Tendamos la mano

El alcohol, la droga y tantas otras cosas son moneda corriente en el mundo en que vivimos, pero más allá de la enfermedad tendríamos que detenernos en los motivos que llevan a esas personas a beber, o a drogarse… Tal vez en lo más íntimo encontramos el secreto.

La soledad, el no sentirse importantes, útiles, necesarios…íntimamente genera un profundo dolor. Algunos logran convivir con ese dolor y otros prefieren escapar, no pensar.

Debemos mirar más allá de nosotros… Debemos tratar de ayudar. Tender la mano de una manera generosa.

Desde nuestros lugares podemos ayudar y rescatar a tantos que están paralizados en medio del camino.

No nos detengamos tanto en nosotros… Tratemos de mirar más allá… Sacrificarnos por los demás nos hace sentir completos y nos motiva a seguir alentando a otros a vivir.

Ayudemos a los demás, sembremos esperanza en aquellos corazones cuyos latidos parecen apagarse día a día ante la desvalorización y ante la falta de oportunidades…

Debemos comprender que el dolor de un ser humano es nuestro dolor como así también su risa es nuestra risa.


Graciela de Filippis

Compasión

amabilidad

La compasión es una virtud que se deriva del valor del amor.

La verdadera compasión consiste en percibir la angustia ajena y hacerla nuestra.

La compasión no puede esperar, hay que actuar en el preciso instante en que alguien nos necesita.

Muchas veces es más cómodo no involucrarnos en la angustia de los demás, bajo pretexto de que somos discretos y prudentes; cuando en realidad lo que sucede es que estamos siendo controlados por nuestro egoísmo.

Las siguientes palabras, resumen de una manera poética, en qué consiste la compasión:

  • No es lo que has hecho, sino lo que no has hecho lo que causa congoja al caer el sol.
  • La tierna palabra olvidada, la carta que no escribiste, las flores que no enviaste, son fantasmas en la noche.
  • La piedra que no apartaste del camino de un hermano, el consejo alentador que no te atreviste a dar, esa caricia afectuosa, esa palabra amorosa en la que nunca pensaste, sumido en tus propias penas.

Margaret E. Sangster

3 Verdades que te ayudarán a dominar tu ira

Era uno de los días más fríos del invierno acá en Cincinnati en el 2010. La temperatura estaba cerca de los 15 grados centígrados bajo cero. Yo iba manejando a mi trabajo cuando un vehículo lentamente comienza a moverse de canal y golpea mi carro fuertemente en la parte lateral derecha.

Inmediatamente me llené de ira. En mi mente pensé ¿Qué clase de imbécil se va a cambiar de canal de esa manera? La rabia me corría por las venas.

Finalmente nos detenemos en el hombrillo y veo que del vehículo que me chocó sale una muchacha de aproximadamente 16 años con una bebé recién nacida. Extremadamente apenada me dice que su carro no tenía calefacción y su hija estaba llorando del frío. Ella por un segundo trató de ponerle una manta a su bebé cuando se descuidó y me chocó.

Inmediatamente mi ira disminuyó y se transformó en compasión. Independientemente que ella fuera la culpable del accidente pude comprender su situación y ponerme en sus zapatos.

Esta situación me hizo reflexionar sobre la ira y entender lo que resumo hoy en 3 verdades que al comprenderlas, nos ayudaría a manejar la ira:

1. Cuando otra persona hace algo que te causa ira, existe una posibilidad (así sea muy pequeña) de que si supieras su historia, tendrías compasión.

Imagínate una situación similar a la historia de arriba, pero la persona luego de chocarte se va a alta velocidad y la pierdes de vista. Una situación que lógicamente te llenaría de ira.

Ahora imagina que esa persona estaba a máxima velocidad porque le acababan de informar que su padre había sufrido de un infarto y estaba en terapia intensiva.

Tu percepción cambiaría un poco ¿verdad?

La verdad es que nunca sabrás la historia real, puede ser un abusador irresponsable que te chocó y se dio a la fuga… pero también puede ser una persona desesperada por tratar de ver a su padre por última vez.

Como no vas a saber la historia, al final va a ser tu decisión que historia decides creer. La del abusador te llenará de ira, la otra te llenará de compasión.

La primera verdad es que tú mismo puedes decidir creer la historia que le da a otros la «inocencia hasta que se demuestre culpabilidad» y de esa manera, dominar tu ira.

2. Si hubieras tenido el mismo pasado (padres, educación, experiencias, etc.) que los que te causaron ira… probablemente actuarías exactamente igual.

