La promesa cumplida

La cita a la que iba era muy importante; se había hecho tarde y estaba completamente perdido. Dominando mi orgullo masculino, comencé a buscar un lugar dónde pedir información; una estación de servicio, tal vez. Dado que había cruzado la ciudad de una punta a la otra, el indicador de combustible estaba muy bajo y el tiempo apremiaba.

Delante del cuartel de bomberos, noté el reflejo ambarino de una luz. ¿Qué mejor lugar para averiguar una dirección?

Bajé rápidamente del auto y crucé la calle hacia allí. Las tres puertas estaban abiertas de par en par y por ellas se veían las rojas auto bombas con las puertas abiertas, los cromos relucientes, a la espera del momento en que sonara la campana.

Una vez dentro, me invadió el olor del cuartel. Un olor mezcla de mangueras que se secaban en la torre, enormes botas de goma y cascos. Aquel vaho, mezclado con el de los pisos recién lavados y los camiones lustrados, producían ese misterioso aroma típico de todos los cuarteles de bomberos. Aminoré el paso, respiré hondo y, al cerrar los ojos, me sentí transportado a mi niñez, al cuartel de bomberos donde mi padre trabajó durante treinta y cinco años como jefe de mantenimiento.

Miré hacia el fondo del cuartel y allí estaba, lanzando chispas doradas al cielo, el poste de incendios. Cierto día, mi padre dejó que mi hermano Jay y yo nos deslizáramos dos veces por el poste. En el rincón del cuartel se encontraba el deslizador que usaban para meterse debajo de los camiones cuando los reparaban. Mi padre solía decir: «Agárrate», y me hacía girar una y otra vez hasta que me sentía mareado como un marinero borracho. Era más divertido que ningún juego de hamacas voladoras que yo hubiera conocido.

Junto al deslizador había una vieja máquina expendedora de Coca-Cola, con el logo clásico de la marca. Todavía proveía esas botellitas verdes originales, pero ahora costaban treinta y cinco centavos en lugar de diez, como entonces. Las visitas al cuartel de papá siempre culminaban con un paseo hasta la expendedora, lo cual representaba una botella de gaseosa para mí solo.

Cuando tenía diez años fui con dos amigos al cuartel para lucirme con mi papá y para sacarle algunas gaseosas. Después de mostrarles el cuartel a los chicos, le pregunté a papá si podíamos tomar una bebida cada uno antes de volver a casa para almorzar.

Ese día detecté una leve vacilación en la voz de papá, pero respondió: «Cómo no», y nos dio a cada uno una moneda de diez centavos. Corrimos hasta la máquina expendedora para ver si alguna botella tenía la tapa con la estrella grabada adentro.

¡Qué día de suerte! Mi tapita tenía la estrella. Me faltaban sólo dos más para ganar la gorra de Davy Crockett.

Después de dar las gracias a papá, salimos rumbo a casa para almorzar y pasar la tarde nadando.

Aquel día volví temprano del lago; al entrar en el vestíbulo oí que mis padres estaban hablando. Mamá parecía disgustada con papá. Y entonces oí mi nombre.

– Tendrías que haberles dicho que no tenías dinero para gaseosas. Brian habría comprendido. Esa plata era para tu almuerzo. Los chicos deben entender que no tenemos dinero de sobra y tú necesitas comer.

Papá, como de costumbre, se encogió de hombros.

Antes de que mi madre supiera que había escuchado la conversación, subí corriendo las escaleras hasta la habitación que compartía con mis cuatro hermanos.

Di vuelta mis bolsillos; la tapa de la botella que había causado tantos problemas cayó al suelo. Mientras la levantaba, dispuesto a ponerla con las otras siete, me di cuenta del sacrificio que esa tapa había significado para mi padre.

Esa noche hice una promesa de compensación: algún día podría decirle a papá que supe del sacrificio que hizo aquella tarde, y tantos otros días, y que jamás lo olvidaría.

Papá sufrió el primer ataque al corazón cuando aún era joven, a los cuarenta y siete años. Pienso que el ritmo que impuso a su vida, trabajando en tres lugares distintos para mantenerlos a los nueve, fue demasiado para él. La noche en que mis padres cumplían sus bodas de plata, rodeados por toda la familia, el más grande, fuerte y ruidoso de todos nosotros mostró la primera grieta en la armadura que, de chicos, creíamos impenetrable.

Durante los ocho años siguientes mi padre continuó presentando batalla; llegó a sufrir tres ataques cardíacos, hasta que terminó con un marcapasos.

Una tarde, su vieja camioneta azul se descompuso y él me llamó para que lo llevara al médico, a hacerse el control anual. Al entrar en el cuartel vi afuera a mi padre con todos sus compañeros, arracimados alrededor de un flamante camión pick-up Ford color azul brillante. Comenté que era muy lindo y papá me dijo que pensaba tener algún día un camión así.

Soltamos la risa. Ese había sido siempre su sueño… y parecía inaccesible.

A esa altura de mi vida me iba bien en los negocios, lo mismo que a mis hermanos. Ofrecimos comprarle un camión entre todos, pero él lo expresó con toda claridad:

– Si no lo pago yo, no me parecerá mío.

Cuando papá salió del consultorio, supuse que el aspecto gris y pastoso de su cara se debía a tantos pinchazos y sondeos.

– Vámonos- fue todo lo que dijo.

Al subir al auto comprendí que algo andaba mal. Viajamos en silencio; yo sabía que papá me diría a su modo cuál era el problema.

Hice un rodeo hasta el cuartel. Pasamos frente a nuestra vieja casa, el campo de juegos, el lago y el negocio de la esquina; mi padre comenzó a hablar del pasado y de los recuerdos que cada uno de esos lugares le traía.

Entonces supe que se estaba muriendo. Me miró e hizo un gesto con la cabeza. Comprendí.

Nos detuvimos en la heladería Cabot para tomar un helado juntos, por primera vez en quince años. Y hablamos, ¡cuánto hablamos ese día! Me dijo que estaba orgulloso de todos nosotros y que no tenía miedo de morir. Su temor era dejar sola a mi madre.

Me reí entre dientes. Nunca había visto a un hombre tan enamorado de su mujer como mi papá.

Ese día me hizo prometer que no diría a nadie lo de su muerte inminente. Accedí, aun sabiendo que ése sería uno de los secretos más difíciles de guardar.

Por entonces, mi esposa y yo estábamos a la búsqueda de un auto o una camioneta nueva. Como mi padre conocía al vendedor de una concesionaria, en Wayland, le pregunté si podía acompañarme para ver qué tipo de vehículo podría conseguir si entregaba el viejo como parte de pago.

Cuando entramos en el salón de ventas, descubrí a papá mirando una hermosísima pick-up marrón chocolate metalizado, completamente equipada. Lo vi deslizar la mano por el vehículo, como un escultor que inspeccionara su obra.

– Creo que tengo que comprar una camioneta, papá. Quiero algo chico y de buen rendimiento.

Mientras el vendedor iba en busca de la patente provisoria, sugerí a mi padre que sacáramos la pick-up marrón para dar una vuelta.

– No puedes permitirte ese lujo – me advirtió.

