Manipulación en la pareja

Utilizar los sentimientos como arma

Decidimos unirnos a otra persona para construir algo en común. La pareja, por lo tanto, es la sociedad más pequeña que existe y donde invertimos gran parte de nuestro capital afectivo. Normalmente esta unión se realiza con la idea de que nos permitirá a ambos salir ganando. Pero, como en toda sociedad, uno de los peligros que acechan a la pareja son las luchas de poder. Éstas suelen darse cuando se olvida que existe un proyecto en común y uno o ambos miembros intentan imponer sus reglas y sus objetivos individuales.

La manipulación emocional es una de las prácticas más utilizadas en las batallas de pareja. De forma inconsciente o voluntaria se exige a otra persona que actúe según los propios deseos o necesidades, utilizando los sentimientos como arma. Los celos, las amenazas directas o veladas, la exigencia, infundir sentimientos de culpa o incluso una actitud victimista, son algunas de las estrategias manipulatorias más utilizadas.

A menudo no es fácil reconocer el chantaje emocional, dado que a veces está tan infiltrado en nuestras relaciones que no nos percatamos de cuándo somos víctimas de él ni cuándo lo empleamos. La pareja, por ser un espacio donde están sumamente implicados los sentimientos y muchas decisiones, supone un terreno idóneo para que aparezca.

Cuando la manipulación es constante o insidiosa puede actuar como carcoma en las bases de la relación, desgastando a la pareja. Entonces de la unión no se derivan ganancias, sino pérdidas, o sólo se enriquece uno de sus miembros, mientras que el otro resulta cada vez más empobrecido. Reconocer este juego de dominación es la única manera de desactivarlo.

¿Por qué manipulamos?

A veces se piensa que la manipulación es cosa de personas maquiavélicas o terriblemente egoístas, cuando en realidad todos, en un momento u otro, hemos utilizado algún tipo de chantaje emocional. La manipulación está presente cuando intentamos controlar lo que dice o hace otra persona, cuando le exigimos algo sin dejarle posibilidad de elegir, o cuando nos empeñamos en que cambie y se adecue a lo que deseamos, aunque todo esto lo hagamos creyendo que es por su bien.

Detrás de la manipulación, por lo tanto, existe una búsqueda de poder y control ante la inseguridad que despierta la libertad de acción de otra persona. Con diferentes estrategias se intenta tocar alguno de sus puntos débiles para que en vez de que se deje llevar por sus propios deseos se ajuste a nuestras necesidades. De este modo uno siente que lleva las riendas de la relación y eso aporta una agradable sensación de seguridad.

Lógicamente existen diferentes grados de manipulación emocional. Algunos chantajes son más transparentes e inofensivos, otros más retorcidos. Algunos no implican apenas daño ni menoscabo para la otra persona, mientras que otros pueden resultar muy destructivos. Ciertos individuos pueden llegar a tiranizar a la persona con la que conviven utilizando el desdén, la humillación, la crítica o la desvalorización. El abuso físico o verbal pueden ser manifestaciones extremas de manipulación, en los que el objetivo es anular la autoestima de la otra persona. Se intenta rebajar y degradar al otro para sobresalir y compensar un gran sentimiento de inseguridad.

Juegos de dominación

En el mundo de la pareja se producen muchas veces juegos de dominación en los que cada miembro adopta un papel diferente y agarra al otro con diferentes armas de manipulación. En ocasiones la relación se convierte en un campo de batalla en el que ambos luchan para controlar la situación o reivindicar su punto de vista. Otras veces existe una clara jerarquía de poder y uno de los dos decide e impone, mientras que el otro acata sus órdenes.

Es preciso recordar que la manipulación siempre es cosa de dos. Las luchas de poder sólo son posibles cuando hay dos bandos enfrentados e, igualmente, para que alguien se imponga en una relación es preciso que haya otra persona que lo acepte. En muchos casos se trata de un encaje de necesidades. Así como uno necesita dominar para sentirse más seguro, el otro acepta someterse como un modo de delegar responsabilidades o incluso de mantener la relación.

El chantaje emocional puede adoptar diferentes formas. La clave está en provocar una mezcla de miedo, obligación y culpa para que la pareja acabe sucumbiendo a las propias expectativas. Para ello se pueden emplear estrategias tan diversas como:

  • El castigo: Se amenaza, de manera directa o implícita, que si no se realiza lo que uno desea habrá que atenerse a consecuencias negativas. Por ejemplo: «Si no vienes hoy conmigo, no esperes que mañana te acompañe».
  • El autocastigo: En este caso la amenaza va dirigida a dañarse a uno mismo para hacer sentir culpable al otro. «Si tú no me quieres la vida no tiene sentido para mí, así que me abandonaré».
  • Las promesas: Se ofrecen promesas maravillosas a cambio de que se acate la propia voluntad, pero no siempre se cumplen. «Si sigues conmigo te prometo que cambiaré y que seremos felices».
  • El silencio: Supone una manera fría de mostrar enfado, en que el otro siente que sólo si cede logrará mejorar el clima relacional.
  • Hacerse la víctima: Es una exigencia disfrazada de sentimientos de lástima y culpabilidad. Como, por ejemplo: «Si no vienes a verme estaré todo el día solo».
  • Dar para recibir: En ocasiones dar u ofrecer cosas se utiliza para atar a la otra persona. «Dado que te ayudé ahora merezco algo a cambio».
  • Culpabilizar: Se utilizan reproches o comentarios críticos para que alguien se sienta culpable y así corrija su actitud o su comportamiento.

Cómo detectar la manipulación

El mensaje manipulador puede expresarse mediante palabras o actitudes, pero siempre es vivido con una sensación de amenaza o exigencia. Escuchar las propias sensaciones y sentimientos ante los mensajes que recibimos es una buena fórmula para detectar cuándo somos víctimas de un chantaje emocional.

Por lo general, la manipulación nos hace sentir que estamos en una situación que no tiene fácil salida. Si accedemos a la petición debemos renunciar a nuestros deseos o necesidades, mientras que si no lo hacemos aparecen sentimientos de culpabilidad o miedo a ser rechazados o a que la otra persona se enfade.

Es importante diferenciar una petición de una exigencia. Pedir implica dar libertad para elegir entre satisfacer o no la demanda y se tiene en cuenta a la otra persona. Mientras que al exigir no se da esta alternativa y se ignoran los sentimientos y las necesidades del otro. Cuando una persona no cede a una exigencia puede obtener consecuencias negativas, como ser calificada de egoísta, interesada o insensible, o recibir algún tipo de castigo, como el enfado o una actitud despreciativa.

Detectar esta diferencia entre petición y exigencia nos informará de cuándo somos objeto de manipulaciones o cuándo las utilizamos para conseguir lo que deseamos.

Salir de la trampa

Los juegos de dominación más intrincados son aquellos que implican un doble mensaje. Lo que se expresa directamente no está en coherencia con el tono que se utiliza, o detrás de una petición legítima se esconden fines subterráneos que responde al propio interés. Son trampas del tipo: «No hace falta que vengas. Tienes mucho trabajo y, total, siempre me las arreglo solo».

Una manera de desmontar las trampas manipulatorias es hacerlas explícitas, es decir, verbalizar lo que se expresa de manera indirecta. Si lo hacemos en forma de acusación, diciendo por ejemplo: «Lo que en realidad quieres es que te acompañe y para ello me haces sentir culpable», es fácil que se desmienta por la otra parte o incluso que haya como contestación una acusación mayor.

