Resoluciones

Judith se considera llena de defectos, y decide mejorar. Mas no es su Leyenda Personal que se apure en este sentido; la Sociedad dice que existe un padrón de crecimiento, que es preciso comprender.

Al final del año, Judith hace una lista de decisiones para el año siguiente. Los primeros días de enero son fáciles; ella obedece la lista, da pasos que siempre aplazó. En febrero, ya no tiene la misma disposición, y la lista comienza a fallar. Cuando marzo llega, Judith ya quebró todas las promesas hechas en Año Nuevo; y se sentirá pequeña, incapaz, y culpable hasta la última semana del año. Cuando, al fin, esta semana llega, ella hace de nuevo las promesas, y el ritual se repite.

No debemos intentar mejorar en aquello que los otros esperan de nosotros, Judith; pero sí descubrir que esperamos de nosotros mismos. Ahí no es preciso prometer nada, porque cambiamos con placer y alegría.


Paulo Coelho

El árbol muerto y la paciencia

dead-tree

Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos. Mi padre dijo:

«Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve que hacía tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida en aquel tronco».

Y volviéndose hacia mí, me aconsejó:

«Nunca olvides esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca decisiones importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá».

Y es que de eso se trata la paciencia, de esperar, de la facultad de padecer o soportar algo sin alterarse. De esperar cuando algo se desea mucho. La palabra paciencia viene de la raíz latina pati que significa sufrir. Es por eso que en medicina paciente significa «el que sufre». Paciencia implica el sufrimiento de esperar con dignidad tiempos mejores, una buena recompensa que vendrá ya sea con el paso del tiempo o con el trabajo perseverante.

Decía el poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973): «Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano».

La paciencia es un valor de quienes, de forma madura, han aprendido a sufrir y tolerar las contrariedades con fortaleza. Es esperar con calma que las cosas sucedan y otorgarles el tiempo que la prudencia permita.  Como dice el proverbio persa: «La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces».

Paciencia no es indiferencia ni insensibilidad. Tampoco significa sólo esperar hasta que cambie la situación desfavorable o hasta que alguien más haga lo que se debe hacer. El poeta Mariano Anguiló decía: «No confundas la paciencia, coraje de la virtud, con la estúpida indolencia del que se da por vencido».

Paciencia es lo que se necesita para educar a los hijos sin gritos, con tolerancia y de la mejor manera posible. También para soportar el tráfico cotidiano, compañeros de trabajo no muy agraciados o las inclemencias del tiempo. La falta de paciencia nos conduce, de manera irremediable, a la desesperación, los gritos y la irritación. De esta manera lo que hacemos es que el caos sea mayor.

Aristóteles describe a la paciencia como una virtud, como el punto medio o equilibrio entre emociones extremas. Con la paciencia se logra sobreponerse a las emociones generadas por las desgracias o aflicciones.

No olvidemos que la impaciencia puede ir acompañada de un vicio antiético como lo es la ira, así como también de insensatez y falta de amabilidad con quienes nos rodean. Al contrario actuar con paciencia es hacer uso de la serenidad y la calma.

Así que no olvides, quien quiere acertar tiene que aguardar y para subir una escalera hay que empezar por el primer peldaño.


Agustín Sequera | Inspirulina.Com

Ser

Ser no es meramente ir por la vida como consecuencia de haber nacido.

Ser es mirar el espacio y observar las estrellas y si están apagadas, saber encenderlas.

Ser es crecer como el cedro en la montaña, liberarse, crecer, y al mirar a nuestro lado al arbusto que crece, abriendo más la rama, nuestra sombra ofrecer.

Ser es abrir nuevos surcos y regar la semilla como un buen sembrador, y al crecer la planta llegar hasta el amigo que no pudo abrir surcos y regalarle una flor.

Ser es tener alas nobles, fuertes y vigorosas y el vuelo levantar, sin olvidar la mano que con blanda ternura les enseñó a volar.

Ser es un cuento de un sólo personaje que fue amado y amó, y al terminar el cuento tirando el libro de la mano, poder decir honradamente: «Así soy yo».


Anónimo

¿Cómo puedo cambiarme a mí mismo?

¿Cómo puedo cambiarme a mí mismo? Ésa es la pregunta más habitual que oigo cuando hay un encuentro que tiene como propósito hablar sobre transformación, cambio, crecimiento… Es la Pregunta.

Pero vale la pena detenerse a observar quién es esa parte de nosotros que, en realidad, formula la pregunta: nuestro yo temeroso o nuestro yo audaz.