– Lo sé, y tú también lo sabes, pero el vendedor no – respondí.

Salimos a la ruta con papá al volante, riendo como dos chicos por la jugarreta que habíamos hecho. Condujo unos diez minutos, elogiando su andar, mientras yo jugueteaba con todos los botones.

Cuando volvimos al salón de exposición, sacamos una pequeña camioneta Sundower azul. Papá dijo que esa camioneta era mucho mejor para ir y venir entre la ciudad y el suburbio, pues ahorraría mucha nafta en mis largos recorridos. Estuve de acuerdo y, al volver, cerré trato con el vendedor.

Algunas noches después llamé a mi padre para preguntarle si no quería acompañarme a retirar la camioneta.

Creo que, si aceptó tan deprisa fue para poder echarle una última mirada a «su» pick-up, como él la llamaba.

Al frenar en el patio del concesionario, vimos mi pequeña Sundower azul con el cartel de Vendido. Al lado estaba la pick-up marrón, bien lavada y reluciente, con otro gran cartel de Vendido en la ventanilla.

Miré de reojo a mi padre y vi la desilusión dibujada en su cara.

– Alguien va a llevarse una hermosa camioneta – comentó.

Me limité a asentir, mientras le decía:

– Papá, ¿quieres entrar y decirle al vendedor que vuelvo en cuanto estacione el auto?

Al pasar junto a la camioneta marrón, mi padre deslizó la mano por la superficie; volví a ver su expresión decepcionada.

Llevé el auto hasta el lado opuesto del edificio y, por la ventanilla, observé a ese hombre que lo había dado todo por su familia. Vi que el vendedor lo hacía entrar y le entregaba el juego de llaves de su camioneta marrón, explicándole que yo la había comprado para él, que sería un secreto entre los dos.

Papá miró por la ventana y nuestros ojos se encontraron; los dos asentimos riendo.

Esa noche, cuando papá llegó, yo estaba sentado a la puerta de mi casa. Le di un gran abrazo, lo besé, le dije cuánto lo quería, y le recordé que ése era un secreto entre los dos.

Luego salimos a dar un paseo. Papá me dijo que entendía lo de la pick-up. Lo que no entendía era qué significaba esa tapita de Coca-Cola, con una estrella en el centro, adherida al volante.


Brian Keefe

10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos «en serie», a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.

2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.

3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.

4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Sólo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan sólo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección.

9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíble valor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destila positivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.


Las manos de mi madre

Las Manos De Mi Madre

Un joven fue a solicitar un puesto gerencial en una empresa grande. Pasó la entrevista inicial y ahora iba a conocer al director para la entrevista final. El director vio en su CV sus logros académicos y eran excelentes. Y le preguntó:

– ¿Recibió alguna beca en la escuela?

El joven respondió:

– No.

– ¿Fue tu padre quien pagó tu colegiatura?

– Mi padre murió cuando yo tenía un año de edad, fue mi madre la que pagó – respondió.

– ¿Dónde trabaja tu madre?

– Mi madre trabajaba lavando ropa.

El director pidió al joven que le mostrara sus manos . El joven mostró un par de manos suaves y perfectas.

– ¿Alguna vez has ayudado a tu madre a lavar la ropa?

– Nunca, mi madre siempre quiso que estudiara y leyera más libros. Además, mi madre puede lavar la ropa más rápido que yo.

El director dijo:

– Tengo una petición: cuando vayas a casa hoy, ve y lava las manos de tu madre, y luego ven a verme mañana por la mañana.

El joven sintió que su oportunidad de conseguir el trabajo era alta. Cuando regresó a su casa le pidió a su madre que le permitiera lavar sus manos. Su madre se sintió extraña, feliz pero con sentimientos encontrados y mostró sus manos a su hijo.

El joven lavó las manos de su madre poco a poco. Rodó una lágrima al hacerlo. Era la primera vez que se daba cuenta de que las manos de su madre estaban tan arrugadas y tenían tantos moratones. Algunos hematomas eran tan dolorosos que su madre se estremeció cuando él la tocó.

Esta fue la primera vez que el joven se dio cuenta de lo que significaban este par de manos que lavaban la ropa todos los días para poder pagar su colegiatura. Los moretones en las manos de la madre eran el precio que tuvo que pagar por su educación, sus actividades de la escuela y su futuro.

Después de limpiar las manos de su madre, el joven se puso a lavar en silencio toda la ropa que faltaba.

Esa noche, madre e hijo hablaron durante un largo tiempo.

A la mañana siguiente, el joven fue a la oficina del director.

El director se dio cuenta de las lágrimas en los ojos del joven cuando le preguntó:

– ¿Puedes decirme qué has hecho y aprendido ayer en tu casa?

El joven respondió:

– Lavé las manos de mi madre y también terminé de lavar toda la ropa que quedaba. Ahora sé lo que es apreciar, reconocer. Sin mi madre, yo no sería quien soy hoy. Al ayudar a mi madre ahora me doy cuenta de lo difícil y duro que es conseguir hacer algo por mi cuenta. He llegado a apreciar la importancia y el valor de ayudar a la familia.

El director dijo:

– Ésto es lo que yo busco en un gerente. Quiero contratar a una persona que pueda apreciar la ayuda de los demás, una persona que conoce los sufrimientos de los demás para hacer las cosas, y una persona que no ponga el dinero como su única meta en la vida. Estás contratado.

Un niño que ha sido protegido y habitualmente se le ha dado lo que él quiere, desarrolla una «mentalidad de tengo derecho» y siempre se pone a sí mismo en primer lugar. Ignoraría los esfuerzos de sus padres. Si somos este tipo de padres protectores ¿realmente estamos demostrando el amor o estamos destruyendo a nuestros hijos?

La historia de María José

El día que mi hija María José nació, en verdad no sentí gran alegría porque la decepción que sentía parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener un hijo. Yo quería un varón. A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y agotada y la otra radiante y dormilona. En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisa de María José y por el negro de su mirada fija y penetrante, fue entonces cuando empecé a amarla con locura. Su carita, su sonrisa y su mirada no se apartaban ni un instante de mi pensamiento, todo se lo quería comprar, la miraba en cada niño o niña, hacía planes sobre planes, todo sería para mi María José.

Este relato era contado a menudo por Rodolfo, el padre de María José. Yo también sentía gran afecto por la niña que era la razón más grande para vivir de Rodolfo, según decía él mismo. Una tarde estábamos mi familia y la de Rodolfo haciendo un picnic a la orilla de una laguna cerca de casa, la niña entabló una conversación con su papá, todos escuchábamos:

– Papi, cuando cumpla quince años, ¿cuál será mi regalo?

– Pero mi amor, si apenas tienes diez añitos, ¿no te parece que falta mucho para esa fecha?

– Bueno papito… tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí.

La conversación se extendía y todos participamos de ella. Al caer el sol regresamos a nuestras casas. Una mañana me encontré con Rodolfo enfrente del colegio donde estudiaba Carmencita quien ya tenía catorce años. Rodolfo se veía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostraba las calificaciones de Carmencita, eran notas impresionantes, ninguna bajaba de diez puntos y los estímulos que les habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores. Felicité al dichoso papá.

