La alegría cotidiana como impulso creativo

 Calidad de vida es hacer fluir la Autonomía en cada instante. 

Quienes siguieron nuestras últimas reflexiones, habrán podido detectar la secuencia lógica y el valor existencial de los conceptos para poder llevar a la práctica un enfoque diferente respecto de lo que comúnmente se entiende por calidad de vida. La tan mentada calidad de vida se la considera vulgarmente como si fuera un estado de felicidad casi-providencial que se obtiene en circunstancias especiales y hasta con erogaciones y recursos especiales. Cuando se piensa así, la calidad de vida y la felicidad nunca llegan, ya que denota una dependencia mental a situaciones y a factores externos a la realidad y a la sencillez de la vida del sujeto.

Si bien es cierto que los factores externos (recursos económicos, contactos, prestigio) son muy importantes, no son decisivos para la felicidad del ser humano y hasta podríamos ensayar una ecuación, dada en la experiencia de lo que cada individuo entiende por felicidad. Aun cuando se lograra un nivel óptimo de satisfacción acerca de dichos factores externos, resulta ingenuo deducir que por ese solo hecho adviene la felicidad. El sujeto podrá estar satisfecho, no sufrir necesidades, vivir cómodo y holgado, pero de ello no se sigue que sea plenamente feliz en cuanto a la realización de la alta finalidad de su vida. De esto surge que la calidad de vida se obtiene cuando el propio sujeto la construye con su capacidad y habilidad para enfrentar de manera creativa y autónoma las diferentes alternativas que la vida cotidiana le impone.

Calidad de vida es calidad de percepción, de decisión y ejercicio de la capacidad para dejar transcurrir y hacer fluir cada momento y cada instante vivido según un rango de autonomía de pensamiento y de acción creativa frente a las variadas circunstancias y situaciones, tanto complejas como simples y sencillas. Cuando esperamos de otro la respuesta o la solución salvadora, nuestro potencial interno cae en los debilitamientos de la dependencia y se desvanece en la pasividad. Esto ocurre por los hábitos, deficiencias y vínculos que se fueron tejiendo desde la comodidad, la indiferencia, la intolerancia o la impaciencia.

Sin caer en los extremos (como el de la indigencia, que constituye un estado de alta dependencia, necesidad y sumisión) el sentido común consiente y valida la posibilidad de ser feliz solamente cuando hay autonomía y dominio personal frente a los diversos factores externos. De allí que para superar la dependencia y sumisión a los mismos, el sujeto debe dar cabida a valores que eleven y dignifiquen de manera consciente su pensar, su sentir y su actuar a fin de poder utilizar los medios y recursos al servicio de una finalidad que le otorga sentido a la propia vida.

Pero las trampas de la imaginación colocan a quien no está advertido en una suerte de sopor mental que funciona como un contagio inadvertido. En ese circuito ilusorio en el que la vida aburrida busca nuevos paréntesis, encontramos los indicadores aparentemente inofensivos e irrelevantes de una vida signada por la rutina mental y el hastío laboral y familiar.

La rutina y el hastío adormecen las horas y los días de quien no ha decidido cambiar y revertir su habitual lógica repetitiva, tanto en su mundo laboral, como familiar y personal. En este escenario de indecisión, surge el pacto con el aburrimiento, en el que el individuo sobrelleva su cotidianeidad de manera azarosa e infértil, ocupado en las mismas cosas de siempre y en pequeños fragmentos de bienestar e ilusiones que hacen transcurrir pesadamente cada instante.

El aburrimiento y la creatividad constituyen, desde nuestra hipótesis cognitiva, los extremos por los que se decide la calidad de vida. El aburrimiento paraliza la mente, impide la iniciativa para algo nuevo y ahoga el impulso creativo de la alegría. Quien hace algo nuevo y tiene iniciativas escapa de la lúgubre lógica del aburrimiento, ya que su creatividad proviene del estímulo y la motivación y no de la parálisis mental. Lamentablemente, la calidad de vida está erróneamente asociada con el consumo de estereotipos de confort y entretenimiento, a instancias de la pasividad de una mente aburrida y sin iniciativas. Creatividad es vivir con autonomía cada instante, para lo cual la mente y la sensibilidad deben generar constantemente el impulso transformador de la alegría cotidiana.

Por eso, cada uno debe promover una actitud creativa ante la vida y generar estímulos desde la iniciativa personal y la capacidad para pensar por sí mismo. Este proceso superador de la conciencia frente a las obligaciones laborales, familiares y sociales, define el rango personal de la propia autonomía y creatividad, donde el pensar, el sentir y el actuar son inducidos desde la íntima convicción del sujeto para cumplir, en todo lo que hace y realiza, con el paradigma de la superación humana.


