Dar

Hay algunos que dan poco de lo mucho que tienen y lo dan para que se les reconozca; este deseo oculto hace que sus regalos no promuevan el bienestar.

Y hay aquellos que tienen poco y lo dan todo.

Éstos son los que creen en la vida y en la generosidad de la vida; su cofre nunca estará vacío.

Hay aquellos que dan con alegría, y esa alegría es su premio.

Y hay aquellos que dan con dolor, y ese dolor es su bautismo.

Y hay aquellos que dan y no conocen el dolor al dar, ni buscan alegría, ni lo dan pensando en la virtud; ellos dan tal como, en el valle distante. el mirto respira su fragancia en el espacio.

Por medio de las manos de personas como éstas, Dios habla y, detrás de sus ojos, Él sonríe hacia la tierra.


Gibrán Jalil Gibrán

Los que ven el árbol

Pobres son los que sólo ven el árbol cuando tiene manzanas. La verdad necesita pocas cosas y pocas palabras, como el amor. Para los corazones pequeños todas las penas son grandes. Nada como verse hermoso en el espejo de la conciencia. La curiosidad encuentra más cosas que la costumbre. En la tranquilidad que continúa. A la oración comienza la respuesta de Dios.

La conciencia es la presencia de Dios en cada hombre, por eso es desdichado el que no la escucha. Cuando el corazón llora sobre lo perdido, el espíritu ríe sobre lo encontrado. El sufrimiento nos hace piadosos, valientes y humildes, entonces es un maestro, no un castigo. Dios no abandona a sus hijos, te puede faltar el marido de tu madre, pero tu Padre jamás, por eso es una infamia decir que hay huérfanos.

No hay nada más espléndido que ser un hombre verdadero ni ciencia más importante que saber vivir. No hay que ser pobre para alegrar a Dios porque Él no tiene problemas sociales, por eso el sol y la lluvia son para todos.

Dios te quiere feliz, y para ser feliz hay que hacer lo que uno ama, y el amor te acerca a todo porque el amor es valiente (el amor es la antítesis del miedo). Para vivir mejor hay que ser mejor, nadie puede hacerlo por ti (si cada uno cuidara su árbol, el bosque sería maravilloso).

El maestro baja al discípulo cuando el discípulo está preparado para recibir al maestro. El que no está dispuesto a perderlo todo, no está preparado para ganar nada. La vida es abundancia porque Dios es abundancia, entonces la pobreza no es una virtud, salvo que favorezca tu libertad.

Goza las cosas, pero no te encadenes a ellas porque cuando llegue la hora de la mudanza que algunos llaman muerte, el campesino tendrá que dejar el arado, el carpintero el martillo, el soldado el fusil, entonces ¿para qué preocuparse por las cosas que tendremos que dejar aquí?

No escuches el mal, no digas el mal y no harás el mal. El bien se alimenta de sí mismo y el mal se destruye a sí mismo (el tumor te mata, pero muere contigo). Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que construyen la vida.

Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno, serían buenos, aunque sea por negocio. El día del Juicio Final, el Señor no nos juzgará uno por uno sino el promedio, entonces estamos salvados porque la mayoría es buena gente.


Facundo Cabral

La estrella verde de la esperanza

la estrella verde de la esperanza

Existían millones de estrellas en el cielo. Estrellas de todos los colores: blancas, plateadas, verdes, doradas, rojas y azules.

Un día inquietas, ellas se acercaron a Dios y le dijeron:

– Señor Dios, nos gustaría vivir en la Tierra, entre los hombres.

– Así será hecho – respondió el Señor -. Las conservaré a todas ustedes pequeñitas, como son vistas, para que puedan bajar a la tierra.

Se cuenta que, en aquella noche, hubo una linda lluvia de estrellas. Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras fueron a jugar y a correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron con los juguetes de los niños y la Tierra quedó maravillosamente iluminada.

Pero con el pasar del tiempo, las estrellas resolvieron abandonar a los hombres y volver para el cielo, dejando la tierra oscura y triste.

– ¿Por qué volvieron? – preguntó Dios -, a medida que ellas iban llegando al cielo.

– Señor, no nos fue posible permanecer en la Tierra. Allá existe mucha miseria y violencia, mucha maldad, mucha injusticia…

Y el Señor les dijo:

– ¡Claro! El lugar de ustedes es aquí en el cielo. La Tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que pasa, de aquel que cae, de aquel que yerra, de aquel que muere, nada es perfecto. El cielo es el lugar de la perfección, de lo inmutable, de lo eterno, donde nada perece.

Después que llegaron todas las estrellas y verificando su número, Dios habló de nuevo:

– Nos está faltando una Estrella. ¿Será que se perdió en el camino?

Un ángel que estaba cerca replicó:

– No Señor, una estrella resolvió quedarse entre los hombres. Ella descubrió que su lugar es exactamente donde existe la imperfección, donde hay límite, donde las cosas no van bien, donde hay lucha y dolor.

