Amigo

Amigo, trátame con pureza:

  • No me catalogues, no soy un objeto.
  • No me etiquetes, no soy mercadería.
  • No me juzgues, no soy tu reo.
  • No me acuses, no eres mi fiscal.
  • No me condenes, no eres mi juez.
  • No me enmarques, no soy un espejo ni un cuadro.
  • No me definas, soy un misterio.
  • No me minimices, soy más complejo de lo que crees.
  • No me divulgues, no soy un producto o una cosa.
  • No me vulgarices, soy alguien muy especial.
  • No me apuntes, no soy un blanco de tiro.
  • No me idolatres, no soy un ídolo.
  • No me calumnies, tengo el derecho a la verdad de los hechos.
  • No me difames, tengo el derecho de ser quien soy.
  • No me esquematices, soy más libre de lo que te imaginas.
  • No creas demasiado en mí, soy falible.
  • No dudes siempre de mí, soy más verdad que error.

Recuerda que:

  • Soy gente como tú.
  • Soy humano como tú.
  • Soy limitado como tú.
  • Soy hijo de Dios como lo eres tú.

Trátame como gente y como hermano y serás para mí aquello que no lograste ver en mi persona: ¡Un amigo de verdad!

¿Has visto y tratado a los demás respetando su libertad que tienen de ser ellos mismos? ¿Te encanta que tus amigos te envuelvan y manipulen tu vida? ¿Has conocido experiencias donde se manipule la amistad?


  • Grimaldo Salazar, Leonel | «Una y Otra Vez».

La última libertad

Uno de los aspectos más importantes de nuestra humanidad es tener la libertad de escoger.

Nuestro gran Creador nos ha permitido escoger el mundo en el que hemos de vivir.

Si escogemos ser amorosos en pensamiento, palabra y obres, creamos un mundo amoroso.

Si escogemos pensamientos y acciones de miedo o enfermedad, entonces estas características llenarán el mundo en que habitamos.

El tener libre albedrío significa ser capaz de escoger de nuevo. Nada es permanentemente fijo.

Al escoger nuevas opciones, el pasado puede curarse y podremos liberar de nuestra vida el dolor y el sufrimiento.

Aun cuando no escogemos nuestras condiciones exteriores, podemos escoger cómo responderemos a éstas.

¡Ésta es la última libertad!

Al poder ver cada situación como una contribución a nuestro más grande bien, podemos transformar hasta las circunstancias más difíciles en bendiciones.


Anónimo

Miedo a volar

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Por muy cómoda que sea una jaula, sigue siendo una jaula; por muchos lujos que tenga.

Cada uno tenemos la nuestra, y nos mantenemos ahí, aunque estemos incómodos… aunque deseemos volar. Y muchas veces lo hacemos por miedo. Por miedo a perdernos en lo desconocido, a desear volver al lugar seguro y no poder hacerlo. Por miedo al riesgo, al cambio, a la pérdida de la estabilidad… Y seguimos ahí, aunque conozcamos la manera de abrir la puerta.

Pero llega un día en el que tocamos fondo y desde ahí, sólo desde ahí, encontramos la fuerza necesaria para impulsarnos hacia la libertad.

¿Usas máscaras o eres auténtico?

Le preguntaron a Mahatma Gandhi cuáles son los factores que destruyen al ser humano. Él respondió:

«La política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad.

La vida me ha enseñado que la gente es amable, si soy amable; que las personas están tristes, si estoy triste; que todos me quieren, si yo los quiero; que todos son malos, si yo los odio; que hay caras sonrientes, si les sonrío; que hay caras amargas, si estoy amargado; que el mundo está feliz, si yo soy feliz; que la gente es rabiosa, si yo soy rabioso; que las personas son agradecidas, si yo soy agradecido.

La vida es como un espejo: si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa. La actitud que tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará frente a mí. El que quiera ser amado, que ame».

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Estamos tan condicionados y programados, para pensar y comportarnos de una determinada manera que en la sociedad actual ser auténtico es un acto casi revolucionario.

