Amigo

Amigo, trátame con pureza:

  • No me catalogues, no soy un objeto.
  • No me etiquetes, no soy mercadería.
  • No me juzgues, no soy tu reo.
  • No me acuses, no eres mi fiscal.
  • No me condenes, no eres mi juez.
  • No me enmarques, no soy un espejo ni un cuadro.
  • No me definas, soy un misterio.
  • No me minimices, soy más complejo de lo que crees.
  • No me divulgues, no soy un producto o una cosa.
  • No me vulgarices, soy alguien muy especial.
  • No me apuntes, no soy un blanco de tiro.
  • No me idolatres, no soy un ídolo.
  • No me calumnies, tengo el derecho a la verdad de los hechos.
  • No me difames, tengo el derecho de ser quien soy.
  • No me esquematices, soy más libre de lo que te imaginas.
  • No creas demasiado en mí, soy falible.
  • No dudes siempre de mí, soy más verdad que error.

Recuerda que:

  • Soy gente como tú.
  • Soy humano como tú.
  • Soy limitado como tú.
  • Soy hijo de Dios como lo eres tú.

Trátame como gente y como hermano y serás para mí aquello que no lograste ver en mi persona: ¡Un amigo de verdad!

¿Has visto y tratado a los demás respetando su libertad que tienen de ser ellos mismos? ¿Te encanta que tus amigos te envuelvan y manipulen tu vida? ¿Has conocido experiencias donde se manipule la amistad?


  • Grimaldo Salazar, Leonel | «Una y Otra Vez».

Rompiendo el círculo del manipulador

Cuando ponemos en primer lugar al otro o buscamos satisfacer las necesidades de la otra persona antes que las nuestras, corremos el riesgo de transformarnos en personas manipulables, ya que estas características nos hacen vulnerables a quienes traten de dominarnos. Una persona que actúa bajo el efecto de la manipulación suele decir frases como: «lo hago porque el otro lo necesita», «lo hago porque le debo tanto», «lo hago porque sé que él lo valora».

Las personas que son manipuladas parten de una buena actitud; por ejemplo, dar es maravilloso, sin embargo, los excesivos deseos de ayudar y conformar al otro los puede convertir en sus víctimas, ya que ellos no se encuentran correctamente ubicados en su lista de prioridades.

Es preciso recordar que el manipulador no elige a cualquiera, sino a aquellos que pueden darle un beneficio; esta es la razón por la que, si bien no es malo dar, debemos ser más selectivos a la hora de hacerlo, tenemos que aprender a dar inteligentemente, sin sentir culpa de preguntarnos: «¿realmente estoy haciendo (o voy a hacer) esto porque quiero?». A veces, poner al otro en primer lugar puede estar ocultando una búsqueda de reconocimiento, la necesidad de validación a cualquier precio, y esto puede hacernos, efectivamente, pagar cualquier precio.

Entre las víctimas de la manipulación encontramos a muchas mujeres manipuladas por su pareja que explican: «es que lo amo demasiado», «me da pena dejarlo». En estos casos, posiblemente la idealización sea la que no les permite ver la realidad.

También podemos hallar a las madres culposas que no pueden accionar para ellas, sino que sienten que «se deben» a su familia.

Existen también muchos casos en que personas excesivamente responsables se combinan explosivamente con un jefe manipulador que abusa de su sentido de la responsabilidad y puede sobrecargarlas.

No debemos exponernos, los manipuladores estudian a las personas en busca de su vulnerabilidad, de su debilidad, y suelen tener como objetivo a individuos codependientes, crédulos, personas llenas de culpa, que priorizan la amabilidad a su propia dignidad, gente a la que le cuesta decir «No» y que le tema a la confrontación.

Está en nosotros elegir no sacrificar nuestra dignidad; este en un valor que alimenta nuestra estima y nos llevará en la dirección correcta. Aprender a cuidarnos es un trabajo difícil, pero no imposible. Por eso, decir «No» cuando es necesario no está mal. Si logramos evaluar nuestras motivaciones y deshacernos de los espejismos, tendremos gran parte de la batalla ganada.


Bernardo Stamateas | Stamateas.Com/Blog

Niños tiranos: el síndrome del emperador

Falta de respeto, insultos e incluso golpes son algunas de las conductas que algunos niños muestran hacia sus padres. De hecho, en algunas familias parece que los roles se han invertido y son los niños quienes llevan la voz cantante. Los padres ya no tienen autoridad para establecer las normas o imponer castigos, los niños se han hecho con el mando.