– Mas, ¿qué estrella es esa? – volvió a preguntar Dios.

– Es la Esperanza Señor. La Estrella Verde. La única estrella de ese color.

Y cuando miraron para la Tierra, la estrella no estaba sola. La Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en el corazón de cada persona. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y Dios no necesita retener es la Esperanza.

Dios ya conoce el futuro y la Esperanza es propio de la persona humana, propia de aquel que yerra, de aquel que no es perfecto, de aquel que no sabe cómo puede conocer el porvenir.


Anónimo

 

Amor de pareja

Mucho se ha escrito en la literatura sobre el amor en la pareja, al igual que lo que se ha producido en televisión y cine sobre el amor de pareja. En general mucho de lo que se ha escrito y producido en los últimos años está muy influenciado por la cultura al estilo Hollywood. Esta cultura define el amor basada en lo atractivo de la personalidad, en las características externas: atractivo físico, carisma e imagen. Esta cultura está preñada de definiciones superficiales, y fomenta un amor sentimentaloide y basado en un romanticismo cursi, reduciendo el amor a un simple sentimiento. Pero el amor es más que un sentimiento.

Con frecuencia he dialogado con matrimonios y me ha sido doloroso escuchar de ellos frases tales como: «el problema es que ya no nos amamos». Me pregunto, y pregunto a estas parejas: ¿cómo es ya no se aman? Si su definición del amor está basada en las características de la personalidad (imagen, apariencia física) o el beneficio que se puede esperar de la relación, o en la emoción que sienten en un momento determinado (alegría o placer vs. decepción o dolor) es fácil llegar a esa conclusión.

Aquí es donde muchos matrimonios se equivocan seriamente. Muchos matrimonios viven con una definición del amor centrada en «lo que el otro me aporta o hace por mí», desarrollando un amor condicional al que yo llamo amor sí. Este tipo de amor antepone siempre el condicional SI. «Si me amas te amo»; «si tratas de agradarme, yo haré lo mismo». Este tipo de amor nunca da nada sin recibir algo primero; siempre busca la «reciprocidad». Es un amor utilitario, además de egoísta, posesivo y egocéntrico. Busca, en palabras de Erich Fromm «lograr un intercambio mutuamente favorable».

Otros matrimonios basan su amor en los méritos o cualidades (generalmente rasgos externos de la personalidad). Yo llamo a este tipo de amor, amor porque. Este tipo de amor es menos egoísta, pero sigue siéndolo. Es un amor interesado. «Te amo porque eres atractivo(a)»; «te amo porque eres rico(a)»; «te amo porque tienes una profesión y eres inteligente». Este tipo de amor ama por lo que la persona es o tiene en un momento determinado; pero ¿qué pasa cuando no hay riqueza o se acaba la juventud o la belleza física?, entonces ya no se es capaz de amar. Este tipo de amor al igual que el amor sí tiende a ser temporal.

Prefiero definir el amor más bien según la definición bíblica. Cuando la Biblia usa la palabra amor para referirse al amor con que se necesitan amar la pareja, usan la palabra ágape (ver ejemplo en Efesios 5), que se usa para definir el amor incondicional de Dios. Esta palabra define el amor en términos espirituales – sin excluir el amor romántico en el caso del hombre y la mujer – como un amor altruista, sacrificial, abnegado, que busca dar más que recibir. En este caso podemos definir el amor ágape como un amor a pesar de. Este amor se niega a sí mismo y busca el bienestar de la persona amada, busca la manera de complacer a su cónyuge antes que agradarse a sí mismo(a). Este amor considera las necesidades de la otra persona, antes que las necesidades suyas propias. Su interés no es la explotación, ni conseguir cosas de la otra persona, sino contribuir a la felicidad y el bienestar de la otra persona.

El Amor es una decisión

La definición del amor ágape según la Biblia se aproxima más a una actitud que a una emoción. El amor es una elección; es algo que usted decide hacer, que se demuestra de manera práctica. En relación con el amor, la regla es primero ocurre la acción y luego la emoción se alinea a esa acción.

Muchas parejas al definir el amor como una emoción, esperan que «la emoción del amor vuelva por sí misma», cuando se percibe que se ha ido. Pero las emociones no se reparan por su propia cuenta, tienen que ser restablecidas por actos apropiados – actos amatorios.

Amar a la pareja significa tomar la decisión de darles lo que sea necesario a fin de edificar y desarrollar su vida. Si no sentimos «la emoción del amor», no es que nuestro amor está agotado. Muchos consideran que el amor es una respuesta visceral. Si el corazón no acelera su latido y no se activa el sistema glandular, tienen dudas respecto a la validez de su amor. La respuesta emocional está bien, pero su presencia no significa amor. El amor no se trata de preferencias o emociones, sino de lo que hacemos y cómo nos relacionamos con las personas. El amor trata de compromisos, comportamientos y decisiones. Amamos porque decidimos comprometernos y expresar actitudes y acciones amatorias. Vale decir, elegimos construir el amor.

