La oruga

Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un Chapulín:

– ¿Hacia dónde te diriges? – le preguntó.

Sin dejar de caminar, la oruga contestó:

– Tuve un sueño anoche; soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.

Sorprendido, el chapulín dijo, mientras su amigo se alejaba:

– ¡Debes estar loco!, ¿Cómo podrías llegar hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga! Una piedra será para ti una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.

Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse.

La oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.

Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron a nuestro amigo a desistir de su sueño.

– ¡No lo lograrás jamás! – le dijeron -, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir.

Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar:

– Estaré mejor – fue lo último que dijo. Y murió.

Todos los animales del valle por días fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo.

Había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió «por querer realizar un sueño irrealizable».

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos.

Aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta. Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: Una Mariposa.

No hubo nada que decir, todos sabían lo que haría: se iría volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño; el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir.

Para reflexionar:

Todos se habían equivocado. Dios no nos hubiera dado la posibilidad de soñar, si no nos hubiera dado la oportunidad de hacer realidad nuestros sueños…

Si tienes un sueño, vive por él, intenta alcanzarlo, pon la vida en ello y si te das cuenta que no puedes, quizá necesites hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en tu vida, y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y circunstancias distintas, ¡Lo logrará!

El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino. Lucha con todas tus fuerzas por lo que deseas y alcanzarás tus sueños. No importa las veces que lo intentes, sigue hasta el final.

¡Ay, no!

– ¡Qué buen día hace! – dijo la gallina negra una mañana muy temprano -. ¡Venga, vámonos de excursión!

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca, y puso un huevo en menos que canta un gallo -. El tiempo cambiará… Veo una nube sobre la montaña.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra mientras traía la carretilla -. Nos llevaremos el paraguas grande.

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca mientras recogía la mesa del desayuno -. ¡No tenemos nada que llevarnos para comer!

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra abriendo el armario de la cocina -. Con algo de pan y unas manzanas es más que suficiente.

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca con un suspiro -. Hoy prefiero quedarme a terminar de leer mi libro.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra -. ¡Nos llevaremos también el libro!

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca sonándose el pico -. Sabes que me resfrío con mucha facilidad.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra sacando la chaqueta del cajón -. Todavía queda sitio en la carretilla.

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca señalando sus pies -. Ya sabes que mis callos están delicados.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra -. ¡Nos llevaremos las tiritas!

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca cuando por fin se decidió a salir -. ¡Hace mucho calor!

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra -. ¡Pues quítate el sombrero!

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca, que ya estaba cansada -. La carretilla pesa demasiado.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra tirando la chaqueta fuera de la carretilla -. Estoy segura de que no la vamos a necesitar.

– ¡Ay, no! – dijo la gallina blanca -. Lo pies me duelen muchísimo.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra -. Aquí tengo una tirita.

– ¡Ay, sí! – dijo la gallina blanca. Cogió el libro, el pan y las manzanas y dejó caer la carretilla por la cuesta.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina negra viendo cómo se alejaba la carretilla.

– ¡Qué hermoso lugar! – dijo la gallina blanca -. ¡Comamos bajo el abedul!

Fue un día estupendo, y al final, las dos estaban muy cansadas. Pero empezó a llover.

– ¡Ay, no! – dijo la gallina negra cuando se despertó.

– ¡Y qué más da! – dijo la gallina blanca riéndose.

¿Con qué gallina nos sentimos identificados? ¿Qué gallina querríamos ser? ¿No serán las dos gallinas las dos caras de una misma persona que puede elegir qué actitud tomar en la vida?


Rotraut Susanne Berner

El barbero

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello, entabló una conversación con la persona que le atendió. De pronto, tocaron el tema de Dios.

El barbero dijo:

– Yo no creo que Dios exista, como usted dice.

– ¿Por qué dice usted eso? – preguntó el cliente.

– Es muy fácil, al salir a la calle se da cuenta de que Dios no existe. O… dígame, ¿acaso si Dios existiera, habría tantos enfermos? ¿Habría niños abandonados? Si Dios existiera, no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad. No puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas.

