La virtud de la perseverancia

El escritor brasileño Nelson Rodrigues estaba condenado a la soledad. Tenía cara de sapo y lengua de serpiente, y a su prestigio de feo y fama de venenoso sumaba la notoriedad de su contagiosa mala suerte: la gente de su alrededor moría por bala, miseria o desdicha fatal.

Un día, Nelson conoció a Eleonora. Ese día, el día del descubrimiento, cuando por primera vez vio a esa mujer, una violenta alegría lo atropelló y lo dejó bobo. Entonces quiso decir alguna de sus frases brillantes, pero se le aflojaron las piernas y se le enredó la lengua y no pudo mas que tartamudear ruiditos.

La bombardeó con flores. Le enviaba flores a su apartamento, en lo más alto de un alto edificio de Río de Janeiro. Cada día le enviaba un gran ramo de flores, flores siempre diferentes, sin repetir jamás los colores ni los aromas, y abajo esperaba: desde abajo veía el balcón de Eleonora, y desde el balcón ella arrojaba las flores a la calle, cada día, y los automóviles las aplastaban.

Y así fue durante cincuenta días. Hasta que un día, un mediodía, las flores que Nelson envió no cayeron a la calle y no fueron pisoteadas por los automóviles.

Ese mediodía, él subió hasta el piso último, tocó el timbre y la puerta se abrió.

«No te rindas. Esas son las tres palabras más útiles que uno puede regalarse a sí mismo, y regalar a los demás».


Eduardo Galeano | «El Libro de los Abrazos»

Perseverancia

«Empleo enérgico de las fuerzas físicas, intelectuales o morales para conseguir algo».

Una persona perseverante tiene claro un objetivo positivo, relacionado con la creación de algo nuevo o la aportación de distintos valores al mundo. Tras identificarlo diseña un plan para alcanzarlo e inicia un camino de esfuerzo hasta que lo consigue.

Aunque en ese camino encuentre obstáculos externos (como la oposición de algunas personas, la dificultad de las circunstancias), y obstáculos internos (como el desgano, la desilusión, la impaciencia o el coraje por las derrotas pasajeras) mantiene su esfuerzo al mismo nivel o incluso lo incrementa.

Cuando llega a la meta final la toma como punto de partida para buscar, con el mismo método, nuevos objetivos y así mientras dura la vida…

Tenacidad

Voy a seguir adelante aunque todo parezca perdido. Voy a insistir porque la perseverancia convierte en fuerte al débil.

Aún tengo fuerzas como el atleta que llega a la meta, feliz de haber superado los instantes de desaliento.

Con una firme confianza soy capaz de alejar las dudas y con una esperanza recia soy capaz de dominar el desánimo.

Me abro camino como el agua que avanza incontenible hacia el océano. Vuelvo con la tenacidad de las gaviotas cuando el viento es contrario.

Sé que puedo recobrar el entusiasmo si recuerdo triunfos vividos y crisis que antes he superado.

Sé que nada me puede detener si cuento con Dios, con aquellos que me quieren, con el poder de la fe y la energía del amor.

No hay tempestad sin calma y no hay noche sin amanecer. No me desespero porque el abecedario del dolor también tiene su letra zeta. Con mucha fortaleza voy a salir adelante ya que ninguna crisis doblega a las almas fuertes.


Anónimo

El ideal meditativo

alone-with-butterfly

La mayoría de nosotros no vivimos en el Tíbet, ni en medio de un desierto, ni en un retiro permanente en un monasterio. Casi todos vivimos inmersos en una realidad más o menos cosmopolita, rodeados de hombres y mujeres que corren de aquí para allá, que exigen y reclaman, que llaman por teléfono o golpean nuestra puerta para ofrecer, para pedir, para negociar para reclamar.

Seguramente tú y yo pasamos, como muchos de nuestros amigos y familiares yendo o volviendo de algún sitio, o gastando un trocito de nuestra finita vida en un atasco. Así, o parecido, es nuestro entorno cotidiano, y en ese ambiente debemos aprender a meditar.

Estoy muy lejos de ser un experto en el tema, pero aprendí de algunos maestros e instructores que ni la forma de meditar ni el lugar, ni la hora del día son en realidad lo más importante. Uno de ellos solía repetir hasta el cansancio que no debíamos perder el tiempo buscando la mejor manera o el mejor entorno para meditar.

«No tiene sentido esperar a que se den las condiciones soñadas para comenzar a meditar», decía. «No es necesario encerrarse en un monasterio tibetano, ni mudarse como un ermitaño a una casa de la montaña, para explorar esta herramienta».

«Cuentan que el viejo relojero volvió al pueblo después de dos años de ausencia. El mostrador de su relojería recibió en una sola tarde todos los relojes del pueblo, que a su tiempo se habían detenido y habían quedado esperándolo en algún cajoncito de la casa de sus dueños.

El relojero revisó cada uno, pieza por pieza, engranaje por engranaje. Pero sólo uno de los relojes tenía arreglo, el que pertenecía al viejo maestro de la escuela pública; todos los demás eran ya máquinas inservibles. El reloj del maestro era un legado de su padre, posiblemente por eso, el día en que se detuvo marcó para ese hombre un momento muy triste.

Sin embargo, en lugar de dejarlo olvidado en su mesita de luz, el maestro, cada noche, tomaba su viejo reloj, lo calentaba entre sus manos, lo lustraba, daba apenas una media vuelta a la tuerca y lo agitaba deseando que recuperara su andar. El reloj parecía querer complacer a su dueño, que durante algunos minutos se quedaba escuchando el conocido tictac de la máquina. Pero enseguida volvía a detenerse.

Fue este pequeño ritual, este ocuparse del reloj, este cuidado amoroso, lo que evitó que ese reloj se trabara para siempre. Fue la suma de la motivación y la perseverancia del maestro lo que salvó a su reloj de morir oxidado».

Meditar, para los que eligen meditar, es algo demasiado trascendente para supeditarlo a que las circunstancias sean las ideales. Nuestra actitud, en cuanto a la meditación, debe ser la del maestro del cuento con su reloj, una conducta de cada día, que se mantenga más allá de los resultados.


Jorge Bucay