Yo creo que esta verdad es la base de la humildad, y en consecuencia, te ayuda enormemente a dominar tu ira.

Nosotros somos el producto de nuestras experiencias y muchos hemos sido bendecidos con maravillosos padres, una buena educación, valores, etc.

No todo el mundo ha tenido la misma bendición. Entender eso es clave.

3. Toda la ira no es mala, el problema es que vivimos en un mundo donde tenemos ira por las cosas que no importan.

El poder de la ira ha traído maravillosos beneficios a este mundo… sólo que la ira por las cosas correctas. No me refiero a la ira que sentimos cuando estamos en el tráfico, o cuando la línea en el supermercado se tarda, o cuando nos molestamos porque el nuevo IPhone 5 se retrasa 8 semanas.

Me refiero a cosas como injusticia, pobreza, me refiero cuando te enteras sobre el tráfico sexual de niños, o los padres, entrenadores o líderes religiosos que violaron a niños. Cuando destruyen toda una selva para extraer oro o cuando asesinan a un joven por robarle un par de zapatos.

Ese tipo de situaciones si ameritan tener ira… y en estos casos, necesitamos canalizarla haciendo algo por acabar con esa injusticia o sufrimiento.

Recuerdo un amigo contarme la historia de cómo una mujer perdió la compostura y le gritó a un mesonero porque su comida se había tardado más de lo que ella consideraba aceptable… mientras al mismo tiempo, esa noche, millones se acostaban sin comer.

Vivimos en un mundo donde las personas tienen ira por las cosas que No importan mientras no tienen ira por las cosas que Sí importan.

A veces las personas se molestan fácilmente simplemente porque no son parte de una causa mayor, una causa que trabaja por mejorar el mundo, por acabar con la injustica, por sanar al enfermo.

La tercera verdad esta: Si desarrollas ira por las cosas que Sí importan y decides hacer algo por ello, te darás cuenta que vas a sentirte liberado(a) de la ira por las cosas que No importan.


Víctor Hugo Manzanilla | LiderazgoHoy.Com

Un vaso de leche

Un día, un muchacho pobre que vendía mercancías de puerta en puerta para pagar sus estudios universitarios, encontró que sólo le quedaba una simple moneda de diez centavos, y tenía hambre.

Decidió que pediría comida en la próxima casa. Sin embargo, sus nervios lo traicionaron cuando una encantadora mujer joven le abrió la puerta. En lugar de comida pidió un vaso de agua.

Ella pensó que el joven parecía hambriento, así que le trajo un gran vaso de leche.

Él lo bebió despacio, y entonces le preguntó:

– ¿Cuánto le debo?

– No me debes nada – contestó ella -. Mi madre siempre nos ha enseñado a nunca aceptar pago por una caridad.

Él le dijo:

– Entonces, ¡se lo agradezco de todo corazón!

Cuando Howard Kelly se fue de la casa, no sólo se sintió más fuerte, sino que también su fe en Dios y en los hombres era más fuerte. Él había estado listo a rendirse y dejar todo.

Años después esa mujer enfermó gravemente. Los doctores locales estaban confundidos. Finalmente le enviaron a la gran ciudad. Llamaron al Dr. Howard Kelly para consultarle. Cuando éste oyó el nombre del pueblo de donde venía la paciente, una extraña luz llenó sus ojos.

Inmediatamente el Dr. Kelly subió del vestíbulo del hospital a su cuarto.

Vestido con su bata de doctor entró a verla. La reconoció enseguida.

Regresó al cuarto de observación determinado a hacer lo mejor posible para salvar su vida. Desde ese día él prestó la mejor atención a este caso.

Después de una larga lucha, ¡ella ganó la batalla! ¡Estaba totalmente recuperada!

Como ya la paciente estaba sana y salva, el Dr. Kelly pidió a la oficina de administración del hospital que le enviaran la factura total de los gastos para aprobarla. Él la revisó y firmó. Además, escribió algo en el borde de la factura y la envió al cuarto de la paciente.

La cuenta llegó al cuarto de la paciente, pero ella temía abrirla, porque sabía que le tomaría el resto de su vida para poder pagar todos los gastos.

Finalmente, la abrió, y algo llamó su atención: En el borde de la factura leyó estas palabras:

«Pagado por completo hace muchos años con un vaso de leche».


Dr. Howard Kelly

El poder

fuerza

¿Cuál es la naturaleza del poder? ¿Qué es lo que significa ser una persona verdaderamente poderosa?