El Amor es un arte

Ahora esa elección tiene un costo. No es algo con lo que nos tropezamos si tenemos suerte, o que es cuestión del azar, tampoco es una sensación placentera que surge por generación espontánea. Es un arte, y como todo arte requiere esfuerzo y conocimiento; requiere práctica y dedicación para desarrollar la capacidad de amar. El amor es fruto del aprendizaje que se da en una pareja. El amor es un arte que se aprende cada día.

El Amor es un constructo (una creación)

El amor es un arte por el que se opta desarrollar. Según el Dr. Alexander Lowen, las personas se movilizan tratando de evitar el dolor o buscando el placer. Así si una persona le ha causado dolor o tiene la expectativa de producírselo, tiende a construir odio. Por el contrario, si le ha ocasionado placer / bienestar o tiene como expectativa que se lo puede generar, tenderá a construir amor. En todo caso tanto el odio como el amor, son constructos – elecciones que las personas hacen. Aun cuando el amor pueda tener una base emocional, es una elección, una decisión personal que emana de un carácter maduro. La persona puede decidir construir amor y no odio a pesar del contexto de dolor que el otro le genera, a fin y al cabo el amor es una decisión, un acto de la voluntad que está por encima de las emociones. La pregunta clave es: ¿qué ha decidido construir usted?

El Amor es un don

Por otra parte, el amor genuino es un don que damos a otros. No es comprado por sus acciones, ni depende de nuestras emociones del momento. Puede tener fuertes sentimientos emocionales, pero no se apoya en ellos. Antes bien, el amor es una decisión que tomamos cada día; decisión de que alguien es especial y de mucho valor para nosotros. Decisión que tomamos antes de que pongamos el amor en acción. Esta decisión no está necesariamente fundada en los méritos de la persona amada, ni en la reciprocidad que recibimos del otro (a), pues es un don – un regalo, aun cuando necesitamos reconocer que el ser correspondido alimenta (nutre, fortalece) la decisión de amar al otro.

El Amor es una fuerza transformadora

El amor moviliza tanto al que ama como al objeto del amor. Transforma al que lo ejerce, pero también produce cambios en aquel que es amado. Dice Erich Fromm: «El amor intenta entender, convencer, vivificar. Por este motivo el que ama se transforma constantemente. Capta más, observa más, es más productivo, es más él mismo».

El amor también es la solución para el egoísmo, la indiferencia, la indolencia y la pasividad.

Nuestras relaciones de pareja se beneficiarían si entendiéramos el amor como un arte que requiere aprendizaje, que requiere esfuerzo para consolidarlo y fortalecerlo. Si concibiéramos el amor con una elección más que como una mera emoción, entonces, cuando surjan los conflictos y desavenencias en la relación, nos dispondríamos a reparar las grietas por donde se escapa el amor, a través de actitudes y acciones amatorias, y no nos quedaríamos esperando hasta que aparezca el supuesto «sentimiento del amor».

El Amor es un producto de las relaciones

Necesitamos, pues, intencionalmente invertir en tiempo, espacio y recursos para compartir con otros, para cultivar las relaciones. Si se quiere crecer en el amor se debe invertir para desarrollarlo. No se aprende a amar en aislamiento. Se requiere, entonces, darle prioridad a las relaciones. En medio de las agitadas y repletas agendas esto puede ser todo un desafío. Dice Rick Warren: «En ocasiones nos conducimos como si las relaciones fueran algo que conseguimos introducir en nuestros planes. Hablamos de hallar tiempo para nuestros hijos o de hacer tiempo para las personas en nuestra vida. Damos la impresión de que las relaciones son apenas una parte de nuestra vida, junto con otras ocupaciones».

El amor crece y se expresa a través de la calidad de los vínculos y contactos que se establecen en la familia y en la pareja. El amor se construye, se da y se recibe, desde la cercanía y la intimidad, desde el reconocimiento de la necesidad propia y del otro de amarse.

No se ama por deber o por responsabilidad, se ama como resultado de haber compartido la vida; por la decisión intencional de construir una relación y unos vínculos que facilitan, promueven y permiten la formación del amor, como realidad en el contexto de una pareja.

Sin la presencia y el contacto con el otro(a) se hace difícil que el amor crezca, madure y se consolide. Para que el amor surja se precisa de la creación de una relación, unos vínculos y un contexto (tiempo, espacio, oportunidades, etc.) dónde crecer.

Los cónyuges necesitan invertir tiempo para hacer juntos cosas, para crear el ambiente donde aprender a amar y a fortalecer ese amor. El amor requiere de contacto intencional, en lo emocional, en lo corporal, en lo intelectual y en lo espiritual. Se requiere de la disposición y el tiempo para compartir, crecer, aprender y hacer con el otro(a), para que el amor madure y se fortalezca. Se llega a amar como consecuencia de experimentar – vivenciar con el otro(a), en la cotidianidad, en el quehacer diario y aún en medio de las crisis.