«En vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres, solemos interpretar un personaje que es del agrado de los demás».

La sociedad contemporánea se ha convertido en un gran teatro. Al haber sido educados para comportarnos y actuar de una determinada manera, en vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres – siendo coherentes con lo que en realidad somos y sentimos -, solemos llevar una máscara puesta y con ella interpretamos a un personaje que es del agrado de los demás.

Si bien vivir bajo una careta nos permite sentirnos más cómodos y seguros, con el tiempo conlleva un precio muy alto: la desconexión de nuestra verdadera esencia. Y en algunos casos, de tanto llevar una máscara puesta, nos olvidamos de quienes éramos antes de ponérnosla.

Lo cierto es que algunos sociólogos coinciden en que en nuestra sociedad ha triunfado el denominado «pensamiento único». Es decir, «la manera normal y común que tenemos la mayoría de pensar, comportarnos y relacionarnos».

En este contexto social, algunos individuos ocultan sus miserias y frustraciones tras una fachada artificial que seduzca e impresione a los demás. La paradoja es que cuanto más intentamos aparentar y deslumbrar, más revelamos nuestras carencias, inseguridades y complejos ocultos. De hecho, la vanidad no es más que una capa falsa que utilizamos para proyectar una imagen de triunfo y de éxito. Es decir, la máscara con la que en ocasiones cubrimos nuestra sensación de fracaso y vacío.

Si lo pensamos detenidamente, ¿Qué es la «Respetabilidad»? ¿Qué es el «Prestigio»? ¿Qué es el «Estatus»? ¿Qué tipo de personas lo necesitan? en el fondo no son más que etiquetas con las que cubrir la desnudez que sentimos cuando no nos valoramos por lo que somos.

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En este sentido, ¿qué más da lo que piense la gente? De hecho, ¿quién es la gente? Nuestra red de relaciones es en realidad un espejismo. En cada ser humano vemos reflejada nuestra propia humanidad. Por eso se dice que los demás no nos dan ni nos quitan nada; son espejos que nos muestran lo que tenemos y lo que nos falta. La gente no nos ve tal y como somos, sino como la gente es. O como dijo el filósofo Immanuel Kant, «no vemos a los demás como son, sino como somos nosotros». De ahí que la opinión de otras personas solo tiene importancia si nosotros se la concedemos.

«La verdad que nos libera suele ser la que menos queremos escuchar» (Anthony de Mello).

«No dejéis que el ruido ahogue vuestra propia voz interior. Ella ya sabe lo que vosotros realmente queréis ser» (Steve Jobs).

No importa quiénes seamos, qué decisiones tomemos o cómo nos comportemos. Hagamos lo que hagamos con nuestra vida, siempre tendremos admiradores, detractores y gente a quien resultemos indiferentes. Pero entonces, si nuestras relaciones se sustentan sobre este juego de espejos y proyecciones, ¿por qué fingimos? Seguramente por nuestra falta de confianza y autoestima.

Para cultivar una sana relación de amistad con nosotros mismos, lo único que necesitamos es modificar la manera en la que nos comunicamos con nosotros a través de nuestros pensamientos. Sólo así podremos aceptarnos, respetarnos y amarnos por el ser humano que somos, con nuestras cualidades, virtudes, defectos y debilidades.

¿Por qué no dejamos de fingir y escuchamos a nuestra voz interior?


Esteban Pérez | SenderoEspiritual.Com

Experiencia de libertad

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Durante mi vida he entendido el amor como una especie de esclavitud consentida.

Pero esto no es así: la libertad sólo existe cuando existe el amor. Quien se entrega totalmente, quien se siente libre, ama al máximo.

Y quien ama al máximo, se siente libre. Pero en el amor, cada uno de nosotros es responsable por lo que siente, y no puede culpar al otro por eso.

Nadie pierde a nadie porque nadie posee a nadie.

Y esta es la verdadera experiencia de la libertad.

Tener lo más importante del mundo sin poseerlo.