Desgraciadamente, estos comportamientos no sólo afectan profundamente la dinámica familiar sino que crean una gran tensión en los padres, que no saben cómo lidiar con este problema y casi siempre terminan sometiéndose a los deseos del hijo para evitar sus estallidos emocionales.

Además, la sumisión de los padres hacia sus hijos ni siquiera es útil para que los niños sean felices porque terminan desarrollando lo que se conoce como «Síndrome del Emperador», que puede tener graves consecuencias a largo plazo.

¿Qué es el Síndrome del Emperador?

Se trata de un trastorno de conducta que afecta a los niños y adolescentes, que tiene su inicio en el hogar. Básicamente, el niño comienza a desafiar a sus padres y, al ver que logra su cometido, continúa desafiando a otros adultos.

Estos niños sienten que tienen la autoridad. De hecho, es cierto que tienen la sartén por el mango, ya sea porque los padres le han concedido privilegios desmesurados, porque no han sabido mantener una coherencia a la hora de imponer las reglas del hogar o porque no han sabido atajar a tiempo las primeras rabietas y demandas del niño.

Como resultado, el pequeño no sólo desarrolla una relación demandante con sus padres, sino que pretende que estos estén a su disposición. Cuando no cumplen sus deseos, se enfada y puede llegar a proferir amenazas, insultos o incluso a agredir físicamente a sus padres.

¿Cómo es el niño autoritario?

Los niños con Síndrome del Emperador dictan, ordenan y mandan lo que hará la familia. No sólo decide qué hará sino también qué deben hacer los otros miembros de la familia. Toda la dinámica familiar gira en torno a sus deseos, que a menudo son caprichosos.

Detrás de este comportamiento se esconden algunos problemas:

1. Profundo hedonismo: El niño busca constantemente el placer, no ha desarrollado el sentido del deber y no comprende que en ocasiones tiene que hacer sacrificios por los demás.

2. Gran egocentrismo: Todos los niños, cuando son pequeños, son egocéntricos. Sin embargo, a medida que crecen desarrollan la empatía y aprenden a ponerse en el lugar del otro. Los niños con Síndrome del Emperador muestran pocas manifestaciones de empatía y sentimientos hacia los demás.

3. Escasa tolerancia a la frustración: Este niño tiene problemas para regular sus sentimientos y emociones, por lo que cuando no satisfacen sus deseos, suele experimentar una enorme frustración que termina dando lugar a un estallido emocional.

4. Gran capacidad de manipulación: Los niños con Síndrome del Emperador no siempre se imponen a la fuerza, a menudo recurren a sofisticadas tácticas de manipulación emocional ya que conocen perfectamente las debilidades de sus padres y no tienen reparos en usarlas a su favor.

5. Poca responsabilidad: Este niño nunca está dispuesto a reconocer sus errores, siempre le echará la culpa a los demás, buscan un tercero en quien depositar la culpa.

El principal problema es que estos niños enfrentarán numerosos problemas en su vida futura ya que el mundo no se pondrá a sus pies, como han hecho sus padres. Por tanto, ese egocentrismo, baja tolerancia a la frustración y escasas habilidades sociales terminarán pasándole una factura muy alta. Los niños mimados y autoritarios no son niños felices y tampoco serán adultos felices.

La importancia de educar a los niños

En los últimos años cada vez más padres están ejerciendo una educación pasiva, se preocupan más por satisfacer las necesidades materiales de sus hijos que por transmitirles valores y buenas normas de conducta. Este estilo educativo que convierte a los hijos en el centro alrededor del cual gira la familia, puede dar pie a niños autoritarios que no conocen el respeto y no saben cuál es su rol en la dinámica familiar.

Por supuesto, los cambios sociales de las últimas décadas también han contribuido a que aparezcan cada vez más niños autoritarios. Por ejemplo, la cultura del consumismo y del todo vale hace que algunos padres pongan más énfasis en lo material que en lo espiritual. Por otra parte, el hecho de que las parejas tengan hijos a edades cada vez más tardías convierten al pequeño en un «bien precioso» al que quieren mimar, que no puede sufrir ni ser disciplinado.