Un aprendizaje importante en las parejas, y en todo tipo de relaciones, es aprender a comunicarse debidamente para aclarar malentendidos o situaciones confusas. Las manipulaciones dejan de tener poder sobre nosotros si las reconocemos como tales y expresamos a la otra persona cómo nos sentimos. Se puede decir, por ejemplo: «Me siento dividido. Por una parte me dices que no venga, pero por otra me da la impresión de que si no lo hago te fastidiará. Dime realmente lo que deseas y veré qué puedo hacer». Si apelamos a nuestros sentimientos es más probable que nuestra pareja nos comprenda y quiera poner de su parte para aclarar la situación.

Si ambos miembros de la pareja deciden deponer sus armas manipulatorias pueden ayudarse mutuamente, reconociendo cuándo ponen en marcha este tipo de artimañas. Sin embargo, en ocasiones uno de ellos o ambos no están dispuestos a reconocer cómo coartan la libertad de su pareja ni quieren cambiar su modo de relacionarse. En todo caso cada uno decide si hacer de la pareja un campo de batalla o un lugar de encuentro y de cooperación basado en el respeto, donde no solo gane uno sino los dos.


Cristina Llagostera | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

La culpa

La culpa según el diccionario de la Real Academia Española es una falta más o menos grave cometida a sabiendas y voluntariamente.  Pero la definición habla de la culpa jurídica; la culpa psicológica no necesita ser grave y a veces ni siquiera real. Muchas veces se siente culpa sin haber cometido delito o falta alguna, basta con que el sentimiento o la acción estén en contradicción con lo que la persona considera correcto.

Es importante tener en cuenta que: La Culpa se produce cuando entramos en contradicción con nuestro sistema de valores.

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el sentimiento de culpa es una de las emociones más penosas para el ser humano. De hecho, todas las culturas del mundo han ideado formas de afrontarlo que van desde los sacrificios de perdón a los dioses hasta la creación de chivos expiatorios. Hay pensadores que hablan de que toda la civilización judeo-cristiana se basa en la explotación del malestar que produce este sentimiento. Es así que debido al manejo que se ha hecho de ella para muchos psicólogos sentirse culpable es poco adaptativo:  lo que tenemos que conseguir los seres humanos, es sentirnos responsables de los errores, no culpables afirman.

Coincido en que la responsabilidad por los propios actos es imprescindible y una de los objetivos de cualquier educación saludable, pero responsabilidad y culpa no siempre son conceptos sustituibles. Muchas veces la culpa es un sentimiento de advertencia: «Siento culpa por lo que hice e instrumento la reparación, es decir me hago responsable de las consecuencias».

Ante el descrédito que ha sufrido la culpa, el Dr. Marcos Aguinis responde  de  manera excelente en su libro «Elogio a la Culpa» recordándonos que sin ella podríamos caer en la canalla.

Los psicópatas, autores de los crímenes más aborrecibles, jamás sienten Culpa, no tienen Ley, no tienen memoria. Sin la culpa no habría ternura por el otro. Los modelos aprendidos esforzadamente se borrarían de golpe y seríamos fieras irracionales.

Coincido absolutamente con su mirada por lo que voy a dividir la culpa en apropiada y neurótica.

Hablamos de culpa apropiada cuando está asociada con el daño que se le puede hacer a otras personas como resultado del mal uso de la libertad,  y de  neurótica: cuando no responde al daño intencional  sino que es producto de la inmadurez de nuestra conciencia por responder a un sistema rígido de valores, o a un ego demasiado grande que se exige a sí mismo superioridad moral.

Decimos que hay un sistema rígido de valores siempre que el deber prevalezca en todas las acciones, y el pensamiento esté polarizado (las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no se admite el término medio). El gran ego del que hablaba anteriormente se refiere al no reconocimiento de los propios límites. La persona se cree responsable de la vida de los demás, aunque esto a menudo le impida responsabilizarse por su propia vida. Además este gran ego le exige una perfección imposible de cumplir. Se produce un desencuentro entre el ideal de cómo debería ser el comportamiento, y la realidad vivida, causando dolorosos conflictos personales.

Las personas con este sentimiento de culpa se llenan de obligaciones aunque éstas no les correspondan. Son extremadamente escrupulosos y exigentes a la hora de enjuiciarse, y a menudo llegan al autoreproche.

Cuando la culpa se desata ante cualquier situación, o es excesiva, habrá que reflexionar sobre si:

  • Estamos respondiendo a un sistema de pensamiento polarizado, rígido, negativo, sobredimensionado o perfeccionista.
  • Existen unas circunstancias especiales, en la que hay que tener en cuenta nuestras necesidades del momento,
  • Pretendiéndolo o no, nuestra actuación no se adecua a nuestros valores.

Si se trata de los dos primeros casos, deberemos plantearnos que el código no es inamovible y por tanto podemos flexibilizar, contextualizar y dar más precisión a la norma transgredida.

Si la culpa se presenta por haber sido incoherentes con nuestro sistema de valores, habremos de responsabilizarnos de las consecuencias, reparar lo que esté a nuestro alcance y pedir perdón a quien haya resultado dañado.

Consecuencias de la culpa neurótica

  1. La culpa le roba el efecto de gratitud al perdón ya que la culpa hace que la persona no se sienta perdonada.
  2. La culpa ata al pasado.
  3. La culpa hace que veamos los errores más grandes de lo que en realidad son: La mentalidad culposa produce un sentimiento de indignidad muy profundo que mella la autoestima.
  4. La culpa no permite aprender de los errores.
  5. La culpa hace que la persona aprenda a disculparse con excusas.
  6. La culpa hace que la persona culposa se relacione con otros a través de la culpa y manipule a otros como ella se siente manipulada.

Liberarnos de los sentimientos de culpa

Es importante trabajar la autocrítica mediante la reflexión y tomar en consideración las observaciones que nos hacen las personas que nos manifiestan más afecto y confianza.

Aprender a reconocer las causas de las situaciones conflictivas para aprender de los fracasos y no volver a cometer esos o similares errores. El objetivo es doble: el esclarecimiento de la situación y la desactivación del proceso de adjudicación de culpas.

Lo inteligente y provechoso es identificar los errores, reconocer la causa, asumir la responsabilidad cuando nos compete y, ya después, tomar medidas para rectificarlos y para no volver a caer en la misma piedra.

Limitarnos a sentir culpa es como encadenarnos de por vida por lo que ocurrió en el pasado, lo que conduce a un estado de ansiedad que puede derivar en depresiones.

Sentir culpa sólo resultará útil cuando esta sensación pueda convertirse en acción. Cuando se aceptan los errores sin sentir un fracaso definitivo y paralizante, el error puede percibirse como una oportunidad de aprendizaje, como una fuente de información de qué cosas van bien y cuáles no.

Respecto a la culpa que podemos sentir por los errores ajenos, conviene plantearse si uno es responsable (o en qué medida lo es) de las vidas de los demás. Cada uno tiene su propio periplo vital y debe asumir su responsabilidad sobre lo que en ese viaje acontece.

Estos sentimientos de culpa por los demás parten del convencimiento íntimo de que ellos dependen de nosotros.

Permitir a la otra persona vivir su vida nos permite a cada uno vivir la nuestra del mismo modo, con libertad y responsabilidad.

