Seis cosas que dan honra

La Primera y Principal, el valor de la propia hondura de alma, en capacidad de amor y en apertura de espíritu.

La Segunda, el trabajo, la entrega emocionada a la propia tarea, sea ésta la que sea, hágase con las manos o con el alma, puesto que cuanto hacemos con las manos lo hacemos a la vez con el alma.

La tercera, la entrega a cuantos nos rodean, la solidaridad con todos por encima de razas, colores, apellidos, clases, grupos sociales, sociedades, pensamientos y fortunas.

La cuarta, una incesante búsqueda de la justicia, un agudísimo olfato para encontrar las menores virutas de dolor en los otros, un incansable desasosiego mientras no hayamos encontrado la suficiente felicidad para todos.

La quinta, un apasionado amor a la verdad, un verdadero terror a todo tipo de prejuicios (de derechas o de izquierdas), un constante valor para decir la verdad entera y para decirla  – como decía Bernanos «sin añadirle ese sádico placer de hacer daño a quien la escucha».

La sexta, e importantísima, una fe radical en el futuro, un saber que los que vienen detrás serán mejores que nosotros, un luchar para que lo sean, una esperanza sin sueños, construida día a día por todos, y, sobre todo, una invencible alegría, basada en la certeza de que somos amados desde lo alto de los cielos y desde lo ancho de la tierra.

Me gustaría vivir en un mundo en el que fueran estas cosas las valoradas por todos ¿y a ti?


José Luis Martín Descalzo

¡Anímate a ser mejor!

Si todos nosotros, antes de tomar una decisión, de emitir un juicio, de hacer una promesa, nos tomáramos unos minutos para meditar acerca de lo que vamos a hacer, seguramente las cosas marcharían mejor. Porque cuando prometemos algo, es necesario tener la certeza de que vamos a poder cumplir.

Cuando opinemos sobre alguna cosa, que nuestra opinión refleje algo acerca de lo cual estemos convencidos. Recordemos que nuestras opiniones, un poco, nos reflejan a nosotros. Y cuando tomemos una decisión, que la misma sea lo más acertada posible y que nunca lastime a los demás.

La gente valora las personas estables, con carácter parejo, y con patrones de conducta definidos, y se desconcierta ante quien hoy los acaricia y mañana los golpea. Pero creo que las relaciones humanas serían mucho más armoniosas si todos respetáramos la siguiente premisa: No actuar frente a los demás como no nos gustaría que actuaran con nosotros mismos.

Si antes de expresarnos, de una u otra forma, ante los demás, nos pusiéramos en el lugar del otro y evaluáramos cómo nos sentiríamos si fuéramos los verdaderos receptores, con toda seguridad no existirían los insultos, las palabras hirientes, los gestos despectivos… ¿Por qué no ponemos en práctica esos cinco minutos de reflexión?…

Dale… anímate a ser mejor…


Graciela de Filippis

10 cosas condenadas por la sociedad que los padres deben enseñarles a sus hijos

Dicen que los hijos se parecen más a su generación que a sus padres. De hecho, el mundo y la sociedad se empeñan en moldear a los niños para convertirlos en adultos «en serie», a imagen y semejanza del resto, en un proceso a través del cual les arrebatan parte de su individualidad.

No cabe duda de que todos reflejamos la época que nos tocó vivir y la sociedad en la que hemos crecido. Sin embargo, los padres también pueden poner su granito de arena. Los valores y las actitudes que se aprenden en casa perduran, de una forma u otra, y pueden convertirse en tesoros muy valiosos que guíen a los niños hacia una vida más plena.

Las enseñanzas contracorriente que deberías transmitirles a tus hijos

1. A ser diferentes. En una sociedad que ensalza la estandarización, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el increíble valor de la diferencia. Que les explicaran que para ser diferentes no es necesario tatuarse, pintarse el pelo de tres colores o colocarse piercings en los sitios más insospechados sino a distinguirse por sus ideas, actitudes y opiniones. Los padres no deberían imponer sus criterios, sino motivar a sus hijos a buscar información y a pensar por sí mismos, deberían instarles a no seguir la tendencia ideológica de turno sino a formarse sus propias ideas, aunque difieran de la masa.

2. A respetar a los demás. En una sociedad que marcha a pasos agigantados hacia la deshumanización, me gustaría que los padres fueran capaces de enseñarles a sus hijos que no son el centro del universo y que no pasa nada por compartir el mundo con otros 7.300 millones de personas que tienen sus mismos derechos. Si los niños aprenden desde pequeños que sus decisiones, actitudes y comportamientos pueden matar las ilusiones y los sueños de los demás, se convertirán en adultos más sensibles. Por eso, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tratar a los demás como les gustaría que les trataran. Con eso bastaría para que el mundo de mañana fuese un poco mejor.

3. A apasionarse. En una sociedad donde cada vez más personas viven con las cabezas metidas en las pantallas y pasan horas en mundos virtuales, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que el mundo que se puede oler y tocar está esperándoles, al alcance de su mano. Me gustaría que los padres alimentaran la curiosidad innata de los niños hasta convertirla en una auténtica pasión. No importa hacia qué, la botánica o la astrología, basta con que puedan entusiasmarse y vibrar por algo que enriquezca su vida y que esta no se limite simplemente al trabajo o a hacer y desear lo que hacen y desean los demás. Ese sería un regalo extraordinario.

