Cuando se perdona pero no se olvida

La discusión había llegado a su momento más álgido y el volumen de las voces se había elevado a tal grado que solamente se escuchaban gritos incoherentes que denotaban enojo y todo tipo de emociones negativas.

De repente, se hizo un silencio absoluto, como si la energía de los dos se hubiera terminado.

Fue entonces cuando la voz de Miriam sonó mientras sus ojos se fijaban como espadas frente a los ojos de su esposo.

Quiero decirte – dijo Miriam -, que no solamente estoy enojada por lo que acaba de pasar, hay muchas cosas que me molestan y me tienen harta.

No sé de qué me estás hablando – respondió él.

Ya vez, lo peor es que la riegas y luego ni siquiera te acuerdas.

¡Espérame!, – dijo él -, ¿a qué te refieres?.

Ese es tu principal problema, que no te acuerdas de lo que no te conviene, pero te voy a refrescar la memoria. ¿Ya se te olvidó el papelito que hiciste cuando te pusiste muy grosero en casa de mis papás…?

¡Óyeme!, pero eso fue el año pasado…

¡Espérame que todavía no acabo! Y el día que quedamos en ir a cenar, y claro… se te olvidó…

Miriam hizo una breve pausa como para tomar aire y casi de inmediato continuó:

Y el día de mi cumpleaños, que ni siquiera te acordaste, tu secretaria te lo tuvo que recordar y llegaste en la tarde con tu regalito, tratando de disimular tu olvido. ¡Ah! Y aquella vez que…

¡Hey! ¡cálmate!, ¿qué te pasa?. De todo eso ya habíamos hablado y en su momento discutimos. Eso ya pasó, ¿por qué lo vuelves a sacar?

Pues por una razón muy sencilla, porque aunque ya te perdoné, ni creas que lo he olvidado.

Cuando se perdona y no se olvida

Hay muchas personas, hombres y mujeres, que tienden a actuar como Miriam.

Hay muchas personas, hombres y mujeres, que en un lugar de su mente han colocado un cajón, en el cual, guardan con doble llave las experiencias negativas, los desengaños y los momentos difíciles o dolorosos que han vivido y en el momento oportuno y ¡zas!, abren el cajón y sacan de él lo necesario para poner en evidencia su condición de víctimas y los argumentos para chantajear a la pareja.

Mantener archivadas las experiencias negativas, conservar las cuentas pendientes con el «ser amado», pone en evidencia la existencia de rencor y resentimiento, sentimientos que «envenenan» cualquier relación humana.

Cuando se guardan resentimientos, cuando se «perdona» pero no se olvida, la relación se envenena y las personas entran en un juego interminable de cobrarse cuentas pendientes, que como resultado hace infelices a todos los involucrados: al que no olvida, porque el simple hecho de estar recordando las cosas negativas le amarga la vida y le impide la felicidad, y al que se le están echando en cara las cuentas pendientes, porque se siente agredido y manipulado cada vez que le presenten una factura de cobro.

Un elemento importante para lograr la felicidad es el saber perdonar.

¿Qué es perdonar?

Perdonar es abrir una válvula de escape para permitir la salida del veneno acumulado por el rencor y el resentimiento.

Cuando una persona perdona, no está ayudando a quien la ofendió, se está ayudando a sí misma, porque se está deshaciendo de los sentimientos negativos y está recuperando el equilibrio y la paz interior.

En toda relación humana se generan problemas y desacuerdos, se producen situaciones que pueden causar molestia y enojo, pero eso no implica que se tengan que quedar cuentas pendientes.

Hay dificultades y malos entendidos, incluso problemas graves de relación, pero si no se perdona, si se guarda rencor, la relación se va a corroer y la infelicidad de ambos va a ser la principal consecuencia.

El perdón no es cuestión de razón.

El perdón en muchas ocasiones aparece como algo «ilógico», hasta cierto punto irracional, pero lograr perdonar y liberarse del rencor tiene su lógica y su metodología.

¿Cómo evitar el círculo vicioso?

Para evitar que esa cadena de resentimientos y agresiones se convierta en algo interminable, es necesario aprender a perdonar, sin condiciones, sincera y generosamente.

Para poder llegar al perdón, cuando se ha sufrido una ofensa, es conveniente tomar en consideración los siguientes puntos:

Aceptar el dolor: Tratar de aparentar que «al cabo no me importa», es echarle tierra al asunto, pero debajo de esa tierra queda el resentimiento. Solamente reconociendo y aceptando el dolor se puede trabajar para eliminarlo de raíz.

Evitar la competencia: En ocasiones se toma la actitud de «si el otro me hizo, yo le hago…» No se trata de ver a quién le va peor, pues esa es una actitud de: «yo pierdo y tú también», que resulta autodestructiva.

Valorar la ganancia, no la pérdida. Perdonar implica recuperar la paz interior, el equilibrio emocional. Al perdonar, la más beneficiada es la persona que otorga el perdón porque se deshace de los sentimientos negativos.

Buscar soluciones, no al culpable: Lo importante al perdonar es encontrar la manera de restablecer la relación y mejorarla, en vez de identificar quién tiene la culpa de que las cosas no marchen bien.

Evitar poner condiciones: Cuando se ponen condiciones, se corre el riesgo de caer en el chantaje. «Te perdono si tú haces esto o aquello». «Cuando vea que cambiaste, entonces te perdonaré». Estos planteamientos implican una compensación o una especie de desquite y mantienen vivas las actitudes negativas.

Regalar en vez de cobrar: El perdón es un regalo, no es una factura que más tarde se va a cobrar. Perdonar implica decirle al otro: «te perdono, sin pedir nada a cambio». Si se pide algo a cambio, si se cobra ya no hay perdón, hay transacción.

El perdón es como el amor, simplemente se da como un regalo, sin condiciones.

Cuando se toman actitudes de desquite, cuando se guardan cuentas pendientes, cuando se entra en un juego de «toma y saca», se está cultivando la infelicidad.

¿Por qué estar luchando contra nuestra propia felicidad? El perdón generoso, desinteresado, es una excelente inversión, ¡se está invirtiendo en la propia felicidad!


Jorge Zuloaga | Catholic.Net

El poder del perdón

Saber perdonar tiene muchos beneficios para el cuerpo y las relaciones. Aprende cómo influye en todos los aspectos cotidianos. 