El cliente se quedó pensando, y no quiso responder para evitar una discusión. Al terminar su trabajo, el cliente salió del negocio y vio a un hombre con la barba y el cabello largo. Entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero:

– ¿Sabe una cosa? Los barberos no existen.

– ¿Cómo? Si aquí estoy yo – dijo el barbero.

– ¡No…! – dijo el cliente -, no existen, si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre.

– Los barberos si existen, es que esas personas no vienen hacia mí.

– ¡Exacto…! – dijo el cliente – ese es el punto -. Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan, por eso hay tanto dolor y miseria.

Fábula para impacientes

La siguiente fábula del escritor chino Xue Tao es bien apropiada para las personas impacientes:

Un mandarín, a punto de asumir su primer puesto oficial, recibió la visita de un gran amigo que iba a despedirse.

– Sobre todo, sé paciente – le recomendó su amigo -, y de esa manera no tendrás dificultades en tus funciones.

El mandarín dijo que no lo olvidaría y dio gracias por el consejo.

Su amigo le repitió tres veces la misma recomendación, y cada vez, el futuro magistrado le prometió seguir su consejo.

Pero cuando por cuarta vez le hizo la misma advertencia, estalló y dijo:

– ¿Crees que soy un imbécil? ¡Basta! ¡Ya van cuatro veces que me has repetido lo mismo!

– Ya ves que no es fácil ser paciente – le contestó su amigo con calma -. Lo único que he hecho es repetir mi consejo dos veces más de lo conveniente y ya has montado en cólera.

Volviendo a las raíces

Un pastor que vivía en una cabaña cerca de un bosque y a cierta distancia de una montaña tenía un corral con gallinas y un rebaño de cabras.

Aquel año hubo una gran sequía, con lo cual la mayor parte de la hierba desapareció. Por esa razón el pastor decidió llevar sus cabras a lo alto de la montaña, donde probablemente al haber más humedad, encontraría algo de hierba tierna para sus animales. Así lo hizo y, después de un largo caminar, llegó junto a la cima de la montaña. Allí sus animales pastaron durante unas horas, hasta que fue cayendo la tarde y el pastor decidió volver de nuevo a la cabaña donde vivía.

Bajaba entre las piedras con su rebaño cuando vio frente a él algo grande, que en seguida reconoció como un nido de águilas. Al acercarse observó que en el interior había dos polluelos, uno de los cuales se había matado al desprenderse el nido de la roca en la que se encontraba. El otro polluelo, aunque algo se movía, parecía estar gravemente herido.

Al pastor no le gustaban nada las águilas porque las tenía por enemigas. En alguna ocasión habían atacado a sus cabras e, incluso, se habían llevado a alguna de sus gallinas. No obstante, llevado por la lástima, el pastor se agachó, cogió con delicadeza el polluelo herido y lo llevó a su cabaña. Allí lo curó como pudo y empezó a alimentarlo con pequeños trozos de carne, mientras dejaba que la naturaleza hiciera el resto. El animal se recuperó por completo y empezó a crecer y crecer hasta que se convirtió en un magnífico ejemplar adulto de águila.

A partir del momento en el que el águila se hizo adulta, las cosas empezaron a cambiar. El pastor, que inicialmente se sentía tan orgulloso por lo que había hecho, empezó a sentirse cada vez más inquieto con la presencia de aquel animal. De alguna manera, no lograba evitar que imágenes cargadas de emoción le vinieran a la cabeza y le recordaran lo que animales como aquél habían hecho con sus cabras y sus gallinas.

Un día, el pastor llegó a una decisión, la de abandonar el animal en el bosque, pensando que sin duda la naturaleza se ocuparía de nuevo en ayudarlo a sobrevivir. Tres veces llevó el pastor el águila al bosque y tres veces el águila le siguió dando pequeños saltitos en el suelo.

No sabiendo ya qué hacer para deshacerse del animal el pastor pensó y pensó, hasta que se le ocurrió la más absurda de las ideas: metería el águila en el corral con sus gallinas. Cuando las gallinas vieron entrar en el corral a ese animal al que tanto temían, se adentraron despavoridas en la pequeña casita en la que se refugiaban. Pronto se dieron cuenta del extraño comportamiento de aquel animal, que permanecía quieto y solo, y se fueron acostumbrando de forma progresiva a su presencia en aquel lugar.

