10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos «en serie», a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.

2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.

3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.

4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Sólo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan sólo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección.

9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíble valor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destila positivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.


La manera en que le hablas a un niño hará la diferencia en su vida

Los niños… piezas frágiles cual cera en la que grabamos cada instante, la manera en la que nos relacionamos con ellos dejará marcas en su alma, en su vida, en su futuro, cada niño representa una nueva oportunidad de cambiar las cosas, de hacerlo mejor, de forjar en ellos sentimientos, en tanto más amor se le entrega a un niño, mayor alegría se dejará en su corazón.

«A veces damos consejos, pero no enseñamos con nuestra conducta».

FRANCOIS ALEXANDRE 

Muchas veces no nos percatamos de cómo hablamos con nuestros hijos o con los niños en general, hacemos promesas que jamás cumplimos, siempre decimos «ahora no, después»… gritamos, despreciamos e incluso negamos amor y atención a nuestros niños bajo cualquier justificación, no nos damos cuenta de lo importante que somos para ellos, de lo valiosos que somos en su vida, del ejemplo que somos en su camino y de que para ellos cada oportunidad que tienen de escucharnos es mágica.

Ojalá tuviéramos un poco más de tacto cuando le hablamos a un niño, cuando nos dirigimos a ellos, cuando grabamos palabras en sus pensamientos y sentimientos en sus almas, de seguro si pudiéramos ver por una pequeña ventana como actuamos con nuestros hijos, sabríamos lo que debemos cambiar…

Debemos ser cuidadosos, ante todo, cuidar la manera en la que le hablamos a los niños, para manifestarle nuestras angustias, nuestras molestias y nuestro amor, no es únicamente cuidar como se les reprende, también como se les ama y se les hace saber que son lo más importante en nuestra vida, porque de lo sutil del amor a lo terrible de la manipulación sólo hay un paso, de allí tantos niños que manipulan con su comportamiento, se vuelven caprichosos, arrogantes e incontrolables, entonces queremos culparlos, los reprendemos, castigamos y le hacemos saber mil veces que nos decepcionaron, que no deseamos estar con ellos, sin embargo, somos incapaces de reconocer que nunca cuidamos las palabras que salieron de nuestra boca, como les hablamos, tanto para amar como para corregir.

«El tipo más elevado de hombre es el que obra antes de hablar, y profesa lo que practica».

CONFUCIO 

Aunque no lo parezca, los niños siempre están atentos a todo, las conversaciones externas, las discusiones de sus padres, las ofensas de la gente manejando, los gritos de las personas y los gestos de amor entre las personas, se dan cuenta de todo lo que ocurre a su alrededor, pero no con nuestra visión adulta, no con la malicia o la desconfianza, sino con la inocencia plena y simple de un niño, como un recipiente que recibe, que almacena y que tarde o temprano reproducirá, esto puedes experimentarlo tú mismo con algún recuerdo que haya marcado tu niñez.

Si bien no debemos acostumbrar a nuestros niños a vivir en burbujas de cristal, donde todo es perfecto y donde se mantengan ajenos al dolor, al sufrimiento y a las caídas, tampoco es menester enseñarles la crudeza de las cosas sin cuidar la manera, cada palabra que sale de nuestra boca, representa todo un panorama para ellos, de allí que se pueda desviar tan fácilmente la vida de un niño, por su inocencia y fragilidad.

›Nada tan peligroso como un buen consejo acompañado de un mal ejemplo».

MADAME DE SABLÉ 

Nunca es tarde, cuida siempre como le hablas a un niño, recuerda que serás responsable de lo que se graba en él, aporta amor a su vida y siempre da un buen consejo, de esos que te acompañan siempre y se agradecen.


Sara Tibet | RincónDelTibet.Com

Cuando los padres no son equipo: ¿Qué hacer cuando hay diferencias en la forma de educar?

La pareja la forman dos personas que tienen biografías, personalidades, maneras de ver el mundo muy diferentes.

Parece lógico pensar que cuando se decide iniciar un proyecto común de trascendencia vital, como es formar una familia y ocuparse del desarrollo y cuidado de los hijos, tienen la suficiente compatibilidad como para que ese proyecto sea viable y en él quepa y predomine como una prioridad la tarea de educar a un ser humano vulnerable, indefenso y necesitado de referentes tanto como de alimento y ternura. Sin embargo, y por desgracia, esto sólo ocurre en la minoría de las familias. No tenemos ni idea de lo que significa tener un hijo antes de tenerlo y el aterrizaje que ambos miembros de la pareja hacen en la mater-paternidad es poco predecible. Y así, nos encontramos con que nuestra pareja, con la que hasta ese momento todo parecía fluir, no está de acuerdo en muchas de las cosas que atañen a la educación de los hijos, lo cual genera distancia afectiva, desencuentros, soledades y mucha frustración. Es sin duda, uno de los desafíos más difíciles de gestionar, pero también una oportunidad enorme de crecimiento y aprendizaje si lo hacemos desde la humildad y la empatía.

Dado que no podemos cambiar la historia de cada cual, ni tampoco cómo fuimos maternados, lo que sí podemos hacer es tratar de mirar hacia adelante, teniendo presente lo que nos jugamos y siendo capaces, sobre todo, de negociar, entendiendo que los dos estamos aprendiendo, que educar a un hijo es la tarea más difícil que encararemos a lo largo de nuestra vida y que los procesos de toma de conciencia y de aprendizaje de cada persona tienen una velocidad diferente. Se trata de ver al otro como un compañero, un cómplice, un apoyo y no como un enemigo. Partimos de dos premisas básicas que no debemos perder de vista: ambos padres amáis por encima de todo a vuestros hijos y no queréis dañarlos, y que tú elegiste a la otra persona y la consideras honesta y con capacidad de aprender.

Con todo esto por delante, algunas sugerencias para facilitar la cotidianidad serían: 

  • No corrijas ni des charlas magistrales sobre cómo deben hacerse las cosas al otro, ni delante de los niños, ni detrás. No hay verdades absolutas, ni porque lo diga un libro ni porque así lo hacía tu padre o madre.
  • No tomes decisiones sobre la marcha. Posponlo hasta hablar con el otro y tratar de alcanzar acuerdos, por mínimos que estos sean. Siempre hay lugares comunes y lo inteligente es poner el foco en lo que nos une, no en lo que nos separa.
  • Maneja las expectativas y aléjate de la perfección. No existe y, menos aún, a la hora de educar. La idea es hacer las cosas de la mejor manera posible, que no será óptima ni perfecta, pero será tu mejor jugada. Revisa, no te conformes y trata de hacerlo mejor mañana.
  • Todos tenemos limitaciones. Hablarlas, saber cuáles son las de tu pareja y las tuyas a la hora de educar, conduce a saber en qué momento debe intervenir cada cual.
  • Ponernos límites, de la misma manera que se los ponemos a los hijos. Dejar explícitamente claro cuáles son las acciones no tolerables por el otro y qué fronteras no se pueden traspasar.
  • Es fundamental no ver al niño como el causante de los problemas, idealizando la vida anterior a la llegada de los hijos, subrayando las dificultades y no la riqueza y oportunidad emocional de esta nueva etapa.
  • Confía en tu pareja. Hay muchas maneras diferentes de educar y salvo aquellas que incluyen maltrato físico o psíquico, no se ha descrito en psicología que un determinado estilo de crianza produzca un resultado inequívoco. Por suerte, no existe el determinismo, sólo la influencia.
  • Ayuda a tu hijo a que entienda que mamá y papá hacen algunas cosas de manera diferente y trata de realzar lo positivo del otro y no enfatizar sus zonas oscuras. La prioridad es el niño, no nosotros. Y debemos hacer todo lo posible para que crezca con la mejor versión de sus padres, aun conociendo sus limitaciones.
  • Hablad de ello, de vez en cuando, de forma serena, no como reacción a un desencuentro o una bronca. Quedad para hablarlo en un contexto diferente del propio hogar, sin niños, con inteligencia, buscando acuerdos, recordando lo que os une y la importancia de ser lo más coherentes y coincidentes posible.
  • Evitad la polarización, la vieja historia del «poli bueno y poli malo». El niño nos tiene que ver como equipo, no como posibilidades individuales de conseguir algo. Es negocio para él a corto plazo, pero abre una grieta que se ensancha con el tiempo y luego ya no se puede saltar.

