El poder del perdón

Saber perdonar tiene muchos beneficios para el cuerpo y las relaciones. Aprende cómo influye en todos los aspectos cotidianos. 

Tal como canta Elton John, el perdón parece ser uno de los conceptos más difíciles de experimentar. Pero además de eso, por lo que pude investigar, es un término mal entendido.

Muchas veces no perdonamos porque creemos que el perdón contribuye a la injusticia. «Quienes hicieron daño no merecen nuestro perdón», pensamos. Si perdonamos nos volverán a herir, se van a aprovechar de «nuestra nobleza». El enojo por los daños y ofensas a veces no se ve mermado ni siquiera por el tiempo. Se puede estar enfurecido con los propios padres por sus errores durante la crianza, con quienes abusaron alguna vez de nuestra buena fe, y con esa cuñada que nos dijo «gorda» (o lo insinuó) en la Navidad de hace diez años.

No perdonamos a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos

Guardamos la herida en el alma como un tesoro filoso, la sacamos en el recuerdo de vez en cuando y la miramos absortos como si fuera un álbum de fotos, una joya de exposición. Y, en ese momento, proyectamos otra vez en nuestra mente la película triste del episodio imperdonable y revivimos todo. El enojo del pasado se alimenta con grandes bocados de presente. Eso es el rencor.

Pero, realmente ¿por qué motivos valdría la pena perdonar? ¿Sólo por una cuestión religiosa, por puro altruismo? En un mundo que en muchas ocasiones es tan sumamente cruel, ¿hay algún asunto que sea imposible de disculpar?

La información es rica y variada al respecto. Algunos expertos se han dedicado a estudiar el perdón como una ciencia y han descubierto algunas cuestiones realmente sorprendentes.

Para conocerlo y dominarlo, primero debemos saber de qué está construido el perdón, qué es y qué no es este sentimiento transformador.

Aviones sin descanso

Fred Luskin es consejero, psicólogo de la salud y director del Proyecto del Perdón de la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos. En su guía «Perdonar es Sanar», que recoge casos y estudios de ese programa, Luskin explica que las aflicciones sin solucionar son como aviones que vuelan días y semanas sin parar ni aterrizar, congestionando recursos que se pueden necesitar en caso de emergencia. «Los aviones del rencor se convierten en fuente de estrés, y frecuentemente el resultado es un choque», afirma Luskin.

El especialista aclara que el perdón no es aceptar la crueldad, olvidar que algo doloroso ha sucedido ni excusar el mal comportamiento. Tampoco implica la reconciliación con el ofensor. «El perdón es para usted y no para quien lo ofendió», dice Luskin. «Se aprende a perdonar como se aprende a patear una pelota. Mi investigación sobre el perdón demuestra que las personas reservan su capacidad para molestarse pero la usan sabiamente. No desperdician su valiosa energía atrapados en furia y dolor por cosas sobre las que nada pueden hacer. Al perdonar, reconocemos que nada se puede hacer por el pasado, pero permite liberarnos de él. Perdonar ayuda a bajar los aviones para hacerles los ajustes necesarios».

Según Luskin, el perdón sirve para descansar y no implica que el ofensor «se saldrá con la suya» ni aceptar algo injusto. Significa, en cambio, no sufrir eternamente por esa ofensa o agresión.

Sin embargo, ¿qué pasa si esta última fue demasiado grave?

La lección de Kim

Era la guerra de Vietnam, exactamente el 8 de noviembre de 1972. La familia de Kim Phuc intentó guarecerse en una pagoda cercana al escuchar el ruido de los aviones estadounidenses. Pero el refugio no fue suficiente contra las bombas de napalm que caían del cielo, y el lugar comenzó a incendiarse.

Un corresponsal de la agencia de noticias Associated Press, Nick Ut, sacó en ese momento la foto famosa y triste que recorrió el mundo. Allí estaba Kim, de nueve años, desnuda y llorando en un grito, con gran parte de su cuerpo cubierto de quemaduras de tercer grado. A pesar de eso, Kim sobrevivió. Tuvo que someterse a 17 cirugías y luego de años de ser utilizada como símbolo de la resistencia por su país, pidió asilo en Canadá. Pero lo destacable en su historia es que Kim perdonó al capitán John Plummer, el oficial que ordenó tirar las bombas sobre su pueblo.