Paulo Coelho

Libérate de la opinión ajena

El tesoro más preciado que puede tener un ser humano es la libertad y es justamente eso lo que constantemente busca nuestra alma. Pero no me refiero a la libertad física sino a la libertad interior.

Durante nuestra vida atravesamos por numerosas experiencias y muchas veces sin darnos cuenta nos encadenamos a algún recuerdo doloroso, a culpas, resentimientos u otras circunstancias que nos roban la libertad. Vivimos interiormente en una cárcel sin siquiera ser conscientes de ello.

En lo personal, hay una situación en particular que me mantuvo atada por mucho tiempo; cuando me hice consciente de ello y pude librarme sentí una maravillosa sensación e hizo que todo un nuevo mundo se abriera  ante mis ojos, esto fue cuando me liberé de la opinión ajena.

El prestar atención a lo que opinan los demás o dejarse influenciar por sus comentarios nos provoca un desgaste enorme y no nos permite ser auténticos, no nos deja disfrutar siendo quienes realmente somos por miedo a ser juzgados o al qué dirán.  No hay nada más hermoso que ser uno mismo, sin tratar de agradar o de ser perfectos, dejando de lado cualquier máscara y sólo ser como somos.

El camino para liberarse de la opinión ajena comienza por entender que cada persona es un mundo aparte porque todos hemos tenido diferentes experiencias, hemos aprendido cosas distintas y por tanto percibimos el mundo de manera distinta. De esta forma, cada quien verá las cosas desde su propia perspectiva la cual será siempre diferente a la nuestra, nadie puede mirar a través de nuestros ojos.

Al comprender esto, nos damos cuenta que las opiniones de los demás no se refieren a nosotros sino a la forma que ellos tienen de ver el mundo de acuerdo a sus historias y a sus experiencias.  Lo que el otro dice, lo que hace, lo que opina es sólo el reflejo de su mundo interior y eso no tiene absolutamente nada que ver conmigo.

Lo único que debe importarme es lo que yo opino porque esa es la única opinión basada en la verdad, en mi verdad, en lo que yo he experimentado, en lo que yo conozco de la vida.

Por eso si alguien me dice: «Qué bien te ves» o si me dice: «No te queda bien ese peinado» ninguna de las dos opiniones realmente son importantes para mí porque reflejan la opinión de un mundo distinto al mío. En mi mundo yo tengo muy claro lo que me gusta y lo que no.

De igual forma si alguien me dice algo ofensivo, no me lo tomo personalmente, porque sé que se trata de su problema y no del mío, es decir se está refiriendo a sí mismo, haciendo una descripción de su propio mundo, de donde vive en su interior, de la forma que ve el mundo, no a mí. Quizás tuvo un mal día, tiene problemas personales, heridas emocionales…  Lo cierto es que nada de lo que otro diga está relacionado conmigo, sino con ellos.

También hay veces en que alguien nos dice que les hacemos daño con nuestras palabras o acciones. No somos nosotros quienes hacemos daño, sino  son sus propias heridas internas, nosotros no las pusimos ahí, esas ya estaban, mis palabras sólo las hicieron relucir, pero no es mi culpa. Es su historia y no soy yo quien debe sanar esas heridas, el problema no es conmigo sino con sí mismos.

Cuando mis opiniones son claras en mi interior, cuando sé muy bien quién soy y comprendo que siempre actúo de la mejor forma que me es posible de acuerdo a mi evolución, cuando acepto que cometo errores porque estoy aprendiendo pero con amor me perdono, en definitiva cuando aprendo a amarme incondicionalmente, lo que digan los demás deja de ser importante para mí, ya no necesito de la aprobación o del amor de los demás para ser feliz.

Lo que opinen los demás pasa a ser sólo eso: una opinión.


Marcela Allen | Aldiaria.Blogspot.Com

La difícil aventura cotidiana para decidir

El arte de mentirse a sí mismo.