Es imprescindible entender que no se trata de «tener razón», ni de ser el «que más sabe de esto», tampoco de confirmar lo «equivocado que está el otro». Se trata de poner el amor por encima de nuestra biografía y de nuestra necesidad de alimentar el ego. Se trata de ponerse en el lugar de los hijos y darnos cuenta de que nos están mirando. El mundo es filtrado a través de nosotros. Aprenderán a relacionarse según nos relacionemos entre nosotros y con ellos, aprenderán a negociar según seamos capaces nosotros de incorporar esta herramienta esencial en nuestra cotidianidad, aprenderán a respetar si viven con respeto, en definitiva, construirán una imagen de sí mismos y de los otros con lo que seamos capaces de ofrecerles.


Olga Carmona | ElPais.Com

 

Enseñando lo ordinario

No le pidas a tus hijos tener vidas extraordinarias, tal esfuerzo puede parecer admirable, pero es el camino a la locura. Ayúdales, en cambio, a encontrar el asombro y la maravilla de una vida ordinaria.

Muéstrales la alegría de saborear manzanas, tomates y peras. Muéstrales cómo llorar cuando las mascotas y la gente mueren. Muéstrales el placer infinito de tocar una mano. Y haz que lo ordinario cobre vida para ellos. Lo extraordinario se hará cargo por sí mismo.


William Martin

Síndrome de la progenitora tóxica, ¿por qué mi madre no me quiere?

La progenitora tóxica es aquella que llega a la maternidad por caminos pocos deseables. Lo ideal psicológicamente es poner distancia emocional y física. 

Es un tabú de nuestra sociedad aceptar que hay madres que no quieren a sus hijas, pero es más real y frecuente de lo que nos gustaría reconocer. Como todo aquello que nos resulta difícil de aceptar y digerir, tendemos a negarlo. Pero existen, vemos a sus víctimas en consulta, peleando por llenar un agujero negro de infelicidad que arrastran desde la infancia y que en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera es consciente, porque duele nombrarlo.

La madre tóxica es una mujer que ha llegado a la maternidad por caminos poco deseables, por convencionalismos, porque así estaba diseñado su guión de vida, porque eso es lo que de ellas se esperaba. Renegar de la maternidad o simplemente ejercer el derecho a no serlo, no era, ni es, algo aprobado por la sociedad. Aquellas mujeres que han decidido libre y abiertamente no ser madres han sido miradas con recelo y suspicacia por la mayoría de su entorno. Siempre. Incluso ahora. Hablamos de una minoría valiente y coherente que decidió por sí misma cuál era su voluntad y su camino. Muchas otras, sin embargo, aceptaron gestar, parir y criar como algo inevitable. No es tan extraño entender, que algunas de aquellas hijas, no sólo no fueran amadas incondicionalmente, sino percibidas como una molestia, un obstáculo, una rival e incluso una proyección de aquello que ellas hubieran querido ser.

Se trata en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas, que nunca asumieron el papel de madre y que siguen filtrando el mundo a través de su necesidad y su deseo. Otras, son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a lo que esperaban, profundamente infelices, que usan de chivo expiatorio a sus hijas proyectando en ellas el foco de su insatisfacción. Hay diferentes formas de madres tóxicas, pero todas incluyen la culpa, la manipulación, la crítica cruel, la humillación, la falta de empatía, el egocentrismo puro. Son madres que hacen saber a sus hijas que no están a la altura de lo que se espera de ellas, envidian sus éxitos, recelan su necesidad de independencia, rivalizan con ellas en un patológico escenario vital donde la víctima ni siquiera sabe que lo es.

«No es fácil encontrar la felicidad en nosotros mismos, y no es posible encontrarla en ningún otro lugar». 

AGNES REPPLIER 

La madre que no ama, despliega su toxicidad de diferentes formas, así nos encontramos con madres que envidian a sus hijas y tratan de anularlas, madres que sobreprotegen y absorben excesivamente para tratar de evitar el sentimiento de culpa por no haber deseado tener ese hijo, madres centradas únicamente en «la fachada» que exigen a sus hijas que encajen en un molde que ellas mismas han diseñado para exhibirse, madres que utilizan la enfermedad y el victimismo como principal estrategia de manipulación, madres dependientes que invierten los roles y hacen que sus hijas sean quienes se ocupen de su bienestar físico y emocional y madres que, por desgracia, encajarían en varios de estos guiones de película de terror.

La mayoría de las niñas que han sido criadas por este tipo de mujeres no son capaces de entender que toda su inseguridad, falta de autoestima, necesidad de aprobación, autoexigencia brutal, dificultad para la intimidad emocional y vacío profundo, procede de la falta de amor primario. Asumir que tu propia madre no te quiso y no te quiere es uno de los procesos psicológicos y emocionales más difíciles de superar y con consecuencias devastadoras en todos los órdenes de la vida. A esta indefensión crónica hay que sumarle la incomprensión de los otros, una sociedad dispuesta a mirar para otro lado ante una realidad tan antinatural. Aquellas mujeres que fueron criadas por estas madres tóxicas llegan a dudar hasta de su propia salud mental porque a años de maltrato emocional, de tortura psicológica, hay que sumarle el silencio y la falta de apoyos. Ya sabemos hoy por hoy en función de los numerosos estudios que se han hecho que la falta de amor parental crea estructuras psíquicas desorganizadas que afectan a muchas áreas de la personalidad. El rechazo y la falta de amor materno producen un estado crónico de avidez afectiva y un miedo patológico al abandono.

Durante su infancia tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación de su madre lo que derivará en una adulta que tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación del mundo. No se sentirá digna de ser querida, habrá aprendido que su valor está en lo que hace no en lo que es, la fragilidad y la inseguridad serán compañeras de viaje y, con frecuencia, pasará este perverso legado a sus hijos, cronificando así el círculo de la infelicidad y la dependencia.

Hay muchos ejemplos conocidos de personas que aunque han alcanzado éxitos sociales, laborales, económicos, y exponen al mundo una fachada impecable de éxito vital, son muertos vivientes poniendo toda su energía en llenar el abismo afectivo que llevan dentro; en nuestro día a día estamos rodeados de personas que tratan en vano de llenar ese vacío (que llamamos existencial, aunque realmente es afectivo) por los caminos más diversos, pero naufragando en lo personal con profundos sentimientos de vacío y soledad que produce la incapacidad para amar y ser amados.

Sin embargo, hay salida. Es imprescindible decirles a esas mujeres, que la niña dañada que llevan dentro y parece dirigir su vida, puede ser sanada. Como psicóloga que acompaño a muchas de estas mujeres, no creo en el determinismo y abogo por la capacidad resiliente que habita en cada ser humano. Tenemos el don de la libertad y la capacidad intrínseca para tomar el control de nuestra propia vida. Para ello es necesario tomar conciencia y poner nombre a aquello que nos dañó por difícil y brutal que esto sea. Y es imprescindible hacer un duelo: despedirnos definitivamente de la madre que no tuvimos, que ya no vamos a tener y no seguir buscando con manotazos de ahogado maneras infructuosas de compensar ese oscuro hueco. Asumir sin culpa alguna que la madre no se elige y que venimos al mundo programados para amar a quien nos toque para maternarnos. Tomar la decisión interna de poner distancia emocional y física de la mujer que no supo querernos y sobre todo, hacer del intento de no traspasar la herida a nuestras hijas, un objetivo vital, una cruzada.


Olga Carmona | ElPais.Com

 

Mi madre tenía muchos problemas

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Había estado adelgazando peligrosamente y estaba deprimiéndose. Era irritable, gruñona y amargada.

 Hasta que un día, de pronto, ella cambió. La situación estaba igual, pero ella era distinta.

 – Viejita – dijo mi padre -, llevo tres meses buscando trabajo y no he encontrado nada, voy a echarme unas chelas con los amigos.

– Ah, okey – contestaba mi madre -, ya encontrarás.

 – Mamá – dijo mi hermano -, reprobé todas las materias en la facultad.

– Ah, okey – respondió mi madre -, ya te recuperarás y si no pues repites el semestre. Pero te lo pagas tú.