El amor es como los caminos. Para conocerlos hay que transitarlo y, en el caso de la pareja, transitarlo con el otro(a).


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

El poder de la oración

Un misionero en vacaciones contó la siguiente historia cuando visitaba su Iglesia local en Michigan, EU:

Como misionero en un pequeño hospital en el área rural de África, cada dos semanas viajaba a la ciudad en bicicleta para comprar provisiones y medicamentos. El viaje era de dos días y debía atravesar la jungla. Debido a lo largo del viaje, me era necesario acampar en el punto medio, pasar la noche y reanudar mi viaje temprano al siguiente día. En uno de estos viajes, llegué a la ciudad donde planeaba retirar dinero del banco, comprar las medicinas y los víveres, y reanudar mi viaje de dos días de regreso al hospital.

Cuando llegué a la ciudad, observé a dos hombres peleándose, uno de los cuales estaba bastante herido. Le curé sus heridas y al mismo tiempo le hablé de Nuestro Señor Jesucristo. Después de esto, reanudé mi viaje de regreso al hospital. Esa noche acampé en el punto medio y a la mañana siguiente reanudé mi viaje y llegué al hospital sin ningún incidente.

Dos semanas más tarde repetí mi viaje. Cuando llegué a la ciudad, se me acercó el hombre al cual yo había atendido en mi viaje anterior y me dijo que la vez pasada, cuando lo curaba, él se dio cuenta de que yo traía dinero y medicinas. Él agregó:

Unos amigos y yo te seguimos en tu viaje mientras te adentrabas en la jungla, pues sabíamos que habrías de acampar. Planeábamos matarte y tomar tu dinero y medicinas. Pero en el momento que nos acercamos a tu campamento, pudimos ver que estabas protegido por 26 guardias bien armados’.

Ante esto no pude más que reír y le aseguré que yo siempre viajaba solo. El hombre insistió y agregó:

No señor, yo no fui la única persona que vio a los guardias armados, todos mis amigos también los vieron, y no sólo eso, sino que entre todos los contamos.

En ese momento, uno de los hombres en la Iglesia se puso de pie y le pidió al misionero que por favor le dijera la fecha exacta de cuando sucedió ese hecho. El misionero les dijo la fecha y el mismo hombre le dijo la siguiente historia:

En la noche de tu incidente en África, era de mañana en esta parte del mundo, y yo me encontraba con unos amigos. Estábamos a punto de comenzar un juego de golf, cuando sentí una imperiosa necesidad de orar por ti, de hecho, el llamado que el Señor hacía era tan fuerte, que llamé a algunas personas de nuestra iglesia para que se reunieran conmigo lo más pronto posible.

Entonces, dirigiéndose a la congregación dijo: Todos los hombres que vinieron en esa ocasión a orar, ¿podrían por favor ponerse de pie?

Todos los hombres que habían acudido a orar por él se pusieron de pie, el misionero no estaba tan preocupado por saber quiénes eran, más bien se dedicó a contarlos… eran 26.

Ya he hecho algo

Anthony de Mello nos cuenta una historia bellísima:

«Cierto día, iba paseando por una calle cuando de repente vi a una niña hambrienta, sucia y titiritando de frío dentro de sus harapos. Me encolericé y le dije a Dios:

– ¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para ayudar a esa pobre niña?

Esperé la respuesta, pero fue en vano. Sin embargo, aquella noche, cuando menos lo esperaba, Dios respondió a mis preguntas airadas:

– Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti».


Anthony de Mello

La fuerza del amor

El núcleo del amor es la fuerza, el valor que mostramos para luchar por lo que amamos, la fortaleza para defender lo que más apreciamos, enfrentar desafíos, superar barreras, derribar obstáculos.

Cuando el amor es auténtico surge con la fuerza de la audacia, el atrevimiento, la osadía que nos lanza a correr riesgos para conquistar lo que amamos; es en esa entrega sin condiciones donde surgen fortalezas donde antes no las había.

El amor nos da el valor de:

  • Luchar por nuestros sueños.
  • Dar la vida por los que llevamos en el corazón.
  • Modificar nuestra propia existencia.
  • Cambiar nuestro ser.
  • Rebasar el límite de nuestras potencialidades.

El amor nos da la fuerza:

  • Para respetar a los seres que amamos.
  • Para sonreír a pesar de las adversidades.
  • De la humildad para pedir perdón.
  • La grandeza de la comprensión.
  • La nobleza de perdonar.

El amor nos da el poder:

  • Para manifestar nuestras emociones.
  • Para alcanzar estrellas.
  • Para convertir nuestros sueños en realidades.
  • Entregar nuestra vida por un ideal.

El amor nos transforma en seres superiores, nos despierta nuestra capacidad de asombro, nos da la sensibilidad de la contemplación, nos impulsa a niveles infinitos, nos da la fuerza para recorrer nuestra vida con un espíritu invencible y nos impulsa a alcanzar lo imposible.