En «El Don de Arder», Kim cuenta a la periodista Ima Sanchís que al encontrarse con el militar en un evento no lo insultó, sino que lo abrazó: «La guerra hace que todos seamos víctimas. Yo, como niña, fui una víctima, pero él, que hacía su trabajo como soldado, también lo fue. Yo tengo dolores físicos, pero él tiene dolores emocionales, que son peores que los míos».

Kim ha capitalizado sus viejas heridas en una forma positiva. En la actualidad, viaja por el mundo pidiendo por la paz, y es presidenta de la Fundación Kim Internacional, organización dedicada a dar asistencia a víctimas de conflictos armados.

Pero ¿cuál es el secreto para actuar con esa entereza?

Resiliencia, la palabra mágica 

Boris Cyrulnik sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi del que logró huir cuando tenía apenas seis años. Luego de la guerra, anduvo de un refugio en otro hasta terminar en una granja de beneficencia. Unos vecinos le enseñaron el amor por la vida y la literatura, y más tarde él decidió ser médico y estudiar los mecanismos de supervivencia. Hoy es psiquiatra, neurólogo, escritor, psicoanalista y especialista en resiliencia, un concepto psicológico que define la capacidad de las personas de sobreponerse a la adversidad y ser fuertes en las crisis. «La resiliencia es un antidestino», dice Cyrulnik. «Es un trabajo, no es fácil, pero es un espacio de libertad interior que hace posible que uno no se someta a su herida».

Las personas que pueden sobreponerse a las tragedias o que logran salir de períodos difíciles de dolor emocional pueden dejar su papel de víctima y empezar una vida nueva, al igual que Boris y Kim. ¿Se ha preguntado por qué algunas personas, agobiadas por el desamparo en su infancia, caen en la delincuencia o se convierten en agentes de maltrato, y otras, en cambio, se recuperan, se vuelven personas de bien y son felices, fuertes, prósperas o exitosas? La resiliencia es la respuesta, y, para lograrla, el perdón es uno de los ingredientes requeridos.

De acuerdo con la psicoterapeuta Rosa Argentina Rivas Lacayo, presidenta de la Asociación Latinoamericana de Desarrollo Humano y de la Asociación de Orientación Holística de la República Mexicana y autora del libro «Saber Crecer»: «Sin perdón no podemos crecer ni fortalecernos con la adversidad. No lograremos tampoco ser resilientes. Algunas personas mantienen su dolor al rojo vivo para demostrar al mundo lo mal que han sido tratadas, sin querer darse cuenta de que se dañan ellas mismas al hacerlo. Al mundo no le interesa nuestro pasado, sino lo que somos capaces de hacer y dar ahora. Cuando nos aferramos al dolor añejo, la autocompasión empaña nuestra capacidad de dar a los demás y, al asumir el papel de mártires, nos sentamos a esperar que alguien mágicamente resuelva nuestra vida».

Para Rivas Lacayo, el perdón nos ayuda a reconocer y admitir que somos frágiles y que no necesitamos ocultar la debilidad. Al hacernos conscientes de nuestros límites, evitaremos que la experiencia se repita.

No es poco, pero hay más: ¿qué tal si hubiera pruebas médicas de la utilidad del perdón?

El perdón, para prevenir las enfermedades 

Además de la salud espiritual, existen varias pruebas de que dejar atrás la hostilidad protege la salud física. Y no es una metáfora ni una «manera de decir». Un estudio denominado «Forgiveness and Physical Health» realizado en la Universidad de Wisconsin indicó que aprender a perdonar puede ayudar a prevenir las enfermedades del corazón en personas de mediana edad. En esa investigación se descubrió que, cuanto mayor era la capacidad de perdonar de las personas, menos problemas de salud coronaria manifestaban a lo largo de su vida. En cambio, cuanto menor era la habilidad para disculpar, más frecuentes eran los episodios de trastornos cardiovasculares.