– Mamá – dijo mi hermana -, choqué el carro.

– Ah, okey – suspiró mi madre -, llévalo al taller, busca cómo pagar y por lo pronto muévete en combi.

– Nuera – llegó diciendo su suegra, que siempre la fustigaba y encaraba -, vengo a pasar unos meses con ustedes.

– Ah, okey – dijo mi madre -, acomódese en el sillón y agarre unas cobijas del clóset.

Todos se reunieron preocupados al ver estas «no reacciones» de mi madre. Sospechaban que hubiera ido al médico para que le recetara unas pastillas de Alpinchimadrina de 1000 mgs.

Seguramente estaría ingiriendo una sobredosis.

Propusimos hacer una «intervención» a mi madre para alejarla de cualquier posible adicción que tuviera hacia algún medicamento anti-encabritamiento.

 Pero cual fue nuestra sorpresa que, cuando nos reunimos en torno a ella, explicó:

 – Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que cada quién es responsable de su vida. Me tomó años descubrir que mi angustia, mi mortificación, mi depresión, mi enojo, mi insomnio y mi estrés, no sólo no resolvían sus problemas, sino que agravaban los míos.

Yo no soy responsable de las acciones de los demás, pero si soy responsable de las reacciones que exprese ante eso.

Por lo tanto, llegué a la conclusión de que mi deber para conmigo misma es mantener la calma y dejar que cada quien resuelva lo que le corresponde. He tomado cursos de Yoga, de Meditación, de Milagros, de Desarrollo Humano, de Higiene Mental y de Programación Neurolingüística… y hay un común denominador: que yo sólo puedo tener injerencia sobre mí misma, ustedes tienen todos los recursos necesarios para resolver su propia vida.

Yo sólo podré darles mi consejo si acaso me lo pidieran y de ustedes depende seguirlo o no. Así que, de hoy en adelante, yo dejo de ser el receptáculo de sus responsabilidades, el costal de sus culpas, la lavandera de sus remordimientos, la abogada de sus faltas, la depositaria sus deberes o su llanta de refacción para cumplir sus responsabilidades.

Los declaro a todos adultos independientes y autosuficientes.

Todos se quedaron mudos.

Ese día la familia comenzó a funcionar mejor…

Porque cuando mamá está bien, todos en la casa sabrán lo que les toca hacer.


Anónimo

Un buen hogar

Un buen hogar siempre estará donde el camino esté lleno de paciencia, donde la almohada esté llena de secretos, donde el perdón esté lleno de rosas.

Estará donde el puente se halle tendido para pasar, donde las caras estén dispuestas para sonreír, las mentes activas para pensar y las voluntades deseosas para servir.

Un buen hogar siempre estará donde los besos tengan vuelo y los pasos, mucha seguridad.

  • Donde los tropiezos tengan cordura y los detalles, significación.
  • Donde la ternura sea muy tibia y el trato diario muy respetuoso.
  • Donde el deber sea gustoso, la armonía contagiosa y la paz dulce.

Un buen hogar siempre estará donde el crecimiento sea por el mismo tronco y el fruto por la misma raíz.

  • Donde la navegación sea por la misma orilla y hacia el mismo puerto.
  • Donde la autoridad se haga sentir y, sin miedos ni amenazas, llene la función de encauzar, dirigir y proteger.
  • Donde los abuelos sean reverenciados, los padres obedecidos ¡y los hijos vigilados!

Un buen hogar siempre estará donde el fracaso y el éxito sean de todos.

  • Donde disentir sea intercambiar y no guerrear.
  • Donde la formación junte los eslabones ¡y la oración forme la cadena!
  • Donde las pajas se pongan con el alma y los hijos se calienten con amor.
  • Donde el vivir esté lleno de sol y el sufrir esté lleno de fe.

Un buen hogar siempre estará en el ambiente donde naciste, en el huerto donde creciste, en el molde donde te configuraste y el taller donde te puliste.

Y muchas veces será el punto de referencia y la credencial para conocerte, porque el hogar esculpe el carácter, imprime rasgos, deja señales y marca huellas.

Las vetas y el cimiento dejados por un buen hogar son indestructibles.

Los principios parecen como grabados en hierro. La fe, como cincelada en roca. Y el amor, llevado como bandera.

Es montar el barco más seguro para navegar el mundo, de otra manera sería navegar con un timón titubeante, una brújula indecisa y la quilla rota.

Con buenos hogares se podría salvar al mundo, porque ellos tocan a fondo la conducta de los hombres, la felicidad de los pueblos y la raíz de la vida.

Aunque hay excepciones, ese hogar primero, hogar tronco, nunca se pierde: ¡te lo llevas en el alma!

Nunca se oscurece: queda en las luces que te alumbran el camino.

Nunca se lo lleva el viento: queda prendido en tu raíz.

  • De ese hogar tronco salen las grandes alas que te permiten volar y hacerte águila.
  • De ese hogar tronco salen los principios fuertes que enmarcan tu figura para hacerte gigante.
  • De ese hogar tronco sale esa fuerza de la fe que resplandece para hacerte estrella.

¡De ahí salen obras maestras!

Porque ahí se gestan los grandes valores del mundo, ahí se incuban las almas de resistencia, de temple y de fe. De ahí salen los grandes conductores de la humanidad ¡y los grandes seguidores de Cristo!

El hogar, hoy en día, es una prioridad pues, como la buena tierra, ¡da lo que le siembran!


Zenaida Bacardí de Argamasilla

Construyendo una identidad como pareja

La expresión bíblica «por tanto, dejará el hombre a su padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Génesis 2:24), explica el inicio y origen de cada familia, que comienza con un hombre y una mujer, que dejan sus respectivas familias de origen para formar una nueva familia.

Hay tres palabras claves en este pasaje bíblico:

  • Dejará (azáb): Soltar, renunciar, abandonar, cesar, dejar.
  • Unirá (dabác): Asirse, pegarse, adherirse, juntar, ligar.
  • Carne (basar): Cuerpo, persona, ser viviente.

Hay dos ideas centrales en este pasaje bíblico:

Principio de separatividad: Separarse / dejar la familia de origen para formar una nueva familia, diferente a la familia de origen.

Principio de unidad y complementariedad: Unirse para formar una unidad diferente a la individual. Constituirse en pareja. Incluye la unión de cuerpos, así como el crear una comunidad de intereses y una reciprocidad de afectos.

El sentido es que hombre y mujer, edificarán un hogar aparte (diferenciado) del hogar paterno, con espacios, unidades de tiempo, recursos, normas y valores diferentes y aparte de la familia de origen. Para este fin, la pareja necesita practicar los principios de unidad y complementariedad como pareja, y de separación y delimitación de sus familias de origen.

Para formar un nuevo sistema (pareja), es necesario abandonar el sistema previo (familias de origen). Si estoy amarrado a mi sistema de origen, será muy difícil formar y consolidar una relación de pareja que perdure en el tiempo.

La familia extendida y la sociedad en general forman contextos más amplios donde la pareja hace vida, y a través de los cuales ésta satisface sus necesidades, por lo que sé requiere una interacción dinámica de la pareja con estos contextos, sin perder la diferenciación, sin desdibujar su propio contexto. Para tal fin la pareja requiere definir y establecer límites claros pero flexibles, que funcionen como fronteras que le delimite y diferencie del entorno en que está sumergida, pero sin aislarla.

Equipaje familiar

¿Cómo juntar y unir lo que cada uno trae sin que eso genere conflicto?

Dice Manuel Barroso: «Una pareja son dos diferentes, un hombre y una mujer, provenientes de dos culturas familiares diferentes, conformando dos maneras de ser y existir, de ver la vida, quienes al juntarse deciden compartir tiempos y espacios, vidas y necesidades». El reto de ser pareja, es el reto de crear de dos contextos individuales diferentes y diferenciado, un contexto más amplio que integre los contextos de cada cónyuge, sin que ninguno de ellos desaparezca.