Tal como canta Elton John, el perdón parece ser uno de los conceptos más difíciles de experimentar. Pero además de eso, por lo que pude investigar, es un término mal entendido.

Muchas veces no perdonamos porque creemos que el perdón contribuye a la injusticia. «Quienes hicieron daño no merecen nuestro perdón», pensamos. Si perdonamos nos volverán a herir, se van a aprovechar de «nuestra nobleza». El enojo por los daños y ofensas a veces no se ve mermado ni siquiera por el tiempo. Se puede estar enfurecido con los propios padres por sus errores durante la crianza, con quienes abusaron alguna vez de nuestra buena fe, y con esa cuñada que nos dijo «gorda» (o lo insinuó) en la Navidad de hace diez años.

No perdonamos a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos

Guardamos la herida en el alma como un tesoro filoso, la sacamos en el recuerdo de vez en cuando y la miramos absortos como si fuera un álbum de fotos, una joya de exposición. Y, en ese momento, proyectamos otra vez en nuestra mente la película triste del episodio imperdonable y revivimos todo. El enojo del pasado se alimenta con grandes bocados de presente. Eso es el rencor.

Pero, realmente ¿por qué motivos valdría la pena perdonar? ¿Sólo por una cuestión religiosa, por puro altruismo? En un mundo que en muchas ocasiones es tan sumamente cruel, ¿hay algún asunto que sea imposible de disculpar?

La información es rica y variada al respecto. Algunos expertos se han dedicado a estudiar el perdón como una ciencia y han descubierto algunas cuestiones realmente sorprendentes.

Para conocerlo y dominarlo, primero debemos saber de qué está construido el perdón, qué es y qué no es este sentimiento transformador.

Aviones sin descanso

Fred Luskin es consejero, psicólogo de la salud y director del Proyecto del Perdón de la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos. En su guía «Perdonar es Sanar», que recoge casos y estudios de ese programa, Luskin explica que las aflicciones sin solucionar son como aviones que vuelan días y semanas sin parar ni aterrizar, congestionando recursos que se pueden necesitar en caso de emergencia. «Los aviones del rencor se convierten en fuente de estrés, y frecuentemente el resultado es un choque», afirma Luskin.

El especialista aclara que el perdón no es aceptar la crueldad, olvidar que algo doloroso ha sucedido ni excusar el mal comportamiento. Tampoco implica la reconciliación con el ofensor. «El perdón es para usted y no para quien lo ofendió», dice Luskin. «Se aprende a perdonar como se aprende a patear una pelota. Mi investigación sobre el perdón demuestra que las personas reservan su capacidad para molestarse pero la usan sabiamente. No desperdician su valiosa energía atrapados en furia y dolor por cosas sobre las que nada pueden hacer. Al perdonar, reconocemos que nada se puede hacer por el pasado, pero permite liberarnos de él. Perdonar ayuda a bajar los aviones para hacerles los ajustes necesarios».

Según Luskin, el perdón sirve para descansar y no implica que el ofensor «se saldrá con la suya» ni aceptar algo injusto. Significa, en cambio, no sufrir eternamente por esa ofensa o agresión.

Sin embargo, ¿qué pasa si esta última fue demasiado grave?

La lección de Kim

Era la guerra de Vietnam, exactamente el 8 de noviembre de 1972. La familia de Kim Phuc intentó guarecerse en una pagoda cercana al escuchar el ruido de los aviones estadounidenses. Pero el refugio no fue suficiente contra las bombas de napalm que caían del cielo, y el lugar comenzó a incendiarse.

Un corresponsal de la agencia de noticias Associated Press, Nick Ut, sacó en ese momento la foto famosa y triste que recorrió el mundo. Allí estaba Kim, de nueve años, desnuda y llorando en un grito, con gran parte de su cuerpo cubierto de quemaduras de tercer grado. A pesar de eso, Kim sobrevivió. Tuvo que someterse a 17 cirugías y luego de años de ser utilizada como símbolo de la resistencia por su país, pidió asilo en Canadá. Pero lo destacable en su historia es que Kim perdonó al capitán John Plummer, el oficial que ordenó tirar las bombas sobre su pueblo.

En «El Don de Arder», Kim cuenta a la periodista Ima Sanchís que al encontrarse con el militar en un evento no lo insultó, sino que lo abrazó: «La guerra hace que todos seamos víctimas. Yo, como niña, fui una víctima, pero él, que hacía su trabajo como soldado, también lo fue. Yo tengo dolores físicos, pero él tiene dolores emocionales, que son peores que los míos».

Kim ha capitalizado sus viejas heridas en una forma positiva. En la actualidad, viaja por el mundo pidiendo por la paz, y es presidenta de la Fundación Kim Internacional, organización dedicada a dar asistencia a víctimas de conflictos armados.

Pero ¿cuál es el secreto para actuar con esa entereza?

Resiliencia, la palabra mágica 

Boris Cyrulnik sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi del que logró huir cuando tenía apenas seis años. Luego de la guerra, anduvo de un refugio en otro hasta terminar en una granja de beneficencia. Unos vecinos le enseñaron el amor por la vida y la literatura, y más tarde él decidió ser médico y estudiar los mecanismos de supervivencia. Hoy es psiquiatra, neurólogo, escritor, psicoanalista y especialista en resiliencia, un concepto psicológico que define la capacidad de las personas de sobreponerse a la adversidad y ser fuertes en las crisis. «La resiliencia es un antidestino», dice Cyrulnik. «Es un trabajo, no es fácil, pero es un espacio de libertad interior que hace posible que uno no se someta a su herida».

Las personas que pueden sobreponerse a las tragedias o que logran salir de períodos difíciles de dolor emocional pueden dejar su papel de víctima y empezar una vida nueva, al igual que Boris y Kim. ¿Se ha preguntado por qué algunas personas, agobiadas por el desamparo en su infancia, caen en la delincuencia o se convierten en agentes de maltrato, y otras, en cambio, se recuperan, se vuelven personas de bien y son felices, fuertes, prósperas o exitosas? La resiliencia es la respuesta, y, para lograrla, el perdón es uno de los ingredientes requeridos.