4. A luchar por lo que quieren. En una sociedad que crea necesidades ficticias continuamente a través del marketing más agresivo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a establecer sus propias necesidades, a saber cuáles son sus sueños y, sobre todo, a luchar por alcanzarlos. Me gustaría que los padres les dieran las herramientas para no darse por vencidos, que les enseñaran que cada error es un aprendizaje y que los pasos en falso en realidad les acercan a su meta. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a luchar por sus ilusiones, a no dejárselas arrebatar por personas que están demasiado cómodas en su zona de confort y no quieren que los demás crezcan. Sólo de esta manera, al final de sus vidas, podrán darse por satisfechos.

5. A asumir su responsabilidad. En una sociedad donde la responsabilidad se diluye nivel por nivel y todos la rehuyen como si fuera la peste, porque es más fácil culpar a los demás que hacer examen de conciencia, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a tomar las riendas de su vida y asumir la responsabilidad por sus acciones. Me gustaría que les enseñaran que muchas veces, para obtener algo, es necesario hacer sacrificios. También deberían enseñarles a no culpar al destino, a la suerte o a los demás por sus errores, y a pedir perdón cuando se equivocan.

6. A no juzgar a los demás. En una sociedad donde todo está perfectamente etiquetado y catalogado, donde la comparación se convierte en un arma de doble filo, es difícil no emitir juicios de valor. Sin embargo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a no juzgar a los demás, a no creerse superiores y, sobre todo, a no burlarse de ellos. Nadie puede comprender realmente a otra persona hasta que no ha caminado con sus zapatos durante mucho tiempo. Por eso, educar a los niños en la aceptación y la comprensión les enseñará a ser humildes, pero también les preparará para defender sus derechos y no permitir que los demás pasen por encima de ellos.

7. A asumir riesgos. En una sociedad que nos ha transmitido la idea errónea de que podemos tener todo lo que deseemos sin renunciar a nada y con el mínimo esfuerzo posible, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos que cada decisión siempre implica una renuncia, en uno u otro sentido, porque por cada camino que elegimos, siempre hay un camino que abandonamos. Los padres deberían enseñarles a sus hijos a aceptar que existe la posibilidad de perder, así dejarán de tenerle miedo al fracaso y podrán asumir nuevos desafíos con la menta abierta y el corazón dispuesto.

8. A ser flexibles. En una sociedad azotada por la rigidez, tanto a nivel político como religioso y de pensamiento, una lacra que provoca continuamente nuevos conflictos, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a ser flexibles, a comprender que todo está en continuo movimiento y que la inmovilidad es tan sólo una falsa ilusión. Al enseñarles a ver la vida en movimiento también les animan a abrazar la incertidumbre, a abrirse a los acontecimientos y estar preparados para afrontarlos. De esta forma los niños también aprenderán a priorizar y sabrán cuándo es el momento de cambiar sus metas y redirigir sus esfuerzos en otra dirección.

9. A dar sin pretender nada a cambio. En una sociedad donde la mayoría de las personas piensan que una mano lava la otra y ambas limpian la cara, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos a dar sin esperar nada a cambio, por el simple placer que implica ser generosos. No se trata de convertirlos en personas serviles, sino en enseñarles el increíble valor de la generosidad y de estimular el deseo de compartir. También se trata de enseñarles su valor como personas, para que no se dejen comprar, sobornar ni pretendan pasar por encima de los demás.

10. A asumir que la vida no es justa. En una sociedad que muchas veces premia a quien menos lo merece y que destila positivismo ingenuo, me gustaría que los padres les enseñaran a sus hijos el valor del realismo, que les enseñaran a levantarse cada vez que caen. Educar en la resiliencia significa enseñarles que la vida no siempre será justa, pero a pesar de ello vale la pena seguir avanzando porque esos reveses pueden hacerles más fuertes. De esta forma aprenderán a no lamentarse cada vez que surja un problema sino que pondrán manos a la obra para encontrar una solución.

Por supuesto, el camino no es sencillo y es probable que te equivoques mientras lo recorres pero lo más importante es educar desde la humildad, el respeto y el amor, teniendo en cuenta que una vez que una mente se abre a una nueva idea, jamás vuelve a ser la misma. Por tanto, disfruta de tus hijos e intenta sacar la mejor versión de ellos, esas cualidades que los hacen únicos y especiales.


El equipaje familiar

La expresión bíblica «por tanto, dejará el hombre a su padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Génesis 2:24), explica el inicio y origen de cada familia, que comienza con un hombre y una mujer, que dejan sus respectivas familias de origen para formar una nueva familia.

Cada uno (hombre y mujer) trae una cultura familiar (mapas sobre lo qué es la pareja y la familia); normas, valores, formas de establecer la comunicación – todo un equipaje familiar propio. Esta unión se caracteriza por el encuentro de dos culturas y contextos individuales, que se integran y necesitan adquirir una identidad propia como nueva familia. Eso quiere decir que cada uno de los cónyuges trae consigo toda su familia de origen a la vida matrimonial.  Cada cónyuge aporta sus modelos, sus mapas, sus patrones, lo que vio y vivió, y trata de que el conjunto – la totalidad (la pareja) – se acople a ese modelo.