El poder no es la capacidad de ejercer tu voluntad sobre otra persona. No existe ninguna seguridad interior en esa clase de poder. Éste es únicamente un atributo del tiempo y lo mismo que el tiempo cambia, también él lo hace.

¿Estás en posesión de un cuerpo fuerte que no tiene rival? Esa situación cambiará. ¿Qué harás entonces? Posees una belleza física que puedes utilizar para influir en otras gentes? Esa situación cambiará también. ¿Y qué harás entonces? ¿Tienes una inteligencia que te permite dominar a los demás a tu antojo? ¿Qué sucederá cuando te encuentres demasiado cansado para usarla, o cuando pierdas esa oportunidad?

Tienes poder de acuerdo con aquello por lo que te interesas. ¿Te interesa imponer tu manera de pensar a los demás? ¿Te interesas, por el contrario, por la perfección, la belleza y la compasión de cada una de las almas? ¿Te interesas por el poder del amor y por la claridad de la sabiduría? ¿Estás interesado por el perdón y la humildad?

Tales son los intereses de la personalidad que se ha situado en línea con su alma. Esta es la posición de una personalidad auténticamente poderosa.

El poder es energía formada por las intenciones del alma. No es otra cosa que luz a la que han dado forma las intenciones del amor y la compasión guiadas por la sabiduría. Es energía centrada y dirigida al cumplimiento de las tareas del alma sobre la Tierra.

¿Cuáles son las características de un ser humano verdaderamente poderoso?

Una persona auténticamente poderosa es humilde. Y con ello no nos estamos refiriendo a aquella falsa humildad de quien se rebaja a ser como aquellos que son inferiores a él. Se trata de aquel halo que rodea a quien responde a la belleza de cada alma, a quien ve en cada personalidad, y en las acciones de todas las personalidades , el alma encarnada en la tierra. Es aquel ser inofensivo que aprecia, honra y venera la vida en todas sus formas.

Los espíritus humildes son libres de amar y de ser como deseen. No tienen modelos artificiales de vida con los que deban cumplir. No se sienten atraídos por los símbolos del poder externo.

Aquel que perdona es quien demuestra ser verdaderamente poderoso.

Cuando tratas de dominar a otro, no sólo no dominas a nadie, sino que te empobreces. Cuanto menos capaz te sientes, más necesidad tienes de controlar aquello que es externo. El amor es la vitalidad de la vida. Es la riqueza y la plenitud de tu alma fluyendo por ti.

La humildad, el perdón, la claridad y el amor forman las dinámicas de la sabiduría. «Son las bases del verdadero poder».


 

Descubrir la compasión hacia uno mismo

¿Qué es la compasión hacia uno mismo? ¿Qué significa exactamente?

Creo que para describirla podemos empezar utilizando la definición de una experiencia más conocida por todos: la compasión hacia los demás. Al fin y al cabo, la compasión es igual, tanto si la dirigimos hacia nosotros mismos como hacia los demás.

Compasión hacia los demás

Imagina que te ves atrapado en un atasco de camino al trabajo y un indigente te pide unas monedas a cambio de limpiarte el parabrisas. «Qué pesado!» – piensas -. «Me va a retrasar. Seguramente sólo quiere el dinero para bebida o drogas. A lo mejor me deja en paz si no le hago caso». Pero no te deja en paz y tú permaneces sentado en tu coche mientras él te limpia el parabrisas. Te sientes culpable si no le das algo de dinero y resentido si lo haces.

Un buen día tienes una especie de revelación. Estás en otro atasco, en el mismo semáforo, a la misma hora, y ves al indigente con su cubo y su limpiacristales de siempre. Por alguna razón desconocida, lo miras con otros ojos. Lo ves como a una persona, no como una simple molestia. Percibes su sufrimiento. «¿Cómo sobrevive? La mayoría de la gente le dice que se vaya. Se pasa aquí todo el día, entre el tráfico y el humo, y seguro que gana muy poco. Sólo está ofreciendo un servicio a cambio de unas pocas monedas. Debe de ser durísimo que la gente se muestre tan irritada contigo continuamente. Me pregunto cuál habrá sido su historia. ¿Cómo habrá acabado viviendo en la calle?». En cuanto ves al hombre como un ser humano que sufre, tu corazón conecta con él. En lugar de ignorarle, descubres (no sin sorpresa) que estás dedicando un momento a pensar en lo difícil que es la vida. Su dolor te conmueve y sientes la necesidad urgente de ayudarle de alguna manera. Si lo que sientes es verdadera compasión, no sólo pena, pensarás algo así: «Podría pasarme a mí. Si hubiese nacido en otras circunstancias, o si hubiese tenido mala suerte, podría estar luchando por sobrevivir como ese hombre. Todos somos vulnerables».