Los años fueron pasando y aquella águila se acostumbró a vivir como una gallina. Comía lo mismo que comen las gallinas, se movía como las gallinas e incluso aprendió a emitir los mismos sonidos que emiten las gallinas. Estaba la situación así, cuando pasó por aquella región un naturalista que estaba haciendo un estudio sobre las águilas de aquella región y, al pasar junto a la cabaña del pastor, contempló, incrédulo, el espectáculo que se ofrecía: ni más ni menos que un águila conviviendo con gallinas. Corriendo, golpeó con fuerza la puerta de la cabaña del pastor, el cual al oír los ruidos abrió sobresaltado.

– ¿Quién es usted?, ¿qué es lo que quiere?

– Le ruego que me perdone, soy un naturalista que me dedico al estudio de las águilas y he visto algo inaudito, un águila viviendo entre gallinas.

El pastor comprendió perfectamente la causa de la sorpresa de aquel investigador y, después de invitarle a entrar en su cabaña, le explicó la historia de cómo la encontró, la curó y la crió entre las gallinas.

El naturalista escuchaba absorto la historia, hasta que algo le «sacudió» bruscamente, algo aparentemente inocente, ya que fue sólo un sencillo comentario que hizo el pastor.

– Verá, amigo mío, el animal ha vivido tanto tiempo entre gallinas que ya no me queda la menor duda de que, aunque su forma siga siendo de águila, en su interior no es ya nada más que una gallina.

– De verdad que lo siento, pero no puedo estar más en desacuerdo con lo que acaba de decir – contestó el naturalista.

El pastor se sintió tal vez un poco agraviado, porque quizás considerara que nadie conocía tan bien a aquel animal como él.

– Si está tan convencido, ¿por qué no me lo demuestra sencillamente haciendo que vuele?

El naturalista se fue al corral, cogió el águila e hizo lo primero que se le ocurrió, que fue lanzarla por los aires gritando: «¡Vuela!». El animal cayó pesadamente y se escondió en el interior del corral. El pastor hizo una mueca irónica, aunque ello no hizo que el naturalista se diera por vencido. Entonces, empezó a mirar a su alrededor como si buscara algo, hasta que se fijó en que a unos metros de allí había una escalera. Se acercó, la cogió y la apoyó en una de las paredes de la cabaña del pastor.

Entró de nuevo en el corral, agarró el águila y subió con ella por la escalera hasta llegar al tejado. Desde allí, lanzó el águila por los aires diciendo: «¡Vuela!». El pobre animal se precipitó como una bola de plumas contra el suelo y se quedó unos instantes aturdido. En cuanto recuperó su compostura, rápidamente se escondió en el interior del corral.

El pastor le dijo entonces:

– Si sigues así vas a matar a mi gallina.

Por alguna razón, y a pesar de todas las evidencias en contra y de todas las críticas de aquel pastor, el naturalista tenía una absoluta certeza en que el espíritu de un águila jamás muere y, por eso, a pesar de todo, no se dio por vencido.

De repente, algo en el horizonte captó su atención.

– ¿Qué es aquello que se ve al fondo?

– Es el pico de la montaña donde encontré el águila cuando se desprendió el nido, ¿por qué?

– Porque la voy a llevar allí, donde ella nació, tal vez pueda así recordar sus orígenes y se dé cuenta de que puede volar.

– Tú estás loco, eres un insensato incapaz de darte por vencido. ¿Acaso no has tenido suficientes evidencias de lo absurdo de tu teoría, de esa estupidez de que el espíritu de un águila nunca muere?

El naturalista no se defendió, simplemente actuó. Entró de nuevo en el corral, cogió el águila y empezó a caminar con la vista puesta es el pico de aquella montaña. El pastor, sin entender muy bien por qué y viendo que caía la noche, cogió una linterna y les siguió. Durante toda la noche estuvieron subiendo por la montaña sin que el naturalista supiera qué hacer para despertar el espíritu dormido del águila.

Cuando llegaron al pico de la montaña, donde el águila había nacido, empezó a amanecer y entonces el naturalista observó algo curioso: el águila apartaba la mirada del sol. Sin saber muy bien por qué, agarró el pescuezo del animal y lo obligó a mirar al sol. En ese momento, el águila hizo unos extraños movimientos, abrió unas espléndidas alas y se puso a volar. Aquel día el águila recordó quién era en realidad y recuperó su verdadera identidad, que no era de gallina, sino de águila.