Cada parte, al contraer matrimonio y formar un nuevo hogar, trae su propio equipaje familiar que desempaca en el contexto de la relación de pareja y luego de familia. Este equipaje está lleno con las «ropas y utensilios» que traen de su familia de origen, vale decir, sus mapas, paradigmas, normas, reglas, valores, hábitos, costumbres, rituales, tabús, prejuicios que se instalaron desde la infancia, aprendidos en la cotidianidad de la vida familiar, a través de modelajes y enseñanzas de padres y vida relacional con hermanos. Este equipaje incluye formas de relacionarse, negociar y resolver conflictos, definir prioridades, establecer límites, etc. O como lo expresa la guía de Ecotheos: «Cada parte de la pareja trae consigo mismo el drama y guión de su familia de origen, en donde se aprenden destrezas básicas como el dar y recibir afecto, tomar distancia y buscar cercanía, resolver conflictos, luchas de poder, dialogar, etc.».

En ese equipaje familiar vienen finas prendas hechas de lino fino, de altísima costura, pero también vienen algunos «trapitos sucios: secretos de familia», trajes mal configurados y peor cosidos; ropa que a la primera lavada se encoge, destiñe o deshilacha. Y todas esas prendas entran al mismo closet (nueva familia). Algunos colores y modelos aportados por cada miembro a la nueva familia (closet), desentonan en forma resaltante u ocupan demasiado espacio, restándole espacio al otro cónyuge.

Los problemas en la relación de pareja ocurren cuando uno de los cónyuges o ambos tratan de hacer valer su equipaje familiar por encima o a expensas del otro. Los cónyuges inconscientemente tratan de ser fieles a su equipaje familiar, lo cual se traduce en una necesidad de tener la razón, y de aferrarse a hacer las cosas a su «manera correcta».

Exceso de equipaje

Ese equipaje familiar puede convertirse en una maleta muy pesada de llevar, porque eventualmente esa maleta puede estar llena de ropas y prendas – paradigmas, valores, normas, etc. – muy rígidos, o descontextualizados, o distorsionados de la realidad. Por otra parte, llevar esa maleta puede ser un ejercicio fatigoso y desgastante, al tener que unir en un mismo closet (familia) las ropas y prendas que trae cada cónyuge. Esa maleta puede estar llena de alguna decepción amorosa, que cree la predisposición a ver a los hombres o las mujeres bajo un filtro negativo; o de alguna experiencia de abuso sexual que cree cierto filtro distorsionado sobre el placer sexual, o de un sistema educativo muy rígido, crítico y restrictivo, que predisponga al dogmatismo; o definiciones de lo que es el matrimonio y la familia; o de cosas más triviales como la forma de ordenar la cama al levantarse o la manera de utilizar la crema dental, etc.

Según Judith Sills (Exceso de Equipaje: Despeje Su Camino) hay ciertas alertas que nos pueden indicar que estamos viajando con exceso de equipaje:

  • Siente la obligación de terminar todo lo que comienza – un libro, un proyecto, un matrimonio – incluso cuando sabe que no vale la pena llegar hasta el final.
  • Para usted es un trago amargo tener que contentarse con «lo segundo mejor», sea una casa, un (a) esposo (a), o un puesto en un restaurante.
  • Siente que siempre es el que da – a los amigos, a su cónyuge, a los hijos – pero no recibe a cambio lo que merece.
  • Se paraliza cuando tiene que tomar una decisión importante. No puede escoger una pareja o progresar en su carrera sin sufrir la agonía de la ambivalencia.
  • Todavía recuerda con ira algo que sucedió hace años, e insiste en traer el hecho a la memoria periódicamente.
  • Anhela encontrar un amor, un empleo mejor, tiempo para divertirse o aprender, pero dejo de luchar. Se dio por vencido.
  • Dice «sí» cuando en realidad desea decir «no», sencillamente porque no soporta la idea de que alguien se disguste con usted.
  • Vive soñando siempre en «ese día en que seré…»
  • Está aburrido, decepcionado, apático o se siente ultrajado con más frecuencia de lo que quisiera.

Todo equipaje es de por sí una carga. Esa carga puede hacerse pesada o ligera, dependiendo de nuestra baja o alta predisposición y tolerancia al cambio, de la flexibilidad para viajar con poco equipaje, de su capacidad para reconocer y gestionar las diferencias, de su actitud para aprender y crecer. En ocasiones la presión o peso del equipaje viene por influencia externa, como las acciones de las familias de origen, o el entorno que rodea a la pareja. Pero en ocasiones se trata de cargas autoimpuestas. Estas cargas son las más difíciles de identificar / concienciar. Es fácil ver los fallos en otras personas, pero ver los propios puntos ciegos (hábitos, patrones de conducta, mapas), es más complejo y difícil.