Puede ser que quien formule la pregunta sea esa parte de uno que tiene pánico a cambiar y a sus consecuencias, y a la vez se siente incapaz de hacerlo. Cuando es así, más que pregunta lo que hacemos es exclamar una expresión de resignación oculta en una pregunta: «¡Cómo puedo cambiarme a mí mismo!». Desde esa postura el cambio es muy difícil, por no decir imposible. Si lo que uno quiere es cambiar sin precio ni coste, ni posible dolor ni esfuerzo, y con garantía de éxito total de entrada, es mejor dejarlo correr. Eso no existe. La vida no funciona así, creo, humildemente.

Si, por otro lado, la parte de nosotros que se hace la pregunta es audaz, obtiene la respuesta no en un discurso mental o hablado. Actúa. Punto. Hace. Punto. ¿Cómo puedo cambiarme a mí mismo? Pues haciendo algo nuevo y/o diferente que me permita progresivamente ir cambiando eso que yo creo que soy. Porque el cambio de nuestra narrativa interior, de nuestras creencias se produce naturalmente cuando actuamos despiertos. Y vale la pena desglosar las dos acciones y unirlas: Actuar + Estar Despierto. Quien actúa desde esa posición no se pasa la vida dándole vueltas a lo que tiene que hacer o hará. Dedica, obviamente, el tiempo necesario a la reflexión, evaluación de riesgos y costes del cambio, y a su planificación; y luego se adentra en el mar de la incertidumbre, rumbo a su isla deseada, y se pone a remar y a mover las velas. Vive en una incertidumbre consciente: «no sé lo que me pasará, pero sé que quiero ir a por ello, y aunque no lo logre, la vida me depara otros regalos en el camino a modo de aprendizajes, experiencias, nuevas personas, nuevos escenarios, nuevas reflexiones, nuevos tesoros de orden espiritual que hoy ni puedo concebir o imaginar».

Luego, ¿qué parte de nosotros se hace la pregunta? Si se la hace el que quiere vivir en una certidumbre inconsciente, se quedará en la pregunta y la utilizará como pretexto para justificar(-se) lo imposible que es cambiar. Si, por el contrario, quien se la hace admite que la vida consiste en vivir una incertidumbre consciente (nadie puede garantizar al cien por cien que estará vivo dentro de un minuto, por ejemplo), se entrega a la vida en una dialéctica de pensamiento-emoción-acción-legado permanente. Porque no sólo actúa, sino que lega, da, comparte el fruto de sus realizaciones.

El cambio social, la mejora del mundo, los proyectos que realmente valen la pena los han logrado locos que han vencido y a veces convencido no sólo a sus propios miedos, sino y por encima de todo, a opiniones ajenas (incluso proferidas por personas de su entorno y que les amaban) que actuaban como vientos, mareas y tempestades en contra, y que les afirmaban taxativamente que no lo lograrían. Benditos sean esos locos que viven en la incertidumbre pero son altamente conscientes. Son ellos los que nos procuran un mundo mejor porque no renuncian a la conquista de la utopía. Y vivir es, quizás, eso. Conquistar nuevos horizontes que mejoran la vida en este mundo. Ya lo decía Jung: «La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir». Sí.

Vivamos pues. Y no hagamos de nosotros mismos la principal coartada al proceso de crecer y de evolucionar. Si hay algo que es seguro que no podemos vencer es a la muerte y a la incertidumbre. Hagamos entonces de la vida nuestra aliada antes de que ambas nos venzan. Vale la pena, literalmente.


Álex Rovira | AlexRovira.Com

Pasado-sobrepasado

Una persona nota que ciertos momentos se repiten.

Con frecuencia se ve ante los mismos problemas y situaciones que ya había enfrentado.

Entonces se deprime, comienza a pensar que es incapaz de progresar en la vida, ya que los momentos difíciles siempre vuelven.

«Yo ya pasé por esto», reclama a su corazón.

«Realmente ya has pasado», responde el corazón, «pero nunca has sobrepasado».

La persona entonces comprende que las experiencias repetidas tienen una única finalidad: enseñarle que todavía no ha aprendido.

Y entonces pasa a buscar una solución diferente para cada lucha repetida, hasta que encuentra la manera de vencerla.


Paulo Coelho

La soberbia

«La soberbia es la máscara de la ignorancia».

Esta tan atinada frase, da pie al tema de la pincelada de hoy sobre la soberbia. La soberbia es el más antipático de los llamados «pecados capitales».

Según Wikipedia, «en casi todas las listas de pecados, la soberbia (en latín, superbia) es considerado el original y más serio de los pecados capitales, y, de hecho, es también la principal fuente de la que derivan los otros. Es identificado como un deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando en halagar a los otros. Genéricamente se define como la sobrevaloración del Yo respecto de otros por superar, alcanzar o superponerse a un obstáculo, situación o bien en alcanzar un estatus elevado y subvalorizar al contexto. También se puede definir la soberbia como la creencia de que todo lo que uno hace o dice es superior, y que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás. También se puede tomar la soberbia en cosas vanas y vacías (vanidad) y en la opinión de uno mismo exaltada a un nivel crítico y desmesurado (prepotencia)».

