Semilla somos

En el silencio de mi reflexión percibo todo mi mundo interno como si fuera una semilla, de alguna manera pequeña e insignificante pero también pletórica de potencialidades.

… Y veo en sus entrañas el germen de un árbol magnífico, el árbol de mi propia vida en proceso de desarrollo.

En su pequeñez, cada semilla contiene el espíritu del árbol que será después. Cada semilla sabe cómo transformarse en árbol, cayendo en tierra fértil, absorbiendo los jugos que la alimentan, expandiendo las ramas y el follaje, llenándose de flores y de frutos, para poder dar lo que tienen que dar.

Cada semilla sabe cómo llegar a ser árbol. Y tantas son las semillas como son los sueños secretos.

Dentro de nosotros, innumerables sueños esperan el tiempo de germinar, echar raíces y darse a luz, morir como semillas… para convertirse en árboles.

Árboles magníficos y orgullosos que a su vez nos digan, en su solidez, que oigamos nuestra voz interior, que escuchemos la sabiduría de nuestros sueños semilla.

Ellos, los sueños, indican el camino con símbolos y señales de toda clase, en cada hecho, en cada momento, entre las cosas y entre las personas, en los dolores y en los placeres, en los triunfos y en los fracasos.

Lo soñado nos enseña, dormidos o despiertos, a vernos, a escucharnos, a darnos cuenta. Nos muestra el rumbo en presentimientos huidizos o en relámpagos de lucidez enceguecedora.

Y así crecemos, nos desarrollamos, evolucionamos…

Y un día, mientras transitamos este eterno presente que llamamos vida, las semillas de nuestros sueños se transformarán en árboles, y desplegarán sus ramas que, como alas gigantescas, cruzarán el cielo, uniendo en un solo trazo nuestro pasado y nuestro futuro.

Nada hay que temer,… una sabiduría interior las acompaña… porque cada semilla sabe…. cómo llegar a ser árbol…


Jorge Bucay

7 cosas que las personas felices no hacen

En la vida existen situaciones que escapan de nuestro control y pueden causarnos un gran dolor, sumirnos en la tristeza o generar una ira profunda. Nadie lo pone en duda y, antes o después, todos tendremos que experimentar esas vivencias.

Sin embargo, hay personas que se centran sólo en esos aspectos, y terminan creyendo que la vida es un rosario de lágrimas. Otras, al contrario, prefieren centrarse en las cosas que sí pueden controlar, prefieren apostar por ser felices o, al menos, intentarlo.

Si asumimos esta perspectiva, podemos comprender que ser felices es una decisión personal que debemos tomar todos los días. Y para lograrlo es imprescindible ser conscientes de esos comportamientos y actitudes que terminan amargándonos.

¿Qué diferencia a las personas que apuestan por la felicidad?

1. Las personas felices abrazan el cambio. La gente infeliz le teme.

Abrazar el cambio es uno de los retos más difíciles que podemos enfrentar en la vida. A la mayoría de las personas les resulta más fácil quedarse a buen reparo en su zona de confort, donde saben perfectamente qué pueden esperar y tienen todo relativamente bajo control. Sin embargo, en esa zona languidece la felicidad porque ser feliz también es vivir experiencias nuevas, atreverse a ir más allá de nuestros límites y evolucionar constantemente. De hecho, la felicidad no está reñida con el miedo y la ansiedad sino que se entrelazan para permitirnos crecer.

2. Las personas felices hablan de ideas. La gente infeliz habla de los demás.

Las personas felices se centran en sí mismas, se esfuerzan por clarificar lo que quieren y trazar el camino para alcanzarlo. De hecho, uno de los grandes secretos de la felicidad consiste en abandonar la crítica malsana, la necesidad enfermiza de estar pendientes de la vida de los demás y, sobre todo, la creencia de que somos superiores y podemos convertirnos en jueces de los comportamientos y actitudes ajenas. La gente infeliz, al contrario, se dedica a criticar a los demás, por lo que pierde una energía valiosísima que podría utilizar para mejorar sus vidas.

3. Las personas felices asumen la responsabilidad por sus errores. La gente infeliz culpa a los otros.

En nuestra sociedad existe la creencia de que los errores son algo negativo, por lo que resulta muy difícil que las personas los asuman de buena gana. Sin embargo, poner la culpa en los demás es el camino más directo a la infelicidad. Al contrario, las personas felices tienen un locus de control interno, por lo que son capaces de asumir la responsabilidad por sus acciones, sin sentir que han fracasado o cargar sobre sus espaldas con el fardo de la culpa. Estas personas comprenden que los errores son oportunidades de aprendizaje y los aprovechan para crecer. De esta forma, cuando se equivocan, en vez de llorar sobre la leche derramada o buscar un culpable, aprenden la lección y siguen adelante, con una caja de herramientas para la vida más completa.

