Relaciones adictivas, hay amores que matan

Dicen que el amor mueve al mundo y es por eso que todos soñamos con poder disfrutar de una relación idílica… Pero, ¿qué es realmente el amor?, ¿es una tormenta arrasadora o es un hermoso día despejado?

Por todas partes nos llegan modelos de lo que debe ser una relación de pareja, a partir de los cuales nos hacemos una idea propia de lo que es el amor. Estas ideas, lamentablemente, no siempre son las más sanas. Por eso, las creencias equivocadas pueden convertir a la pareja en una peligrosa droga, sin la cual la vida parece perder sentido.

Amor, yo sin ti no valgo nada

Los niños son como esponjas que absorben todo lo que ocurre a su alrededor. Así, si las relaciones en el hogar fueron una mezcla de amor y dolor, porque había maltrato, indiferencia o manipulación, es probable que se repitan los mismos patrones disfuncionales o que se generen otros diferentes, pero igualmente perjudiciales.

Esto ocurre porque automáticamente tendemos a buscar lo que nos resulta familiar, pues los modelos con los que crecimos dejan una huella profunda en nosotros.

Desafortunadamente, en infinidad de casos el amor se confunde con dependencia y las relaciones se tornan tóxicas. Esto ocurre cuando hay una autoestima baja y se cree que hay que buscar el amor fuera de uno mismo y conseguirlo a costa de la propia dignidad.

La comedia romántica versus la tragedia

En la vida real, las relaciones, al igual que ocurre en las historias que vemos a través de la pantalla, o en el teatro, obedecen a estos dos tipos básicos. Pero, ¿qué es lo que hace divertida a una comedia romántica? Es ese ingrediente especial, llamado sentido del humor, el cual hace que la relación sea ligera y alegre y que la pareja se divierta horrores.

En cambio, en una tragedia, el sentido del humor brilla por su ausencia, y la relación se toma demasiado en serio, tornándose pesada, dramática y lo que es peor, adictiva.

Hay varias «alertas rojas» que identifican a una relación adictiva, tales como la posesividad, la manipulación, el irrespeto, los celos desproporcionados, la descalificación, la dependencia, la inseguridad y el maltrato.

En realidad, lo que todas estas señales tienen en común es el miedo a no ser amado ni aceptado tal como uno es. Por ese motivo se juega un rol, ya sea de sumisión o de dominación, para intentar controlar al otro y así seguir obteniendo la tan deseada «droga»: afecto y atención.

El secreto

Hay una clave para protagonizar una divertida comedia romántica, en vez de una dolorosa tragedia, y es saber que la fuente de amor está dentro de nosotros mismos, no fuera.

Cuando tenemos esta certeza, comprendemos que, independientemente de las personas que pasen por nuestra vida, vamos a estar bien, porque somos capaces de darnos a nosotros mismos el cariño, el cuidado, la compasión y la aceptación que necesitamos.

En cambio, si ponemos la fuente de estima en otra persona, la sola idea de perderla es devastadora y hacemos cualquier cosa por recibir esa engañosa dosis de afecto, llegando a cualquier extremo. Exactamente igual que lo haría una persona con problemas de dependencia a una droga.

Entonces, no hace falta contorsionarse para obtener la «droga» del amor de otra persona, ya que esto, paradójicamente, sólo lograría el efecto contrario. Sólo hace falta que sepas que eres merecedor de cariño tal y como eres, que lo expreses y lo demuestres constantemente.

Una persona segura de sí misma irradia un encanto verdaderamente irresistible. Por lo tanto, comienza por amarte a ti mismo; eso atraerá, por añadidura, a la pareja «ideal» que estás buscando.


Paula Aroca | LaMenteEsMaravillosa.Com

¿Por qué es tan difícil cambiar?

Una vez le preguntaron al sabio:

– ¿Qué es lo más difícil en esta vida?

Y este contestó:

Cambiar de mentalidad. Cambiar la forma de pensar. Cambiar el sistema de creencias. Cambiar de actitud. Cambiar la manera de mirar…

A lo que le volvieron a preguntar:

– ¿Y por qué es tan difícil cambiar?

Y el sabio, con una tranquilidad pasmosa, contestó:

– Cambiar en sí mismo no es difícil. De hecho, es más fácil de lo que pueda parecer. Lo difícil es encontrarse con alguien que sea lo suficientemente humilde para reconocer que está equivocado.

Lo que los demás piensen de ti, refleja quiénes son ellos

 

Todos somos mundos diferentes en nuestras mentes, todos llevamos un contenido particular cargado de vivencias, de recuerdos, de prejuicios, de «realidades»… y es a partir de ellas que emitimos juicios de las acciones de las otras personas.

Cuando cualquier persona critica, lo que está haciendo es, sin tratar de entender, mucho menos ser empático, evaluar desde su banco de información lo que a su juicio debe hacerse de una manera diferente.

Ser espectadores de alguna situación, nos coloca en una situación privilegiada, inclusive para nuestro crecimiento, pero si se quiere opinar, se deben dejar los prejuicios, las ideas preconcebidas y las malas intenciones a un lado y ser, en caso de que sea extremadamente necesaria nuestra opinión, lo más objetivos posible.

«Uno está tan expuesto a la crítica como a la gripe».