Buscando citas literarias en Internet, me topé con un interesante artículo del prestigioso catedrático de psiquiatría y escritor, Enrique Rojas Montes, especialista en trastornos de la personalidad, que escribió el 01.03.08 para el diario «El Mundo» y del que me gustaría que compartiesen conmigo algunos párrafos:

«La soberbia consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal. La soberbia es más intelectual y emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que ha destacado en alguna faceta y sobre una cierta base. El balance propio saca las cosas de quicio y pide y exige un reconocimiento público de sus logros. Para un psiquiatra, estamos ante lo que se llama una deformación de la percepción de la realidad de uno mismo por exceso».

La imagen que el soberbio tiene de sí mismo está pues distorsionada. En el fondo, es una persona inmadura, que vive en un mundo irreal, del que él cree ser el ombligo y saberlo todo. Ello hace que no sea capaz de soportar las críticas y que no sepa escuchar. La convivencia con el soberbio es difícil, a menos que se le siga la corriente y se le diga siempre «sí» a todo. En caso contrario, el soberbio puede llegar a convertirse en un déspota para los que le rodean. El soberbio busca el elogio y el aplauso de su entorno y se siente infeliz y frustrado si no los consigue. Porque, en el fondo, la persona soberbia es frágil y, a menudo, infantiloide, «debilidades» que él sabe muy bien enmascarar bajo la capa de la arrogancia y la prepotencia, otras dos características que suelen acompañar a la soberbia.

Según San Agustín, gran escritor y filósofo, «la soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano». Y como se trata de una enfermedad del alma, de la que Quevedo opinaba que «más fácil es escribir contra la soberbia que vencerla», para poder sanar completamente hay que recabar la ayuda de un buen profesional. Él marcará las pautas para llegar a corregir ese defecto, ya que, a la larga, éste puede llegar a desembocar en soledad. Y ¡qué triste es llegar a viejo y no tener con quien compartir esa etapa de la vida porque todos nuestros antiguos amigos y conocidos se han ido alejando poco a poco de nosotros debido a nuestro carácter!


Manuel Moral | ReflexionesDeManuel.Blogspot.Com

Tener la razón, fabricar el error

Cuando nos quejamos, encontramos faltas en los demás y reaccionamos, el ego fortalece la noción de los linderos y la separación de la cual depende su existencia. Pero también se fortalece de otra manera al sentirse superior.

Quizás no sea fácil reconocer que nos sentimos superiores cuando nos quejamos, por ejemplo, de una congestión de tráfico, de los políticos, de la «codicia de los ricos» o de «los desempleados perezosos», o de los colegas o del ex esposo o la ex esposa. La razón es la siguiente. Cuando nos quejamos, la noción implícita es que tenemos la razón mientras que la persona o la situación motivo de la queja o de la reacción está en el error.

No hay nada que fortalezca más al ego que tener la razón. Tener la razón es identificarse con una posición mental, un punto de vista, una opinión, un juicio o una historia. Claro está que para tener la razón es necesario que alguien más esté en el error, de tal manera que al ego le encanta fabricar errores para tener razón.

En otras palabras, necesitamos que otros estén equivocados a fin de sentir fortalecido nuestro ser. Las quejas y la reactividad, para las cuales «esto no tendría por qué estar sucediendo», pueden dar lugar al error no solamente en otras personas sino también en las situaciones.

Cuando tenemos la razón nos ubicamos en una posición imaginada de superioridad moral con respecto a la persona o la situación a la cual juzgamos y a la cual encontramos en falta. Esa sensación de superioridad es la que el ego ansía y la que le sirve para engrandecerse.


Sobre el error…

No se equivoca el río cuando, al encontrar una montaña en su camino, retrocede para seguir avanzando hacia el mar; se equivoca el agua que, por temor a equivocarse, se estanca y se pudre en la laguna.

No se equivoca la semilla cuando muere en el surco para hacerse planta; se equivoca la que, por no morir bajo la tierra, renuncia a la vida.

No se equivoca el hombre que ensaya distintos caminos para alcanzar sus metas, se equivoca aquel que por temor a equivocarse no acciona.

No se equivoca el pájaro que ensayando el primer vuelo cae al suelo, se equivoca aquel que por temor a caerse renuncia a volar permaneciendo en el nido.