Con respecto a la rememoración de heridas, he aquí otra información importante: una investigación señaló que pensar durante cinco minutos en algo que produce desazón, enojo o disgusto puede disminuir la variabilidad del ritmo cardíaco (VRC), una medida de la salud del sistema nervioso que señala cuán flexible es el estado del sistema cardiovascular. Para afrontar y responder en buenas condiciones el estrés, el corazón necesita flexibilidad. El mismo estudio mostró que esos cinco minutos de pensamiento negativo desaceleran la respuesta del sistema inmunitario o de defensas del organismo.

Los beneficios del perdón (tanto los que protegen el cuerpo, como los que alivian y «limpian» el alma) no se aplican sólo a los demás sino también a uno mismo, cuando a pesar de nuestros errores y culpas somos capaces de perdonarnos y dejar de sentirnos merecedores de un castigo.

Perdonar no es olvidar ni permanecer en el error. Por el contrario, es empezar de nuevo, con la experiencia adquirida, sin los rencores «sobrevolando» y confundiendo las posibilidades del presente.

Al igual que el amor, el perdón no es algo que se «entrega» a los demás, sino un regalo vital para nosotros mismos.


Ágata Székely | Selecciones.Com

Cuidar nuestras heridas

«Cuando alguien se hace una herida, lo primero que hacemos es limpiarla, desinfectarla y cubrirla para evitar que se infecte. Sin embargo, cuando alguien sufre una herida emocional solemos creer que se curará por si sola dejando pasar el tiempo. Algo que no siempre es así, porque las heridas emocionales pueden ser tanto o más paralizantes que las físicas, enquistarse o no cicatrizar correctamente. Igual que nos inquietan estás posibilidades a nivel físico, debería inquietarnos a nivel emocional».

Mayte Orozco | Dra. en Psicología


Mayte Orozco | Dra. en Psicología

Seis pasos para sanar las heridas emocionales de la infancia

Buscar culpables sólo nos hace perder energía. Es fundamental que nos demos permiso para enfadarnos y aprendamos a perdonarnos; al sanar nuestras heridas podremos ir por el mundo sin ocultarnos.

Las experiencias dolorosas que desarrollamos a lo largo de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Generalmente nos cuesta afrontar problemas emocionales como separaciones, traiciones, humillaciones, abandonos o injusticias.

Lo cierto es que es probable que muchos de nosotros aún no hayamos cerrado esas heridas, que sigan doliéndonos y que intentemos enmascararlas bajo el maquillaje de la vida.

Sin embargo, no nos percatamos de que sólo estamos evitándolas y que cuanto más esperemos más se agravarán; esto es mucho más complicado cuando, a pesar de que sabemos que algo no está bien en nuestro interior, todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos heridos.

Así, hay un tanto por ciento de ignorancia que, unido al miedo de revivir nuestro dolor, no nos permite ser nosotros mismos, obligándonos a interpretar un papel que tenemos poco o nada estudiado y que no nos corresponde.

Seguro que, si estás leyendo esto, te sobran las ganas de conocerte y de mejorarte cada día. Por eso, con este artículo te queremos acercar una pequeña ayuda para que conozcas cuál es el proceso que debes seguir si quieres poner en marcha la maquinaria del afrontamiento que te permita curar tus heridas.

Así es que, a continuación, te mostramos 5 etapas que necesitamos experimentar para sanar nuestras heridas emocionales:

1. Acepta la herida como parte de ti

No te tapes los ojos, la herida existe. Puedes reconocerlo o no, pero en realidad hacerlo es lo único que te ayudará a seguir adelante. Según Lisa Bourbeaur aceptar una herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que tener situaciones que resolver forma parte de la experiencia del ser humano.

Puede que pienses que vendarle los ojos al sufrimiento es lo mejor que puedes hacer, pero eso implica que la herida se complique con el paso del tiempo.

