Cómo controlar el enojo

Muchas veces nos vemos enfrentados a situaciones que nos «sacan de nuestras casillas» y dependiendo de las previas circunstancias que hayamos tenido durante el día, actuaremos con más o menos paciencia; en otras palabras si hemos tenido un día difícil nos alteraremos con mayor facilidad.

Cuando reaccionamos no pensamos con claridad y ésto muchas veces nos lleva a decir cosas que en verdad no sentimos y así podemos herir profundamente al otro y también a nosotros mismos porque quedamos sumidos en arrepentimientos y culpas.

Por eso cuando nos sintamos enojados, es fundamental realizar el esfuerzo y detenernos aunque sea por unos segundos, antes de decir algo. Verás como este pequeño intervalo puede cambiarnos completamente.

Este consejo lo aprendí hace algunos años atrás, cuando leí una historia del  antiguo filósofo armenio George Gurdjieff, quien contaba que cuando tenía aproximadamente nueve años, fue llamado por su padre moribundo quien le dijo: «Hijo, soy tan pobre que no te puedo dar nada. Pero hay algo que mi padre me dio a mí y que yo quiero entregarte. Puede que ahora no seas capaz de comprender lo que significa, pues yo mismo no lo entendí cuando mi padre me lo dio. Pero ha resultado ser la cosa más preciada de mi vida. ¡Consérvala! Siempre que te sientas enojado, nunca contestes antes de veinticuatro horas. Responde, pero deja un intervalo de veinticuatro horas».

Gurdjieff decía, «He practicado muchos, muchos, muchos ejercicios espirituales, pero éste fue el mejor. Ya nunca más pude enfadarme y eso cambió todo el proceso, toda mi vida, porque tuve que mantenerme fiel a la promesa. Cuando alguien me insultaba, yo solía crear algo, una situación. Le decía que regresaría a las veinticuatro horas a contestarle y nunca lo hacía, pues quedaba demostrado que no tenía sentido el contestar. Sólo un distanciamiento era necesario. Un nuevo camino de pensamiento se fraguó en esas palabras».

Qué sabio consejo. Si tan sólo hacemos el esfuerzo y cuando alguien nos ofenda, en el momento que sintamos ese calor en el estómago, cuando nuestro corazón comience a latir más fuerte y la boca se abra para responder… ¡detente! ¡detente! ¡detente! No contestes inmediatamente porque eso no será más que una reacción automática. Algo así como una máquina cuando  aprietas el botón encender.  Si quien te ha hecho enojar es alguien conocido a quien puedes volver a ver más tarde, pídele algún tiempo para retirarte y pensar y dile que luego le contestarás.

¿Y cuando se trate de alguien que no conocemos? Todos alguna vez hemos sido tratados de mala forma por algún desconocido, ya sea un funcionario público, un vendedor, un mesero, etc.; al reaccionar muchas veces dejamos de ser coherentes y claros en nuestros requerimientos, porque nos enfocamos en responder y devolver lo que nos parece una agresión personal. Pasado el incidente le seguimos dando vueltas y vueltas en la cabeza… «Por qué no le dije ésto o aquéllo…»   Al sentir que debimos hacer algo distinto de lo que en realidad hicimos, el agresor ya deja de ser el desconocido y pasamos a ser nosotros mismos porque nos castigamos una y otra vez trayendo a la memoria el incidente.

Para no quedarnos con esos remordimientos, debemos actuar de la manera mas civilizada que nos sea posible. Antes de responder deja pasar unos segundos, respira y en ese respirar deja de identificarte con el enojo, suéltalo, déjalo a un lado. Comprende que hay algún motivo por el cual esa persona está actuando de esa forma, puede que tenga problemas personales, un mal día, etc, pero tú no eres ese motivo, tú eres sólo un canal con el que quiere desahogar su ira. Si reaccionas estarás aceptando, recibiendo y compartiendo su enojo. Depende solamente de ti recibirlo o no, pero recuerda que si lo haces lo llevarás hasta tu casa y quizás lo sigas cargando por varios días. Simplemente no lo aceptes, no lo quieres, no te sirve.

Por eso respira, mirando con calma y comprendiendo que el problema no eres tú sino él, responde con serenidad, usa un tono normal, sin levantar la voz, defiende tu punto de vista, sé honesto, firme, claro, pero no violento. No pierdas de vista el motivo por el cual esta ahí, enfócate en exponer lo que quieres, mas que en responder a sus agresiones.

Después de cualquier episodio que nos haya hecho enojar, debemos limpiarnos completamente para que no queden sentimientos reprimidos en el interior. Analiza un poco la situación y piensa que la persona que te hizo enfadar es un espejo, ese es tu reflejo, ¿Qué actitud tuya puedes ver reflejada en él? No creas que esto es una ñoñería, es verdad, detrás de esa situación hay un mensaje, descubre que quieres decirte a ti mismo. Trata de identificar algún aspecto tuyo que puedas cambiar y mejorar.

Recuerda este sabio Proverbio de Confucio: «Cuando veas a un hombre sabio, piensa en igualar sus virtudes. Cuando veas a un hombre desprovisto de virtud, examínate a ti mismo».

Finalmente déjalo ir, suéltalo. Si la situación sigue dando vueltas en tu cabeza puedes hacer algún ritual, como escribir lo sucedido en un papel y luego  romperlo o quemarlo o reza pídele a Dios que con amor borre ese incidente de tu mente. Dale las gracias por la lección y despídelo definitivamente y no pienses más en ello, ya se acabó. Eres libre.

No olvidemos nunca el consejo del padre de George Gurdjieff y aprendamos a distanciarnos del enojo, con un poco de tiempo podemos cambiar toda nuestra historia.


Marcella Allen Herrera | Aldiaria.Blogspot.Com

Seis pasos para sanar las heridas emocionales de la infancia

Buscar culpables sólo nos hace perder energía. Es fundamental que nos demos permiso para enfadarnos y aprendamos a perdonarnos; al sanar nuestras heridas podremos ir por el mundo sin ocultarnos.

Las experiencias dolorosas que desarrollamos a lo largo de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Generalmente nos cuesta afrontar problemas emocionales como separaciones, traiciones, humillaciones, abandonos o injusticias.

Lo cierto es que es probable que muchos de nosotros aún no hayamos cerrado esas heridas, que sigan doliéndonos y que intentemos enmascararlas bajo el maquillaje de la vida.

Sin embargo, no nos percatamos de que sólo estamos evitándolas y que cuanto más esperemos más se agravarán; esto es mucho más complicado cuando, a pesar de que sabemos que algo no está bien en nuestro interior, todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos heridos.

Así, hay un tanto por ciento de ignorancia que, unido al miedo de revivir nuestro dolor, no nos permite ser nosotros mismos, obligándonos a interpretar un papel que tenemos poco o nada estudiado y que no nos corresponde.