FRIEDRICH DÜRRENMATT 

Se critica aquello que no se comprende o no se acepta. Muchas veces nos encontramos criticando algo, creyéndonos con mayor conocimiento del tema, con mayor experiencia, creyéndonos dueños de la verdad y considerando que nuestra manera de hacer las cosas es la mejor.

El no tomarnos el tiempo necesario para comprender una situación, para entender los detonantes, para evaluar los porqués, hace más factible que mostremos inconformidad a través de la crítica. Debemos aceptar e incluso validar en nuestro interior aquello que criticamos.

Cuando nos vemos expuestos a la crítica, lo mejor que podemos hacer es simplemente ser comprensivos con quien emite el juicio, el cual habla más de él que de nosotros, podemos tomarnos un tiempo para validar y decidir si hay algo que podamos rescatar o aprovechar de esa crítica, pero dándole la justa importancia que merece, algunas veces es: ninguna.

Todo el mundo opina de acuerdo a su creencia… eso nos da la oportunidad de saber que toda crítica depende exclusivamente de la visión de quien la emite. Éstas algunas veces inclusive son las que nos hacen abrir los ojos y darnos cuenta de que existen mejores maneras de abordar una situación o llevar a cabo cualquier acción.

Adicional a las opiniones de terceros, que siempre existirán, debemos cuidarnos de manera especial de la autocrítica que está completamente vinculada a la poca aceptación que tenemos de nosotros mismos.

Debemos ser para nosotros los principales cuidadores, protectores y defensores, no podemos jugar el rol destructivo de enemigo, cuestionando lo que hacemos, dudando de nuestras capacidades, pensando que siempre habrá una manera de hacer las cosas mejor que la que decidimos o que siempre tomaremos el peor de los caminos. Existen personas exitosísimas desde una evaluación general, pero tienen un pobre concepto de sí mismas que no les permite explotar su potencial y menos ser felices, siempre saboteando cada uno de sus logros.

Definitivamente la actitud con la que afrontemos la vida marcará la diferencia más que cualquier otra cosa. Seamos más empáticos, menos críticos, demos mayor libertad a que las personas vivan su vida a su manera. Pongámonos inclusive en los zapatos de quien nos critica y tratemos de entender sus puntos, utilizando toda información siempre para nuestro crecimiento.


Sara Tibet | RinconDelTibet.Com

El equipaje familiar

La expresión bíblica «por tanto, dejará el hombre a su padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Génesis 2:24), explica el inicio y origen de cada familia, que comienza con un hombre y una mujer, que dejan sus respectivas familias de origen para formar una nueva familia.

Cada uno (hombre y mujer) trae una cultura familiar (mapas sobre lo qué es la pareja y la familia); normas, valores, formas de establecer la comunicación – todo un equipaje familiar propio. Esta unión se caracteriza por el encuentro de dos culturas y contextos individuales, que se integran y necesitan adquirir una identidad propia como nueva familia. Eso quiere decir que cada uno de los cónyuges trae consigo toda su familia de origen a la vida matrimonial.  Cada cónyuge aporta sus modelos, sus mapas, sus patrones, lo que vio y vivió, y trata de que el conjunto – la totalidad (la pareja) – se acople a ese modelo.

Cada parte, al contraer matrimonio y formar un nuevo hogar, trae su propio equipaje familiar que desempaca en el contexto de la relación de pareja y luego de familia. Este equipaje está lleno con las «ropas y utensilios» que traen de su familia de origen, vale decir, sus mapas, paradigmas, normas, reglas, valores, hábitos, costumbres, rituales, tabús, prejuicios que se instalaron desde la infancia, aprendidos en la cotidianidad de la vida familiar, a través de modelajes y enseñanzas de padres y vida relacional con hermanos. Este equipaje incluye formas de relacionarse, negociar y resolver conflictos, definir prioridades, establecer límites, etc. O como lo expresa la guía de Ecotheos: «Cada parte de la pareja trae consigo mismo el drama y guión de su familia de origen, en donde se aprenden destrezas básicas como el dar y recibir afecto, tomar distancia y buscar cercanía, resolver conflictos, luchas de poder, dialogar, etc.».

En ese equipaje familiar vienen finas prendas hechas de lino fino, de altísima costura, pero también vienen algunos «trapitos sucios: secretos de familia», trajes mal configurados y peor cosidos; ropa que a la primera lavada se encoge, destiñe o deshilacha. Y todas esas prendas entran al mismo closet (nueva familia). Algunos colores y modelos aportados por cada miembro a la nueva familia (closet), desentonan en forma resaltante u ocupan demasiado espacio, restándole espacio al otro cónyuge.

Los problemas en la relación de pareja ocurren cuando uno de los cónyuges o ambos tratan de hacer valer su equipaje familiar por encima o a expensas del otro. Los cónyuges inconscientemente tratan de ser fieles a su equipaje familiar, lo cual se traduce en una necesidad de tener la razón, y de aferrarse a hacer las cosas a su «manera correcta».

Exceso de equipaje

Ese equipaje familiar puede convertirse en una maleta muy pesada de llevar, porque eventualmente esa maleta puede estar llena de ropas y prendas – paradigmas, valores, normas, etc. – muy rígidos, o descontextualizados, o distorsionados de la realidad. Por otra parte, llevar esa maleta puede ser un ejercicio fatigoso y desgastante, al tener que unir en un mismo closet (familia) las ropas y prendas que trae cada cónyuge. Esa maleta puede estar llena de alguna decepción amorosa, que cree la predisposición a ver a los hombres o las mujeres bajo un filtro negativo; o de alguna experiencia de abuso sexual que cree cierto filtro distorsionado sobre el placer sexual, o de un sistema educativo muy rígido, crítico y restrictivo, que predisponga al dogmatismo; o definiciones de lo que es el matrimonio y la familia; o de cosas más triviales como la forma de ordenar la cama al levantarse o la manera de utilizar la crema dental, etc.