De acuerdo con la psicoterapeuta Rosa Argentina Rivas Lacayo, presidenta de la Asociación Latinoamericana de Desarrollo Humano y de la Asociación de Orientación Holística de la República Mexicana y autora del libro «Saber Crecer»: «Sin perdón no podemos crecer ni fortalecernos con la adversidad. No lograremos tampoco ser resilientes. Algunas personas mantienen su dolor al rojo vivo para demostrar al mundo lo mal que han sido tratadas, sin querer darse cuenta de que se dañan ellas mismas al hacerlo. Al mundo no le interesa nuestro pasado, sino lo que somos capaces de hacer y dar ahora. Cuando nos aferramos al dolor añejo, la autocompasión empaña nuestra capacidad de dar a los demás y, al asumir el papel de mártires, nos sentamos a esperar que alguien mágicamente resuelva nuestra vida».

Para Rivas Lacayo, el perdón nos ayuda a reconocer y admitir que somos frágiles y que no necesitamos ocultar la debilidad. Al hacernos conscientes de nuestros límites, evitaremos que la experiencia se repita.

No es poco, pero hay más: ¿qué tal si hubiera pruebas médicas de la utilidad del perdón?

El perdón, para prevenir las enfermedades 

Además de la salud espiritual, existen varias pruebas de que dejar atrás la hostilidad protege la salud física. Y no es una metáfora ni una «manera de decir». Un estudio denominado «Forgiveness and Physical Health» realizado en la Universidad de Wisconsin indicó que aprender a perdonar puede ayudar a prevenir las enfermedades del corazón en personas de mediana edad. En esa investigación se descubrió que, cuanto mayor era la capacidad de perdonar de las personas, menos problemas de salud coronaria manifestaban a lo largo de su vida. En cambio, cuanto menor era la habilidad para disculpar, más frecuentes eran los episodios de trastornos cardiovasculares.

Con respecto a la rememoración de heridas, he aquí otra información importante: una investigación señaló que pensar durante cinco minutos en algo que produce desazón, enojo o disgusto puede disminuir la variabilidad del ritmo cardíaco (VRC), una medida de la salud del sistema nervioso que señala cuán flexible es el estado del sistema cardiovascular. Para afrontar y responder en buenas condiciones el estrés, el corazón necesita flexibilidad. El mismo estudio mostró que esos cinco minutos de pensamiento negativo desaceleran la respuesta del sistema inmunitario o de defensas del organismo.

Los beneficios del perdón (tanto los que protegen el cuerpo, como los que alivian y «limpian» el alma) no se aplican sólo a los demás sino también a uno mismo, cuando a pesar de nuestros errores y culpas somos capaces de perdonarnos y dejar de sentirnos merecedores de un castigo.

Perdonar no es olvidar ni permanecer en el error. Por el contrario, es empezar de nuevo, con la experiencia adquirida, sin los rencores «sobrevolando» y confundiendo las posibilidades del presente.

Al igual que el amor, el perdón no es algo que se «entrega» a los demás, sino un regalo vital para nosotros mismos.


Ágata Székely | Selecciones.Com

Una forma de creatividad

Nada puede pesarte tanto como tu incapacidad para perdonar. Y nada es tan trágico como vivir día y noche con el corazón lleno de rencor y odio. Alguno, o tal vez muchos, te han hecho daño y poco a poco te has desengañado. Ya no eres aquel de antes. Te sorprendes. Ya no eres tan amable, generoso, bueno.

Tu afecto se ha convertido en frialdad. La simpatía en antipatía. Donde antes había un lazo hay una rotura. Estás mal. La amistad se ha convertido en enemistad. Tu amor se ha transformado lentamente en odio.

Sufres. Te has encarcelado. Tus ventanas están cerradas. El sol permanece fuera. La vida se vuelve insoportable. En lo más profundo de ti mismo aspiras a la liberación.

¡Créeme, hay un sólo camino!

¡Perdón! ¡Perdona! Cuesta mucho, lo sé, pero vale la pena.

Perdonar es una forma de creatividad; es generar «nueva vida» y «nuevas alegrías». Es crear nuevas posibilidades en ti mismo y en los demás.

Perdonar, debieras hacerlo a menudo; debes, de hecho, perdonar setenta veces siete, hasta el infinito, porque también tú ¡tienes necesidad de perdón!


Phil Bosmans

Un hermoso regalo

Lo que doy con mayor dificultad debo darlo primero el perdón. El «perdón», así, ¡tal como suena!

Debo perdonar, volver siempre a perdonar. Si dejo de perdonar empiezo enseguida a levantar un muro. Y un muro es el principio de una cárcel.

En la vida tengo necesidad de hacer, sobre todo dos cosas: «comprender» y «olvidar».

Conozco a mucha gente y conozco los secretos de muchos. Estoy cada vez más persuadido de que no existen dos hombres idénticos. Cada hombre es un mundo aparte; vive, piensa, siente y reacciona a partir de su mundo, cuyo centro profundo me resulta siempre extraño. Por eso entre los hombres se crean, casi necesariamente, roturas, fricciones e incomprensiones.

Solamente si comprendo que el otro es «otro», y si estoy dispuesto a perdonar será posible «vivir juntos». De otra suerte la vida se convertirá en un recíproco asedio y viviré día tras día en guerra, caliente o fría.

Hay ocasiones excelentes, excepcionales, para desterrar los litigios. Dado el primer paso, el más difícil, el resto será una «fiesta». ¡El perdón! ¡El regalo más hermoso!


Phil Bosmans

Aprende a perdonar

El camino para aprender a amar es «Perdonando», quien desea crecer en el amor lo logra amando en el perdón.

Perdonar es el camino de la liberación, el que auténticamente se libera es quien perdona, echando fuera de su alma al rencor y la venganza que solamente lo envilece y lo consume.

Perdonar a pesar de tener razón y mil justificaciones para no hacerlo, se atreve a pronunciar en el interior del corazón «Perdón».

Perdonar cuando te han ofendido y humillado es cuando se manifiesta la grandeza del corazón del ser humano.

Solamente el que ama auténticamente puede decir «te perdono y lo olvido».

Perdonar es cuando a pesar de sentirse ofendido te atreves a dar una sonrisa de amor.