Por supuesto, en ese momento tu corazón también podría endurecerse por completo (tu propio miedo a terminar en la calle hace que deshumanices a ese hombre horrible, harapiento y con una barba descuidada). Mucha gente lo hace. Pero eso no les convierte en personas felices, no les ayuda a enfrentarse a las tensiones de su trabajo, su vida en pareja o sus hijos cuando llegan a casa. No les sirve para enfrentarse a sus propios miedos. En todo caso, esa actitud (que implica sentirse mejor que el hombre sin techo) hace que las cosas parezcan un poco peores.

Pero imaginemos que tu corazón no se cierra. Pongamos que experimentas auténtica compasión hacia la mala suerte del indigente. ¿Cómo te sientes? Lo cierto es que se trata de una sensación muy positiva. Es maravilloso abrir tu corazón, porque inmediatamente te sientes más conectado, vivo, presente.

Imaginemos ahora que el hombre no intenta limpiarte el parabrisas a cambio de unas monedas.  A lo mejor sólo está mendigando para comprar alcohol o drogas. ¿Deberías sentir compasión hacia él de todos modos? La respuesta es sí. No tienes que invitarle a tu casa. Ni siquiera tienes que darle dinero. Puedes simplemente dedicarle una sonrisa amable o darle un bocadillo en lugar de dinero si crees que es lo mejor. En cualquier caso, sí merece tu compasión. Todos la merecemos. La compasión no solo es merecida por las víctimas inocentes, sino también por los que sufren fracasos, debilidades personales o malas decisiones. Sí, las mismas que tomamos tú y yo todos los días.

La compasión, entonces, implica reconocer y ver claramente el sufrimiento de los demás. También significa sentir bondad hacia los que sufren, y así surge el deseo de ayudar (de aliviar el sufrimiento). Por último, compasión significa reconocer que el ser humano es imperfecto y frágil.

Compasión hacia nosotros mismos

La compasión hacia uno mismo, por definición, tiene las mismas cualidades. En primer lugar, requiere que tomemos conciencia del propio sufrimiento. No podemos conmovernos ante nuestro propio dolor si no empezamos por reconocer que existe. Por supuesto, a veces resulta evidente que estamos sufriendo y no podemos pensar en nada más. Lo más habitual, sin embargo, es que no reconozcamos nuestro propio dolor. La cultura occidental nos enseña a menudo a permanecer impasibles ante la realidad. Nos dicen que no debemos quejarnos ante las adversidades, que tenemos que seguir adelante. Si nos encontramos en una situación estresante o difícil, rara vez nos tomamos la molestia de parar y reconocer lo difíciles que están las cosas para nosotros en ese momento.

Cuando nuestro dolor procede de un juicio hacia nosotros mismos (si estás enfadado contigo por haber tratado mal alguien, o por haber hecho un comentario estúpido en una fiesta, por ejemplo), resulta todavía más difícil reconocer que en realidad estamos sufriendo. Por ejemplo, como en aquella ocasión en que me encontré con una amiga a la que no veía hacía tiempo y, mirándole la barriga, le pregunté:

– ¿Estás embarazada?

– Mmm… No – respondió -. He engordado un poco.

– Ah…. – añadí mientras me ponía roja como un tomate.

Normalmente no reconocemos esas sensaciones como un sufrimiento que merece una respuesta compasiva. Al fin y al cabo, metí la pata. ¿No significa eso que debería recibir un castigo? ¿Castigas a tus amigos o a tu familiar cuando meten la pata? Vale, es posible que a veces un poco, pero ¿te sientes mejor por ello?

Todos cometemos errores en un momento u otro, es natural. Y, si lo pensamos bien, ¿por qué debería ser de otro modo? ¿Acaso firmamos un contrato antes de nacer prometiendo que seremos perfectos, que nunca nos equivocaremos y que nuestra vida será exactamente como nosotros queramos? «Eh, un momento. Tiene que haber un error. Yo sí que firmé el programa –todo-irá-como-la-seda-hasta el día en que me muera”. ¿Puedo hablar con el encargado, por favor?». Es absurdo y, sin embargo, la mayoría de nosotros nos comportamos como si hubiese ocurrido algo terrible cuando fallamos o cuando la vida da un giro indeseado o inesperado.