El amor es la fuerza que Dios deposita en el corazón de todos los seres humanos, a cada uno corresponde decidir vivir como un paladín o un cobarde, como un conquistador o un conformista, como un ser excelente o un mediocre, como un ser lleno de luz o quien permanece por siempre en la oscuridad, el amor hace nacer la fuerza para atrevernos a ser auténticos colaboradores en la grandeza de la creación.

Pregúntate: Si de verdad amas, ¿estás luchando con todas tus fuerzas para conquistar lo que deseas?

  • El valor para luchar por tus hijos.
  • Cuidar de tus padres.
  • Hacer feliz a tu pareja.
  • Conceder el perdón a tu enemigo.
  • Pedir humildemente perdón a quien ofendiste.

Pregúntate:

  • ¿Tienes la fuerza para amarte a ti mismo, de convertirte en el ser que estás llamado a ser?
  • ¿Te atreverías a hacer de tu vida una obra magistral digna de las manos que te crearon?
  • ¿Tendrás el valor de ser un auténtico hijo de Dios?
  • ¿Tienes la fuerza del amor?

Paz en medio de la tormenta

En medio de tantos conflictos, ¿a dónde recurrir?

«Durante una terrible tormenta en el océano, un pequeño barco de pasajeros se bamboleaba precariamente en la ruidosa tempestad. Habían amarrado los muebles y todo lo que se pudiera mover, y los pasajeros se estaban confinados a sus camarotes para que estuvieran seguros. Muchos de los que estaban a bordo pensaron que el barco se hundiría.

Finalmente, un pasajero decidido a averiguar si había alguna esperanza de sobrevivir fue a ver al que estaba al mando. Aferrándose a las paredes y los pasamanos, llegó hasta la cubierta azotada por las olas, subió por una escalera, y llegó hasta la timonera. Notó que el barco estaba cerca de tierra y entre rocas dentadas. Parecía que el capitán estaba tratando de llegar a la seguridad de una bahía en calma que había más adelante. Puesto que sabía que el hombre no lo oiría por el ruido del viento y las olas, el capitán sencillamente se dio la vuelta sin hablar, miró al preocupado pasajero, y sonrió. Sintiéndose más tranquilo, el hombre regresó a donde estaban los demás y dijo: «No tengan miedo. Todo está bien. He visto el rostro del capitán y lo vi sonriendo».

Idea clave: En medio de cualquier situación, amenaza, nos sentimos aturdidos y nos desesperamos. Pero si miramos a nuestro soberano Capitán y le encomendamos nuestro camino (Salmo 37:5), hallaremos paz incluso en medio de la tormenta.


Anónimo

Pon a dieta tus palabras

¿Te preocupa mantener una silueta esbelta? Pues, quisiera llamarte la atención sobre un sobrepeso que no se menciona en las revistas para mujeres y que muchas veces pasamos por alto; el de nuestras palabras. Unas palabras pueden darnos fuerzas para vivir hundirnos en la depresión. Si, las palabras llevan dentro de ellas una carga muy poderosa, para bien o para mal.

Tomando esto en cuenta, la Biblia te propone que aprendas a usar bien la lengua, y que la pongas al servicio de Dios. Con nuestra lengua bendecimos al Señor; y con ella maldecimos a nuestro prójimo, hecho a imagen de Dios. Santiago nos dice que no debe ser así.

Nuestra forma de hablar tiene una influencia poderosa. Generalmente llenamos la vida de los que amamos con ideas opuestas a las verdades que Dios nos da en su Palabra. «Nunca vas a cambiar»; «Te gusta hacerme sufrir»; «Hijo, si no te portas bien, no te voy a querer más…» Tales frases son muy destructivas.

¿Qué tal si hoy empezamos la dieta? Comencemos a decir palabras buenas y oportunas, que ayuden a crecer y traigan bendición a quienes las escuchen.

La mujer de hoy

La mujer de hoy está orgullosa de sí misma; sabe de dónde viene, dónde está y hacia dónde va. Ella sabe muy bien quién es, lo que representa y cuáles son sus propias virtudes, aunque está al tanto de sus innumerables defectos.

La mujer de hoy tiene la esperanza y sus sueños se realizan pues es constante. Sus anhelos se exteriorizan puesto que logra articular sus necesidades y sus creencias al máximo de su capacidad como mujer.

La mujer de hoy tiene un lugar específico en el lugar en que vive, es la que proyecta un aire de confidencia y no se estanca en un círculo pequeño, sino que todo su potencial se expande para llevar a cabo sus ideales personales. En medio de todo esto tiene su relación con Dios, único iniciador, que le brinda una alta autoestima, por lo tanto se siente apoyada, digna y valora su propia misión en la vida.

La mujer de hoy reconoce que Dios esta con ella y no se aleja de él, pues sabe que no sería actuar sabiamente; ella se mantiene unida a él con fuertes y estrechos lazos, que la inspiran, la guían y la colman de bendiciones toda su vida.