Pienso que se equivocan aquellos que no aceptan que ser hombre es buscarse a sí mismo cada día, sin encontrarse nunca plenamente. Creo que al final del camino no te premiarán por lo que encuentres, sino por aquello que hayas buscado honestamente.


Graciela E. Prepelitchi

El aspirante

La esencia de la grandeza radica en la capacidad de optar por la propia realización personal en circunstancias en que otras personas optan por la locura.

Siendo la muerte una propuesta tan eterna y la vida tan increíblemente breve, pregúntate a ti mismo: ¿Debo evitar hacer las cosas que realmente quiero hacer?, ¿Viviré mi vida como los demás quieren que la viva?

Es en la culpabilidad donde despilfarras tus momentos presentes al estar inmovilizado por causa de un comportamiento pasado.

Es en la preocupación donde te mantienes inmovilizado ahora por algo que está en el futuro y en el que a menudo no tienes ningún control.

Ya mires atrás o adelante estás malgastando el momento presente.

Empieza a mirar el pasado como algo que jamás puede modificarse, sientas lo que sientas respecto a él.

Acepta en ti mismo cosas que tú has escogido pero que pueden disgustar a cierta gente. Pregúntate a ti mismo lo que estás evitando en el presente por culpa del pasado.

Ve tus momentos presentes como un tiempo para vivir, en vez de obsesionarte por el futuro. El futuro se construye presente a presente.

La esencia de lo nuevo es el contrario a la seguridad. Sólo los inseguros ansían la seguridad de permanecer en áreas que conocían, en no aventurarse a lo desconocido.

Conviértete en el juez de tu propia conducta y aprende a confiar en ti mismo para tomar las decisiones del momento presente. Deja de buscar en las tradiciones y las normativas de toda la vida la respuesta adecuada.

Canta tu propia canción de felicidad de la manera que escojas cantarla, sin preocuparte ni importarte cómo se supone que debe ser.


Wayne Dyer

La autoimagen

Autoimagen se define como el creer o tener respeto por uno mismo. Esto tiene otros significados adicionales, tales como el sentir orgullo por uno mismo. En otras palabras, tener confianza en uno mismo.

La autoimagen, es una combinación de todos los elementos mencionados anteriormente, que te dan valor para hacer frente a los retos que te presenta la vida. Es la opinión que tienes acerca de ti mismo.

La autoimagen tiene relación con dos aspectos que son, un sentido de eficiencia personal, mezclado con un sentido de valor personal.

Es la conjunción de confianza y respeto por ti mismo. Es la plena seguridad de que estás capacitado para vivir y para darle valor a tu vida.

Características que debes alcanzar para tener una excelente autoimagen:

  • Tener confianza en ti mismo.
  • Tener habilidad para resolver los problemas sin preocupaciones.
  • Enfrentar y eliminar las situaciones que pueden parecer aterradoras.
  • Saber que el que no arriesga, no gana.
  • Sentirte relajado en cualquier lugar.
  • Motivarte a ti mismo.

Prácticamente cada uno de los aspectos de tu vida – felicidad personal, el éxito en tus relaciones con los demás, tu creatividad, tus logros e inclusive tú éxito en el campo del sexo – está relacionado con el nivel de autoimagen que tengas. Entre mejor sea ésta, mejor resolverás las situaciones que se te presentan.

Además, el tener una buena autoimagen es importante porque te hará sentir bien y te verás mejor. Los demás lo notarán y se querrán relacionar contigo. Dicho de otro modo, si estás consciente de tu valor como persona, entonces sabrás que eres digno de ser admirado y capaz de lograr lo que quieras.

El entorno en el cual creciste, tiene mucho que ver con la personalidad que tienes, pero – más importante – con la autoimagen que has desarrollado. Porque, ¿de dónde pueden venir los sentimientos de inferioridad que a veces sientes? Pues bien, muchos de ellos, seguramente vienen de los años pasados con la familia, porque tres cuartas partes de tu tiempo los has pasado en ese medio.

Somos lo que somos, en función de donde hemos estado. Construimos nuestra autoimagen de cuatro principales factores: nuestro destino, las cosas positivas y negativas que la vida ofrece, y nuestras propias decisiones en relación con esas situaciones que se nos presentan.

El ser arrogante o sentirse superior a los demás, sólo porque sí, no es más que una muestra de inseguridad. Tú serás tan importante como tus logros, tus actos y tus metas, pero de una manera inteligente.

Otra cosa interesantísima, es que tú puedes incrementar tu autoimagen, sin importar como te sientas en este momento, – es decir con una motivación alta o baja – Las buenas vibraciones que puedes generar acerca de ti mismo no tienen límite, pero lo mejor de todo es que estos sentimientos están bajo tu control, independientemente de la opinión que tengan los que te rodean.


Winston Samuel Ojeda