4. Las personas felices perdonan. La gente infeliz guarda rencor.

Uno de los sentimientos más dañinos que podemos experimentar es el rencor, es como consumirse a fuego lento por voluntad propia. El rencor no solo nos hace infelices sino que además desencadena una serie de reacciones a nivel fisiológico que aumentan nuestra propensión a enfermar. Por eso, las personas felices saben que necesitan perdonar y seguir adelante. De hecho, el perdón es extremadamente liberador ya que nos impide ser prisioneros del pasado y nos permite vivir con plenitud el presente. Si no somos capaces de perdonar, seguiremos siendo prisioneros del rencor, nos ataremos a esa situación que tanto daño nos ha causado y que tanto mal nos sigue haciendo.

5. Las personas felices se centran en lo positivo. La gente infeliz sólo ve las manchas en el sol.

Las personas felices no son optimistas ingenuos, al contrario, pueden llegar a ser muy realistas y son capaces de mantener sus expectativas bajo control. Sin embargo, prefieren centrarse en los aspectos positivos de las situaciones porque saben que así pueden automotivarse y sentirse mejor. Estas personas son conscientes de que el vaso está medio vacío, pero eligen centrarse en el hecho de que también está medio lleno. Al contrario, la gente infeliz se centra en los aspectos negativos de las situaciones, por lo que terminan desarrollando una visión pesimista del mundo que amarga sus días. Estas personas prefieren ver las manchas en el sol, en vez de apreciar el calor y la luz que nos regala.

6. Las personas felices aprovechan las oportunidades. La gente infeliz se queda de brazos cruzados lamentándose.

Una de las claves para tener una vida plena y ser felices consiste en aprovechar las oportunidades. Las personas felices lo saben y siempre están dispuestas a tomar en consideración diferentes alternativas. Estas personas saben que pueden equivocarse, pero prefieren arriesgarse que quedarse de brazos cruzados y después arrepentirse por no haber aprovechado la oportunidad. Al contrario, las personas infelices se regodean en su amargura y dejan pasar las oportunidades inventando continuamente excusas para después lamentarse por su «mala suerte», sin darse cuenta de que son ellas quienes construyen su propio destino.

7. Las personas felices siguen sus propios sueños. La gente infeliz se ata a las opiniones de los demás.

Las personas felices sueñan como si fueran a vivir eternamente y viven como si fueran a morir mañana. Esto significa que tienen grandes planes para su futuro pero, a la vez, no dejan escapar el aquí y ahora. No posponen su felicidad ni la supeditan a una meta lejana sino que saben aprovechar las pequeñas cosas de su presente que les brindan alegría y satisfacción. Al contrario, la gente infeliz deja que sean los demás quienes dicten sus metas, dependen de sus opiniones y valoraciones. Y ese es el camino más directo hacia la insatisfacción, la amargura y el remordimiento es seguir la senda que han marcado los demás, dependiendo de sus opiniones. La clave de la auténtica felicidad consiste en saber qué necesitamos de verdad y tener el valor suficiente para luchar por ello.

Ya lo había dicho Benjamin Franklin: «La felicidad humana no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces en la vida, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días».


Jennifer Delgado | RinconPsicologia.Com

Cambiar para crear lo nuevo

Cambiar es el empuje de nuestra naturaleza creativa. Cuando nos negamos a ser flexibles, a considerar, a valorar nuevas formas, entonces encerramos nuestra naturaleza creativa, y el carácter se vuelve muy irritable, las formas de reaccionar son muy repetitivas, porque en el fondo hay una resistencia a dejar conductas viejas, formas de pensar que ya no están dando resultado, lo cual genera un estado de tensión que provoca que todo te parezca mal, poca cosa, porque ya no es algo que te esté haciendo crecer y descubrir nuevos talentos en ti.

Así que recuerda: la próxima vez que te enfades, pregúntate dónde eres inflexible y dónde has encerrado tu naturaleza creativa, es decir, dónde estás actuando con actitudes viejas y dónde te has encerrado en un mismo patrón de conducta, de pensamiento.