Seguro que, si estás leyendo esto, te sobran las ganas de conocerte y de mejorarte cada día. Por eso, con este artículo te queremos acercar una pequeña ayuda para que conozcas cuál es el proceso que debes seguir si quieres poner en marcha la maquinaria del afrontamiento que te permita curar tus heridas.

Así es que, a continuación, te mostramos 5 etapas que necesitamos experimentar para sanar nuestras heridas emocionales:

1. Acepta la herida como parte de ti

No te tapes los ojos, la herida existe. Puedes reconocerlo o no, pero en realidad hacerlo es lo único que te ayudará a seguir adelante. Según Lisa Bourbeaur aceptar una herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que tener situaciones que resolver forma parte de la experiencia del ser humano.

Puede que pienses que vendarle los ojos al sufrimiento es lo mejor que puedes hacer, pero eso implica que la herida se complique con el paso del tiempo.

Debes aceptar y comprender que no somos mejores o peores porque algo nos haga daño. Haberte construido tu coraza es un acto heroico, un acto de amor propio que tiene mucho mérito, pero que ya ha cumplido su función. Ya te protegió del ambiente que te originó la herida, por lo que es la hora de dejar ir y avanzar.

Aceptar nuestras heridas resulta muy beneficioso cuando es con el fin de adquirir el aprendizaje que necesitábamos. Si no lo haces, generarás numerosos problemas a largo plazo, tales como depresión, ansiedad e inseguridades.

2. Aceptar que te haces daño sucumbiendo al temor o al reproche

Si focalizamos nuestra atención en el dolor y en la búsqueda de un culpable o un responsable estaremos perdiendo energía, la cual es muy necesaria para sanar nuestra herida. Intenta perdonarte y perdonar a los demás, pues es la única manera de que consigas pasar página y abrir tu corazón.

Debes entender que la voluntad y la decisión de sobreponernos a nuestras heridas es el primer paso hacia la autocomprensión y el autocuidado. No sólo desarrollarás estas cualidades para ti, sino también hacia los demás, lo cual redundará en un mayor bienestar emocional.

No puedes pretender que los demás cumplan tus expectativas y te saquen del pozo cada vez que te hundes; no es justo cargar a alguien con esa responsabilidad que solo nos corresponde a nosotros mismos. De hecho, son este tipo de comportamientos los que llevan a anular gran parte de nuestras relaciones y de nuestra vida, lo que genera a su vez gran malestar emocional.

3. Date permiso para enfadarte con las personas que alimentaron tu herida

Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará culpar y sentir enfado hacia quien nos perjudicó. Date permiso para enfadarte con ellos y perdónate.

Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás reprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento, dos sentimientos extremadamente perjudiciales para nuestra salud.

Vivir imponiéndonos trampas emocionales es castigarnos y abocarnos a una vida llena de dolor y de insatisfacción. Además, de nuevo, esto ocasionará que enmascares tu verdadero Yo interno y que no seas capaz de abrir tu corazón.

4. Tras la aceptación y el perdón viene la transformación

Absolutamente todas nuestras experiencias nos enseñan algo. Es probable que te cueste aceptarlo, pues nuestro ego es especialista en crear esa barrera de protección que oculta nuestros problemas.

Lo cierto es que nuestro ego suele complicarnos la vida; sin embargo, son nuestros pensamientos y nuestros comportamientos los que la simplifican. Todo cambio requiere de un gran esfuerzo, pero es necesario mirar de frente y afrontar que no estamos siendo nosotros mismos y que algo debe cambiar.

5. Observa el mundo con y sin herida

Date tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años. Estaba ahí y, aun sin saber cómo, dirigía cada uno de tus movimientos. Deshazte de tus máscaras, no te juzgues, no te critiques y pon todo de ti a la hora de intentar sanar tu herida de manera profunda.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses o años. Lo ideal es que seas capaz de decirte a ti mismo «Vale, me he colocado esta máscara y la razón ha sido esta. Es hora de quitármela». Entonces sabrás que estás en el camino correcto y que, en el resto del viaje, tu guía será la inercia que te permita sentirte bien sin ocultarte.

6. Apóyate en tu círculo social

Es probable que pienses que tú puedes con todo y que ya has salido de peores pozos. Sin embargo, no hay motivos por los cuales debas renunciar al consuelo de un corazón que te escuche pacientemente.

Es evidente que el apoyo que los demás nos brindan puede ser crucial a la hora de superar múltiples obstáculos. No renuncies a los abrazos y al mundo, ellos también forman parte de ti y juntos pueden reconstruir un nuevo hogar en el cual vivir sin sufrimiento.


Alejandra Plaza | AlejandraPlaza.Com

Expresar versus reprimir las emociones

Contexto cultural donde operan las emociones

El pensamiento de los últimos siglos ha insistido en el uso de la razón por sobre encima de las emociones. Culturalmente nos hemos educado a guiarnos «racionalmente», bajo la premisa «pienso, luego existo», restando importancia a la emoción y su expresión.

El ambiente cultural y social actual apunta a la no expresión emocional, sobre todo aquellas emociones que social y culturalmente han sido etiquetadas – estigmatizadas – como negativas, tales como la rabia, la tristeza, el dolor, o el miedo. Estas emociones han sido catalogadas como una debilidad más que un potencial, en consecuencia hay la tendencia a negarlas, reprimirlas, camuflarlas o apaciguarlas. En este contexto es común escuchar expresiones tales como: «Si te ven triste o llorando van a pensar que eres débil», «deja el enojo: van a pensar que eres un amargado (a)», «no te rías tan fuerte: te ves tan vulgar cuando lo haces», «contrólate, no llores…» «los hombres no lloran», etc.

De modo que las personas tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados, lo cual puede implicar reprimir o negar determinadas emociones. Como dice Maickel Malamed: «Parte del manejo emocional tiene que ver con moldes… el hombre piensa, la mujer siente, los hombres no lloran, la tristeza es mala, el miedo es de cobardes… se pierde la emoción en una cuestión moral y la moralidad está en la acción, no en el sentimiento». Pero nos engañamos al pretender meter las emociones en un molde, y etiquetarlas como buenas o malas, positivas o negativas. Las emociones son, simplemente, expresiones naturales de nosotros mismos que expresan una realidad interna, una necesidad.

Las emociones son un componente fijo de nuestro programa de comportamiento

Como seres humanos no podemos suspender, desconectar o eliminar las emociones de nuestro repertorio de experiencias y  comportamientos. Las emociones no son simplemente una opción dentro de un menú del que podemos escoger alguna de las opciones sugeridas. Por el contrario, representan un componente fijo de nuestro programa de comportamiento. Las emociones son reacciones instintivas – impulsos o disposiciones – para actuar, ante situaciones y circunstancias diversas.

Las emociones nos brindan la dirección que requerimos para actuar en cada situación, al facilitar la toma de conciencia de lo que nuestro organismo está experimentando, al ser éstas expresión fiel de lo que está aconteciendo en nuestra vida interior. En este sentido, las emociones nos dan una referencia acertada de lo que nos sucede en un momento determinado, y la energía adecuada para actuar en cada situación.