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en:

  • Una señal, que sirva para revisar nuestras acciones.
  • Un momento de reflexión y análisis sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento.
  • Un diálogo interior que nos lleve a reconocer la conducta por la que sentimos la culpa.
  • La búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado.
  • La petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.
  • Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, o nos sume en la descalificación y el autocastigo conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas que nos permitan crecer.

Para evitar el sentimiento de culpa, conviene:

  • Identificar los sentimientos de culpa. Analizar en qué situaciones sobrevienen.
  • Aceptarlos como normales y pensar que son comprensibles. Al reconocer y aceptar estos sentimientos de culpa, resulta más fácil expresarlos y combatirlos.
  • Expresar los sentimientos de culpa. Hablar con otras personas (si es necesario, con profesionales) del tema puede ayudar a aliviar este pernicioso sentimiento.
  • Analizar sus causas. Buscar las razones de estos sentimientos puede contribuir a hacerlos más comprensibles y aceptables.
  • Reconocer nuestros propios límites.

Graciela Moreschi | GracielaMoreschi.Com

Las 4 R’s de John Gray

John Gray (el mismo autor de «Los Hombres son de Marte, las Mujeres de Venus») escribió en su libro «Conoce tus Sentimientos, Mejora tus Relaciones», que existen cuatro señales de advertencia, que avisan cuando algo no marcha bien en las relaciones de parejas.

Cuando se sienta que está en una de las etapas, se debe decir la verdad acerca de los sentimientos y acerca de una posible pérdida del amor.

En resumen son:

(a) Resistencia: sobreviene cuando se nota que comienza a oponerse a algo que la persona dice, hace o siente.

(b) Resentimiento: sensación intensa de desagrado y censura respecto de la otra persona a causa de lo que esté haciendo.

(c) Rechazo: surge cuando son tan considerables la resistencia y el resentimiento que le resulta imposible permanecer emocionalmente conectado con esa persona y se retrae, cerrándose emocional y sexualmente. El rechazo es la consecuencia natural de haber acumulado resentimiento(s). No es capaz de hallarse cerca de la pareja o de relacionarse con ella sin sentir toda una tensión y el resentimiento acumulados, así que simplemente la rehúye para conseguir un poco de alivio. Tal vez descubre que todavía quiere a su pareja pero que ya no se siente atraído hacia ella, que no está enamorado.

(d) Represión: sobreviene cuando está tan harto de soportar resistencia, resentimiento y rechazo que logra reprimir sus emociones negativas para mantener la paz de la familia o para no llamar la atención de los demás. «No vale la pena seguir luchando; me olvidaré de todo, estoy demasiado harto de abordar esta cuestión». Es un estado de endurecimiento emocional. Embota sus sentimientos para sentirse cómodo.

Si empieza a querer más a su pareja, puede que al principio no reaccione y que quizás evite sus tentativas cariñosas. Puede que incluso suscite su desdén o resentimiento. Pero si insiste, eventualmente responderá con un amor y un aprecio considerables.

Seis pasos para sanar las heridas emocionales de la infancia

Buscar culpables sólo nos hace perder energía. Es fundamental que nos demos permiso para enfadarnos y aprendamos a perdonarnos; al sanar nuestras heridas podremos ir por el mundo sin ocultarnos.

Las experiencias dolorosas que desarrollamos a lo largo de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Generalmente nos cuesta afrontar problemas emocionales como separaciones, traiciones, humillaciones, abandonos o injusticias.

Lo cierto es que es probable que muchos de nosotros aún no hayamos cerrado esas heridas, que sigan doliéndonos y que intentemos enmascararlas bajo el maquillaje de la vida.

Sin embargo, no nos percatamos de que sólo estamos evitándolas y que cuanto más esperemos más se agravarán; esto es mucho más complicado cuando, a pesar de que sabemos que algo no está bien en nuestro interior, todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos heridos.

Así, hay un tanto por ciento de ignorancia que, unido al miedo de revivir nuestro dolor, no nos permite ser nosotros mismos, obligándonos a interpretar un papel que tenemos poco o nada estudiado y que no nos corresponde.

Seguro que, si estás leyendo esto, te sobran las ganas de conocerte y de mejorarte cada día. Por eso, con este artículo te queremos acercar una pequeña ayuda para que conozcas cuál es el proceso que debes seguir si quieres poner en marcha la maquinaria del afrontamiento que te permita curar tus heridas.

Así es que, a continuación, te mostramos 5 etapas que necesitamos experimentar para sanar nuestras heridas emocionales:

1. Acepta la herida como parte de ti

No te tapes los ojos, la herida existe. Puedes reconocerlo o no, pero en realidad hacerlo es lo único que te ayudará a seguir adelante. Según Lisa Bourbeaur aceptar una herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que tener situaciones que resolver forma parte de la experiencia del ser humano.

Puede que pienses que vendarle los ojos al sufrimiento es lo mejor que puedes hacer, pero eso implica que la herida se complique con el paso del tiempo.

Debes aceptar y comprender que no somos mejores o peores porque algo nos haga daño. Haberte construido tu coraza es un acto heroico, un acto de amor propio que tiene mucho mérito, pero que ya ha cumplido su función. Ya te protegió del ambiente que te originó la herida, por lo que es la hora de dejar ir y avanzar.

Aceptar nuestras heridas resulta muy beneficioso cuando es con el fin de adquirir el aprendizaje que necesitábamos. Si no lo haces, generarás numerosos problemas a largo plazo, tales como depresión, ansiedad e inseguridades.

2. Aceptar que te haces daño sucumbiendo al temor o al reproche

Si focalizamos nuestra atención en el dolor y en la búsqueda de un culpable o un responsable estaremos perdiendo energía, la cual es muy necesaria para sanar nuestra herida. Intenta perdonarte y perdonar a los demás, pues es la única manera de que consigas pasar página y abrir tu corazón.

Debes entender que la voluntad y la decisión de sobreponernos a nuestras heridas es el primer paso hacia la autocomprensión y el autocuidado. No sólo desarrollarás estas cualidades para ti, sino también hacia los demás, lo cual redundará en un mayor bienestar emocional.

No puedes pretender que los demás cumplan tus expectativas y te saquen del pozo cada vez que te hundes; no es justo cargar a alguien con esa responsabilidad que solo nos corresponde a nosotros mismos. De hecho, son este tipo de comportamientos los que llevan a anular gran parte de nuestras relaciones y de nuestra vida, lo que genera a su vez gran malestar emocional.

3. Date permiso para enfadarte con las personas que alimentaron tu herida

Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará culpar y sentir enfado hacia quien nos perjudicó. Date permiso para enfadarte con ellos y perdónate.

Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás reprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento, dos sentimientos extremadamente perjudiciales para nuestra salud.

Vivir imponiéndonos trampas emocionales es castigarnos y abocarnos a una vida llena de dolor y de insatisfacción. Además, de nuevo, esto ocasionará que enmascares tu verdadero Yo interno y que no seas capaz de abrir tu corazón.

4. Tras la aceptación y el perdón viene la transformación

Absolutamente todas nuestras experiencias nos enseñan algo. Es probable que te cueste aceptarlo, pues nuestro ego es especialista en crear esa barrera de protección que oculta nuestros problemas.