Confía más en ti, en lo que en verdad quieres, en que las cosas pueden cambiar a tu mejor gozo y placer. Y si estás inconforme con algo, no des un salto ni un grito: recuerda que la inconformidad sólo avisa que algo en tu vida ya necesita ser renovado, transformado: y esta renovación tiene que suceder no allá afuera, sino dentro de ti, en tu pensamiento, en la actitud con la que reaccionas en la vida.


Laura Garcés Garmendia

Abre la puerta

Abre la puerta, hay un mundo afuera que espera por ti.

No estés asustado, no temas, no te escondas…

Puede un problema hacer que sientas debilidad o te deje sin fuerzas, pero si sigues caminando sin mirar atrás, un día sorprendido verás que aquello que te hizo daño y te quebró el alma en algún momento, cuando gires la cabeza, se habrá convertido en un punto diminuto.

Prioriza, amigo… Prioriza…

Perdemos la vida muchas veces invirtiendo nuestro tiempo en cuestiones que no son importantes.

Mira a tu alrededor…

¿Qué tienes? ¿Qué es lo más importante para ti hoy?

No es egoísmo ponerse en el primer lugar, pues si nosotros no logramos estar bien, nada lo estará.

Somos como una cascada, y nuestro caudal debe ser potente a veces, otras intermitente, y a veces lento muy lento.

Pensemos qué agua estamos vertiendo sobre todo aquello que forma parte de nuestro mundo. Si estamos contaminados, vamos a contaminar todo a nuestro paso… Si estamos cristalinos y limpios tocaremos todo y lo limpiaremos y como una cascada depositaremos los residuos en el fondo para que el tiempo poco a poco los haga desaparecer…

La cascada no pierde su tiempo en los desechos, al contrario, renueva el agua, la purifica y sigue… sigue…

Si logramos en la vida llevar lo mejor de nosotros a los demás, si aprendemos a priorizar y sólo nos preocupamos por lo que realmente es valioso para nosotros, si dejamos que la luz se refracte en el agua y nos muestre un arco iris nos daremos cuenta que somos los protagonistas principales de nuestra historia y que en cada uno está la clave para vivir mejor y para regalarnos un arco iris en el alma cuando así lo deseemos.

Abre a puerta…

Si decidimos quedarnos encerrados en un problema, en un disgusto, en una pena sólo veremos los desechos en el fondo y nos estaremos perdiendo la oportunidad de renovar el agua y alejarnos del dolor, de la angustia, y del resentimiento.

Abre la puerta…

Hay un mundo afuera y si no la abres nunca podrás volver a verlo y la vida es valiosa como para dejarla pasar agarrado de todo lo negativo…

Suelta y como la cascada arroja en el fondo con fuerzas todo aquello que no quieras seguir llevando contigo y sigue… sigue, pues siempre tienes una nueva oportunidad de volver a empezar… Depende de ti.


Graciela E. Prepelitchi

¿Por qué estoy sufriendo?

El dolor nos contrae, nos empuja hacia adentro; mientras que la alegría nos expande. Cuando una persona está sufriendo, todo le parece sin sentido, pues el dolor nos marca, nos forma y nos transforma.

1.Reacciones frente al sufrimiento:

Podemos reaccionar de muchas maneras cuando estamos sufriendo. Por ejemplo, cayendo en abatimiento, aislándonos, victimizándonos o enojándonos. Algunos tienen la creencia de que el sufrimiento es meritorio o purificador y terminan por idealizarlo.

2. ¿Cómo podemos afrontar los momentos difíciles de la vida y el sufrimiento que estos nos producen?

a) Enfrentándolos con la mejor actitud. Es decir, sin quedarnos en el dolor. Transitando el momento duro siendo conscientes de que no hay fórmulas para hacerlo y tenemos que respetar nuestros tiempos de dolor. El dolor no es un pozo, sino un camino que muchas veces nos toca recorrer. A la mayoría de los seres humanos nos cuesta aceptar el sufrimiento como parte de la vida. Por eso, buscamos una explicación y surgen las preguntas. En realidad, no queremos sufrir y sentimos que es algo extraño que no debería tener lugar en nuestra vida. Aun cuando, en el fondo, sabemos que es algo «natural» y una parte ineludible de nuestro paso por este mundo.

b) Otra forma de enfrentar el dolor es utilizándolo para cambiarme a mí mismo y ser una mejor persona. Víktor Frankl decía que el sufrimiento sólo tiene sentido si lo cambia a uno mismo y lo hace mejor. Lo importante entonces es descubrir:

  • en qué me cambió este dolor,
  • qué dejó en mi vida,
  • qué hizo nacer en mí, de qué manera me hizo crecer.