Sin embargo, no se trata de alzar el dedo acusatorio sino más bien de prevenir este tipo de conductas. Educar es una tarea compleja para la que no bastan las mejores intenciones, también es necesario informarse.

¿Qué pueden hacer los padres?

• Mantenerse atentos a las primeras señales. Como regla general, a los cuatro años un niño ya puede verbalizar su enfado, y a los cinco años será capaz de controlarlo. Si notas que tu hijo aún se muestra agresivo, tiene rabietas en público y convierte los días de la familia en un calvario a esta edad, es probable que se esté formando el «Síndrome del Emperador».

• Establecer límites en casa. Los límites y las normas, aunque tienen mala fama, en realidad son buenos para el niño ya que contribuyen a darle un orden lógico a su mundo. Cuando el niño sabe exactamente qué se espera de él puede regular mejor su comportamiento y se siente más seguro, con menos ansiedad.

• Seguir un estilo educativo coherente. Ambos padres deben estar de acuerdo en las reglas y castigos porque si el niño ve una brecha, la aprovechará. Es importante que los progenitores hablen sobre la educación de su hijo y hagan valer las normas con firmeza y amor.

• Enseñarles a ponerse en el lugar del otro. Desarrollar la empatía es fundamental porque así los niños podrán comprender cómo se sienten los padres cuando les falta el respeto. Por eso, desde pequeño, no te limites a castigar a tu hijo por sus malos comportamientos, reflexiona sobre lo que ha hecho y sus consecuencias.

• Convertirse en su ejemplo. Los niños aprenden viendo a sus padres. Por tanto, enséñale a manejar de manera asertiva las emociones, sobre todo la frustración. Dale herramientas que le permitan canalizar esas emociones negativas, en vez de volcarlas en los adultos.

Por último, recuerda que «educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía» y siempre con amor.


Amores tóxicos: el síndrome de la mamá gallina

El Síndrome de la Mamá Gallina no es exclusivo de madres, también de padres, abuelos,… aquellas figuras que educan desde la sobreprotección a los niños, trasladan miedos e inseguridades que no dejan lugar al crecimiento personal y la autodependencia.

Es necesario educar desde la confianza plena en la capacidad del niño para desarrollarse siguiendo su esencia, sin por ello renunciar al apoyo, el amor incondicional y a los límites para educar en la libertad.

Las madres o padres tóxicos ofrecen un amor a sus hijos hostigante a la vez que inmaduro. Proyectan sobre ellos sus inseguridades para reafirmarse personalmente, y así, tener mayor control sobre sus vidas y sobre la de sus hijos.

Todos hemos necesitado equivocarnos, porque eso ha implicado una toma de decisión propia y la posibilidad de sobreponernos a una caída. Podemos imaginar a un bebé dando sus primeros pasos. Se caerá todas las veces necesarias hasta que encuentre su propio equilibrio, su propia fuerza, el apoyo sobre sus propios pies. Así es como desarrollamos una forma de andar, de caminar, que es única.

¿Qué hace que ese amor se transforme en una atadura?

Podríamos hablar de amor, pero también de miedos, inseguridades, necesidad de control,…, por lo que podríamos decir que es un amor tóxico. Hablamos de un amor egoísta y asfixiante que puede generar muchos conflictos interiores.

Es importante dejar claro que este artículo no trata de apuntar acusadoramente a quienes aman desde las ataduras. Ellos también tienen una historia tras de sí que los impulsa a actuar desde sus propias carencias. Aunque esto tampoco los justifica, pero sí nos sirve para comprender que los padres también son humanos, y alguna vez fueron niños e hijos de sus padres.

¿Qué repercusión tienen en nosotros estas relaciones tóxicas?

Los familiares que despliegan las artimañas de la toxicidad, lo hacen hacia criaturas que están en pleno proceso de maduración personal, ahí donde debe asentarse su personalidad, su autoestima,… Todo ello, irá esculpiendo en ellos grandes vacíos, grandes inseguridades.

Una de las formas más claras de manipulación es la de infundir miedo. El «juego» del miedo se aplica no sólo en esta parcela de la vida familiar, sino en otros ámbitos sociales como la política, la religión,… Quien ostenta la figura de poder alimenta a quien le sigue, del temor o miedo a que algo malo va a pasar si no se le hace caso. Así se establece una relación de dependencia, en la que el que infunde el miedo se asegura de que nada cambie y el que se traga el miedo le otorga al otro todo el poder sobre uno mismo, y con ello también la responsabilidad que implica elegir (asumir el riesgo que implica vivir).