Lo cierto es que nuestro ego suele complicarnos la vida; sin embargo, son nuestros pensamientos y nuestros comportamientos los que la simplifican. Todo cambio requiere de un gran esfuerzo, pero es necesario mirar de frente y afrontar que no estamos siendo nosotros mismos y que algo debe cambiar.

5. Observa el mundo con y sin herida

Date tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años. Estaba ahí y, aun sin saber cómo, dirigía cada uno de tus movimientos. Deshazte de tus máscaras, no te juzgues, no te critiques y pon todo de ti a la hora de intentar sanar tu herida de manera profunda.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses o años. Lo ideal es que seas capaz de decirte a ti mismo «Vale, me he colocado esta máscara y la razón ha sido esta. Es hora de quitármela». Entonces sabrás que estás en el camino correcto y que, en el resto del viaje, tu guía será la inercia que te permita sentirte bien sin ocultarte.

6. Apóyate en tu círculo social

Es probable que pienses que tú puedes con todo y que ya has salido de peores pozos. Sin embargo, no hay motivos por los cuales debas renunciar al consuelo de un corazón que te escuche pacientemente.

Es evidente que el apoyo que los demás nos brindan puede ser crucial a la hora de superar múltiples obstáculos. No renuncies a los abrazos y al mundo, ellos también forman parte de ti y juntos pueden reconstruir un nuevo hogar en el cual vivir sin sufrimiento.


Alejandra Plaza | AlejandraPlaza.Com

Expresar versus reprimir las emociones

Contexto cultural donde operan las emociones

El pensamiento de los últimos siglos ha insistido en el uso de la razón por sobre encima de las emociones. Culturalmente nos hemos educado a guiarnos «racionalmente», bajo la premisa «pienso, luego existo», restando importancia a la emoción y su expresión.

El ambiente cultural y social actual apunta a la no expresión emocional, sobre todo aquellas emociones que social y culturalmente han sido etiquetadas – estigmatizadas – como negativas, tales como la rabia, la tristeza, el dolor, o el miedo. Estas emociones han sido catalogadas como una debilidad más que un potencial, en consecuencia hay la tendencia a negarlas, reprimirlas, camuflarlas o apaciguarlas. En este contexto es común escuchar expresiones tales como: «Si te ven triste o llorando van a pensar que eres débil», «deja el enojo: van a pensar que eres un amargado (a)», «no te rías tan fuerte: te ves tan vulgar cuando lo haces», «contrólate, no llores…» «los hombres no lloran», etc.

De modo que las personas tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados, lo cual puede implicar reprimir o negar determinadas emociones. Como dice Maickel Malamed: «Parte del manejo emocional tiene que ver con moldes… el hombre piensa, la mujer siente, los hombres no lloran, la tristeza es mala, el miedo es de cobardes… se pierde la emoción en una cuestión moral y la moralidad está en la acción, no en el sentimiento». Pero nos engañamos al pretender meter las emociones en un molde, y etiquetarlas como buenas o malas, positivas o negativas. Las emociones son, simplemente, expresiones naturales de nosotros mismos que expresan una realidad interna, una necesidad.

Las emociones son un componente fijo de nuestro programa de comportamiento

Como seres humanos no podemos suspender, desconectar o eliminar las emociones de nuestro repertorio de experiencias y  comportamientos. Las emociones no son simplemente una opción dentro de un menú del que podemos escoger alguna de las opciones sugeridas. Por el contrario, representan un componente fijo de nuestro programa de comportamiento. Las emociones son reacciones instintivas – impulsos o disposiciones – para actuar, ante situaciones y circunstancias diversas.

Las emociones nos brindan la dirección que requerimos para actuar en cada situación, al facilitar la toma de conciencia de lo que nuestro organismo está experimentando, al ser éstas expresión fiel de lo que está aconteciendo en nuestra vida interior. En este sentido, las emociones nos dan una referencia acertada de lo que nos sucede en un momento determinado, y la energía adecuada para actuar en cada situación.

Cada una de las emociones son signos que nos ayudan a prepararnos para responder a diferentes situaciones. Así por ejemplo la rabia nos informa que alguien ha traspasado nuestros límites, el dolor nos dice que ha aparecido una herida, el miedo nos comunica nuestra necesidad de seguridad, el placer nos ayuda a tomar conciencia de que nuestras necesidades están satisfechas, la tristeza nos susurra del valor de lo perdido, la frustración nos expresa que tenemos necesidades no atendidas – objetivos no alcanzados -, la impotencia nos habla de la falta de potencial para el cambio, la confusión nos expresa que estamos procesando información contradictoria. Cada emoción tiene su propio mensaje e intensidad.

1. El control: Una estrategia neurótica de gestionar las emociones

Una de las estrategias – estériles e inefectivas – que más utilizamos para lidiar con las emociones con las cuales nos sentimos incómodos, tales como la ira, el miedo, la impotencia, la frustración, la inseguridad, entre otras, es el control. Al respecto comenta Norberto Levy: «Al sentir una emoción que nos disgusta, como el miedo o enfado, queremos controlarla para que desaparezca. Pero así sólo se intensifica. El camino es ayudarla a madurar».

Hay muchas maneras de controlar las emociones. Podemos racionalizarlas, reprimirlas, negarlas o simplemente tratar de desconectarlas, en el caso de que nos resulten demasiado amenazantes. Pero el resultado de este «esfuerzo disciplinado» por controlar las emociones, es la insanidad emocional, la pérdida del contacto con el sí mismo, la inautenticidad, la desintegración del alma.

La represión emocional daña nuestra salud psicológica y física

Negar o reprimir «emociones indeseadas» como el miedo, la tristeza o la rabia, no hará que desaparezcan, por más «disciplina y control» que utilicemos. Seguirán presente en nuestras vidas, pero expresándose de otras formas, como rigidez corporal, insomnio, adicciones, falta de espontaneidad, irrupción descontrolada de los rasgos y sentimientos controlados, compulsividad en algunas de nuestras acciones, degradación funcional de la secuencia vital de nuestra comunicación (percepción – sentimiento – expresión).

La emoción es energía que genera nuestro organismo y que por su naturaleza busca expresarse. Ahora la energía, por principio físico, no se destruye sino que se transforma. Así sucede con la emoción cuando la reprimimos evitando que se exprese mediante el llanto, las palabras, la risa, etc…, se transforma en enfermedades como gastritis, problemas digestivos, problemas cardiovasculares, cáncer, entre otras enfermedades; o en insanidad psicológica, como culpa, depresión, ansiedad, etc. Resulta, pues, un esfuerzo inútil tratar de «enterrar las emociones». Como lo expresa Don Colbert: «Las emociones no mueren. Las enterramos, pero enterramos algo que todavía está vivo». Agrega Deb Shapiro: «Toda emoción reprimida, negada o ignorada queda encerrada en el cuerpo».

Cuando reprimimos las emociones negándoles su expresión, el efecto de expresión y movimiento que es inhibido, se encauza hacia adentro. Así por ejemplo, cuando reprimimos la rabia o el miedo, la tensión muscular que debería experimentarse en los músculos orientados hacia el exterior, que intervienen en la respuesta típica de huida o ataque, se direcciona hacia adentro, transfiriendo esa carga a los músculos internos y vísceras. En el largo plazo esa tensión que acompaña a las emociones y que fue inhibida, termina expresándose a través de otras formas como contracciones y rigidez muscular, dolores del cuello y espalda, enfermedades gástricas, dolores de cabeza, entre otros.