Debes aceptar y comprender que no somos mejores o peores porque algo nos haga daño. Haberte construido tu coraza es un acto heroico, un acto de amor propio que tiene mucho mérito, pero que ya ha cumplido su función. Ya te protegió del ambiente que te originó la herida, por lo que es la hora de dejar ir y avanzar.

Aceptar nuestras heridas resulta muy beneficioso cuando es con el fin de adquirir el aprendizaje que necesitábamos. Si no lo haces, generarás numerosos problemas a largo plazo, tales como depresión, ansiedad e inseguridades.

2. Aceptar que te haces daño sucumbiendo al temor o al reproche

Si focalizamos nuestra atención en el dolor y en la búsqueda de un culpable o un responsable estaremos perdiendo energía, la cual es muy necesaria para sanar nuestra herida. Intenta perdonarte y perdonar a los demás, pues es la única manera de que consigas pasar página y abrir tu corazón.

Debes entender que la voluntad y la decisión de sobreponernos a nuestras heridas es el primer paso hacia la autocomprensión y el autocuidado. No sólo desarrollarás estas cualidades para ti, sino también hacia los demás, lo cual redundará en un mayor bienestar emocional.

No puedes pretender que los demás cumplan tus expectativas y te saquen del pozo cada vez que te hundes; no es justo cargar a alguien con esa responsabilidad que solo nos corresponde a nosotros mismos. De hecho, son este tipo de comportamientos los que llevan a anular gran parte de nuestras relaciones y de nuestra vida, lo que genera a su vez gran malestar emocional.

3. Date permiso para enfadarte con las personas que alimentaron tu herida

Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará culpar y sentir enfado hacia quien nos perjudicó. Date permiso para enfadarte con ellos y perdónate.

Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás reprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento, dos sentimientos extremadamente perjudiciales para nuestra salud.

Vivir imponiéndonos trampas emocionales es castigarnos y abocarnos a una vida llena de dolor y de insatisfacción. Además, de nuevo, esto ocasionará que enmascares tu verdadero Yo interno y que no seas capaz de abrir tu corazón.

4. Tras la aceptación y el perdón viene la transformación

Absolutamente todas nuestras experiencias nos enseñan algo. Es probable que te cueste aceptarlo, pues nuestro ego es especialista en crear esa barrera de protección que oculta nuestros problemas.

Lo cierto es que nuestro ego suele complicarnos la vida; sin embargo, son nuestros pensamientos y nuestros comportamientos los que la simplifican. Todo cambio requiere de un gran esfuerzo, pero es necesario mirar de frente y afrontar que no estamos siendo nosotros mismos y que algo debe cambiar.

5. Observa el mundo con y sin herida

Date tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años. Estaba ahí y, aun sin saber cómo, dirigía cada uno de tus movimientos. Deshazte de tus máscaras, no te juzgues, no te critiques y pon todo de ti a la hora de intentar sanar tu herida de manera profunda.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses o años. Lo ideal es que seas capaz de decirte a ti mismo «Vale, me he colocado esta máscara y la razón ha sido esta. Es hora de quitármela». Entonces sabrás que estás en el camino correcto y que, en el resto del viaje, tu guía será la inercia que te permita sentirte bien sin ocultarte.

6. Apóyate en tu círculo social

Es probable que pienses que tú puedes con todo y que ya has salido de peores pozos. Sin embargo, no hay motivos por los cuales debas renunciar al consuelo de un corazón que te escuche pacientemente.

Es evidente que el apoyo que los demás nos brindan puede ser crucial a la hora de superar múltiples obstáculos. No renuncies a los abrazos y al mundo, ellos también forman parte de ti y juntos pueden reconstruir un nuevo hogar en el cual vivir sin sufrimiento.


Alejandra Plaza | AlejandraPlaza.Com

Las heridas emocionales de la infancia

Todos quien más y quien menos, hemos tenido heridas de infancia, cosas que nos hubieran gustado que fueran un poco diferentes, y no lo fueron con nuestros padres o nuestras figuras de apego. Si estas heridas emocionales no las hemos revisado, quedan mal cicatrizadas, y se infectan. Hay una tirita puesta en la herida, pero en realidad no está cerrada, y cada vez que de adultos nos toca vivir emociones parecidas a las de esa herida, vamos a volver a ella sin darnos cuenta.

