentro. Así por ejemplo, cuando reprimimos la rabia o el miedo, la tensión muscular que debería experimentarse en los músculos orientados hacia el exterior, que intervienen en la respuesta típica de huida o ataque, se direcciona hacia adentro, transfiriendo esa carga a los músculos internos y vísceras. En el largo plazo esa tensión que acompaña a las emociones y que fue inhibida, termina expresándose a través de otras formas como contracciones y rigidez muscular, dolores del cuello y espalda, enfermedades gástricas, dolores de cabeza, entre otros.

Las emociones que no expresas, enfrentas y resuelves, terminan por manifestarse en alguna parte del cuerpo.

Está también el debatido enfoque de las enfermedades psicosomáticas, según el cual los trastornos físicos psicogénicos se desarrollan a causa de sentimientos reprimidos.

Cuanto más fuerte es la represión de una emoción, más fuerte es la explosión emocional

Controlar las emociones es una experiencia ilusoria, con logros muy engañosos. Detrás de la fachada de control que la persona arma, se mantiene un equilibrio muy precario. A pesar de los recursos estereotipados que la persona aprende: modulación de voz, posturas corporales, mirada artificial, gestos faciales encubridores, el controlador sólo logra una transformación transitoria de su conducta externa, pues tarde o temprano las emociones reprimidas emergen redimidas por las necesidades que claman por salir.

En cada una de las expresiones estereotipadas de «serenidad, aplomo y ecuanimidad», aparecerá también su precariedad expresada en rigidez, compulsividad y mal humor, hasta que «el controlado» irrumpe descontroladamente, ante situaciones imprevistas o de retos.

Por otra parte, cuanto más fuerte sea la represión de la emoción, más potente y explosiva será la expresión y liberación de esa emoción en algún momento de la vida. A la larga las emociones reprimidas terminan teniendo una expresión que va más allá de la respuesta normal. Dice Don Colbert: «Las emociones que quedan atrapadas dentro de la persona buscan resolución y expresión. Esto forma parte de la naturaleza de las emociones, porque deben sentirse y expresarse. Si nos negamos a dejar que salgan a la luz, las emociones se esforzarán por lograrlo. La mente inconsciente tiene que trabajar más y más para poder mantenerlas bajo el velo que las esconde».

Las emociones que mantenemos reprimidas terminan por escaparse de la mente inconsciente.

2. La expresión: Una estrategia ecológica de gestión de las emociones

La clave para lograr efectividad en el manejo y gestión de las emociones no es negarlas o controlarlas, sino permitir que fluyan, lo cual no quiere decir que si, por ejemplo, estás enojado (a) con tu cónyuge, des rienda suelta a tu enojo y le lastimes, o traspases sus límites y derechos, sino más bien dejar que tu emoción te informe que está pasando contigo, para luego decidir cómo atenderla de la manera más segura y productiva. La idea implícita es la del «judo emocional», lo cual consiste en ver la emoción como una fuerza que busca expresar una necesidad del organismo y tratar de absorber la energía o fuerza (fluir con lo que está sintiendo – adquirir plena conciencia) y ayudarla (no bloquearla, controlarla) para que complete su movimiento, utilizando su fuerza para que continúe su camino, en vez de bloquearla, causando que nos tumbe o agobie. Por otra parte, liberar la energía que generalmente usamos para reprimir las emociones producirá un enorme flujo de vitalidad que se manifestará en forma de relajamiento, creatividad, satisfacción y poder personal.

Hay tres metáforas que pueden servir para ilustrar el manejo de las emociones. Una es comparar la emoción con un pozo de agua contenida, represada, sin movimiento, lo cual equivale a controlar / reprimir las emociones. ¿Qué pasa con el agua en tales condiciones? Naturalmente se pudre, pierde vitalidad. La segunda metáfora es la de un tsunami, cuya violencia de agua, arrasa con todo a su paso, causando muerte y devastación, lo cual equivale a dar rienda suelta a nuestras emociones sin medir consecuencias, de tal forma que nos convertimos en sirvientes de nuestras emociones, lastimando a otros y a nosotros mismos y saturándonos de conflictos interpersonales. La tercera metáfora es la de una represa hidroeléctrica, que permite que el agua fluya, pero a la vez sea canalizada para fines productivos. Esta es la imagen que quiero dejar fresca al hablar de judo emocional.


Arnoldo Arana | formagestalt.blogspot.com

El perdón en el vínculo conyugal

Aunque no existen matrimonios perfectos, exentos de padecer dificultades y situaciones de estrés, es válido y posible que las parejas aspiren a relaciones en donde los problemas que enfrentan, se puedan atender con prontitud y se resuelvan mediante acuerdos satisfactorios y saludables.