Deja hoy tus rencores, tu venganza que anhela ver al que te ha ofendido de rodillas pidiendo clemencia, deja hoy ese fuego que enciende tu cólera y abraza tu ser de rabia y de rencor, cuando ha sido pisoteado tu orgullo y has sido lastimado en lo más profundo, cuando deseas con todas tus fuerzas ver fulminado al que te ha ofendido.

Te pregunto, hoy serás capaz de perdonar a ese amigo tuyo que te traicionó, aquella ofensa de alguien que creías no te podía fallar y hoy le puedes demostrar que lo amas, serás capaz hoy de llenar tu alforja de olvido, y salir al encuentro con lo único que le puedes ofrecer, tu perdón y continuar tu camino de paz al encuentro de Dios.

Hoy libérate y camina como un niño extraviado a los brazos de una madre llena de amor, como el ciego al encuentro de la luz.

Hoy perdona y olvida, eleva tu alma a las estrellas y encuentra la paz.

Dios sé que tu grandeza y tu más sublime expresión de amor es perdonar, dame la sabiduría, la comprensión y la fuerza para convertirme en amor, y sin dar espacio ni tregua al odio, entregar la vida por los que amo.

Hoy perdonaré para siempre y arrojaré de mi alma todos aquellos rencores que me envilecen y me atan al pasado, hoy estoy dispuesto a olvidar, hoy me demostraré a mí mismo mi capacidad de amar.

Señor, tú lo sabes mejor que nadie, conoces el corazón del hombre y sabes que hoy deseo amar como nunca imaginé, Señor… gracias, hoy al fin he perdonado por amor.


Miguel Ángel Cornejo

El perdón en el vínculo conyugal

Aunque no existen matrimonios perfectos, exentos de padecer dificultades y situaciones de estrés, es válido y posible que las parejas aspiren a relaciones en donde los problemas que enfrentan, se puedan atender con prontitud y se resuelvan mediante acuerdos satisfactorios y saludables.

No será tarea fácil, pero con disposición, buena voluntad y perseverancia de la pareja, los eventuales conflictos y dificultades podrán ser solventados. Será igualmente necesario conformar un ambiente familiar en donde prevalezcan la comunicación, el entendimiento y los acuerdos, donde se dejen atrás las indisposiciones y resentimientos y se adopte, como un estandarte de la vida conyugal, el perdón recíproco.

En el matrimonio, las diferencias y los conflictos que surjan, no pueden colocar a cada uno en posiciones de confrontación y batalla. Las diferencias de opinión, temperamento, costumbres y aspiraciones, son inevitables y hasta naturales. Pero la forma de abordarlas y resolverlas, como pareja, determinará la diferencia entre una resolución positiva y saludable de la dificultad, de otra que no lo es.

Pero aun logrando, en general, establecer relaciones donde prevalezca el diálogo respetuoso y armonioso, aun cuando exista un adecuado y efectivo entendimiento en la vida conyugal, aun cuando las dificultades se tiendan a resolver mediante acuerdos satisfactorios para ambos, aun así, podrían surgir en el caminar del matrimonio, muchos momentos que hagan que alguno de los cónyuges, o ambos, se sientan lastimados, ofendidos, molestos, o simplemente afectados por algo que dijo o hizo su pareja.

Cuando esto ocurra, el perdón es una herramienta muy apropiada para evitar que los conflictos crezcan y perduren, así como para dar inicio al proceso de «sanar» las heridas que eventualmente fueron causadas por la inadecuada actitud, decisión o palabra del cónyuge.

Existen acciones o actitudes entre la pareja que pueden afectar a uno, a otro o a ambos. Permanecer enojados, alejados o confrontados por causa del problema, no solo no lo resuelve, sino que lo puede hacer más grande, difícil e inmanejable. Por otro lado, cuando se decide perdonar, se activa un proceso, consciente e inconsciente, que posibilita soltar lo que incomoda, distancia y afecta, y se experimenta una mayor libertad y tranquilidad consigo mismo y con la pareja.

Sea un problema ligero o de mayor dimensión, el perdón es un proceso que se inicia a partir de una decisión. La persona que se siente afectada por la acción de su pareja, decide perdonar -independientemente de que su cónyuge pida o no perdón-, porque sabe que su perdón no es un favor a la otra persona, sino que le produce un enorme beneficio a sí mismo. Con el perdón se logra soltar una serie de sentimientos negativos que producen daño y afectación directa a la persona que los siente: resentimiento. Ira, enojo, rencor, dolor, incomodidad, desasosiego, etc.

La persona que perdona, no lo debe hacer tanto por beneficiar a su pareja, ni pensar que está eximiendo de su falta a la persona que le dañó, sobre todo si ésta no ha reconocido su error y solicitado el perdón. Lo debe hacer por ella misma, porque es la mejor forma de liberarse de los sentimientos que la afectan y de volver a sentir paz y tranquilidad.

Ahora bien, lo óptimo es que la parte que ha cometido la falta reconozca su error y pida perdón, porque esta actitud facilitaría aún más el proceso de perdón en ambas direcciones, así como la posibilidad de activar de mayor forma el proceso de «sanidad» de las heridas provocadas por la falta.

En este mismo sentido, la persona que cometió un error y desea pedir perdón a su pareja, debería mostrar al menos tres aspectos importantes. En primer lugar, tener conciencia plena del error que cometió, así como de la dimensión de éste y del daño producido a su pareja y su entorno. Muchas personas que cometen una falta – menor o grave – tienden a justificarse, a buscar explicaciones, a trasladar a otros su responsabilidad para atenuar su falta y eventual culpa. Pero esta actitud, lejos de facilitar el proceso de perdón y la superación del problema derivado, termina afectando y lesionando mucho más la relación.

En segundo lugar, debe sentir y expresar un arrepentimiento genuino por la falta cometida. No se trata de cumplir con un requisito para hacer sentir mejor a su pareja. Debe sentir en lo hondo de su corazón, el daño producido a la persona que ama y que está a su lado. Debe ser capaz de conmoverse por el sufrimiento provocado y arrepentirse sinceramente por ello. El arrepentimiento debe ser un acto consciente que posibilita a quien ha cometido un error soltar su falta pidiendo perdón.