Cada uno (hombre y mujer) trae una cultura familiar (mapas sobre lo qué son la pareja y la familia); normas, valores, formas de establecer la comunicación – todo un equipaje familiar propio. Esta unión se caracteriza por el encuentro de dos culturas y contextos individuales, que se integran y necesitan adquirir una identidad propia como nueva familia. Eso quiere decir que cada uno de los cónyuges trae consigo toda su familia de origen a la vida matrimonial.  Cada cónyuge aporta sus modelos, sus mapas, sus patrones, lo que vio y vivió, y trata de que el conjunto – la totalidad (la pareja) – se acople a ese modelo.

Estos patrones constituyen mapas y paradigmas de cómo es la realidad y las relaciones. Estas formas de percibir el mundo se formaron en el núcleo familiar, en la escuela, en comunidad de crianza, siendo nuestros padres quienes más peso tiene en la formación de nuestros mapas y paradigmas. Vemos el mundo en gran medida como nuestros padres lo hayan visto. Los mapas y paradigmas de pareja que poseemos son en buena medida los mapas y paradigmas de papá y mamá. Del contexto de familia tomamos los mapas y paradigmas de relación, de intimidad y de comunicación. De esta manera cada miembro de la pareja tiene una historia de experiencias y aprendizajes diferentes que constituyen sus mapas de referencia. Diríamos un equipaje familiar que trae en formas de mapas (creencias, normas, valores, costumbres, etc.).

Cada parte, al contraer matrimonio y formar un nuevo hogar, trae su propio equipaje familiar que desempaca en el contexto de la relación de pareja y luego de familia. Este equipaje está lleno con las «ropas y utensilios» que traen de su familia de origen, vale decir, sus mapas, paradigmas, normas, reglas, valores, hábitos, costumbres, rituales, tabús, prejuicios que se instalaron desde la infancia, aprendidos en la cotidianidad de la vida familiar, a través de modelajes y enseñanzas de padres y vida relacional con hermanos. Este equipaje incluye formas de relacionarse, negociar y resolver conflictos, definir prioridades, establecer límites, etc. O como lo expresa la guía de Ecotheos: «Cada parte de la pareja trae consigo mismo el drama y guión de su familia de origen, en donde se aprenden destrezas básicas como el dar y recibir afecto, tomar distancia y buscar cercanía, resolver conflictos, luchas de poder, dialogar, etc.».

En ese equipaje familiar vienen finas prendas hechas de lino fino, de altísima costura, pero también vienen algunos «trapitos sucios: secretos de familia», trajes mal configurados y peor cosidos; ropa que a la primera lavada se encoge, destiñe o deshilacha. Y todas esas prendas entran al mismo closet (nueva familia). Algunos colores y modelos aportados por cada miembro a la nueva familia (closet), desentonan en forma resaltante u ocupan demasiado espacio, restándole espacio al otro cónyuge.

Los problemas en la relación de pareja ocurren cuando uno de los cónyuges o ambos tratan de hacer valer su equipaje familiar por encima o a expensas del otro. Los cónyuges inconscientemente tratan de ser fieles a su equipaje familiar, lo cual se traduce en una necesidad de tener la razón, y de aferrarse a hacer las cosas a su «manera correcta».

Exceso de equipaje

Ese equipaje familiar puede convertirse en una maleta muy pesada de llevar, porque eventualmente esa maleta puede estar llena de ropas y prendas – paradigmas, valores, normas, etc. – muy rígidos, o descontextualizados, o distorsionados de la realidad. Por otra parte, llevar esa maleta puede ser un ejercicio fatigoso y desgastante, al tener que unir en un mismo closet (familia) las ropas y prendas que trae cada cónyuge. Esa maleta puede estar llena de alguna decepción amorosa, que cree la predisposición a ver a los hombres o las mujeres bajo un filtro negativo; o de alguna experiencia de abuso sexual que cree cierto filtro distorsionado sobre el placer sexual, o de un sistema educativo muy rígido, crítico y restrictivo, que predisponga al dogmatismo; o definiciones de lo que es el matrimonio y la familia; o de cosas más triviales como la forma de ordenar la cama al levantarse o la manera de utilizar la crema dental, etc.

Según Judith Sills (Exceso de Equipaje: Despeje Su Camino) hay ciertos alertar que nos pueden indicar que estamos viajando con exceso de equipaje:

  • Siente la obligación de terminar todo lo que comienza – un libro, un proyecto, un matrimonio – incluso cuando sabe que no vale la pena llegar hasta el final.
  • Para usted es un trago amargo tener que contentarse con «lo segundo mejor», sea una casa, un(a) esposo(a), o un puesto en un restaurante.
  • Siente que siempre es el que da – a los amigos, a su cónyuge, a los hijos – pero no recibe a cambio lo que merece.
  • Se paraliza cuando tiene que tomar una decisión importante. No puede escoger una pareja o progresar en su carrera sin sufrir la agonía de la ambivalencia.
  • Todavía recuerda con ira algo que sucedió hace años, e insiste en traer el hecho a la memoria periódicamente.
  • Anhela encontrar un amor, un empleo mejor, tiempo para divertirse o aprender, pero dejo de luchar. Se dio por vencido.
  • Dice «si» cuando en realidad desea decir «no», sencillamente porque no soporta la idea de que alguien se disguste con usted.
  • Vive soñando siempre en «ese día en que seré…»
  • Está aburrido, decepcionado, apático o se siente ultrajado con más frecuencia de lo que quisiera.

Todo equipaje es de por sí una carga. Esa carga puede hacerse pesada o ligera, dependiendo de nuestra baja o alta predisposición y tolerancia al cambio, de la flexibilidad para viajar con poco equipaje, de su capacidad para reconocer y gestionar las diferencias, de su actitud para aprender y crecer. En ocasiones la presión o peso del equipaje viene por influencia externa, como las acciones de las familias de origen, o el entorno que rodea a la pareja. Pero en ocasiones se trata de cargas autoimpuestas. Estas cargas son las más difíciles de identificar / concienciar. Es fácil ver los fallos en otras personas, pero ver los propios puntos ciegos (hábitos, patrones de conducta, mapas), es más complejo y difícil.

Es necesario, entonces, que cada cónyuge comience a evaluar, revisar, someter a prueba, el contenido de su equipaje. Deberíamos preguntarnos, por ejemplo, ¿para qué me sirve este abrigo en verano? ¿Está a la moda esta camisa o vestido? Vale decir, ¿tiene sentido mantener este ritual? ¿Me beneficia esta forma de abordar las relaciones interpersonales? ¿Es válida esta creencia?

Construyendo un closet conjunto

Bajo el contexto de pareja – nueva familia – los cónyuges requieren revisar el closet y elegir conjuntamente, en acuerdo mutuo, qué ropa (hábitos, creencias, valores, tradiciones, etc.) desechar y botar, lavar para desmanchar, o usar más seguido. A veces algunos de los cónyuges se apegan a algunas prendas (mapas) que traen de su familia de origen, no porque sean muy vistosas, o estén a la moda, sino por costumbre, por no conocer otra forma de combinar la ropa (otras pautas de interacción y desempeño).

Dadas las diferencias de creencias, valores, normas, costumbres, rituales, etc., los cónyuges necesitan tomar conciencia de ese equipaje familiar que traen de su familia de origen. Una vez que los cónyuges toman conciencia y realizan los ajustes necesarios en sus mapas de referencia, pueden revisar y modificar efectivamente actitudes y conductas, pues logran tener la comprensión de éstos. Pueden también modificar la forma como se están comunicando entre sí. En palabras de Stephen Covey: «Cuanta más conciencia tengamos de nuestros paradigmas, mapas o supuestos básicos, y de la medida en que nos ha influido en nuestra experiencia, en mayor grado podremos asumir responsabilidad de tales paradigmas (mapas), examinarlos, someterlos a la prueba de la realidad, escuchar a los otros y estar abiertos a sus percepciones, con lo cual lograremos un cuadro más amplio y una modalidad de visión mucho más objetiva».

Construyendo un contexto de pareja

Los cónyuges necesitan negociar las diferencias para construir un contexto de pareja que los integre. El contexto resultante supone una negociación que no está exenta de pérdidas individuales. El producto de estas negociaciones definitorias y consensuales es un acuerdo costoso, que puede implicar pérdidas individuales como cónyuges, pero ganancias como pareja. Sin la disposición y el compromiso para ser pareja de cada uno los cónyuges, no es posible este acuerdo. Este acuerdo implica sacrificios: lo que cada cónyuge cede, a lo que renuncia a favor del contexto común de pareja.