El rencor, una carga para nosotros mismos

En un antiguo monasterio, el monje más sabio convocó a todos los aprendices a una reunión en el área de la cocina. A medida que fueron llegando los jóvenes, el maestro les fue entregando a cada uno un saco de lona desteñida. Cuando todos se colocaron alrededor de la mesa central el monje les dijo:

– Todos guardamos en nuestro corazón diversos rencores contra familiares, amigos, vecinos, conocidos, desconocidos y a veces hasta contra nosotros mismos. Busquen en el fondo de sus corazones todas las ocasiones en las cuales ustedes han dejado de perdonar alguna ofensa, algún agravio o cualquier acción que les haya producido dolor. Entonces tomen una de estas papas, escriban sobre ella el nombre de la persona involucrada y colóquenla en el saco que les di. Repitan esta acción hasta que ya no encuentren más casos en su memoria.

Acatando las instrucciones, todos fueron llenando poco a poco sus respectivos sacos. Al terminar el monje agregó:

– Ahora deberán cargar el saco que llenaron durante todo el día a lo largo de dos semanas, sin importar dónde vayan o qué tengan que hacer.

Pasados quince días, el sabio volvió a reunir a los aprendices y les preguntó:

– ¿Cómo se han sentido? ¿Qué les ha parecido esta experiencia?

– Es una carga realmente pesada, tal vez excesiva – respondió uno -. Estoy cansado y me duele la espalda.

– No es tanto el peso, sino el olor nauseabundo que empiezan a emitir la papas que ya están podridas – replicó otro.

– Cuanto más pensaba en las papas, más me pesaban y más sentía ese desagradable olor – dijo un tercero.

A lo que el maestro contestó:

– Pues bien, eso mismo es lo que pasa en nuestros corazones y en nuestro espíritu cuando en lugar de perdonar guardamos rencor. Al no perdonar a quien nos hirió, creemos que le estamos haciendo daño, pero en realidad nos perjudicamos a nosotros mismos. No sabemos si al otro le importa o no recibir nuestro perdón, pero lo que sí es cierto es que el rencor que vamos acumulando a través del tiempo afecta nuestra autoestima, nuestra capacidad de vivir a plenitud, de amar, de ser felices y de desarrollarnos emocional y espiritualmente. El rencor se convierte en una fuerte y desagradable carga que lamentablemente se va haciendo más pesada cada vez que pensamos en lo ocurrido. El rencor va secando nuestro corazón. Aprendamos a perdonar al otro aún si no se ha disculpado, aún si no se lo merece. No sabemos si ese perdón será de utilidad para el otro, lo importante es que con toda seguridad nos fortalecerá a nosotros mismos.

El inventario de las cosas perdidas

Aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que ese era el último día de su vida.

Me aproximé y le dije:

– ¡Buen día, abuelo!

Y él extendió su silencio. Me senté junto a su sillón y luego de un misterioso instante, exclamó:

– ¡Hoy es día de inventario, hijo!

– ¿Inventario? – pregunté sorprendido.

– Sí. ¡El inventario de las cosas perdidas! – me contestó con cierta energía y no sé si con tristeza o alegría.

Y prosiguió:

– Del lugar de donde yo vengo, las montañas quiebran el cielo como monstruosas presencias constantes. Siempre tuve deseos de escalar la más alta. Nunca lo hice, no tuve el tiempo ni la voluntad suficientes para sobreponerme a mi inercia existencial.

Recuerdo también a Mara, aquella chica que amé en silencio por cuatro años; hasta que un día se marchó del pueblo, sin yo saberlo.

¿Sabes algo? También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero mis padres no pudieron pagarme los estudios. Además, el trabajo en la carpintería de mi padre no me permitía viajar.

¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!

Luego, su mirada se hundió aún más en el vacío y se humedecieron sus ojos. Y continuó:

– En los treinta años que estuve casado con Rita, creo que sólo cuatro o cinco veces le dije «te amo».

