¿Negar las emociones?

Negar las emociones, o no sentir, o sentir que no podemos sentir aunque suene extraño. Nos sucede que después de una situación que nos desborda solemos quedarnos como congelados, paralizados. La negación nos permite sobrevivir, ya que de otra manera no podríamos soportar el dolor.

Sucede después de una pérdida, de un divorcio, de un despido, y de otras situaciones que no imaginamos que tendríamos que vivir. Es como una anestesia total, que nos recorre de punta a punta y que nos deja adormecidos e insensibles al dolor.

Poco a poco vamos recuperándonos. El tiempo, la familia, los amigos, los proyectos, el recuperar la confianza, el trabajar sobre cómo superar lo ocurrido para poder estar bien nuevamente son parte de la ayuda necesaria para volver a dar paso a las emociones y salir de esa parálisis.

Debemos estar atentos, y si notamos que no podemos, que esa negación se hizo carne busquemos a quien pueda ayudarnos a despertar.


Graciela de Filippis

El llanto y su relación con la salud emocional

La compresión del llanto en el ser humano adulto y su relación con la salud emocional ha despertado gran interés en expertos e investigadores. Algunas de las hipótesis que se barajan (aún sin apoyo empírico) es que a través del llanto se libera cierta hiperactividad, ayudando a establecer un equilibrio o reducir un estrés puntual. Cierto es que muchas personas expresan sentirse más relajados después de llorar, pero esta valoración no es generalizable puesto que otros muchos no notan cambios en su estado emocional o incluso pueden sentirse peor.

Gracias a la investigación se ha podido descubrir que los componentes de las lágrimas son diferentes en función de agente que los produce, de modo que las lágrimas que secretamos cuando pelamos una cebolla, son químicamente diferentes de las lágrimas que generamos por una tensión emocional. Además de lagrimeo típico hay otros cambios físicos asociados al llanto emocional, como el enrojecimiento de la cara, sollozo, hiperventilación… Las lágrimas «emocionales» están formadas principalmente por agua, lípidos, y otras sustancias y se diferencian de las otras en que contienen mayor cantidad de hormonas, que habitualmente se asocian con el estrés (prolactina, adrenocorticotropa y leucina encefalinas).


Ana Isabel Pérez Morales

Comer para dejar de sufrir

Hay que aceptar y entender que es un problema psicológico. 

La comida se ha vuelto un mecanismo de defensa ante los problemas: comer para olvidar. Cada vez nos preocupamos más por nuestra salud y la estética corporal. Muchas personas optan por una dieta escasa para perder peso o mantener su figura, sin tener en cuenta que comer poco al final es contraproducente. También hay quien lleva un control estricto de las calorías que ingiere en cada momento, esto con la finalidad de sentirse a gusto consigo mismo y cumplir con las expectativas sociales y existen personas que se refugian en la comida para evitar enfrentar y hablar de sus emociones.

La obesidad cobra 2.8 millones de vida en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud y esto puede ser la consecuencia de que la comida se ha vuelto uno de los escapes emocionales de la sociedad actual. La tendencia a ingerir grandes cantidades de alimento es uno de los trastornos más comunes que los jóvenes, equivocadamente, han adoptado para expresar sus emociones, los problemas en el trabajo o en la familia, discusiones de pareja, situación de desempleo, la  época de exámenes, entre otras circunstancias.

Es muy fácil que nos demos un atracón si estamos pasando por un momento emocional complicado de tristeza, rabia o ansiedad. La gula causa un alivio inmediato pero pasa factura en el cuerpo y la mente, ya que esta conducta está asociada a la falta de control de impulsos. Se usa la comida como un mecanismo de defensa ante los problemas: comer para olvidar.

Quien tiene tendencia a ingerir grandes cantidades de comida de forma ansiosa y apresurada suele ser impulsivo e incapaz de gobernar sus arrebatos. Esto se puede considerar un trastorno, cuando la persona lo hace tres o más veces a la semana.

Las personas con este trastorno tienden a confundir la sensación corporal y piensan que tienen hambre, cuando lo que en realidad están sintiendo es ansiedad. Según los expertos: «las causas de la gula no tienen explicación fisiológica. El atracón se suele dar cuando se producen alteraciones del estado de ánimo o situaciones de estrés puntual».

Pero ¿cuál es la causa de refugiarse en la comida para sentirse mejor? El comer nos produce satisfacción de manera inmediata y alivia nuestro malestar a corto plazo, ya que se elevan los niveles de serotonina y eso nos produce placer. Sin embargo, el sentimiento de culpa aparece casi de inmediato después del atracón y ahora la culpa es el nuevo ingrediente que se suma al problema que nos hizo comer desmedidamente. Es decir, caemos en un círculo vicioso que hace que la conducta permanezca, en vez de superarse.

La falta de cariño, la inseguridad o el no sentirse bien con uno mismo, puede llevarnos a comer desmedidamente y a desarrollar enfermedades más graves como la bulimia nerviosa, depresión, diabetes u obesidad.

Si nos acostumbramos a enfrentar las dificultades con comida, nuestra capacidad para tomar decisiones y resolver conflictos será menor.

Por esta razón queremos darte algunos consejos que podrán ayudarte a evitar caer en esta situación.

  • Ser consciente de que el problema con los atracones existe, hay que saber y comprender lo que nos pasa para saber cómo resolverlo.
  • Incrementa el consumo de verduras y disminuye las grasas.
  • Hay que aceptar y entender que es un problema psicológico.
  • Evita los alimentos con alto contenido graso.
  • Guarda los aperitivos más apetitosos, mantén las tentaciones fuera de tu alcance.
  • Busca ayuda profesional para que te apoyen y adquieras herramientas emocionales para superar el trastorno emocional y con eso, la gula.
  • Realiza 5 comidas al día y no pases más de 4 o 5 horas sin ingerir alimento.
  • Haz alguna actividad física, mínimo 15 minutos de caminata diaria.

Quien sufre de este trastorno, necesita un cambio de hábitos y no puede hacerlo solo, es necesario el apoyo y acompañamiento de la familia para enfrentar y salir del problema, ¡porque en la familia está la solución!


Emociones: ¿Buenas o malas? ¿Aliadas o enemigas?

Contexto cultural de las emociones 

Algunas personas piensan que las emociones son una debilidad, por lo que se deberían reprimir o camuflar. Por el contrario, las emociones son la base de nuestra efectividad personal. Representan un potencial para nuestro desarrollo.

Algunos hablan de emociones positivas y negativas, pero no existe lo que podamos llamar emociones buenas o malas. Hay emociones como la ira, el miedo o la tristeza que, en algunos contextos, no son socialmente aceptadas, en consecuencia, la gente trata de negarlas o camuflarlas.

Se han creado estereotipos culturales de lo que son las emociones. Muchas personas pretenden meter las emociones en un molde. De modo que tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados. Como dice Maickel Malamed: «Parte del manejo emocional tiene que ver con moldes… el hombre piensa, la mujer siente, los hombres no lloran, la tristeza es mala, el miedo es de cobardes… se pierde la emoción en una cuestión moral y la moralidad está en la acción, no en el sentimiento».

Pero nos engañamos al pretender meter las emociones en un molde, y etiquetarlas como buenas o malas, positivas o negativas. Las emociones son, simplemente, expresiones naturales de nosotros mismos que expresan una realidad interna, una necesidad. Constituyen un componente fijo de nuestro programa de comportamiento. No son optativas. No se pueden, simplemente, desconectar o ignorar.

¿Sus emociones operan a su favor o en su contra?

Las emociones impulsan nuestras acciones y, el poder que ellas tienen puede llevarnos a responder de maneras diferentes ante una situación. La clave está en reconocer qué emoción estamos sintiendo y qué necesitamos satisfacer. Según sea nuestro manejo (adecuado o inadecuado) las emociones se movilizarán a favor nuestro (contribuyendo a la expresión y satisfacción de necesidades), o en contra (generando resultados negativos). Así por ejemplo, el miedo manejado inadecuadamente puede sumirnos en el pánico y la parálisis; o por el contrario, puede llevarnos a tomar medidas preventivas para salvaguardar nuestra integridad física.

Observemos en perspectiva la gama de manejo emocional que permiten las emociones básicas: 

La rabia:

  • Es una reacción de lucha esencial e instintiva ante la aparición o percepción de amenaza o peligro.
  • La rabia al ser reprimida, se manifiesta en: Imposición sin lugar a discusión, retroalimentación ni diálogo. Censura, reproche, juicio. Culpa, violencia.
  • Si se permite la fluidez natural de esta emoción, el individuo está disponible para: Movilizar energías hacia la acción.
  • Usar los recursos necesarios para la resolución de alguna situación.

El miedo:

El miedo es una reacción ante situaciones de amenaza o que generan inseguridad, en las que la persona percibe que puede perder el control sobre su entorno.

Cuando el miedo es reprimido o cuestionado, la persona se convierte en dependiente de su medio. La persona no se siente preparada para confrontar las situaciones de riesgo y de desarrollo.