La mujer de hoy entiende su pasado, lo conoce y camina hacia el futuro elevando sus ojos al cielo para recibir la aprobación de Dios nuestro señor.

La tormenta

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«Cuentan que un día un campesino le pidió a Dios le permitiera mandar sobre la Naturaleza para que según él le rindieran mejor sus cosechas.

¡Y dios se lo concedió!

Entonces cuando el campesino quería lluvia ligera, así sucedía; cuando pedía sol, éste brillaba en su esplendor; si necesitaba más agua, llovía más regularmente; etc.

Pero cuando llegó el tiempo de la cosecha, su sorpresa y estupor fueron grandes porque resultó un total fracaso. Desconcertado y medio molesto le preguntó a Dios por qué salió así la cosa, si él había puesto los climas que creyó convenientes.

Pero Dios le contestó:

– Tú pediste lo que quisiste, mas no lo que de verdad convenía. Nunca pediste tormentas, y éstas son muy necesarias para limpiar la siembra, ahuyentar aves y animales que la consuman, y purificarla de plagas que la destruyan».

Para reflexionar:

Así nos pasa: queremos que nuestra vida sea puro amor y dulzura, nada de problemas.

El optimista no es aquel que no ve las dificultades, sino aquel que no se asusta ante ellas, no se echa para atrás. Por eso podemos afirmar que las dificultades son ventajosas, las dificultades maduran a las personas, las hacen crecer.

Por eso hace falta una verdadera tormenta en la vida de una persona, para hacerla comprender cuánto se ha preocupado por tonterías, por chubascos pasajeros.

Lo importante no es huir de las tormentas sino tener fe y confianza en que pronto pasarán y nos dejarán algo bueno en nuestras vidas.


Anónimo

El sol de la vejez

¡Qué difícil es envejecer con alegría y naturalidad! ¡Qué duro es reconocer que se ha entrado en el atardecer de la vida y captar, al mismo tiempo, que aún queda mucho por hacer! Y al mismo tiempo, que eso que queda por hacer es algo muy distinto, ¡aunque no menos importante que lo hecho hasta ahora!

Hay tres cosas y que producen pena: un «viejo» de cuarenta años, un viejo que se cree «joven» y un viejo que se cree «muerto». Y una que producen alegría, un «joven» de ochenta años, es decir un viejo que asume la segunda parte de su vida con tanto coraje e ilusión como la primera. Pero para ser uno de esos, hay que aceptar, que el Sol del atardecer es tan importante como el del amanecer y el del mediodía, aunque su calor sea muy distinto.

El Sol no se avergüenza de ponerse, no siente nostalgia de su brillo matutino, no piensa que las horas del día le estén «echando» del cielo, no cree que es menos luminoso ni hermoso porque el ocaso se aproxima. Tampoco su resol sobre los edificios es menos importante o necesario que el que, hace algunas horas, hacía germinar las semillas en los campos o crecer las frutas en los árboles. Cada hora tiene su gozo y el Sol cumple, hora a hora, con su misión.

Es verdad que la Naturaleza es más piadosa con las cosas, que los hombres con ellos mismos. Nadie desprecia al Sol de la tarde, ni le empuja a jubilarse, ni le niega el derecho a seguir dando su luz, débil, pero luz verdadera, necesaria, a veces la más hermosa. ¡Qué bien sabe el enfermo lo dulce de este último rayo de sol que se cuela, por la última esquina de la ventana!

¡Si todos los ancianos entendieran que su sonrisa puede ser tan hermosa y fecunda, como ese último rayo de sol antes de ponerse! ¡Si comprendieran que el Sol nunca es amargo, aunque sea más débil! ¡Si pensaran lo orgulloso que se siente el Sol de ser lo que es, de haberlo sido, de seguirlo siendo hasta el último segundo de su estancia en el cielo! ¡Señor, no me dejes marchar hasta haber repartido el último rayo de mi pobre luz!

El resumen perfecto de estas reflexiones es la siguiente oración de José Laguna Menor. ¿Hay algo que añadir? Sí, ¡hay que vivirlos!

«Señor, enséñame a envejecer como cristiano. Convénceme de que no son injustos conmigo: los que me quitan responsabilidades; los que ya no piden mi opinión; los que llaman a otro para que ocupe mi puesto.

Quítame el orgullo de mi experiencia pasada y el sentimiento de que soy indispensable. Pero ayúdame, Señor, para que siga siendo útil a los demás, contribuyendo con mi alegría al entusiasmo de los que ahora tienen responsabilidades y aceptando mi salida de los campos de actividad, como acepto con sencilla naturalidad la puesta del Sol.

Finalmente te doy gracias, pues en esta hora tranquila caigo en la cuenta de lo mucho que me has amado. Concédeme que mire con gratitud hacia el destino feliz que me tienes preparado.

¡Señor, ayúdame a envejecer así!»