Uno de los inconvenientes de vivir en una cultura que ensalza el valor de la independencia y los logros individuales es que si no logramos nuestros objetivos imaginarios, nos vemos obligados a culparnos a nosotros mismos. Y si somos culpables, no merecemos compasión, ¿verdad? Pero la verdad es que todo el mundo merece compasión. Sólo por el hecho de ser seres humanos conscientes que vivimos en este planeta somos valiosos por naturaleza y merecemos cariño. Según el Dalai Lama, «los seres humanos deseamos la felicidad por naturaleza y no queremos sufrir. Por ese motivo todo el mundo intenta conseguir la felicidad y librarse del sufrimiento, y este es un derecho fundamental para todos nosotros. Si tenemos en cuenta el verdadero valor de un ser humano, todos somos iguales».

No tenemos que ganarnos el derecho a la compasión, ya que nacemos con él. Somos humanos, y nuestra capacidad de pensar y sentir, unida a nuestro deseo de ser felices y no sufrir, conlleva en sí misma la compasión.

A pesar de todo, muchas personas se resisten a sentir compasión hacia uno mismo. ¿No es en realidad como tener pena de uno mismo? ¿O una manera edulcorada de referirse a la autocomplacencia? La compasión hacia uno mismo consiste en desear salud y bienestar, y conduce a un comportamiento proactivo (en lugar de pasivo) para mejorar la situación personal. Tener compasión hacia uno mismo no significa creer que mis problemas son más importantes que los tuyos, sino pensar que mis problemas también son importantes y requieren mi atención.

Por tanto, en lugar de criticarte por tus errores y tus fracasos, puedes utilizar la experiencia del sufrimiento para ablandar tu corazón. Puedes deshacerte de las expectativas de perfección poco realistas que te hacen sentir insatisfecho y abrir la puerta a una satisfacción real y duradera. Y todo eso lo conseguirás si te brindas la compasión que necesitas en cada momento.

Las investigaciones demuestran que la autocompasión es una poderosa herramienta para conseguir bienestar emocional y satisfacción personal. Al brindarnos a nosotros mismos afecto y consuelo incondicionales, aceptando al mismo tiempo la experiencia humana, por difícil que sea, evitamos conductas destructivas como el miedo, la negatividad y el aislamiento. Al mismo tiempo, la compasión hacia uno mismo fomenta estados mentales positivos, como la felicidad y el optimismo. El carácter estimulante de la autocompasión nos permite avanzar y apreciar la belleza y la riqueza de la vida, incluso en tiempos difíciles. Cuando calmamos nuestras mentes agitadas con la compasión, tenemos más capacidad para distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, y así orientarnos hacia aquello que nos proporciona alegría.

La compasión hacia uno mismo proporciona un remanso de paz, un refugio contra los mares tempestuosos de la autocrítica positiva y negativa, hasta que finalmente dejamos de preguntarnos: ¿Soy tan bueno como ellos? ¿Soy lo suficientemente bueno? Tenemos en nuestras manos los medios para proporcionarnos el afecto que anhelamos. Si conectamos con nuestra fuente interior de dulzura y reconocemos que la imperfección es una característica compartida de la naturaleza humana, podremos empezar a sentirnos más seguros, aceptados y vivos.

En muchos aspectos, la compasión hacia uno mismo es como la magia: tiene el poder de transformar el sufrimiento en alegría. En Alquimia Emocional, que no es más que una transformación espiritual y emocional que puede producirse cuando aceptamos nuestro dolor con afecto y atención. Cuando nos dedicamos compasión a nosotros mismos, el nudo de la autocrítica negativa empieza a deshacerse para ser sustituido por un sentimiento de aceptación tranquila y conectada. Es como un diamante reluciente surgiendo del carbón.

No es posible tener la autoestima alta en todo momento, y tu vida continuará llena de imperfecciones, pero la compasión hacia uno mismo siempre estará ahí, esperándote como un refugio seguro. Tanto en los buenos tiempos como en los malos, si te sientes en la cima del mundo o en lo más profundo de un pozo, la autocompasión te ayudará a seguir adelante y a trasladarte a un lugar mejor. Se requiere esfuerzo para romper el hábito de la autocrítica después de toda una vida, pero al final del día solo tendrás que relajarte, dejar que la vida transcurra tal como es y abrir tu corazón a ti mismo. Es más fácil de lo que imaginas, y podría cambiar tu vida.