En tercer lugar, debe haber voluntad para corregir la falta, es decir, el deseo de trabajar intensamente para enmendar el error cometido, realizando acciones, emitiendo señales, mostrando expresamente su deseo de ayudar a la persona afectada a que «sane» sus heridas y a que vuelva a confiar en ella. Se trata, ante todo, de un proceso que implica no volver a fallar, tener paciencia y trabajar para recuperar la relación resquebrajada por su falta.

De parte del cónyuge afectado, para perdonar, se debe empezar por decidir perdonar, independientemente de lo que haga su pareja. Debe, asimismo, soltar el pasado – que no significa para nada dejar de sentir súbitamente el dolor -, pero sí iniciar el proceso de «cicatrización» de las heridas ocasionadas por las faltas de su pareja. Aun así, podría suceder que la persona afectada por una falta seria y dolorosa, decida perdonar, pero mantener la distancia con la persona que la afectó. Hay situaciones especiales donde los daños producidos por una de las partes hace que la otra no desee continuar con la relación. El vínculo conyugal es posible a partir de la voluntad y el compromiso expreso de ambos. Hay daños tan profundos que, aún con el otorgamiento de perdón, la relación no se logra recuperar, y la distancia respetuosa es, para algunos, una opción saludable.

El vínculo matrimonial debe estar unido por el amor. Cuando hay amor, la pareja se esfuerza por agradarse el uno al otro, procura establecer una comunicación positiva y abundante, mantener las manifestaciones y expresiones afectivas y la cercanía íntima necesaria. Pero aun así, los cónyuges pueden cometer errores, y es cuando el perdón se constituye en un ingrediente indispensable para que el matrimonio continúe robusto y saludable en el transcurrir de los años.


Jesús Rosales Valladares | enfoquealafamilia.com

¿Yo, perdonar? Cómo tratar la falta de perdón

Las ofensas pueden dejar grandes heridas, pero el no perdonar hace que esas heridas sean mayores. Por eso lo más sano es tomar la determinación de perdonar, aunque a veces no lo sintamos así.

Hablar del perdón es un tema un poco complicado. Esto debido a que es fácil decir: «Tienes que perdonar», pero a veces el llevarlo a la práctica parece casi imposible. La naturaleza humana nos dificulta el perdonar y, aún más, olvidar. A veces pasan años y el rencor u odio hacia cierta persona que te hizo daño, son una herida que sigue abierta, lo cual evita que avances en la vida. Y es que por fuerte que haya sido el daño, para progresar, para poder sentir en realidad paz y felicidad, hay que perdonar.

A mí me enseñaron desde pequeña que debía perdonar, pero no me enseñaron cómo hacerlo. Cuando crecí, llegó el momento de perdonar a mi padre por ser tan distante; por su falta de demostraciones de cariño; por actitudes y conductas que a mi parecer eran incorrectas. Pero entonces no supe cómo hacerlo: sentí una gran opresión en el pecho, una carga enorme que no podía soltar tan fácilmente por las heridas y cicatrices que tenía en el corazón y en el alma. Fue entonces cuando, después de una larga lucha conmigo misma, con lágrimas en los ojos, pude comprender lo siguiente:

1. No me toca a mí juzgar. ¿Quién merece mi perdón y quién no? Es una pregunta difícil de responder. Aun cuando la ofensa haya sido grave y haya provocado una herida profunda, no debo aferrarme a la ofensa, ni juzgar al ofensor.

2. Tal vez nunca conozca los motivos de la ofensa. No conozco y tal vez nunca conoceré por qué fui ofendida. Es más, tal vez, el ofensor ni siquiera se dio cuenta de que me lastimó: pero es bueno estar consciente de que todos ofendemos alguna vez.

3. La falta de perdón me hace más daño. Una herida siempre duele, a veces poco, otras veces más, pero cuando no perdono, esa falta de perdón me lastima más a mí que al que me ofendió porque se hace mayor. Yo no me merezco vivir así, herida, amargada, con rencor…

4. El que yo perdone, es una decisión. Cuando yo decido perdonar a pesar de todo, el perdón me hace libre de esa carga pesada que me agobia. Perdonar no se basa sólo en sentimientos: es tomar la determinación de hacer lo correcto aunque otros fallen.

5. El estar libre de ofensas, es un gran paso hacia la felicidad. No tener heridas abiertas en el alma te capacita para amar, y ser amado, para avanzar en la vida. Te devuelve la paz interior. Te hace respirar con esperanza de un futuro, y por qué no, de un presente mejor.

En mi caso, cuando decidí perdonar a mi padre lloré mucho. Repetí muchas veces: «Te perdono papá», pero en cada lágrima, mis heridas fueron sanadas y al fin pude disfrutar ser libre de esa atadura. Aprendí a dar perdón, a mantener mi corazón siempre libre de ofensas.

A pesar de que aquello que te dañó fue algo muy profundo, Dios quiere que perdones. Si lo piensas bien, nuestros hechos tampoco merecen Su perdón. Es más, no merecíamos que Su Hijo viniera a la tierra, se hiciera hombre y muriera por nuestros pecados, aun cuando Él no conoció pecado, el Justo murió por los pecadores y gracias a ello podemos tener perdón.

Yo te invito a que ya no sigas viviendo con ese sentimiento que poco a poco te está matando espiritualmente. Tú muy bien sabes que ese sentimiento negativo de falta de perdón te está evitando gozar de la vida a plenitud. Es como una piedra en tu zapato que te estorba para caminar. Qué lindo sería que cada uno de nosotros perdonara al que le ofendió, al que le hizo daño, aquél que con o sin intención marcó su vida negativamente. Así pues, ¡Ve y perdona! ¡Abre la puerta de la felicidad!


Arelly Vela Catzín | Familias.Com

Los tres apegos

La mayoría de los seres humanos tenemos algún apego en nuestra vida. Un apego es un vínculo negativo, un lazo emocional con algo o alguien que nos limita y nos mantiene en el mismo lugar.

• El primer apego que necesitamos soltar son las heridas de la gente que nos ama. 

Cuando somos lastimados se generan en nosotros dos emociones: dolor y enojo. Si ese sentir se congela, se convierte en resentimiento que nos afecta tanto a nivel emocional como físico. La única manera de liberarnos de este es perdonando. Cuando perdono, soy libre del apego.