María José ocupaba todo el espacio en casa, en la mente y en el corazón de la familia, especialmente el de su padre. Fue un domingo muy temprano cuando nos dirigíamos a misa, cuando María José tropezó con algo, eso creímos todos, y dio un traspié, su papá la agarró de inmediato para que no cayera. Ya instalados en nuestros asientos, vimos como María José fue cayendo lentamente sobre el banco y casi perdió el conocimiento. La tomé en brazos mientras su padre, buscaba un taxi y la llevamos al hospital.

Allí permaneció por diez días y fue entonces cuando le informaron que su hija padecía de una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero no era algo definitivo, debían practicarle otras pruebas para llegar a un diagnostico firme. Los días iban transcurriendo, Rodolfo renunció a su trabajo para dedicarse al cuidado de María José, su madre quería hacerlo, pero decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran superiores a los de él. Una mañana Rodolfo se encontraba al lado de su hija cuando ella le preguntó:

– Voy a morir, ¿no es cierto? ¿Te lo dijeron los doctores?

– No mi amor, no vas a morir. Dios que es tan grande, no permitiría que pierda lo que más he amado en este mundo – respondió el padre.

– ¿Van a algún lugar? ¿Pueden ver desde lo alto a su familia? ¿Sabes si pueden volver? – preguntaba su hija.

– Bueno hija, en verdad nadie ha regresado de allá a contar algo sobre eso, pero si yo muriera no te dejaría sola, estando en el más allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última instancia utilizaría el viento para venir a verte.

– ¿Al viento? ¿Y cómo lo harías?

– No tengo la menor idea hijita, sólo sé que, si algún día muero, sentirás que estoy contigo cuando un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas.

Ese mismo día por la tarde, llamaron a Rodolfo, el asunto era grave, su hija estaba muriendo. Necesitaban un corazón, pues el de ella no resistiría sino unos quince o veinte días más. ¡Un corazón! ¿Dónde hallar un corazón? ¡Un corazón! ¿Dónde Dios mío?

Ese mismo mes, María José cumpliría sus quince años. Y fue el viernes por la tarde cuando consiguieron un donante, una esperanza iluminó los ojos de todos, las cosas iban a cambiar.

El domingo por la tarde ya María José estaba operada, todo salió como los médicos lo habían planeado. ¡Éxito total! Sin embargo, Rodolfo todavía no había vuelto por el hospital y María José lo extrañaba muchísimo, su mamá le decía que ya todo estaba muy bien y que su papito sería el que trabajaría para sostener la familia.

María José permaneció en el hospital por quince días más, los médicos no habían querido dejarla ir hasta que su corazón estuviera firme y fuerte y así lo hicieron. Al llegar a casa todos se sentaron en un enorme sofá y su mamá con los ojos llenos de lágrimas le entregó una carta de su padre.

«María José, hijita de mi corazón: Al momento de leer mi carta, ya debes tener quince años y un corazón fuerte latiendo en tu pecho, esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te operaron. No puedes imaginarte ni remotamente cuánto lamento no estar a tu lado en este instante. Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez añitos y a la cual no respondí. Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie jamás haría por mi hija: te regalo mi vida entera sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras.

¡Vive hija! ¡Te amo con todo mi corazón!»

María José lloró todo el día y toda la noche; al día siguiente fue al cementerio y se sentó sobre la tumba de su papá; lloró como nadie lo ha hecho y susurró:

«Papi, ahora puedo comprender cuánto me amabas; yo también te amaba y aunque nunca te lo dije, ahora comprendo la importancia de decir “Te Amo” y te pediría perdón por haber guardado silencio tantas veces».

En ese instante las copas de los árboles se mecieron suavemente, cayeron algunas hojas y florecillas, y una suave brisa rozó las mejillas de María José, alzó la mirada al cielo, intentó secar las lágrimas de su rostro, se levantó y emprendió el regreso a su hogar.

A veces dar la vida es renunciar a lo que más quieres para que «otras personas» sean felices… aunque tu pierdas lo que más amas en el mundo.

¿Qué precio están dispuestos los hijos a pagar con tal de recibir atención?

Una madre fue al supermercado y vio una bolsa de malvaviscos pequeños que sabía le gustaban mucho a su hijo de 5 años. Los compró y al llegar a casa se los entregó, pero le sorprendió que su pequeño le preguntara ¿por qué me los compraste mamá?, ¿porque hoy me porté bien en la escuela?, ¿o porque comí bien?, ¿o por qué?… La mamá lo interrumpió y le dijo, No, hijo, te los compré simplemente porque te quiero mucho. La madre me confesó que no se había dado cuenta lo condicionado que tenía al niño de premiarlo por todo lo que hacía, y que lo que más la había conmovido era que había guardado la bolsa de malvaviscos como un tesoro, y no se los había comido.

¿Qué es lo que más necesitan nuestros hijos en la vida? ¿Qué es lo que más queremos nosotros como seres humanos? Yo creo que lo más importante es sentirnos aceptados y queridos por quienes somos. Sin condiciones. Esto es el verdadero amor incondicional, y aunque es un ideal, tenemos que caminar en esa dirección. Si sólo nos diéramos cuenta cuántas cosas hacemos para recibir atención y sentirnos queridos. Porque recibir atención es una forma de recibir amor. Cuando damos atención a nuestros hijos, estamos acariciando su alma y nutriendo sus vidas emocionales. Y con tal de recibir este alimento, el niño está dispuesto a complacernos de mil maneras.

Pero cuando no recibe esta atención a través de complacernos, entonces puede intentarlo a través de molestar, hacer berrinches, fastidiar o lastimar. El mensaje es claro, y el niño de manera inconsciente nos dice: Yo necesito tanto tu cariño que estoy dispuesto a conformarme con la atención que recibo cuando me gritas, me insultas o regañas. Sí, prefiero ser humillado e incluso golpeado a ser ignorado.

Estos niños se alimentan de nuestros regaños, nuestra irritación, nuestra impaciencia. Están tan hambrientos de atención que se conforman con las migajas, porque pensamos que lo contrario del amor es el odio, y no es así. Lo contrario del amor es la indiferencia. Por eso le duele tanto al niño el abandono. Muchos prefieren ser castigados y regañados a ser ignorados.

Un muchacho de 14 años cuando llegó al colegio lastimado, le platicó a su amiga que su padre se había enojado tanto con él, que lo había empujado por la escalera. Y ella le respondió: Pues tienes más suerte que yo, a ti por lo menos te golpean, en cambio yo, no les importo.

Cuando un niño se acostumbra a provocar a los demás para ser notado, su conducta nunca le va a dar lo que tanto busca: cariño y aceptación. En lugar recibe rechazo, impaciencia, frustración y enojo. Y lo triste es que, entre más cariño necesita, menos lo obtiene porque lo busca a través de berrinches, de gritos, de groserías, de volvernos locos, en una palabra. Y así, termina alejando lo que más falta le hace.