Luego de un breve silencio, regresó de su viaje mental y mirándome a los ojos me dijo:

– Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mí ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo.

Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo y casi divertido:

– ¿Sabes qué he descubierto en estos días?

– ¿Qué, abuelo?

Aguardó unos segundos y no contestó, sólo me interrogó nuevamente:

– ¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?

La pregunta me sorprendió y sólo atiné a decir, con inseguridad:

– No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal. ¿Tener malos pensamientos, tal vez?

Su cara reflejaba negativa. Me miró intensamente, como remarcando el momento y en tono grave y firme me señaló:

– El pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.

Al día siguiente, regresé temprano a casa, luego del entierro del abuelo, para realizar en forma urgente mi propio inventario de las cosas perdidas.

¿Y tú, ya hiciste tu inventario?

El abrazo del oso

En su corazón de Padre, reinaba la alegría y los sentimientos de amor que brotaban a raudales dentro de su ser.  Un buen día, le dieron ganas de entrar en contacto con la naturaleza, pues a partir del nacimiento de su bebé todo lo veía hermoso y aún el ruido de una hoja al caer, le sonaba a notas musicales.

Así fue que decidió ir a un bosque; quería oír el canto de los pájaros y disfrutar de la naturaleza. Caminaba plácidamente respirando la humedad que hay en estos lugares, cuando de repente vio posada en una rama a un águila, el cual desde el primer instante lo sorprendió por la belleza de su plumaje.

El águila también había tenido la alegría de recibir a sus polluelos y tenía como meta llegar hasta el río más cercano, capturar un pez y llevarlo a su nido como alimento; pues tenía la gran responsabilidad de criar y formar a sus aguiluchos, y enseñarles a enfrentar los retos que la vida ofrece, era su único objetivo.

El águila al notar la presencia de Alberto lo miró fijamente y le preguntó:

– ¿A dónde te diriges buen hombre?, veo en tus ojos la alegría.

Alberto le contestó:

– Es que ha nacido mi hijo y he venido al bosque a disfrutar, pero me siento un poco confundido.

El águila insistió:

– Oye, ¿y qué piensas hacer con tu hijo?

Alberto le contestó:

– Ah, pues ahora y desde ahora, siempre lo voy a proteger, le daré de comer y jamás permitiré que pase frío.  Yo me encargaré de que tenga todo lo que necesite, y día con día yo seré quien lo cubra de las inclemencias del tiempo; lo defenderé de los enemigos que pueda tener y nunca dejaré que pase situaciones difíciles.  No permitiré que mi hijo pase necesidades como yo las pasé, nunca dejaré que eso suceda, porque para eso estoy aquí, para que él nunca se esfuerce por nada.

Y para finalizar agregó:

– Yo como su Padre, seré fuerte como un oso, y con la potencia de mis brazos lo rodearé, lo abrazaré y nunca dejaré que nada ni nadie lo perturbe.

El águila no salía de su asombro, atónita lo escuchaba y no daba crédito a lo que había oído.

Entonces, respirando muy hondo y sacudiendo su enorme plumaje, lo miró fijamente y le dijo:

– Escúchame bien buen hombre. Cuando recibí el mandato de la naturaleza para empollar a mis hijos, también recibí el mandato de construir mi nido. Un nido confortable, seguro, a buen resguardo de los depredadores, pero también le he puesto ramas con muchas espinas ¿y sabes por qué?, porque aun cuando estas espinas están cubiertas por plumas, algún día, cuando mis polluelos hayan emplumado y sean fuertes para volar, haré desaparecer todo este confort, y ellos ya no podrán habitar sobre las espinas, eso les obligará a construir su propio nido.  Todo el valle será para ellos, siempre y cuando realicen su propio esfuerzo y aspiración para conquistarlo, con todo y sus montañas, sus ríos llenos de peces y praderas llenas de conejos.

– Si yo los abrazara como un oso, reprimiría sus aspiraciones y deseos de ser ellos mismos, destruiría irremediablemente su individualidad y haría de ellos individuos indolentes, sin ánimo de luchar, ni alegría de vivir.  Tarde que temprano lloraría mi error, pues ver a mis aguiluchos convertidos en ridículos representantes de su especie me llenaría de remordimiento y gran vergüenza, pues tendría que cosechar la impertinencia de mis actos, viendo a mi decencia imposibilitada para tener sus propios triunfos, fracasos y errores, porque yo quise resolver todos sus problemas.