  • El miedo manejado inadecuadamente se puede convertir en: Pánico, parálisis.
  • En la medida en que una persona crezca y se desarrolle sin intentar esconder o reprimir sus miedos, estos se transforman en: Valor y coraje para enfrentarse a las situaciones que lo requieran, incluso a desarrollar medidas de prevención, capacidad única que nos diferencia de los otros seres vivos.

La tristeza y el dolor:

  • Son reacciones de adaptación a cambios o pérdidas experimentadas.
  • El reprimir la tristeza nos hace sentir: Resignación, nos ubica como una víctima, nos hace sentir lástima y/o desesperación.
  • Al expresar estas emociones, puede crearnos una situación de: Paz y contracción que nos lleve a una introspección y a comenzar un proceso de duelo necesario para que luego sane su  interior, el cual es vital para que la persona pueda comenzar nuevas relaciones o nuevos proyectos, viviéndolos como «nuevos» en su presente sin adjudicarle características de su pasado.

La alegría y el placer:

Son reacciones que surgen ante la experiencia de satisfacción de necesidades básicas o de orden superior.

  • Cuando una persona ha sido educada con mapas en donde la única emoción que se refuerza como positiva o «buena» es la alegría y el placer, lo lleva a forzarse a vivir en ese estado permanentemente, y puede crear incongruencias en el sentir y actuar, transformándose entonces en alguien que vive  en una  forma de pantalla y de  evasión para no mostrar lo que realmente siente.
  • Cuando la expresión de esta emoción es espontánea y fluida, nos da la base del sentido de la vida, es la que nos hace empáticos, nos lleva a la proactividad, a la creatividad, a la automotivación, al manejo adecuado del estrés, entre otros y, en su máxima expresión, como placer, nos hace sentir satisfacción de nuestros logros, nos permite asimilar el aprendizaje interpersonal, nos une como personas y como seres humanos y nos potencia para el desarrollo de nuevas actividades.

Arnoldo Arana | Parejas.Efectivas.Blogspot.Com

La tristeza

Iba yo por un camino, cuando una voz de mujer detrás de mí me dijo: «¿Me conoces?»

Me volví y le contesté: «No recuerdo tu nombre».

Ella me dijo: «Yo soy aquella Tristeza profunda que sufriste hace tiempo».

Sus ojos se parecían a la mañana cuando el rocío está todavía en el aire. Permanecí en silencio y luego le pregunté: «¿Has perdido aquella carga inmensa de lágrimas»?

Ella sonrió sin contestarme. Comprendí que sus lágrimas habían tenido tiempo de aprender el lenguaje de las sonrisas.

Me recordó: «Una vez aseguraste que conservarías tu tristeza para siempre».

Avergonzado, respondí: «Es verdad, pero los años han pasado». Después, con su mano entre las mías, le dije: «Pero tú también has cambiado».

Entonces, ella me contestó, serena: «Debes saber que lo que un día fue Tristeza es ahora Paz».


Rabindranath Tagore

Encarando el miedo

En principio el miedo no es algo negativo, se trata de un mecanismo de defensa que crea nuestra mente cuando percibimos una situación de riesgo. Ahora bien, cuando la situación de supuesto riesgo se produce ante un estímulo positivo, se trata de un miedo irracional y éste siempre tiene como base una inseguridad.

¿Por qué surge el miedo?

Digamos que nosotros nos hemos creado una especie de burbuja de bienestar, a nuestro modo y semejanza. El miedo aparecerá cuando vemos peligrar dicha burbuja, es decir, cuando creemos que va a producirse un cambio que pueda desestabilizar nuestra seguridad. Si consideramos una relación como algo que nos quita (pérdida de intimidad, compartir tiempo de descanso, estar al pendiente del otro, etc.) y no que nos aporta (amor, compañía, bienestar, etc.), entonces es cuando aparece el miedo.

El miedo pone en la balanza los recursos que uno tiene y aquello que tenemos que afrontar. Cuando se produce un desajuste en esta balanza, es cuando se hace presente. Por tanto, es una cuestión de inseguridad y de no conocerse bien a uno mismo, lo que conlleva malestar y frustración.

¿Qué suele pasar cuando uno no sabe reconocer sus propias capacidades y habilidades emocionales? Tiende a evitar aquello que despertó su alarma de amenaza inminente. No deja de ser una mala adaptabilidad a los cambios, que por otro lado anhelamos, pero que nos cuesta reconocer. Nos vemos como frágiles o débiles y nos ponemos una coraza para supuestamente no nos puedan tocar, pero obviamos lo más importante: la amenaza somos nosotros mismos, no el entorno.

¿Qué características suelen identificar a este tipo de personas?

  • Les cuesta tomar decisiones personales porque temen el cambio y salirse de su Zona de Confort.
  • Son personas rígidas en el trato, quieren tenerlo todo controlado. La falta de control es lo que les hace activar los mecanismos de alarma.
  • Suelen tener dificultades en expresar sus propias emociones. Intentan no profundizar en lo que sienten o piensan respecto a alguien o algo y ello provoca problemas de comunicación con los demás.
  • En muchas ocasiones se sienten inseguros de si mismos y no soportan ver la seguridad en otros, por lo que inconscientemente crean disonancias cognitivas como convenciéndose de que esa persona no es tan maravillosa como se muestra ante los demás.

Hemos de tener en cuenta que el carácter y personalidad que tenemos en nuestra etapa adulta va muy de la mano de la relación afectiva que hemos tenido con nuestros progenitores en la infancia. Es por ello que una familia que haya protegido mucho a su hijo, haya sido muy rígida en su educación o demasiado permisiva, hace que la persona no pueda desarrollar sus propias estrategias de afrontamiento para valerse por sí misma.

¿Cómo suelen actuar?

En el terreno emocional suelen ser personas muy atractivas, grandes conquistadores, ya que tienen esa necesidad de tener una relación estable, por su carencia afectiva. Por el contrario, cuando ya se ven dentro de la relación empieza el miedo y se crean situaciones de confusión en sí mismo y en el otro. Es aquí cuando se produce la disonancia cognitiva que mencionaba anteriormente, la mente empieza a crear pensamientos de alerta porque no soporta las propias incongruencias (no es la persona que busco, no va a poder ofrecerme lo que quiero, no voy a cumplir sus expectativas, en verdad no quiero tener una pareja estable, aún me quedan muchas cosas que experimentar y que no podría hacer si estoy en pareja, etc.).

En cierta forma, la falta de estrategias y de conocimiento sobre uno mismo hace que se busque justificación a la propia inseguridad y temores. Al final como no se tienen las capacidades para asumir el miedo y gestionar el malestar, se buscará romper la relación para recuperar la estabilidad y huir del descontrol.

¿Cómo afrontar el miedo al compromiso?

El primer paso es admitir que tenemos unas limitaciones emocionales en las que tenemos que trabajar. Evaluando las verdaderas necesidades y arriesgándonos a afrontar los miedos, éstos desaparecerán. Por tanto, una buena autoestima es la base de todo.

Al miedo se le vence encarándolo. Hay una frase de Jiddu Krishnamurti que dice «Haz lo que temes y el temor morirá», pues así mismo es. Para ello nos vamos a servir de una serie de estrategias:

  • No vamos a evitar aquello que nos da miedo, huir no soluciona el problema.
  • Hemos de ir introduciendo pequeños cambios que poco a poco ayuden a la mente a entender que seguimos teniendo el control de la situación, ya que como es lo que más nos asusta hay que educarla. Si una característica tiene la mente es que es muy plástica, ¿esto qué quiere decir? Que entrenándola se adecúa a lo que queramos.
  • Valorarse a uno mismo fortalecerá la seguridad en las acciones y decisiones que tomemos. Por tanto necesitamos hacer un reconocimiento positivo de nuestras capacidades y limitaciones, ya que una limitación no es algo negativo, se necesitan de ambas para encontrar el equilibrio.
  • Es básico empezar a expresarse emocionalmente, sobre todo la parte negativa de nuestro malestar. De esta manera reduciremos tensiones y por tanto nos relajaremos más. Si al principio cuesta hacerlo con otras personas, escribiéndolo se puede empezar uno a entrenar (Ventilación Emocional), además de que nos sirve para reflexionar.
  • La clave de toda buena relación es la comunicación y la confianza, sin ellas no hay pareja que sobreviva de una manera sana. Por lo que el objetivo tiene que ser lo que se conoce como asertividad, es decir, decir en todo momento lo que se piensa y siente sin entrar en herir a nuestro interlocutor, en este caso nuestra pareja.

Merece la pena hacer el intento de superar el miedo ¿no creéis? ¿Qué supone pasar un mal rato cuando la compensación es eterna?