Cada una de las emociones son signos que nos ayudan a prepararnos para responder a diferentes situaciones. Así por ejemplo la rabia nos informa que alguien ha traspasado nuestros límites, el dolor nos dice que ha aparecido una herida, el miedo nos comunica nuestra necesidad de seguridad, el placer nos ayuda a tomar conciencia de que nuestras necesidades están satisfechas, la tristeza nos susurra del valor de lo perdido, la frustración nos expresa que tenemos necesidades no atendidas – objetivos no alcanzados -, la impotencia nos habla de la falta de potencial para el cambio, la confusión nos expresa que estamos procesando información contradictoria. Cada emoción tiene su propio mensaje e intensidad.

1. El control: Una estrategia neurótica de gestionar las emociones

Una de las estrategias – estériles e inefectivas – que más utilizamos para lidiar con las emociones con las cuales nos sentimos incómodos, tales como la ira, el miedo, la impotencia, la frustración, la inseguridad, entre otras, es el control. Al respecto comenta Norberto Levy: «Al sentir una emoción que nos disgusta, como el miedo o enfado, queremos controlarla para que desaparezca. Pero así sólo se intensifica. El camino es ayudarla a madurar».

Hay muchas maneras de controlar las emociones. Podemos racionalizarlas, reprimirlas, negarlas o simplemente tratar de desconectarlas, en el caso de que nos resulten demasiado amenazantes. Pero el resultado de este «esfuerzo disciplinado» por controlar las emociones, es la insanidad emocional, la pérdida del contacto con el sí mismo, la inautenticidad, la desintegración del alma.

La represión emocional daña nuestra salud psicológica y física

Negar o reprimir «emociones indeseadas» como el miedo, la tristeza o la rabia, no hará que desaparezcan, por más «disciplina y control» que utilicemos. Seguirán presente en nuestras vidas, pero expresándose de otras formas, como rigidez corporal, insomnio, adicciones, falta de espontaneidad, irrupción descontrolada de los rasgos y sentimientos controlados, compulsividad en algunas de nuestras acciones, degradación funcional de la secuencia vital de nuestra comunicación (percepción – sentimiento – expresión).

La emoción es energía que genera nuestro organismo y que por su naturaleza busca expresarse. Ahora la energía, por principio físico, no se destruye sino que se transforma. Así sucede con la emoción cuando la reprimimos evitando que se exprese mediante el llanto, las palabras, la risa, etc…, se transforma en enfermedades como gastritis, problemas digestivos, problemas cardiovasculares, cáncer, entre otras enfermedades; o en insanidad psicológica, como culpa, depresión, ansiedad, etc. Resulta, pues, un esfuerzo inútil tratar de «enterrar las emociones». Como lo expresa Don Colbert: «Las emociones no mueren. Las enterramos, pero enterramos algo que todavía está vivo». Agrega Deb Shapiro: «Toda emoción reprimida, negada o ignorada queda encerrada en el cuerpo».

Cuando reprimimos las emociones negándoles su expresión, el efecto de expresión y movimiento que es inhibido, se encauza hacia adentro. Así por ejemplo, cuando reprimimos la rabia o el miedo, la tensión muscular que debería experimentarse en los músculos orientados hacia el exterior, que intervienen en la respuesta típica de huida o ataque, se direcciona hacia adentro, transfiriendo esa carga a los músculos internos y vísceras. En el largo plazo esa tensión que acompaña a las emociones y que fue inhibida, termina expresándose a través de otras formas como contracciones y rigidez muscular, dolores del cuello y espalda, enfermedades gástricas, dolores de cabeza, entre otros.

Las emociones que no expresas, enfrentas y resuelves, terminan por manifestarse en alguna parte del cuerpo.

Está también el debatido enfoque de las enfermedades psicosomáticas, según el cual los trastornos físicos psicogénicos se desarrollan a causa de sentimientos reprimidos.

Cuanto más fuerte es la represión de una emoción, más fuerte es la explosión emocional

Controlar las emociones es una experiencia ilusoria, con logros muy engañosos. Detrás de la fachada de control que la persona arma, se mantiene un equilibrio muy precario. A pesar de los recursos estereotipados que la persona aprende: modulación de voz, posturas corporales, mirada artificial, gestos faciales encubridores, el controlador sólo logra una transformación transitoria de su conducta externa, pues tarde o temprano las emociones reprimidas emergen redimidas por las necesidades que claman por salir.

En cada una de las expresiones estereotipadas de «serenidad, aplomo y ecuanimidad», aparecerá también su precariedad expresada en rigidez, compulsividad y mal humor, hasta que «el controlado» irrumpe descontroladamente, ante situaciones imprevistas o de retos.

Por otra parte, cuanto más fuerte sea la represión de la emoción, más potente y explosiva será la expresión y liberación de esa emoción en algún momento de la vida. A la larga las emociones reprimidas terminan teniendo una expresión que va más allá de la respuesta normal. Dice Don Colbert: «Las emociones que quedan atrapadas dentro de la persona buscan resolución y expresión. Esto forma parte de la naturaleza de las emociones, porque deben sentirse y expresarse. Si nos negamos a dejar que salgan a la luz, las emociones se esforzarán por lograrlo. La mente inconsciente tiene que trabajar más y más para poder mantenerlas bajo el velo que las esconde».

Las emociones que mantenemos reprimidas terminan por escaparse de la mente inconsciente.

2. La expresión: Una estrategia ecológica de gestión de las emociones

La clave para lograr efectividad en el manejo y gestión de las emociones no es negarlas o controlarlas, sino permitir que fluyan, lo cual no quiere decir que si, por ejemplo, estás enojado (a) con tu cónyuge, des rienda suelta a tu enojo y le lastimes, o traspases sus límites y derechos, sino más bien dejar que tu emoción te informe que está pasando contigo, para luego decidir cómo atenderla de la manera más segura y productiva. La idea implícita es la del «judo emocional», lo cual consiste en ver la emoción como una fuerza que busca expresar una necesidad del organismo y tratar de absorber la energía o fuerza (fluir con lo que está sintiendo – adquirir plena conciencia) y ayudarla (no bloquearla, controlarla) para que complete su movimiento, utilizando su fuerza para que continúe su camino, en vez de bloquearla, causando que nos tumbe o agobie. Por otra parte, liberar la energía que generalmente usamos para reprimir las emociones producirá un enorme flujo de vitalidad que se manifestará en forma de relajamiento, creatividad, satisfacción y poder personal.

Hay tres metáforas que pueden servir para ilustrar el manejo de las emociones. Una es comparar la emoción con un pozo de agua contenida, represada, sin movimiento, lo cual equivale a controlar / reprimir las emociones. ¿Qué pasa con el agua en tales condiciones? Naturalmente se pudre, pierde vitalidad. La segunda metáfora es la de un tsunami, cuya violencia de agua, arrasa con todo a su paso, causando muerte y devastación, lo cual equivale a dar rienda suelta a nuestras emociones sin medir consecuencias, de tal forma que nos convertimos en sirvientes de nuestras emociones, lastimando a otros y a nosotros mismos y saturándonos de conflictos interpersonales. La tercera metáfora es la de una represa hidroeléctrica, que permite que el agua fluya, pero a la vez sea canalizada para fines productivos. Esta es la imagen que quiero dejar fresca al hablar de judo emocional.