No será tarea fácil, pero con disposición, buena voluntad y perseverancia de la pareja, los eventuales conflictos y dificultades podrán ser solventados. Será igualmente necesario conformar un ambiente familiar en donde prevalezcan la comunicación, el entendimiento y los acuerdos, donde se dejen atrás las indisposiciones y resentimientos y se adopte, como un estandarte de la vida conyugal, el perdón recíproco.

En el matrimonio, las diferencias y los conflictos que surjan, no pueden colocar a cada uno en posiciones de confrontación y batalla. Las diferencias de opinión, temperamento, costumbres y aspiraciones, son inevitables y hasta naturales. Pero la forma de abordarlas y resolverlas, como pareja, determinará la diferencia entre una resolución positiva y saludable de la dificultad, de otra que no lo es.

Pero aun logrando, en general, establecer relaciones donde prevalezca el diálogo respetuoso y armonioso, aun cuando exista un adecuado y efectivo entendimiento en la vida conyugal, aun cuando las dificultades se tiendan a resolver mediante acuerdos satisfactorios para ambos, aun así, podrían surgir en el caminar del matrimonio, muchos momentos que hagan que alguno de los cónyuges, o ambos, se sientan lastimados, ofendidos, molestos, o simplemente afectados por algo que dijo o hizo su pareja.

Cuando esto ocurra, el perdón es una herramienta muy apropiada para evitar que los conflictos crezcan y perduren, así como para dar inicio al proceso de «sanar» las heridas que eventualmente fueron causadas por la inadecuada actitud, decisión o palabra del cónyuge.

Existen acciones o actitudes entre la pareja que pueden afectar a uno, a otro o a ambos. Permanecer enojados, alejados o confrontados por causa del problema, no solo no lo resuelve, sino que lo puede hacer más grande, difícil e inmanejable. Por otro lado, cuando se decide perdonar, se activa un proceso, consciente e inconsciente, que posibilita soltar lo que incomoda, distancia y afecta, y se experimenta una mayor libertad y tranquilidad consigo mismo y con la pareja.

Sea un problema ligero o de mayor dimensión, el perdón es un proceso que se inicia a partir de una decisión. La persona que se siente afectada por la acción de su pareja, decide perdonar -independientemente de que su cónyuge pida o no perdón-, porque sabe que su perdón no es un favor a la otra persona, sino que le produce un enorme beneficio a sí mismo. Con el perdón se logra soltar una serie de sentimientos negativos que producen daño y afectación directa a la persona que los siente: resentimiento. Ira, enojo, rencor, dolor, incomodidad, desasosiego, etc.

La persona que perdona, no lo debe hacer tanto por beneficiar a su pareja, ni pensar que está eximiendo de su falta a la persona que le dañó, sobre todo si ésta no ha reconocido su error y solicitado el perdón. Lo debe hacer por ella misma, porque es la mejor forma de liberarse de los sentimientos que la afectan y de volver a sentir paz y tranquilidad.

Ahora bien, lo óptimo es que la parte que ha cometido la falta reconozca su error y pida perdón, porque esta actitud facilitaría aún más el proceso de perdón en ambas direcciones, así como la posibilidad de activar de mayor forma el proceso de «sanidad» de las heridas provocadas por la falta.

En este mismo sentido, la persona que cometió un error y desea pedir perdón a su pareja, debería mostrar al menos tres aspectos importantes. En primer lugar, tener conciencia plena del error que cometió, así como de la dimensión de éste y del daño producido a su pareja y su entorno. Muchas personas que cometen una falta – menor o grave – tienden a justificarse, a buscar explicaciones, a trasladar a otros su responsabilidad para atenuar su falta y eventual culpa. Pero esta actitud, lejos de facilitar el proceso de perdón y la superación del problema derivado, termina afectando y lesionando mucho más la relación.

En segundo lugar, debe sentir y expresar un arrepentimiento genuino por la falta cometida. No se trata de cumplir con un requisito para hacer sentir mejor a su pareja. Debe sentir en lo hondo de su corazón, el daño producido a la persona que ama y que está a su lado. Debe ser capaz de conmoverse por el sufrimiento provocado y arrepentirse sinceramente por ello. El arrepentimiento debe ser un acto consciente que posibilita a quien ha cometido un error soltar su falta pidiendo perdón.

En tercer lugar, debe haber voluntad para corregir la falta, es decir, el deseo de trabajar intensamente para enmendar el error cometido, realizando acciones, emitiendo señales, mostrando expresamente su deseo de ayudar a la persona afectada a que «sane» sus heridas y a que vuelva a confiar en ella. Se trata, ante todo, de un proceso que implica no volver a fallar, tener paciencia y trabajar para recuperar la relación resquebrajada por su falta.