Ciara Molina | CiaraMolina.Com

Los efectos que las emociones negativas tienen sobre tu salud

Los seres humanos experimentan una variedad de emociones, como felicidad, tristeza, alegría extrema y depresión. Cada una de estas emociones crea una sensación diferente en el cuerpo. Después de todo, nuestro cuerpo libera distintas sustancias químicas cuando experimentamos cosas y cada producto químico trabaja para crear un ambiente diferente en el cuerpo. Por ejemplo, si tu cerebro libera serotonina, dopamina u oxitocina, te sentirás bien y feliz. Por el contrario, si tu cuerpo libera cortisol cuando estás estresado, tendrás una sensación completamente diferente que estará asociada con el cuerpo entrando en modo de supervivencia.

¿Qué sucede cuando tenemos pensamientos negativos todo el tiempo? ¿O cuando tenemos pensamientos positivos? ¿Qué ocurre cuando no estamos emocionalmente cargados ni positiva ni negativamente? A continuación, vamos a explorar cómo todo esto afecta nuestro cuerpo y nuestra vida.

1. Positivo vs. negativo 

¿Hay dualidad en nuestro mundo? Podríamos decir que sólo hasta cierto grado, pero la mayoría de nosotros pasamos mucho tiempo tratando de definir y juzgar lo que se considera como positivo y negativo. El cerebro es una herramienta muy potente y cuando definimos algo, empezamos a sentirlo en nuestro mundo. Por ejemplo, ¿Alguna vez has notado cómo alguien mientras conduce puede ser adelantado por otro auto, perder su ventaja y de repente sentirse negativo y de mal humor? ¿Mientras que otra persona en la misma situación simplemente pisa el freno ligeramente y sigue adelante con su día como si nada hubiera pasado? En este caso, ambos vivieron la misma experiencia, pero uno la ve como algo negativo, mientras que el otro no. Entonces, ¿son las cosas por naturaleza positivas y negativas? ¿O somos nosotros los que definimos las cosas como positivas y negativas?

Reducir las percepciones tanto como sea posible

Después de pensarlo por un momento, puedes darte cuenta de que de hecho no existen las experiencias positivas o negativas, sino que nosotros somos quienes las definimos como tal. Por lo tanto, nuestra propia percepción de una experiencia o situación tiene la última palabra en cuanto a cómo nos sentiremos mientras esté sucediendo y cómo se verán afectados nuestros cuerpos. Aunque es posible trabajar para lograr ir más allá de nuestras definiciones de cada experiencia y pasar a un estado de mente/ percepción/ conciencia donde simplemente aceptamos cada experiencia como lo que es y la utilizamos como área de aprendizaje, es posible que nos resulte muy difícil, por lo que es importante entender cómo ciertas emociones pueden afectar nuestra salud.

«Si deseas tener buena salud, primero debes preguntarte si estás dispuesto a acabar con las razones de tu enfermedad. Sólo entonces es posible ayudarte», dice Hipócrates.

2. Conexión mente cuerpo 

La conexión entre la mente y el cuerpo es muy potente y aunque no se puede ver visualmente, los efectos que la mente puede tener en tu cuerpo físico son bastante profundos. En general podríamos tener una actitud mental positiva y lidiar directamente con nuestros desafíos internos, y así crear un estilo de vida saludable. Por otro lado, podríamos ser negativos, tener pensamientos autodestructivos y no lidiar con nuestros asuntos internos, incluso llegando a esconder estos problemas con afirmaciones y positividad, sin encontrar el camino y creando un estilo de vida poco saludable. ¿A qué se debe esto?

Nuestras emociones y experiencias son en esencia energía y se pueden almacenar en la memoria celular de nuestro cuerpo. ¿Alguna vez has experimentado algo en tu vida que dejó una huella emocional o un dolor permanente en un área determinada de tu cuerpo? Es probable que esto se deba a que en esa zona de tu cuerpo todavía se guarda la energía liberada de esa experiencia.

Cuando sientes un dolor, rigidez o lesiones en ciertas áreas, a menudo están relacionadas con algo que sientes de forma emocional dentro de ti mismo. A simple vista puede parece que no es así, porque no estamos lo suficientemente conectados con nosotros mismos y nuestras emociones, ya que vivimos a un ritmo muy rápido. Cuando se ha sufrido de dolores crónicos en la espalda, las rodillas, el cuello o los hombros, y ningún tratamiento físico tiene resultados, es cuando se tienen que resolver aquellas emociones que estaban detrás de esos dolores. Por mucho que se gaste tiempo y dinero en terapia física, y por más que uno piense que va a ayudar, se puede no obtener resultados. Hay algo más con lo que trabajar. Una vez que se preste atención al patrón de pensamientos inconscientes y emociones que se concentran en el cuerpo, las cosas se aflojan y el dolor se va.

3. Tú tienes el poder 

Davis Suzuki escribió en su libro «El Equilibrio Sagrado», que las «moléculas condensadas de aliento exhalado durante las expresiones verbales de ira, odio y celos, contienen toxinas. Si se acumulan durante 1 hora, ¡estas toxinas son capaces de matar a 80 conejillos de india!» ¿Puedes imaginar el daño que le hace a tu cuerpo reprimir dentro de ti todas esas emociones negativas o aquellas experiencias emocionales sin procesar?

Recuerda, tú tienes todo el poder dentro de ti para poder afrontar cualquier desafío que se presente. En lugar de etiquetar las cosas como negativas y positivas a medida que las relacionas con cada experiencia que tienes en tu vida, trata de ver las cosas desde un punto de vista más amplio. Pregúntate a ti mismo, ¿cómo puede ayudarme esto a aprender algo? ¿Puedo usar esto para cambiar mi percepción? ¿A aclarar alguna emoción dentro de mí? ¿Me ayuda a comprender algo y a aceptarlo? Sea lo que sea, en lugar de simplemente reaccionar, tómate tu tiempo y observa. Descubrirás que tienes las herramientas suficientes para procesar las emociones y las enfermedades rápidamente, una vez que las veas como lo que son y explores por qué ocurrieron. Si piensas que te enfermarás todo el tiempo o que sentirás algún dolor, porque todo está fuera de tu control, nada de eso cambiará hasta que te des cuenta de que en realidad sí tienes el control sobre gran parte de lo que atraes hacia tu cuerpo.

Cuando nos enfermamos o sentimos mucha tensión y dolor, varias veces nuestro cuerpo nos pide que reflexionemos y encontremos la paz en nuestro interior y en nuestro entorno. Es todo un proceso de aprendizaje y crecimiento que no tenemos que juzgar ni temer.


Cati Schneider | CollectiveEvolution.Com

 

La culpa

La culpa según el diccionario de la Real Academia Española es una falta más o menos grave cometida a sabiendas y voluntariamente.  Pero la definición habla de la culpa jurídica; la culpa psicológica no necesita ser grave y a veces ni siquiera real. Muchas veces se siente culpa sin haber cometido delito o falta alguna, basta con que el sentimiento o la acción estén en contradicción con lo que la persona considera correcto.

Es importante tener en cuenta que: La Culpa se produce cuando entramos en contradicción con nuestro sistema de valores.

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el sentimiento de culpa es una de las emociones más penosas para el ser humano. De hecho, todas las culturas del mundo han ideado formas de afrontarlo que van desde los sacrificios de perdón a los dioses hasta la creación de chivos expiatorios. Hay pensadores que hablan de que toda la civilización judeo-cristiana se basa en la explotación del malestar que produce este sentimiento. Es así que debido al manejo que se ha hecho de ella para muchos psicólogos sentirse culpable es poco adaptativo:  lo que tenemos que conseguir los seres humanos, es sentirnos responsables de los errores, no culpables afirman.

Coincido en que la responsabilidad por los propios actos es imprescindible y una de los objetivos de cualquier educación saludable, pero responsabilidad y culpa no siempre son conceptos sustituibles. Muchas veces la culpa es un sentimiento de advertencia: «Siento culpa por lo que hice e instrumento la reparación, es decir me hago responsable de las consecuencias».

Ante el descrédito que ha sufrido la culpa, el Dr. Marcos Aguinis responde  de  manera excelente en su libro «Elogio a la Culpa» recordándonos que sin ella podríamos caer en la canalla.

Los psicópatas, autores de los crímenes más aborrecibles, jamás sienten Culpa, no tienen Ley, no tienen memoria. Sin la culpa no habría ternura por el otro. Los modelos aprendidos esforzadamente se borrarían de golpe y seríamos fieras irracionales.

Coincido absolutamente con su mirada por lo que voy a dividir la culpa en apropiada y neurótica.

Hablamos de culpa apropiada cuando está asociada con el daño que se le puede hacer a otras personas como resultado del mal uso de la libertad,  y de  neurótica: cuando no responde al daño intencional  sino que es producto de la inmadurez de nuestra conciencia por responder a un sistema rígido de valores, o a un ego demasiado grande que se exige a sí mismo superioridad moral.

Decimos que hay un sistema rígido de valores siempre que el deber prevalezca en todas las acciones, y el pensamiento esté polarizado (las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no se admite el término medio). El gran ego del que hablaba anteriormente se refiere al no reconocimiento de los propios límites. La persona se cree responsable de la vida de los demás, aunque esto a menudo le impida responsabilizarse por su propia vida. Además este gran ego le exige una perfección imposible de cumplir. Se produce un desencuentro entre el ideal de cómo debería ser el comportamiento, y la realidad vivida, causando dolorosos conflictos personales.