Todas las personas que han pasado por situaciones difíciles comentan: «Dejé de preocuparme por tonterías y empecé a enfocarme, a priorizar otras cosas». Es decir, que han logrado «utilizarlo» a su favor, no porque se trate de algo positivo, sino para abrir su existencia a una nueva dimensión de mayor madurez y de cosas verdaderamente importantes en su vida.

c. Pasar del por qué al para qué. Preguntarnos por qué nos pasó lo que nos pasó no nos permite resolver nada. No resulta útil responder esta pregunta porque nos conduce a mirar hacia atrás y al sufrimiento lo enfrentamos «mirando hacia adelante». Lo importante es: qué voy a hacer con lo que me está pasando.

d. El dolor es una pregunta que no tiene respuesta. Aunque nos expliquen que la persona querida se murió por tal o cual motivo, el dolor no cede. He escuchado a gente preguntar: «¿Por qué me pasó esto a mí?». Y a alguien responder: «¿Y por qué no?». Esta no es una respuesta apropiada porque puede sonar como: «Embromate por lo que te tocó vivir».

e. Hacer crecer lo sembrado de quien partió. Toda persona que se fue de nuestro lado nos ha dejado una semilla, algo en nuestro interior y, muchas veces, nuestra tarea es hacerla crecer. Dice La Biblia que las obras de quienes partieron continúan en nosotros. La mejor manera de honrar a quien partió no es tirándonos en la cama y aislándonos del mundo, sino haciendo crecer esas semillas que nos dejó.

f. Transformarlo en un don para ayudar a otros. Podemos darle un sentido, una utilidad, al dolor. Muchas personas que han atravesado un gran sufrimiento lo han transformado en un don para ayudar y bendecir a otros. Este es un sentido privado que uno encuentra en comunión con uno mismo.

g. Recordar las respuestas positivas a situaciones del pasado. Todos vivimos situaciones complicadas que han dejado marcado en nuestro «ADN» que no nos dimos por vencidos. Es una especie de «currículum de batallas ganadas» y la fortaleza para seguir avanzando sin claudicar.

h. El apoyo social. Para cada problema, una compañía. En el sufrimiento busquemos gente que nos consuele, nos ame, nos acompañe. Víktor Frankl contaba: «Un hombre, en secreto, le dio a otro un pedazo de pan y le dijo algo que acompañó ese regalo. Ese algo es lo que me hizo llorar». Las palabras y la mirada de ese hombre acompañaron el regalo. Vemos en este ejemplo que el pan le dio energía al cuerpo pero la palabra le dio energía al espíritu. En eso consiste un gesto: un beso, un abrazo, una espera, un silencio, una mirada. Cuando uno sufre, comienza a valorar mucho más un gesto que el pan que pueda recibir.

i. Activar las emociones positivas. No perdamos de vista las «madrigueras afectivas»: esos espacios que nos brindan bienestar, como una salida con amigos, el compartir con otros, la lectura, la oración y todo lo que nos «cargue de energía» y nos ayude a atravesar los momentos difíciles.

Nuestro objetivo al enfrentar el dolor es transformarlo en un don para ayudar a otros sabiendo que este es parte de nuestra historia, nos forma y nos transforma.


Bernardo Stamateas | LaNacion.Com

El amor por aprender

«Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no conoce, no puede hacer. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende, también ama, observa, ve… Cuanto mayor es el conocimiento, más grande es el amor».

TEOFRASTO PARACELSO 

Hay un lazo poderoso entre la consciencia y el amor. De ese lazo nace la vida, la evolución y el sentido. Porque el amor despierta nuestra curiosidad, nuestro afán por comprender, nuestra voluntad de saber.

Quien ama quiere adentrarse en la realidad del objeto amado. También es cierto que, cuanto más conocemos aquello que amamos, más tiende a crecer nuestro amor por ello. El jardinero con sus flores, árboles y tierra, el artesano en su taller con sus materiales y herramientas, el músico con sus instrumentos, partituras y melodías, el pedagogo con sus conocimientos y métodos en su anhelo de acompañar a sus alumnos en el proceso de crecer. Evoco ahora a buenos amigos y amigas, todos ellos grandes expertos en sus disciplinas y bellas personas, que manifiestan un factor común: la gran pasión por su labor y por los frutos de ésta; por su servicio a los demás. Esta dialéctica entre el conocimiento y el amor, que tan bien definió Paracelso, es el motor del cambio, de la evolución, del avance de la ciencia y del arte, de la transformación que convoca utilidad, bondad y belleza. Sí, la pasión aplicada al conocimiento y a su vez el conocimiento aplicado con pasión a lo que hacemos transforma el mundo.