Según Judith Sills (Exceso de Equipaje: Despeje Su Camino) hay ciertas alertas que nos pueden indicar que estamos viajando con exceso de equipaje:

  • Siente la obligación de terminar todo lo que comienza – un libro, un proyecto, un matrimonio – incluso cuando sabe que no vale la pena llegar hasta el final.
  • Para usted es un trago amargo tener que contentarse con «lo segundo mejor», sea una casa, un (a) esposo (a), o un puesto en un restaurante.
  • Siente que siempre es el que da – a los amigos, a su cónyuge, a los hijos – pero no recibe a cambio lo que merece.
  • Se paraliza cuando tiene que tomar una decisión importante. No puede escoger una pareja o progresar en su carrera sin sufrir la agonía de la ambivalencia.
  • Todavía recuerda con ira algo que sucedió hace años, e insiste en traer el hecho a la memoria periódicamente.
  • Anhela encontrar un amor, un empleo mejor, tiempo para divertirse o aprender, pero dejo de luchar. Se dio por vencido.
  • Dice «sí» cuando en realidad desea decir «no», sencillamente porque no soporta la idea de que alguien se disguste con usted.
  • Vive soñando siempre en «ese día en que seré…»
  • Está aburrido, decepcionado, apático o se siente ultrajado con más frecuencia de lo que quisiera.

Todo equipaje es de por sí una carga. Esa carga puede hacerse pesada o ligera, dependiendo de nuestra baja o alta predisposición y tolerancia al cambio, de la flexibilidad para viajar con poco equipaje, de su capacidad para reconocer y gestionar las diferencias, de su actitud para aprender y crecer. En ocasiones la presión o peso del equipaje viene por influencia externa, como las acciones de las familias de origen, o el entorno que rodea a la pareja. Pero en ocasiones se trata de cargas autoimpuestas. Estas cargas son las más difíciles de identificar / concienciar. Es fácil ver los fallos en otras personas, pero ver los propios puntos ciegos (hábitos, patrones de conducta, mapas), es más complejo y difícil.

Es necesario, entonces, que cada cónyuge comience a evaluar, revisar, someter a prueba, el contenido de su equipaje. Deberíamos preguntarnos, por ejemplo, ¿para qué me sirve este abrigo en verano? ¿Está a la moda esta camisa o vestido? Vale decir, ¿tiene sentido mantener este ritual? ¿Me beneficia esta forma de abordar las relaciones interpersonales? ¿Es válida esta creencia?

Construyendo un clóset conjunto 

Bajo el contexto de pareja – nueva familia – los cónyuges requieren revisar el closet y elegir conjuntamente, en acuerdo mutuo, qué ropa (hábitos, creencias, valores, tradiciones, etc.) desechar y botar, lavar para desmanchar, o usar más seguido. A veces algunos de los cónyuges se apegan a algunas prendas (mapas) que traen de su familia de origen, no porque sean muy vistosas, o estén a la moda, sino por costumbre, por no conocer otra forma de combinar la ropa (otras pautas de interacción y desempeño).

Dadas las diferencias de creencias, valores, normas, costumbres, rituales, etc., los cónyuges necesitan tomar conciencia de ese equipaje familiar que traen de su familia de origen. Una vez que los cónyuges toman conciencia y realizan los ajustes necesarios en sus mapas de referencia, pueden revisar y modificar efectivamente actitudes y conductas, pues logran tener la comprensión de éstos. Pueden también modificar la forma como se están comunicando entre sí. En palabras de Stephen Covey: «Cuanta más conciencia tengamos de nuestros paradigmas, mapas o supuestos básicos, y de la medida en que nos ha influido en nuestra experiencia, en mayor grado podremos asumir responsabilidad de tales paradigmas (mapas), examinarlos, someterlos a la prueba de la realidad, escuchar a los otros y estar abiertos a sus percepciones, con lo cual lograremos un cuadro más amplio y una modalidad de visión mucho más objetiva».


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

Cómo mejorar la autoestima

La autoestima está estrechamente relacionada con nuestra imagen personal o autoimagen que está conformada por todas las creencias que tenemos acerca de nosotros mismos, como nuestras cualidades, capacidades, modos de sentir o de pensar. Más específicamente la autoestima es la valoración que hacemos de nosotros mismos a partir de nuestra autoimagen. De esta forma, nos sentimos listos o tontos, capaces o incapaces, nos gustamos o no. Esta autovaloración es muy importante, dado que de ella dependen en gran parte nuestros logros en la vida. De este modo, las personas que se sienten bien consigo mismas, que tienen una buena autoestima, son capaces de enfrentarse y resolver los retos y las responsabilidades que la vida plantea. Por el contrario, los que tienen una autoestima baja suelen autolimitarse y fracasar.