Las emociones que no expresas, enfrentas y resuelves, terminan por manifestarse en alguna parte del cuerpo.

Está también el debatido enfoque de las enfermedades psicosomáticas, según el cual los trastornos físicos psicogénicos se desarrollan a causa de sentimientos reprimidos.

Cuanto más fuerte es la represión de una emoción, más fuerte es la explosión emocional

Controlar las emociones es una experiencia ilusoria, con logros muy engañosos. Detrás de la fachada de control que la persona arma, se mantiene un equilibrio muy precario. A pesar de los recursos estereotipados que la persona aprende: modulación de voz, posturas corporales, mirada artificial, gestos faciales encubridores, el controlador sólo logra una transformación transitoria de su conducta externa, pues tarde o temprano las emociones reprimidas emergen redimidas por las necesidades que claman por salir.

En cada una de las expresiones estereotipadas de «serenidad, aplomo y ecuanimidad», aparecerá también su precariedad expresada en rigidez, compulsividad y mal humor, hasta que «el controlado» irrumpe descontroladamente, ante situaciones imprevistas o de retos.

Por otra parte, cuanto más fuerte sea la represión de la emoción, más potente y explosiva será la expresión y liberación de esa emoción en algún momento de la vida. A la larga las emociones reprimidas terminan teniendo una expresión que va más allá de la respuesta normal. Dice Don Colbert: «Las emociones que quedan atrapadas dentro de la persona buscan resolución y expresión. Esto forma parte de la naturaleza de las emociones, porque deben sentirse y expresarse. Si nos negamos a dejar que salgan a la luz, las emociones se esforzarán por lograrlo. La mente inconsciente tiene que trabajar más y más para poder mantenerlas bajo el velo que las esconde».

Las emociones que mantenemos reprimidas terminan por escaparse de la mente inconsciente.

2. La expresión: Una estrategia ecológica de gestión de las emociones

La clave para lograr efectividad en el manejo y gestión de las emociones no es negarlas o controlarlas, sino permitir que fluyan, lo cual no quiere decir que si, por ejemplo, estás enojado (a) con tu cónyuge, des rienda suelta a tu enojo y le lastimes, o traspases sus límites y derechos, sino más bien dejar que tu emoción te informe que está pasando contigo, para luego decidir cómo atenderla de la manera más segura y productiva. La idea implícita es la del «judo emocional», lo cual consiste en ver la emoción como una fuerza que busca expresar una necesidad del organismo y tratar de absorber la energía o fuerza (fluir con lo que está sintiendo – adquirir plena conciencia) y ayudarla (no bloquearla, controlarla) para que complete su movimiento, utilizando su fuerza para que continúe su camino, en vez de bloquearla, causando que nos tumbe o agobie. Por otra parte, liberar la energía que generalmente usamos para reprimir las emociones producirá un enorme flujo de vitalidad que se manifestará en forma de relajamiento, creatividad, satisfacción y poder personal.

Hay tres metáforas que pueden servir para ilustrar el manejo de las emociones. Una es comparar la emoción con un pozo de agua contenida, represada, sin movimiento, lo cual equivale a controlar / reprimir las emociones. ¿Qué pasa con el agua en tales condiciones? Naturalmente se pudre, pierde vitalidad. La segunda metáfora es la de un tsunami, cuya violencia de agua, arrasa con todo a su paso, causando muerte y devastación, lo cual equivale a dar rienda suelta a nuestras emociones sin medir consecuencias, de tal forma que nos convertimos en sirvientes de nuestras emociones, lastimando a otros y a nosotros mismos y saturándonos de conflictos interpersonales. La tercera metáfora es la de una represa hidroeléctrica, que permite que el agua fluya, pero a la vez sea canalizada para fines productivos. Esta es la imagen que quiero dejar fresca al hablar de judo emocional.


Arnoldo Arana | formagestalt.blogspot.com

Sentimientos y decisiones

Los sentimientos desempeñan un papel fundamental para navegar a través de la incesante corriente de las decisiones personales que la vida nos obliga a tomar.

Es cierto que los sentimientos muy intensos pueden crear estragos en el razonamiento, pero también lo es que la falta de conciencia de los sentimientos puede ser absolutamente desastrosa, especialmente en aquellos casos en los que tenemos que sopesar cuidadosamente decisiones de las que, en gran medida, depende nuestro futuro (como la carrera que estudiaremos, la necesidad de mantener un trabajo estable o de arriesgarnos a cambiarlo por otro más interesante, con quién casamos, dónde vivir, qué apartamento alquilar, qué casa comprar, etcétera).

Estas son decisiones que no pueden tomarse exclusivamente con la razón sino que también requieren del concurso de las sensaciones viscerales y de la sabiduría emocional acumulada por la experiencia pasada. La lógica formal por sí sola no sirve para decidir con quién casamos, en quién confiar o qué trabajo desempeñar porque, en esos dominios, la razón carente de sentimientos es ciega.


Daniel Goldman

La gratitud, una virtud de los mejores

El sentimiento de gratitud no corresponde a una de las emociones básicas. Todo lo contrario. Para experimentarla se requieren una serie de procesos complejos en la mente. No todo el mundo puede experimentar gratitud. Es una virtud reservada para los espíritus más elevados y para las inteligencias mejor desarrolladas.

A diferencia de otros sentimientos, el de la gratitud no aparece como un impulso simplemente. La gratitud exige que haya un sistema de valores éticos, en donde estén resueltos los conceptos de dar y recibir, además de una renuncia a la visión egocéntrica de la vida.

«Cuando la gratitud es tan absoluta las palabras sobran».

ÁLVARO MUTIS 

El trasfondo de la gratitud y la ingratitud

La gratitud puede definirse como un sentimiento de aprecio y valoración por las acciones que otros hacen a favor nuestro. Implica una suerte de deuda moral con quien nos hace bien. Deuda que no significa hacer un cálculo para redimirla, sino elevar la estima por quien nos hace un favor o nos prodiga un bien, y estar abiertos a la posibilidad de corresponder por el beneficio recibido.

No solamente los seres humanos experimentan gratitud. También los animales superiores cuentan con esta virtud, aunque la expresen en forma rudimentaria. Un perro, por ejemplo, entrega su lealtad a quien se ocupa de cuidarlo y amarlo.

Las personas que no son capaces de experimentar gratitud tienen un elevado narcisismo. No solamente tienen problemas de memoria, sino que también dan por sentado que merecen toda la ayuda que reciben. De hecho, muchos de ellos se atribuyen por completo los beneficios que obtienen y omiten por completo lo que los demás aportaron para poder lograrlos.

La ingratitud es propia de personas que han sido criadas con exceso de gratificaciones. No se les enseña a valorar lo que otros les dan. Sus padres le inculcan la idea de que lo merece todo, por ser quien es.

Quien ha pasado por dificultades y las ha resuelto, sabe el inmenso valor que tiene la ayuda de otros. Nada como sentirse impedido para algo, o atrapado, o vencido, para entender que la mano que otro tiende es un verdadero regalo del cielo.

Los beneficios de la gratitud

La gratitud es un sentimiento sutil y sofisticado. Casi un arte. La gratitud germina sobre la convicción de que los seres humanos somos incompletos y que nos necesitamos mutuamente. Es el producto de haber desarrollado una ética de cooperación, en lugar de una actitud de competencia o confrontación.