La construcción de este contexto es un proceso que lleva tiempo, que demanda acoplamiento – alineamiento de los cónyuges, definiciones claras sobre lo que significa ser pareja, una comunicación constante, capacidad para lidiar con los conflictos cuando no se logre el acoplamiento, así como capacidad para cambiar y contextualizarse. Requiere sobre todo mucho enfoque y perseverancia. Supone un proceso de reconocimiento y aceptación del otro, desde el respeto, la consideración y el amor; y una disposición a negociar los elementos del contexto, de forma tal que ambos se sientan representados. Para lograr ese objetivo se precisa de muchas conversaciones.

La relación de pareja y su contexto son inseparables

Las relaciones (su clima, su sincronía, su ritmo, su dinamismo, etc.) en la pareja no pueden ser entendidas fuera del contexto (tiempo, espacio, recursos, valores, normas, etc.) en que quedan organizadas, y donde tiene lugar y ocasión la relación.

Cuando la pareja define y acuerda, por comisión o por omisión, los elementos de su contexto, en el fondo está definiendo su identidad. Es el tiempo invertido en y con el otro, el ritmo en cómo transcurre la relación y las conversaciones, el espacio definido para el uso, goce y disfrute con el otro, los recursos destinados para compartir con el otro, las normas y valores acordados, compartidos y vividos como pareja y que definen las creencias y rasgos culturales de la pareja y la familia, las oportunidades y opciones construidas juntos, es lo que le confiere la definición e identidad como pareja. El contexto expresa en el día a día lo qué son como pareja: cómo viven, cómo se relacionan, cómo conversan, cómo resuelven conflictos, cómo negocian, cuáles son sus hábitos, qué aprecian y priorizan, etc.

Elementos del contexto de pareja

Según el psicólogo Manuel Barroso existen ocho elementos que constituyen el contexto de una pareja.

Tiempo: ¿Cuándo? Fechas de inicio y de término. El tiempo hace que lo que cada cónyuge quiere tenga un carácter real, concreto.

Espacio: ¿Dónde? ¿Cuáles son los límites? El espacio dice si lo que cada uno quiere es alcanzable. ¿Cuáles son los límites reales? ¿Cuáles son las dimensiones de lo que se quiere?

Mapas: ¿Qué informaciones y aprendizajes tiene la persona que le ayude o le impida en la consecución de lo que quiere? Mapas de éxito, o de fracaso, de efectividad, o de inefectividad, paradojas y contradicciones dentro de la persona. El mapa habla acerca la información que es relevante para la persona.

Otro (el cónyuge): Para conseguir lo que cada cónyuge quiere en el contexto de pareja, necesita del otro. ¿En qué medida los cónyuges se necesitan? ¿Es a costa del otro? ¿Proporciona bienestar al otro? ¿Lo antepone? ¿Acepta y respeta las diferencias con el otro?

Recursos: La energía disponible, tecnología, destrezas, dinero, habilidades con las cuales se pueda planificar lo que se quiere. Los recursos tienen que ver con posibilidades. ¿Lo pueden conseguir?

Alternativas: Caminos alternos, diferentes enfoques. Las alternativas le proporcionan creatividad en conseguir lo que quieren.

Valores: La experiencia de lo que es conveniente o no para cada cónyuge y para la pareja. Creencias, principios que son propios de la persona y son importantes. Sentido ético de la elección.

Normas: Principios de acción, reglas prácticas. Las normas son los debos que cada cónyuge libremente elige para sí. Las normas llegan a convertirse en guías que regulan las conductas y actitudes de las personas.

A modo de conclusión

El contexto resultante de la negociación y acuerdo de estos ocho elementos, es lo que define la identidad de la pareja.

La unión de esos dos individuos diferentes (hombre y mujer) que forman una pareja, demanda definir y estructurar, desde el mismo comienzo de la relación, un contexto común que los incluya a ambos, y en el que juntos puedan interactuar para satisfacerse mutuamente sus necesidades. La relación de pareja como muchas otras relaciones no se da en el vacío. Requiere para su desenvolvimiento de una estructura y organización para crear un ambiente – atmósfera donde desplegarse. La pareja necesita, entonces, construir un contexto en el cual realizarse como tal: su tiempo (ritmo, sincronía) para compartir, planificar, nutrirse, etc.; sus recursos disponibles y necesarios para alcanzar sus objetivos comunes; su espacio con límites definidos y acordados para compartir la vida en pareja, sus valores y normas que regulen la relación; sus alternativas, oportunidades y opciones para producir, realizarse y crecer.

Si este contexto no logra consolidarse, entonces, la relación se convertirá en interacciones casuales, encuentros que surgen al azar, llenos muchas veces de frustración, tensión, caos, dolor y resentimiento. Sin un contexto común no hay un proyecto de vida como pareja, que unifique, energice, sinergice y direccione a la pareja; que mueva al compromiso y promueva el amor. Sin un contexto común de pareja, se está frente a la tragedia de «vivir en pareja» y de tener una pareja, sin ser pareja, sin hacer vida de pareja. El hogar se convierte, entonces, en un hotel. El matrimonio se convierte en un contrato legal. La familia se convierte en un requisito social. Los hijos son, entonces, posesiones comunes.


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

El estigma degradante de la envidia, segunda parte

Reversión del elogio y distorsión del esfuerzo como formas de violencia blanca. 

En nuestra nota anterior mencionamos el estado de abatimiento que padece el envidioso por la falta de confianza en sí mismo, al quedar sumergido en las sombras del éxito ajeno. Ese estado degradante de la envidia se origina en procesos cognitivos que, por acción u omisión, por exceso o por defecto en la educación recibida en el pasado, generaron situaciones por las cuales, desde temprana edad, el niño advierte que lo que le gustaría poseer ya lo tiene otro y, en ausencia de un proceso reflexivo y de comprensión, fomenta un disgusto creciente ante la posesión ajena. Es lógico que este sentimiento se origine en quien, como el niño, todavía no ha logrado completar su formación con la toma de conciencia de sí mismo y de los demás.

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En este caso, la envidia proviene de la violencia blanca ejercida por padres, maestros o allegados cuando, por acción (el niño que convive con la envidia adulta o escucha críticas injustas en lugar del elogio ecuánime) o por omisión (ausencia de la justa valoración del esfuerzo del prójimo), el éxito, los bienes legítimos y los atributos ajenos se convierten en trofeos deseables. El envidioso soslayó el esfuerzo personal y sin haber adquirido todavía las capacidades necesarias para acceder por sí mismo a lo que busca, alimenta ansias de poseer de manera fácil y rápida lo que otros lograron con esfuerzo, dedicación, altruismo y sentido ético.

Indagando en causas más profundas, aparecen dos actitudes y conductas que generalmente se presentan ante el éxito y el bienestar ajenos y que, a modo de matriz cognitiva, alimentan formas de violencia blanca. Esta violencia, aparentemente inocua y muy habitual, es asimilada por niños, adolescentes y adultos bajo dos modalidades: por un lado, la constante reversión del elogio y, por otro, la distorsión del valor y sentido del esfuerzo. Veamos ambos casos:

Cuando en el seno familiar, escolar o social el elogio hacia un tercero no reúne las condiciones de objetividad y equilibrio, se produce la reversión de la alabanza, al entrar en juego las oscuras molestias y motivaciones provocadas por una envidia carente de justificación y sustento. Así, en lugar de suscitar el elogio ecuánime sobre el comportamiento acertado o el éxito obtenido por una persona, los envidiosos proliferan adjetivos detractores que discrepan con la ecuanimidad. De esta manera, generan la reversión del elogio, descalificando a quien tuvo perseverancia en realizar esfuerzos para la obtención de un objetivo legítimo.

El contenido del elogio radica en los bienes, capacidades y éxitos logrados por alguien; estos bienes personales suscitan en los demás cierta admiración o beneplácito que el envidioso no soporta, dado que quisiera poseer sin esfuerzo y con rapidez los bienes y cualidades pertenecientes a otra persona. Posiblemente en un ambiente de envidiosos, el niño nunca haya escuchado elogios ecuánimes, sino el reverso del mismo mediante expresiones inexactas acerca del «dinero mal habido», «el éxito por casualidad» o «la capacidad o bien logrado a costa de…»

El elogio consiste en afirmar, en beneficio de una persona, la presencia de una cualidad, bien o atributo real. Ello implica ejercer la capacidad de observar con objetividad el valor per se de tales atributos, además de evitar incurrir en interpretaciones teñidas con un alto contenido subjetivo y de no hacer intervenir los intereses contrapuestos y el egoísmo entre allegados.