A diferencia del hombre libre, con capacidad de decisión para actuar y pensar con autonomía, el esclavo transcurre su tiempo en una vida programada y decidida por otro. Aquí, «el otro» aparece a la mente del esclavo bajo una imagen de seguridad y rigidez que le permite vivir la sensación de estar en un apacible resguardo sin sobresaltos ni sorpresas. Esto significa que su vida se consume en la aridez y en la monotonía de hacer siempre lo que otro decide, sin siquiera cuestionar, opinar o cambiar sus rutinas, dado que prevalece un oculto temor a equivocarse.

Esta figura del esclavo tiene grandes coincidencias y un exacto paralelismo con aquellos individuos que no quieren correr riesgos por miedo a los desaciertos y a no decidir por temor al propio reproche. Pues la libertad enfrenta al sujeto a un ámbito de indeterminaciones ante las cuales hay que definirse dentro del universo inagotable de lo indeterminado. Por eso, la libertad constituye un riesgo y conlleva una exigencia de decisión. Esto quizás explique por qué muchos no se definen y buscan que otros los sustituyan y tomen decisiones más seguras.

Por otra parte, y dado que toda decisión lleva implícita la riqueza de cierta incertidumbre y fluctuación, el esclavo nunca asume riesgos, pues vive en una linealidad y en un amesetamiento rutinario y sin creatividad alguna. Por eso no sufre el sano temor a errar, ni se atreve a preguntar o hacer los cuestionamientos propios de quien está eligiendo en un campo de alternativas a veces incómodas. En este mito del orden aparente y estático, el esclavo deja de pertenecerse a sí mismo y empieza a ser sustituido por el imperativo de un modo de vida alienante y niveladora de la conciencia. Es tal la chatura mental que, aún en el manejo del tiempo, éste es administrado por afuera de la vida del mismo esclavo.

La paradoja del esclavo liberado radica en el hecho de que en realidad no está preparado para la libertad. Lo cual explica por qué la vida del esclavo carece de posibilidades y alternativas, ya que queda embargada y sustituida por el amo, quien piensa y decide de manera cuasi-absoluta y sin riesgo alguno para quien ya no puede siquiera decidir ni pensar por sí mismo.

Al modo de la seguridad que vive el niño ante la determinación inapelable de sus padres, o la del adolescente ante los modelos y estereotipos de la moda, muchos individuos dejan de pensar por sí mismos y se aferran a la rutina de una vida plana y a la frivolidad de un consumo de novedades. Sin horizontes y sin riesgos, la indecisión inmoviliza la voluntad de acción y paraliza la vida del sujeto dentro de los barrotes inadvertidos de la propia cárcel mental.

Decidir requiere poseer conocimientos y confianza en sí mismo. Y cuando ello falta por comodidad o dejadez y por hábitos o costumbres disfuncionales, la toma de decisión queda encubierta por el ejercicio de una retórica discursiva que conduce a la ilusión de la libertad y del convencimiento personal. Este recurso de la razón convierte a la dilación y a la negligencia en cualidades aparentes, cuyo carácter ficcional trata de justificar con explicaciones elegantes la falta de acción y la pasividad de quienes optaron por la chatura de una vida sin horizontes.

Quien imagina un proyecto tiene un pensamiento cuya potencia podría quedar en estado latente si no se lo lleva a la acción. De allí que la decisión es el canal que impulsa la voluntad a la acción. De esta manera, la imagen de un proyecto sale de su inacción y se concreta en la ejecución, al modo como la semilla pasa de su estado latente para convertirse en fruto. Pero ello exige la condición de brindar a esa semilla o proyecto los nutrientes de una tierra trabajada con voluntad, separando los «yuyos» de la comodidad y de la holganza, las «piedras» de la rigidez y la «sequedad» de la indiferencia.

Como podemos observar, a este esclavo aparentemente liberado no le place hacer germinar sus proyectos porque es cómodo no tenerlos. Tampoco se esfuerza en pensar en los posibles riesgos y obstáculos, porque un amo protector piensa por él. Bajo esa costumbre, el esclavo liberado añora y reclama a un «otro» para someterse incondicionalmente, y sin capacidad crítica, al plan ajeno. Para el esclavo bien vestido de nuestros días, ese amo es el sistema que, desde lo cultural hasta lo laboral, ejerce fuerte presión sobre su mente y su sensibilidad, al tiempo que compromete su autonomía a través de las sutiles y engañosas cadenas de la seguridad y el confort.