Si observamos a los niños o jóvenes a los que llamamos «insoportables», «indisciplinados» e inclusive «delincuentes», lo que piden a gritos es cariño y comprensión. Cuando hay una persona que les brinda esta aceptación, se transforman. Es la desesperanza la que los lleva a la rebeldía, a la agresión, al rechazo, al coraje, a la furia y la venganza.

Nuestros hijos necesitan de nuestro tiempo y nuestra atención. No hay sustituto posible para la atención. Necesitan también sentirse aceptados por quienes son. Como individuos separados de nosotros, con sus propios sueños y sus propias aspiraciones. Necesitan que los veamos como seres en proceso de crecimiento y transformación, y no a través de una imagen idealizada que nos hemos fabricado de ellos. Nos piden que los miremos libres de nuestras expectativas personales, porque no están aquí para cumplir nuestros sueños, sino para encontrar su propio camino y su propio destino.


Rosa Barocio

Cuando los padres no son equipo: ¿Qué hacer cuando hay diferencias en la forma de educar?

La pareja la forman dos personas que tienen biografías, personalidades, maneras de ver el mundo muy diferentes.

Parece lógico pensar que cuando se decide iniciar un proyecto común de trascendencia vital, como es formar una familia y ocuparse del desarrollo y cuidado de los hijos, tienen la suficiente compatibilidad como para que ese proyecto sea viable y en él quepa y predomine como una prioridad la tarea de educar a un ser humano vulnerable, indefenso y necesitado de referentes tanto como de alimento y ternura. Sin embargo, y por desgracia, esto sólo ocurre en la minoría de las familias. No tenemos ni idea de lo que significa tener un hijo antes de tenerlo y el aterrizaje que ambos miembros de la pareja hacen en la mater-paternidad es poco predecible. Y así, nos encontramos con que nuestra pareja, con la que hasta ese momento todo parecía fluir, no está de acuerdo en muchas de las cosas que atañen a la educación de los hijos, lo cual genera distancia afectiva, desencuentros, soledades y mucha frustración. Es sin duda, uno de los desafíos más difíciles de gestionar, pero también una oportunidad enorme de crecimiento y aprendizaje si lo hacemos desde la humildad y la empatía.

Dado que no podemos cambiar la historia de cada cual, ni tampoco cómo fuimos maternados, lo que sí podemos hacer es tratar de mirar hacia adelante, teniendo presente lo que nos jugamos y siendo capaces, sobre todo, de negociar, entendiendo que los dos estamos aprendiendo, que educar a un hijo es la tarea más difícil que encararemos a lo largo de nuestra vida y que los procesos de toma de conciencia y de aprendizaje de cada persona tienen una velocidad diferente. Se trata de ver al otro como un compañero, un cómplice, un apoyo y no como un enemigo. Partimos de dos premisas básicas que no debemos perder de vista: ambos padres amáis por encima de todo a vuestros hijos y no queréis dañarlos, y que tú elegiste a la otra persona y la consideras honesta y con capacidad de aprender.

Con todo esto por delante, algunas sugerencias para facilitar la cotidianidad serían: 

  • No corrijas ni des charlas magistrales sobre cómo deben hacerse las cosas al otro, ni delante de los niños, ni detrás. No hay verdades absolutas, ni porque lo diga un libro ni porque así lo hacía tu padre o madre.
  • No tomes decisiones sobre la marcha. Posponlo hasta hablar con el otro y tratar de alcanzar acuerdos, por mínimos que estos sean. Siempre hay lugares comunes y lo inteligente es poner el foco en lo que nos une, no en lo que nos separa.
  • Maneja las expectativas y aléjate de la perfección. No existe y, menos aún, a la hora de educar. La idea es hacer las cosas de la mejor manera posible, que no será óptima ni perfecta, pero será tu mejor jugada. Revisa, no te conformes y trata de hacerlo mejor mañana.
  • Todos tenemos limitaciones. Hablarlas, saber cuáles son las de tu pareja y las tuyas a la hora de educar, conduce a saber en qué momento debe intervenir cada cual.
  • Ponernos límites, de la misma manera que se los ponemos a los hijos. Dejar explícitamente claro cuáles son las acciones no tolerables por el otro y qué fronteras no se pueden traspasar.
  • Es fundamental no ver al niño como el causante de los problemas, idealizando la vida anterior a la llegada de los hijos, subrayando las dificultades y no la riqueza y oportunidad emocional de esta nueva etapa.
  • Confía en tu pareja. Hay muchas maneras diferentes de educar y salvo aquellas que incluyen maltrato físico o psíquico, no se ha descrito en psicología que un determinado estilo de crianza produzca un resultado inequívoco. Por suerte, no existe el determinismo, sólo la influencia.
  • Ayuda a tu hijo a que entienda que mamá y papá hacen algunas cosas de manera diferente y trata de realzar lo positivo del otro y no enfatizar sus zonas oscuras. La prioridad es el niño, no nosotros. Y debemos hacer todo lo posible para que crezca con la mejor versión de sus padres, aun conociendo sus limitaciones.
  • Hablad de ello, de vez en cuando, de forma serena, no como reacción a un desencuentro o una bronca. Quedad para hablarlo en un contexto diferente del propio hogar, sin niños, con inteligencia, buscando acuerdos, recordando lo que os une y la importancia de ser lo más coherentes y coincidentes posible.
  • Evitad la polarización, la vieja historia del «poli bueno y poli malo». El niño nos tiene que ver como equipo, no como posibilidades individuales de conseguir algo. Es negocio para él a corto plazo, pero abre una grieta que se ensancha con el tiempo y luego ya no se puede saltar.

Es imprescindible entender que no se trata de «tener razón», ni de ser el «que más sabe de esto», tampoco de confirmar lo «equivocado que está el otro». Se trata de poner el amor por encima de nuestra biografía y de nuestra necesidad de alimentar el ego. Se trata de ponerse en el lugar de los hijos y darnos cuenta de que nos están mirando. El mundo es filtrado a través de nosotros. Aprenderán a relacionarse según nos relacionemos entre nosotros y con ellos, aprenderán a negociar según seamos capaces nosotros de incorporar esta herramienta esencial en nuestra cotidianidad, aprenderán a respetar si viven con respeto, en definitiva, construirán una imagen de sí mismos y de los otros con lo que seamos capaces de ofrecerles.


Olga Carmona | ElPais.Com

 

Qué no hacer con un problema

Una de las premisas más estimulantes para afrontar situaciones adversas es suponer que los problemas no son un problema. Grandes en algunos casos, pequeños por lo general, los problemas son simplemente desafíos inevitables que forman parte de nuestra vida diaria y que ocurren cuando lo que deseamos no es lo que obtenemos. Algo se rompe (pérdida). Un plan se desbarata por un imprevisto (sorpresa). Surge un malentendido (confusión). No nos sentimos o no nos vemos tan bien como quisiéramos (desilusión). Nos bloqueamos o nos sentimos impotentes cuando tratamos de conseguir algo (frustración).

Ya sea que el problema resulte de la acción de un agente externo, de una circunstancia casual, de un error de cálculo o de una equivocación o travesura, los padres deben alentar al niño a abordar cada problema como una oportunidad de aprendizaje de vida. El objetivo no es criar un hijo que nunca hace nada mal, o a quien nunca le sale nada mal, o intervenir siempre para solucionarle los problemas al niño. La meta es criar un hijo capaz, con la disposición y la habilidad de superar obstáculos.