Según un estudio llevado a cabo por Rollin McCraty y Doc Childre, representantes de HeartMath Research Center y Quantum Intec Inc., respectivamente, las personas que son capaces de experimentar gratitud obtienen grandes beneficios para el buen funcionamiento de su corazón, tienden a enfermar menos y son, en general, más felices.

«La gratitud no sólo es la más grande de las virtudes, sino que engendra todas las demás».

CICERÓN 

Los agradecidos son también personas que difícilmente dan cabida a sentimientos negativos como el arrepentimiento, el resentimiento y la envidia. Son capaces de sentir gratitud, precisamente porque eligen ver lo mejor de las personas y guardarlo en la memoria.

También son más generosos. Reconocen que la ayuda mutua es un valor importante y por eso no solamente son capaces de apreciar la ayuda que reciben, sino que también están dispuestos a ayudar a otros. Por eso no todos saben agradecer: es una virtud que solamente tienen los mejores.


Edith Sánchez | LaMenteEsMaravillosa.Com

Creo en mí

  • Creo en mis formas, en mis caminos; en esos que duelen pero que rinden frutos.
  • Creo en el sendero de la verdad, en el sendero difícil.
  • Creo en mi alma, en esa porción agazapada de mí.
  • Creo en mis palabras, en mis frases, en mis abrazos y en mis miradas.
  • Creo en quien soy y, por lo tanto, en quien a pesar de las derrotas no tengo intenciones de dejar de ser.
  • Creo en mi sueño, en el magnífico sueño que seguiré construyendo hasta que no me queden más fuerzas para creer.
  • Creo en el destino, en mi historia, en mis pasos y en mi experiencia.
  • Creo en mis ganas de dar y creo en un mundo maravilloso que espera recibir mi gota de cariño.
  • Creo en la amistad, en los besos, en la lluvia, en las sonrisas y en los secretos.
  • Creo en mi esfuerzo por crecer, en mis ganas de crecer.
  • Creo en la vida, y en la magia con la que toca todas las cosas.
  • Creo en el destino y en un futuro de recompensa para quienes afrontan el desafío de ser fieles a sí mismos.

Creo en mí; sobre todo creo en mí cuando caigo, cuando no tengo fuerzas, cuando el viento sopla y mis velas ceden, sigo creyendo en aguantar y en volver con todas mis fuerzas para seguir y seguir creyendo, y seguir andando, y seguir viviendo.

Creo en los sentimientos que pueden hacer de cada día un sol distinto y por supuesto:

Creo en el amor y en ese modo indescriptible de estar parado ante la vida, en esa manera intrépida de hacer transcurrir el tiempo, en esa forma tan peligrosa y a la vez tan excitante de tener el corazón abierto.


Graciela de Filippis

Autorrechazo

Estaba allí desde el primer momento, en la adrenalina que circulaba por las venas de tus padres cuando hacían el amor para concebirte, y después en el fluido que tu madre bombeaba a tu pequeño corazón cuando todavía eras sólo un parásito.

Llegué a ti antes de que pudieras hablar, antes aún de que pudieras entender algo de lo que los otros hablaban. Estaba ya, cuando torpemente intentabas tus primeros pasos ante la mirada burlona y divertida de todos.

Cuando estabas desprotegido y expuesto, cuando eras vulnerable y necesitado. Aparecí en tu vida de la mano del pensamiento mágico, me acompañaban…

  • las supersticiones y los conjuros, los fetiches y los amuletos…
  • las buenas formas, las costumbres y la tradición…
  • tus maestros, tus hermanos y tus amigos…

Antes de que supieras que yo existía, yo dividí tu alma en un mundo de luz y uno de oscuridad. Un mundo de lo que está bien y otro de lo que no lo está. Yo te traje tus sentimientos de vergüenza, te mostré todo lo que hay en ti de defectuoso, de feo, de estúpido, de desagradable.

Yo te colgué la etiqueta de «diferente», cuando te dije por primera vez al oído que algo no andaba del todo bien contigo.

Existo desde antes de la conciencia, desde antes de la culpa, desde antes de la moralidad, desde los principios del tiempo, ¡desde que Adán se avergonzó de su cuerpo al notar que estaba desnudo… y lo cubrió!

Soy el invitado no querido, el visitante no deseado, y sin embargo soy el primero en llegar y el último en irme.

Me he vuelto poderoso con el tiempo, escuchando los consejos de tus padres sobre cómo triunfar en la vida.

Observando los preceptos de tu religión, que te dicen qué hacer y qué no hacer para poder ser aceptado por Dios en su seno. Sufriendo las bromas crueles de tus compañeros de colegio, cuando se reían de tus dificultades.

Soportando las humillaciones de tus superiores. Contemplando tu desgarbada imagen en el espejo y comparándola después con las de los «exitosos» que se muestran por televisión.

Y ahora, por fin, poderoso como soy y por el simple hecho de ser mujer, de ser negro, de ser judío, de ser homosexual, de ser oriental, de ser discapacitado, de ser alto, petiso, o gordo…puedo transformarte… en un tacho de basura, en escoria, en un chivo expiatorio, en el responsable universal, en un maldito bastardo desechable.

Generaciones y generaciones de hombre y mujeres me apoyan. No puedes librarte de mí. La pena que causo es tan insostenible que para soportarme, deberías pasarme a tus hijos, para que ellos me pasen a los suyos, por los siglos de los siglos.

Para ayudarte a ti y a tu descendencia, me disfrazaré de perfeccionismo, de altos ideales, de autocrítica, de patriotismo, de moralidad, de buenas costumbres, de autocontrol.

La pena que te causo es tan intensa que querrás negarme y para eso intentarás esconderme detrás de tus personajes, detrás de las drogas, detrás de tu lucha por el dinero, detrás de tus neurosis detrás de tu sexualidad indiscriminada.

Pero no importa lo que hagas, no importa adónde vayas, yo estaré allí siempre allí.

Porque viajo contigo día y noche sin descanso, sin límites.

Yo soy la causa principal de la dependencia, de la posesividad, del esfuerzo, de la inmoralidad, del miedo, de la violencia, del crimen, de la locura.

Yo te enseñé el miedo a ser rechazado, y condicioné tu existencia a ese miedo. De mí dependes para seguir siendo esa persona buscada, deseada, aplaudida, gentil, y agradable que hoy muestras a los otros.

De mí dependes porque yo soy el baúl en el que escondiste aquellas cosas más desagradables, más ridículas, menos deseables de ti mismo.

Gracias a mí, has aprendido a conformarte con lo que la vida te da, porque después de todo, cualquier cosa que vivas será siempre más de lo que crees que mereces.

¿Has adivinado?

Soy el sentimiento de rechazo que sientes por ti mismo.

Recuerda nuestra historia…

Todo empezó aquel día gris en que dejaste de decir orgulloso:

¡Yo Soy! y entre avergonzado y temeroso, bajaste la cabeza y cambiaste tus dichos y actitudes por un pensamiento:

Yo debería ser…


Jorge Bucay

Nostalgia

A veces te sientes como un arado que barre siempre el mismo surco y piensas que el trabajo sería más blando si caminaras en compañía.

A veces te enredas en la nostalgia de lo que dejaste atrás y, así como el agua busca su nivel tu sangre tira y lleva lejos tu memoria. Miras por sobre el hombro y recuerdas a tus amigos, tu vieja casa, tu ayer o ese alguien especial para ti.