El rigor trenzado con la entrega nos regala resultados formidables. La belleza, la creatividad y la innovación nacen en el encuentro entre la mente inquieta y el corazón latiente. También surge la voluntad que nos empuja perseverantemente a conquistar nuevos saberes, y cómo no, la búsqueda del sentido a la vida cuando éste parece ausente por las adversidades. Porque, como afirmaba el Dr. Viktor Frankl a partir de sus observaciones en circunstancias límite, lo que sostiene al ser humano es la voluntad de amar a alguien o a algo, es decir, lo que da sentido a nuestra vida, lo que nos ayuda a comprender qué nos está pidiendo la vida y nos permite seguir avanzando a pesar de todo, es el anhelo de amar y crear.

También la alegría es uno de los frutos del descubrimiento que nace de la pasión por comprender. A su vez, la alegría abre la puerta a la generosidad que desea compartir con los demás el valor del hallazgo. Porque, ¿de qué sirven los frutos de la consciencia si no son dados a otros que también puedan crecer con ella?

Antoine de Saint-Exupéry daba en el blanco cuando afirmaba: «Si queremos un mundo de paz y de justicia debemos poner la inteligencia al servicio del amor». Así, amar y comprender se unen para servir, desde la empatía, desde la voluntad de construir un bien común. Porque si la cultura y la verdad nos hace libres, el amor y la voluntad nos hacen fuertes, y la unión de todos ellos hace que esta vida que nos ha tocado vivir sea más plena y llena de sentido.

Y lo mejor de todo ello es que estamos rodeados de oportunidades para cultivar esta pasión por aprender: los buenos libros que nos brindan las bibliotecas públicas, las librerías o la misma red, o espacios como éste, o el encuentro con el amigo, la conversación amable, o tan sólo la escucha de nuestro dictado interior. Lectura, estudio, análisis, observación, contemplación, meditación también en la entrega al silencio. En todo ello nos aguarda el asombro del descubrimiento. Conozcámonos a nosotros mismos, conozcamos este mundo y vida que nos han sido regalados, entreguémonos a este ejercicio con el entusiasmo y curiosidad del niño que quiere aprender. Porque a quien tiene la pasión por aprender le es regalado el infinito libro de la vida para que lea y escriba en él.

Sumerjámonos entonces en esta aventura, quizás aquí mismo y, por qué no, ahora.


Álex Rovira | AlexRovira.Com

Acostumbraba temer

Tendía a temerles a los monstruos desde pequeño y con ellos a lo desconocido, a lo grotesco, a lo que me parecía feo y ruidoso, pero entonces me metía en mi cama y me cubría para que no me vieran, hasta quedar dormido y olvidarlos con la luz del sol.

Pero al crecer me di cuenta que seguían conmigo y que ya no podía cubrirme de ellos, porque crecer es actuar con libertad y no esconderse de la realidad, fue entonces cuando decidí conocerlos, saber de qué estaban hechos y grande fue mi sorpresa al verlos a la luz, pues estaban hechos de todo lo mío, cada parte, cada maña y cada rugido, eran mi creación y vi en sus ojos los míos, pidiendo ayuda, buscando llamar al valor, para que viniera a rescatarnos.

Entonces comprendí de que estaba hecho yo y que si pude crear algo tan grande con vida propia, podíamos unirnos en vez de asustarnos uno al otro, cada uno de mis monstruos venía a rescatarme, a enseñarme el camino de la fortaleza, pidiendo mi mano en vez de alzarla contra mí. Todos tememos a lo desconocido, ellos no, pero eso mismo nos llevan a abrir puertas, a unir y domesticar, sólo duele aquello que está vivo y la vida no se mata, tan sólo se transforma.

Apelando a la bondad que puedo tener por aquello que me pertenece, aprendí a escucharlos, a dejarme conducir por ellos, como puente para el siguiente paso, estoy hecho de cada uno y al domesticarlos actuando a mi favor, me han dejado libre, por algo son grandes, por algo son fuertes, porque me muestran qué tan grande y qué tan fuerte es aquello que puedo crear en el miedo y qué tan grande y qué tan fuerte lo que ahora creamos en la confianza.