Investigadores del tema como Ángel Antonio Marcuello, mencionan que la baja autoestima está relacionada con una distorsión del pensamiento (forma inadecuada de pensar). Las personas con baja autoestima tienen una visión muy distorsionada de lo que son realmente; al mismo tiempo, estas personas mantienen unas exigencias extraordinariamente perfeccionistas sobre lo que deberían ser o lograr.

Desde el punto de vista neurológico, todo aquello que somos, o que creemos ser, se encuentra grabado en el entramado viviente de nuestras cien mil millones de células cerebrales o neuronas, organizadas en redes neuronales. De acuerdo con Joe Dispenza, el modo en que nuestras células nerviosas están específicamente acomodadas o conectadas, sobre la base de qué aprendemos, qué recordamos, qué experimentamos, qué vislumbramos para nosotros mismos, qué hacemos y qué pensamos de nosotros mismos, es lo que nos define como individuos. Por esta razón, cada persona es literalmente una obra en construcción, ya que la organización de las células cerebrales que constituyen a una persona, está fluyendo constantemente.

La antigua visión de que el cerebro es estático, rígido y fijo, ya es obsoleta. Por el contrario, ahora se sabe que nuestros pensamientos y experiencias continuamente remodelan y reorganizan las células cerebrales, creando nuevas redes neuronales, en un proceso similar a una danza de delicadas fibras eléctricas en una red animada, que se conectan y desconectan todo el tiempo. Esto se acerca mucho más a la verdad de quiénes somos y esto abre la puerta para el cambio personal y la superación de la baja autoestima.

El proceso de cómo mejorar la autoestima, y lograr la superación personal, tiene que ver con la adquisición de nuevos hábitos de pensamiento, mediante la repetición constante de nuevas creencias. Dentro de estos hábitos se encuentran los siguientes:

  • Convertir los pensamientos negativos en positivos (Ejemplo: «No puedo hacer nada» por «Tengo éxito en todo lo que me propongo»).
  • No generalizar (Ejemplo: «Todo me sale mal» por «Algunas veces las cosas me salen mal»).
  • Centrarnos en lo positivo (Fijarnos más en nuestros aciertos que en nuestros errores).
  • Hacernos conscientes de nuestros logros o éxitos.
  • No compararse con los demás.
  • Confiar en nosotros mismos.
  • Aceptarnos tal y como somos.
  • Esforzarnos para mejorar aquellos aspectos con los que no estamos satisfechos.

Juan Nabor Jiménez Merino | Coach en Desarrollo Humano

La conciencia

Aunque no resulte siempre fácil verla en el ajetreo de nuestra vida diaria, nuestra conciencia individual es una lente a través de la cual fluye la luz de la conciencia. Y a medida que fluye a través de nuestra lente, la conciencia adquiere la forma de nuestras creencias.

Estas son como filtros que alteran la forma de ver la realidad. Está lo que es, y después está lo que nos permitimos ver. Nuestros filtros actúan como un mecanismo protector, que limita nuestra realidad de acuerdo con lo que cada uno puede manejar en un momento dado.

Paradigma

El paradigma es como un sistema de creencias inconscientes de una cultura. Vivimos y respiramos estas creencias, pensamos y actuamos de acuerdo con ellas, interpretamos y miramos (como si fuesen lentes) a través de ellas.

Un paradigma nunca se cuestiona. No sólo porque no pensamos en él, sino porque queda inmune a la crítica. Tiene que ver con conceptos, ideas y creencias que están encapsuladas y blindadas contra cualquier duda o sospecha, lo que interrumpe el proceso natural del conocimiento.


Reflejo

Mira a tu alrededor. ¿Qué ves? Mucho es un reflejo de tus propias creencias y expectativas. Todo lo que experimentas pasa primero por el filtro de tu actitud ante la vida. Es por eso que una persona puede ver belleza y oportunidades en la misma situación en la que otra sólo ve desesperación y falta de posibilidades.

Los defectos que ves en los demás son, de alguna manera, también tuyos. Si así no fuera, no podrías reconocerlos o comprenderlos. La belleza que ves en los demás también está dentro de ti. Porque la belleza no está únicamente en la persona u objeto que se percibe, sino también en quien la percibe.

El mundo que te rodea es un espejo y, cuando pones tu mejor cara frente a un espejo, lo que ves te agrada. Ten la firme expectativa de vivir en un mundo de belleza, bienestar y oportunidades y allí es exactamente donde estarás.


Dr. Rafael E. Vicens

No temas equivocarte

Restringirse significa que queremos hacer algo, pero no estamos seguros de cómo va a salir. Al no saber el resultado que vamos a obtener, tendemos a restringirnos por dentro.

Restringirnos es reprimirnos de vivir nuestra vida completamente y no permitirnos avanzar porque los pensamientos y creencias a los que nos aferramos nos bloquean de ver y percibir con precisión. Cuando nos reprimimos, perdemos el equilibrio.

Parte de este proceso es pensar que si cometemos un error, va a ser un desastre. Pero la oportunidad que yace en el error es que cuando sabemos lo que es el error, podemos corregirlo. Cuando lo corregimos, somos más sabios que antes de cometerlo. Un error te muestra lo que podemos aprender.

No temas equivocarte. Este planeta está lleno de errores.


John Roger

Nuestros pensamientos

«Repite un pensamiento, y tendrás un acto; repite un acto, y tendrás un hábito; repite un hábito, y tendrás un carácter; repite un carácter, y tendrás un destino: luego cuida tu pensamiento de hoy, porque será el destino de mañana».