Las personas con este sentimiento de culpa se llenan de obligaciones aunque éstas no les correspondan. Son extremadamente escrupulosos y exigentes a la hora de enjuiciarse, y a menudo llegan al autoreproche.

Cuando la culpa se desata ante cualquier situación, o es excesiva, habrá que reflexionar sobre si:

  • Estamos respondiendo a un sistema de pensamiento polarizado, rígido, negativo, sobredimensionado o perfeccionista.
  • Existen unas circunstancias especiales, en la que hay que tener en cuenta nuestras necesidades del momento,
  • Pretendiéndolo o no, nuestra actuación no se adecua a nuestros valores.

Si se trata de los dos primeros casos, deberemos plantearnos que el código no es inamovible y por tanto podemos flexibilizar, contextualizar y dar más precisión a la norma transgredida.

Si la culpa se presenta por haber sido incoherentes con nuestro sistema de valores, habremos de responsabilizarnos de las consecuencias, reparar lo que esté a nuestro alcance y pedir perdón a quien haya resultado dañado.

Consecuencias de la culpa neurótica

  1. La culpa le roba el efecto de gratitud al perdón ya que la culpa hace que la persona no se sienta perdonada.
  2. La culpa ata al pasado.
  3. La culpa hace que veamos los errores más grandes de lo que en realidad son: La mentalidad culposa produce un sentimiento de indignidad muy profundo que mella la autoestima.
  4. La culpa no permite aprender de los errores.
  5. La culpa hace que la persona aprenda a disculparse con excusas.
  6. La culpa hace que la persona culposa se relacione con otros a través de la culpa y manipule a otros como ella se siente manipulada.

Liberarnos de los sentimientos de culpa

Es importante trabajar la autocrítica mediante la reflexión y tomar en consideración las observaciones que nos hacen las personas que nos manifiestan más afecto y confianza.

Aprender a reconocer las causas de las situaciones conflictivas para aprender de los fracasos y no volver a cometer esos o similares errores. El objetivo es doble: el esclarecimiento de la situación y la desactivación del proceso de adjudicación de culpas.

Lo inteligente y provechoso es identificar los errores, reconocer la causa, asumir la responsabilidad cuando nos compete y, ya después, tomar medidas para rectificarlos y para no volver a caer en la misma piedra.

Limitarnos a sentir culpa es como encadenarnos de por vida por lo que ocurrió en el pasado, lo que conduce a un estado de ansiedad que puede derivar en depresiones.

Sentir culpa sólo resultará útil cuando esta sensación pueda convertirse en acción. Cuando se aceptan los errores sin sentir un fracaso definitivo y paralizante, el error puede percibirse como una oportunidad de aprendizaje, como una fuente de información de qué cosas van bien y cuáles no.

Respecto a la culpa que podemos sentir por los errores ajenos, conviene plantearse si uno es responsable (o en qué medida lo es) de las vidas de los demás. Cada uno tiene su propio periplo vital y debe asumir su responsabilidad sobre lo que en ese viaje acontece.

Estos sentimientos de culpa por los demás parten del convencimiento íntimo de que ellos dependen de nosotros.

Permitir a la otra persona vivir su vida nos permite a cada uno vivir la nuestra del mismo modo, con libertad y responsabilidad.

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en:

  • Una señal, que sirva para revisar nuestras acciones.
  • Un momento de reflexión y análisis sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento.
  • Un diálogo interior que nos lleve a reconocer la conducta por la que sentimos la culpa.
  • La búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado.
  • La petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.
  • Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, o nos sume en la descalificación y el autocastigo conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas que nos permitan crecer.

Para evitar el sentimiento de culpa, conviene:

  • Identificar los sentimientos de culpa. Analizar en qué situaciones sobrevienen.
  • Aceptarlos como normales y pensar que son comprensibles. Al reconocer y aceptar estos sentimientos de culpa, resulta más fácil expresarlos y combatirlos.
  • Expresar los sentimientos de culpa. Hablar con otras personas (si es necesario, con profesionales) del tema puede ayudar a aliviar este pernicioso sentimiento.
  • Analizar sus causas. Buscar las razones de estos sentimientos puede contribuir a hacerlos más comprensibles y aceptables.
  • Reconocer nuestros propios límites.

Graciela Moreschi | GracielaMoreschi.Com

Cómo controlar el enojo

Muchas veces nos vemos enfrentados a situaciones que nos «sacan de nuestras casillas» y dependiendo de las previas circunstancias que hayamos tenido durante el día, actuaremos con más o menos paciencia; en otras palabras si hemos tenido un día difícil nos alteraremos con mayor facilidad.

Cuando reaccionamos no pensamos con claridad y ésto muchas veces nos lleva a decir cosas que en verdad no sentimos y así podemos herir profundamente al otro y también a nosotros mismos porque quedamos sumidos en arrepentimientos y culpas.

Por eso cuando nos sintamos enojados, es fundamental realizar el esfuerzo y detenernos aunque sea por unos segundos, antes de decir algo. Verás como este pequeño intervalo puede cambiarnos completamente.

Este consejo lo aprendí hace algunos años atrás, cuando leí una historia del  antiguo filósofo armenio George Gurdjieff, quien contaba que cuando tenía aproximadamente nueve años, fue llamado por su padre moribundo quien le dijo: «Hijo, soy tan pobre que no te puedo dar nada. Pero hay algo que mi padre me dio a mí y que yo quiero entregarte. Puede que ahora no seas capaz de comprender lo que significa, pues yo mismo no lo entendí cuando mi padre me lo dio. Pero ha resultado ser la cosa más preciada de mi vida. ¡Consérvala! Siempre que te sientas enojado, nunca contestes antes de veinticuatro horas. Responde, pero deja un intervalo de veinticuatro horas».

Gurdjieff decía, «He practicado muchos, muchos, muchos ejercicios espirituales, pero éste fue el mejor. Ya nunca más pude enfadarme y eso cambió todo el proceso, toda mi vida, porque tuve que mantenerme fiel a la promesa. Cuando alguien me insultaba, yo solía crear algo, una situación. Le decía que regresaría a las veinticuatro horas a contestarle y nunca lo hacía, pues quedaba demostrado que no tenía sentido el contestar. Sólo un distanciamiento era necesario. Un nuevo camino de pensamiento se fraguó en esas palabras».

Qué sabio consejo. Si tan sólo hacemos el esfuerzo y cuando alguien nos ofenda, en el momento que sintamos ese calor en el estómago, cuando nuestro corazón comience a latir más fuerte y la boca se abra para responder… ¡detente! ¡detente! ¡detente! No contestes inmediatamente porque eso no será más que una reacción automática. Algo así como una máquina cuando  aprietas el botón encender.  Si quien te ha hecho enojar es alguien conocido a quien puedes volver a ver más tarde, pídele algún tiempo para retirarte y pensar y dile que luego le contestarás.

¿Y cuando se trate de alguien que no conocemos? Todos alguna vez hemos sido tratados de mala forma por algún desconocido, ya sea un funcionario público, un vendedor, un mesero, etc.; al reaccionar muchas veces dejamos de ser coherentes y claros en nuestros requerimientos, porque nos enfocamos en responder y devolver lo que nos parece una agresión personal. Pasado el incidente le seguimos dando vueltas y vueltas en la cabeza… «Por qué no le dije ésto o aquéllo…»   Al sentir que debimos hacer algo distinto de lo que en realidad hicimos, el agresor ya deja de ser el desconocido y pasamos a ser nosotros mismos porque nos castigamos una y otra vez trayendo a la memoria el incidente.

Para no quedarnos con esos remordimientos, debemos actuar de la manera mas civilizada que nos sea posible. Antes de responder deja pasar unos segundos, respira y en ese respirar deja de identificarte con el enojo, suéltalo, déjalo a un lado. Comprende que hay algún motivo por el cual esa persona está actuando de esa forma, puede que tenga problemas personales, un mal día, etc, pero tú no eres ese motivo, tú eres sólo un canal con el que quiere desahogar su ira. Si reaccionas estarás aceptando, recibiendo y compartiendo su enojo. Depende solamente de ti recibirlo o no, pero recuerda que si lo haces lo llevarás hasta tu casa y quizás lo sigas cargando por varios días. Simplemente no lo aceptes, no lo quieres, no te sirve.

Por eso respira, mirando con calma y comprendiendo que el problema no eres tú sino él, responde con serenidad, usa un tono normal, sin levantar la voz, defiende tu punto de vista, sé honesto, firme, claro, pero no violento. No pierdas de vista el motivo por el cual esta ahí, enfócate en exponer lo que quieres, mas que en responder a sus agresiones.