Esa persona que te lastimó y generó el apego, de quien tal vez esperabas que te diera cariño, te defendiera o te comprendiera, ahora es un intruso en tu vida. El dolor es un intruso en la mente y perdonar es expulsarlo de allí. Perdonar no consiste en olvidar ni en decir «no pasó nada», sino en desatarse y no permitir que el pasado se repita en el presente, ni que el dolor del ayer nos siga lastimando hoy.

• El segundo apego que nos daña es el de los errores.

Todo el mundo comete equivocaciones. ¿Qué tenemos que hacer con nuestros errores? Secarlos porque, si no se secan, nos atan. Un error fresco es aquel del cual no aprendí nada, razón por la cual sigo repitiendo lo mismo. Cuando uno no aprende de sus errores, está condenado a repetirlos.

Hay personas que viven atadas a sus errores del pasado. Otros les echan la culpa de sus errores a los demás. Otros minimizan sus errores porque creen que estos no les traerán consecuencias. Y otros se sienten tan mal por lo que hicieron, que se colocan en el lugar de víctima para no asumir su responsabilidad. Lo correcto sería reparar el error, corregirlo y seguir adelante. Tanto el exitoso como el fracasado se equivocan por igual pero el primero aprende, mientras que el segundo tiene cualquiera de las actitudes mencionadas arriba.

• Y el tercer apego que no nos permite avanzar es transgredir los límites.

Cuando conocemos bien un límite, este nos brinda seguridad y fortaleza.

Un límite no es lo mismo que una limitación. Limitación es «no puedo ver», «no lo voy a lograr». Cada lugar tiene un límite y tenemos que respetarlos, pero necesitamos ser libres de toda limitación, de todo apego emocional que nos detiene, porque largo camino nos resta para llegar a la cima del éxito y ver cumplidos nuestros sueños y proyectos.


Bernardo Stamateas | Stamateas.Com

La importancia del perdón

Lalo de 8 años, entró en su casa, después de clase, pateando fuerte. Su padre, que estaba en casa, al verlo entrar, lo llamó para conversar. Lalo lo acompañó desconfiado.

Antes que su padre hablara algo, Lalo dijo irritado:

– Padre, estoy con muchísima rabia. Joaquín no podría haberme hecho lo que hizo.

Su padre, un hombre sencillo pero sabio, escuchaba a su hijo mientras este seguía con su reclamo.

– Joaquín me humilló delante de mis amigos. ¡Me gustaría que le pasase algo bien malo!

El padre escuchó todo callado mientras caminaba buscando una bolsa de carbón, la encontró, se la dio y le dijo a Lalo:

– Hijo, quiero hacerte una propuesta. Imaginemos que aquella camisa blanca que está en la soga es tu amigo Joaquín y que cada trozo de carbón es un pensamiento malo que tú le envías. Quiero que tires todos esos carbones en la camisa, hasta el último trozo y dentro un rato vuelvo para ver cómo quedó.

Al niño le pareció un divertido juego, la camisa estaba colgada lejos y pocos trozos acertaban al blanco. El padre que miraba todo, le preguntó:

– Hijo, ¿cómo estás ahora?

– Estoy cansado, pero feliz porque acerté muchos trozos de carbón en la camisa.

El padre miró a su hijo, que no entendía la razón de aquél juego, y dijo:

– Ven, quiero que veas una cosa.

El hijo fue hasta el cuarto y se miró en un gran espejo. ¡Qué susto! Lalo sólo conseguía ver sus dientes y ojitos.

Su padre, entonces, le dijo:

– Viste que la camisa casi no se ensució… pero fíjate en ti mismo. Las cosas malas que deseamos a los otros son como lo que te pasó a ti.

Aunque consigamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos de esos se quedan siempre en nosotros mismos.

Piensa en eso…

Todo es amor

Todo es amor. Con él llega la comprensión. Con la comprensión llega la paciencia, y entonces el tiempo se detiene. Y todo es ahora.

El amor hace que el miedo se desvanezca. No puedes sentir ningún temor si sientes amor. Como todo es energía y el amor abarca todas las energías, todo es amor.

Cuando amas y no tienes miedo, eres capaz de perdonar. Puedes perdonar a los demás y también perdonarte a ti mismo. Así empiezas a ver las cosas desde la perspectiva apropiada. El sentimiento de culpabilidad y la rabia son reflejos del mismo temor. La culpa es una rabia sutil que diriges hacia adentro. Perdonando disuelves la culpa y la ira, que son sentimientos innecesarios, emociones nocivas. Perdonar es un acto de amor.

El orgullo es un obstáculo para el perdón, una manifestación del ego, que es el yo falso y transitorio. Tú no eres tu cuerpo, ni tu cerebro, ni tu ego. Eres más poderoso que todos ellos. Necesitas que tu ego sobreviva en el mundo tridimensional, pero sólo la parte que procesa la información. El resto, el orgullo, la arrogancia, la desconfianza, el miedo, son sentimientos totalmente innecesarios. Estos aspectos del ego te alejan de la sabiduría, de la felicidad. Has de trascender el ego y encontrar tu verdadero yo, que es permanente, la parte más profunda de ti, tu parte sabia, llena de amor, la que te proporciona confianza y te da felicidad.

El intelecto es importante en el mundo tridimensional, pero la intuición lo es aún más

Con el amor y la comprensión llega la perspectiva de la paciencia infinita. ¿De qué sirve tener prisa? De todas maneras, aunque tú no lo veas así, el tiempo no existe. Cuando no vives en el presente y te dejas absorber por el pasado o te preocupas por el futuro, te apenas y te afliges a ti mismo. El tiempo también es una ilusión. Incluso en el mundo tridimensional, el futuro es sólo un sistema de probabilidades. Entonces, ¿por qué te preocupas?

Debes recordar el pasado y luego olvidarlo, déjalo atrás

No permitas que la depresión o la angustia obstaculicen tu desarrollo. Cuando te deprimes pierdes la perspectiva, olvidas y das las cosas por sentado. Agudiza tu atención. Recapacita sobre tus valores. Recuerda que es lo que no debes dar por hecho. Cambia tu punto de vista y no olvides lo que es importante y lo que no es. Evita caer en la rutina. No pierdas las esperanzas.