Reinventarse

Nos hemos olvidado de quiénes somos en realidad y hemos adoptado una nueva identidad que, como no se corresponde con nuestra realidad, nos deja siempre, tengamos lo que tengamos, con una sensación de vacío interior.

Para poder llenar esta sensación de que nos falta algo, intentamos adornar esa identidad que hemos tomado para que parezca más llamativa y valiosa. Por eso tantas veces soñamos con esa persona que quisiéramos ser y con esa forma de ser que nos gustaría tener. Nuestro mundo personal y social está lleno de «deberías», »no deberías», de «tendrías» y «no tendrías»…

… Todas estas exigencias tienen sentido cuando uno se contempla a sí mismo como defectuoso e incompleto, pero no tiene sentido cuando comprende que lo que está más allá de la identidad aparente es una esencia llena de inteligencia, creatividad y amor, y que, por su propia naturaleza, es perfecta, esto es, completa.

Por eso, el entrenamiento que verdaderamente ofrece resultados no es el que nos ayuda a mejorar nuestra falsa identidad, sino aquél que nos ayuda a trascender esa identidad para reencontrarnos con quienes somos en realidad.

Lo que necesitamos es descubrir qué hay realmente detrás de las palabras Yo Soy.


Se aprende…

… Se aprende todo en la vida…

Se aprende a sonreír cuando se pierden las ganas de hacerlo.

Se aprende a llorar cuando por orgullo no se dejan bajar las lágrimas.

Se aprende a caminar cuando las decepciones nos detienen.

Se aprende a correr cuando se quiere alcanzar los sueños.

Y aprendes a elegir a quién llevar contigo y quién dejar en el camino.

Resoluciones

Judith se considera llena de defectos, y decide mejorar. Mas no es su Leyenda Personal que se apure en este sentido; la Sociedad dice que existe un padrón de crecimiento, que es preciso comprender.

Al final del año, Judith hace una lista de decisiones para el año siguiente. Los primeros días de enero son fáciles; ella obedece la lista, da pasos que siempre aplazó. En febrero, ya no tiene la misma disposición, y la lista comienza a fallar. Cuando marzo llega, Judith ya quebró todas las promesas hechas en Año Nuevo; y se sentirá pequeña, incapaz, y culpable hasta la última semana del año. Cuando, al fin, esta semana llega, ella hace de nuevo las promesas, y el ritual se repite.

No debemos intentar mejorar en aquello que los otros esperan de nosotros, Judith; pero sí descubrir que esperamos de nosotros mismos. Ahí no es preciso prometer nada, porque cambiamos con placer y alegría.


Paulo Coelho

El árbol muerto y la paciencia

dead-tree

Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos. Mi padre dijo:

«Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve que hacía tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida en aquel tronco».

Y volviéndose hacia mí, me aconsejó:

«Nunca olvides esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca decisiones importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá».

Y es que de eso se trata la paciencia, de esperar, de la facultad de padecer o soportar algo sin alterarse. De esperar cuando algo se desea mucho. La palabra paciencia viene de la raíz latina pati que significa sufrir. Es por eso que en medicina paciente significa «el que sufre». Paciencia implica el sufrimiento de esperar con dignidad tiempos mejores, una buena recompensa que vendrá ya sea con el paso del tiempo o con el trabajo perseverante.

Decía el poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973): «Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano».

La paciencia es un valor de quienes, de forma madura, han aprendido a sufrir y tolerar las contrariedades con fortaleza. Es esperar con calma que las cosas sucedan y otorgarles el tiempo que la prudencia permita.  Como dice el proverbio persa: «La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces».

Paciencia no es indiferencia ni insensibilidad. Tampoco significa sólo esperar hasta que cambie la situación desfavorable o hasta que alguien más haga lo que se debe hacer. El poeta Mariano Anguiló decía: «No confundas la paciencia, coraje de la virtud, con la estúpida indolencia del que se da por vencido».

Paciencia es lo que se necesita para educar a los hijos sin gritos, con tolerancia y de la mejor manera posible. También para soportar el tráfico cotidiano, compañeros de trabajo no muy agraciados o las inclemencias del tiempo. La falta de paciencia nos conduce, de manera irremediable, a la desesperación, los gritos y la irritación. De esta manera lo que hacemos es que el caos sea mayor.

Aristóteles describe a la paciencia como una virtud, como el punto medio o equilibrio entre emociones extremas. Con la paciencia se logra sobreponerse a las emociones generadas por las desgracias o aflicciones.