Después de cualquier episodio que nos haya hecho enojar, debemos limpiarnos completamente para que no queden sentimientos reprimidos en el interior. Analiza un poco la situación y piensa que la persona que te hizo enfadar es un espejo, ese es tu reflejo, ¿Qué actitud tuya puedes ver reflejada en él? No creas que esto es una ñoñería, es verdad, detrás de esa situación hay un mensaje, descubre que quieres decirte a ti mismo. Trata de identificar algún aspecto tuyo que puedas cambiar y mejorar.

Recuerda este sabio Proverbio de Confucio: «Cuando veas a un hombre sabio, piensa en igualar sus virtudes. Cuando veas a un hombre desprovisto de virtud, examínate a ti mismo».

Finalmente déjalo ir, suéltalo. Si la situación sigue dando vueltas en tu cabeza puedes hacer algún ritual, como escribir lo sucedido en un papel y luego  romperlo o quemarlo o reza pídele a Dios que con amor borre ese incidente de tu mente. Dale las gracias por la lección y despídelo definitivamente y no pienses más en ello, ya se acabó. Eres libre.

No olvidemos nunca el consejo del padre de George Gurdjieff y aprendamos a distanciarnos del enojo, con un poco de tiempo podemos cambiar toda nuestra historia.


Marcella Allen Herrera | Aldiaria.Blogspot.Com

Seis pasos para sanar las heridas emocionales de la infancia

Buscar culpables sólo nos hace perder energía. Es fundamental que nos demos permiso para enfadarnos y aprendamos a perdonarnos; al sanar nuestras heridas podremos ir por el mundo sin ocultarnos.

Las experiencias dolorosas que desarrollamos a lo largo de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Generalmente nos cuesta afrontar problemas emocionales como separaciones, traiciones, humillaciones, abandonos o injusticias.

Lo cierto es que es probable que muchos de nosotros aún no hayamos cerrado esas heridas, que sigan doliéndonos y que intentemos enmascararlas bajo el maquillaje de la vida.

Sin embargo, no nos percatamos de que sólo estamos evitándolas y que cuanto más esperemos más se agravarán; esto es mucho más complicado cuando, a pesar de que sabemos que algo no está bien en nuestro interior, todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos heridos.

Así, hay un tanto por ciento de ignorancia que, unido al miedo de revivir nuestro dolor, no nos permite ser nosotros mismos, obligándonos a interpretar un papel que tenemos poco o nada estudiado y que no nos corresponde.

Seguro que, si estás leyendo esto, te sobran las ganas de conocerte y de mejorarte cada día. Por eso, con este artículo te queremos acercar una pequeña ayuda para que conozcas cuál es el proceso que debes seguir si quieres poner en marcha la maquinaria del afrontamiento que te permita curar tus heridas.

Así es que, a continuación, te mostramos 5 etapas que necesitamos experimentar para sanar nuestras heridas emocionales:

1. Acepta la herida como parte de ti

No te tapes los ojos, la herida existe. Puedes reconocerlo o no, pero en realidad hacerlo es lo único que te ayudará a seguir adelante. Según Lisa Bourbeaur aceptar una herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que tener situaciones que resolver forma parte de la experiencia del ser humano.

Puede que pienses que vendarle los ojos al sufrimiento es lo mejor que puedes hacer, pero eso implica que la herida se complique con el paso del tiempo.

Debes aceptar y comprender que no somos mejores o peores porque algo nos haga daño. Haberte construido tu coraza es un acto heroico, un acto de amor propio que tiene mucho mérito, pero que ya ha cumplido su función. Ya te protegió del ambiente que te originó la herida, por lo que es la hora de dejar ir y avanzar.

Aceptar nuestras heridas resulta muy beneficioso cuando es con el fin de adquirir el aprendizaje que necesitábamos. Si no lo haces, generarás numerosos problemas a largo plazo, tales como depresión, ansiedad e inseguridades.

2. Aceptar que te haces daño sucumbiendo al temor o al reproche

Si focalizamos nuestra atención en el dolor y en la búsqueda de un culpable o un responsable estaremos perdiendo energía, la cual es muy necesaria para sanar nuestra herida. Intenta perdonarte y perdonar a los demás, pues es la única manera de que consigas pasar página y abrir tu corazón.

Debes entender que la voluntad y la decisión de sobreponernos a nuestras heridas es el primer paso hacia la autocomprensión y el autocuidado. No sólo desarrollarás estas cualidades para ti, sino también hacia los demás, lo cual redundará en un mayor bienestar emocional.

No puedes pretender que los demás cumplan tus expectativas y te saquen del pozo cada vez que te hundes; no es justo cargar a alguien con esa responsabilidad que solo nos corresponde a nosotros mismos. De hecho, son este tipo de comportamientos los que llevan a anular gran parte de nuestras relaciones y de nuestra vida, lo que genera a su vez gran malestar emocional.

3. Date permiso para enfadarte con las personas que alimentaron tu herida

Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará culpar y sentir enfado hacia quien nos perjudicó. Date permiso para enfadarte con ellos y perdónate.

Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás reprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento, dos sentimientos extremadamente perjudiciales para nuestra salud.

Vivir imponiéndonos trampas emocionales es castigarnos y abocarnos a una vida llena de dolor y de insatisfacción. Además, de nuevo, esto ocasionará que enmascares tu verdadero Yo interno y que no seas capaz de abrir tu corazón.

4. Tras la aceptación y el perdón viene la transformación

Absolutamente todas nuestras experiencias nos enseñan algo. Es probable que te cueste aceptarlo, pues nuestro ego es especialista en crear esa barrera de protección que oculta nuestros problemas.

Lo cierto es que nuestro ego suele complicarnos la vida; sin embargo, son nuestros pensamientos y nuestros comportamientos los que la simplifican. Todo cambio requiere de un gran esfuerzo, pero es necesario mirar de frente y afrontar que no estamos siendo nosotros mismos y que algo debe cambiar.

5. Observa el mundo con y sin herida

Date tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años. Estaba ahí y, aun sin saber cómo, dirigía cada uno de tus movimientos. Deshazte de tus máscaras, no te juzgues, no te critiques y pon todo de ti a la hora de intentar sanar tu herida de manera profunda.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses o años. Lo ideal es que seas capaz de decirte a ti mismo «Vale, me he colocado esta máscara y la razón ha sido esta. Es hora de quitármela». Entonces sabrás que estás en el camino correcto y que, en el resto del viaje, tu guía será la inercia que te permita sentirte bien sin ocultarte.

6. Apóyate en tu círculo social

Es probable que pienses que tú puedes con todo y que ya has salido de peores pozos. Sin embargo, no hay motivos por los cuales debas renunciar al consuelo de un corazón que te escuche pacientemente.

Es evidente que el apoyo que los demás nos brindan puede ser crucial a la hora de superar múltiples obstáculos. No renuncies a los abrazos y al mundo, ellos también forman parte de ti y juntos pueden reconstruir un nuevo hogar en el cual vivir sin sufrimiento.


Alejandra Plaza | AlejandraPlaza.Com

Expresar versus reprimir las emociones

Contexto cultural donde operan las emociones

El pensamiento de los últimos siglos ha insistido en el uso de la razón por sobre encima de las emociones. Culturalmente nos hemos educado a guiarnos «racionalmente», bajo la premisa «pienso, luego existo», restando importancia a la emoción y su expresión.

El ambiente cultural y social actual apunta a la no expresión emocional, sobre todo aquellas emociones que social y culturalmente han sido etiquetadas – estigmatizadas – como negativas, tales como la rabia, la tristeza, el dolor, o el miedo. Estas emociones han sido catalogadas como una debilidad más que un potencial, en consecuencia hay la tendencia a negarlas, reprimirlas, camuflarlas o apaciguarlas. En este contexto es común escuchar expresiones tales como: «Si te ven triste o llorando van a pensar que eres débil», «deja el enojo: van a pensar que eres un amargado (a)», «no te rías tan fuerte: te ves tan vulgar cuando lo haces», «contrólate, no llores…» «los hombres no lloran», etc.

De modo que las personas tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados, lo cual puede implicar reprimir o negar determinadas emociones. Como dice Maickel Malamed: «Parte del manejo emocional tiene que ver con moldes… el hombre piensa, la mujer siente, los hombres no lloran, la tristeza es mala, el miedo es de cobardes… se pierde la emoción en una cuestión moral y la moralidad está en la acción, no en el sentimiento». Pero nos engañamos al pretender meter las emociones en un molde, y etiquetarlas como buenas o malas, positivas o negativas. Las emociones son, simplemente, expresiones naturales de nosotros mismos que expresan una realidad interna, una necesidad.

Las emociones son un componente fijo de nuestro programa de comportamiento

Como seres humanos no podemos suspender, desconectar o eliminar las emociones de nuestro repertorio de experiencias y  comportamientos. Las emociones no son simplemente una opción dentro de un menú del que podemos escoger alguna de las opciones sugeridas. Por el contrario, representan un componente fijo de nuestro programa de comportamiento. Las emociones son reacciones instintivas – impulsos o disposiciones – para actuar, ante situaciones y circunstancias diversas.