De parte del cónyuge afectado, para perdonar, se debe empezar por decidir perdonar, independientemente de lo que haga su pareja. Debe, asimismo, soltar el pasado – que no significa para nada dejar de sentir súbitamente el dolor -, pero sí iniciar el proceso de «cicatrización» de las heridas ocasionadas por las faltas de su pareja. Aun así, podría suceder que la persona afectada por una falta seria y dolorosa, decida perdonar, pero mantener la distancia con la persona que la afectó. Hay situaciones especiales donde los daños producidos por una de las partes hace que la otra no desee continuar con la relación. El vínculo conyugal es posible a partir de la voluntad y el compromiso expreso de ambos. Hay daños tan profundos que, aún con el otorgamiento de perdón, la relación no se logra recuperar, y la distancia respetuosa es, para algunos, una opción saludable.

El vínculo matrimonial debe estar unido por el amor. Cuando hay amor, la pareja se esfuerza por agradarse el uno al otro, procura establecer una comunicación positiva y abundante, mantener las manifestaciones y expresiones afectivas y la cercanía íntima necesaria. Pero aun así, los cónyuges pueden cometer errores, y es cuando el perdón se constituye en un ingrediente indispensable para que el matrimonio continúe robusto y saludable en el transcurrir de los años.


Jesús Rosales Valladares | enfoquealafamilia.com

El poder de un abrazo

El contacto físico no es sólo agradable, es necesario para nuestro bienestar psicológico, emocional y corporal; acrecienta la alegría y la salud del individuo y de la sociedad.

Y claro que eso es definitivamente real. Todos funcionaríamos mejor durante el día, si abrazáramos o nos dejáramos abrazar. Si bien es cierto que dar o recibir un abrazo es algo simple y cotidiano, casi todos desconocemos la dimensión de plenitud que nos proporciona. Los expertos en la materia, tienen mucha razón al decir que «en su forma más elevada, abrazar es también un arte». Una de las formas más naturales y espontáneas de demostrar afectos es a través del abrazo. Si bien hay muchas formas de tocar, el abrazo es una muy especial y que contribuye de un modo muy importante, a la curación y la salud.

El abrazo es asexual y por lo general reconocemos un abrazo cariñoso, consolador o juguetón, del abrazo de pareja. Cada uno tiene muy en claro que tipo de abrazo está dando, ya que el abrazado responderá en el mismo tono. El abrazo se da y se recibe. A veces uno es el abrazado y otras, el que abraza. Cuando se quiere un abrazo, no hay que esperar a que el otro adivine, es necesario pedirlo.

Los hijos tienen que ver que sus padres se abrazan entre sí, también a sus amigos, así al crecer, estarán convencidos que es algo que no sólo se da entre amantes y cuando se siente atracción física por otro.

Este gesto se da en todos los niveles de relación interpersonal. Todos tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados. El amor retenido puede convertirse en dolor. Por ello, en el abrazo hay que ser humildes y vulnerables, para entregarnos él y al abrazo. Al abrazar, afirmamos la capacidad de descubrir la ternura y la alegría que hay en nosotros y la riqueza interior que nos nutre.

Hay que tener muy en cuenta que el abrazo, es una de las formas más puras de manifestar afecto y cariño y además, tiene muchos beneficios, como el de aliviar el dolor, la depresión, la ansiedad y la tensión; acrecienta en los enfermos la voluntad de vivir y seguir adelante; ayuda a los bebés prematuros (que se vieron privados de contacto en sus incubadoras), a crecer y a fortalecerse; hace que veamos con mejores ojos nuestra propia persona y el entorno que nos rodea; tiene un efecto positivo en el desarrollo del lenguaje y en el coeficiente intelectual de los niños; provoca alteraciones fisiológicas positivas en quien toca y en el que es tocado; mantiene en buen estado los músculos de brazos y hombros, ya que es un ejercicio de flexión y de estiramiento; afirma que somos seres humanos; es democrático, ya que cualquiera es candidato para dar o recibir un abrazo; crea los lazos más estrechos entre los individuos, ya que rompe las barreras emocionales.

El afecto, el contacto físico y el cariño, es algo demasiado importante. Es una de las necesidades fundamentales del ser humano, al igual que el agua y el alimento.