Cuando te angustias te sientes perdido dentro del ego, sin límites que te protejan. Se despierta en ti un vago recuerdo de falta de amor, una herida de tu amor propio, una pérdida de paciencia y de serenidad. Pero siempre recuerda… Nunca estás solo.


El arte del adiós

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«El arte de un buen adiós radica en respetar, reconocer y agradecer las lecciones vividas con otro ser».

Cuando se termina una relación de pareja, siempre es dolorosa al principio y genera un desequilibrio temporal para ambos. Cada persona tiene su propio proceso y tiempo para superar la experiencia.

Para pasar página y seguir adelante con tu vida de forma saludable, es preciso que saques el enfado, impotencia, dolor y tristeza primero para poder pasar a la fase de perdón.

Cuando perdonas eres capaz de aceptar que la relación ya terminó y que algunas personas son parte de tu historia, pero no de tu destino. Sólo así, podrás desearle a la otra persona que le vaya bien en la vida y darle las gracias por todo lo que aprendiste el tiempo que estuvisteis juntos.

Todo este proceso lo haces por ti, por tu profundo deseo de seguir adelante con tu vida sin cargas pesadas, ni caprichos. Sino como acto de amor hacia ti mismo.

Por qué la gente no cura

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Un médico intuitivo tuvo una perspectiva única sobre por qué las personas no se curan. Él solía pensar que todo el mundo quería ser sanado. Y llegó a la conclusión de que «La sanación es muy poco atractiva»

Los impedimentos para la curación incluyen renunciar a vivir en el pasado, dejar de ser víctima, y el miedo al cambio. Dirigir el pensamiento y la energía hacia el pasado desvía la fuerza vital de las células y los órganos que necesitan esa energía para funcionar y sanar.

La curación requiere vivir en el presente, recuperando la energía de los traumas y heridas del pasado. Dice que la única razón para alimentar y mantener vivo el pasado es a causa de la amargura de lo que pasó.

Negarse a perdonar un evento o a una persona del pasado produce fugas energéticas del cuerpo. El perdón sana estas filtraciones. El perdón no tiene nada que ver con no culpar a otros por las heridas que causaron.

Tiene más que ver con «liberarnos de la percepción de víctima». Cuando podemos ver un acto doloroso como parte del proceso de la vida, como un mensaje o un desafío en lugar de una traición personal, la energía vital fluye de vuelta a los circuitos de energía del cuerpo físico.

Las personas no se curan porque no se han liberado de la ilusión de ser víctima. Con demasiada frecuencia, la gente obtiene poder con sus heridas porque han encontrado que suscita el apoyo de otros. Las heridas se convierten en un medio de manipular y controlar a los demás.

Generalmente, la recuperación requiere hacer cambios en el estilo de vida, medio ambiente, y relaciones. El cambio puede ser aterrador.

Es fácil mantenerse en un compás de espera, alegando que uno no sabe qué hacer, pero rara vez es cierto. Cuando estamos en un compás de espera, es porque sabemos exactamente lo que debemos hacer, pero estamos aterrorizados para actuar en consecuencia…

El cambio es alarmante, y la espera da sensación de seguridad, cuando la única manera de adquirir ese sentimiento de seguridad es entrar en el torbellino de los cambios y salir por otro lado, sentirse vivo otra vez.

La sanación requiere acción. Comer adecuadamente, hacer ejercicio diario, tomar el medicamento adecuado, genera cambios saludables en el físico.

Soltar el pasado, dejar puestos de trabajo estresantes o relaciones inadecuadas, son acciones que sostienen la energía del cuerpo.  Lo que apoya al uno apoya al otro, porque la energía física y energética están inextricablemente unidas.

Incluso el proceso de morir, al que todos nos enfrentamos, puede convertirse en un acto de sanación de viejas heridas que son liberadas resolviendo asuntos pendientes con los seres queridos.


Superando obstáculos

A veces tenemos tanto que aprender de aquellos que nos han dañado, tanto que aprender de aquéllos que consideramos nuestros enemigos y en verdad no lo son, a veces tenemos tanto para decirles y qué terrible sería no hacerlo.

Por eso valoremos a aquellos que se exponen, que se hacen cargo de su actitud, de aquellos que ponen el cuerpo y piden perdón cuando se equivocan, con aquellos que se prestan para escuchar lo que tenemos que decirles, hoy, en una sociedad donde es más fácil esquivar la responsabilidad, donde es más fácil evitar la historia, donde es más fácil echarle la culpa al de afuera deslingándose de todo. Ante estas personas lo que uno tiene que sentir es gratitud.

Tenemos que construir un presente liberándonos del pasado, de aquello que en una situación dada nos hizo daño y para esto hay que saltar algunos obstáculos que la vida nos depara.

Se trata de aprender que esos obstáculos no se pasan si antes no se produce un aprendizaje. Las cosas que nos suceden están en nuestra vida para que aprendamos de ellas porque si no aprendemos se volverán a repetir.

Los obstáculos que no se superan producen enojos y broncas que se estacan en nosotros y no nos permiten continuar de una manera sana con nuestra vida.

Cuando hablamos de un duelo, hablamos de la sensación de pérdida de algo o de alguien en nuestra vida, pero existen diferencias entre el dolor y el sufrimiento:

Porque el dolor es el tránsito por un espacio que me genera una sensación de estar herido por dentro. El sufrimiento es quedarse a vivir en ese lugar de dolor y no poder salir de él. El dolor en sí es saludable si consideramos que nos permite ver que algo dentro de nosotros nos está causando daño, es una llamada de atención a la que tendremos que ir para poder sanar.

La protesta difiere de lo que es la queja. Siempre es saludable hablar sobre aquello que no nos gusta, quejarse es instalarse de manera continua en una protesta.

Poner límites difiere del hecho de aislarse. Poner límites a alguien y decirle; «hasta acá llegaste porque no me gusta lo que haces» difiere del hecho de aislarme de todo y de todos porque no puedo o no se poner límites para que no me sigan lastimando. Es como si uno dijera «bueno no me enamoro más de nadie porque la última vez que me enamore me lastimaron», de alguna manera me aíslo, me preservo de… para que no me vuelva a suceder lo mismo.

La bronca como manifestación de desagrado difiere del enojo.