Las emociones nos brindan la dirección que requerimos para actuar en cada situación, al facilitar la toma de conciencia de lo que nuestro organismo está experimentando, al ser éstas expresión fiel de lo que está aconteciendo en nuestra vida interior. En este sentido, las emociones nos dan una referencia acertada de lo que nos sucede en un momento determinado, y la energía adecuada para actuar en cada situación.

Cada una de las emociones son signos que nos ayudan a prepararnos para responder a diferentes situaciones. Así por ejemplo la rabia nos informa que alguien ha traspasado nuestros límites, el dolor nos dice que ha aparecido una herida, el miedo nos comunica nuestra necesidad de seguridad, el placer nos ayuda a tomar conciencia de que nuestras necesidades están satisfechas, la tristeza nos susurra del valor de lo perdido, la frustración nos expresa que tenemos necesidades no atendidas – objetivos no alcanzados -, la impotencia nos habla de la falta de potencial para el cambio, la confusión nos expresa que estamos procesando información contradictoria. Cada emoción tiene su propio mensaje e intensidad.

1. El control: Una estrategia neurótica de gestionar las emociones

Una de las estrategias – estériles e inefectivas – que más utilizamos para lidiar con las emociones con las cuales nos sentimos incómodos, tales como la ira, el miedo, la impotencia, la frustración, la inseguridad, entre otras, es el control. Al respecto comenta Norberto Levy: «Al sentir una emoción que nos disgusta, como el miedo o enfado, queremos controlarla para que desaparezca. Pero así sólo se intensifica. El camino es ayudarla a madurar».

Hay muchas maneras de controlar las emociones. Podemos racionalizarlas, reprimirlas, negarlas o simplemente tratar de desconectarlas, en el caso de que nos resulten demasiado amenazantes. Pero el resultado de este «esfuerzo disciplinado» por controlar las emociones, es la insanidad emocional, la pérdida del contacto con el sí mismo, la inautenticidad, la desintegración del alma.

La represión emocional daña nuestra salud psicológica y física

Negar o reprimir «emociones indeseadas» como el miedo, la tristeza o la rabia, no hará que desaparezcan, por más «disciplina y control» que utilicemos. Seguirán presente en nuestras vidas, pero expresándose de otras formas, como rigidez corporal, insomnio, adicciones, falta de espontaneidad, irrupción descontrolada de los rasgos y sentimientos controlados, compulsividad en algunas de nuestras acciones, degradación funcional de la secuencia vital de nuestra comunicación (percepción – sentimiento – expresión).

La emoción es energía que genera nuestro organismo y que por su naturaleza busca expresarse. Ahora la energía, por principio físico, no se destruye sino que se transforma. Así sucede con la emoción cuando la reprimimos evitando que se exprese mediante el llanto, las palabras, la risa, etc…, se transforma en enfermedades como gastritis, problemas digestivos, problemas cardiovasculares, cáncer, entre otras enfermedades; o en insanidad psicológica, como culpa, depresión, ansiedad, etc. Resulta, pues, un esfuerzo inútil tratar de «enterrar las emociones». Como lo expresa Don Colbert: «Las emociones no mueren. Las enterramos, pero enterramos algo que todavía está vivo». Agrega Deb Shapiro: «Toda emoción reprimida, negada o ignorada queda encerrada en el cuerpo».

Cuando reprimimos las emociones negándoles su expresión, el efecto de expresión y movimiento que es inhibido, se encauza hacia adentro. Así por ejemplo, cuando reprimimos la rabia o el miedo, la tensión muscular que debería experimentarse en los músculos orientados hacia el exterior, que intervienen en la respuesta típica de huida o ataque, se direcciona hacia adentro, transfiriendo esa carga a los músculos internos y vísceras. En el largo plazo esa tensión que acompaña a las emociones y que fue inhibida, termina expresándose a través de otras formas como contracciones y rigidez muscular, dolores del cuello y espalda, enfermedades gástricas, dolores de cabeza, entre otros.

Las emociones que no expresas, enfrentas y resuelves, terminan por manifestarse en alguna parte del cuerpo.

Está también el debatido enfoque de las enfermedades psicosomáticas, según el cual los trastornos físicos psicogénicos se desarrollan a causa de sentimientos reprimidos.

Cuanto más fuerte es la represión de una emoción, más fuerte es la explosión emocional

Controlar las emociones es una experiencia ilusoria, con logros muy engañosos. Detrás de la fachada de control que la persona arma, se mantiene un equilibrio muy precario. A pesar de los recursos estereotipados que la persona aprende: modulación de voz, posturas corporales, mirada artificial, gestos faciales encubridores, el controlador sólo logra una transformación transitoria de su conducta externa, pues tarde o temprano las emociones reprimidas emergen redimidas por las necesidades que claman por salir.

En cada una de las expresiones estereotipadas de «serenidad, aplomo y ecuanimidad», aparecerá también su precariedad expresada en rigidez, compulsividad y mal humor, hasta que «el controlado» irrumpe descontroladamente, ante situaciones imprevistas o de retos.

Por otra parte, cuanto más fuerte sea la represión de la emoción, más potente y explosiva será la expresión y liberación de esa emoción en algún momento de la vida. A la larga las emociones reprimidas terminan teniendo una expresión que va más allá de la respuesta normal. Dice Don Colbert: «Las emociones que quedan atrapadas dentro de la persona buscan resolución y expresión. Esto forma parte de la naturaleza de las emociones, porque deben sentirse y expresarse. Si nos negamos a dejar que salgan a la luz, las emociones se esforzarán por lograrlo. La mente inconsciente tiene que trabajar más y más para poder mantenerlas bajo el velo que las esconde».

Las emociones que mantenemos reprimidas terminan por escaparse de la mente inconsciente.

2. La expresión: Una estrategia ecológica de gestión de las emociones

La clave para lograr efectividad en el manejo y gestión de las emociones no es negarlas o controlarlas, sino permitir que fluyan, lo cual no quiere decir que si, por ejemplo, estás enojado (a) con tu cónyuge, des rienda suelta a tu enojo y le lastimes, o traspases sus límites y derechos, sino más bien dejar que tu emoción te informe que está pasando contigo, para luego decidir cómo atenderla de la manera más segura y productiva. La idea implícita es la del «judo emocional», lo cual consiste en ver la emoción como una fuerza que busca expresar una necesidad del organismo y tratar de absorber la energía o fuerza (fluir con lo que está sintiendo – adquirir plena conciencia) y ayudarla (no bloquearla, controlarla) para que complete su movimiento, utilizando su fuerza para que continúe su camino, en vez de bloquearla, causando que nos tumbe o agobie. Por otra parte, liberar la energía que generalmente usamos para reprimir las emociones producirá un enorme flujo de vitalidad que se manifestará en forma de relajamiento, creatividad, satisfacción y poder personal.

Hay tres metáforas que pueden servir para ilustrar el manejo de las emociones. Una es comparar la emoción con un pozo de agua contenida, represada, sin movimiento, lo cual equivale a controlar / reprimir las emociones. ¿Qué pasa con el agua en tales condiciones? Naturalmente se pudre, pierde vitalidad. La segunda metáfora es la de un tsunami, cuya violencia de agua, arrasa con todo a su paso, causando muerte y devastación, lo cual equivale a dar rienda suelta a nuestras emociones sin medir consecuencias, de tal forma que nos convertimos en sirvientes de nuestras emociones, lastimando a otros y a nosotros mismos y saturándonos de conflictos interpersonales. La tercera metáfora es la de una represa hidroeléctrica, que permite que el agua fluya, pero a la vez sea canalizada para fines productivos. Esta es la imagen que quiero dejar fresca al hablar de judo emocional.


Arnoldo Arana | formagestalt.blogspot.com

3 Verdades que te ayudarán a dominar tu ira

Era uno de los días más fríos del invierno acá en Cincinnati en el 2010. La temperatura estaba cerca de los 15 grados centígrados bajo cero. Yo iba manejando a mi trabajo cuando un vehículo lentamente comienza a moverse de canal y golpea mi carro fuertemente en la parte lateral derecha.

Inmediatamente me llené de ira. En mi mente pensé ¿Qué clase de imbécil se va a cambiar de canal de esa manera? La rabia me corría por las venas.

Finalmente nos detenemos en el hombrillo y veo que del vehículo que me chocó sale una muchacha de aproximadamente 16 años con una bebé recién nacida. Extremadamente apenada me dice que su carro no tenía calefacción y su hija estaba llorando del frío. Ella por un segundo trató de ponerle una manta a su bebé cuando se descuidó y me chocó.

Inmediatamente mi ira disminuyó y se transformó en compasión. Independientemente que ella fuera la culpable del accidente pude comprender su situación y ponerme en sus zapatos.

Esta situación me hizo reflexionar sobre la ira y entender lo que resumo hoy en 3 verdades que al comprenderlas, nos ayudaría a manejar la ira:

1. Cuando otra persona hace algo que te causa ira, existe una posibilidad (así sea muy pequeña) de que si supieras su historia, tendrías compasión.