Es necesario, entonces, que cada cónyuge comience a evaluar, revisar, someter a prueba, el contenido de su equipaje. Deberíamos preguntarnos, por ejemplo, ¿para qué me sirve este abrigo en verano? ¿Está a la moda esta camisa o vestido? Vale decir, ¿tiene sentido mantener este ritual? ¿Me beneficia esta forma de abordar las relaciones interpersonales? ¿Es válida esta creencia?

Construyendo un clóset conjunto 

Bajo el contexto de pareja – nueva familia – los cónyuges requieren revisar el closet y elegir conjuntamente, en acuerdo mutuo, qué ropa (hábitos, creencias, valores, tradiciones, etc.) desechar y botar, lavar para desmanchar, o usar más seguido. A veces algunos de los cónyuges se apegan a algunas prendas (mapas) que traen de su familia de origen, no porque sean muy vistosas, o estén a la moda, sino por costumbre, por no conocer otra forma de combinar la ropa (otras pautas de interacción y desempeño).

Dadas las diferencias de creencias, valores, normas, costumbres, rituales, etc., los cónyuges necesitan tomar conciencia de ese equipaje familiar que traen de su familia de origen. Una vez que los cónyuges toman conciencia y realizan los ajustes necesarios en sus mapas de referencia, pueden revisar y modificar efectivamente actitudes y conductas, pues logran tener la comprensión de éstos. Pueden también modificar la forma como se están comunicando entre sí. En palabras de Stephen Covey: «Cuanta más conciencia tengamos de nuestros paradigmas, mapas o supuestos básicos, y de la medida en que nos ha influido en nuestra experiencia, en mayor grado podremos asumir responsabilidad de tales paradigmas (mapas), examinarlos, someterlos a la prueba de la realidad, escuchar a los otros y estar abiertos a sus percepciones, con lo cual lograremos un cuadro más amplio y una modalidad de visión mucho más objetiva».


Arnoldo Arana | ParejasEfectivas.Blogspot.Com

Los valores de la amistad

Conoce los valores que hacen posible forjar verdaderas y perdurables amistades.

Una de las más grandes satisfacciones que tiene el ser humano, es la seguridad de contar con grandes amigos. Con el paso del tiempo la amistad se fortalece sin darnos cuenta, la convivencia ha traído aficiones, gustos e intereses en común, compartiendo preocupaciones, alegrías, triunfos y la seguridad de contar con un apoyo incondicional.

La esencia de la amistad radica en los valores, que son el cimiento de las relaciones duraderas, porque nuestra amistad sobrepasa con mucho la superficialidad, sin quedarnos en lo anecdótico, la broma, el buen momento o pasivamente en disposición para lo que se ofrezca.

Es de gran utilidad considerar la importancia que tienen otros valores para fortalecer el valor de la amistad, entre los más importantes se encuentran:

Coherencia

De fundamental importancia es mostrar una personalidad única con todas las personas y en todos los ambientes: vocabulario, modales, actitudes, opinión, y nuestra conducta en general. Nada es más desconcertante que descubrir distintas formas de ser en una misma persona, esto afecta significativamente la comunicación, provoca desconfianza y demuestra falta de madurez.

Flexibilidad

La adaptación a los distintos ambientes facilita la convivencia, facilita la comunicación y permite acrecentar nuestro círculo de amistades. Debemos tomar en cuenta que la persona flexible es amable y servicial siempre, en todo lugar; si sólo tenemos atenciones con las personas que conocemos, no se puede hablar de flexibilidad.

Signos evidentes de flexibilidad son: ceder la palabra; rectificar la opinión, pedir disculpas; participar de las actividades y aficiones que gustan a los demás (siempre y cuando permitan la vivencia de los valores), aceptar los consejos y recomendaciones sobre nuestra persona con sencillez y serenidad.

Como detalle importante, podemos señalar que una persona puede tener varios amigos con intereses diametralmente opuestos; la flexibilidad nos permite alejar ese sentimiento de exclusividad que muchas personas equivocadamente reclaman. Cada persona por ser naturalmente diferente aporta algo distinto en la vida de los demás, en eso consiste el enriquecimiento personal y el cultivo de amistades.

Comunicación

La verdadera comunicación no es una agradable conversación que muchas veces puede ser superficial. Comunicarse significa participar de nuestro yo a nuestros amigos, con la sinceridad de las palabras, transmitiendo nuestros verdaderos puntos de vista y manera de sentir, sólo así existe un intercambio real de pensamientos que desembocan en la comprensión y el entendimiento.

La forma más simple de conservar una amistad, es manteniendo contacto frecuente con nuestros amigos sin importar la distancia, pues unos minutos bastan para hacer una llamada o escribir un correo electrónico. Preguntar por el estado de salud, el trabajo, cuál fue el resultado de sus últimos planes, enviar saludos a la familia… tantas cosas que podemos decir que demuestran interés y sincera amistad.

Desgraciadamente hay personas que se llaman amigos, pero sólo aparecen cuando necesitan algo.

Generosidad

Lo importante de este valor es hacer lo posible por otorgar nuestro tiempo, recursos, conocimientos y cualidades cuando los demás lo necesiten, donde no importa si piden o no nuestra intervención. Muchas veces esperamos que nuestros amigos estén a nuestra disposición y lo demuestran con hechos; pero en ocasiones, por distracción o simple comodidad no correspondemos de la misma manera, ¿no es esto una forma de aprovechar y utilizar la amistad en beneficio personal?