La herida del miedo al abandono

Esta herida se caracteriza por un miedo a estar solo, a sentirse solo. No puedo estar solo, me da demasiado miedo. Como temo que me abandonen, entonces abandono yo antes. O incluso, como tengo tanto miedo, a que me abandonen, no me arriesgo a opinar mucho, y soy complaciente con los demás. Pongo las necesidades de los demás antes que las mías, así tengo menos posibilidades de que me abandonen. Me vuelvo dependiente de los demás para sentir esa «falsa» seguridad.

Estás en vías de sanación cuando: puedes estar solo, y cada vez sentirte mejor. Has aprendido a gestionar mejor los momentos de soledad. No necesitas llamar la atención ni hacerte notar con tanta frecuencia. La vida te resulta menos dramática, y tengo más energía para emprender proyectos me apoyen o no.

La herida del miedo al rechazo

No tengo derecho a existir, soy invisible, puedo ser sustituido, no soy nada especial, sobro, no merezco estar aquí, no soy bienvenido…. El que tiene miedo al rechazo, va tener una tendencia hacia la huida. La persona, que se siente rechazada, no es objetiva, pues interpreta lo que vive a su alrededor, bajo el filtro de su herida y se siente rechazada aunque no lo sea.

Estás en vías de sanación cuando: cada vez puedes ocupar más tu lugar, te atreves a arriesgar y afirmarte. En vez de huir, empiezas a afrontar lo que te pasa a ti y a los demás. Cuando alguien parece olvidarse de ti, cada vez te molesta menos, y no te lo tomas tan personal.

La herida del miedo a la humillación

Esta herida se basa en que como me han humillado de pequeño, me creo que soy lo peor, soy malo, soy un problema. Y sin darme cuenta, voy a crear situaciones en mi vida, que buscan mi humillación o la desaprobación de los demás. Como he vivido la desaprobación, yo también voy a desaprobar, y voy a criticar. Esto crea una carga emocional muy fuerte en la espalda, en la mochila que todos llevamos con más o menos piedras.

Estás en vías de sanación cuando: Puedes tomarte tiempo para dedicártelo a ti, a respetar tus necesidades. Tienes menos peso, te sientes más libre. No necesitas humillar para sentirte escuchado. Puedes reconocer tus propios límites.

La herida del miedo a que no me valoren

Necesito ser perfecto, brillar para sentirme reconocido. Si paso desapercibido, no soy nadie. Puedo estar desconectado de mis emociones, o vivirlas con mucha intensidad. Vivo injusto el hecho de que no me reconozcan. Intento ser el centro de atención para que me reconozcas y así, poder reconocerme yo. Intento ser prefecto, y no puedo equivocarme. Llevo encima, mil máscaras en función de lo que necesite el otro. Soy más bien rígido, aunque intento evitarlo a toda costa.

Estás en vías de sanación cuando: Puedes realizar algo sin necesidad que los demás te lo valoren y después sentirte bien. Has podido conectar con tus emociones, de forma más frecuente, o regular su intensidad. Puedes valorarte tú, primero, y aceptarte tal como eres. Puedes equivocarte, y no se acaba el mundo.

La herida del miedo a confiar

Necesito controlar para sentirme más seguro. Me he vuelto desconfiado, escéptico. Me cuesta confiar en la gente. Quiero aparentar que soy fuerte, y que no me dejo manejar fácilmente. Hago como si fuera una persona segura, pero en realidad solo es una máscara. Me siento traicionado por los demás.  Me desbordan las emociones, no las puedo gestionar. Me sobrepasan.

Estás en vías de sanación cuando: No necesitas controlar tanto, lo que te pasa a ti, y lo que pasa a tu alrededor, sabes que no está en tu mano. Puedes gestionar mejor tus emociones. Te permites ceder más ante los demás, no siempre tienes la razón. Puedes confiar más y entregarte a los demás, a pesar del miedo a que te hagan daño.