Si bien, en la generalidad, los hombres suelen demostrar con más facilidad su cariño, muchas mujeres quizás lo expresen sin mayor dificultad, pero no siempre sucede así. Puede ser que una barrera emocional impida demostrar afecto o, simplemente, al no haberlo recibido desde pequeñas, sea difícil proyectarlo hacia otras personas. De hecho, es factible que el afecto recibido durante la infancia, determine la manera de darlo en el futuro. Tanto en el hombre como en la mujer, la ausencia de afectos en la infancia, puede marcar definitivamente nuestra personalidad como adultos; una persona que carece de afectos, suele ser rígida, celosa, posesiva y a veces insensible y violenta.

Normalmente, es gente muy dependiente de los demás en sus relaciones, ya sea matrimoniales o hacia sus padres o hijos. Otro de los rasgos de una persona que recibió poco afecto en su vida, es que suelen ser muy pasivas y se caracterizan porque aceptan todo, por miedo a quedar solas.

Hay diferentes formas de abrazos y hasta llevan nombre

En el «abrazo de oso», por lo general, una de las dos personas es más alta, pero tampoco es requisito para aportar la cualidad emocional de este abrazo. El que abraza se curva levemente sobre el más bajo, envolviéndolo con los brazos. El que es abrazado apoya la cabeza en el hombro o pecho del otro y rodea la cintura del que abraza. Los abrazos de oso, se dan entre padres e hijos; abuelos y nietos. Entre amigos y entre esposos. Este abrazo transmite mensajes como: Te apoyo; cuenta conmigo; comparto tu dolor o alegría. Cuando se da en la pareja, se transmite una infinita ternura.

En el «de mejillas», este abrazo demuestra ternura y bondad y tiene una cualidad espiritual. Se puede dar sentado, de pié o hasta con una persona sentada y otra de pié, pues no se necesita contacto físico total. Si las dos personas están sentadas, deben ponerse de frente y presionar la mejilla contra el otro. Este abrazo se da entre amigos íntimos, entre la pareja o con un ser querido. Es ideal para una ocasión feliz.

En el abrazo «con forma de A», las personas deben estar de pié, frente a frente y colocar los brazos alrededor de los hombros. El costado de las cabezas queda apoyado en la del otro y el cuerpo está inclinado hacia delante sin que haya contacto debajo de los hombros. Es un abrazo clásico y muy apropiado para las relaciones recientes o cuando se requiere cierto grado de formalidad. Por lo general, se da entre familiares que tiene muchos años de no verse.

El llamado «abrazo sándwich», formado por tres personas, dos de ellas se colocan frente a frente y el tercero, en medio de los dos. Los dos abrazantes pueden abrazarse por los hombros o por la cintura. Este abrazo proporciona sensación de seguridad y apoyo. Es ideal para compartir en familia (madre, padre e hijo), entre tres buenos amigos o bien, cuando una pareja desea consolar a otra persona.

El «abrazo impetuoso», es por lo general breve y se caracteriza, porque el que abraza corre y echa los brazos al cuerpo del otro. El que es abrazado debe estar preparado para responder al apretón y tener una sensación agradable. Otra manera de dar este abrazo, es cuando los dos corren el uno hacia el otro y se estrechan con pasión. Este abrazo se da cuando se dispone de poco tiempo, y se recomienda incluir abrazos más suaves y duraderos para no hacerlos tensos. Se utiliza en un momento en que queremos desearle suerte a alguien para expresar cariño, pero de una manera apurada.

El «abrazo grupal», les viene bien a los amigos muy íntimos que comparten un proyecto e interés en común. El grupo se coloca en círculo y los brazos rodean hombros y cinturas. Una de las variantes de este abrazo es cerrar el círculo avanzando hacia el centro y luego retroceder separándose con un grito de júbilo o con un apretón de despedida, tal cual en los bailes rusos. Este abrazo proporciona calidad de apoyo, seguridad y afecto, además de un sentimiento de unidad y solidaridad. Es ideal entre compañeros de clase, de oficina o de un equipo.

El «abrazo de costado», es muy usual darlo mientras dos personas caminan juntas. Pueden estar tomadas por la cintura o por los hombros. Se caracteriza también por ser un abrazo alegre y juguetón. Es apropiado cuando caminamos, paseamos o esperamos en la fila para entrar al cine o al teatro. Este abrazo es común entre la pareja, entre padre e hijo, madre e hijo, entre hermanos y también cuando los buenos amigos desean hablar.

En el «abrazo por la espalda», el que abraza se aproxima al otro lado desde atrás, rodea su cintura con los brazos y lo estrecha con generosidad. Este abrazo suele ser breve y juguetón y la sensación de fondo es de felicidad y apoyo. Este tipo de abrazo se da entre la pareja, como cuando el hombre abraza a la mujer mientras ella se encuentra haciendo algún quehacer.