Puedes llegar a maldecir tu decisión de comenzar el camino y te pierdes en los «cómo hubiera sido si…»

Otras veces encuentras injusto el precio de tu soledad y revuelves en los pliegues de tu pasado como quien busca monedas en los bolsillos de un muerto.

Tu mente menor inventa recuerdos y fabrica diálogos que lo expliquen todo: respondes a preguntas que nunca te hicieron e interrogas a quien no tuviste coraje de preguntar. Pero descubres que no hay risa que devuelva lo perdido, lo llorado, ni dé verde a lo marchito.

¿Pero tú, buscador, estás seguro de haber perdido?

Cuidado:

Tú no vives de recuerdos, sino que los recuerdos viven de ti. Son miles de bocas que devoran la fuerza que necesitas para seguir adelante.

Te digo que no existe nada de malo en esos sentimientos en tanto no te dejes sofocar por los sentimientos. Si esto sucede es porque estás olvidando estás no-recordando.

Dime:

  • ¿De quién te acuerdas cuando te acuerdas de ti?
  • ¿Del niño que corría entre los árboles?
  • ¿Del joven que soñaba con viajes lejanos?
  • ¿De lo que fuiste ayer?

Todas esas vivencias tienen la marca de lo fugaz: Están escritas en tu memoria como la sombra que un pájaro en vuelo deja sobre el agua.

Pero recordarse de sí no quiere decir tener memoria. La memoria y el olvido son funciones de tu mente menor en cambio el recuerdo de sí pertenece al ser profundo.

Escucha:

Tú no has renunciado a amar por seguir la vía sin embargo puede parecerte que por seguir la vía has dejado de amar.

Recuerda bien, buscador no sea cosa que lo que crees que has perdido sea sólo otro juego de tu mente así como tus recuerdos emotivos pueden ser sólo reflejos condicionados y la historia que añoras un invento de tu nada.

Observa qué curioso:

Ciertas cosas llegan a tu vida cuando ya no las precisas. Arriban con un retardo inexplicable cuando la cola de tu ilusión ya dio vuelta en la esquina.

Un amor demasiado grande y por lo tanto insostenible para tu miedo de amar nunca te embiste al mismo tiempo que su fulgor.

Primero te encandila y te hace soñar después nace en ti el deseo de poseerlo. Entonces desaparece se va de tu vida. En realidad son cosas que te protegen de ellas mismas y te ponen a salvo del riesgo de su presencia por eso a veces tienes la sensación que alguien golpea demasiado tarde a tu puerta.

En el fondo se trata de un acto oculto de respeto y de protección porque el objeto o el afecto que deseabas puede volver a ti pero no en el momento del deseo sino cuando comprendas que puedes vivir sin él.

El buscador no cree en el amor eterno sino en el eterno amor.

Por eso, si recuerdas una gran amistad o un gran amor hazlo con la delicada alegría de los amigos que amaron no con la posesividad de los insatisfechos.

Abre las manos del alma y deja andar su recuerdo como si liberaras una paloma cautiva.

Ésto también te servirá para aprender.


Tristeza, amargura y resentimiento

¿Quién no ha sentido en algún momento de su vida tristeza, amargura o resentimiento?

Nadie escapa a estos sentimientos y el sentirlos de vez en cuando es normal, es parte de nuestra naturaleza humana. Llorar es bastante sano cuando se trata de un acontecimiento eventual, el llanto es parte de la liberación.

¿Pero qué pasa cuando estas emociones quedan alojadas en nuestro corazón de manera permanente?, cuando el dolor, la amargura y la tristeza representan nuestra propia personalidad.

Hoy en día los males provenientes del corazón son muy comunes, los rompimientos familiares, la frustración, la represión, el fracaso y lo que llamaríamos «el cansancio de vida» se apodera de nosotros cuando vemos que a pesar de nuestro esfuerzo, las cosas «nunca funcionan», «todo nos sale mal» porque «la vida ha sido muy injusta con nosotros».

Es entonces cuando el resentimiento, la autocompasión y la tristeza pueden quedar instalados en nuestro corazón de manera permanente.

Esta actitud hace que todo en la vida lo veamos a través de un «cristal empañado», es decir, nuestra perspectiva de vida se torna gris, ya no vemos la belleza de la vida, los buenos momentos se vuelven indiferentes ante nosotros, dejamos ir oportunidades y empezamos a crear una realidad falsa al creer que «nadie nos quiere» o «todos quieren hacerme daño», nuestra visión actúa y distorsiona todo desde nuestro cristal empañado.

El guardar por mucho tiempo esta actitud o este sentimiento, además de prolongar nuestro sufrimiento, nos trae como consecuencia enfermedades derivadas de «un corazón triste»:

  • Enfermedades respiratorias (gripas, asma, tos, sinusitis, etc.)
  • Enfermedades del corazón (Angina de pecho, infarto, etc.)
  • Enfermedades del sistema circulatorio (mala circulación, várices, colesterol, etc.)

Ningún medicamento, dieta o ejercicio pueden evitar o curar dichas enfermedades si no nos conectamos con la alegría de vivir, con el amor a la vida. La alegría es la única medicina para un corazón que revive constantemente en su presente las heridas del pasado.

Sin la alegría, nuestra vida se frena, nuestros pasos se alentan, ya no queremos saber nada, estamos deprimidos y con un constante dolor de piernas, nos pesan tanto como para poder dar un paso más.

Sufrimos también a causa de nuestra soledad por tener nuestro corazón cerrado al amor, no sabemos darlo, mucho menos recibirlo… al mismo tiempo nos duelen los hombros y la espalda.

Seguimos sufriendo, porque las pastillas no son suficientes para un corazón que frena el amor, que lo tiene por esencia, pero no lo deja salir… se ahoga, se asfixia… hasta morir.


Anónimo

Dejo atrás el pasado

Odio, rencor, dolor, sufrimiento son algunos de los sentimientos que atormentan la vida de muchas personas. Viven encadenadas a su pasado en un círculo vicioso del que no pueden o no quieren salir. De otro lado, en otros existe la nostalgia de bonitas vivencias. Ahora bien, no se trata de menospreciar las experiencias lamentables que les tocaron. Tampoco debemos reprochar las oportunidades maravillosas que se han vivido. Más bien se trata de dejar atrás el pasado, agradecer cada experiencia, ver el aprendizaje y proseguir.

Resulta que algunas personas han experimentado instantes inolvidables, lograron grandes metas y fueron muy felices. Entonces viven el presente mirando con nostalgia el pasado y pensando que todo lo vivido fue mejor. Al momento de dialogar sólo evocan los recuerdos y se cierran las puertas a nuevas experiencias, pues creen que ya nada será como antes. Según su apreciación tuvieron el mejor trabajo, disfrutaron de las mejores vacaciones, alcanzaron metas académicas, vivieron en la mejor cuidad y así sucesivamente.

Por el contrario, otros sufren la agonía de un pasado tormentoso, lleno de pérdidas, heridas y vivencias dolorosas. Algunos buscan constantemente algún culpable y en ocasiones se culpan a sí mismos de las tragedias que pasaron. Entonces se tienen pena, se sienten víctimas de otros, de la vida y de todo. Luchan diariamente con el resentimiento y el coraje. Quizás tratan de olvidar el dolor, pero vuelven a evocar los recuerdos que producen amargura.