Imagínate una situación similar a la historia de arriba, pero la persona luego de chocarte se va a alta velocidad y la pierdes de vista. Una situación que lógicamente te llenaría de ira.

Ahora imagina que esa persona estaba a máxima velocidad porque le acababan de informar que su padre había sufrido de un infarto y estaba en terapia intensiva.

Tu percepción cambiaría un poco ¿verdad?

La verdad es que nunca sabrás la historia real, puede ser un abusador irresponsable que te chocó y se dio a la fuga… pero también puede ser una persona desesperada por tratar de ver a su padre por última vez.

Como no vas a saber la historia, al final va a ser tu decisión que historia decides creer. La del abusador te llenará de ira, la otra te llenará de compasión.

La primera verdad es que tú mismo puedes decidir creer la historia que le da a otros la «inocencia hasta que se demuestre culpabilidad» y de esa manera, dominar tu ira.

2. Si hubieras tenido el mismo pasado (padres, educación, experiencias, etc.) que los que te causaron ira… probablemente actuarías exactamente igual.

Yo creo que esta verdad es la base de la humildad, y en consecuencia, te ayuda enormemente a dominar tu ira.

Nosotros somos el producto de nuestras experiencias y muchos hemos sido bendecidos con maravillosos padres, una buena educación, valores, etc.

No todo el mundo ha tenido la misma bendición. Entender eso es clave.

3. Toda la ira no es mala, el problema es que vivimos en un mundo donde tenemos ira por las cosas que no importan.

El poder de la ira ha traído maravillosos beneficios a este mundo… sólo que la ira por las cosas correctas. No me refiero a la ira que sentimos cuando estamos en el tráfico, o cuando la línea en el supermercado se tarda, o cuando nos molestamos porque el nuevo IPhone 5 se retrasa 8 semanas.

Me refiero a cosas como injusticia, pobreza, me refiero cuando te enteras sobre el tráfico sexual de niños, o los padres, entrenadores o líderes religiosos que violaron a niños. Cuando destruyen toda una selva para extraer oro o cuando asesinan a un joven por robarle un par de zapatos.

Ese tipo de situaciones si ameritan tener ira… y en estos casos, necesitamos canalizarla haciendo algo por acabar con esa injusticia o sufrimiento.

Recuerdo un amigo contarme la historia de cómo una mujer perdió la compostura y le gritó a un mesonero porque su comida se había tardado más de lo que ella consideraba aceptable… mientras al mismo tiempo, esa noche, millones se acostaban sin comer.

Vivimos en un mundo donde las personas tienen ira por las cosas que No importan mientras no tienen ira por las cosas que Sí importan.

A veces las personas se molestan fácilmente simplemente porque no son parte de una causa mayor, una causa que trabaja por mejorar el mundo, por acabar con la injustica, por sanar al enfermo.

La tercera verdad esta: Si desarrollas ira por las cosas que Sí importan y decides hacer algo por ello, te darás cuenta que vas a sentirte liberado(a) de la ira por las cosas que No importan.


Víctor Hugo Manzanilla | LiderazgoHoy.Com

El lenguaje de las emociones

La vida emocional repercute en el sistema inmunológico. Estar sanos depende, en gran parte, de tener un espíritu optimista aprendiendo a conocer nuestras emociones interoceptivas y su expresión exteroceptiva.

Las emociones constituyen una de las facetas del ser humano más desconcertantes.

Conocer qué son y cómo funcionan es el primer paso para alcanzar el autocontrol.

Hay centenares de emociones, pero podemos clasificar como las más primarias y principales la ira, la tristeza, la alegría, el miedo, el amor, la sorpresa, la aversión y la vergüenza que son las que se gestan en las primeras etapas del crecimiento y desarrollo del cerebro.

Cada una de ellas se experimenta con múltiples matices y además en ocasiones se combinan varias para crear nuevas modalidades.

Toda emoción supone reacciones físicas encadenadas que, si bien en un primer momento son normales y hasta necesarias, cuando se prolongan o tienen lugar de forma desproporcionada aumentan los niveles de toxicidad de nuestras células, pudiendo llegar a desencadenar enfermedades orgánicas.

Cada emoción predispone al cuerpo a un tipo de respuesta

• La ira: aumenta el flujo sanguíneo hacia las manos, el ritmo cardíaco y los niveles de aquellas hormonas que, como la adrenalina, generan la cantidad de energía necesaria para emprender acciones vigorosas.

• La tristeza: tiene la finalidad de ayudarnos a asimilar una pérdida. Conlleva la disminución de la energía y el entusiasmo con el que acometemos habitualmente las actividades vitales y sociales, y un encierro que nos permite llorar la pérdida, evaluar sus consecuencias y planificar cómo actuaremos cuando retome la energía. Muchas veces también queda asociada a la baja tolerancia a la frustración.

• La alegría: aumenta la actividad del centro cerebral encargado de inhibir los sentimientos negativos. Al crecer el caudal de energía disponible, el organismo experimenta entusiasmo para emprender cualquier tarea.

• El miedo: hace que se retire la sangre del rostro y de otras zonas del cuerpo para llevarla hasta la musculatura de las piernas. De esta forma contamos con el aporte de oxígeno necesario para emprender una posible huida. Al mismo tiempo, el cuerpo se paraliza durante fracciones de segundos y el cuerpo pensante la emplea para calibrar la respuesta más adecuada, por ejemplo, esconderse, huir. Las conexiones nerviosas de los centros emocionales del cerebro desencadenan una respuesta hormonal que pone al organismo en estado de alerta general.

El miedo hace que aumente también el ritmo cardíaco y la presión arterial. El amor, la ternura y la satisfacción sexual: activan el sistema nervioso parasimpático, que es el opuesto fisiológico de las respuestas «huida» o «lucha», propias del miedo o la ira. La reacción parasimpática está ligada a la respuesta de relajación. Conlleva un estado de calma y satisfacción que favorece la convivencia y el «comprender al otro» en la doble acepción de la palabra, comprender, incluir y comprender es decir entender.

• La sorpresa: Al producirse un arqueo de las cejas aumenta el campo visual, se favorece la entrada de luz en la retina por lo que se obtiene información adicional sobre el acontecimiento inesperado y permite poder incluirlo en nuestro horizonte de experiencias.

• La aversión: Naturalmente se produce una expresión facial que es universal: puede ser ladeo del labio superior, fruncimiento de la nariz, arqueamiento de la frente. Son gestos básicos que inconscientemente son necesarios y ayudan a expulsar por la boca algo de sabor desagradable que se produce interoceptivamente y/o evitar el olor molesto que se percibe desde el olfato. Estos gestos son de utilización metafórica y sirven para expresar desaprobación. La aversión no tiene «filtro» ni barrera de represión, es una sensación totalmente interoceptiva que queda como huella némica desde el momento de nacimiento y primeras experiencias.

Cuestión de Química

Las respuestas físicas mencionadas se producen cuando, a través de los sentidos, llegan al cerebro determinados estímulos. En ese momento empiezan a producirse toda clase de reacciones químicas que a través de los neurotransmisores – algo así como nuestros cables internos, «cable a tierra»- estimulan otros centros que, a su vez, segregan sustancias con funciones concretas para salir de la situación.

Así, por ejemplo, la oscuridad estimula la secreción de una hormona llamada melatonina, que es la que induce al sueño.

Todas las predisposiciones biológicas a «las acciones» son modeladas posteriormente por nuestras experiencias vitales.

Muchas veces el entorno modela las respuestas emocionales al punto, de poder adquirir hábitos que pueden luego llegar a considerarse rasgos de personalidad.

Así, el único patrón que se ha conocido en la infancia, por ejemplo, malos tratos, seguramente le hará ser violento y repetir ese patrón conocido.

La mente racional invierte más tiempo que la emocional en responder a un estímulo.

El primer impulso ante cualquier situación procede del área cardiaca.

Existe también un segundo tipo de reacción emocional, más lenta, que se origina en los pensamientos.

Esta forma de activar las emociones es deliberada: si alguien te insulta y te llenaste de ira, cada vez que lo recuerdas, reproducirás la misma reacción emocional.

Origen Orgánico

En la parte superior de la médula espinal se encuentra el tallo encefálico, la región más primitiva del cerebro, regulador de las funciones vitales básicas – respiración, metabolismo de los órganos, etc.

De este cerebro primitivo emergieron después los centros emocionales y, millones de años más tarde, el cerebro pensante.

Nuestras primeras emociones vitales fueron producidas por los olores.

Al principio, el centro olfativo estaba compuesto sólo por dos grupos celulares: uno registraba cualquier aroma y lo clasificaba – comestible, tóxico, sexualmente disponible – y el otro, enviaba respuestas reflejas a través del sistema nervioso, ordenando en nuestro cuerpo las acciones a llevar a cabo- comer, vomitar, etc.