Arnoldo Arana | formagestalt.blogspot.com

3 verdades que te ayudarán a dominar tu ira

Era uno de los días más fríos del invierno acá en Cincinnati en el 2010. La temperatura estaba cerca de los 15 grados centígrados bajo cero. Yo iba manejando a mi trabajo cuando un vehículo lentamente comienza a moverse de canal y golpea mi carro fuertemente en la parte lateral derecha.

Inmediatamente me llené de ira. En mi mente pensé ¿Qué clase de imbécil se va a cambiar de canal de esa manera? La rabia me corría por las venas.

Finalmente nos detenemos en el hombrillo y veo que del vehículo que me chocó sale una muchacha de aproximadamente 16 años con una bebé recién nacida. Extremadamente apenada me dice que su carro no tenía calefacción y su hija estaba llorando del frío. Ella por un segundo trató de ponerle una manta a su bebé cuando se descuidó y me chocó.

Inmediatamente mi ira disminuyó y se transformó en compasión. Independientemente que ella fuera la culpable del accidente pude comprender su situación y ponerme en sus zapatos.

Esta situación me hizo reflexionar sobre la ira y entender lo que resumo hoy en 3 verdades que al comprenderlas, nos ayudaría a manejar la ira:

1. Cuando otra persona hace algo que te causa ira, existe una posibilidad (así sea muy pequeña) de que si supieras su historia, tendrías compasión.

Imagínate una situación similar a la historia de arriba, pero la persona luego de chocarte se va a alta velocidad y la pierdes de vista. Una situación que lógicamente te llenaría de ira.

Ahora imagina que esa persona estaba a máxima velocidad porque le acababan de informar que su padre había sufrido de un infarto y estaba en terapia intensiva.

Tu percepción cambiaría un poco ¿verdad?

La verdad es que nunca sabrás la historia real, puede ser un abusador irresponsable que te chocó y se dio a la fuga… pero también puede ser una persona desesperada por tratar de ver a su padre por última vez.

Como no vas a saber la historia, al final va a ser tu decisión que historia decides creer. La del abusador te llenará de ira, la otra te llenará de compasión.

La primera verdad es que tú mismo puedes decidir creer la historia que le da a otros la «inocencia hasta que se demuestre culpabilidad» y de esa manera, dominar tu ira.

2. Si hubieras tenido el mismo pasado (padres, educación, experiencias, etc.) que los que te causaron ira… probablemente actuarías exactamente igual.

Yo creo que esta verdad es la base de la humildad, y en consecuencia, te ayuda enormemente a dominar tu ira.

Nosotros somos el producto de nuestras experiencias y muchos hemos sido bendecidos con maravillosos padres, una buena educación, valores, etc.

No todo el mundo ha tenido la misma bendición. Entender eso es clave.

3. Toda la ira no es mala, el problema es que vivimos en un mundo donde tenemos ira por las cosas que no importan.

El poder de la ira ha traído maravillosos beneficios a este mundo… sólo que la ira por las cosas correctas. No me refiero a la ira que sentimos cuando estamos en el tráfico, o cuando la línea en el supermercado se tarda, o cuando nos molestamos porque el nuevo IPhone 5 se retrasa 8 semanas.

Me refiero a cosas como injusticia, pobreza, me refiero cuando te enteras sobre el tráfico sexual de niños, o los padres, entrenadores o líderes religiosos que violaron a niños. Cuando destruyen toda una selva para extraer oro o cuando asesinan a un joven por robarle un par de zapatos.

Ese tipo de situaciones si ameritan tener ira… y en estos casos, necesitamos canalizarla haciendo algo por acabar con esa injusticia o sufrimiento.

Recuerdo un amigo contarme la historia de cómo una mujer perdió la compostura y le gritó a un mesonero porque su comida se había tardado más de lo que ella consideraba aceptable… mientras al mismo tiempo, esa noche, millones se acostaban sin comer.

Vivimos en un mundo donde las personas tienen ira por las cosas que No importan mientras no tienen ira por las cosas que Sí importan.

A veces las personas se molestan fácilmente simplemente porque no son parte de una causa mayor, una causa que trabaja por mejorar el mundo, por acabar con la injustica, por sanar al enfermo.

La tercera verdad esta: Si desarrollas ira por las cosas que Sí importan y decides hacer algo por ello, te darás cuenta que vas a sentirte liberado(a) de la ira por las cosas que No importan.


Víctor Hugo Manzanilla | LiderazgoHoy.Com

El lenguaje de las emociones

La vida emocional repercute en el sistema inmunológico. Estar sanos depende, en gran parte, de tener un espíritu optimista aprendiendo a conocer nuestras emociones interoceptivas y su expresión exteroceptiva.

Las emociones constituyen una de las facetas del ser humano más desconcertantes.

Conocer qué son y cómo funcionan es el primer paso para alcanzar el autocontrol.

Hay centenares de emociones, pero podemos clasificar como las más primarias y principales la ira, la tristeza, la alegría, el miedo, el amor, la sorpresa, la aversión y la vergüenza que son las que se gestan en las primeras etapas del crecimiento y desarrollo del cerebro.

Cada una de ellas se experimenta con múltiples matices y además en ocasiones se combinan varias para crear nuevas modalidades.

Toda emoción supone reacciones físicas encadenadas que, si bien en un primer momento son normales y hasta necesarias, cuando se prolongan o tienen lugar de forma desproporcionada aumentan los niveles de toxicidad de nuestras células, pudiendo llegar a desencadenar enfermedades orgánicas.

Cada emoción predispone al cuerpo a un tipo de respuesta

• La ira: aumenta el flujo sanguíneo hacia las manos, el ritmo cardíaco y los niveles de aquellas hormonas que, como la adrenalina, generan la cantidad de energía necesaria para emprender acciones vigorosas.

• La tristeza: tiene la finalidad de ayudarnos a asimilar una pérdida. Conlleva la disminución de la energía y el entusiasmo con el que acometemos habitualmente las actividades vitales y sociales, y un encierro que nos permite llorar la pérdida, evaluar sus consecuencias y planificar cómo actuaremos cuando retome la energía. Muchas veces también queda asociada a la baja tolerancia a la frustración.

• La alegría: aumenta la actividad del centro cerebral encargado de inhibir los sentimientos negativos. Al crecer el caudal de energía disponible, el organismo experimenta entusiasmo para emprender cualquier tarea.