No olvidemos que la impaciencia puede ir acompañada de un vicio antiético como lo es la ira, así como también de insensatez y falta de amabilidad con quienes nos rodean. Al contrario actuar con paciencia es hacer uso de la serenidad y la calma.

Así que no olvides, quien quiere acertar tiene que aguardar y para subir una escalera hay que empezar por el primer peldaño.


Agustín Sequera | Inspirulina.Com

Ser

Ser no es meramente ir por la vida como consecuencia de haber nacido.

Ser es mirar el espacio y observar las estrellas y si están apagadas, saber encenderlas.

Ser es crecer como el cedro en la montaña, liberarse, crecer, y al mirar a nuestro lado al arbusto que crece, abriendo más la rama, nuestra sombra ofrecer.

Ser es abrir nuevos surcos y regar la semilla como un buen sembrador, y al crecer la planta llegar hasta el amigo que no pudo abrir surcos y regalarle una flor.

Ser es tener alas nobles, fuertes y vigorosas y el vuelo levantar, sin olvidar la mano que con blanda ternura les enseñó a volar.

Ser es un cuento de un sólo personaje que fue amado y amó, y al terminar el cuento tirando el libro de la mano, poder decir honradamente: «Así soy yo».


Anónimo

¿Cómo puedo cambiarme a mí mismo?

¿Cómo puedo cambiarme a mí mismo? Ésa es la pregunta más habitual que oigo cuando hay un encuentro que tiene como propósito hablar sobre transformación, cambio, crecimiento… Es la Pregunta.

Pero vale la pena detenerse a observar quién es esa parte de nosotros que, en realidad, formula la pregunta: nuestro yo temeroso o nuestro yo audaz.

Puede ser que quien formule la pregunta sea esa parte de uno que tiene pánico a cambiar y a sus consecuencias, y a la vez se siente incapaz de hacerlo. Cuando es así, más que pregunta lo que hacemos es exclamar una expresión de resignación oculta en una pregunta: «¡Cómo puedo cambiarme a mí mismo!». Desde esa postura el cambio es muy difícil, por no decir imposible. Si lo que uno quiere es cambiar sin precio ni coste, ni posible dolor ni esfuerzo, y con garantía de éxito total de entrada, es mejor dejarlo correr. Eso no existe. La vida no funciona así, creo, humildemente.

Si, por otro lado, la parte de nosotros que se hace la pregunta es audaz, obtiene la respuesta no en un discurso mental o hablado. Actúa. Punto. Hace. Punto. ¿Cómo puedo cambiarme a mí mismo? Pues haciendo algo nuevo y/o diferente que me permita progresivamente ir cambiando eso que yo creo que soy. Porque el cambio de nuestra narrativa interior, de nuestras creencias se produce naturalmente cuando actuamos despiertos. Y vale la pena desglosar las dos acciones y unirlas: Actuar + Estar Despierto. Quien actúa desde esa posición no se pasa la vida dándole vueltas a lo que tiene que hacer o hará. Dedica, obviamente, el tiempo necesario a la reflexión, evaluación de riesgos y costes del cambio, y a su planificación; y luego se adentra en el mar de la incertidumbre, rumbo a su isla deseada, y se pone a remar y a mover las velas. Vive en una incertidumbre consciente: «no sé lo que me pasará, pero sé que quiero ir a por ello, y aunque no lo logre, la vida me depara otros regalos en el camino a modo de aprendizajes, experiencias, nuevas personas, nuevos escenarios, nuevas reflexiones, nuevos tesoros de orden espiritual que hoy ni puedo concebir o imaginar».

Luego, ¿qué parte de nosotros se hace la pregunta? Si se la hace el que quiere vivir en una certidumbre inconsciente, se quedará en la pregunta y la utilizará como pretexto para justificar(-se) lo imposible que es cambiar. Si, por el contrario, quien se la hace admite que la vida consiste en vivir una incertidumbre consciente (nadie puede garantizar al cien por cien que estará vivo dentro de un minuto, por ejemplo), se entrega a la vida en una dialéctica de pensamiento-emoción-acción-legado permanente. Porque no sólo actúa, sino que lega, da, comparte el fruto de sus realizaciones.