Dr. Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com

 

La rutina

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La rutina no es una consecuencia necesaria de lo acostumbrado y repetido, sino de lo que se vive sin apasionamiento; y los que aman viven apasionadamente lo repetido y acostumbrado.

No se vence y supera la rutina cambiando de lugar o de actividad, sino cambiando la actitud ante la vida.

La rutina no es un resultado necesario del tiempo que transcurre, sino de tu modo de vivir y de sentir lo que vives. ¡Los árboles viejos también florecen y tienen primaveras!

La rutina no está en las cosas, sino en tu corazón.

No es la rutina la que mata el amor en las parejas, sino la falta de amor la que hace rutinaria la convivencia.

El árbol se desnuda en el otoño y se viste en primavera. Siempre lo mismo. ¡Siempre la vida! Y la vida nunca es rutinaria.

Las personas rutinarias se aburren de todo. Los apasionados lo viven todo intensamente.


René J. Trossero

¿Quién mató al amor?

Hubo una vez en la historia del mundo un día terrible en el que el Odio, que es el rey de los malos sentimientos, los defectos y las malas virtudes, convocó a una reunión urgente con todos los sentimientos negros del mundo y los deseos más perversos del corazón humano. Estos llegaron a la reunión con curiosidad de saber cuál era el propósito.

Cuando estuvieron todos habló el Odio y dijo:

– Os he reunido aquí a todos porque deseo con todas mis fuerzas matar a alguien.

Los asistentes no se extrañaron mucho pues era el Odio que estaba hablando y él siempre quiere matar a alguien, sin embargo todos se preguntaban entre sí quién sería tan difícil de matar para que el Odio los necesitara a todos.

– Quiero que maten al Amor – dijo.

Muchos sonrieron malévolamente pues más de uno quería destruirlo.

El primer voluntario fue el Mal Carácter, quien dijo:

– Yo iré, y os aseguro que en un año el Amor habrá muerto; provocaré tal discordia y rabia que no lo soportará.

Al cabo de un año se reunieron otra vez y al escuchar el reporte del Mal Carácter quedaron decepcionados.

– Lo siento, lo intenté todo pero cada vez que yo sembraba una discordia, el Amor la superaba y salía adelante.

Fue entonces cuando, muy diligente, se ofreció la Ambición que haciendo alarde de su poder dijo:

– En vista de que el Mal Carácter fracasó, iré yo. Desviaré la atención del Amor hacia el deseo por la riqueza y por el poder. Eso nunca lo ignorará.

Y empezó la Ambición el ataque hacia su víctima quien efectivamente cayó herida pero, después de luchar por salir adelante, renunció a todo deseo desbordado de poder y triunfó de nuevo.

Furioso el Odio por el fracaso de la Ambición envió a los Celos, quienes burlones y perversos inventaban toda clase de artimañas y situaciones para despistar el amor y lastimarlo con dudas y sospechas infundadas. Pero el Amor confundido lloró y pensó que no quería morir, y con valentía y fortaleza se impuso sobre ellos, y los venció.

Año tras año, el Odio siguió en su lucha enviando a sus más hirientes compañeros, envió a la Frialdad, al Egoísmo, a la Cantaleta, la Indiferencia, la Pobreza, la Enfermedad y a muchos otros que fracasaron siempre, porque cuando el Amor se sentía desfallecer tomaba de nuevo fuerza y todo lo superaba. El Odio, convencido de que el Amor era invencible, les dijo a los demás:

– Nada hay que hacer. El Amor ha soportado todo, llevamos muchos años insistiendo y no lo logramos.

De pronto, de un rincón del salón se levantó alguien poco reconocido, que vestía todo de negro y con un sombrero gigante que caía sobre su rostro y no lo dejaba ver, su aspecto era fúnebre como el de la muerte.

– Yo mataré el Amor – dijo con seguridad.

Todos se preguntaron quién era ese que pretendía hacer solo, lo que ninguno había podido. El Odio dijo:

– Ve y hazlo.

Tan sólo había pasado algún tiempo cuando el Odio volvió a llamar a todos los malos sentimientos para comunicarles después que, de mucho esperar, por fin el Amor había muerto. Todos estaban felices, pero sorprendidos.

Entonces el sentimiento del sombrero negro habló:

– Ahí les entrego el Amor totalmente muerto y destrozado… y sin decir más se marchó.

– Espera – dijo el Odio -, en tan poco tiempo lo eliminaste por completo, lo desesperaste y no hizo el menor esfuerzo para vivir. ¿Quién eres?

El sentimiento levantó por primera vez su horrible rostro y dijo:

– Soy La Rutina.