Igualmente, existen personas que día a día se amarran al pasado difícil y no pueden ver un rayo de esperanza. Puede ser que la pérdida de seres amados, el divorcio, la pérdida de un buen empleo, un accidente, una enfermedad y tantas otras situaciones les hayan provocado heridas muy profundas.

¿Qué puedes hacer? Puedes mirar el pasado y ver el aprendizaje de cada experiencia vivida. No debes pensar que eres el único o la única que ha pasado por situaciones negativas.  Todos los sufrimientos son grandes para el que los vive, en eso estamos de acuerdo, pero tienes que parar de sufrir. Simplemente es momento de dejar el papel de víctima, vivir el presente y perseguir el bienestar que ofrece el futuro.

Así que no importa si tu pasado fue uno maravilloso o si estuvo plagado de dolor, saca lo positivo, pero disfruta el presente y planifica un futuro mejor.  Seca tus lágrimas, deja atrás el pasado y celebra que todavía hay más que vivir.


Profa. Elizabeth Vargas | MasQueVivir.Com

Tu alegría

Hay muchas canciones a la alegría, muchos poemas, muchos escritos sobre sus beneficios, pero hay veces nos suena bastante distante, como una ilusión, una experiencia fugaz, casi siempre lo estamos rechazando, como que más nos gusta estar tristes, como que buscamos el dar lástima, ésta nos es dulce, quizás así atraemos un amor temporal o compasión hacia nosotros de los demás.

Pero puedes pensar que tú mereces respeto, también mereces ser amado sin la necesidad de hacer hazañas. Lo que ves y lo que conoces: Si tienes el privilegio de tener tus sentidos de la vista normales y a adentrarte en lo que conoces, intenta experimentar estos dos atributos de «ver» y «lo que conoces», descubrirás muchas cosas.

Hay cosas que conocemos y no las experimentamos, es como un despertar, es no negar la realidad, también mereces ser feliz, también mereces sonreír.

Tus temores y tu conciencia: Si aportas un alto nivel de conciencia a tus temores, puedes experimentar en todo momento no perder el punto de vista de que la realidad sólo son los hechos, es mejor enfrentarlos, aceptarlos plenamente, experimentarlo y actuar de manera consciente sobre el origen de ese temor. Experimentarás que son menos feos de los que nos imaginamos.

Al aceptar tus temores como cualquier otro sentimiento o parte tuya, se puede desatar en otro sentimiento tampoco deseado, pero al aceptarlo tenderán a diluirse.

Tus dolores y tu conciencia: Si aportamos un alto nivel de conciencia a nuestro dolor, hay que experimentarlo plenamente, aceptarlo como algo nuestro, no rechazarlo. Es la realidad, es un hecho, es la verdad. Pues el aceptar tus temores y tus dolores es aceptarte a ti mismo, pero muchos de ellos no son razonables, o a simple vista no tienes por qué tenerlos, pero sólo tú sabes de dónde se originaron.

Quizás no son razonables, pero existen en tu mente y merece toda la aceptación tuya.


Julio Reyes A.

La amistad

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Es el más noble y sencillo de los sentimientos.

Crece al amparo del desinterés, se nutre dándose, y florece con la comprensión.

Su sitio está junto al amor, porque la amistad es amor.

Sólo los honrados pueden tener amigos, porque la amistad no admite cálculos, ni sombras, ni dobleces.

Exige, en cambio, sacrificio y valor, comprensión y verdad; verdad sobre todas las cosas.


Horacio E. Ratti

El generoso regalo de la Navidad

Llegó la temporada en la que se exaltan los sentimientos, las buenas intenciones, el amor y la nostalgia… Aprovechemos sus rasgos positivos y reconozcamos las posibilidades que nos brinda.

Los múltiples rostros de la Navidad

La Navidad es una de las celebraciones más relevantes para todo creyente cristiano. Implica la natividad o nacimiento de ese ser cuya sola enunciación, presencia, palabra y mensaje son capaces de renovarnos y de motivar la disposición a encontrar, potenciar y ofrecer lo mejor que hay en nosotros: Jesús.

Es una época marcada, en general, por una dinámica festiva y positiva que transforma lo rutinario y su entorno en un lugar más amable para vivir. Es también, para otros, una temporada cargada de emociones negativas como la soledad y la depresión, en la que las ausencias de algún familiar o ser amado pesan con más fuerza que el resto del año.

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¿Cuestión de clima?

A veces se asocia la exaltación de sentimientos de esta temporada con la estación de año en la que se ubica la Navidad y sus condiciones climáticas. Pensémoslo por un momento: las postales navideñas suelen tener como fondo un paisaje invernal y nevado (incluso en países en los que no suele nevar), y la asociación con la calidez de hogar de una chimenea y la necesidad de calor humano… El contraste entre el frío del exterior y el calor de hogar motiva también una mayor empatía con el prójimo (entre ellos quienes no tienen donde vivir).

Todo ello corresponde a una visión preponderante que se centra en el hemisferio norte y en países donde nieva. Sin embargo, la Navidad en el hemisferio sur se celebra durante el verano y la exaltación de emociones, en ambos sentidos: de la generosidad y la nostalgia, se da de igual manera que más al norte del globo terráqueo; aludiendo a algo común en el ser humano, independientemente del lugar donde radique: la necesidad de recibir y otorgar bondad.

La oportunidad y el deseo de dar mucho se ha hablado sobre la comercialización de la Navidad y la pérdida de su sentido primordial; eso sigue siendo cierto (y si alguien lo duda sólo vaya y visite los centros comerciales en estos días decembrinos…). Sin embargo, si miramos más en profundidad, ese sentido primordial no ha podido ser vencido del todo, ni por el más innegable y voraz consumismo.

Como una de las múltiples bondades que la época navideña trae consigo está la disposición de dar y amar que reaparece en nosotros y que nos tiene con las emociones «a flor de piel». Es como si nuestro ser fuera tocado por la intención y la convicción de retomar el camino de lo positivo, de lo que sabemos que debemos hacer, pero cuya perspectiva vamos perdiendo en lo cotidiano. Y es en ello donde, incluso inconscientemente, estamos celebrando a Jesús: siguiéndolo en su mensaje de Amor al otro y a nosotros mismos.

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Gestos y palabras de reconciliación

Apreciable lector, ¿ha sentido usted alguna vez el deseo de abrazar espontáneamente a alguien con quien está enojado, pero no se atreve por orgullo o por temor al rechazo?

La época y el sentimiento navideños son el marco perfecto para alguna emotiva y memorable escena de reconciliación entre personas, casi siempre familiares o amigos cercanos, que han estado distanciados por algún problema o malentendido (o por alguna situación de la que ya nadie recuerda la causa) que se prolonga por meses o por años; distanciados en el ánimo a pesar de vivir uno al lado del otro y de verse obligados por una frecuente convivencia.

Aunque sea anualmente, esta oportunidad ahí está; pero como tantas otras, sólo será nuestra si la sabemos aprovechar. Como la temporada navideña, esta disposición también tiene fecha de caducidad, pero a pesar de lo efímera que pueda ser, sus efectos positivos permanecerán tanto como nosotros lo permitamos. Y ese es uno de los grandes y generosos regalos que podemos dar (y darnos) esta Navidad.


Éricka Castellanos Moreno | LaFamiliaCristiana.Com.Mx