¿Por dónde empiezo para sanar las heridas emocionales?

Cuanto más tiempo esperemos para curar nuestras heridas emocionales, más se agravarán. Cada vez que vivimos una situación que toca esa herida, nos ponemos una máscara más, una coraza mayor.

  1. Aceptar la herida, como parte de ti, esta herida, te va a enseñar algo.
  2. Aceptar el hecho de que lo que temes o reprochas de los demás, tú mismo se lo haces a los otros y sobretodo se lo haces a ti mismo.
  3. Darte el permiso para enfadarte con aquellas personas que alimentaron esa herida.
  4. Ninguna transformación es posible si no se acepta previamente la herida.
  5. Darte tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años.

Adriana Reyes | Psicoemocionat.Com

Cuando la vida duele: Dios puede sanar tus heridas emocionales

emociones (2)

La biblia dice que Dios es amor. Todos lo hemos escuchado. Se ha dicho tantas veces, que casi ha perdido su significado. ¿Dios es amor? ¿En un mundo como este ? Pero así es… Dios es amor. 1 Juan 1:8 nos dice que «Dios es Amor», que «Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios» (1 Juan 1:7). ¿No es maravilloso este sentimiento? ¿Que conocemos a Dios porque hemos conocido lo que es el amor?

¿Pero esto qué tiene que ver con mis heridas emocionales? ¿Con todas las cosas dolorosas que me han pasado? Bueno, el Amor es la única cura. Y Dios es ese Amor.

De acuerdo a la biblia, Dios se interesa mucho por aquellos que sufren. El Salmo 34:18 nos dice: «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido». De acuerdo a las escrituras, Dios conoce cuántos cabellos tenemos en nuestra cabeza (Mateo 10:30). Él conoce la condición de nuestro corazón (Salmo 139). Y a le importa cada segundo de nuestro dolor (1 Pedro 5:7, Juan 3:16).

Dios es un amor Todo-Suficiente, y una relación con Él puede y sanará tus heridas emocionales. Considera la historia de Lucas 8:53-45: «Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al instante se detuvo el flujo de su sangre. Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?»

La fe también puede sanarnos. Sólo tenemos que creer y extender la mano para alcanzar a Jesús. Juan 16:23 nos dice: «En aquel día ya no me preguntarán nada. Ciertamente les aseguro que mi Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre». En Filipenses 4:6-7 Pablo nos dice que pongamos todo en oración: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús».

¡Qué grande promesa! Sólo tenemos que traerle nuestras heridas a Dios, sólo tenemos que traerle nuestros corazones quebrantados, y Él reemplazará nuestro dolor con paz. Si el mundo entero supiera esto, ¿no pasaríamos más tiempo en oración? Es una paz que supera nuestro entendimiento. Esto es una paz que parece aún más fuerte que mi dolor.

Dios quiere usar tus heridas emocionales para acercarte más a Él. 2 Corintios 12:9 nos dice: «Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo». Es una paradoja para muchos de nosotros, porque todos queremos ser fuertes. Y podemos serlo, en Cristo. En Dios, podemos ser más fuertes de lo que seríamos estando solos. Si nuestro sufrimiento emocional nos acerca a Dios, y como resultado, nos hace más fuertes, tal vez nuestras heridas también son bendiciones.

Cristo dio un sermón en la montaña que fue un evento tan importante que se describe tanto en Mateo como en Lucas. En este sermón, Jesús puso la tradición sobre su cabeza. Lo hizo para bendecir a las personas que se consideraban destinatarios poco probables. Él les dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:3-9).

¿Estás llorando? ¿Has sufrido por tu mansedumbre? Las buenas nuevas es que si buscas a Dios, serás bendecido. En este famoso Sermón del Monte, Jesús describió a los hijos de Dios. Dios quiere que seas su hijo. Él quiere que lo necesites, y cuando te permites necesitarlo, es cuando la sanidad empieza.

«Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado».

ROMANOS 5:5

6 Pasos para sanar a tu niña interior

Ponernos en contacto con nuestra niña interior es una gran forma de sanar nuestras heridas emocionales cuando ya somos más grandes. 

Nuestra niña interior contiene todos nuestros patrones emocionales, positivos y negativos. Ella vive en nuestro espíritu, como la pequeña que alguna vez fuimos. Esa niña carga con las heridas de traumas pasados y cuando esos patrones se presentan en nuestra vida adulta, es cuando nos damos cuenta que sigue viva en nuestro interior.

Mi niña interior carga con las heridas de un padre perfeccionista y emocionalmente distante; sin embargo aún me hace muy feliz recordar mis primeras vacaciones en la playa, donde él pasaba horas acompañándome en la alberca y en la playa.

Para ser mujeres con una buena salud emocional, es vital que ayudemos a que nuestra niña se recupere de cada una de sus heridas. Las invitamos a conocer 6 pasos para sanar a tu niña interior.

1. Confianza

Para que tu niña interior salga del lugar de donde se esconde, es muy importante de que pueda confiar en que estarás ahí para ella. Necesita una aliada que la apoye y que no se avergüence del abandono, negligencia, abuso en el que estuvo implicada. Estos son los primeros elementos para trabajar sobre la sanación.

2. Validación

Si todavía tienes la inclinación de minimizar o racionalizar las maneras en que fuiste humillada, ignorada o usada para complacer a tus padres, necesitas aceptar el hecho de que todo eso realmente lastimó tu alma. Tus padres no son malos, sencillamente sus niños interiores también fueron heridos en el pasado.

3. Conmoción y enojo

Si todo lo anterior te conmocionó, está bien, porque esa impresión es el comienzo del duelo. Está bien sentirte enojada, aunque lo que te haya pasado fuera sin intención de lastimarte. De hecho, tienes que estar enojada, si quieres que tu niña interior sea capaz de sanar sus heridas.

No me refiero a que tengas que gritar y maldecir, aunque muchas veces las personas necesitan eso, simplemente está bien si te sientes enfadada por algo que te hizo daño.

Yo sé que mis padres hicieron lo mejor que pudieron hacer dos adultos con niños interiores lastimados. Pero también soy consciente de que ciertas situaciones me lastimaron espiritualmente y que si no trabajo sobre eso, podría tener graves consecuencias en mi vida.

Al final del día es importante que entendamos que ahora nosotras somos las responsables de lo que nos hacemos a nosotras mismas y a otros; tenemos la responsabilidad de detener la disfunción y el abuso que haya dominado nuestras vidas hasta el día de hoy.

4. Tristeza

Después del enojo, aparece el dolor y la tristeza. Si fuimos víctimas, es momento de afligirnos por esa traición. También debemos penar por aquellos sueños y aspiraciones que tuvimos en algún momento, por las necesidades que sentimos y que no fueron satisfechas en su momento.

5. Remordimiento

Cuando estamos en duelo por una persona que murió, el remordimiento, muchas veces, es más relevante. Por ejemplo, empezamos a desear haber pasado más tiempo con la persona que falleció.

Pero en el duelo por el que atravesamos con nuestra niña interior, es importante que la ayudemos a ver y entender, que no hay nada que ella haya podido hacer diferente. Su dolor es acerca de lo que le pasó a ella, se trata sólo de ella.

6. Soledad

El núcleo más profundo de los sentimientos del duelo son la vergüenza tóxica y la soledad. Nos sentimos avergonzadas porque nuestros padres nos abandonaron. Nos sentimos «podridas», como si estuviéramos contaminadas y esa vergüenza lleva a la soledad.

Ya que nuestra niña interior se siente arruinada e imperfecta, siente que debe esconder su verdadero «yo» dentro de una persona falsa, un disfraz de lo que ella es. Es ahí donde ella se comienza a identificar a sí misma como el disfraz, mientras que su verdadero «yo» se queda solo y aislado.