Cada acto humano es siempre el resultado de una elección entre varios posibles, de una toma de decisión que se hace con arreglo a una escala de valores. Estos valores son justamente aquellos bienes que queremos conseguir con nuestras conductas, para realizar en nosotros el «bien supremo» de nuestra felicidad. La salud mental consiste en poseer un sistema de creencias y valores positivos que nos lleven a unas conductas «sanas» productoras de felicidad.

Repitiendo actos creamos hábitos, y, repitiendo hábitos, llegamos a adquirir un carácter, un ethos, un modo ético de ser que, si está constituido por valores positivos, nos llevará a la felicidad, sean cuales sean las circunstancias externas de nuestra vida; si, por el contrario, esos valores son negativos, nos llevarán a la infelicidad.

A poco que reflexionemos sobre las circunstancias de nuestra vida, llegaremos a hacer el descubrimiento de que una parte muy importante del sufrimiento que nos acosa en nuestra vida es de carácter imaginario. Este tipo de sufrimiento se basa en el hecho evidente de que el dolor que experimentamos no es solamente una reacción emocional con la que respondemos, muchas veces de forma automática, ante hechos adversos reales, sino que también sufrimos como respuesta a adversidades imaginarias que sólo existen en nuestra mente, la cual tiene con frecuencia una tendencia enfermiza a interpretar negativamente hechos que en sí son neutros pero que, filtrados a través de nuestros esquemas negativos, pasan a ser vistos como tribulaciones. La tradición perenne es clara a este respecto, cuando afirma que la inmensa mayoría de nuestro sufrimiento es puramente mental.


Anónimo

El arco iris de la gaviota

Una gaviota volaba inmersa en una hermosa bruma de otoño, cuando a lo lejos vio encenderse el arcoiris.

Asombrada por lo que creyó la entrada del cielo, se lanzó en su persecución. Pero cuanto mayores eran sus esfuerzos para alcanzarlo, tanto más escurridizo se tornaba el insólito fenómeno, hasta que por fin cayó al suelo exhausta.

En aquella circunstancia límite, oyó una misteriosa voz que le dijo:

«De la misma manera que el arcoiris es una condición del que observa y no una realidad, también lo es vuestro mundo con los colores y las formas. Todo depende de las condiciones del observador, y de ellas surge lo que llamáis realidad»

Entonces supo la gaviota que había alcanzado, por fin, el arcoiris…


Anónimo

Anatomía de la autoestima

Desde un punto de vista emocional, todo lo que una persona no se da a sí misma lo busca en su relación con los demás: afecto, confianza, reconocimiento La independencia pasa por aprender a autoabastecerse.

Es hora de reconocerlo: por lo general somos una sociedad de «eruditos racionales» y «analfabetos emocionales». No nos han enseñado a expresar con palabras el torbellino de emociones, sentimientos y estados de ánimo que deambulan por nuestro interior. Y esta ignorancia nos lleva a marginar lo que nos ocurre por dentro, sufriendo sus consecuencias.

«Los demás no nos dan ni nos quitan nada. Tan sólo son espejos que nos muestran lo que tenemos y lo que nos falta».

Debido a nuestra falta de conocimiento y entrenamiento en inteligencia emocional, solemos reaccionar o reprimirnos instintivamente cada vez que nos enfrentamos a la adversidad. Apenas nos damos espacio para comprender lo que ha sucedido y de qué manera podemos canalizar de forma constructiva lo que sentimos. De ahí que nos convirtamos en víctimas y verdugos de nuestro dolor, el cual intensificamos al volver a pensar en lo sucedido. En eso consiste vivir inconscientemente: en no darnos cuenta de que somos cocreadores de nuestro sufrimiento.

Por el camino, las heridas provocadas por esta guerra interna nos dejan un poso de miedos, angustias y carencias. Y la experiencia del malestar facilita que nos creamos una de las grandes mentiras que preconiza este sistema: que nuestro bienestar y nuestra felicidad dependen de algo externo, como el dinero, el poder, la belleza, la fama, el éxito, el sexo…

Rotos por dentro

«Sólo si me siento valioso por ser como soy puedo aceptarme, puedo ser auténtico».

JORGE BUCAY 

Bajo el embrujo de esta falsa creencia y de forma inconsciente, vivimos como si trabajar en pos de lo de fuera fuese más importante que cuidar y atender lo de dentro. Priorizamos el «cómo nos ven» al «cómo nos sentimos». Y no sólo eso. Este condicionamiento también nos mueve a utilizar mucho de lo que decimos y hacemos para que los demás nos conozcan, nos comprendan, nos acepten y nos quieran. Así es como esperamos recuperar nuestra estabilidad emocional.

Pero la realidad demuestra que siguiendo esta estrategia no solemos conseguirla, y que en el empeño terminamos por olvidarnos de nosotros mismos. Por eso sufrimos. Al ir por la vida rotos por dentro, nos volvemos más vulnerables frente a nuestras circunstancias y mucho más influenciables por nuestro entorno familiar, social y profesional. Lo que piensen los demás empieza a ser más importante que lo que pensamos nosotros mismos.

Al seguir desnudos por dentro, poco a poco nos vestimos con las creencias y los valores de la mayoría, y empezamos a pensar y a actuar según las reglas, normas y convenciones que nos han sido impuestas. A través de este «pensamiento único» es como se consolida el status quo establecido por el sistema.