En el «de corazón», se considera que es la forma más elevada del abrazo. Se inicia un contacto visual mientras la pareja está de pié, frente a frente. Los brazos deben rodear hombros y espalda y las cabezas se juntan y se establece un contacto físico. Los dos deben concentrase en la ternura que fluye desde un corazón hacia el otro y respirar con lentitud. Es preciso anular posibles distracciones. Éste es un abrazo sublime, largo, afectuoso, abierto y genuino. Puede expresar amor puro e incondicional. Se da entre viejos amigos o amigas muy recientes que se unieron por una experiencia y emoción común y, por supuesto, entre una pareja.

El «abrazo a la medida», es muy efectivo porque nos hace sentir bien. Aquí entra el factor ambiente, situación, compañía y las necesidades personales del abrazo: afecto, efecto, fuerza, apoyo o reafirmación o cualquier sensación agradable que pueda proporcionar el abrazo.

En el «abrazo Zen», se puede emplear cualquier tipo de abrazo. El de mejilla y el de corazón son los más recomendables. Una de las formas de practicar este abrazo es que la pareja se siente frente a frente y apoyen los pies con pies y manos con manos. No importa si se abren o cierran los ojos, pero la respiración debe ser profunda y con ritmo. La pareja debe estar concentrada sólo en el momento presente y dejar que los pensamientos desaparezcan. Es preciso tomar conciencia de lo que se está compartiendo, del contacto físico y de la energía que se está entregando mutuamente. Cuanto más profunda sea una relajación, mejor será la experiencia del abrazo. Éste es un abrazo que demanda mucha concentración, ya que mucho se entrega y recibe con él.

Las heridas emocionales de la infancia

Todos quien más y quien menos, hemos tenido heridas de infancia, cosas que nos hubieran gustado que fueran un poco diferentes, y no lo fueron con nuestros padres o nuestras figuras de apego. Si estas heridas emocionales no las hemos revisado, quedan mal cicatrizadas, y se infectan. Hay una tirita puesta en la herida, pero en realidad no está cerrada, y cada vez que de adultos nos toca vivir emociones parecidas a las de esa herida, vamos a volver a ella sin darnos cuenta.

La herida del miedo al abandono

Esta herida se caracteriza por un miedo a estar solo, a sentirse solo. No puedo estar solo, me da demasiado miedo. Como temo que me abandonen, entonces abandono yo antes. O incluso, como tengo tanto miedo, a que me abandonen, no me arriesgo a opinar mucho, y soy complaciente con los demás. Pongo las necesidades de los demás antes que las mías, así tengo menos posibilidades de que me abandonen. Me vuelvo dependiente de los demás para sentir esa «falsa» seguridad.

Estás en vías de sanación cuando: puedes estar solo, y cada vez sentirte mejor. Has aprendido a gestionar mejor los momentos de soledad. No necesitas llamar la atención ni hacerte notar con tanta frecuencia. La vida te resulta menos dramática, y tengo más energía para emprender proyectos me apoyen o no.

La herida del miedo al rechazo

No tengo derecho a existir, soy invisible, puedo ser sustituido, no soy nada especial, sobro, no merezco estar aquí, no soy bienvenido…. El que tiene miedo al rechazo, va tener una tendencia hacia la huida. La persona, que se siente rechazada, no es objetiva, pues interpreta lo que vive a su alrededor, bajo el filtro de su herida y se siente rechazada aunque no lo sea.

Estás en vías de sanación cuando: cada vez puedes ocupar más tu lugar, te atreves a arriesgar y afirmarte. En vez de huir, empiezas a afrontar lo que te pasa a ti y a los demás. Cuando alguien parece olvidarse de ti, cada vez te molesta menos, y no te lo tomas tan personal.

La herida del miedo a la humillación

Esta herida se basa en que como me han humillado de pequeño, me creo que soy lo peor, soy malo, soy un problema. Y sin darme cuenta, voy a crear situaciones en mi vida, que buscan mi humillación o la desaprobación de los demás. Como he vivido la desaprobación, yo también voy a desaprobar, y voy a criticar. Esto crea una carga emocional muy fuerte en la espalda, en la mochila que todos llevamos con más o menos piedras.

Estás en vías de sanación cuando: Puedes tomarte tiempo para dedicártelo a ti, a respetar tus necesidades. Tienes menos peso, te sientes más libre. No necesitas humillar para sentirte escuchado. Puedes reconocer tus propios límites.

La herida del miedo a que no me valoren

Necesito ser perfecto, brillar para sentirme reconocido. Si paso desapercibido, no soy nadie. Puedo estar desconectado de mis emociones, o vivirlas con mucha intensidad. Vivo injusto el hecho de que no me reconozcan. Intento ser el centro de atención para que me reconozcas y así, poder reconocerme yo. Intento ser prefecto, y no puedo equivocarme. Llevo encima, mil máscaras en función de lo que necesite el otro. Soy más bien rígido, aunque intento evitarlo a toda costa.