Es muy raro que un niño no resuelva un problema sin aprender algo que antes no sabía o no podía hacer. Todos los problemas son maestros disfrazados. Y lo mejor de resolver un problema es que el proceso incluye su propia recompensa: la sensación de realización y orgullo por haber resuelto satisfactoriamente la situación Con cada problema resuelto se conquista una cuota de capacidad que fortalece aún más la autoestima. Los padres pueden transmitir a sus hijos una visión más amplia de esta cuestión: «Cada vez que abordes un desafío en la vida, sin darte por vencido ni salir corriendo, mejorarás tu manejo de las situaciones y tu concepto de ti mismo».


Carl Pickhardt, Ph. D

Cuando tu hijo te dice: ¡No te metas!

Hoy que estoy profundizando mis estudios teológicos en la Familia; sus valores, sus principios, sus riquezas, sus conflictos, recordaba una ocasión en que escuché a un joven gritarle a su Padre: ¡No te metas en mi vida!

Esta frase caló hondamente en mí, tanto, que frecuentemente la recuerdo y comento en mis conferencias con padres e hijos. Si en vez de sacerdote, hubiese optado por ser padre de familia, ¿qué respondería a esa pregunta inquisitiva de mi hijo?

Hijo, un momento, no soy yo el que me meto en tu vida, ¡Tú te has metido a la mía! Hace muchos años, gracias a Dios, y por el amor que mamá y yo nos tenemos, llegaste a nuestras vidas, ocupaste todo nuestro tiempo, aun antes de nacer, mamá se sentía mal, no podía comer, todo lo que comía lo devolvía, y tenía que guardar reposo. Yo tuve que repartirme entre las tareas de mi trabajo y las de la casa para ayudarla. Los últimos meses, antes de que llegaras a casa, mamá no dormía y no me dejaba dormir. Los gastos aumentaron increíblemente, tanto que gran parte de lo nuestro se gastaba en ti. En un buen médico en la maternidad, en comprarte todo un guardarropa, mamá no veía algo de bebé, que no lo quisiera para ti, una cuna, un moisés, todo lo que se pudiera, con tal de que tú estuvieras y tuvieras lo mejor posible.

¿No te metas en mi vida? Llegó el día en que naciste: hay que comprar algo para darles de recuerdo a los que te vinieran a conocer (dijo mamá), hay que adaptar un cuarto para el bebé. Desde la primera noche no dormimos. Cada tres horas despertabas para que te diéramos de comer, otras te sentías mal y llorabas y llorabas, sin que nosotros supiéramos qué te sucedía y hasta llorábamos contigo.

¿No te metas en mi vida? Empezaste a caminar, yo no sé cuándo he tenido que estar más detrás de ti, si cuando empezaste a caminar o cuando creíste que ya sabías. Ya no podía sentarme tranquilo a leer el periódico o a ver el partido de mi equipo favorito, porque para cuando acordaba, te perdías de mi vista y tenía que salir tras de ti para evitar que te lastimaras.

¿No te metas en mi vida? Todavía recuerdo el primer día de clases, cuando tuve que llamar al trabajo y decir que no podría ir, ya que tú en la puerta del colegio no querías soltarme y entrar, llorabas y me pedías que no me fuera, tuve que entrar contigo a la escuela, que pedirle a la maestra que me dejara estar a tu lado, un rato, ese día en el salón para que fueras tomando confianza. A las pocas semanas no sólo ya no me pedías que no me fuera, hasta te olvidabas de despedirte cuando bajabas del auto corriendo para encontrarte con tus amigos.

¿No te metas en mi vida? Seguiste creciendo, ya no querías que te lleváramos a tus reuniones, nos pedías que en una calle antes te dejáramos y pasáramos por ti una calle después, porque ya eres cool. No querías llegar temprano a casa, te molestabas si te marcábamos reglas, no podíamos hacer comentarios acerca de tus amigos, sin que te volvieras contra nosotros, como si los conocieras a ellos de toda la vida y nosotros fuéramos unos perfectos desconocidos para ti.

¿No te metas en mi vida? Cada vez sé menos de ti por ti mismo, sé más por lo que oigo de los demás, ya casi no quieres hablar conmigo, dices que nada más te estoy regañando, y todo lo que yo hago está mal, o es razón para que te burles de mí, pregunto: con esos defectos te he podido dar lo que hasta ahora tienes. Mamá se la pasa en vela y de pasada no me deja dormir a mí diciéndome: que no has llegado y que es de madrugada, que tu celular está desconectado, que ya son las 3:00 y no llegas. Hasta que por fin podemos dormir cuando acabas de llegar.

¿No te metas en mi vida? Ya casi no hablamos, no me cuentas tus cosas, te aburre hablar con viejos que no entienden el mundo de hoy. Ahora sólo me buscas cuando hay que pagar algo o necesitas dinero para la universidad, o salir; o peor aún, te busco yo, cuando tengo que llamarte la atención.

¿Que no te metas en mi vida? Pero estoy seguro que ante estas palabras… No te metas en mi vida, podemos responder juntos:

Hijo, yo no me meto en tu vida, tú te has metido en la mía, y te aseguro, que, desde el primer día, hasta el día de hoy, ¡no me arrepiento que te hayas metido en ella y la hayas cambiado para siempre!

Mientras esté vivo, me meteré en tu vida, así como tú te metiste en la mía, ¡para ayudarte, para formarte, para amarte y para hacer de ti un hombre de bien!

Sólo los padres que saben que deben meterse en la vida de sus hijos logran hacer de éstos, ¡hombres y mujeres que triunfen en la vida y sean capaces de amar!

Papás: ¡Muchas gracias! Por meterse en la vida de sus hijos, ¡ahhh más bien corrijo, por haber dejado que sus hijos se metas en sus vidas!

Y para ustedes hijos: ¡Valoren a sus padres, no son perfectos, pero los aman, y lo único que desean es que ustedes sean capaces de salir adelante en la vida y triunfar como hombres de bien!

La vida da muchas vueltas, y en menos de lo que ustedes se imaginan alguien te dirá…

¡No te metas en mi vida!

La paternidad no es un capricho o un accidente, ¡es un don de Dios, que nace del amor!


Francisco Sunderland Álvarez

El efecto pigmalión: ¿Qué es lo que comunicas a tus hijos sin darte cuenta?

Tus palabras tienen la fuerza para condicionar el comportamiento de tus hijos. 

¿Qué es el Efecto Pigmalión? «Es algo que todos sabemos de algún modo, pero puede que no te lo hayan explicado nunca. Si a tu hijo, antes de una carrera, le dices: ‘te vas a caer, tú no vales para esto’, ese niño se va a caer, no hay más opciones. Porque le has hecho creer que es posible. Y hay algo que le obliga a cumplir la profecía. Pero si en lugar de eso, a ese mismo niño le dices: ‘corre, vuela, no te detengas, y si te caes, aquí estoy para levantarte’. Ese niño jugará mejor que si nunca le hubieras dicho nada…» En este artículo te contamos cómo tus palabras tienen la fuerza para condicionar el comportamiento de tus hijos. ¡Descubre cómo utilizar ese poder!