Quedarse en este nivel de sentimientos dolorosos es la parte más difícil del proceso de duelo, porque sólo hay soledad y pena. Pero cuando aceptamos de corazón esos sentimientos, lograremos ver la salida.

Nos encontramos con ese «yo» que se había estado escondiendo, o que en realidad nosotras estábamos escondiendo de los demás y de nosotras mismas. Es en la aceptación verdadera de la vergüenza y la soledad, donde comenzaremos a distinguir nuestro «yo» verdadero.

Debemos nutrir el corazón de nuestra niña interior. Cuando elegimos tomar el control de las cosas, en vez de dejar que nuestra pequeña se quede sentada en su mar de lágrimas y enojo, la transformación comienza. Recuerden cuando nuestra niña interior sana, nosotras sanamos también.


Lorena Ramírez  | Actitud.Fem.Com

No tienes que ser herido

sadness

No tienes que ser herido para sentirte bien, no tienen que ser herido para hacer sentir bien a nadie.

Ser víctima nunca ha sido una virtud. Ser feliz jamás ha sido un pecado.

El mundo se ha llenado de sufrientes reclamando atención, pero aún hay valientes que hacen uso de su libertad, libertad de tomar elecciones, de asumirlas, de equivocarse si es necesario y de saber darle la espalda a la culpa sostenida.

No tienes que ser como nadie, detenerse en el sufrimiento suele ser más cómodo, es suficiente con que sigas siendo tú, buscando ser feliz sin por ello sentirte culpable.


Anónimo

Ahora lo entiendo

muchacho y perro caminando

Cuando era pequeño pertenecí al Movimiento Scout. Ahí nos enseñaban, entre otras cosas, la importancia de la «Buena Acción», que consistía en realizar todos los días actos generosos y nobles, como recoger algún papel en la calle y tirarlo a la papelera, ayudar en la casa a lavar platos, cuidar a los animales y a las plantas, ayudar a alguna persona anciana o impedida a cruzar la calle, etc. Me gustaba mucho cumplir esa tarea.

Un día caminaba por una calle de mi ciudad y vi a un perro tirado en plena vía sin poder moverse. Estaba herido, un coche lo había atropellado y tenía rotas las dos patas traseras, los vehículos le pasaban muy de cerca y mi temor era que lo mataran porque era imposible que él solo pudiera levantarse.

Vi allí una gran oportunidad para hacer la «Buena Acción» y como buen Scout detuve el tráfico, me dispuse a rescatar al perro herido y ponerlo a salvo para entablillarle las patas. Yo nunca había entablillado a nadie pero el «Manual Scout» decía cómo hacerlo. Con mucho amor y entrega me acerqué, lo agarré pero me clavó los dientes en las manos. Inmediatamente me llevaron al hospital y me inyectaron una vacuna contra la rabia, aunque la «rabia» por el mordisco no se me quitó con la vacuna.

Durante mucho tiempo no entendí por qué el perro me había mordido si yo sólo quería salvarlo y no hacerle daño, no sé qué pasó y no me lo pude explicar. Yo quería ser su amigo, es más, pensaba curarlo, bañarlo, quedármelo y cuidarlo mucho. Esta fue la primera decepción que sufrí por intentar hacer el bien, no lo comprendí. Que alguien haga daño al que lo maltrata es tolerable, pero que trate mal a quien lo quiera ayudar no es aceptable.

Pasaron muchos años hasta que vi claro que el perro no me mordió, quien me mordió fue su herida; ¡ahora si lo entiendo perfectamente!

Cuando alguien está mal, no tiene paz, está herido del alma y si recibe amor o buen trato: ¡Muerde! Pero él no hunde sus dientes, es su herida la que los clava.

Comprende el malestar de las personas que te rodean. Cuando alguien te grita, te ofende, te critica o te hace daño… no lo hace porque te quiere mal sino porque está herido, está herido del alma, se siente mal o algo malo está pasando por su vida. No te defiendas ni lo critiques, más bien compréndelo, acéptalo y ayúdalo.

¡Ahora lo entiendo!


Padre Ricardo Bulmez