  • Kristin Neff | «Sé Amable Contigo Mismo, El Arte de la Autocompasión».

Si yo no tengo amor…

…soy como bronce que resuena o címbalo que retiñe…

Todos «sabemos» que el amor es algo importante, que es parte de la vida. Y pese a ser un tema tan obvio, a veces olvidamos lo esencial que es vivir y actuar con Amor.

El Amor es el que nos permite ponernos en el pellejo del otro e intentar comprenderle cuando pasa por un mal momento.

Es el Amor quien nos invita a ser compasivos y justos. Nos enseña a perdonar y a sonreír.  Nos invita a regalar nuestra compañía, unas palabras amables, o simplemente un oído atento cuando alguien lo necesita.

Cada persona es especial, única, irrepetible, diferente, sin embargo, el Amor se convierte en un lenguaje universal que unifica, acerca, ilumina, cobija, acompaña, alegra.

Cada gesto, mirada, palabra, caricia, silencio, sonrisa, adquiere un matiz especial cuando está impregnado de Amor y jamás pasa desapercibido.

El Amor es el que hace la diferencia.

Un cumpleaños muy especial

Jamás olvidaré el día en que mamá me obligó a ir a una fiesta de cumpleaños, cuando estaba en tercer grado. Una tarde llegué a casa con una invitación algo manchada de jalea.

– No pienso ir – dije -. Es una chica nueva que se llama Ruth. Berni y Pat no irán. Invitó a toda la clase. A los treinta y seis.

Mamá estudió con extraña tristeza esa invitación hecha a mano. De pronto anunció:

– Bueno, tú irás. Mañana iré a comprar el regalo.

Yo no podía creerlo. ¡Mamá nunca me había obligado a ir a una fiesta! Eso me mataría, sin duda. Pero no hubo ataque de histeria que la hiciera cambiar de opinión.

Llegó el sábado, mamá me sacó de la cama para que envolviera el regalo: Un bonito juego de peine, espejo y cepillo, de color rosa perlado, que había comprado por menos de tres dólares.

Luego me llevó en su viejo automóvil amarillo. Ruth abrió la puerta y me guió por la escalera más empinada y peligrosa que yo había visto jamás. Cruzar la puerta fue un verdadero alivio; los pisos de madera relumbraban en la sala llena de sol. Los muebles eran viejos, pero estaban recubiertos por fundas níveas e impecables.

En la mesa vi la torta más grande de mi vida. Estaba decorada con nueve velas rosadas, un «Feliz Cumpleaños Ruthie» bastante desmañado y algo que parecían pimpollos de rosa. Rodeaban la torta treinta y seis tazas llenas de chocolate casero, cada una con su nombre.

«No será tan horrible una vez que lleguen los otros», me dije. Y pregunté a Ruth:

– ¿ Dónde está tu mamá?

Ella bajó la vista al suelo.

– Bueno, está medio enferma.

– Ah. ¿Y tu papá?

– Se fue.

Luego se hizo silencio; sólo se oían algunas toses carrasposas detrás de una puerta cerrada. Pasaron quince minutos. Luego, diez más. De pronto comprendí la horrible verdad: No vendría nadie. ¿Cómo escapar de allí? En medio de mi autocompasión oí unos sollozos apagados. Al levantar la vista me encontré con la cara de Ruth, surcada de lágrimas. De inmediato, mi corazón de niña se llenó de simpatía hacia Ruth y de ira contra mis treinta y cinco egoístas compañeras.

Me levanté de un salto, plantando en el suelo los zapatos de charol blanco, y proclamé a todo pulmón.

– ¿ Para qué queremos a los otros?

La expresión sobresaltada de Ruth se convirtió en entusiasmado acuerdo. Allí estábamos: Dos niñas de ocho años con una torta de tres pisos, treinta y seis tazas de chocolate, helado, litros y litros de refresco rojo, tres docenas de artículos de cotillón, juegos a jugar, premios a ganar.

Empezamos por la torta. Como no encontrábamos ningún fósforo y Ruthie (había dejado de ser Ruth) no quería molestar a su mamá, nos limitamos a fingir que las encendíamos. Le canté el Feliz Cumpleaños en tanto ella pedía un deseo y apagaba de un soplido las velas imaginarias.

En un abrir y cerrar de ojos llegó el mediodía y mamá hizo sonar su bocina frente a la casa. Después de recoger todos mis recuerdos y de dar mil gracias a Ruthie, volé al auto burbujeando de alegría.