Se conoce como Efecto Pigmalión, y funciona en cualquier momento de nuestras vidas. La confianza que depositan en nosotros los demás nos dará las fuerzas suficientes para conseguir objetivos más difíciles.

«Trata a una persona tal y como es y seguirá siendo lo que es; trátala como puede y debe ser y se convertirá en lo que puede y debe ser».

Cuenta la leyenda sobre el efecto Pigmalión….

La leyenda de Pigmalión proviene de la antigua Grecia. Ovidio nos narra cómo existió un rey, Pigmalión, aficionado a la escultura. No encontraba esposa, así que se dedicaba a crear estatuas de bellas mujeres. Un buen día, esculpió una estatua tan bella y de tan perfectas proporciones, que acabó enamorándose perdidamente de ella. Tanto es así, que suplicó a los dioses que la hicieran real. Afrodita, diosa del amor, se apiadó del pobre escultor y le dio la vida. Pigmalión la llamó Galatea, y se convirtió en su amante y compañera de vida.

¿Qué es el efecto Pigmalión?

El efecto Pigmalión consiste en que las expectativas o creencias que una persona tiene acerca de nosotros modificarán nuestro comportamiento o rendimiento para que cumplamos esas expectativas.

De la misma manera, nosotros mismos podemos ejercer el efecto Pigmalión sobre los demás, pero hay que tener mucho cuidado al hacerlo. Si alentamos a una persona podemos conseguir que desarrolle todo su potencial, pero si ejercemos un efecto Pigmalión negativo podemos destruir las ilusiones de una persona.

Seguro que te suena el efecto placebo. Un simple caramelo de limón, dado por tu médico (o Pigmalión en este caso) puede llegar a curarte el dolor de cabeza. Simplemente porque el médico te dice que así será.

Como vemos, la perspectiva de un suceso tiende a facilitar su cumplimiento.

La explicación científica confirma el Efecto Pigmalión: Cuando alguien confía en nosotros, nuestro sistema límbico acelera la velocidad de nuestro pensamiento, haciéndonos más atentos y eficaces.

También conocido como la profecía auto-cumplida, si hay un alto deseo de que se cumpla, probablemente tenderá a cumplirse.

«Lo que pensamos se hace real, y esto es un arma realmente poderosa».

El poder del Efecto Pigmalión y las etiquetas que ponemos a nuestros hijos

En un pueblo de Ghana, África, poseen una tradición muy curiosa.  Cuando un niño nace se le dota de un nombre espiritual, basándose en su día de nacimiento. Cada día consta de una serie de características de personalidad que se les atribuyen a los niños.

Los que nacen en lunes, reciben el nombre de Kwadwoy, que significa paz. A estos niños se les considera tranquilos, calmados y pacíficos.

Por otro lado, los nacidos en miércoles son bautizados con el nombre de Kwaku, guerreros. Se les atribuye mal comportamiento e impulsividad.

Un estudio examinó la frecuencia con que estos nombres aparecían en el Registro Juvenil Penal, por haber cometido algún delito. Se descubrió que había un porcentaje significativamente mayor de niños bautizados como Kwaku que como Kwadwoy en estos registros de delincuencia juvenil.

Estos resultados demostraron la influencia negativa que tiene la atribución de etiquetas tan tempranas a estos peques.

¿Es culpa realmente del nombre? Claro que no. La responsabilidad está en lo que la comunidad espera y atribuye inconscientemente a estos niños.

Cómo utilizar el efecto Pigmalión ¿Qué decir y qué no decir a tu hijo?

En la cultura occidental también percibimos el efecto Pigmalión de muchas maneras diferentes.

<< Mi hijo es que es muy tímido…>> << Es desobediente…>> <<Nunca se entera de nada…>>

Aunque los padres no sean conscientes, estas etiquetas que ponen sobre sus hijos pueden tener un efecto muy negativo a largo plazo en la autoimagen del niño. No sólo transmitimos con las palabras; los gestos, las miradas, los comentarios… también juegan un papel fundamental.

Lo paradójico de esto, es que probablemente esas expectativas que depositamos en ellos, a la larga se conviertan en rasgos de su personalidad, cuando contrariamente lo que queremos es que no ocurra eso.

Esto ocurre cuando no somos conscientes de que el auto-concepto de un niño se basa en las expectativas y creencias que los demás depositan en ellos, más frecuentemente figuras de autoridad como son los padres o los profesores.

Imaginaros cuando ya empezamos con las comparaciones sobre sus diferentes hijos. << A ver si aprendes de tu hermano…>>

Incluso se puede llegar a automatizar el castigo, tendiendo a regañar al hijo que habitualmente se porta mal, incluso cuando en ese caso ha sido al revés. Este trato diferencial afecta no sólo a la autoestima del niño, sino que potencia ese mal comportamiento por el que es reñido.

En definitiva, lo que expresemos a un niño acerca de sus capacidades influye de manera directa en lo que se considera capaz de hacer.

Del mismo modo que el miedo tiende a provocar que se produzca lo que se teme, la confianza en uno mismo, aunque sea contagiada por un tercero, puede darnos alas.


Cristina Martínez de Toda | Blog.Cognifit.Com

A mi padre

De niño tan seguro me sentía de tu mano, que el tan sólo perderme por segundos, me hacía sentir como un velero en tormenta.

Más el tiempo fue pasando y mi cuerpo fue creciendo, terminé siendo un adolescente el cual odiaba el tener que agarrarte de la mano, por miedo de lo que otras personas pensaran o que me llamaran niño, más mi intelecto mucho lo sabía, un gran sabio me creía, que tus consejos menospreciaba pensando que tu nada sabías.

Pasé la etapa de adolescente a adulto, mis ocupaciones y mi trabajo, de tu lado me despegaron, tiempo alguno no tuve para disfrutar de tu compañía, como aquellos viejos días que entre cuentos y pescados veíamos transcurrir el día.

Ahora soy padre y mucho comprendo lo que tu sentías, el tratar de ser mi amigo eso es lo que tu pedías, en mi ignorancia e inexperiencia pude haber aprovechado mucho más de tu sabiduría y estoy cien por ciento seguro que en estos aprietos que estoy ahora, no lo estaría, y a la vida le sonreiría.

Gracias por tus enseñanzas, padre, que trataré de pasárselas a mis hijos algún día.

Sólo deseo que tus consejos y tu compañía, padre, sean como la luz de ese faro, hasta el fin de mis días.


Anónimo

Poema: Ya era muy viejecita

Ya era muy viejecita… Y un año y otro año

se fue quedando sola con su tiempo sin fin.

Sola con su sonrisa de que nada hace daño,

sola como una hermana mayor en su jardín.

Se fue quedando sola con los brazos abiertos,

que es como crucifican los hijos que se van,

con su suave manera de cruzar los cubiertos,

y aquel olor a limpio de sus batas de holán.

Déjenme recordarla con su vals en el piano,

como yéndose un poco con lo que se le fue;

y con qué pesadumbre se mira la mano

cuando le tintineaba su taza de café.