• El miedo: hace que se retire la sangre del rostro y de otras zonas del cuerpo para llevarla hasta la musculatura de las piernas. De esta forma contamos con el aporte de oxígeno necesario para emprender una posible huida. Al mismo tiempo, el cuerpo se paraliza durante fracciones de segundos y el cuerpo pensante la emplea para calibrar la respuesta más adecuada, por ejemplo, esconderse, huir. Las conexiones nerviosas de los centros emocionales del cerebro desencadenan una respuesta hormonal que pone al organismo en estado de alerta general.

El miedo hace que aumente también el ritmo cardíaco y la presión arterial. El amor, la ternura y la satisfacción sexual: activan el sistema nervioso parasimpático, que es el opuesto fisiológico de las respuestas «huida» o «lucha», propias del miedo o la ira. La reacción parasimpática está ligada a la respuesta de relajación. Conlleva un estado de calma y satisfacción que favorece la convivencia y el «comprender al otro» en la doble acepción de la palabra, comprender, incluir y comprender es decir entender.

• La sorpresa: Al producirse un arqueo de las cejas aumenta el campo visual, se favorece la entrada de luz en la retina por lo que se obtiene información adicional sobre el acontecimiento inesperado y permite poder incluirlo en nuestro horizonte de experiencias.

• La aversión: Naturalmente se produce una expresión facial que es universal: puede ser ladeo del labio superior, fruncimiento de la nariz, arqueamiento de la frente. Son gestos básicos que inconscientemente son necesarios y ayudan a expulsar por la boca algo de sabor desagradable que se produce interoceptivamente y/o evitar el olor molesto que se percibe desde el olfato. Estos gestos son de utilización metafórica y sirven para expresar desaprobación. La aversión no tiene «filtro» ni barrera de represión, es una sensación totalmente interoceptiva que queda como huella némica desde el momento de nacimiento y primeras experiencias.

Cuestión de Química

Las respuestas físicas mencionadas se producen cuando, a través de los sentidos, llegan al cerebro determinados estímulos. En ese momento empiezan a producirse toda clase de reacciones químicas que a través de los neurotransmisores – algo así como nuestros cables internos, «cable a tierra»- estimulan otros centros que, a su vez, segregan sustancias con funciones concretas para salir de la situación.

Así, por ejemplo, la oscuridad estimula la secreción de una hormona llamada melatonina, que es la que induce al sueño.

Todas las predisposiciones biológicas a «las acciones» son modeladas posteriormente por nuestras experiencias vitales.

Muchas veces el entorno modela las respuestas emocionales al punto, de poder adquirir hábitos que pueden luego llegar a considerarse rasgos de personalidad.

Así, el único patrón que se ha conocido en la infancia, por ejemplo, malos tratos, seguramente le hará ser violento y repetir ese patrón conocido.

La mente racional invierte más tiempo que la emocional en responder a un estímulo.

El primer impulso ante cualquier situación procede del área cardiaca.

Existe también un segundo tipo de reacción emocional, más lenta, que se origina en los pensamientos.

Esta forma de activar las emociones es deliberada: si alguien te insulta y te llenaste de ira, cada vez que lo recuerdas, reproducirás la misma reacción emocional.

Origen Orgánico

En la parte superior de la médula espinal se encuentra el tallo encefálico, la región más primitiva del cerebro, regulador de las funciones vitales básicas – respiración, metabolismo de los órganos, etc.

De este cerebro primitivo emergieron después los centros emocionales y, millones de años más tarde, el cerebro pensante.

Nuestras primeras emociones vitales fueron producidas por los olores.

Al principio, el centro olfativo estaba compuesto sólo por dos grupos celulares: uno registraba cualquier aroma y lo clasificaba – comestible, tóxico, sexualmente disponible – y el otro, enviaba respuestas reflejas a través del sistema nervioso, ordenando en nuestro cuerpo las acciones a llevar a cabo- comer, vomitar, etc.

Luego, el cerebro evolucionó y se conformaron nuevos grupos de células, hasta constituirse el sistema límbico. Ahí sé dónde se registran las emociones.

Cuando se atrapa la rabia o el miedo, se está bajo la influencia del sistema límbico. En él se encuentran el tálamo, encargado de enviar a la parte pensante del cerebro la información que recibe de los sentidos; el hipotálamo, que regula los impulsos sexuales y otros estados anímicos; el hipocampo, relacionado con el aprendizaje y la memoria; y la amígdala, que controla el miedo.

Cuando el sistema límbico se conformó, el hombre dejó de responder sólo de forma refleja a los estímulos; seguía decidiendo si comer o no un alimento en base a su olor, pero reconociendo los aromas y discriminando más conscientemente los buenos de los malos.

Este trabajo era y es realizado por el cerebro nasal, una parte del circuito límbico que constituye la base rudimentaria del cerebro pensante o neocórtex.

Con el paso de millones de años más, el neocórtex – el intelecto – siguió desarrollándose. Esta parte del cerebro nos permite experimentar sentimientos – además de coordinar nuestros movimientos- y reflexionar sobre ellos. A él debemos la supervivencia de nuestra especie y que se pusiera en marcha nuestra vida emocional: así, además de experimentar placer con el apareamiento, se crearon vínculos afectivos.

Al ir aumentando con el paso del tiempo, la masa de neocórtex, ha ido creciendo el número de conexiones neuronales con el sistema límbico, lo que incrementa la cantidad de respuestas emocionales.

De la misma manera que existe una estrecha relación entre las emociones y nuestros centros nerviosos, la vida emocional tiene repercusiones en el sistema inmunológico.

El Sistema Inmunológico, como guardián del buen estado del cuerpo, identifica cada célula del organismo y decide lo que le es propio para protegerlo y lo que le es extraño.

De ahí el rechazo que a veces se produce ante determinados trasplantes orgánicos.

Cuando experimentamos emociones negativas, nuestro aparato inmunológico ve disminuida su eficacia.

Las personas «alegres» tienen una mayor capacidad de respuesta a las agresiones tanto internas como externas.

Cómo controlarlas

La parte más evolucionada del cerebro, el neocórtex, es la que ha de utilizarse para conseguir el control de las emociones.

Con inteligencia racional, debemos ordenar a nuestro cerebro que razone las causas de un arrebato de ira o un ataque de timidez, y luego ordenar a que la emoción se calme.

Para conseguirlo, podemos respirar de forma abdominal que son tres tiempos, se llena profundamente primero el abdomen, luego el aire pasa a los pulmones hasta exhalar por la boca. Se inhala y exhala en esos tres tiempos. Se expulsa el aire, desde el abdomen, los pulmones, la boca.

Si no encontramos razones para los arrebatos se debe dar la orden al cerebro de no perder el control.

Aplicando la capacidad de razonar al terreno emotivo, se reeducará lo que llamamos «inteligencia emocional».

Las emociones sólo se manifestarán cuando la situación lo justifica. Siempre están, sólo su manifestación es selectiva.

Con paciencia se consigue controlar las emociones, tanto las innatas como las adquiridas y se equilibra así cuerpo, corazón y mente.