– ¡Gané todos los juegos! Bueno, la verdad es que Ruthie ganó el de ponerle la cola al burro, pero dijo que la del cumpleaños no podía llevarse los premios, así que me lo cedió. Y repartimos las cosas de cotillón, la mitad para cada una. Le encantó el juego de tocador, mamá. Yo era la única. ¡La única de todo el tercer grado! y no veo la hora de decirle a los otros que se perdieron una fiesta estupenda.

Mamá detuvo el coche junto al cordón y me abrazó con fuerza.

– ¡Estoy orgullosa de ti! – me dijo con lágrimas en los ojos.

Ese día descubrí que una sola persona puede cambiar las cosas. Yo había cambiado por completo el noveno cumpleaños de Ruthie. Y mamá había cambiado mi vida por completo.


LeAnne Reaves

Una lección de mi padre

Navidad

Nuestra familia siempre ha estado dedicada a los negocios. Mis seis hermanos y yo trabajamos en el negocio de mi padre, en Mott, Dakota del Norte, un pequeño pueblo en medio de las praderas. Comenzamos a trabajar haciendo diferentes oficios, como limpiar el polvo, arreglar las repisas y empacar, luego progresamos hasta llegar a atender a los clientes. Mientras trabajábamos y observábamos, aprendimos que el trabajo era más que un asunto de supervivencia o para hacer una venta.

Recuerdo una lección de manera especial. Era poco antes de Navidad, yo estaba en el grado séptimo y trabajaba en las tardes, organizando la sección de los juguetes. Un niño de cinco o seis años entró en la tienda, llevaba un viejo abrigo marrón, de puños sucios y ajados, sus cabellos estaban alborotados, con excepción de un copete que salía derecho de la coronilla, sus zapatos gastados, con un único cordón roto, me corroboraron que el niño era pobre – demasiado pobre como para comprar algo -. Examinó con cuidado la sección de juguetes, tomaba uno y otro, cuidadosamente los colocaba de nuevo en su lugar.

Papá entró y se dirigió al niño. Sus acerados ojos azules sonrieron y un hoyuelo se formó en sus mejillas, mientras preguntaba al niño en qué le podía servir. Éste respondió que buscaba un regalo de Navidad para su hermano. Me impresionó que mi padre lo tratara con el mismo respeto que a un adulto. Le dijo que se tomara su tiempo y mirara todo. Así lo hizo.

Después de veinte minutos, el niño tomó con cuidado un avión de juguete, se dirigió a mi padre y dijo:

– ¿Cuánto vale ésto, señor?

 – ¿Cuánto tienes? – preguntó mi padre.

El niño estiró su mano y la abrió. La mano, por aferrar el dinero, estaba surcada de líneas húmedas de mugre. Tenía dos monedas de diez, una de cinco y dos centavos.

– Veintisiete centavos. El precio del avión elegido era de tres dólares con noventa y ocho centavos.

– Es casi exacto – dijo mi padre -, ¡venta cerrada!

Su respuesta aún resuena en mis oídos. Mientras empacaba el regalo pensé en lo que había visto. Cuando el niño salió de la tienda, ya no advertí el abrigo sucio y ajado, el cabello revuelto, ni el cordón roto. Lo que vi fue un niño radiante con su tesoro.


LaVonn Steiner

La niña de las manzanas

Un grupo de vendedores fueron a una Convención de Ventas.

Todos le habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y llegaron retrasados al aeropuerto.

Entraron todos con sus boletos y portafolios, corriendo por los pasillos. De repente, y sin quererlo, uno de los vendedores tropezó con una mesa que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron volando por todas partes. Sin detenerse, ni voltear para atrás, los vendedores siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al avión. Todos menos uno.

Éste se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de compasión por la dueña del puesto de manzanas. Le dijo a sus amigos que siguieran sin él y le pidió a uno de ellos que al llegar llamara a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde.

Luego se regresó a la terminal y se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era una niña ciega. La encontró llorando, con enormes lágrimas corriendo por sus mejillas. Tanteaba el piso, tratando, en vano, de recoger las manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin importarle su desdicha.

El hombre se arrodilló con ella, juntó las manzanas, las metió a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban magulladas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó su cartera y le dijo a la niña:

– Toma, por favor, estos cien pesos por el daño que hicimos. ¿Estás bien?

Ella, llorando, asintió con la cabeza. Él continuó, diciéndole:

– Espero no haber arruinado tu día.