La generosidad no tiene barreras, pues los amigos dan su persona desinteresadamente y sin límites: están pendientes de las preocupaciones y necesidades; acompañándose en la enfermedad o en los malos momentos; gozan de los triunfos y las alegrías, sin el sentimiento mezquino de la envidia; la generosidad se extiende a las cosas materiales, la ayuda para reparar el auto…

Lealtad

No hay riqueza más valiosa que un buen amigo seguro. Ser leal supone ser persona de palabra, que responda con fidelidad a los compromisos que la amistad lleva consigo; los amigos nobles no critican, ni murmuran, ni traicionan una confidencia personal y siempre se encuentra veracidad en sus palabras. Son verdaderos amigos quienes defienden los intereses y el buen nombre de sus amigos.

Ser leal también es hablar claro y ser franco; la lealtad también se demuestra al corregir a un amigo que se equivoca.

Agradecimiento

Un pequeño detalle de agradecimiento fortalece nuestra amistad significativamente, no pensemos en objetos, devolver el favor en la misma proporción o cualquier cosa extraña, entre los amigos basta dar las gracias sinceramente como reconocimiento a la ayuda que hemos recibido. Pero hay que decirlo.

Debemos tomar en cuenta que los pequeños detalles son espontáneos y representan verdaderas muestras de afecto, pero nunca deben aparecer como «pago» al beneficio que desinteresadamente recibimos, pues los obsequios, invitaciones y otros detalles, son elementos naturales de una amistad.

Los verdaderos amigos siempre nos ayudarán a superarnos y a vivir mejor, porque el interés está puesto en la persona, no en sus pertenencias, posición o lo divertido que pueda ser. La confianza, el consejo oportuno sobre las buenas costumbres, hábitos, diversiones o el orden de nuestros afectos, constituyen muestras claras de aprecio, compromiso y responsabilidad.

Los valores nos ayudan a encontrar nuevos amigos y mejores amistades, porque nuestra actitud es franca y abierta para todas las personas. Ser un «mejor amigo» no es un objetivo para buscar el reconocimiento o alimentar nuestra vanidad, es una forma de elevar la calidad de las relaciones humanas con nuestro ejemplo…


Anónimo

El verdadero valor de la Navidad

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En esta época compartir las tradiciones en familia y transmitir la importancia de dar y recibir amor, de ser solidarios, de alimentar el espíritu y de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, se convierten en el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros seres queridos.

Es un tiempo para renovar la fe en Dios, amar a los demás, y poner en alto el amor y paz. Para ello es fundamental compartir con los hijos los valores y enseñarles que la felicidad no sólo está en los obsequios y en los regalos materiales. Lo primordial es disfrutar con alegría y espiritualidad. Transmita a sus hijos el mensaje de renovación de fe y la alegría que acompaña las tradiciones navideñas.

Estas son maneras de cultivar el espíritu y encontrar felicidad en el interior de cada uno. Reflexionar y orar juntos, hablar sobre el significado de la Navidad en las distintas tradiciones religiosas, contar anécdotas sobre la celebración de estas tradiciones en la familia, son una manera de fortalecer el espíritu navideño. Además, es momento para compartir con las personas queridas y para dar, no sólo para recibir.

La Navidad es tiempo de costumbres que invitan a participar de un mensaje de amor y de entrega

Motive a sus hijos a pensar en los demás sin limitarse a sus amigos cercanos o conocidos. Enséñeles a compartir con aquellos que lo necesiten, a ser solidarios y a estar dispuestos a dar desinteresadamente.

No obsesionarse con la lista de regalos. Aquello que pedimos desde nuestro corazón tiene un gran valor. Por ejemplo la salud de un familiar el bienestar de los amigos o vivir en armonía. Adicionalmente no todos los obsequios que se hacen en navidad deben ser comprados. Puede regalar una tarjeta o hacer una invitación a comer.

Ante los cambios del mundo moderno, muchas de estas tradiciones se han ido perdiendo. En efecto, muchos niños parecen ajenos a los rituales familiares de antaño. Estas celebraciones en familia crean vínculos emocionales de amor y la alegría. Así que aproveche para rescatar, con sus hijos, tradiciones como cantar villancicos, hacer recetas e intercambiarlas con los vecinos, contar historias de navidad, hacer manualidades o jugar aguinaldos.

Ante todo una actitud amorosa, generosa y alegre es lo mejor para trasmitirle a los niños.


María Elena López Jordán | ElTiempo.Com

La actuación honesta no garantiza honestidad

Cuando la acción ética es una actuación hipócrita. 

Nos consta por experiencia que la gran mayoría de los individuos muestra al exterior una manera de ser y de actuar que generalmente no coincide ni guarda coherencia con lo que efectivamente es y siente en su interior. Así, vemos que se proclama la necesidad de decir la verdad, de ser tolerantes, de ser justos y honestos, pero que en el fuero íntimo de la persona tales valores no tienen vigencia alguna ni poseen la vitalidad de la íntima convicción.