Mayte Suárez Santos | Artículo ampliado por la Lic. Graciela E. Prepelitchi

Hábitos de limpieza emocional

Sería beneficioso para nuestras vidas hacer limpieza emocional, soltar lastre de emociones y actitudes que nos hacen mal. ¿Cómo hacer limpieza emocional y quedarnos con los pensamientos y emociones que nos ayudan en el día a día? Instrucciones claras sobre cómo conseguirlo.

Al igual que tienes el buen hábito de tomar un baño cada día, también sería bueno hacer limpieza emocional, soltar las toxinas de aquellas emociones que no son saludables para ti y que traen grandes complicaciones.

Cada vez que piensas en lo mismo, sientes lo mismo; es neuroquímico: en tu biología se refleja la forma en la que has llevado tu vida.  Tu rostro no evidencia el paso del tiempo, sino por el contrario, lo que no ha pasado y no logras soltar: No son los años los que nos traen arrugas, sino las emociones con las que hemos vivido estos años.

Por supuesto que por ley de la biología nuestro cuerpo envejece, pero eso es algo que ya experimentamos desde que nacemos; sin embargo, si siempre has vivido con resentimiento, enojo, ira, pensamientos obsesivo recurrentes, fastidiada de todo y de todos… ¿Qué aspecto crees que tendrás? Imagina, es cómo cargar durante muchos años una maleta muy pesada, llegarás a la noche con el cansancio incrustado en el rostro.

Los hábitos de limpieza emocional comienzan por conocerte y dedicarte tiempo para resolver tus pendientes personales, las relaciones inconclusas y ponerte a dieta de chatarra emocional.

Instrucciones para conseguir hacer limpieza emocional:

  1. Escoge un pensamiento negativo que se te venga muchas veces a la cabeza. Escríbelo en un papel. Ahora escribe el sentimiento que esa emoción te produce. Ya tienes la pareja explosiva perfecta: El pensamiento que te limita, y el sentimiento nefasto.
  2. Ahora observa las decisiones que has tomado bajo la influencia de esa pareja. Intenta pensar en tres, ¿te satisfacen? Seguramente la respuesta sea No.
  3. Ahora piensa, ¿cómo podrías cambiar tu forma de pensar, para dejar de lado ese pensamiento negativo? Intenta rediseñar tu forma de pensar. ¿Qué sentimiento te ayudaría a ver las cosas de un modo mejor?
  4. Ahora fantasea acerca de las decisiones que podrías tomar si pensaras así, ¿tendría un efecto positivo en ti? Seguramente sí.
  5. Durante el tiempo que desees. Uno, dos o tres días, trabaja sólo con ese pensamiento, y cuando vuelva como siempre, cámbialo por el nuevo pensamiento, hasta que el nuevo pensamiento se vuelva rutina.
  6. Ya habrás quitado esa mancha emocional y ahora esa pared interior ya tiene escrita una nueva versión al respecto, que abre posibilidades para tu vida y genera emociones de una frecuencia vibratoria mayor.

Cuando hayas trabajado con ese pensamiento, puedes ir por otro. Y así hasta limpiarte por completo.


Tristeza, amargura y resentimiento

¿Quién no ha sentido en algún momento de su vida tristeza, amargura o resentimiento?

Nadie escapa a estos sentimientos y el sentirlos de vez en cuando es normal, es parte de nuestra naturaleza humana. Llorar es bastante sano cuando se trata de un acontecimiento eventual, el llanto es parte de la liberación.

¿Pero qué pasa cuando estas emociones quedan alojadas en nuestro corazón de manera permanente?, cuando el dolor, la amargura y la tristeza representan nuestra propia personalidad.

Hoy en día los males provenientes del corazón son muy comunes, los rompimientos familiares, la frustración, la represión, el fracaso y lo que llamaríamos «el cansancio de vida» se apodera de nosotros cuando vemos que a pesar de nuestro esfuerzo, las cosas «nunca funcionan», «todo nos sale mal» porque «la vida ha sido muy injusta con nosotros».

Es entonces cuando el resentimiento, la autocompasión y la tristeza pueden quedar instalados en nuestro corazón de manera permanente.

Esta actitud hace que todo en la vida lo veamos a través de un «cristal empañado», es decir, nuestra perspectiva de vida se torna gris, ya no vemos la belleza de la vida, los buenos momentos se vuelven indiferentes ante nosotros, dejamos ir oportunidades y empezamos a crear una realidad falsa al creer que «nadie nos quiere» o «todos quieren hacerme daño», nuestra visión actúa y distorsiona todo desde nuestro cristal empañado.

El guardar por mucho tiempo esta actitud o este sentimiento, además de prolongar nuestro sufrimiento, nos trae como consecuencia enfermedades derivadas de «un corazón triste»:

  • Enfermedades respiratorias (gripas, asma, tos, sinusitis, etc.)
  • Enfermedades del corazón (Angina de pecho, infarto, etc.)
  • Enfermedades del sistema circulatorio (mala circulación, várices, colesterol, etc.)

Ningún medicamento, dieta o ejercicio pueden evitar o curar dichas enfermedades si no nos conectamos con la alegría de vivir, con el amor a la vida. La alegría es la única medicina para un corazón que revive constantemente en su presente las heridas del pasado.

Sin la alegría, nuestra vida se frena, nuestros pasos se alentan, ya no queremos saber nada, estamos deprimidos y con un constante dolor de piernas, nos pesan tanto como para poder dar un paso más.

Sufrimos también a causa de nuestra soledad por tener nuestro corazón cerrado al amor, no sabemos darlo, mucho menos recibirlo… al mismo tiempo nos duelen los hombros y la espalda.

Seguimos sufriendo, porque las pastillas no son suficientes para un corazón que frena el amor, que lo tiene por esencia, pero no lo deja salir… se ahoga, se asfixia… hasta morir.


Anónimo

Trenza tu tristeza

Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo. Había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los haría llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas. Que no se meta entre tus manos – me decía – porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo.

Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza.

Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.

Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aún si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…

Y mañana cuando despiertes con el canto del gorrión, la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello.


Paola Klug

Miedo, ansiedad y angustia

El miedo es definido clínicamente como una perturbación angustiosa del ánimo debido a un riesgo o mal que amenaza realmente o que se representa en la imaginación. El miedo es una situación emotiva primaria y fundamental, que está presente en el hombre desde los primeros días de su vida (ausencia de la madre, oscuridad, al oír un fuerte ruido, en la pérdida de un apoyo físico o afectivo, etc.).

Trae consigo fenómenos físicos derivados (variación del pulso y de la respiración, reacciones motoras, etc.); estos fenómenos son esténicos (alta excitación) o asténicos (baja excitación), según que las reacciones emotivas se vean favorecidas o frenadas, respectivamente, y dependen del temperamento individual. El miedo se distingue del temor en que es menos reflexivo que éste; sin embargo, el objeto del miedo es concreto y determinado, lo contrario de lo que ocurre en la angustia.