La carencia común es invisible 

«Uno es lo que ama, no lo que le aman».

CHARLIE KAUFMAN

A veces nos mostramos arrogantes y prepotentes al interactuar con otras personas, creyendo que esta actitud es un síntoma de seguridad en nosotros mismos. En cambio, cuando nos infravaloramos o nos despreciamos, pensamos justamente lo contrario. Sin embargo, estas dos conductas opuestas representan las dos caras de una misma moneda: falta de autoestima. Es nuestra carencia común. Y a pesar de ser devastadora es prácticamente invisible.

¿Qué es entonces la autoestima? Podría definirse como «la manera en la que nos valoramos a nosotros mismos». Y no se trata de sobre o subestimarnos. La verdadera autoestima nace al vernos y aceptarnos tal como somos.

La falta de autoestima tiene graves consecuencias, tanto en nuestra forma de interpretar y comprender el mundo como en nuestra manera de ser y de relacionarnos con los demás. Al mirar tanto hacia fuera, nos sentimos impotentes, ansiosos e inseguros, y nos dejamos vencer por el miedo y corromper por la insatisfacción. También discutimos y peleamos más a menudo, lo que nos condena a la esclavitud de la soledad o la ira. Y dado que seguimos fingiendo lo que no somos y reprimiendo lo que sentimos, corremos el riesgo de ser devorados por la tristeza y consumidos por la depresión.

Compensación emocional 

«Si no lo encuentras dentro de ti, ¿dónde lo encontrarás?»

ALAN WATTS

De tanto mirar hacia fuera, nuestras diferentes motivaciones se van centrando en un mismo objetivo: conseguir que la realidad se adapte a nuestros deseos y expectativas egocéntricos. Así es como pretendemos conquistar algún día la felicidad. Sin embargo, dado que no solemos saciar estas falsas necesidades, enseguida interpretamos el papel de víctima, convirtiendo nuestra existencia en una frustración constante.

Expertos en el campo de la psicología de la personalidad afirman que este egocentrismo – que se origina en nuestra más tierna infancia – condiciona nuestro pensamiento, nuestra actitud y nuestra conducta, formando lentamente nuestra personalidad. Así, la falta de autoestima obliga a muchas personas a compensarse emocionalmente, mostrándose orgullosas y soberbias.

Al negar sus propias necesidades y perseguir las de los demás, son las últimas en pedir ayuda y las primeras en ofrecerla. Aunque no suelan escucharse a sí mismas, se ven legitimadas para atosigar y dar consejos sin que se los pidan. De ahí que suelan crear rechazo y se vean acorraladas por su mayor enemigo: la soledad.

En otros casos, esta carencia fuerza a algunas personas a proyectar una imagen de triunfo en todo momento, incluso cuando se sienten derrotadas. Cegadas por el afán de deslumbrar para ser reconocidas y admiradas, se vuelven adictas al trabajo, relegando su vida emocional a un segundo plano. La vanidad las condena a esconderse bajo una máscara de lujo y a refugiarse en una jaula de oro. Pero tras estas falsas apariencias padecen un profundo sentimiento de vacío y fracaso.

La ausencia de autoestima también provoca que algunas personas no se acepten a sí mismas, y se construyan una identidad diferente y especial para reafirmar su propia individualidad. No soportan ser consideradas vulgares y huyen de la normalidad. Y suelen crear un mundo de drama y fantasía que termina por envolverles en un aura de incomprensión, desequilibrio y melancolía. Y al compararse con otras personas, suelen sentir envidia por creer que los demás poseen algo esencial que a ellas les falta.

El denominador común de esta carencia es que nos hace caer en el error de buscar en los demás el cariño, el reconocimiento y la aceptación que no nos damos a nosotros mismos. La paradoja es que se trata precisamente de hacer lo contrario. Sólo nosotros podemos nutrirnos con eso que verdaderamente necesitamos.

Lo que piensan los demás 

«Cada vez que se encuentre usted en el lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar».

MARK TWAIN 

Cuenta una parábola que un hombre y su mujer salieron de viaje con su hijo de 12 años, que iba montado sobre un burro. Al pasar por el primer pueblo, la gente comentó: «Mirad ese chico tan maleducado: monta sobre el burro mientras los pobres padres van caminando». Entonces, la mujer le dijo a su esposo: «No permitamos que la gente hable mal del niño. Es mejor que subas tú al burro».

Al llegar al segundo pueblo, la gente murmuró: «Qué sinvergüenza, deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras él va cómodo encima». Entonces tomaron la decisión de subirla a ella en el burro mientras padre e hijo tiraban de las riendas. Al pasar por el tercer pueblo, la gente exclamó: «¡Pobre hombre! ¡Después de trabajar todo el día, debe llevar a la mujer sobre el burro! ¡Y pobre hijo! ¡Qué será lo que les espera con esa madre!».

Entonces se pusieron de acuerdo y decidieron subir al burro los tres y continuar su viaje. Al llegar a otro pueblo, la gente dijo: «¡Mirad qué familia, son más bestias que el burro que los lleva! ¡Van a partirle la columna al pobre animal!». Al escuchar esto, decidieron bajarse los tres y caminar junto al burro. Pero al pasar por el pueblo siguiente la gente les volvió a increpar: «¡Mirad a esos tres idiotas: caminan cuando tienen un burro que podría llevarlos!».