 Conforme el vendedor empezó a alejarse, la niña le gritó:

– Señor…

 Él se detuvo y volteó a mirar esos ojos ciegos. Ella continuó:

– ¿Es usted Jesús?

Él se paró en seco y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo, con esa pregunta quemándole y vibrando en su alma: «¿Es usted Jesús?»


Anónimo

Tocando vidas

El viejecito ocupaba el menor espacio que podía, no quería ser notado ni quería ser una molestia, su necesidad lo orillaba a esa situación.

Había quienes se sentían importunados por esa mano arrugada que se extendía con una muda petición de que se le depositara algo.

Y muchas veces lo único que recibió fue una mirada desdeñosa.

Por tener que esperar a una persona, estacioné mi automóvil cerca de él y así fue como tuve la oportunidad de observar, cómo un anciano mendingante tocaba la vida de los demás, de manera sutil y discreta.

Llegó junto a él, un niño apretando nerviosamente una pequeña moneda, anticipando la sensación de dar, dándole su única posesión y alejándose juguetonamente.

Pasó un apurado padre, que lo usó de ejemplo de cómo se ven los robachicos, para intimidar inútilmente a su revoltoso vástago.

Llegó una viejecita, quien no sólo le dio una moneda, sino que también le obsequió el calor de una palabras de comprensión y de ánimo, para que se cuidara del frío que sin misericordia se hacía sentir.

Un jubilado, pasó junto a él y en su rostro se leyó un agradecimiento a Dios, por la familia que tenía y por el magro cheque que cada mes recibía.

Pasó un policía, que se hizo el desentendido, al ver el temor en los ojos de alguien completamente inofensivo, que le recordó a su viejo, prosiguiendo su camino imperturbable.

Pasaron como cincuenta personas y nadie le prestó atención, sumergidas en sus propias necesidades.

Me bajé del auto y me dirigí resueltamente a él, me miró con desesperanza, por su mente pasó la inminente expulsión, pensando que yo era el propietario del negocio donde él se refugiaba.

– ¡Señor! – le dije en voz alta, por si no oía bien – . Hace frío y voy al restaurante, ¿me permite que le invite algo? Hizo el intento de negarse a aceptar, pero el frío reinante le dio valor para decidirse… Un mate por favor…

Cuando cumplí su pedido, recibí el gracias más sincero y conmovedor que he escuchado, me agradecía el haberlo hecho sentir humano, por esa pequeña atención que había tenido con él.

Dejó de sentirse en ese momento, un estorbo, un anciano solitario, un despojo que la sociedad inhumana y fría, esperaba impaciente su desaparición.

De repente fue un recuerdo traído a su estado actual y se sintió con vida, joven y viril, útil y amado.

Pero lo que más me impresionó no fue ese cambio, sino la sabiduría de sus ojos.

¡Porque él sabía que por unas monedas, tocaba las vidas, con su triste ejemplo!

Como se han de imaginar, la persona que esperaba, ya me estaba aguardando impaciente.

¡Nunca volteó a ver al anciano, y concluí que esa lección, sólo era para mí!


Sergio Pérez C.

La fortuna verdadera

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Afortunado aquel que todavía practica la compasión, el que aún encuentra su sonrisa en la de los demás y sus necesidades en los defectos ajenos, aquel que tiende la mano al necesitado sin esperar testigos y al que la vida le rodea entonces de amigos desinteresados.

Afortunado aquel que se ve sin vergüenza en el espejo y se siente en deuda con sus bondades, el que ha dejado de juzgar por considerar y de guardar por perdonar, afortunado aquel que siembra con actos y predica con verdades.

Afortunado aquel que no aventaja para disfrutar solo, de inútiles victorias, aquel que tiene empatía y con ella practica la libertad, el que aún se ama, porque ve su valor en la ayuda que puede brindar a sus prójimos, lo que tiene por dar.

Afortunado aquel que no exige justicia, quien la ha cambiado por bondad, quien antes de educar se ocupa por alimentar, quien no se ha alejado del mundo, para que éste no se aleje de él.

Afortunado aquel que aún puede llamarse Humano, en un mundo desprovisto de «humanidad».

Un ser humano

Un ser humano es parte de lo que nosotros llamamos universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo y experimenta sus pensamientos y sus sentimientos como algo separado del resto {…} una especie de ilusión óptica de su conciencia.

Esta ilusión es como una cárcel para nosotros, que nos limita a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas personas que están cerca de nosotros. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta cárcel ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a toda criatura y a toda la naturaleza en su belleza.


Albert Einstein