– Yo, amigo mío, dijo el águila, podría jurarte que después de Dios, he de amar a mis hijos por sobre todas las cosas, pero también he de prometer que nunca seré su cómplice en la superficialidad de su inmadurez, he de entender su juventud, pero no participaré de sus excesos, me he de esmerar en conocer sus cualidades, pero también sus defectos y nunca permitiré que abusen de mí en aras de este amor que les profeso.

El águila calló y Alberto no supo qué decir, pues seguía confundido, y mientras entraba en una profunda reflexión, ésta, con gran majestuosidad levantó el vuelo y se perdió en el horizonte. Alberto empezó a caminar mientras miraba fijamente el follaje seco disperso en el suelo, sólo pensaba en lo equivocado que estaba y el terrible error que iba a cometer al darle a su hijo el abrazo del oso. Reconfortado, siguió caminando. Sólo pensaba en llegar a casa, con amor abrazar a su bebé, pensando que abrazarlo sólo sería por segundos, ya que el pequeño empezaba a tener la necesidad de su propia libertad para mover piernas y brazos, sin que ningún oso protector se lo impidiera.

A partir de ese día Alberto empezó a prepararse para ser el mejor de los Padres.

La princesa obstinada

Cierto rey creía que lo que le habían enseñado y lo que él opinaba era lo correcto. En muchos aspectos era un hombre justo, pero era uno de aquellos cuyas ideas son limitadas.

– Todo cuanto poseo es vuestro o lo será – dijo un día a sus tres hijas -. Por mi intermedio obtuvisteis vuestras vidas; es mi voluntad la que determina vuestro futuro y, por lo tanto, vuestro destino.

Obedientemente y muy convencidas de esta verdad, dos de las hijas asintieron. La tercera hija, sin embargo, dijo:

– A pesar de que mi posición me obliga a ser obediente a las leyes, no puedo creer que mi destino deba ser siempre determinado por vuestras opiniones.

– Eso lo veremos – dijo el rey -, y ordenó que se la encerrara en una pequeña celda, donde languideció durante años.

Mientras tanto, el rey y sus hijas obedientes dilapidaron libremente las riquezas que, de otro modo, hubieran sido gastadas por ella. El rey pensó: «Esta joven está en prisión no por su propia voluntad sino por la mía; esto prueba de un modo suficiente para cualquier mente lógica que es mi voluntad, no la de ella, lo que está determinando su destino».

Los habitantes del país, enterados de la situación de su princesa, se dijeron los unos a los otros:

– Debe haber hecho o dicho algo realmente grave para que un monarca, al que encontramos sin falta, trate así a su propia sangre. Ellos no habían llegado al punto de sentir la necesidad de impugnar la pretensión del rey de ser justo en todas las cosas.

De tiempo en tiempo, el rey visitaba a la joven; aunque pálida y debilitada por su encierro, ella rehusaba cambiar su actitud.

Finalmente, la paciencia del rey llegó a un límite.

– Tu continuo desafío – le dijo -, sólo logrará enfadarme más y aparentemente debilitará mis derechos, si permaneces en mis dominios. Podría matarte pero soy misericordioso; por lo tanto, te destierro al desierto que linda con mi territorio. Es un desierto poblado sólo por bestias salvajes y proscritos excéntricos, incapaces de sobrevivir en nuestra sociedad racional. Allí pronto descubrirás si puedes llevar otra existencia que no sea la de tu familia y, si lo logras, si la preferirás a la nuestra.

Su decreto fue acatado inmediatamente y ella fue conducida a la frontera del reino. La princesa se encontró liberada en un territorio salvaje que guardaba poca semejanza con el ambiente protector en el que había transcurrido su crianza. Pero pronto se dio cuenta de que una cueva podía servir de casa, que nueces y frutas provenían tanto de árboles como de platos de oro, que el calor provenía del sol. Este desierto tenía un clima y una manera de existir propios.