La ansiedad y el miedo son maneras normales que tenemos para responder hacia peligros percibidos o imaginados. La ansiedad usualmente empieza con un peligro no muy bien definido, mientras que el miedo usualmente empieza cuando hay una situación que está muy bien definida, como un auto que se nos viene encima. Esta relación entre la ansiedad y el miedo se puede graficar de esta manera:

Ansiedad —————– peligro no muy bien definido

Miedo———————-peligro muy bien definido

La ansiedad y el miedo nos causan también muchos síntomas mentales incómodos, como el sentirnos indefensos, la confusión, la aprehensión, la preocupación y los pensamientos negativos repetitivos.

La ansiedad varía desde la leve aprensión de quien prueba la temperatura del agua antes de nadar, hasta el pánico rayando en el caos, de la persona totalmente incapaz de controlar sus funciones corporales. Entre estos dos extremos se encuentran los sentimientos de temor, miedo, irritabilidad, agitación, preocupación, impotencia, inseguridad, tensión, nerviosidad, cobardía, terror, todos ellos, grados diferentes de un sentimiento de incertidumbre en cuanto a la propia seguridad.

La pérdida de la estima también provoca ansiedad. Puede manifestarse como temor al fracaso, temor a ser descubierto como un individuo sin valor alguno o como temor al ridículo.

La angustia es definida como aflicción o congoja. Puede significar una situación psicológica conflictiva a causa de la cual el sujeto vive continuamente en una situación de ansia, debatiéndose entre el deseo y la aversión.

Más genéricamente todavía, puede decirse que la angustia es el tono emotivo con el que el hombre vive una cierta situación con respecto al mundo, significado que la psicología moderna toma de la filosofía. Freud fue un gran estudioso de la angustia y la definió alternativamente como ‘reacción del Yo ante el peligro’ o ‘situación de impotencia’.

Las más recientes teorías sobre la angustia la definen como «imposibilidad de ponerse en relación con el mundo». La angustia no guarda relación con su objeto o causa. Esta es normalmente pequeña y hasta insignificante, mientras que el tono emotivo angustioso puede ser enorme. Generalmente la angustia está vinculada a trastornos físicos, siendo causa o efecto (esto es difícil de determinar) de enfermedades psicosomáticas donde lo físico y lo psíquico se interfieren mutuamente.


Fuente: Inteligencia-Emocional.Org

Las diez emociones del poder

Amor y calidez, aprecio y gratitud, curiosidad, excitación y pasión, determinación, flexibidad, confianza en sí mismo, alegría, vitalidad, contribución. 

1. Amor y calidez

La expresión del amor parece capaz, por sí sola, de fundir cualquier otra emoción negativa con la que entre en contacto. Si alguien se enoja con usted, puede seguir amando a esa persona con facilidad adoptando la creencia esencial extraída del libro Un Curso Sobre Milagros: «toda comunicación es una respuesta de amor, o una llamada de auxilio. Si alguien se acerca a usted en un estado herido o enfadado, y usted responde contundentemente, pero con amor y una actitud cálida, el estado de ánimo de esa persona terminará por cambiar, y su intensidad desaparecerá».

Amor y calidez, aprecio y gratitud, curiosidad, excitación y pasión, determinación, flexibidad, confianza en sí mismo, alegría, vitalidad, contribución.

2. Aprecio y gratitud

Estoy convencido de que la mayoría de las emociones poderosas son una expresión de amor, cada una dirigida hacia caminos diferentes. Para mí, el aprecio y la gratitud son dos de las emociones más importantes, que expresan activamente mi aprecio y amor por todo aquello que me ha regalado la vida, que me ha ofrecido la gente y la experiencia. Vivir en ese estado emocional estimulará su vida más que ninguna otra cosa que yo conozca. Cultivar estas emociones es como cultivar la vida. Viva con una actitud de gratitud.

3. Curiosidad

Si quiere crecer realmente en su vida, aprenda a ser tan curioso como un niño. Los niños saben asombrarse, por eso se nos hace tan simpáticos. Si quiere curarse del aburrimiento, sea curioso. Si es curioso, nada será ni trabajo rutinario para usted, sino que querrá estudiarlo. Cultive la curiosidad y la vida será un estudio interminable lleno de alegría.

4. Excitación y pasión 

La excitación y la pasión pueden añadirle jugo a cualquier cosa. La pasión puede transformar cualquier desafío en una tremenda oportunidad. La pasión es el poder desbocado por mover nuestras vidas hacia delante, a un ritmo más rápido que antes. Parafraseando a Benjamín Disraeli, el hombre sólo es realmente grande cuando actúa a partir de sus pasiones. ¿Cómo «obtenemos» pasión? Pues de la misma forma que «obtenemos» amor, calidez, aprecio, agradecimiento y curiosidad: ¡porque decidimos sentirla! Utilice su fisiología: hable con mayor rapidez, visualice imágenes más rápidamente, mueva su cuerpo en la dirección que quiera seguir. No se limite a permanecer sentado casualmente y pensar. No puede sentirse lleno de pasión si se deja caer pesadamente sobre la silla de su despacho, respira superficialmente y arrastra las palabras al hablar.

5. Determinación

Todas las emociones descritas anteriormente son valiosas, pero hay una que debe experimentar para crear algo duradero y valioso en este mundo. Eso le dictará cómo enfrentar las perturbaciones, los desafíos y las desilusiones. La determinación significa la diferencia entre quedarse empantanado y sentirse alcanzado por el poder iluminador del compromiso. Sitúese en un estado de determinación de la voluntad. Todas sus acciones surgirán de esa única fuente, y usted hará automáticamente aquello que se necesita para alcanzar su objetivo. Actuar con determinación significa tomar una decisión congruente y comprometida mediante la que se renuncia a cualquier otra posibilidad.

La determinación es la llamada del despertador de la voluntad humana.

Con determinación puede conseguir cualquier cosa. Sin ella se encuentra condenado a la frustración y la desilusión. La base del valor estriba en nuestra voluntad de hacer lo que sea necesario, de actuar a pesar del temor. Y el valor es el fundamento del que nace la determinación. La diferencia entre sentirse realizado y sentirse dependiente consiste en el cultivo del músculo emocional de la determinación. Sin embargo, y a pesar de tener toda esa determinación a sus órdenes, asegúrese también de poder romper su propia pauta y cambiar su aproximación a las cosas. ¿Por qué romperse la crisma contra el muro si puede mirar un poco hacia la izquierda y encontrar una puerta para asar al otro lado? A veces, la determinación puede ser una limitación; en tal caso, necesita cultivar la…

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6. Flexibilidad

Si hay una semilla que plantar capaz de garantizar el éxito, es la habilidad para cambiar su actitud. De hecho, todas esas señales para la acción (eso que solía llamar emociones negativas) no son más que mensajes para que sea más flexible. Elegir ser flexible significa elegir ser feliz. A lo largo de su vida habrá momentos en los que se encontrará con cosas que no podrá controlar, y la habilidad para ser flexible con sus propias reglas, el significado que dé a las cosas y las acciones que emprenda, determinarán su éxito o su fracaso a largo plazo, por no mencionar su nivel de alegría personal. EL junco que se inclina sobrevive al vendaval, mientras que el poderoso roble se resquebrajará. Si cultiva todas las emociones anteriores, seguramente desarrollará la…