A diferencia del elogio ecuánime, que surge de la percepción objetiva del valor intrínseco de las cualidades ajenas, y sin excluir el propio deseo y anhelo de obtenerlas, en el caso de la reversión de aquél la cualidad desaparece y no invita a su imitación. En tal caso, las críticas distorsionantes girarán alrededor de cuestiones accesorias y superficiales, sin aludir en modo alguno a las cualidades personales y al proceso realizado por quien tuvo constancia en el esfuerzo. De esta manera, el envidioso elude el compromiso consigo mismo para superarse.

Con respecto a la distorsión del valor del esfuerzo realizado por otro, dicha deformación aparece cuando se impone la vida fácil como condición de éxito Por eso, el envidioso no registra ni valora el esfuerzo de quien cumplió objetivos de superación y mejora personal, pues vivió y sufrió el embate de la violencia blanca en ambientes que desnaturalizaron el esfuerzo de los demás. El esfuerzo forma parte necesaria del trayecto hacia el cumplimiento de un proyecto y la vía de acceso a lo que cualquier persona desearía poseer en su vida. El envidioso no sólo no realiza dicho esfuerzo, sino que aprendió a distorsionarlo con habilidad y destreza.

Por tal razón, y desde nuestro enfoque cognitivo-pedagógico, no podemos soslayar que, entre las causas generadoras de envidia, se encuentra la falta de capacidades y habilidades, pues quien envidia lo hace porque no advierte en sí mismo su talento y su capacidad para acceder a los valores y bienes que su vida anhela. Dependiendo de los demás, su vida no genera proyectos ni capacidades nuevas que le permitan crecer y desarrollarse, retroalimentando así un círculo que lo asfixia y le quita energía para pensar, sentir y vivir de manera satisfactoria.

Visto desde esta perspectiva pedagógica, se comprende que la envidia proviene de un déficit educacional y del descuido de un proceso formativo que no promovió los valores genuinos del desarrollo personal. Por eso, la educación familiar y escolar debe remover esos obstáculos que se albergan en una vida vacía de contenido y carente de estímulo y confianza. Para lo cual, deberá promover una formación sutil y cuidadosa a fin de generar y conducir tanto al niño como al adolescente a experimentar la confianza y la seguridad de su propio e intransferible talento y capacidad para crecer por sí mismo sin esperar el aval ajeno ni cotejar con los demás.


Dr. Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com

El estigma degradante de la envidia, primera parte

La violencia que inhibe la alegría y la creatividad humana. 

¿Cómo y por qué surgió la envidia en nuestras vidas? ¿Qué registros conscientes tenemos acerca de su origen? ¿Por qué nos incomoda el éxito y el bienestar ajenos?

Si bien tales preguntas tienen difícil respuesta, hay algo que todos sabemos acerca de la envidia: es un defecto complejo que avergüenza y degrada a quien lo padece. Ello, al punto de que estamos mejor predispuestos a aceptar muchos defectos y características negativas de nuestra personalidad frente a los demás, sin que nos perturbe o incomode cualquier adjetivación que hagan de nosotros. Pero si nuestros allegados nos calificaran de envidiosos, inmediatamente lo negaríamos, por el simple hecho de su carácter humillante. Por eso, muy pocos dicen a los demás ni reconocen en su fuero interno que son envidiosos.

La envidia es el sentimiento del menoscabo y del quebrantamiento; quien la siente es porque imagina que su ser tiene una desventaja existencial que lo posiciona siempre en un lugar de poco valor o, por lo menos, en el lugar que le afecta cuando se compara con otro y advierte que éste vale o posee más que el propio envidioso. En realidad, la envidia expresa una «quebradura» de la visión y valoración de sí mismo.

Quien sufre la envidia detiene su crecimiento y desarrollo personal, pues vive referenciándose en el otro, ante quien se acongoja cuando le va bien o se alegra cuando sufre un percance. Por eso, vive compitiendo y transforma las cualidades y atributos ajenos en amenaza y descalificación, excluyendo con ello la oportunidad de seguir el ejemplo y el esfuerzo de aquél.

De allí que la envidia es uno de los estados emocionales que provocan mayor estancamiento, genera desaliento y conlleva la pérdida de la motivación personal para desarrollar proyectos y progresar por mérito propio. Además, instala la figura de quien es envidiado en un pedestal de superioridad insalvable, como si fuera imposible acceder a los beneficios que el afortunado posee en términos de bienes materiales, prestigio social, conocimientos o virtudes. Por eso, el envidioso no indaga cómo y en qué condiciones alguien logró un determinado éxito o bienes; simplemente quiere poseer éxito y bienes sin siquiera preguntar cómo lograrlos o intentar aprender para poder acceder a los mismos.

Así considerada, la envidia retrotrae al sujeto a lo más primitivo de su ser, al punto que el bien y el éxito ajenos son los referentes habituales que coloca a aquél en un estado de permanente comparación y competitividad auto-destructiva. Rechazando la vía del ejemplo a seguir como una oportunidad para crecer, el envidioso se aísla y sumerge en el oscuro dolor del vacío que experimenta en el plano en el que advierte que su vida se estancó o no le satisface.

Paralelamente, y como contrapartida, el mismo envidioso en ciertas ocasiones experimenta una engañosa satisfacción y el aliciente de un ficticio y pasajero bienestar sobre aquellos allegados a los que la vida colocó en situación de sufrimiento, dolor o fracaso. Esto explica por qué algunos envidiosos, en determinadas circunstancias, y a modo de fraude auto-compensatorio consigo mismo, adoptan actitudes de servicio y colaboración inusual y calculada hacia quienes deben afrontar situaciones de dolor o sufrimiento. En esto último radica la alegría y la gratificación aparentes del envidioso, al vivir una fantasía de superioridad cruelmente gestada en su vida a través de un ejercicio inadvertido, y no menos cruel, de la violencia blanca.

El abatimiento agresivo que le provoca la falta de confianza en sí mismo, produce serias disminuciones en su productividad, en su creatividad y en su ignorada capacidad de acción. De esta manera, retroalimenta un circuito regresivo que, de no mediar la identificación y superación de los condicionamientos que generaron su envidia, lo dejará sumergido en las sombras del éxito ajeno.

Teniendo en cuenta esto, en la segunda parte esbozaremos algunos factores cognitivos que, por acción u omisión, por exceso o por defecto en la educación recibida en el pasado, ejercieron violencia blanca y fueron gestando el estigma de la envidia en la vida personal.


Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com.Ar

Hoy sí, mañana no

Evita complacer a los niños en todo, para que se conviertan en adultos capaces de considerar a otros.

Tomar decisiones es parte de las destrezas que deben aprender los niños. Pero a veces, la frontera entre ofrecer ese espacio y dejarles hacer lo que quieran no está clara. ¿Cómo fomentar el criterio propio y, al mismo tiempo, enseñarles a considerar a los demás y a que no siempre podrán cumplir su voluntad?

La doctora Luisa Collazo Valentín, psicóloga clínica con práctica escolar, explica que corresponde a los padres saber identificar en qué momentos es apropiado darles alternativas.

Presenta como ejemplo la compra de una camiseta para una actividad escolar. El código de vestimenta es el color rosa, pero el niño se empeña en usar violeta. En este caso, el adulto debe aprovechar para invitar al menor a una reflexión de acuerdo a su edad.

«No debe sentir que su gusto está cancelado sino que que puede tener su preferencia y ser particular, pero que también hay contextos a los cuáles responder. Y, en este caso, se trata de una decisión que afecta a otros», explica la psicóloga.

Recomienda decirle al niño frases tales como: «fíjate, está bonita pero la actividad es rosada. En otra ocasión puedes vestir de violeta».