Luego, el cerebro evolucionó y se conformaron nuevos grupos de células, hasta constituirse el sistema límbico. Ahí sé dónde se registran las emociones.

Cuando se atrapa la rabia o el miedo, se está bajo la influencia del sistema límbico. En él se encuentran el tálamo, encargado de enviar a la parte pensante del cerebro la información que recibe de los sentidos; el hipotálamo, que regula los impulsos sexuales y otros estados anímicos; el hipocampo, relacionado con el aprendizaje y la memoria; y la amígdala, que controla el miedo.

Cuando el sistema límbico se conformó, el hombre dejó de responder sólo de forma refleja a los estímulos; seguía decidiendo si comer o no un alimento en base a su olor, pero reconociendo los aromas y discriminando más conscientemente los buenos de los malos.

Este trabajo era y es realizado por el cerebro nasal, una parte del circuito límbico que constituye la base rudimentaria del cerebro pensante o neocórtex.

Con el paso de millones de años más, el neocórtex – el intelecto – siguió desarrollándose. Esta parte del cerebro nos permite experimentar sentimientos – además de coordinar nuestros movimientos- y reflexionar sobre ellos. A él debemos la supervivencia de nuestra especie y que se pusiera en marcha nuestra vida emocional: así, además de experimentar placer con el apareamiento, se crearon vínculos afectivos.

Al ir aumentando con el paso del tiempo, la masa de neocórtex, ha ido creciendo el número de conexiones neuronales con el sistema límbico, lo que incrementa la cantidad de respuestas emocionales.

De la misma manera que existe una estrecha relación entre las emociones y nuestros centros nerviosos, la vida emocional tiene repercusiones en el sistema inmunológico.

El Sistema Inmunológico, como guardián del buen estado del cuerpo, identifica cada célula del organismo y decide lo que le es propio para protegerlo y lo que le es extraño.

De ahí el rechazo que a veces se produce ante determinados trasplantes orgánicos.

Cuando experimentamos emociones negativas, nuestro aparato inmunológico ve disminuida su eficacia.

Las personas «alegres» tienen una mayor capacidad de respuesta a las agresiones tanto internas como externas.

Cómo controlarlas

La parte más evolucionada del cerebro, el neocórtex, es la que ha de utilizarse para conseguir el control de las emociones.

Con inteligencia racional, debemos ordenar a nuestro cerebro que razone las causas de un arrebato de ira o un ataque de timidez, y luego ordenar a que la emoción se calme.

Para conseguirlo, podemos respirar de forma abdominal que son tres tiempos, se llena profundamente primero el abdomen, luego el aire pasa a los pulmones hasta exhalar por la boca. Se inhala y exhala en esos tres tiempos. Se expulsa el aire, desde el abdomen, los pulmones, la boca.

Si no encontramos razones para los arrebatos se debe dar la orden al cerebro de no perder el control.

Aplicando la capacidad de razonar al terreno emotivo, se reeducará lo que llamamos «inteligencia emocional».

Las emociones sólo se manifestarán cuando la situación lo justifica. Siempre están, sólo su manifestación es selectiva.

Con paciencia se consigue controlar las emociones, tanto las innatas como las adquiridas y se equilibra así cuerpo, corazón y mente.


Mayte Suárez Santos | Artículo ampliado por la Lic. Graciela E. Prepelitchi

Hábitos de limpieza emocional

Sería beneficioso para nuestras vidas hacer limpieza emocional, soltar lastre de emociones y actitudes que nos hacen mal. ¿Cómo hacer limpieza emocional y quedarnos con los pensamientos y emociones que nos ayudan en el día a día? Instrucciones claras sobre cómo conseguirlo.

Al igual que tienes el buen hábito de tomar un baño cada día, también sería bueno hacer limpieza emocional, soltar las toxinas de aquellas emociones que no son saludables para ti y que traen grandes complicaciones.

Cada vez que piensas en lo mismo, sientes lo mismo; es neuroquímico: en tu biología se refleja la forma en la que has llevado tu vida.  Tu rostro no evidencia el paso del tiempo, sino por el contrario, lo que no ha pasado y no logras soltar: No son los años los que nos traen arrugas, sino las emociones con las que hemos vivido estos años.

Por supuesto que por ley de la biología nuestro cuerpo envejece, pero eso es algo que ya experimentamos desde que nacemos; sin embargo, si siempre has vivido con resentimiento, enojo, ira, pensamientos obsesivo recurrentes, fastidiada de todo y de todos… ¿Qué aspecto crees que tendrás? Imagina, es cómo cargar durante muchos años una maleta muy pesada, llegarás a la noche con el cansancio incrustado en el rostro.

Los hábitos de limpieza emocional comienzan por conocerte y dedicarte tiempo para resolver tus pendientes personales, las relaciones inconclusas y ponerte a dieta de chatarra emocional.

Instrucciones para conseguir hacer limpieza emocional:

  1. Escoge un pensamiento negativo que se te venga muchas veces a la cabeza. Escríbelo en un papel. Ahora escribe el sentimiento que esa emoción te produce. Ya tienes la pareja explosiva perfecta: El pensamiento que te limita, y el sentimiento nefasto.
  2. Ahora observa las decisiones que has tomado bajo la influencia de esa pareja. Intenta pensar en tres, ¿te satisfacen? Seguramente la respuesta sea No.
  3. Ahora piensa, ¿cómo podrías cambiar tu forma de pensar, para dejar de lado ese pensamiento negativo? Intenta rediseñar tu forma de pensar. ¿Qué sentimiento te ayudaría a ver las cosas de un modo mejor?
  4. Ahora fantasea acerca de las decisiones que podrías tomar si pensaras así, ¿tendría un efecto positivo en ti? Seguramente sí.
  5. Durante el tiempo que desees. Uno, dos o tres días, trabaja sólo con ese pensamiento, y cuando vuelva como siempre, cámbialo por el nuevo pensamiento, hasta que el nuevo pensamiento se vuelva rutina.
  6. Ya habrás quitado esa mancha emocional y ahora esa pared interior ya tiene escrita una nueva versión al respecto, que abre posibilidades para tu vida y genera emociones de una frecuencia vibratoria mayor.

Cuando hayas trabajado con ese pensamiento, puedes ir por otro. Y así hasta limpiarte por completo.


Tristeza, amargura y resentimiento

¿Quién no ha sentido en algún momento de su vida tristeza, amargura o resentimiento?

Nadie escapa a estos sentimientos y el sentirlos de vez en cuando es normal, es parte de nuestra naturaleza humana. Llorar es bastante sano cuando se trata de un acontecimiento eventual, el llanto es parte de la liberación.

¿Pero qué pasa cuando estas emociones quedan alojadas en nuestro corazón de manera permanente?, cuando el dolor, la amargura y la tristeza representan nuestra propia personalidad.

Hoy en día los males provenientes del corazón son muy comunes, los rompimientos familiares, la frustración, la represión, el fracaso y lo que llamaríamos «el cansancio de vida» se apodera de nosotros cuando vemos que a pesar de nuestro esfuerzo, las cosas «nunca funcionan», «todo nos sale mal» porque «la vida ha sido muy injusta con nosotros».

Es entonces cuando el resentimiento, la autocompasión y la tristeza pueden quedar instalados en nuestro corazón de manera permanente.

Esta actitud hace que todo en la vida lo veamos a través de un «cristal empañado», es decir, nuestra perspectiva de vida se torna gris, ya no vemos la belleza de la vida, los buenos momentos se vuelven indiferentes ante nosotros, dejamos ir oportunidades y empezamos a crear una realidad falsa al creer que «nadie nos quiere» o «todos quieren hacerme daño», nuestra visión actúa y distorsiona todo desde nuestro cristal empañado.

El guardar por mucho tiempo esta actitud o este sentimiento, además de prolongar nuestro sufrimiento, nos trae como consecuencia enfermedades derivadas de «un corazón triste»:

  • Enfermedades respiratorias (gripas, asma, tos, sinusitis, etc.)
  • Enfermedades del corazón (Angina de pecho, infarto, etc.)
  • Enfermedades del sistema circulatorio (mala circulación, várices, colesterol, etc.)

Ningún medicamento, dieta o ejercicio pueden evitar o curar dichas enfermedades si no nos conectamos con la alegría de vivir, con el amor a la vida. La alegría es la única medicina para un corazón que revive constantemente en su presente las heridas del pasado.

Sin la alegría, nuestra vida se frena, nuestros pasos se alentan, ya no queremos saber nada, estamos deprimidos y con un constante dolor de piernas, nos pesan tanto como para poder dar un paso más.

Sufrimos también a causa de nuestra soledad por tener nuestro corazón cerrado al amor, no sabemos darlo, mucho menos recibirlo… al mismo tiempo nos duelen los hombros y la espalda.

Seguimos sufriendo, porque las pastillas no son suficientes para un corazón que frena el amor, que lo tiene por esencia, pero no lo deja salir… se ahoga, se asfixia… hasta morir.


Anónimo