Estás en vías de sanación cuando: Puedes realizar algo sin necesidad que los demás te lo valoren y después sentirte bien. Has podido conectar con tus emociones, de forma más frecuente, o regular su intensidad. Puedes valorarte tú, primero, y aceptarte tal como eres. Puedes equivocarte, y no se acaba el mundo.

La herida del miedo a confiar

Necesito controlar para sentirme más seguro. Me he vuelto desconfiado, escéptico. Me cuesta confiar en la gente. Quiero aparentar que soy fuerte, y que no me dejo manejar fácilmente. Hago como si fuera una persona segura, pero en realidad solo es una máscara. Me siento traicionado por los demás.  Me desbordan las emociones, no las puedo gestionar. Me sobrepasan.

Estás en vías de sanación cuando: No necesitas controlar tanto, lo que te pasa a ti, y lo que pasa a tu alrededor, sabes que no está en tu mano. Puedes gestionar mejor tus emociones. Te permites ceder más ante los demás, no siempre tienes la razón. Puedes confiar más y entregarte a los demás, a pesar del miedo a que te hagan daño.

¿Por dónde empiezo para sanar las heridas emocionales?

Cuanto más tiempo esperemos para curar nuestras heridas emocionales, más se agravarán. Cada vez que vivimos una situación que toca esa herida, nos ponemos una máscara más, una coraza mayor.

  1. Aceptar la herida, como parte de ti, esta herida, te va a enseñar algo.
  2. Aceptar el hecho de que lo que temes o reprochas de los demás, tú mismo se lo haces a los otros y sobretodo se lo haces a ti mismo.
  3. Darte el permiso para enfadarte con aquellas personas que alimentaron esa herida.
  4. Ninguna transformación es posible si no se acepta previamente la herida.
  5. Darte tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años.

Adriana Reyes | Psicoemocionat.Com

Un equipaje ligero

En días pasados tuve el placer de encontrarme con una persona la cual estimo mucho y hacía tiempo que no la veía personalmente. Con una conversación abierta y sincera como siempre me comento que me observaba con un semblante alegre, tranquila incluso que hasta en la mirada me notaba un brillo especial; con una sonrisa en los labios me preguntó: «¿a qué se debía tal cambio? Estaba acaso ¿enamorada?»

Riendo respondí: «no lo que sucede es que he aprendido a ser feliz, aceptándome tal cual soy, dando siempre lo mejor de mí, no permitiendo que los problemas de los demás y los míos me afecten demasiado, disfrutando cada una de las cosas que realizo, no guardando rencores ni resentimientos. Todo esto es una tarea ardua, sin embargo, trabajando día con día con el auto estima te ayuda a mantenerlo en alto».

Satisfecha me dijo: «la vida es muy larga y corta a su vez. Es por eso que tienes que aprender a llevar tu equipaje lo más ligero que puedas para que lo que le vayas echando a tu maleta no te pese demasiado a lo largo de tu vida. Esto es entre menos problemas, rencores y angustias guardes tu vida será más placentera y fácil».

Ahora yo te pregunto, ¿cómo llevas tu equipaje?


Nadia Kabande Toledo

El contento interior

velas y rosas amarillas

A pesar de las adversidades y de vivir en un mundo tal convulso y haber convertido esta sociedad en un erial, tenemos que cultivar el contento interior, porque es como una ambrosía que restaña viejas heridas, nos ayuda a afrontar las dificultades, enriquece la relación con uno mismo y con los demás, y acopia nuestras mejores energías. Es un antídoto contra la amargura, la depresión, la frustración y la angustia.

Es un magnífico reconstituyente. Con razón los antiguos sabios de Oriente lo han considerado un factor de autodesarrollo e iluminación.

El contento interior es bien diferente del que viene producido reactivamente por circunstancias del exterior. No se debe a una situación favorable o a una condición placentera, sino que deriva de nuestro propio interior en la medida en que nos sentimos más armonizados, evolucionados y maduros.

Es por tanto mucho más estable y seguro que cuando se trata de un contento reactivo. No depende de circunstancias externas, sino de uno mismo y se experimenta como una sensación de gozo sosegado, que se mantiene incluso en las circunstancias más difíciles. Este contento reporta vitalidad y es contagioso.

Nuestra propia alegría se transmite a los otros, como una llama de vela enciende otra vela. Nace del desapego, la aceptación consciente, el bienestar psíquico y la compasión. La práctica de la meditación también lo va propiciando, así como una adecuada actitud de vida, evitando conflictos innecesarios, disgustos y preocupaciones, y aprendiendo a apreciar la vida como un aprendizaje incesante.