La culpa es otro de los medios para manipular y genera mucha angustia. Por ejemplo, utilizar frases del tipo «con todo lo que hemos hecho por ti…», «eres una egoísta, sólo piensas en ti y no en lo que necesita tu familia…» A veces, no es necesario decir ni una sola palabra. En la mente de estos hijos se despierta una cascada de reproches hacia sí mismos y una gran angustia interior que no saben cómo apaciguar, sino es anteponiendo las necesidades de sus progenitores a las suyas. Efectivamente, puede apagarse la angustia de la culpa, pero permanece la frustración, la rabia, el ahogo, el vacío,… en lo más profundo de ellos mismos.

Estas relaciones con el tiempo degeneran convirtiéndose en relaciones de amor-odio. El amor sólo se puede vivir plena y genuinamente cuando uno se siente libre dentro de una relación.

1. Personalidad insegura:

Detrás de este amor tóxico se esconde una clara falta de autoestima y autodependencia que les lleva a proyectar en sus propios hijos sus miedos, y la necesidad de salvarlos de aquello que a ellos les inquieta. Ese control también les proporciona una seguridad ficticia y ponen una pesada carga sobre los hombros de sus hijos: la de cubrir las carencias de sus padres.

Por ejemplo, una madre que tiene miedo a la soledad y un vacío existencial, puede manipular a su hija para que renuncie a su propia vida y «se quede» con ella. No tiene por qué quedarse físicamente, puede hacerlo en la distancia. Eso no le permitirá a la hija entregarse por completo a ella misma, ni a su familia construida (si la tiene).

Puntualizar que ese vacío existencial del padre o la madre podría existir incluso antes de la presencia de los hijos, y/o que estos depositaron todo el sentido de su vida en sus hijos, olvidándose de ellos mismos.

2. Obsesión por el control:

La necesidad por tener controlado cada aspecto de sus vidas, hace que acaben haciendo lo mismo en la vida de sus hijos. No son capaces de ver los límites. Para ellas, control es sinónimo de seguridad, de algo inmanente que no cambia, y lo que no cambia es bueno porque les hace tener una sensación de seguridad, aunque esta sea ficticia.

Lo complicado de esta dimensión es que suelen ejercer el control pensando que con ello, hacen el bien y que así demuestran amor por los demás.

El control llevado a cabo desde la justificación del cariño, es el peor acto de la sobreprotección. Impedimos con ello que los niños sean autónomos, capaces y valientes. Y aún más, que aprendan de sus errores.

3. Los hijos como una prolongación de los padres:

En ocasiones, las madres tóxicas proyectan en sus hijos los deseos incumplidos de su propio pasado, sin preguntar si quiera qué es lo que ellos desean, sin darles opción a elegir, pensando que con ello, les demuestran un amor incondicional. En realidad, están dejando de ver a sus hijos, quedando cegados por sus propios miedos, fantasmas, deseos,… No pueden ver a sus hijos como personas diferentes e individuales, sino como una prolongación de sí mismos.

¿Cómo liberarse de estas ataduras?

Tanto aquellos que aman desde el apego destructivo, como aquellos que se viven como víctimas de estas ataduras, pueden elegir transformar esta relación, aunque sea de forma unilateral.

El primer paso es tomar conciencia de lo que supone establecer este tipo de relación y el sufrimiento que comporta: ninguno de los dos suelta por miedo, pero a la vez se siente preso de la relación. En la práctica, esto requiere poner límites, reconocer la manipulación, respetarse a sí mismo, darse permiso para expresar asertivamente nuestros deseos, ideas, sentimientos,…

El segundo paso, es un deseo profundo de libertad. Comienza por preguntarse: ¿qué necesito yo para sentirme libre? Y la respuesta o respuestas a esta pregunta se convertirán en la brújula para colocarnos en el lugar que nos corresponde. Esto nos ubica y nos libera de ataduras para poder elegir libremente. En la práctica, supone ser hijo de nuestros padres, y no padre de nuestros padres; decir que no cuando lo necesitemos, no jugar al juego de la manipulación, tomar decisiones propias que estén guiadas por nuestras propias motivaciones, reconocer nuestros derechos,…