7. Confianza en sí mismo

La confianza inconmovible en sí mismo es la sensación de certidumbre que todos deseamos. La única forma de experimentar confianza de forma consistente, incluso en ambientes y situaciones que no ha experimentado previamente, es a través del poder de la fe. Imagine y siéntase seguro acerca de las emociones que se merece tener ahora, en lugar de esperar a que surjan espontáneamente algún día, en un futuro distante. Cuando se tiene confianza en uno mismo, se está dispuesto a experimentar, a situarse en primera línea. Una forma de desarrollar la fe y la confianza consiste en practicarlas. Si yo le preguntara si tiene la suficiente confianza en sí mismo como para atarse los zapatos, estoy convencido de que me contestaría afirmativamente, sin la menor sombra de duda. ¿Por qué? ¡Sólo porque ya lo he hecho miles de veces! Así pues, practique la confianza usándola de forma consistente y hasta le extrañarán los dividendos que le reporta en cada ámbito de su vida.

Para conseguir hacer cualquier cosa, es imperativo ejercitar la confianza en uno mismo, antes que el temor. La tragedia que sucede en las vidas de muchas personas es que evitan hacer cosas porque tienen miedo; incluso se sienten mal acerca de las cosas, antes de que sucedan. Pero recuerde: la fuente del éxito extraordinaria encuentra a menudo su origen en una serie de creencias bien alimentadas, para las que el individuo no dispone de referencias previas. La habilidad para actuar con fe es lo que permite progresar a la raza humana.

Otra emoción que experimentará automáticamente una vez que haya logrado cultivar todas las anteriores es…

8. Alegría

Cuando añadí la alegría a mi lista de valores más importantes, la gente comentó: «Hay algo diferente en ti. Ahora pareces sentirte feliz». Me di cuenta entonces de que había sido feliz, pero que eso no se había reflejado en mi cara. Hay una gran diferencia entre sentirse feliz interiormente y mostrarse alegre exteriormente. La alegría exterior incrementa la autoestima, hace que la vida sea más divertida, y también consigue que la gente que le rodea a uno se sienta más feliz. La alegría tiene el poder de eliminar los sentimientos de temor, de sentirse herido, enojado frustrado, desilusionado, deprimido, culpable e inadecuado. Hará alcanzado la alegría el día en que se dé cuenta de que las cosas no mejorarán más que sintiéndose alegre, al margen de lo que suceda a su alrededor.

Sentirse alegre o significa que es usted un irresponsable o que mira el mundo a través de unos cristales de color de rosa y se niega a reconocer los desafíos que se le plantean. Sentirse alegre significa que es usted increíblemente inteligente, porque sabe que, si vive en un estado de placer (tan intenso como transmitir una sensación de alegría a quienes le rodean), puede tener el impacto de afrontar prácticamente cualquier desafío que surja en su camino. Cultive la alegría y no tendrá que prestar mucha atención a ninguna de esas «dolorosas» señales para la acción.

Facilite el sentirse alegre plantando la semilla de la…

9. Vitalidad

El manejo de este ámbito es estricto. Si no se ocupa del cuidado de su cuerpo físico, le será más difícil disfrutar de estas emociones. Asegúrese de disponer de vitalidad física; recuerde que todas las emociones se hallan dirigidas a través de su cuerpo. Si se siente emocionalmente desequilibrado, necesita mirar lo básico. ¿Cómo es su respiración? Cuando la gente se siente tensa, deja de respirar, socavando su vitalidad. Aprender a respirar adecuadamente es el camino más importante a seguir hacia una buena salud. Otro elemento crítico de la vitalidad física consiste en asegurarse de tener un nivel abundante de energía nerviosa.

¡Cómo se consigue eso? Dese cuenta que cada día gasta energía nerviosa a través de sus acciones y, por muy evidente que parezca, necesita asegurarse que descansa y se recarga. Y a propósito, ¿cuánto duerme usted? Si duerme regularmente entre 8 y 10 horas diarias, probablemente está durmiendo demasiado. Se ha descubierto que lo óptimo para la mayoría de la gente es de 6 a 7 horas. En contra de la creencia popular, el permanecer sentado y quieto no preserva la energía. La verdad es que suele ser entonces cuando uno se siente más cansado. El sistema nervioso humano necesita moverse para tener energía. Hasta cierto punto, gastar energía le proporciona una mayor sensación de energía. Al moverse, el oxígeno fluye a través de su sistema, y ese nivel físico de salud crea la sensación emocional de vitalidad que le ayudará a afrontar cualquier desafío negativo que pueda tener en su vida. La sensación de vitalidad es una emoción crítica que debe cultivar para manejar virtualmente cualquier emoción que surja en su vida, por no mencionar el recurso crítico para experimentar una pasión consistente.

Una vez que su jardín esté lleno con estas emociones poderosas, entonces puede compartir su cosecha a través de la…

10. Contribución 

Hace años, recuerdo que pasé por uno de los momentos más difíciles de mi vida. Cuando me hallaba conduciendo por la autopista en medio de la noche. Me preguntaba una y otra vez: ¿Qué necesito para darle a vuelta a mi vida? De pronto, una visión me asaltó y fue tan intensa, que tuve que detener el coche inmediatamente y anotar en mi diario una frase clave: «El secreto de la vida es dar».

No hay ninguna otra emoción más enriquecedora que yo conozca en la vida que la sensación de que lo que uno es como persona, algo que se ha dicho o hecho, ha aumentado de algún modo la experiencia vital de alguien que le importe, o quizá de alguien a quien ni siquiera conoce. las historias que me conmueven más profundamente se refieren a personas que siguen la emoción más espiritual de todas: la de ocuparse incondicionalmente de los demás actuar en beneficio de ellos. Cuando vi la obra musical Los Miserables, me sentí profundamente conmovido por el personaje de Jean Valjean porque era un hombre bueno que quería dar mucho a los demás. Deberíamos cultivar cada día esa sensación de contribución, enfocando la atención no sólo sobre nosotros mismos, sino también sobre los demás.

No obstante, tenga cuidado de no caer en la trampa de ayudar a los demás a su propia costa; representar el papel de mártir no concuerda con el verdadero sentido de la contribución. Pero si puede darse sí mismo y a los demás, y hacerlo en una escala mensurable que le permita saber que su vida ha importado, tendrá un sentido de la conexión con la gente y una sensación de orgullo y autoestima que jamás podrán proporcionarle ni el dinero ni los logros, la fama o el reconocimiento. El sentido de la contribución hace que la vida valga la pena. ¿Imagine cuánto mejor sería el mundo si todos nosotros cultiváramos el sentido de la contribución!


Anthony Robbins | Artículo publicado originalmente en la edición No. 37 de Liderazgo y Mercadeo.