El éxito más allá del éxito

«Este gozo que siento no me lo ha dado el mundo y, por tanto, el mundo no puede arrebatármelo».

SHIRLEY CAESAR 

Los demás no nos dan ni nos quitan nada. Y nunca lo han hecho. Tan sólo son espejos que nos muestran lo que tenemos y lo que nos falta. Ya lo dijo el filósofo Aldous Huxley: «La experiencia no es lo que nos pasa, sino la interpretación que hacemos de lo que nos pasa». Lo único que necesitamos para gozar de una vida emocional sana y equilibrada es cultivar una visión más objetiva de nosotros mismos. Sólo así podremos comprendernos, aceptarnos y valorarnos tal como somos. Y lo mismo con los demás.

El secreto es dedicar más tiempo y energía a liderar nuestro diálogo interno. Hemos de vigilar lo que nos decimos y cómo nos tratamos, así como lo que les decimos a los demás y cómo los tratamos.

La verdadera autoestima es sinónimo de humildad y libertad. Es el colchón emocional sobre el que construimos nuestro bienestar interno. Y actúa como un escudo protector que nos permite preservar nuestra paz y nuestro equilibrio independientemente de cuáles sean nuestras circunstancias. Los filósofos contemporáneos lo llaman «conseguir el éxito más allá del éxito». Dicen que cuando una persona es verdaderamente feliz, no desea nada. Tan sólo sirve, escucha, ofrece y ama.

Podemos seguir sufriendo por lo que no nos dan la vida y los demás, o podemos empezar a atendernos y abastecernos a nosotros mismos. Es una decisión personal. Y lo queramos o no ver, la tomamos cada día.

Desde un punto de vista emocional, todo lo que una persona no se da a sí misma lo busca en su relación con los demás: afecto, confianza, reconocimiento. La independencia pasa por aprender a autoabastecerse.


Borja Vilaseca | ElPais.Com | 15 de marzo de 2009.

Vivir tras una coraza

Hay personas que tienen tanto miedo a ser heridas que terminan viviendo a la defensiva. Se muestran frías y desafiantes en un intento de lograr el control sobre su entorno. 

Muy pocas personas miran fijamente a los ojos cuando hablan con sus interlocutores. Debido a la falta de seguridad, o de costumbre, suelen desviar la mirada a la nariz o la boca. Sin embargo, hay quienes no saben mirar de otro modo, clavando sus ojos de forma directa, franca y honesta. Y cuando uno se encuentra con alguien que mira así, muchos se pueden sentir algo incómodos e incluso intimidados.

No es casualidad que a estas personas se le cuelgue el sambenito de desafiadores. Quienes van de cara por la vida suelen irradiar un aura de poder y fuerza. De hecho, suelen ser individuos que enseguida están al mando de la situación. Nadie pone en duda que son líderes natos. Y que desprenden un magnetismo de lo más seductor. Sin embargo, su liderazgo a menudo deviene en autoritarismo, en especial cuando se sienten amenazados. Es entonces cuando aflora su enorme visceralidad, arremetiendo con ­dureza y agresividad a quienes se atreven a confrontarlos.

Están tan acostumbrados a imponer su voluntad sobre los demás que no soportan que nadie les diga lo que tienen que hacer. Poseen madera de jefes y algún que otro rasgo de tiranos. Más que respeto, los demás les tienen miedo. No es muy recomendable cuestionar su autoritarismo. Ni mucho menos discutir o pelearse con ellos. Cuando piensan que alguien ha actuado de manera injusta, se sienten legitimados a contraatacar de forma violenta. El fuego que anida en sus entrañas tan sólo necesita de una pequeña chispa para estallar en llamas, quemando todo aquello que obstaculiza su paso.

El justiciero que llevan dentro quienes viven a la defensiva les dota de una fuerza sobrenatural, ayudándoles a desarrollar un instinto protector al servicio de los suyos, o de aquellos que consideran más vulnerables y débiles. Y para no perder el dominio de sí mismos, tratan desesperadamente de controlar cualquier situación. Los individuos que poseen este tipo de personalidad no resultan fáciles de conocer. Viven detrás de una coraza. Cuanto más en conflicto entran con los demás, más se protegen y se encierran en sí mismos. En casos extremos terminan por aislarse de su entorno social, pudiendo llegar a vivir como ermitaños.

Una historia refleja la clave para deshacerse de esa protección excesiva:

«Un viejo pescador vivía completamente solo en una playa alejada del pueblo. Harto de discusiones, conflictos y peleas, llevaba años sin relacionarse con nadie. Se había convertido en un hombre frío y distante, que pasaba los días leyendo y pescando. Un día salió a navegar con su pequeña barca en alta mar. De pronto apareció un bote que chocó frontalmente contra el del pescador. Este se pegó tal susto que dio un salto y cayó directamente al agua.

Mientras nadaba para volver a subir a su barca, empezó a maldecir al tripulante del otro bote. “¡Pero ¿cómo has podido chocar contra mí?! ¡Con lo grande que es el mar! ¡Maldito seas! ¡Ya verás como te coja!”. Al conseguir sentarse y recuperar la compostura se dio cuenta de que allí no había nadie más. Era un bote a la deriva. El viejo pescador estaba empapado, rabioso y sin nadie a quien culpar. De pronto, por primera vez en mucho tiempo, emitió una enorme carcajada. Algo en su interior hizo clic. Y esa misma tarde se dejó caer por el bar del pueblo».