Así como la insatisfacción causa descontento, la satisfacción que nace de la calma profunda, la humildad y la lucidez, genera contento interior.


Ramiro Calle

No somos invencibles

No somos invencibles, y sabemos que no todo es dicha y felicidad…

Sabemos también cuáles son las reglas del juego, que debemos atravesar muchas veces períodos de dolor, que nos quebramos, nos sentimos sin fuerzas y que muchas veces nos preguntamos: ¿Por qué? Y no encontramos ninguna respuesta…

Somos como copas que van llenándose de a poco, pero existe un momento en que el líquido supera la capacidad y entonces sentimos que nos desbordamos, que no damos más…

Tenemos que asumir que podemos retener sólo una parte y que lo que no se puede contener hay que dejar que fluya, como la copa, que se desborde… en ese proceso podemos volver a empezar, porque si fluye, si no dejamos que nos ahogue, si no tratamos de parecer invencibles queriendo abarcar todo sin pensar en las consecuencias podemos limpiarnos, dejar que el tiempo permita que todo vuelva a la normalidad y de esta forma no atentar contra nosotros mismos ni contra nuestra salud.

Cuando ya nada se puede hacer de nada sirve seguir llenando la copa, sólo nos sirve alejarnos, darnos tiempo y luego volver para limpiar el líquido derramado y empezar a recuperar las fuerzas para Volver a Empezar.


Graciela de Filippis

A veces

A veces, admitir nuestras debilidades es la actitud más valiente. Pues cuando lo admitimos abandonamos el valor de enfrentar la realidad y buscamos la ayuda necesaria.

Dicen que primer paso en camino de la recuperación es siempre el más difícil. Pero, aunque el camino no sea sencillo, te ofrece la posibilidad de aprender a amarte, de amar a tu familia y a la vida.

Se necesita tiempo para adaptarse a otra manera de vivir, para aprender a gozar la paz que ofrece la recuperación. Habrá momentos en lo que quizá te sientas nervioso; eso es normal. Pero mereces vivir en el amor y la felicidad.

No hay regalo más grande que puedas darte a ti mismo.


Donna Newman

Mis pequeñas tristezas

Aquella mujer cogió su tristeza, la dobló cuidadosamente, la metió en la bolsa de la basura, cerró la bolsa – no sin alguna dificultad, puesto que no todas las tristezas caben en una bolsa de basura de tamaño normal -, salió a la calle y tiró la bolsa en el contenedor.

Brillaba el sol y su vestido parecía nuevo. Curiosamente, el mundo también le parecía nuevo a ella. La calle relucía con un esplendor de cuadro recién pintado, los perros de la calle orinaban chorrillos de luz en las farolas y las viejecitas de la calle se encorvaban como un signo de interrogación trazado temblorosamente por un niño que estuviera aprendiendo a escribir. Y ella misma se sentía resplandecer.

– ¿Qué te has hecho? – le preguntaban sus amistades -. Pareces otra.

Nadie formulaba la pregunta correcta: ¿de qué te has deshecho? Pero si la respuesta es buena, la pregunta es lo que menos importa.


Miguel Ibáñez de la Cuesta

Lo que no decimos

¿A dónde va lo que quieres decir y no dices? ¿A dónde va lo que no te permites sentir?

Nos gustaría que lo que no decimos caiga en el olvido, pero lo que no decimos se nos acumula en el cuerpo, nos llena el alma de gritos mudos.

Lo que no decimos se transforma en insomnio, en dolor de garganta. Lo que no decimos se transforma en nostalgia, en destiempo. Lo que no decimos se transforma en deuda, en asignatura pendiente. Las palabras que no decimos se transforman en insatisfacción, en tristeza, en frustración.

Lo que no decimos no muere, nos mata.

Beneficios de la soledad

«Carencia voluntaria o involuntaria de compañía», así define La Real Academia de la Lengua Española el término soledad.

La soledad es un sentimiento difícil de sobrellevar, aunque muchos lo padezcan en la actualidad. No siempre resulta claro, para la persona el saber cómo enfrentarla. La soledad para algunos, la oportunidad de encontrar algo de calma y tranquilidad, pero para otros, quizás para la mayoría, es el temor a enfrentarse consigo mismos y de correr el riesgo de que no les guste lo que encontrarán en su interior.

Lo que es importante marcar, es que la soledad en muchos casos es un estado necesario para poder establecer un nuevo orden, para elaborar duelos y para poder mirar dentro de nosotros y reconocernos como lo que realmente somos: seres humanos que necesitamos de conexión y sentido de pertenencia. La soledad está relacionada con la forma en que los individuos han sido cuidados, acompañados y amados.