Después de un tiempo, ella había organizado su vida tan bien que tenía agua de los manantiales, vegetales de la tierra y fuego de un árbol que ardía sin llama. «He aquí – se dijo –, una vida cuyos elementos se integran formando una unidad, pero que ni individual ni colectivamente obedecen a las órdenes de mi padre, el rey».

Un día, un viajante perdido, un hombre de gran riqueza e ingenio, se encontró con la princesa exiliada. Se enamoró de ella y la llevó a su país, donde se casaron. Luego de un tiempo, ambos decidieron volver al desierto, donde construyeron una enorme y próspera ciudad. Allí su sabiduría, sus recursos y su fe se expresaron plenamente.

Los excéntricos y otros proscritos, muchos de ellos considerados locos, armonizaron completa y provechosamente con esa vida de múltiples facetas. La ciudad y la campiña que la rodeaba se hicieron famosas por todo el mundo. En poco tiempo, habían eclipsado ampliamente el poder y belleza al reino del padre de la princesa. Por decisión unánime de la población, la princesa y su esposo fueron elegidos comarcas de este reino nuevo e ideal.

Finalmente, el rey decidió visitar aquel lugar extraño y misterioso que había surgido en el desierto y que estaba poblado, se decía, al menos en parte, por gente que él y sus iguales despreciaban.

Cuando, con la cabeza gacha, se acercó lentamente a los pies del trono donde la joven pareja estaba sentada y levantó los ojos para encontrarse con los de aquella cuya fama de justicia, prosperidad y entendimiento superaba holgadamente a la suya, pudo captar las palabras apenas murmuradas por su hija.

– Ya ves, padre, que cada hombre y cada mujer tienen su propio destino y su propia elección.

Dos monedas

Una historia cuenta que un estudiante universitario salió a dar un paseo con su profesor, quien por su bondad era considerado como un buen amigo por sus alumnos.

Mientras caminaban, vieron un par de zapatos viejos, pensaron que seguramente pertenecían a un humilde trabajador del campo de al lado, que estaría a punto de terminar su jornada.

El alumno dijo al profesor:

– Hagámosle una broma; escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre.

– Mi querido amigo – le dijo el profesor –, nunca tenemos que divertirnos a expensas de los pobres. Tú eres rico y en lugar de burlarte, pudieras  darle una alegría a este hombre. Coloca una moneda en cada zapato y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre. Así lo hizo y luego ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos.

El hombre pobre, terminó sus tareas y cruzó el terreno en busca de sus zapatos y abrigo. Cuando se puso su zapato, notó que había algo adentro, se agachó para ver qué era y asombrado comprobó que se trataba de una moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado. Miró la moneda, la dio vuelta y la volvió a mirar. Luego observó a su alrededor, para todos lados, pero como no veía a nadie, la guardó en su bolsillo. Luego se puso el otro zapato y su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda. Sus sentimientos lo sobrecogieron; cayó de rodillas y levantó la vista al cielo pronunciando un ferviente agradecimiento en voz alta. Su situación era desesperante, no contaba con ayuda, su esposa estaba enferma y sus hijos no tenían para comer. Con un gran sentimiento de gratitud reconoció que gracias a una mano desconocida, finalmente no morirían de hambre.

El estudiante quedó profundamente afectado y se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Ahora – dijo el profesor -, ¿no estás más complacido que si le hubieras hecho una broma?

El joven respondió:

– Usted me ha enseñado una lección que jamás olvidaré. Ahora entiendo algo que antes no comprendía: es mejor dar que recibir.

La sencilla lección que le dio este maestro a su estudiante no sólo impactó la vida de este joven, sino que ayudó a toda una familia que pasaba necesidad. Con dos monedas, entregadas de forma anónima la vida del campesino sufrió un gran impacto.

A veces pensamos que para ayudar a alguien debemos tener mucho dinero o simplemente nos pasamos la vida esperando que llegue «la persona correcta» o el «momento oportuno» cuando en realidad, siempre es el momento oportuno para hacer una buena acción. Y aunque no lo veamos, ayudar a una persona podría significar mucho más que eso, porque podría estar beneficiando a una familia y por supuesto, a nosotros también al realizar una buena acción.

Antes de reírte de alguien por su situación, busca la manera de ayudarlo, podría ser que esté pasando por un momento muy sombrío y sea Dios quien te utilice para bendecir esa vida.