Por eso, los hijos suelen presenciar en sus padres esa perniciosa dualidad e incoherencia, que los lleva a serias confusiones, con consecuencias no deseadas en el futuro. De igual manera, observamos no pocas actuaciones aparentemente sinceras en la relación docentes-alumnos, jefes-colaboradores y en las diferentes ocasiones de encuentros entre familiares, amigos y conocidos y de los que no se excluye, a veces, a la misma pareja.

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Esto explica la dualidad de quienes proclaman ciertos valores éticos y hasta parecen ser honestos en la vida de relación, pero que en su intimidad transgreden inexplicablemente tales valores. Surge, entonces, la necesidad pedagógica de indagar las causas de las grandes contradicciones que acabamos de señalar. Nos limitaremos a mencionar, más allá de la configuración dual de la naturaleza humana, la forma como se educó el sujeto en las diferentes etapas de su vida. Pues la génesis de tales incoherencias surge del desacierto sufrido durante el aprendizaje realizado en el pasado.

Por tal razón, habría que indagar cuidadosamente cómo aprende el niño a resolver la lucha generada en su vida por las tensiones entre lo que quiere hacer caprichosamente y lo que debe hacer, entre lo honesto y lo deshonesto, entre la virtud y el vicio. Pero ocurre que, en lugar de ayudarle con paciencia a comprender dicha lucha, tanto los padres, como los docentes y la misma cultura apelan, de manera simplista, apresurada e impaciente, a un catálogo de prohibiciones y recomendaciones que buscan en el niño el acatamiento rápido y sin discusión ni análisis crítico de las mismas.

Este acatamiento sin convicción prepara el camino de la actuación externa y del disfraz para lograr la aceptación y la aprobación de los mayores, en el caso del niño, o de la comunidad, en el caso de algunos adultos. Si bien, en tales casos, la conducta del sujeto aparece honesta y correcta, en realidad su intencionalidad busca conformar a quienes esperan el comportamiento deseado y aceptado por la lógica de los prejuicios impuestos. Por eso, es necesario indagar más a fondo esta situación, que tiene alcances adversos en la vida íntima de las personas.

En tal sentido, debemos señalar la diferencia entre una actuación honesta y el ejercicio consciente de la honestidad como tal. Sería la diferencia entre la apariencia de lo que mostramos y la realidad de lo que efectivamente somos. Lamentablemente, muchos creen y están convencidos de su honestidad por el mero despliegue externo de una actuación aprendida rutinariamente, al punto de  no advertir la apariencia de una conducta que finge honestidad. Así, unos actúan como sinceros, otros como justos y ecuánimes, otros como tolerantes y flexibles, cuando en realidad harían lo contrario si las circunstancias y la ausencia de control externo permitieran y dieran lugar a la mentira, a la inequidad o a la intolerancia y rigidez.

De allí que responder con la conducta externa a una situación ejerciendo cierta tolerancia o paciencia hacia los demás, podría significar haber dado una respuesta acertada ante un hecho, pero de ninguna manera podría implicar, por la respuesta en sí misma, tener la virtud y la capacidad para ser honesto, tolerante o paciente. Si ocurre esto, podría tratarse de una conducta automatizada, en tanto que no fue adquirida por un aprendizaje consciente, sino por automatismos inculcados que impidieron la íntima convicción acerca de la actuación correcta.

Dichos automatismos son los recursos que la cultura familiar, escolar y social emplea para garantizar la conducta considerada honesta o correcta para la convivencia social. Pues es muy probable que quienes actúen de esa manera hayan aprendido por vía de imposiciones, bajo las presiones de un temor implacable o de la conveniencia interesada. El efecto inmovilizante  de tales presiones no admite el cuestionamiento crítico y consciente y convierte al sujeto en un mero autómata. Por eso, ser honesto por temor o conveniencia, en realidad no es ser honesto.

Si a lo largo de la vida el edificio del comportamiento ético no partió de la íntima convicción, la conducta ética del presente no es tal; será una burda actuación «ética» promovida a instancias del temor, de la conveniencia o la costumbre. Más aún, el catálogo de prohibiciones e imposiciones que se fue adquiriendo a través de las etapas evolutivas a modo de yuxtaposiciones forzadas, configura el historial cognitivo y psico-emocional del sujeto, provocando comportamientos aparentemente autónomos, al modo de una actuación “virtuosa” sin contenido consciente.

Esto nos lleva a pensar que en la construcción del edificio moral del sujeto, éste no intervino; simplemente fue un receptor pasivo de normas y valores sin el aval de la íntima convicción. Si no se educa desde la íntima convicción, las imposiciones, las amenazas, la conveniencia, serán yuxtaposiciones alejadas de la conciencia, donde el comportamiento ético no es tal, sino una mera actuación. Esto explica la endeblez de las convicciones aparentes y las contradicciones del comportamiento humano.

De esta manera, nos acercamos al núcleo esencial de la conducta ética, que proviene de una capacidad conscientemente creada que le confiere contenido a un comportamiento que emerge de la íntima convicción. Ya desde temprana edad, es posible conducir al niño a la íntima convicción del comportamiento moral, siempre y cuando se respeten sus tiempos de aprendizaje y asimilación de los valores. En tal caso, el niño no actuaría por la presión de los estímulos perniciosos del premio y castigo y aprendería a lograr con autonomía la íntima convicción acerca de la actuación correcta.