La soledad también es un espacio o estado de reflexión donde uno entra en contacto consigo mismo y puede recuperar sus fuerzas y su poder personal para romper con un estado de «dependencia extrema» que puede resultar patológica. Debemos aprender a retirarnos para asimilar lo que hemos vivido a través de los demás.

En lugar de luchar contra la soledad, es más recomendable saber encontrar el placer y el sentido de ésta, aprender a disfrutar de uno mismo y a equilibrar las demandas en relación a la compañía o la presencia constante de otro.

El estar sólo con uno mismo también puede calmar la mente, ayuda a fortalecer el auto-control y ayuda a conocerse mejor y a identificar las propias sensaciones, sentimientos y necesidades personales.

La soledad es una necesidad y un tónico beneficioso para nuestra salud y relación con los demás, aunque hay que saber vivirla.

Recientes estudios invitan a revaluar la soledad, la cual puede ser una deliciosa acompañante o por el contrario, una herramienta para desquiciarte.

La soledad es uno de los fenómenos más interesantes al reflexionar sobre la naturaleza del ser humano. Por un lado somos innegablemente «animales sociales», estamos diseñados para interactuar con nuestros semejantes, a través de esa actividad desarrollamos distintas habilidades y ejercemos uno de los dones más estimulantes que nos fueron dados, el de la colaboración.

Históricamente la soledad ha sido asociada con el desarrollo espiritual: recordemos que personajes como Cristo, Buda, y Mahoma, entre otros, obtuvieron revelaciones cruciales en estas circunstancias. También este estado parece ser particularmente fértil para hacer florecer la creatividad, incluso la genialidad. Quizá por esta razón es que filósofos, escritores, científicos y otros han elogiado vívidamente la soledad: Poe, Goethe, Einstein, Bacon, Beethoven, de Quincey, Schopenhauer, y Thoreau, entre muchos otros.

«Existe tanta ansiedad cultural frente al aislamiento que continuamente no logramos percibir los beneficios de la soledad. Pero existe algo realmente liberador para las personas al estar solas. Logran establecer control sobre la forma en que utilizan su tiempo. Logran descomprimirse al final de un atareado día en la ciudad y experimentan un sentimiento de libertad».

ERIC KLINENBERG

Otra de las bondades detectadas alrededor del estar solo radica en el fortalecimiento de carácter e identidad

En la soledad reafirmamos diversas habilidades que enriquecerán nuestra habilidad para establecer lazos sociales saludables y fuertes.

¿Entonces?

Desde hace tiempo la ciencia ha advertido que la soledad excesiva puede sernos perjudicial. Pero en años recientes se han llevado a cabo investigaciones que aluden a los beneficios de este estado. El problema, al parecer, radica en la dosis (el veneno puede ser también el antídoto)

Algo curioso es que la mayoría coincide en que para disfrutar de las mieles de la soledad, esta debe ser voluntaria y no obligada. Lo anterior nos invita a replantear nuestra percepción frente a ella, a asumir su inevitable presencia en diferentes momentos de nuestro camino y por qué no, a procurarla de vez en cuando, incluso a «revolcarnos en ella en una especie de fantasmal y sutil cópula». Si le huyes lo más probable es que tarde o temprano te alcanzará y si el encuentro no fue originalmente deseado, entonces tal vez pueda tratarte con poco cariño.

La soledad, concebida como una etapa transitoria y voluntaria, es de lo más beneficiosa para nuestra autoestima y nuestra salud mental. Estar sola no significa para nada tener un carácter difícil o una personalidad intolerante. Tan solo es una forma de marcar una cierta independencia en relación a los demás. Una opción libre y que todavía muchos se hartan de criticar.

La soledad es una situación que puedes aspirar a convertir en transitoria y que conviene percibirla como no forzosamente traumática. Puedes verla como un momento de reflexión, de conocerte a fondo y de encontrarte sinceramente con tu propia identidad. En muchas ocasiones, es precisamente esto, lo que hace sentirte solo. Cuando no hablas contigo mismo, no te escuchas, no te prestas atención, cuando eres un desconocido para ti mismo, te asustas y no sabes cómo hacerlo. Es la oportunidad para reencontrarte a ti mismo. No estás solo, te tienes a ti.

Es un gran momento para romper dependencias emocionales, para aumentar tu autoestima, para conocer qué es lo que te hace sentir bien. Aprovéchalo.

«La soledad es el hecho más profundo de la condición humana. El hombre es el único ser que sabe que está solo».

OCTAVIO PAZ