Otra situación aleccionadora puede ser una salida a cenar. El niño quiere comer pizza, pero el resto de la familia desea comer criollo. Si el menor, que está aprendiendo a manejar sus emociones, se empeña en imponerse, corresponde al adulto explicar que en otro momento podrán visitar una pizzería, porque esta vez la mayoría optó por otra alternativa.

Perder el control si el niño se pone difícil puede ser una reacción de los padres que – aunque podrían terminar la discusión abruptamente – no le enseñará acerca del manejo adecuado de la situación y de sus propias emociones. El adulto debe aspirar a ser firme sin caer en el juego de las explicaciones interminables o estallar.

Por otro lado, complacerlos siempre -por cansancio, no saber qué hacer o simplemente querer que estén contentos- es un error que tendrá consecuencias en el futuro.

Hay que pensar en que ellos crecerán y deberán desenvolverse en diferentes contextos y ambientes sociales. Así es que enseñarles que existen límites es parte de la responsabilidad de los padres para criar futuros adultos que sabrán respetar otros puntos de vista.


Camile Roldán Soto

El verdadero valor de la Navidad

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En esta época compartir las tradiciones en familia y transmitir la importancia de dar y recibir amor, de ser solidarios, de alimentar el espíritu y de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, se convierten en el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros seres queridos.

Es un tiempo para renovar la fe en Dios, amar a los demás, y poner en alto el amor y paz. Para ello es fundamental compartir con los hijos los valores y enseñarles que la felicidad no sólo está en los obsequios y en los regalos materiales. Lo primordial es disfrutar con alegría y espiritualidad. Transmita a sus hijos el mensaje de renovación de fe y la alegría que acompaña las tradiciones navideñas.

Estas son maneras de cultivar el espíritu y encontrar felicidad en el interior de cada uno. Reflexionar y orar juntos, hablar sobre el significado de la Navidad en las distintas tradiciones religiosas, contar anécdotas sobre la celebración de estas tradiciones en la familia, son una manera de fortalecer el espíritu navideño. Además, es momento para compartir con las personas queridas y para dar, no sólo para recibir.

La Navidad es tiempo de costumbres que invitan a participar de un mensaje de amor y de entrega

Motive a sus hijos a pensar en los demás sin limitarse a sus amigos cercanos o conocidos. Enséñeles a compartir con aquellos que lo necesiten, a ser solidarios y a estar dispuestos a dar desinteresadamente.

No obsesionarse con la lista de regalos. Aquello que pedimos desde nuestro corazón tiene un gran valor. Por ejemplo la salud de un familiar el bienestar de los amigos o vivir en armonía. Adicionalmente no todos los obsequios que se hacen en navidad deben ser comprados. Puede regalar una tarjeta o hacer una invitación a comer.

Ante los cambios del mundo moderno, muchas de estas tradiciones se han ido perdiendo. En efecto, muchos niños parecen ajenos a los rituales familiares de antaño. Estas celebraciones en familia crean vínculos emocionales de amor y la alegría. Así que aproveche para rescatar, con sus hijos, tradiciones como cantar villancicos, hacer recetas e intercambiarlas con los vecinos, contar historias de navidad, hacer manualidades o jugar aguinaldos.

Ante todo una actitud amorosa, generosa y alegre es lo mejor para trasmitirle a los niños.


María Elena López Jordán | ElTiempo.Com

Quiero para todos los niños la mejor versión de mi infancia

En épocas de vacaciones o navidades vivimos cómo si fuésemos niños, con esa ilusión fascinante que te hacía sentirte feliz no por lo que recibieras de regalo, sino porque el aura de misterio y de ilusión provocaba que todo se viese distinto a tu alrededor. La infancia estaba llena de ilusiones, sueños y juegos.

Si lo recordamos así es porque al menos una parte de nuestra infancia valió la pena, soñamos con cosas que no eran del todo verdad, pero en esta vida a veces la imaginación es necesaria. Los niños se ilusionan como locos sin saber si luego se decepcionarán, porque todavía no saben que cuando la ilusión se desvanece queda la verdad, que a veces es dura.

Yo no quiero engañar a los niños que tengo a mi alrededor, simplemente quiero para todos los niños la mejor versión de mi infancia. Quiero ilusionarles, pero también explicarles que el remordimiento y el miedo no giren su vida.

La infancia es jugar abriendo los sentidos

La infancia es ir descubriendo y explorando a través de los sentidos. Cada cosa que sucede alrededor de un niño es un motivo para curiosearlo. Ellos despiertan al mundo a través de los sentidos y es con ellos con los que crecerán y vivirán nuevas experiencias.

En muchas ocasiones he visto como muchos niños dudaban sobre qué regalo pedir para Navidad o cumpleaños. Les daría un consejo: pedid ayuda para buscar un lugar secreto, puede ser algo abandonado, incluso en el gran terreno de toda la escuela, de una casa o de un parque. Un escondrijo que les permita refugiarse y explorar…

Hay también que jugar a saltar los charcos, aunque salpiquen. Si no lo hacen de niños, de adultos será mucho más difícil y la sensación lo merece. Que convivan con un animal, cuando crezcan se darán cuenta de que al recordarlo sus lágrimas evocarán su primer y valioso aprendizaje emocional.

La cuestión es que en la infancia nos desarrollamos a través de los sentidos y no hay mejor manera que comenzar a hacerlo que a través del juego. El juego supone para ellos una puerta abierta a la incertidumbre y la curiosidad, por eso no hay que dejar de promoverlo.

En la infancia se posan daños que duran toda la vida

Una crítica constructiva puede ayudar a un niño a sacar lo mejor de sí mismo, desplegar potenciales competencias y habilidades emocionales que estaban latentes pero dormidas. Sin embargo, una crítica destructiva, rozando el insulto o la burla puede quedar grabada para siempre. Si sucede delante de otros, todavía con mayor fuerza.

Yo jamás querría eso para un niño. Un niño necesita sentirse único y especial, lleno de amor pero también de disciplina. Dar amor a los niños nunca es malcriarlos. Contarles cuentos para hacerles sentir tan bien que creen estar viviendo lo que sueñan, tampoco es peligroso… A través de la atmósfera mágica de los cuentos se enseñan valores, modales, ambición, superación, normas de convivencia y lo difícil que a veces son las relaciones de amistad.

La infancia debe estar llena de besos, abrazos y caricias para ser buena

No hay nada que reconforte más a un niño que la atención. Sentir que a la salida del colegio verán a alguien que va a buscarlos y que además se ha acordado de traer su merienda preferida, les entusiasma. Ser recibidos por un beso, una sonrisa o un abrazo es ya perfecto para ellos.

Los niños son adictos a los abrazos, les encantan. Es la mejor forma en la que saben que están protegidos. Un abrazo es la prueba de que su mundo es seguro, aunque en ocasiones estén terriblemente asustados. Concede abrazos todas las veces que puedas. Bésalos sin descanso en su mejilla, cuando hacen algo bien. Los niños generan endorfinas por las muestras de afecto continuadas que reciben, disminuyendo su frustración y por tanto su agresividad.

En la infancia se debe sentir la disciplina, no el control

Algunos padres o tutores piensan que la disciplina se gana gracias a una autoridad, pero en realidad la autoridad también hay que darla como relevo de autonomía a los niños para fomentar su independencia, autocontrol y autoestima, algo que durará para toda la vida.

«Al leer sobre las vidas de los grandes hombres, descubrí que la primera victoria que ellos tuvieron fue sobre sí mismos. La autodisciplina siempre fue lo principal».

HARRY S. TRUMAN

Cuando un niño nota que le han dado total confianza, no quiere traicionarla. Esta confianza lo impulsará a la autonomía, al descubrimiento, a la validación de sus puntos de vista. Entenderá que llega un momento en el que la disciplina y el descubrimiento van juntos, y que aunque tenga un «supervisor» que observa todos sus pasos, no le impedirá tomar riesgo y poder caerse aunque siempre los que lo quieren estarán para levantarlo.

Creo sin duda alguna, que una buena infancia evita en un futuro que nos rompamos en pedazos una y otra vez, que tengamos miedo o culpa. Es por ello que deseo la mejor versión de mi infancia para todos los niños. Sólo una generación criada así, podrá arreglar los males de este mundo.