De ello surge la necesidad de revisar si nuestra conducta, actitudes y comportamientos acertados son verdaderas capacidades conscientemente adquiridas o meras respuestas y actuaciones automatizadas por la costumbre o la conveniencia. Arriesgando una hipótesis polémica, quizás habría que desarticular el andamiaje proveniente de la imposición y el temor que, lejos de generar una conducta honesta válida, lleva al sujeto a una actuación cuyo automatismo lo convierte en un actor vacío y sin libreto propio.


Dr. Augusto Barcaglioni | Barcaglioni.Blogspot.Com

7 Preguntas que debes hacerte a ti mismo si quieres encontrar el amor

Es posible que sientas que no hayas tenido suerte en el amor. A muchos nos pasa. Puede ser que sientas que lo has intentado y has fracasado, repetidas veces. Antes de seguir por el mismo camino, quizás es momento de hacerse unas cuantas preguntas para asegurarse de que estás realmente preparado o preparada para empezar una relación.

Es evidente que a todos nos gusta esa sensación romántica de las relaciones que empiezan. Pero una vez se apaga la magia de las primeras semanas, la relación debe sustentarse en algo más que simple química. Es por eso que debes hacer el esfuerzo de conocerte a ti mismo y establecer tus prioridades. Hoy te traigo una lista de 7 preguntas que debes hacerte para encontrar el amor y asegurar una relación feliz y funcional.

1. ¿Cuáles son tus principales valores?

Debes tener una estructura de valores clara. Piensa en aquellos valores que son más importantes que cualquier otra cosa, aquellos por los que te riges a la hora de pensar y actuar. Serán esas pequeñas cosas que den sentido a tu existencia. Es muy importante para tu vida en general, pero también para tu pareja. Chocarás si estás con un compañero cuyos valores no son compatibles con los tuyos. Con el tiempo, la convivencia se hará imposible.

2. ¿Qué no sacrificarías por tu relación?

¿Hasta dónde llegarías por amor? ¿Te mudarías si te lo pidiera? ¿Te enfrentarías a tu propia familia si no lo aceptaran? ¿Renunciarías a tus amigos? Ten presente estas situaciones, incluso se lo puedes comentar a tu pareja. Siempre es mejor que tengáis claras todas estas cosas para poder avanzar. Si no, puede que estés perdiendo el tiempo hasta que se dé una situación límite.

3. ¿Cuáles son las tres características más importantes que buscas en una pareja?

Cuando les preguntan, las personas suelen decir características superficiales, pero la bondad, la fiabilidad y la estabilidad emocionales son algunas de las más importantes. No dejes que las pequeñas cosas te distraigan de lo que realmente es esencial.

4. ¿Cuál es el propósito principal en una relación romántica?

Olvídate de los delirios de juventud y viejas decisiones, como que debes tener un hijo antes de los 27 o casarte antes de los 30. El verdadero propósito de una relación es proporcionar apoyo y sacar lo mejor de cada uno. De esta manera, cada persona puede lograr sus propias metas en el mundo. Piénsalo así y no estarás tentado a precipitarte hacia una relación por una simple razón arbitraria.

5. ¿Cuál es la principal diferencia entre una buena relación y una mala?

Es muy simple: las buenas relaciones nutren, las malas hacen daño. Si pasas tu tiempo sintiéndote frustrado, triste, enfadado o resentido, no estás en una buena situación. Los dos deben sentirse aceptados y aceptar a su pareja. No tiene que haber la necesidad de cambiar al otro.

6. ¿Cómo sabes cuándo es el momento de poner fin a una relación?

Sabemos por experiencia lo difícil que puede ser dejar una relación de larga duración, pero cuando no se están cumpliendo tus necesidades emocionales, y ha sido así durante mucho tiempo, es el momento de dejar ir. Si has notado un mal patrón en una relación, habla con tu pareja sobre los comportamientos que deben cambiar y establece un período de tiempo en el que te sientas cómodo o cómoda para permitir estos cambios. Si al final de este período sigue todo igual, ya sabes lo que debes hacer.

7. ¿Cómo te debes sentir sexualmente atraído hacia una persona al principio de una relación?

Muchos de nosotros podríamos pensar que esto es realmente importante, pero muchos psicólogos aseguran que ponemos demasiado énfasis en lo que se conoce como «chispa». Nos deberíamos centrar más en buscar una persona con las mismas características que buscarías en un amigo. De este modo lograrás establecer una relación duradera con esa persona.

¿Puedes contestar a todas las preguntas? ¿Te sientes identificado con nuestras respuestas o tienes una filosofía totalmente diferente? Es la hora de sentarse y reflexionar sobre todas estas cuestiones. Sólo después estarás preparado para encontrar el amor.


Aprendiendo a escuchar

«Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha».

VÍCTOR HUGO

La escucha es una capacidad que podemos desarrollar con la práctica, no se trata de oír solamente los sonidos a través de nuestro sentido de la audición, sino más bien de una actitud, que abarca una gran cantidad de aspectos para relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.