El tercer paso, es darse permiso para ejercer nuestro derecho a la vida. El mejor regalo que nos han podido dar nuestros padres es la vida, y la mejor forma de agradecerles este regalo es tomándola con agradecimiento y viviéndola plenamente, sabiéndonos conscientes de que no somos ellos. Ellos tuvieron su oportunidad para elegir. En la práctica, esto supone asumir responsabilidades, establecer una relación de amor incondicional con nosotros mismos, seguir nuestra esencia (deseos, motivaciones,…)


M. Angeles Molina | CentroPsinergia.Wordpress.Com

Tu paz interior comenzará el día que no permitas que te manejen

Nuestra paz interior comienza en el mismo día en el que no permitimos que nos manejen. Es ahí cuando nuestras emociones no pueden ser manipuladas en base a creencias insanas y exigencias ajenas.

Esa sensación de paz es el fiel reflejo de que hemos tomado una decisión correcta. Ese es el signo más evidente, gracias al cual tendremos la garantía de mantener un equilibrio mental y físico. Así, lo que debemos pretender es manejar las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos. Evitar las reacciones ante las ofensas y las alabanzas, para no pecar de coléricos ni de vanidosos. Cuando vivimos sometidos a lo que otros esperan o buscan en nosotros, estamos priorizando las opciones de los demás y no escuchando lo que verdaderamente nosotros necesitamos.

Por eso es esencial que nosotros tomemos nuestras propias decisiones, pues sólo ese salto al vacío puede llenarnos de paz y generar grandes dosis de valentía, responsabilidad y bienestar emocional.

«He de tener serenidad para aceptar las cosas que yo no puedo cambiar, valentía y entusiasmo para poder cambiar las que sí puedo, y la sabiduría necesaria para distinguir entre lo que puedo y lo que no puedo cambiar» (Reinhold Niebuhr). 

Sé selectivo en tus batallas

Sé selectivo en tus batallas, pues a veces tener paz es mejor que tener la razón. Porque tu paz interior no es negociable y de únicamente depende de ti y de que seas fiel a tu alter ego, el mismo que se desvela cuando te planteas si acceder o no a las exigencias ajenas.

Así, aunque a la hora de decir ¡Basta!, debemos hacer caso a nuestro corazón, una vez tomada la decisión de deshacernos de la presión de las personas que quieren manejarnos, toca hacernos responsables y volver a coger el timón que nos guía a derribar los miedos. Para ello debemos tener en cuenta lo siguiente:

No es fácil lidiar con la incertidumbre.

Cada proceso de cambio lleva consigo cierto grado de malestar que tenemos que tolerar.

Es preciso que cada decisión vaya de la mano de la integridad.

Es necesario saber que al abrir una puerta pueden mostrarse diferentes caminos que manifiesten la necesidad de caminar por más y más senderos en la búsqueda de nuestra paz interior.

Dejar atrás a las personas que nos hacen mal siempre resultará positivo. Sin embargo, se plantea ante nosotros otra cuestión: tomar distancia física y emocional. A veces sólo la primera, que podría parecer suficiente, no es posible. Por ello debemos realizar un gran trabajo interior.

Quien cultiva paz interior, transmite tranquilidad

Quien cultiva su paz interior transmite tranquilidad al resto del mundo. ¿Por qué? Porque la mente es como el agua. Cuando está calmada puede reflejar la belleza de lo que le rodea. Sin embargo, cuando está agitada, da igual lo que tenga de frente, pues será incapaz de reflejarlo.

Lo mismo pasa con nosotros. No podemos educar bien a nuestros niños si nosotros hemos perdido la templanza por el camino. Tampoco nos será posible llevar una vida saludable o relacionarnos bien si en nuestra mente hay una gran tempestad.

Por eso es importante que tengamos en cuenta que la paz interior es una de las riquezas más grandes que puede poseer una persona. Esto no quiere decir que tengamos que aguantar con paciencia todo lo que nos venga hasta llegar al punto de no poder hacer nada más que explotar. Se trata de eliminar expectativas externas y atender a lo que nosotros queremos.

Así, atendiendo a lo que queremos atraer y dejando a un lado lo que nos pesa, alcanzaremos la paz interior que tanto anhelamos. Recordemos que el amor propio tiene un límite que se llama dignidad y, en eso, no podemos admitir rebajas de ningún tipo. Nadie es tan importante como para amargar nuestra vida.


Raquel Aldana | LaMenteEsMaravillosa.Com