El cambio social, la mejora del mundo, los proyectos que realmente valen la pena los han logrado locos que han vencido y a veces convencido no sólo a sus propios miedos, sino y por encima de todo, a opiniones ajenas (incluso proferidas por personas de su entorno y que les amaban) que actuaban como vientos, mareas y tempestades en contra, y que les afirmaban taxativamente que no lo lograrían. Benditos sean esos locos que viven en la incertidumbre pero son altamente conscientes. Son ellos los que nos procuran un mundo mejor porque no renuncian a la conquista de la utopía. Y vivir es, quizás, eso. Conquistar nuevos horizontes que mejoran la vida en este mundo. Ya lo decía Jung: «La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir». Sí.

Vivamos pues. Y no hagamos de nosotros mismos la principal coartada al proceso de crecer y de evolucionar. Si hay algo que es seguro que no podemos vencer es a la muerte y a la incertidumbre. Hagamos entonces de la vida nuestra aliada antes de que ambas nos venzan. Vale la pena, literalmente.


Álex Rovira | AlexRovira.Com

Pasado-sobrepasado

Una persona nota que ciertos momentos se repiten.

Con frecuencia se ve ante los mismos problemas y situaciones que ya había enfrentado.

Entonces se deprime, comienza a pensar que es incapaz de progresar en la vida, ya que los momentos difíciles siempre vuelven.

«Yo ya pasé por esto», reclama a su corazón.

«Realmente ya has pasado», responde el corazón, «pero nunca has sobrepasado».

La persona entonces comprende que las experiencias repetidas tienen una única finalidad: enseñarle que todavía no ha aprendido.

Y entonces pasa a buscar una solución diferente para cada lucha repetida, hasta que encuentra la manera de vencerla.


Paulo Coelho

La soberbia

 «La soberbia es la máscara de la ignorancia».

Esta tan atinada frase, da pie al tema de la pincelada de hoy sobre la soberbia. La soberbia es el más antipático de los llamados «pecados capitales».

Según Wikipedia, «en casi todas las listas de pecados, la soberbia (en latín, superbia) es considerado el original y más serio de los pecados capitales, y, de hecho, es también la principal fuente de la que derivan los otros. Es identificado como un deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando en halagar a los otros. Genéricamente se define como la sobrevaloración del Yo respecto de otros por superar, alcanzar o superponerse a un obstáculo, situación o bien en alcanzar un estatus elevado y subvalorizar al contexto. También se puede definir la soberbia como la creencia de que todo lo que uno hace o dice es superior, y que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás. También se puede tomar la soberbia en cosas vanas y vacías (vanidad) y en la opinión de uno mismo exaltada a un nivel crítico y desmesurado (prepotencia)».

Buscando citas literarias en Internet, me topé con un interesante artículo del prestigioso catedrático de psiquiatría y escritor, Enrique Rojas Montes, especialista en trastornos de la personalidad, que escribió el 01.03.08 para el diario «El Mundo» y del que me gustaría que compartiesen conmigo algunos párrafos:

«La soberbia consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal. La soberbia es más intelectual y emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que ha destacado en alguna faceta y sobre una cierta base. El balance propio saca las cosas de quicio y pide y exige un reconocimiento público de sus logros. Para un psiquiatra, estamos ante lo que se llama una deformación de la percepción de la realidad de uno mismo por exceso».

La imagen que el soberbio tiene de sí mismo está pues distorsionada. En el fondo, es una persona inmadura, que vive en un mundo irreal, del que él cree ser el ombligo y saberlo todo. Ello hace que no sea capaz de soportar las críticas y que no sepa escuchar. La convivencia con el soberbio es difícil, a menos que se le siga la corriente y se le diga siempre «sí» a todo. En caso contrario, el soberbio puede llegar a convertirse en un déspota para los que le rodean. El soberbio busca el elogio y el aplauso de su entorno y se siente infeliz y frustrado si no los consigue. Porque, en el fondo, la persona soberbia es frágil y, a menudo, infantiloide, «debilidades» que él sabe muy bien enmascarar bajo la capa de la arrogancia y la prepotencia, otras dos características que suelen acompañar a la soberbia.

Según San Agustín, gran escritor y filósofo, «la soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano». Y como se trata de una enfermedad del alma, de la que Quevedo opinaba que «más fácil es escribir contra la soberbia que vencerla», para poder sanar completamente hay que recabar la ayuda de un buen profesional. Él marcará las pautas para llegar a corregir ese defecto, ya que, a la larga, éste puede llegar a desembocar en soledad. Y ¡qué triste es llegar a viejo y no tener con quien compartir esa etapa de la vida porque todos nuestros antiguos amigos y conocidos se han ido alejando poco a poco de nosotros debido a nuestro carácter!


Manuel Moral | ReflexionesDeManuel.Blogspot.Com