Se fue quedando sola, sola… sola en su mesa,

en su casita blanca y en su lento sillón;

y si alguien no conoce que soledad es esa,

no sabe cuánta muerte cabe en un corazón.

Y diré que en la tarde de aquel viernes con rosas,

en aquel «hasta pronto» que fue un adiós final,

aprendí que unas manos pueden ser mariposas,

dos mariposas tristes volando en su portal.

Sé que murió de noche. No quiero saber cuándo.

Nadie estaba con ella, nadie, cuando murió:

Ni su hijo Guillermo, ni su hijo Fernando,

ni el otro, el vagabundo sin patria, que soy yo.

José Ángel Buesa

Madre controladora

 Cuando el amor de mamá es tu peor enemigo. 

Ser madre es un privilegio, sin embargo, sobreproteger a los hijos al grado de asfixiarlos psicológicamente, es entrar en una vía que produce hijos infelices e inmaduros.

El ser madre es algo esperado y anhelado por muchas mujeres, que ven en dicha posibilidad una forma de auto-realización. No hay nada malo en la expectativa de ser mamá. El problema se suscita cuando algunas mujeres no entienden que su rol de madre no les da derecho a castrar psicológicamente a sus hijos al grado de no permitirles crecer y desarrollarse adecuadamente como personas.

Una madre posesiva

Las madres que consideran que sus hijos son su propiedad personal y lo creen literalmente, son personas psicológicamente enfermas que tarde o temprano dañarán, algunas de manera irremediable, a sus hijos e hijas limitándolos en sus capacidades de maduración y desarrollo.

Madres castradoras

Desde el psicoanálisis, donde ha surgido el concepto, Françoise Dolto las denomina «engendradoras de neurosis familiares». Es razonable pensar en este concepto, dado los resultados que se observan en la vida familiar cuando hay madres posesivas, envolventes y dominantes.

La lucha entre ser madre equilibrada y razonable, y la de amar patológicamente a un ser humano al grado de no dejarlo crecer, es probablemente producto de una sociedad que ha sacralizado el rol de la madre, pero sin enseñarles a las mismas cómo serlo de manera equilibrada.

Jorge Gómez Lencina, en su libro «La Mujer, Casi Dios» señala precisamente la dificultad que tienen las mujeres, que honestamente quieren cumplir su rol de manera adecuada, con esa carga que le asigna la sociedad de ser «súper madres».

Resulta difícil conjugar la tarea de parir (por lo tanto la tendencia de considerar al hijo como verdaderamente suyo), con la responsabilidad de formar (a un individuo que tiene que partir). La tendencia a considerar al hijo, como un bebé permanente, es muy alta en madres posesivas.

El destete no sólo debe ser a nivel físico mamario, dejar de tomar leche materna, sino que el desapego debe efectuarse también a nivel psicológico y es allí el conflicto que se suscita a la hora de criar hijos de manera equilibrada.

Características de una madre posesiva

  • Procura por todos los medios posibles, lícitos e ilícitos, que sus hijos hagan lo que ella desea. No acepta oposición. Manipula, llora, amenaza o pide compasión, con tal que sus hijos actúen de acuerdo a su voluntad.
  • Prohíbe la expresión de sentimientos que supongan algo distinto a lo que ella considera bueno, en ese sentido, es emocionalmente invasiva al «dirigir» la respuesta emocional de sus hijos por el carril que ella supone correcto.
  • De manera consciente o inconsciente, busca la forma que sus hijos la necesiten. Para que eso se logre sus hijos tienen que de alguna forma estar indefensos o tienen que ser protegidos. Lo que busca es protegerlos y cuidarlos, en otras palabras, dejarlos en situación permanente de dependencia.
  • Uno de sus temores es que sus hijos quieran hacer su propia vida, lo que ella considera un acto de rebeldía o de desagradecimiento de parte de sus vástagos. Eso puede durar toda la vida, incluyendo la etapa de adultos. Es la no aceptación del crecimiento de los hijos.
  • Debido a su inseguridad uno de sus miedos más acendrados es que sus hijos amen a otras personas, por eso protagoniza episodios de celos abiertos o encubiertos. Ve con terror la independencia emocional de sus hijos y se convierte en boicoteadora de los mismos. En este caso, habría una «castración» del desarrollo libre del amor y de las emociones.
  • Un elemento a tomar en cuenta es que el entorno suele calificar a estas madres como «sobreprotectoras», «controladoras», «manipuladoras», «chantajistas» o «asfixiantes», todas expresiones que de un modo u otro reflejan que se está ante la presencia de una persona con un serio problema afectivo.

El mito de «sólo» madres viudas o solteras

Es evidente que este fenómeno se da especialmente entre madres que por una razón u otra tienen que criar hijos solas. Madres solteras, viudas o divorciadas. No obstante, el fenómeno se da también en mujeres casadas y con pareja estable.

En esos casos, son madres con mucha fuerza que monopolizan la relación de pareja y terminan haciendo su voluntad, no sólo en la vida de sus hijos, sino también con sus cónyuges o parejas sentimentales.

Es decir, también se da la presencia de este tipo de madres ante varones pasivos o dominados que han dejado que la relación paritaria o de mutualidad, ceda a un tipo de vínculo desequilibrado donde uno manda y otro obedece.  Se llama «el padre castrado».

En suma, la «madre castradora», protege, cuida, guía, orienta, suple, dirige, pero el precio a pagar es que el hijo o la hija pierde sus alas para volar y debe mantenerse permanentemente atado al nido. Es el pago por el cuidado y ellas lo hacen prevalecer, es la extorsión afectiva llevada a su máxima expresión.

¿Dónde está el equilibrio?

Desde que Sigmund Freud esbozó el concepto se ha publicado mucho al respecto. Cómo ya se señaló en este artículo, es difícil establecer el equilibrio. Probablemente, lo que va haciendo falta en una cultura que ha tendido a sacralizar la labor de la madre, en desmedro del padre, es buscar la manera de educar para que tanto la madre como el padre entiendan que ambos, tienen una función esencial en la formación de un hijo o hija.

La sobre exaltación de la madre provoca que muchos varones se replieguen en su función paterna y se conviertan sólo en proveedores pasivos.

Educar para la paternidad debe incluir el concepto de que la familia emocionalmente sana tiene a una madre y un padre, ocupados en lograr que sus hijos crezcan y vuelen, sin que entre ellos exista competencia, rivalidad o celos. Al contrario, es una tarea conjunta.

Conclusión 

Seguirán apareciendo en la literatura y en el cine las imágenes terroríficas de las «madres castradoras», sin duda como reflejo de lo que muchos observan en sus propias madres.

No obstante, es necesario que la sociedad entienda el rol de una madre equilibrada que sustenta, cuida, protege y guía, pero sin considerarse dueña de sus retoños, sino como parte de un proceso normal donde su función es guiarlos, así como hacen las águilas, donde el macho y la hembra, emprenden juntos la tarea de enseñarles a sus aguiluchos a volar para que abandonen el nido.