José Laguna Menor

Buscando el amor

 John Powell, un profesor de la Universidad de Loyola en Chicago, escribió esta historia basada en un hecho real, sobre un estudiante de su clase de Teología de la Fe, llamado Tommy. 

Hace unos años atrás, estaba observando a mis estudiantes mientras entraban al salón de clases. Ese fue el primer día que vi a Tommy con su larga cabellera rubia. Sé que no es un asunto de importancia, pero por alguna razón, de inmediato catalogué a Tommy como una persona rara y extraña… muy extraña.

Tommy resultó ser el ateo de la clase. Él lo objetaba absolutamente todo, con una sonrisa sarcástica, o suspirando irónicamente ante la posibilidad de un Dios que nos ama incondicionalmente. Así y todo, el primer semestre transcurrió en una relativa paz.

Cuando se acercó para entregarme su examen final, me preguntó en un tono algo cínico,

– ¿Cree usted que alguna vez encontraré a Dios?

– ¡No!, por supuesto que no – le dije.

– ¿Por qué no? – me respondió -, yo creía que ése era el producto que usted estaba vendiendo.

Un poco molesto, me acerqué a Tommy y le dije:

– Creo que tú nunca encontrarás a Dios, pero estoy absolutamente seguro de que Él, te encontrará a ti, en algún momento de tu vida.

Se encogió de hombros, como si mi respuesta no le interesara y salió del salón de clases. Un tiempo después me enteré que Tommy se había graduado, pero también me contaron que Tommy padecía de una grave enfermedad.

Para mi sorpresa, Tommy vino a verme. Al entrar en mi oficina lo vi muy demacrado y su larga cabellera había desaparecido debido a la quimioterapia, pero sus ojos brillaban y su voz era muy firme.

-Tommy, he pensado mucho en ti, me contaron que estás enfermo, ¿es cierto?

– Oh, sí, muy enfermo – me respondió -, tengo cáncer. Los médicos no me dan muchas esperanzas.

– ¿Y cómo te sientes al pasar por esta situación con tan sólo 24 años?

– Bueno, podría ser peor.

– ¿Cómo dices?

– Peor es llegar a los cincuenta años sin tener valores o ideales; o a los sesenta creyendo que beber, seducir mujeres y hacer dinero es lo más importante en la vida. En realidad vine a verlo por algo que usted me dijo el último día de clases. Le pregunté si creía que yo alguna vez a encontraría a Dios y usted me dijo que no. Pero recuerdo que usted añadió: Pero Él te encontrará a ti. Desde hace un tiempo estuve pensando mucho en esto y comencé una búsqueda muy intensa cuando los doctores me diagnosticaron que el tumor era maligno. ¿Alguna vez ha tratado de hacer algo con mucho esfuerzo, sin obtener ningún resultado? Eso es lo que me ocurrió. Empecé a golpear con mis puños las puertas del cielo, pero Dios no salió para abrirme.

Pero un día desperté y en lugar de estar lanzando mis reclamos inútiles por encima de ese muro de ladrillos a un Dios que posiblemente no estuviera ahí, me rendí. Decidí que en realidad ya no me importaba nada, ni siquiera la vida después de la muerte. Decidí pasar el tiempo que me quedara haciendo algo más provechoso.

Pensé en usted y en sus enseñanzas y recordé otra cosa que usted nos había dicho: La mayor tristeza es pasarse la vida sin amar. Pero sería igualmente triste pasar por la vida e irse sin nunca haberle dicho a los que uno ama, que los ama. Así que empecé por el más difícil, mi padre.

Él estaba leyendo el periódico y le dije:

– Papá.

– ¿Qué? – preguntó -, sin quitar sus ojos del periódico.

– Papá, quisiera hablar contigo.

– Bueno, habla.

– Papá, es algo verdaderamente importante.

Bajó el periódico lentamente.

– ¿De qué se trata?

– Papá, yo te amo. Sólo quería que lo supieras.

El periódico se cayó de sus manos. Entonces mi padre hizo dos cosas que no recuerdo que hubiese hecho antes. Lloró y me abrazó. Estuvimos hablando toda la noche. Me sentí muy bien de estar cerca de mi padre, de sentir su abrazo y de oírle decir que me amaba.

Fue más fácil con mi madre y con mi hermano menor. También ellos lloraron conmigo y nos abrazamos, nos dijimos cosas bonitas los unos a los otros y compartimos las cosas que habíamos guardado en secreto por muchos años.

Sólo me arrepiento de una cosa, de haber esperado tanto tiempo. Ahí estaba, comenzando a abrirme a todas las personas que siempre habían estado tan cerca de mí.

De pronto me di cuenta y me dije: ¡Aquí está Dios! No vino a mí cuando yo le pedía. Me imagino que yo me porté con Dios como un entrenador de animales sosteniendo el aro para que saltaran: ¡Vamos, salta! Te doy tres días, tres semanas. Me di cuenta de que Dios hace las cosas a Su manera y a Su hora. ¡Me había encontrado! Usted tenía razón, me encontró aún después de que yo dejé de buscarlo.