Cristina Roda Rivera | LaMenteEsMaravillosa.Com

¿Cómo el amor de una madre cambia el cerebro de sus hijos?

La mayoría de los padres son conscientes de que transmitirles a sus hijos determinados valores les puede ayudar a convertirse en adultos exitosos. Muchos también se preocupan por darles una buena educación, se aseguran de que sus hijos obtienen buenas calificaciones en el colegio y, si es necesario, incluso los apuntan en actividades extraescolares.

Por supuesto, no hay duda de que la estimulación temprana de las habilidades cognitivas determinará en un futuro la flexibilidad o rigidez mental que pueda desarrollar ese niño, así como su capacidad para resolver problemas. Sin embargo, hay un factor que hemos dejado fuera de la ecuación: el amor.

Sólo el amor engendra la maravilla

Un estudio realizado en la Universidad de Washington desveló por primera vez, aportando pruebas concluyentes, que el amor no solo es esencial para la felicidad de los niños y su equilibrio emocional sino también para el crecimiento de su cerebro. Mientras más amemos a los niños, les abracemos, besemos y sonriamos, más crecerá su cerebro.

De hecho, todo parece indicar que el cerebro humano está cableado para recibir amor, y lo necesita casi tanto como los nuevos estímulos. Se ha apreciado que el cariño de la madre estimula el crecimiento de una zona del cerebro fundamental para el aprendizaje y la respuesta ante el estrés: el hipocampo.

El hipocampo es una parte del cerebro esencial para la memoria, de hecho, está implicado en la formación de nuevos recuerdos. También juega un rol importantísimo en el aprendizaje y la respuesta ante el estrés. Además, forma parte del sistema límbico, contribuyendo a regular las emociones. Estos neurocientíficos han descubierto que en los niños cuyas madres les brindan apoyo y amor, el volumen del hipocampo es casi un 10% mayor, en comparación con los pequeños cuyas madres son distantes emocionalmente.

En el estudio participaron 92 niños, a los cuales se les dio seguimiento durante 7 años. Durante ese periodo, los investigadores observaron cómo los padres se relacionaban con sus hijos (aunque se debe precisar que el 97% de la muestra estuvo compuesta por madres). Al comenzar el estudio, los niños tenían 6 años, cuando terminó, ya habían cumplido 13 años.

Durante ese tiempo, los investigadores diseñaron diferentes tareas para apreciar mejor cómo se relacionaban las madres con los niños. Por ejemplo, en una de ellas les pidieron a los pequeños que esperaran 8 minutos antes de abrir un regalo que les habían colocado delante.

Durante la espera, los investigadores tomaron notas de las estrategias de apoyo que usaban las madres para animar a sus hijos a ser pacientes y controlar sus impulsos. Las madres más amorosas, se mostraban cercanas y empáticas, intentando consolar al niño y explicándole por qué debía esperar. Al contrario, otras madres se mostraban distantes emocionalmente, en algunos casos simplemente obligaban a los niños a esperar el tiempo requerido o se desentendían de estos.

A los 13 años todos estos niños fueron sometieron a una resonancia magnética para evaluar el tamaño de algunas estructuras de su cerebro. Así se pudo apreciar que el apoyo y el amor materno era un buen predictor del tamaño del hipocampo. Al contrario, los niños que tenían madres más distantes emocionalmente tenían un hipocampo más pequeño.

El estudio también mostró que los niños que recibían más apoyo y amor de sus madres obtenían mejores resultados en las pruebas de comprensión emocional, habilidades verbales y competencias sociales. Los investigadores explican que cuando un niño se siente amado y protegido, instaurará un apego seguro, el cual le permite desarrollar las herramientas que necesita para enfrentar los retos que le pondrá la vida.

¿Cómo lograr que el niño desarrolle un apego seguro? 5 estrategias comprobadas científicamente 

1. Ser sensible durante el juego.

Un estudio desarrollado en el Children’s Hospital de Nueva York desveló que cuando las madres se muestran insensibles o controladoras durante el juego de sus hijos, estos suelen desarrollar un apego inseguro. Al contrario, cuando las madres son sensibles a los intereses y necesidades de los pequeños durante el juego, estos desarrollan un apego seguro. Por tanto, asegúrate de comprender y alentar los intereses de tu hijo durante el juego.

2. Comprender los estados emocionales del niño.

Una investigación llevada a cabo en la Universidad de Staffordshire mostró que los niños que desarrollan un apego seguro son aquellos cuyas madres son capaces de comprender sus estados emocionales desde pequeños y satisfacer sus necesidades. De hecho, cuando los niños se sienten comprendidos y sus emociones son validadas, se sienten seguros y pueden desarrollar una autoconfianza y una autoestima sanas.

3. Establecer más contacto físico.

Un experimento llevado a cabo por investigadores de la Columbia University desveló que el contacto físico es importante para desarrollar un apego seguro. En este estudio los investigadores compararon a bebés que pasaban gran parte del tiempo en la cuna o en la silla de paseo con otros que eran cargados con frecuencia por sus padres. A los 13 meses de edad, los bebés que mantuvieron más contacto físico con sus padres habían desarrollado un apego seguro.

4. Mantenerse disponible emocionalmente.

Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Haifa encontró un vínculo muy fuerte entre el apego seguro y la disponibilidad emocional de los padres. En práctica, si los padres están disponibles para hablar sobre sus emociones y apoyan a sus hijos cuando estos lo necesitan, los niños tienen más probabilidades de desarrollar un apego seguro. Sin duda, el simple hecho de saber que tienen alguien a quien recurrir, les brinda a los niños la seguridad necesaria para explorar, equivocarse y volver a empezar, la base del aprendizaje.

5. Mostrarse sensible ante el estrés infantil.

Muchos padres minimizan los problemas de los niños pues piensan que no son importantes. Sin embargo, un estudio realizado en la Universidad de Illinois descubrió que la sensibilidad ante el estrés infantil es clave para que los niños puedan desarrollar un apego seguro. En esta investigación se les dio seguimiento a bebés desde que tenían 6 meses hasta que cumplieron 15 meses y se apreció que cuando las madres respondían rápidamente ante las señales de estrés, como el llanto, estos pequeños se sentían más seguros y tranquilos. Por tanto, no dejes a tu hijo llorar, atiende su llamado cuando lo necesite.

Y, por supuesto, el consejo final: amarles mucho, amarles incondicionalmente.


 

A mis padres

No me den todo lo que pida; a veces yo sólo pido para ver cuánto puedo obtener.

No me den siempre órdenes; si me pidieran las cosas con cariño, yo las haría más rápido y con más gusto.

Cumplan las promesas, buenas o malas; si me ofrecen un premio, dénmelo… pero también un castigo si me lo merezco.

No me comparen con nadie, especialmente con mi hermano o mi hermana; si me hacen lucir peor que los demás, entonces seré yo quien sufra.

No me corrijan mis faltas delante de nadie; ensénenme a mejorar cuando estemos solos.

No me griten; los respeto menos cuando lo hacen, me enseñan a gritar y no quiero hacerlo.

Déjenme valerme por mí mismo; si lo hacen todo por mí, yo nunca aprenderé.

No digan mentiras delante de mí, ni me pidan que las diga por ustedes, aunque sea para sacarles de un apuro; me hacen sentir mal y a perder la fe en lo que dicen.

Cuando yo hago algo malo, no me exijan que les diga el porqué, pues a veces ni yo mismo lo sé.

Cuando estén equivocados en algo, admítanlo para que crezca la opinión que yo tengo de ustedes, y así me enseñarán a admitir mis equivocaciones.

Trátenme con la misma amabilidad y cordialidad con que tratan a sus amigos ya que, aunque seamos familia, podemos ser amigos también.

No me digan que haga una cosa que ustedes no hacen; yo aprenderé y haré siempre lo que ustedes hagan, aunque no lo digan, pero nunca lo que digan y no hagan.

Ensénenme a conocer y amar a Dios; pero de nada vale si yo veo que ustedes ni lo conocen ni lo aman.

Cuando les cuente un problema mío, no me digan: «No tengo tiempo para boberías» o «Eso no tiene importancia»; traten de comprenderme y ayudarme.

Quiéranme mucho y díganmelo; ¡a mí me gusta oírlo, aunque crean que no es necesario repetirlo!


Anónimo