Enseñando lo ordinario

No le pidas a tus hijos tener vidas extraordinarias, tal esfuerzo puede parecer admirable, pero es el camino a la locura. Ayúdales, en cambio, a encontrar el asombro y la maravilla de una vida ordinaria.

Muéstrales la alegría de saborear manzanas, tomates y peras. Muéstrales cómo llorar cuando las mascotas y la gente mueren. Muéstrales el placer infinito de tocar una mano. Y haz que lo ordinario cobre vida para ellos. Lo extraordinario se hará cargo por sí mismo.


William Martin

Poema: Si mi padre estuviera conmigo

Si acaso estuviera mi padre a mi lado,

podría agradecerle su preocupación por mí,

sus tiernas caricias que, no escasas, sinceras sentí.

Si acaso tuviera a mi padre conmigo

le daría las gracias por estar aquí,

le agradecería mis grandes tristezas,

sus sabios regaños, sus muchos consejos

y los grandes valores que sembró en mí.

Si acaso estuviera mi padre a mi lado

podríamos charlar como antaño fue

de cuando me hablaba de aquello del árbol

que debe ser fuerte y saber resistir

prodigar sus frutos, ofrecer su sombra,

cubrir sus heridas, forzar sus firmezas,

y siempre seguir.

Si acaso tuviera a mi padre a mi lado

le daría las gracias por haberme engendrado.

Amado Nervo

El estigma degradante de la envidia, segunda parte

Reversión del elogio y distorsión del esfuerzo como formas de violencia blanca. 

En nuestra nota anterior mencionamos el estado de abatimiento que padece el envidioso por la falta de confianza en sí mismo, al quedar sumergido en las sombras del éxito ajeno. Ese estado degradante de la envidia se origina en procesos cognitivos que, por acción u omisión, por exceso o por defecto en la educación recibida en el pasado, generaron situaciones por las cuales, desde temprana edad, el niño advierte que lo que le gustaría poseer ya lo tiene otro y, en ausencia de un proceso reflexivo y de comprensión, fomenta un disgusto creciente ante la posesión ajena. Es lógico que este sentimiento se origine en quien, como el niño, todavía no ha logrado completar su formación con la toma de conciencia de sí mismo y de los demás.

mujer-sintiendo-envidia

En este caso, la envidia proviene de la violencia blanca ejercida por padres, maestros o allegados cuando, por acción (el niño que convive con la envidia adulta o escucha críticas injustas en lugar del elogio ecuánime) o por omisión (ausencia de la justa valoración del esfuerzo del prójimo), el éxito, los bienes legítimos y los atributos ajenos se convierten en trofeos deseables. El envidioso soslayó el esfuerzo personal y sin haber adquirido todavía las capacidades necesarias para acceder por sí mismo a lo que busca, alimenta ansias de poseer de manera fácil y rápida lo que otros lograron con esfuerzo, dedicación, altruismo y sentido ético.

Indagando en causas más profundas, aparecen dos actitudes y conductas que generalmente se presentan ante el éxito y el bienestar ajenos y que, a modo de matriz cognitiva, alimentan formas de violencia blanca. Esta violencia, aparentemente inocua y muy habitual, es asimilada por niños, adolescentes y adultos bajo dos modalidades: por un lado, la constante reversión del elogio y, por otro, la distorsión del valor y sentido del esfuerzo. Veamos ambos casos:

Cuando en el seno familiar, escolar o social el elogio hacia un tercero no reúne las condiciones de objetividad y equilibrio, se produce la reversión de la alabanza, al entrar en juego las oscuras molestias y motivaciones provocadas por una envidia carente de justificación y sustento. Así, en lugar de suscitar el elogio ecuánime sobre el comportamiento acertado o el éxito obtenido por una persona, los envidiosos proliferan adjetivos detractores que discrepan con la ecuanimidad. De esta manera, generan la reversión del elogio, descalificando a quien tuvo perseverancia en realizar esfuerzos para la obtención de un objetivo legítimo.

El contenido del elogio radica en los bienes, capacidades y éxitos logrados por alguien; estos bienes personales suscitan en los demás cierta admiración o beneplácito que el envidioso no soporta, dado que quisiera poseer sin esfuerzo y con rapidez los bienes y cualidades pertenecientes a otra persona. Posiblemente en un ambiente de envidiosos, el niño nunca haya escuchado elogios ecuánimes, sino el reverso del mismo mediante expresiones inexactas acerca del «dinero mal habido», «el éxito por casualidad» o «la capacidad o bien logrado a costa de…»

El elogio consiste en afirmar, en beneficio de una persona, la presencia de una cualidad, bien o atributo real. Ello implica ejercer la capacidad de observar con objetividad el valor per se de tales atributos, además de evitar incurrir en interpretaciones teñidas con un alto contenido subjetivo y de no hacer intervenir los intereses contrapuestos y el egoísmo entre allegados.

A diferencia del elogio ecuánime, que surge de la percepción objetiva del valor intrínseco de las cualidades ajenas, y sin excluir el propio deseo y anhelo de obtenerlas, en el caso de la reversión de aquél la cualidad desaparece y no invita a su imitación. En tal caso, las críticas distorsionantes girarán alrededor de cuestiones accesorias y superficiales, sin aludir en modo alguno a las cualidades personales y al proceso realizado por quien tuvo constancia en el esfuerzo. De esta manera, el envidioso elude el compromiso consigo mismo para superarse.

Con respecto a la distorsión del valor del esfuerzo realizado por otro, dicha deformación aparece cuando se impone la vida fácil como condición de éxito Por eso, el envidioso no registra ni valora el esfuerzo de quien cumplió objetivos de superación y mejora personal, pues vivió y sufrió el embate de la violencia blanca en ambientes que desnaturalizaron el esfuerzo de los demás. El esfuerzo forma parte necesaria del trayecto hacia el cumplimiento de un proyecto y la vía de acceso a lo que cualquier persona desearía poseer en su vida. El envidioso no sólo no realiza dicho esfuerzo, sino que aprendió a distorsionarlo con habilidad y destreza.

Por tal razón, y desde nuestro enfoque cognitivo-pedagógico, no podemos soslayar que, entre las causas generadoras de envidia, se encuentra la falta de capacidades y habilidades, pues quien envidia lo hace porque no advierte en sí mismo su talento y su capacidad para acceder a los valores y bienes que su vida anhela. Dependiendo de los demás, su vida no genera proyectos ni capacidades nuevas que le permitan crecer y desarrollarse, retroalimentando así un círculo que lo asfixia y le quita energía para pensar, sentir y vivir de manera satisfactoria.

Visto desde esta perspectiva pedagógica, se comprende que la envidia proviene de un déficit educacional y del descuido de un proceso formativo que no promovió los valores genuinos del desarrollo personal. Por eso, la educación familiar y escolar debe remover esos obstáculos que se albergan en una vida vacía de contenido y carente de estímulo y confianza. Para lo cual, deberá promover una formación sutil y cuidadosa a fin de generar y conducir tanto al niño como al adolescente a experimentar la confianza y la seguridad de su propio e intransferible talento y capacidad para crecer por sí mismo sin esperar el aval ajeno ni cotejar con los demás.


Dr. Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com