Aprendiendo a escuchar

El aprendizaje de la escucha, al contrario de lo que se pueda pensar no es nada sencillo, requiere de mucha habilidad, paciencia y respeto. Confundimos habitualmente la escucha con saber oír.

Habitualmente creemos que sabemos escuchar, cuando en realidad lo único que estamos haciendo es pasar superficialmente por la experiencia. Cuando alguien nos habla, estamos más pendientes de lo que vamos a contestar que de lo que nos está diciendo.

Mantenemos un diálogo de réplicas, en el que nos perdemos mediante consejos, reprimendas y enfados. Sin profundizar en la necesidad propia y la del interlocutor, sin reconocer las emociones que están en juego y el sentido que desprende cada palabra.

La escucha es mucho más que saber oír, requiere de una atención especial tanto con las personas que nos rodean como con nosotros mismos. Significa un saber estar en el momento presente, tanto hacia fuera con la otra persona, como hacia dentro, sintiendo el impacto emocional que implica.

El hecho de escuchar nos acerca a la realidad, puesto que implica una apertura de nuestros sentimientos y pensamientos, viviendo así la experiencia de una manera íntegra.

La importancia de la escucha en la comunicación

Para que pueda existir una comunicación efectiva es preciso aprender a escuchar, para que pueda haber una presencia honesta y auténtica. De tal manera que se produzca un encuentro real con la otra persona.

En la mayor parte de las ocasiones, cuando alguien nos está hablando, contando algo importante, intentando transmitirnos sus emociones y sus necesidades. Estamos pendientes de forma automática a nuestros ruido mental, el discurso que procede de nuestros interior.

De esta forma la comunicación resulta pobre, el mensaje pierde todo su sentido, resulta muy difícil así transmitir lo que se pretende. Llegar a mantener un encuentro profundo.

«Para saber hablar es preciso saber escuchar».

PLUTARCO 

La escucha en la comunicación no se limita solamente a lo que dice el interlocutor a través de sus palabras, la escucha va mucho más allá, puesto que en la comunicación intervienen mucho más factores; como son los gestos, las miradas, el tacto y el tono de la voz.  

Esto daría lugar a una escucha activa eficaz, reforzando así la empatía y la intimidad, de tal manera que pueda haber un vínculo más profundo, donde se establezca fácilmente la confianza. Este tipo de escucha es una habilidad que se puede ir desarrollando a través de la práctica.  

«La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha».

MICHEL DE MONTAIGNE 

La escucha es como una actitud

Estar dispuesto para la escucha también requiere de ejercitar una serie de valores y principios, como son el respeto, la autenticidad y la tolerancia.

Los prejuicios son los que limitan muchas veces la escucha y por lo tanto la comunicación. Al tener una idea preconcebida acerca de algo, nos volvemos herméticos a todo aquello que contradiga nuestra idea.

El sentido de la vista, muchas veces, adquiere tal protagonismo que desplaza y contamina la escucha. Las imágenes nos influyen y les damos un gran valor, formando una barrera, en ocasiones, que impide la comunicación.

Mientras nuestro interlocutor/a nos habla podemos estar pendientes de la bonita sonrisa que tiene, de lo mucho que nos atrae, de la mancha que tiene en el diente, de lo desaliñado que tiene el pelo, de la ropa que lleva, y de un sinfín de cosas que impiden que nos concentremos verdaderamente en lo que nos está diciendo.

Al concentrarnos en la escucha nos permitimos no solo captar las emociones de la otra persona, aportándole significado a lo que nos está intentando transmitir, sino también indagar en uno mismo en cómo nos afecta, nos remueve, nos inquieta, lo que la otra persona está diciendo. De tal manera que permitamos un encuentro con total autenticidad.

Cuando damos esta importancia a la escucha, tomamos conciencia de que supone mucho más que una capacidad, ya que acaba siendo una actitud, ante las personas que nos rodean y ante la vida en general. Una forma de estar presente ante los acontecimientos, sin ser un mero espectador, siendo un sujeto que participa en la belleza que le aflora de dentro y que lo rodea, haciéndose consciente de ello.

«Cuando te pido que escuches y te pones a darme consejos, no estás haciendo lo que te he pedido. Cuando te pido que me escuches y te pones a decirme por qué no debería sentirme de ese modo, estás hiriendo mis sentimientos. Cuando te pido que escuches y te parece que debes hacer algo para solucionar mi problema, me has fallado, por extraño que parezca. ¡Escucha!, Sólo pedía que escucharas; no que hablaras o hicieras, sólo oírme…

Puedo valerme por mí mismo, no estoy indefenso. Cuando haces algo por mí que puedo y necesito hacer yo mismo, incrementas mi temor y mi sensación de ineptitud. Pero cuando aceptas como cierto que me siento como me siento, por muy irracional que resulte, puedo dejar de intentar convencerte y pasar a la cuestión de comprender qué se esconde detrás de esa sensación irracional. Y, cuando está claro, las respuestas resultan obvias y no necesito consejos».

RALPH ROUGHTON 


Rafa Aragón | LaMenteEsMaravillosa.Com