– Tommy – le dije con un nudo en la garganta -, yo creo que estás diciendo algo muy importante. La manera más segura de encontrar a Dios es la de no tratar de hacer de Él una posesión personal, un liberador de problemas, un consuelo instantáneo en tiempos de necesidad, sino abrirse al amor. Sabes, el apóstol Juan dijo eso: “Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en Él”.

– Tommy, ¿podría pedirte un favor? ¿Por qué no vienes a mi clase de Teología de la Fe y cuentas este importante testimonio? Si lo hago yo, no tendrá el mismo efecto que puede tener al contárselo tú.

– No sé, yo estaba listo para usted, pero no sé si para su clase.

– Piénsalo Tommy y si quieres hacerlo, llámame.

Pasó un tiempo y Tommy llamó al profesor:

– No voy a poder ir a su clase, le dijo. ¿Podría contarles usted mi historia? ¿Le contará usted al mundo entero que Dios es Amor?

– Sí, Tommy, les diré a todos cómo Dios te encontró, será una gran satisfacción para mí poder hacerlo.

Pasaron pocos días y recibí la noticia, Tommy había partido de este mundo para encontrase para siempre con su amigo Jesús.

Hoy quiero

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  • Hoy quiero concentrarme en los pétalos y no en las espinas. Hoy quiero admirar el azul del cielo sin quejarme de las nubes.
  • Hoy pago un gozoso balance de mis dones y bendigo al Señor por todos mis talentos y por su amor sin límites.
  • Hoy tengo tiempo para valorar a mis seres queridos y dar gracias por mi trabajo, mis bienes y mi salud.

Destierro el pesimismo y entierro al desaliento porque me abro jubiloso a la experiencia de alabar y agradecer. En lugar de envidiar me dedico a elogiar, en lugar de destruir me dedico a construir, en lugar de llorar me dedico a reír.

  • Hoy tengo ojos y corazón para asombrarme con las flores, los árboles, las aves y los peces. Hoy contemplo el universo con ojos nuevos y aprecio tantas maravillas. Hoy cambio mis lamentos por bendiciones.
  • Hoy veo mis problemas como oportunidades y me animo a seguir adelante con la ayuda de Dios y de quienes me aman.
  • Hoy elijo vivir en lugar de morir.

Gonzalo Gallo González

Te quiero tal como eres

Cuenta Anthony de Mello una fábula que me gustaría comentar a mis lectores. Dice así:

«Durante años fui un neurótico. Era un ser oprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la necesidad de hacerlo por mucho que lo intentara.

Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo, aunque tampoco podía ofenderme con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado.

Pero un día mi amigo me dijo: “No cambies. Sigue siendo tal y como eres. En realidad, no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte”.

Aquellas palabras sonaron en mis oídos como una música: “No cambies, no cambies, te quiero”. Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, cambié».

Supongo que habrá algunos lectores que no estén del todo de acuerdo con esta fábula y que hubieran preferido que el consejo de mi amigo fuera un poco diferente: «Harías bien en tratar de cambiar por tu propio bien, pero lo importante es que sepas que yo te quiero como eres o como puedes llegar a ser.» Pero lo que me parece claro es que, en todo caso, lo sustancial de la fábula pie: nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no experimenta una razón «positiva» para cambiar, si no tiene a interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.

Temo que esta elemental norma pedagógica y humana sea desconocida por muchísimas personas. Tal vez por eso el primer consejo yo doy siempre a los padres que me cuentan problemas de sus hijos sea éste: De momento, quiérele, quiérele ahora más que nunca. No le eches en cara sus defectos, que él ya conoce. Quiérele, confía en él. Hazle comprender que le quieres y le querrás siempre, con defectos o sin ellos. Él debe estar que, haga lo que haga, no perderá tu amor. Eso, lejos de empujarle al mal, le dará fuerza para sentirse hombre. Con reproches lo más probable es que multipliques su amargura y le hagas encastillarse en sus defectos, aunque sólo sea propio. Él debe conocer que esos fallos suyos te hacen sufrir. Pero debe saber también que tú le amas lo suficiente como para sufrir por él todo lo que sea necesario.

Y nunca le pases factura por ese amor. Tú lo haces porque es tu deber, porque eres padre o madre, no como un gesto de magnanimidad. Y cuando te canses – porque también te cansarás de perdonar por mucho que le quieras -, acuérdate alguna vez de que también Dios nos quiere como somos y tiene con nosotros mucha más paciencia que nosotros con los nuestros.

Pero, ¿y si la técnica del amor termina fallando porque también la ingratitud es parte de la condición humana? Al menos habremos cumplido con nuestro deber y habremos aportado lo mejor de nosotros. En todo caso, es seguro que un poco de amor vale mucho más que mil reproches.


José L. Martín Descalzo