Por tal motivo, no basta con romper las cadenas de las cosas que nos esclavizan. Es necesario adquirir capacidades que nos permitan consolidar un estado mental que nos impulse a decidir y actuar con un sentido evolutivo, creativo y personal. Sin esa capacidad de decisión, el síndrome del esclavo liberado se instala como una paradoja en nuestras vidas al punto de que, sintiendo una libertad que no es tal, empezamos a ejercer el siniestro arte de mentirnos a nosotros mismos desdeñando el universo de las cosas posibles que se podrían realizar.


Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com

El amor es una respuesta única a eso que es único

Cuando demuestras tu amor hacia una persona, lo haces de una manera en la que no puedes hacerlo con otra persona. Tus pensamientos, palabras y acciones (tus respuestas) son literalmente imposibles de duplicar, cada una es diferente… así como lo es la persona por la que tienes estos sentimientos.

Si ha llegado el momento en que desees esta demostración especial con una persona solamente, entonces, elígela, como dices. Anúnciala y declárala. No obstante, haz de tu declaración un anuncio momento a momento de tu libertad, no tu obligación continua. El amor verdadero siempre es libre y la obligación no puede existir en el espacio del amor.

Si consideras una promesa sagrada e irrompible, tu decisión de expresar tu amor de una manera particular a sólo una persona, puede llegar el día en que experimentarás esa promesa como una obligación y lo resentirás. Sin embargo, si consideras esta decisión no como una promesa que se hace sólo una vez, sino como una elección libre, hecha una y otra vez, nunca llegará ese día de resentimiento.

Recuerda esto: sólo hay una promesa sagrada y ésta es decir y vivir tu verdad. Todas las otras promesas son pérdidas de la libertad y eso nunca puede ser sagrado, puesto que libertad es Quién Eres Tú. Si pierdes la libertad, pierdes a tu Yo y eso no es un sacramento, es una blasfemia.


Neale Donald Walsch

Nadie puede dar lo que no tiene

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Sólo cuando estás bien contigo mismo, puedes estar bien con los demás; sólo cuando manejas la soledad, puedes manejar una relación.

Necesitas valorarte para valorar, quererte para querer, respetarte para respetar y aceptarte para aceptar, ya que nadie puede dar lo que no tiene dentro de sí.

Ninguna relación te dará la paz que tú mismo no hayas creado en tu interior. Ninguna relación te dará la felicidad que tú mismo no construyas.

Sólo podrás ser feliz con otra persona, cuando seas consciente de que eres feliz incluso cuando no está a tu lado. Sólo podrás amar siendo independiente, sin tener que manejar ni manipular a los que dices querer.

Para amar necesitas una humilde autosuficiencia, necesitas una autoestima equilibrada y la práctica de una libertad responsable.

Pretender que la otra persona nos haga felices y llene todas nuestras expectativas es sólo una fantasía narcisista que sólo trae frustraciones.


Keila Annette Barris Vélez

El loro que pedía libertad

Ésta es la historia de un loro muy contradictorio. Desde hacía un buen número de años vivía enjaulado, y su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía.

Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a deleitar un sabroso té de Cachemira. Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban los dos hombres tomando té, cuando el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente:

– ¡Libertad, libertad, libertad!

No cesaba de pedir libertad. Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el invitado se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando:

– ¡Libertad, libertad, libertad!

Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le atribulaba el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro.

Un día después, el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, corrió hacia su casa, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando:

– Libertad, libertad, libertad.

Al invitado se le partía el corazón. ¿Quién no hubiera sentido piedad por el animalito? Presto, se acercó a la jaula y abrió la puertecilla de la misma. Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla.

El loro seguía gritando:

– ¡Libertad, libertad, libertad!

Como este loro, son muchos los seres humanos que dicen querer madurar y hallar la libertad interior, pero que se han acostumbrado a su jaula interna y no quieren abandonarla.


Anónimo hindú