Para que estos desafiadores bajen la guardia es fundamental que comprendan las ­motivaciones ocultas que les llevaron a tomar el escudo y a desenfundar la espada en primer lugar. Por más que les moleste reconocerlo, son como los cangrejos: muy duros por ­fuera y extremadamente blanditos por dentro. Su apariencia hostil y fuerte no es más que una fachada, un mecanismo de ­defensa que han desarrollado desde niños para que nadie vuelva a hacerles daño. Y también para tratar de que nada, ni nadie, pueda dominarlos.

Quienes viven tras una coraza comparten un mismo tipo de recuerdo. En muchos casos, algo sucedió cuando todavía eran niños inocentes e indefensos. Tal vez un cambio de colegio. Una separación de los padres. Un accidente. Abusos y maltratos de cualquier tipo, o la muerte de un ser querido. No importa tanto el qué, sino cómo interpretó el suceso la persona que lo vivió. A raíz de afrontar alguna situación adversa suele tomar conciencia – siendo todavía muy niño – de que el mundo es un lugar amenazante, injusto y violento, donde solo los fuertes y los duros consiguen sobrevivir.

Esa es precisamente su herida. La que nace de haber conectado con su propia vulnerabilidad. Al negar y condenar esta debilidad, esa persona empieza a construir, ladrillo a ladrillo, una muralla que lo proteja de volver a sufrir. Paradójicamente, al vivir a la defensiva, con el tiempo se convierten en adultos controladores y dominantes. Y también hiperactivos. Es decir, que están a la que saltan. Por eso suelen mostrarse tan agresivos y cosechan multitud de conflictos.

Los problemas derivados de este tipo de actitud van más allá. Una vez cesa la lucha, estas personas tienden a culpar a los demás por el sufrimiento que han experimentado. Y al hacerlo, se sienten legitimados para castigar a sus supuestos agresores. Pueden llegar incluso a vengarse de ellos de forma cruel. Al mismo tiempo también se culpan a sí mismos del sufrimiento que consideran que han causado a los demás. Es entonces cuando, en un intento desesperado por redimirse, pueden llegar a hacerse daño a sí mismos, tanto física como emocionalmente.

Llegados a este punto, cabe diferenciar entre el dolor físico y el sufrimiento emocional. Es cierto que tenemos el poder de matarnos unos a otros. Pero nadie nos ha hecho sufrir sin nuestro consentimiento. Los demás pueden tomar decisiones que nos perjudican directamente, o comportarse de una forma con la que no estamos de acuerdo. Pueden incluso insultarnos a la cara. Pero analizamos estas situaciones detenidamente, nos damos cuenta de que lo que sentimos no tiene tanto que ver con lo que ha sucedido, sino con nuestra interpretación de los hechos.

«Sólo podemos perdonar cuando comprendemos que el otro nunca nos ha hecho daño».

IRENE ORCE

El punto de inflexión en la vida de quienes viven detrás de una coraza llega el día en que empiezan a cuestionar una creencia tan falsa como limitante: «Los demás son la causa de mi sufrimiento». Es entonces cuando comprenden que el poder – el de verdad – no consiste en vivir a la defensiva o tratar de controlar, sino en ser verdaderamente dueños de sí mismos. Para lograrlo, han de dejar de ser reactivos para empezar a cultivar la responsabilidad. Es decir, deben aprender el arte de responder de forma proactiva frente a cada situación adversa y cada persona conflictiva con la que se cruzan.

La culpa existe en una sociedad victimista, una que condena el hecho de que las personas necesitemos cometer errores para evolucionar. Por ello, el gran aprendizaje vital de estos desafiadores pasa por perdonarse a sí mismos por los errores cometidos en el pasado, lo que les permitirá liberarse del sentimiento de culpa que cargan a sus espaldas. Ese es precisamente el significado de la palabra «inocencia»: el estado del alma libre de culpa. Sólo así pueden perdonar a quienes consideran que les agredieron: llegando a comprender que, más que maldad, el motor de los errores de los demás fue la ignorancia y la inconsciencia. Vivir sin coraza implica aceptar y sentir la propia vulnerabilidad. Esta es la auténtica fortaleza.


Vorja Vilaseca | El País Semanal

Por qué creo en lo que creo

«Tu propio pensamiento es lo que ves reflejado en tus experiencias».

Nuestras creencias determinan nuestra realidad. Cuando uno está convencido de que no hay salida, de que todo irá de mal en peor y de que no hay luz en una situación, ¿por qué razón va a intentar hacer algo significativo o que marque un cambio en la vida?

Son nuestras propias creencias las que nos mueven a hacer o deshacer algo, a pelear una causa o abandonarla y son ellas las que nos impulsan a trabajar de manera genial o mediocre y también las que nos ayudan a producir ciertos efectos sobre nuestra vida, esos que juntos hemos acordado llamar éxitos y fracasos.

«La atención es una fuerza extremadamente poderosa».

Es a través de la atención que contribuyes a fortalecer algo, es con tu atención que logras fijar una situación; recuérdalo la próxima vez que empieces a preocuparte. Tu atención puede servir de comida mental para alimentar una situación, esa es tu contribución, piénsalo: ¿alimentas al problema o a la solución?


Julia Prilutzky Farny