Para dar un ejemplo es como si me entrara una basura en el ojo, me enojo, me siento irritado, me siento molesto, no veo con claridad nada, estoy fastidioso y muchas veces terminamos enojándonos con quien no lo merece.

Entonces y sólo entonces, habrá que aprender a poner en palabras esa bronca y decir «Esto no me gusta» porque si no lo hago seguramente esa bronca contenida se transformará en enojo.

Decía Aristóteles: «Enojarse es fácil, pero enojarse en la magnitud adecuada, con la persona adecuada, en el momento adecuado eso es cosa de sabios».

Muchas veces la bronca contenida me lleva al enojo y ese enojo me genera angustia y cuesta manejarlo. Y esto sucede porque en muchas ocasiones sentimos temor de decir lo que nos pasa por miedo a que nos dejen de querer, de que nos dejen de aceptar, de que el otro sea quien se enoje con nosotros. Muchas veces nos guardamos dentro lo que queremos decir porque pensamos que si lo decimos tal vez lastimemos al otro, cuando en verdad a quien nos lastimamos es a nosotros mismos. A veces preferimos transitar el camino de enojarnos en silencio en vez de hablar o explicar lo que sentimos, o bien aislarnos cuando en realidad así estamos pagando un precio que no queremos ni debemos pagar.

Cuando el enojo se instala, el enojo guardado comienza a doler y nos conduce al rencor, y del rencor pasamos al resentimiento el cual no tiene salida porque es como quedarse atrapado en una situación de la que cuesta mucho poder salir.

Muchas veces guardamos resentimiento contra alguien que ya no está presente en nuestra vida y nuestro problema no está en el afuera, está dentro nuestro, con todo aquello que el otro dejó instalado dentro mío, llamémosle, palabras hirientes, actitudes que no podemos olvidar y la falta de todo aquello que necesitábamos de esa persona. Lo importante entonces no es su ausencia sino la presencia en mi vida de todo lo que me faltó del otro, de aquello que la otra persona no pudo o no quiso darme.

El perdón se construye, se aprende, uno aprende a perdonar, no nace solo, se construye en el día a día hasta que llegue un punto en que no nos haga falta que venga el otro a pedirnos perdón, simplemente se perdona construyendo nuestra propia capacidad de perdonar, porque perdonar es liberador para quien perdona no para quien recibe nuestro perdón.

Habrá entonces que sacar todo afuera para que adentro nazcan cosas nuevas, como la confianza, el amor, la compasión que me va a conducir al perdón para librarme de todo aquello que me daña y poder seguir adelante.

  • «He dejado de ser para encontrarme, buscando detrás de lo que otros esperan de mí».
  • «He dejado de ser para buscarme, por debajo de lo que otros dicen que soy».
  • «He dejado de ser y me he encontrado, olvidando temores cara a cara conmigo, transparente y desnudo».
  • «He dejado de ser para brindarme sin pretensiones, ni competencias, sin miedos, ni apuros ni exigencias, para compartir y entregarte esto que soy, sin que importe ya más lo que he sido».

Jorge Bucay

Perdonar y perdonarse

 

Creer en las culpas nos hace aceptar el dolor propio y ajeno, produce muchas víctimas imposibilitadas de cambiar, nos aleja del sentido humano de aprendizaje y convierte al Dios en que se cree en un severo juez, sumamente lejano al Dios de bondad que el hombre necesita.

Es igual que la creencia de que para ser bueno se necesita ser santo y esa idea deja a seres no humanos esa responsabilidad. Los llamados «santos» han sido gente como usted y como yo, haciéndose cargo de su camino perdonando y perdonándose, pero sobre todo abriéndose a la concepción de un Dios Bondadoso, pues son las culpas las que más nos han alejado de él.

«Ustedes van a quedar muy desilusionados cuando lleguen allá arriba y descubran que no hay pecado que no pueda ser perdonado por Dios».


Anthony de Mello

 

El hombre sabio

Para el hombre sabio, izquierda y derecha son los costados del único camino (nos salvamos todos o desaparecemos todos, todos tenemos razón o estamos todos locos, el yo incluye al tú, los otros nos continúan).

El hombre sabio no pide lo que no dio ni busca al culpable fuera de él. Para el hombre sabio, la creatividad es la mejor manera de orar. El hombre sabio respeta a los demás porque se respeta a sí mismo y no culpa a nadie porque se perdonó.

Nos envejece más la cobardía que el tiempo, los años sólo arrugan la piel pero el miedo arruga el alma.

Para una juventud infinita hace falta una fe infinita, serás tan joven como tu esperanza y tan viejo como el abatimiento que traen las dudas. De nada te servirá lo que conoces si no te conoces. No harías daño si te pusieras en el lugar del que vas a castigar. No envidies mi dinero sino el trabajo que lo generó.

El bien y el mal viven dentro de ti, alimenta más al bien para que sea el vencedor cada vez que tengan que enfrentarse. Lo que llamamos problemas son lecciones, por eso nada de lo que nos sucede es en vano.

No te quejes, recuerda que naciste desnudo, entonces ese pantalón y esa camisa que llevas ya son ganancia. Cuida el presente porque en él vivirás el resto de tu vida. Libérate de la ansiedad, piensa que lo que debe ser será, y sucederá naturalmente.

Antes que justicia, Dios es misericordia porque es padre antes que juez, por eso me gusta decirle en mis oraciones: Señor, te pido perdón por mis pecados, ante todo por haber peregrinado a tus muchos santuarios, olvidando que estás presente en todas partes. En segundo lugar, te pido perdón por haber implorado tantas veces tu ayuda, olvidando que mi bienestar te preocupa más a ti que a mí.

Y por último te pido perdón por estar aquí pidiéndote que me perdones, cuando mi corazón sabe que nuestros pecados nos son perdonados antes de que los cometamos, tanta es tu misericordia, amado Señor, y no te preocupes por el pan nuestro de cada día porque eso es cosa nuestra, para eso somos hombres, pero no nos dejes sin el sueño de cada noche porque sin él nada somos, nosotros, que tal vez sólo seamos un sueño que tú sueñas, Padre nuestro que nos enseñaste que nuestro sueño de hoy será nuestra realidad de mañana.


Facundo Cabral